Felicidades, Sirius.
El profesor Jeffrey fue capaz de cautivar rápidamente a prácticamente todos los alumnos de Defensa Contra las Artes Oscuras aquel curso del año 1973. Sus clases, para los alumnos de tercero, tienen lugar todos los lunes, miércoles y viernes a primera hora, en un aula del cuarto piso compartida con sus compañeros de la casa Slytherin. Y a pesar de lo temprano de éstas, ni uno solo de los estudiantes se plantea ni un sólo segundo faltar o llegar tarde a ninguna de las lecciones. Se agrupan puntualmente en torno a la puerta alrededor de las nueve menos diez de la mañana, entre cuchicheos y murmullos impacientes. A pesar de su apariencia ingenua, Richard Jeffrey no cae en el mismo error que el anciano profesor Shropshire y bloquea la atrancada puerta con un hechizo a su salida del aula, así que nadie puede servirse ya del viejo truco de Sirius y James para abrirla antes de tiempo y se ven obligados a aguardar a que el joven maestro se abra paso entre la multitud y revierta el conjuro para poder acceder al interior. Aquel día siete de Septiembre llueve fuera del castillo; un frío húmedo inunda los pasillos y merma cada vez más las ganas de James, Sirius, Remus y Peter de aguardar a su llegada.
— ¿Faltará mucho para que llegue? — pregunta Peter.
— Jo, tío. — se queja James, mientras esconde los puños bajo las mangas de su jersey — Es un profesor enrollado y todo eso, pero no sé dónde demonios se ha dejado la dichosa puntualidad.
— Eres un blando, Potter. De todos modos, tienes razón — le concede Sirius — no sé por qué leches no llega nunca a tiempo...
— ¡Callaos ya! Tendrá cosas importantes que hacer y por eso habrá llegado tarde... Seguro que no es culpa suya. Él no nos haría esperar a propósito.
— ¿Y eso tú cómo lo sabes? ¿Es tu amigo, eh, Lupin?
— Cállate, Sirius, lo sé porque... — y ni Sirius ni tampoco James ni Peter llegan nunca a escuchar por qué Remus lo sabe, porque sea lo que fuese lo que pretendía decir en aquel momento es rápidamente acallado por una mano fantasma que se apoya en su hombro durante tan solo unos segundos y una voz cálida en su espalda que le invita a hacerse a un lado.
— Perdona. — Remus se da la vuelta justo a tiempo para escuchar al profesor Jeffrey disculparse mientras trata de abrirse paso entre la muchedumbre; y hay casi demasiada disculpa en sus palabras por un simple contacto, "perdona", como si acabase de hacer que suspendiese un examen o hubiese derramado tinta sobre sus apuntes recién pasados a limpio. Y el joven hombre lobo, sí, le perdona.
El hombre de pelo claro consigue de una vez por todas abrir la puerta de la habitación y cuando James, Sirius, Remus y Peter consiguen acceder a ella casi todo el mundo ya se encuentra en su interior, ocupando sus respectivos asientos. Lily Evans aguarda a la llegada de Remus con las manos delicadamente entrelazadas sobre el pupitre y cuando él se sienta a su lado la observa durante un momento: lleva el pelo de color rojo, anaranjado y luego rojo otra vez recogido mediante un lazo blanco en una trenza que se desliza a un lado del cuello, los ojos brillantes, la sonrisa instalada en el rostro de tal forma que parece quizás sobrenatural a tan tempranas horas de la mañana y unas gotas más de perfume de lo que acostumbra. Le saluda con un tímido "buenos días, Remus" con voz tenue que queda casi apagada por la de Sirius, mucho más grave y fuerte y quejándose intensamente de que "es injusto que tú te sientes con Peter solo porque no está MacDonald, James. El otro día yo me senté con él así que ahora también y tú tienes que quedarte solo por traidor y por sentarte con una chica." a lo que James responde que "yo me siento con Peter cuando me da la gana" y hace lo propio, riendo de forma burlona.
