Diario El Profeta (periódico hecho por magos y para magos)

Regulus Black está sentado en uno de los sofás verdosos de la Sala Común de Slytherin; tiene un ejemplar de El Profeta entre las finas manos, pero desde hace un buen rato no puede apartar los ojos claros de las pequeñas chispas que crepitan en el fuego, el cual nunca jamás se apaga. Es uno de los curiosos aspectos mágicos que tiene ese lugar; en apariencia parece una habitación fría y poco acogedora, Regulus a menudo la compara con un barco hundido en las profundidades del Lago Negro, que al fin y al cabo es lo único que se ve si te asomas a las ventanas con vidrieras de color verde pálido. Por las noches, desde su cama con dosel y cortinas de seda de tono aceitunado, colcha bordada con hilo de plata sobre la que reposa la espalda; escucha sonidos que proceden de lo más profundo de las aguas. Es tranquilizador en cierto modo, pero al mismo tiempo le perturba hasta unos extremos que en ocasiones tiene que esconder la cabeza bajo la almohada. Allí se hace el silencio, cree que vuelve a estar en casa; lejos, allá en Grimmauld Place, en su dormitorio, decorado a su gusto y no con esos tapices medievales horteras que muestran a famosos Slytherin en sus grandes logros a lo largo de la historia. Es un pensamiento espontáneo, tan minúsculo que a los segundos ya lo ha olvidado por completo; sobre todo porque para Regulus, igual que para muchos otros, Hogwarts representa de alguna forma u otra un lugar al que puedes llamar Hogar con mayúsculas.

Con pesar, vuelve a la realidad y pasa delicadamente una página en la que se habla de las políticas del Ministro de Magia respecto a la voluntad creciente de acuerdo con el Ministerio Muggle. Les convendría más seguir viviendo en la ignorancia. En realidad le importa un comino lo que el Ministerio quiera o no hacer con esos politicuchos muggles que no reconocerían la magia ni aunque la tuvieran delante de las narices. La siguiente noticia le parece más interesante; frunce el ceño y traga saliva con cuidado mientras lee el titular que reza "Nuevas protestas sobre la Propuesta 154": en la fotografía se puede ver a un grupo de magos vestidos con túnicas de corte caro y sofisticado. Una mujer de pelo oscuro que Regulus reconoce nada más mirarla frunce el ceño mientras habla con un hombre medio calvo. Ella tiene los ojos grandes, rizos indomables y nariz recta y fina. La Propuesta 154, tal y como se lee en el cuerpo de la noticia lleva siendo sugerida por parte de la población de la Comunidad Mágica desde hace mucho tiempo. La madre de Regulus siempre habla de ella, de la segregación y del derecho mayor o menos a ejercer la magia. Evidentemente, es una propuesta apoyada por las familias de alta clase, como los Black, un linaje sin mancha alguna. Sangrelimpia. Magia en las venas, en cada poro de la piel; nada que pueda perturbar tanta pureza. En realidad puede que su prima Andrómeda, "esa de la que está prohibido hablar" sea un tropiezo en todo eso de la pureza sin excepción; pero a nadie le importa, porque desde hace un tiempo su rostro ya no aparece en el Árbol Genealógico de los Black. Y cuando te borran de ahí dejas de contar. Regulus se pregunta cuánto tardará su madre en quemar la cara de su hermano. Muy en el fondo preferiría que no lo hiciera.

- Regulus - una voz fría que arrastra las palabras le hace dar un bote en el sofá. Sin embargo, con las piernas cruzadas y pausada calma levanta la cabeza -. Veo que andas entretenido.

- Si tú lo dices...

Rabastan Lestrange es alto, demasiado para los trece años que tiene, de cabello corto y oscuro recogido tras las orejas excesivamente grandes. Tiene los ojos oscuros, tanto que es complicado saber dónde empieza la pupila y dónde lo hace el iris. Parece nervioso, y Regulus se preocuparía si no fuera porque en realidad siempre lo parece, mirando de un lado a otro, como si ocultara algo. Se sienta justo a su lado, con cierto respeto. Regulus aprecia ese tipo de gestos, es lo bueno de ser un Black, que todo el mundo guarda cierta distancia, como si pudieras invocar a tus ancestros en cualquier momento y crear otra Guerra Mágica en esa misma habitación. El joven Black piensa que sus antepasados están bien muertos y que es preferible que lo sigan estando.

- ¿Lees El Profeta?

- Eso parece.