Mary MacDonald entra convenientemente en el aula en ese mismo instante, jadeando por haber recorrido todo el camino hasta allí a toda la velocidad que sus piernas le permitían, ensayando mentalmente varias posibles excusas para su retraso. No obstante, el profesor Jeffrey no hace mención alguna al asunto, así que Mary camina en busca de un asiento libre y tan solo escucha discutir a James y Sirius durante un momento antes de que éste último la agarre del brazo y, sin darle tiempo a reaccionar, se encuentra sentada a su lado, en las mesas de la tercera fila, detrás de las que ocupan Remus y Lily, solo unos segundos antes de que comience la clase.
— ¡Buenos días, chicos! Silencio, silencio, por favor...
— ¿¡Qué se supone que haces!? — murmura Mary en el oído de Sirius.
— Convertirte en mi nueva compañera de pupitre, MacDonald.
— ¿¡Y quién te ha dado el permiso para...?!
— James, ¿te importaría bajar los pies de la mesa? Ya sé que los asientos son incómodos, pero no hay nada que podemos hacer al respecto de momento... ¡Ah, usted, señorita! Veo que ha decidido sentarse al lado del señor Sirius durante la clase de hoy. ¿Cuál era su nombre?
— ¿Y-yo...? Yo... — Y Mary titubea y se sonroja, y Sirius la observa, mientras tanto. La observa, sorprendido, porque nunca jamás la había visto así: insegura, vacilante, sin encontrar las palabras exactas. — Mary. Mary... MacDonald.
— ¡Ah, Mary, es cierto! Cómo he podido olvidarlo... No volverá a pasar, te lo aseguro. ¡Me alegro mucho de que hayas encontrado un nuevo compañero! Aunque, si fuese tú, tendría cuidado con el señor Black, me han contado que es todo un gamberro... ¡Ja, ja! Si fuéseis tan amables de hablar un poco más bajo... Ya sabéis, para que pueda concentrarme mejor. ¡Muchísimas gracias!
— S-sí, por supuesto...
— Bueno, como ya sabéis, hemos ocupado las dos clases anteriores hablando de los sueños, a modo de introducción a la asignatura. ¿Habéis practicado todos el encantamiento revelador que os enseñé?
Toda la clase asiente con la cabeza, silenciosamente.
— ¡Así me gusta! Bueno. El propósito de la asignatura de Defensa contra las Artes Oscuras es que lo aprendáis todo sobre los monstruos y criaturas que habitan el mundo mágico. Criaturas que, por supuesto, no son ni de lejos tan terroríficas como las que habitan el subconsciente y el mundo de los sueños. ¡Pero debéis estar preparados contra ellas, de todos modos! Así que, si sois tan amables de abrir vuestros libros por la página tres... ¡Oh! Vaya... — el profesor Jeffrey comienza a rebuscar algo en su maletín de cuero; después, entre los papeles y pesados volúmenes de su escritorio y, finalmente, en los bolsillos de sus pantalones y capa. Mira a su alrededor, pensativo, y después exclama — ¡He debido olvidar mi varita en mi despacho! Si me disculpáis un momento...
Y con esas palabras, se dirige hacia la puerta en tres largas zancadas, y el sonido de sus pasos se pierde en el fondo del pasillo, rápidamente eclipsado por las voces de los alumnos, que han comenzado a escucharse en el mismo momento en el que el profesor se ha perdido de vista. Durante esos minutos, Lily se da la vuelta para conversar con Mary.
— Ya se sabe tu nombre — ríe la chica pelirroja. — ¡Tienes suerte!
— He pasado muchísima vergüenza... Ah. Tiene una voz tan suave...
— Así que es eso lo que te pasa, MacDonald. — interrumpe Sirius, inmiscuyéndose en la conversación de las dos chicas sin casi proponérselo, con naturalidad, como si pensara que cualquier cosa hablada a menos de tres metros de él se convierte automáticamente en asunto suyo. — Te gusta el profesor nuevo.
— ¡Y a ti que te importa! — exclama, y después se encoge de hombros. — Es guapo. Es muy guapo.
— Yo también soy guapo y no te pones nervioso hablando conmigo.
— Si un día llegas a ser tan guapo como él, te prometo que también me pondré nerviosa hablando contigo. Pero de momento no, lo siento, Sirius.
— ¿¡Qué!? Venga, por Merlín. Ni siquiera es tan...
— Sí que lo es. — comenta Lily, en voz baja. — No eres capaz de admitirlo porque eres un cretino, pero lo es.
— Siento ser yo quien te lo diga, Evans, pero no tienes ningún tipo de criterio a la hora de elegir hombres.
— Siento ser yo quien te lo diga, Black, pero no tienes ningún tipo de derecho a decirme eso cuando no sabes mirar más allá de tu propia nariz.
— ¡Venga ya! Remus, dile que ese tío no es más guapo que yo.
— La verdad — dice Remus, con una media sonrisa — Es que por mucho que te duela, es muy atractivo.
Sirius gruñe.
— No tenéis ni idea.
— Lo que tú digas — ríe Mary, balanceándose sobre su silla y con los brazos cruzados sobre el estómago — Y bueno, entonces, ¿vas a explicarme qué mosca te ha picado para obligarme a sentarme contigo?
— No quería sentarme solo. — Pronuncia las palabras casi con dificultad: Sirius Black no está acostumbrado a dar explicaciones a nadie que no sean sus tres amigos más cercanos. En realidad, piensa que no tiene por qué dárselas a Mary, pero lo hace igualmente, de mala gana.
— ¿Y si yo no quiero sentarme contigo?
— Pues entonces, vete.
— ¿Tienes que ser siempre tan desagradable, Sirius?
— ¿Desagradable? ¿Yo?
— Sí. Siempre enfadado. Como si todo el mundo estuviese compinchado para hacerte la vida más difícil. Como si el resto de la humanidad hubiese sido puesta en la Tierra para llevarte la contraria a ti.
— Pues igual es así.
— No, no lo es. Y además, seguro que a ti no te gusta cuando la gente es desagradable contigo. ¿Te gusta, Sirius?
— Me da igual, MacDonald.
— Está bien. — contesta Mary, y sonríe.
No entiendo por qué se ríe. ¿Por qué se ríe? Sirius maldice en voz baja y, antes de que tenga tiempo a contestar, el profesor Jeffrey vuelve a entrar por la puerta, con su varita en la mano derecha y pidiendo silencio a los alborotados jóvenes con la izquierda. Esta vez sí, la lección comienza. Los próximos días, al parecer, tratarán sobre dragones.
— No sé si lo sabéis, chicos, pero existen tan sólo diez razas puras de dragones en el mundo mágico. ¿Alguno sabría decirme el nombre de alguna?
Una gran cantidad de manos se alzan en el aire, pero Sirius la levanta aún más alto que todas las demás.
— ¿Sí, Sirius?
— Que, profesor, hoy es mi cumpleaños.
Es cierto: aquel día, siete de septiembre de 1973, es el decimocuarto cumpleaños de Sirius Black. Sus tres amigos le han felicitado por la mañana y durante el desayuno, y la chaqueta de cuero que fue su regalo de cumpleaños adelantado lleva ya unas semanas en sus manos: no obstante, eso no parece ser suficiente para él, que aquel día se siente especialmente ávido de atención.
— ¡Vaya! No era esa la respuesta que buscaba, pero de todos modos, ¡felicidades, Sirius!
Es James el que empieza. Con un par de palmadas en el aire y entonando "cumpleaaaa-ñosfeee-liz" en bajito, pronto toda la clase le sigue y cantan, alegres y demasiado alto, "te deseamos Sirius, cumpleaños feliz". En medio del ruido y con expresión triunfal, Sirius sonríe de oreja a oreja, balanceándose sobre las patas traseras de la silla y erguido sobre ésta como un recién coronado rey sobre su trono, con el codo apoyado en el pupitre de detrás, escucha como la melodía se desvanece. Se escuchan un par de comentarios ahogados, unos pocos "felicidades, Sirius" a destiempo y después el profesor Jeffrey pregunta.
— Bueno, bueno, ya está bien… Ahora… ¿Alguien sabe la respuesta?
Y tal y como había venido, toda la atención concentrada en Sirius desaparece de nuevo y viaja hacia el joven profesor. Una chica en la segunda fila suspira y Mary susurra "¿pero por qué es tan mono?" en el oído de Lily y ambas ríen por lo bajo y después, multitud de manos se elevan en el aire de nuevo, como por acto reflejo. El profesor Jeffrey le da la palabra a varios alumnos, uno a uno, y por turnos deleitan a la clase con respuestas incorrectas. Finalmente, Remus alza tímidamente el brazo.