- ¿Alguna novedad? - Rabastan intenta por tercera vez comenzar una conversación que el otro no quiere mantener - ¿Otra desaparición? ¿Algún muerto?

- Ninguno, al menos ninguno que me importe - salta otra página en la que un artículo dramatiza sobre la muerte violenta de una pareja muggle en el Valle de Godric -. ¿Quieres algo?

- ¡Sí! - el otro sonríe y rebusca en la bolsa que lleva colgada al cuello - Estaba haciendo deberes de Pociones y no entiendo muy bien una cosa... Estos ingredientes - señala un pergamino en el que hay varios pasos de preparación - ¿para qué sirven?

- Uhm... - Regulus suspira - Es un antídoto para mordedura de Doxy. Mi hermano y yo lo usamos en casa cuando toca limpieza.

- ¿No son muy venenosos?

- Sí.

- ¿Y tu hermano y tú os ocupabais de ellos?

- Bueno... Él en realidad... Es que a mí - me daban miedo. Me daban miedo y Sirius siempre se hacía cargo de esa tarea - me dan mucho asco, con todos esos dientes, ¿sabes?

- He visto dibujos, sí.

La puerta de la Sala Común, a la que se accede desde un muro liso en el exterior se abre una vez más y dos chicos de estatura similar entran hablando en tono elevado.

- Las cosas no están como para que andes por ahí dejándonos en evidencia, Severus.

- ¿Dejando en evidencia a quién exactamente, Lucius?

- ¡A nosotros! Creo que hemos hablado muchas veces de este tema y no voy a repetirlo más. O aprendes donde están tus lealtades o...

- Oye, chicos - Regulus tose lo suficientemente alto como para que los otros dos se giren hacia él -. Si no os importa, dejad de hablar tan alto. Entiendo que vuestra conversación es interesantísima y todo eso, pero a nosotros nos importa poco.

- ¡Regulus Black! - Lucius Malfoy, con su habitual forma de caminar, siempre recto, calculando cada gesto se acerca a los dos chicos. Snape hace lo mismo - Mi primo favorito. ¡Estarás contento! ¿Has visto a Bellatrix en El Profeta?

- Cómo para no hacerlo...

- ¡Hay que dejarse ver!

- Ya sabes que yo soy de los que prefiere actuar desde la distancia, Lucius - Regulus deja el periódico a un lado -. Además, Bella siempre ha sido la gran promesa de la familia, o eso dice mi madre.

- Nosotros somos la siguiente generación, Regulus - Lucius se sienta en otro sofá, con las manos, dos garras, encima del reposabrazos -. Eso le iba diciendo a Severus, ¿verdad, Severus?

- Sí, Lucius.

- ¿Por qué discutíais? - Rabastan parece haber perdido el interés en sus deberes y ahora mira a los otros tres Slytherin fijamente.

- Severus sigue insistiendo en estar cerca de Lily Evans.

Regulus tose por lo bajo y siente la necesidad de volver a coger el periódico para evadir esa conversación, pero hacer eso sería una falta de respeto a sus compañeros, así que su expresión no se altera un ápice.

- Es mi amiga, Lucius - la voz de Snape está cargada de resquemor cuando pronuncia el nombre. Regulus lo entiende; o al menos cree entenderlo. No tiene nada en contra de Lily Evans, por supuesto. Y sabe de sobras, como lo sabe todo el mundo en esa habitación que el joven de pelo cetrino siente algo más que amistad por la pelirroja -. No me importa que sus padres sean muggles.

- Además no es como si fuera a casarse con ella ni nada - Rabastan interviene con una carcajada frívola -. Estoy seguro de que Potter es mejor partido que tú.

- ¡Cállate! - Severus se pone rojo y se cruza de brazos - Lily pasa de ese imbécil. Lo sabéis los tres. Lily no es como los demás... Como los demás sangresucia.

- Va todo el día con MacDonald y Lupin, por supuesto que es como los demás - Lucius es tajante. Nadie le lleva la contraria. Regulus podría hacerlo, pero está demasiado acostumbrado a callar y otorgar. Así es como funcionan las cosas en casa de los Black. Él calla y Sirius protesta -. ¿Qué vas a hacer cuando las cosas cambien?

- Eso, cuando las cosas cambien. - Rabastan asiente con la cabeza.

- Ella... Ella es diferente. Siempre ha sido diferente.

- ¿Y tú qué opinas, Regulus? - Lucius pregunta y todos los ojos están fijos en él.