— A ver si tenemos más suerte esta vez... ¡Usted, Remus! ¿Te llamas Remus, verdad? ¿Sabes el nombre de alguna de las razas de dragón puras?
— Creo... Creo que las sé todas, señor. — Cualquier persona no habría sido capaz de notarlo pero sin duda alguna Sirius sabe que a Remusle tiembla la voz. Parece estar, de hecho, terriblemente nervioso cuando continúa hablando — Uhm, el Galés verde, el Hébrido negro, Colacuerno húngaro, Ironbelly ucraniano, Longhorn rumano, Opaleye de las antípodas, Ridgeback noruego, Vipertooth peruano, Bola de fuego chino, Colacuerno húngaro y...
— Hocicorto sueco — completa Lily Evans.
A Lily no la conoce tanto cómo a Remus pero desde luego aquel tono de voz no es el mismo que utiliza habitualmente con todo el mundo. No es la misma voz con la que dice "Eres un cretino, Black" ni la que Sirius supone que dice "vamos a quedar después de clase para hacer cien millones de deberes aburridos y hablar sobre poetas maricas" a Remus en la Sala Común después de comer. Es mucho más aguda, algo tímida.
Llegados a este punto, Sirius no tiene ni la más remota idea de a qué se debe aquella repentina obsesión por parte de las chicas (y por lo visto también chicos) de su curso por el nuevo profesor. Le observa mientras explica: el cabello largo, de color rubio pálido y recogido en una coleta a un lado de la cara con una cinta de color violeta, se balancea sobre su hombro mientras gesticula con las manos para explicar que los dragones son la especie más peligrosa de criatura mágica. Parece suave. Quizás a las chicas les gusta que tenga el pelo suave. Las gafas, pequeñas, redondas, sin montura, casi se balancean en precario equilibrio sobre la nariz, y se las recoloca frecuentemente, en un gesto demasiado parecido al que hace James en la misma situación pero a la vez completamente diferente. Suele vestir camisas demasiado anchas, jerséis de lana sin mangas sobre éstas y corbatas de colores vivos, y hay algo en su forma de vestir que está impregnado del mismo aura de dejadez y despiste que desprende cada vez que tropieza con la tarima del aula u olvida el nombre de un alumno, como si viviese continuamente en un universo lejano y completamente diferente al mundo real. Y por otro lado, su tono de voz y su mirada se tornan completamente serios cuando comienza a hablar de cómo los especímenes de Vipertooth peruano se tornan de color cobrizo cuando llegan a la edad adulta. Antes de que pueda darse cuenta, se ha pasado una inconfesable cantidad de minutos observando casi sin parpadear al profesor Jeffrey caminar alrededor del aula, inmerso en su explicación. Pero de ningún modo piensa admitirlo: así que, cuando la clase termina, simplemente le dice a Remus "pues yo sigo sin saber qué le veis a ese tío" y después se separan, rumbo a asignaturas distintas. Remus comparte asignaturas optativas con Lily: Aritmancia primero y Runas Antiguas después. Peter cursa Adivinación y James y Sirius, Estudios Muggles. Ellos dos insistieron en elegir esa asignatura (a pesar de ser una de las optativas menos cursadas en Hogwarts por ser considerada "irrelevante") por su infinita curiosidad sobre cualquier cosa relacionada con la población no mágica, desde cualquier tipo de aparato eléctrico hasta la propia música. La profesora es una mujer joven: no tanto como el profesor Jeffrey pero definitivamente no de la edad de la profesora McGonagall, tampoco. Tiene el pelo oscuro y recogido a un lado del cuello y viste blusa y pantalones bajo la capa. No son muchos en clase así que pasan casi toda la hora hablando sobre aparatos e inventos muggles que podrían ser útiles en la vida de los magos, como la televisión o el teléfono. Mary MacDonald también ha elegido Estudios Muggles como optativa y llega al aula exactamente treinta segundos después que James y Sirius, y tan sólo treinta segundos antes de que la clase comience. Toma asiento al lado de éste último antes de que James pueda hacerlo y cruza los brazos sobre la mesa. Sirius la mira, atónito; escucha a su amigo reírse y sentarse en el pupitre de atrás y después la sigue observando: la piel pálida bajo las muñecas que sobresalen por las mangas de la túnica, el pelo oscuro y la nariz pequeña y la expresión que parece tranquila pero en el fondo tiene un deje de "já, acabo de quitarte el sitio al lado de tu mejor amigo." Sirius gruñe. Él intenta poner cara de "no me importa, no te creas que me importa" pero todo el castillo sabe que Sirius Black no es capaz de pasar por alto ninguna acción que perturbe lo más mínimo su orden mental.
- Oye, ese es el sitio de James, MacDonald.
- ¿Ah, sí? ¿Tiene su nombre escrito?
Vuelve a gruñir. James ríe de nuevo y Sirius gruñe más alto. Pero qué te hace tanta gracia.
- ¿No vas a felicitarme? Es mi cumpleaños.
- No sé. No creo. ¿Por qué?
- Porque es mi cumpleaños.
Ella se encoge de hombros y no dice más. Y Sirius no es capaz de entenderlo. Porque no. Porque no puede o porque no sabe. Porque tiene catorce años recién cumplidos y para él el mundo es grande y brillante y orbita a su alrededor y no entiende ni quiere entender que no todas las personas con las que convive día a día se encuentran allí para satisfacer sus deseos. Porque tiene una sonrisa amplia y encantadora y los ojos grises y un mechón de pelo oscuro cayendo entre las cejas y hasta la nariz y hace ya muchos meses que la mayoría de chicas del castillo suspiran a su paso por los pasillos; porque sale impune de cientos de travesuras que le hubieran costado la expulsión a cualquier otro y porque desde que juega en el equipo de quidditch de Gryffindor no han perdido un solo partido. Pero Mary MacDonald no parece dejarse impresionar por ninguna de estas cosas y por una vez Sirius se pregunta si su otro lado, ese que la mayoría de gente no ve, el que duerme intranquilo por las noches, el perro que vive bajo centímetro de su piel o el príncipe atormentado por un apellido que no quiere y por todo lo que implica, es mucho más aparente de lo que pensaba. Así que, haciendo una excepción, se rinde y esconde la cabeza entre los brazos cruzados sobre el pupitre y escucha pasar el tiempo lentamente hasta el final de la hora.
La siguiente asignatura es Cuidado de Criaturas Mágicas y tiene lugar en los terrenos de Hogwarts, en una amplia explanada cerca del Lago Negro y en la linde del Bosque Prohibido. Bajan rápidamente las escaleras hasta el vestíbulo, se reúnen con Peter en el tercer piso y sienten el aire fresco del mediodía en las mejillas al traspasar la entrada. Hace más sol de lo habitual para aquellas fechas del año y no demasiado viento; fuera huele a árboles y a césped y la perspectiva de una clase al aire libre es, para ellos, deliciosamente alentadora. Por el camino especulan sobre el tipo de criaturas a las que tendrán que enfrentarse a lo largo del curso: "¿Banshees? ¿Basiliscos? ¿Hipogrifos?" "A lo mejor el profesor Jeffrey nos ha estado hablando de dragones porque tenemos que matar a uno." "¿Hombres lobo? ¡Ah, no! ¡Ja, ja!" "Sirius, tío, no tiene ninguna gracia." y antes de que puedan darse cuenta ya han llegado a su destino y el profesor Silvanus Kettleburn aguarda pacientemente la llegada del resto de alumnos con los brazos cruzados sobre el pecho. Tiene la barba larga y el pelo corto, ambos comenzando a blanquear, algunas heridas en las manos y en la poca piel de los brazos que puede vislumbrarse bajo la túnica que no parece que sean posibles de curar. Les mira con expresión seria y la barbilla levantada pero ríe en voz baja cuando uno de los alumnos de Ravenclaw con los que comparten la clase tropieza con una roca en el suelo y casi cae de bruces al suelo. Los otros dos no se dan cuenta pero Peter sí y se lo hace saber a sus compañeros; Sirius le da un codazo a James y murmura "bueno, tío, pues parece que este profesor nos va a caer bien."