- ¿De Lily Evans? - Se lleva los dedos al pelo, en un gesto muy suyo, peinándolo, dejando la frente al descubierto. No sonríe cuando continúa hablando - Creo que es guapa, que tiene un pelo bonito, pero que no es para tanto.

- ¡No me refiero a eso!

- ¿Y a qué te refieres entonces? - Regulus se levanta - No sé, de momento no me preocupa demasiado Evans. Yo le prestaría más atención a mi querido hermano y a Potter - se vuelve antes de desaparecer hacia su dormitorio -. No sería la primera vez que les escucho hablar sobre "dar una lección a esos sucios Slytherin" y no sé por qué me parece que tú puedes estar en su lista. Y de verdad, como amigo, no te recomiendo que les toques las narices a ninguno de los dos.

Cuando los tres Slytherin se quedan solos, Snape esconde el rostro en el cuello de la capa, incapaz de contener una sonrisa; agradeciendo cien veces y casi trescientas a Regulus por su forma calmada de decir las cosas. Probablemente Severus Snape no sea consciente de la verdadera naturaleza de las intenciones del pequeño de los Black. Posiblemente no entienda que la única razón por la que Regulus no se posiciona de un lado ni de otro es porque es más fácil actuar cuando nadie sabe de qué pie cojeas. En el juego de supervivencia no gana necesariamente el más fuerte; eso es algo que Regulus aprendió la primera vez que consiguió que castigaran a Sirius por algo que había hecho él. A veces es importante quedarte a un lado, observar a los jugadores y cuando llegue el momento adecuado ser capaz de dar el jaque mate al color correcto. A los trece años Regulus Black jamás habría imaginado que llegaría un momento en su vida en el que olvidaría todas esas normas y que únicamente se regiría por la ley que durante más tiempo estuvo evitando. Pero la verdad es que el único testigo de nuestras acciones es el paso del tiempo.

- Es un creído - dice Rabastian volviendo a sus apuntes -, pero la verdad es que tiene estilo y razones para serlo.

- Y por lo menos no es Sirius Black. - Añade Severus.

- Y gracias a Salazar Slytherin no es Sirius Black. - Zanja Lucius con un largo suspiro desquiciado.

Remus Lupin se encuentra de pie, en la puerta del dormitorio que comparte con sus mejores amigos; mano en la barbilla y ojos entrecerrados. Lleva un buen rato buscando entre sus pertenencias: primero bajo las cuatro camas (en la de James ha encontrado un par de calcetines que Merlín sabe cuánto tiempo llevan ahí y en la de Sirius una revista que está seguro que tiene que estar prohibida en el colegio), después en los baúles, siempre abiertos. En un último intento ha levantado las sábanas, por si a alguno de los otros se le ha ocurrido la brillante idea de esconder sus cosas en un lugar como ese. Y es entonces cuando se da por vencido y sólo le queda observar la nada intentando recordar dónde diablos ha podido meter el ejemplar de El Profeta que ha recibido esa misma mañana a la hora del desayuno.

Con pesadez cierra la puerta baja los escalones con cuidado, apoyando la palma de la mano en la pared, todavía pensativo. De la Sala Común llegan voces potentes; no es un lugar tranquilo nunca, si lo que buscas es el silencio es mejor que te encierres en el dormitorio o que uses la Biblioteca. Los alumnos de Gryffindor se caracterizan por su valentía, pero si Remus tuviera que concederles otra cualidad probablemente sería la de molestos. Y dentro de los niveles de impertinencia, sus amigos se llevan la palma.

No sabe ni por qué se sorprende cuando se encuentra a los tres allí abajo, Peter sentado en el suelo con amplia sonrisa y las manos nerviosas en el regazo, mirando directamente a los otros dos. "Los otros dos".

- Chicos, ¿habéis visto...? - Remus se calla. Cuando era más pequeño su madre le decía que era bueno contar hasta cien cuando alguien hace algo que no te gusta. En ese momento, Remus llega hasta los doscientos y después consigue articular palabra - ¿Qué se supone que hacéis?

- Puñetas.

- Ah - Remus sonríe mientras da un paso al frente -. Pues yo juraría que eso no es hacer puñetas.

- ¿Alguien sabe lo que es hacer puñetas? - Interviene James pensativo.

- Hacer los puños de los jerséis. Eso es hacer puñetas.

- Sirius, eres todo un erudito.

Remus se muerde la lengua, cierra los puños y frunce el ceño cuando intenta analizar la escena por segunda vez. Sirius sostiene una hoja de periódico; el resto se encuentran en el suelo, completamente destrozadas o arrugadas hasta decir basta. James, con la varita en el aire y la lengua en la comisura de los labios realiza dibujos a fuego en la página de papel que le sujeta su mejor amigo. Y parece divertirle.