Cuando por fin se reúnen todos, se sientan sobre el césped para escucharle hablar sobre los cuidados y precauciones que han de tomar a la hora de tratar y manipular criaturas mágicas. Sirius no falla en percatarse, de nuevo, de la presencia de Mary, a tan solo unos metros de él y sus amigos. La clase finaliza con la promesa del señor Kettleburn de realizar prácticas de verdad el próximo día y ella se levanta, se sacude los restos de hierba de la falda del uniforme y emprende el camino de vuelta al castillo. Sin prestarle atención a Sirius ni un solo momento.
Él se queja mientras se dirigen al Gran Comedor.
- James, tío, ¿qué le pasa a tú amiga? En serio.
- ¿Que qué le pasa a quién? - ríe James
- A MacDonald.
- Vaya. No lo sé, tío. ¿Por qué? - se encoge de hombros tan exageradamente que parece que sus brazos van a despegarse del propio cuerpo y salir volando.
- Porque… Porque… Agh, da igual. Es estúpida.
James no contesta y Sirius gruñe. Repiten el proceso varias veces: quejas, silencio y gruñido. Pisadas sobre el césped, "pero por qué demonios tiene que ser tan impertinente", "pues vale, Sirius", y un suspiro furioso. Zapatos sobre las baldosas del vestíbulo, "no, en serio, pero es que, ¡cómo se atreve!", los ojos de James en blanco y un "oye, pero, ¡hazme caso!" ahogado por el sonido de las charlas animadas de los alumnos esperando a la comida en el Gran Comedor. Allí ya se encuentra Remus, esperándoles. Él les explica con todo detalle en qué han consistido sus dos nuevas asignaturas, y las protestas de Sirius se interrumpen entonces durante un largo rato porque tiene la boca demasiado llena de carne con patatas y de postre como para hablar, y tan solo se reanudan más tarde, cuando ya están en el dormitorio.
- ¿Has pensado, Sirius, por un solo momento, que la existencia de esa chica quizás no gire en torno a ti y al hecho de que es tu cumpleaños? - le interrumpe Remus, cansado de escucharle murmurar malhumorado durante horas mientras intenta concentrarse en su lectura.
Sirius le mira. Serio, extremadamente serio. Después se levanta de la cama, despacio, recoge algo de debajo de la almohada, lo esconde bajo el jersey y sale de la habitación, mascullando un "no" apagado justo en el momento de cruzar el umbral de la puerta.
Son casi las siete y no quedan muchos alumnos en la Sala Común: casi todos se encuentran en la biblioteca, posiblemente terminando los deberes para el día siguiente, o se han retirado a descansar en los dormitorios antes de la cena. Sirius elige una de las butacas más alejadas de la entrada y las escaleras, donde los estudiantes suelen agruparse, y se sienta de lado: la espalda reposando en el apoyabrazos izquierdo y las rodillas sobre el derecho; una pierna sobresaliendo y casi rozando el suelo y el brazo apoyado en el respaldo. La voz de Remus, en el fondo de su cabeza, suspira algo así como "no te sientes así, vas a destrozarte la espalda" y "es de mala educación, Sirius", así que Sirius se encoge sobre sí mismo, en un esfuerzo por buscar otra postura, una aún más incómoda, más irrespetuosa. Una postura que diga a gritos "me importa un comino lo que opines, Lupin", y "el mundo girará a mi alrededor si a mí me da la gana, rarito." Porque sí. Porque le da la gana. Porque la forma de rebelarse de Sirius Black es siempre con actos y nunca con palabras. Porque ese día, ese día y no otro, cumple catorce años, y aquel día es suyo y de nadie más. Y ninguno de los cientos de jóvenes que habitan el castillo tiene ningún derecho a negar aquello. Y si Remus Lupin cree lo contrario, pues bueno, que le jodan a Remus Lupin.
Se cruza de brazos y durante tres minutos siente aquella ira eléctrica en cada centímetro de su cuerpo, abalanzándose sobre él, invadiéndole. Ira en la respiración y en la mirada y en la sangre que palpita demasiado rápido bajo la piel. Y en el cuarto minuto, todo aquello desaparece. Sirius: de cero a cien en cinco segundos, y de cien a cero un minuto más tarde. Hirviendo como el agua un instante y enfriándose como hielo al siguiente. Y después ya no hay enfado, y no hay indignación, y está solo en la Sala Común, con el fuego de la chimenea crepitando, distante, y ecos de voces y pasos lejanas en lo más alto de la torre.
Así que recupera el objeto que ha estado ocultando debajo del jersey: es un libro, pequeño, con las tapas increíblemente desgastadas, pero no tanto como las hojas de su interior. Aquel libro le fue regalado hace exactamente un año, y aunque no se había olvidado de él en ningún momento, piensa que quizás nunca le había dedicado la atención que se merecía. Las esquinas de algunas páginas están dobladas, y la mayoría ya amarillentas o tan finas que parecen casi transparentes, posiblemente por los cientos de veces que Remus habría leído aquel volumen antes de entregárselo a su actual propietario. Las páginas de aquel ejemplar de cuentos de Edgar Allan Poe ya no huelen a nuevo; es más, es casi imposible pensar que algún día estuvieron impregnadas del olor que desprenden habitualmente sus libros de texto. Con gestos, y nunca con palabras, se disculpa con Remus y consigo mismo, sumergiéndose en la lectura de aquello que de entre todas las cosas es solo suyo y de él, de los dos. Y durante más de una hora y media, Sirius se desliza despacio en sus entrañas de tinta y palabras, de pozos y péndulos, hasta quedar medio dormido, todavía encogido en el asiento y con el ejemplar entre sus manos.
Le despierta una voz femenina.
- ¡Eh! - exclama Mary MacDonald cerca de su oído, haciéndole sobresaltarse - Es hora de cenar, ¿sabías?
Sirius bufa: se frota los ojos y después mira a la chica.
- ¿Y qué? - dice, mientras se incorpora en el sitio, y deja caer el libro sobre su regazo.
- James y tus amigos ya han bajado - insiste.- Eh. ¿Estabas leyendo?
- Puede.
- No pareces el tipo de persona que lee.
Sirius le hubiera contestado cualquier cosa. "Métete en tus asuntos", quizás. "Y a ti qué te importa", más probablemente. Pero, en aquel momento, no se siente con ánimos.
- Es de Remus - explica, mientras se frota los ojos con el dorso de la mano y ahoga un bostezo. Antes de que haya podido darse cuenta, Mary ha tomado asiento a su lado. - Me lo regaló en mi cumpleaños del año pasado, y…
- ¿Por qué no estás con ellos? - pregunta, como si hubiese ignorado por completo lo que acaba de decir. Le mira con esos ojos grandes y oscuros, tan parecidos a los de James, que parecen verlo todo sin mirar la mayor parte del tiempo.
- Porque… - vacila un segundo - Porque Remus ha dicho que no soy el centro del universo, así, que, uhm… Suena más estúpido de lo que parece si lo digo en voz alta.
- ¿Porque sabes que tiene razón? - ríe. Los ojos se ríen con ella. Sonrisa en la mirada, tan familiar, de nuevo. Se levanta de golpe, como si acabase de improvisar aquel movimiento repentino, y le tiende la mano a Sirius para que se incorpore también. Sirius no acepta su ayuda, pero termina levantándose también, de todos modos. Comienzan a caminar, más allá del hueco del retrato, y por la gran escalinata hacia el comedor.
- No. Sé que tiene razón porque Remus siempre tiene razón, pero, joder, eso no quiere decir que siempre me guste que la tenga.
- Nadie puede tener razón siempre.
- Remus sí.
- Bueno…
- Preferiría no hablar de ello, la verdad.
Ella asiente y sigue bajando escaleras rítmicamente, con pequeños pasos, de puntillas, y saltando siempre los dos últimos escalones de cada piso al mismo tiempo. Una vez han llegado a su destino, Sirius reconoce rápidamente la cálida y animada voz de James entre la multitud. Sus tres amigos le sonríen desde lejos y Sirius olvida todo lo demás para correr a reunirse con ellos. Justo antes de separarse hacia sus respectivos sitios en la larga mesa de Gryffindor, Mary dice, en voz tan baja que es casi inaudible:
- Felicidades, Sirius.
Y antes de que pueda contestar, desaparece.