- ¿Y no creéis que esto roza lo absurdo? - Insiste Remus.

- Tampoco tanto - se encoge de hombros Sirius, tirando la página y sacando su propia varita. Ahora James ocupa su lugar -. Es un periódico viejo que había por ahí.

- Ah... ¿Estaba por ahí? ¿Porahídóndeexactamente? - Las palabras se atropellan unas a otras en la punta de su lengua.

- Creo que Sirius se lo ha sacado del culo, el muy cerdo – James ríe su propia gracia y luego niega con la cabeza con un suspiro. Es ese tipo de cosas que suele hacer: soltar la bomba y luego asimilar lo bueno que es. O más bien, lo bueno que se cree que es.

- Hoja a hoja – le concede Sirius.

- ¡NO ES VERDAD! – Remus no puede aguantar más y estalla – ES MI PERIÓDICO. ES EL PERIÓDICO DE HOY Y ME LO HAN TRAÍDO EXPRESAMENTE A MÍ Y ESTABA EN MI CAMA Y NO EN TU PUÑETERO CULO, SIRIUS BLACK.

- ¿Tienes pruebas, Lupin? – Sirius le vacila, indicándole a James con la mano que coja otra hoja de papel.

- Pone la – una bola arrugada se estampa contra su nariz y cae al suelo – fecha.

Los dos chicos le miran sonrientes, James con la mano en la tripa, riéndose a carcajada limpia y medio agachado, incapaz de mantenerse erguido. Sirius a su lado berrea "¡en toda la napia!", y es entonces… Es entonces cuando Remus se enfada.

Coge la bola de papel con la mano y dignamente se sienta en una silla; delante de ella hay un escritorio, el mismo que suele utilizar las noches en vela para leer. Afortunadamente el papel no está demasiado arrugado, así que con la palma intenta extenderlo completamente, y con un gruñido lee el titular. A su espalda James y Sirius hablan en voz baja, o al menos lo que ellos consideran que es "voz baja", porque se escucha claramente al primero decir "¿se ha enfadado de verdad?" y al otro "no creo, no hemos hecho nada". Siguen con el debate "seguro que es porque te has metido con su nariz" y "¿qué le pasa a su puñetera nariz?", seguido de un "pues no sé, Sirius, que es grande" y "Remus no tiene la nariz…"

– ¿Sabéis que os escucho, verdad? – Remus se vuelve irritado.

– ¿Te has picado? – Sirius se acerca a él y apoya el codo en la mesa de forma casual.

– James, ven, anda – el joven hombre lobo le ignora y levanta el brazo para que el otro chico se acerque.

– ¿Qué pasa?

– Que el lobito se ha picado.

– ¿Has leído esto? – Señala la página con preocupación – Han… Han matado a una pareja de muggles cerca de tu… De tu casa.

– ¿En serio? – A esas alturas Peter ya se ha levantado y se pone de puntillas para mirar por encima del hombro de Remus, pero este último únicamente se aparta un poco, rozando a Sirius con el codo, para que James pueda mirar de cerca la noticia. Durante unos segundos se hace el silencio, los cuatro leen y uno a uno van terminando – Merlín… Estos tíos vivían en mi calle.

– "A pesar de que no había señales de violencia, El Profeta ha sido informado de que no se trata de un caso relacionado con la magia. Cosas de muggles" – relee Remus en alto –. Claro, porque los muggles se mueren sin más.

– Además no saldría en El Profeta si no tuviera nada que ver con… Con la magia, ¿no? – Añade Sirius.

– "El señor Potter, que reside en el Valle de Godric junto a su mujer, y que además es representante del gabinete coordinador del Ministro de Magia ha tranquilizado a la prensa alegando que el caso no tiene nada que ver con la desaparición de una pareja de magos el fin de semana pasado a 50 millas de Godric; 'es absurdo, este es un caso de homicidio de lo más habitual', ha añadido" – Sirius lee con voz ronca –. James, tu padre es todo un poeta, ¿eh?

– Pero… Yo he escuchado a mi padre preocuparse por las desapariciones en casa…

– Si yo estuviera en el Ministerio de Magia tampoco iría por ahí diciendo que algo se me va de las manos, James.

– Yo te votaría para Ministro, Lupin – Sirius continúa intentando llamar la atención de Remus, pero es inútil –. Eh, James, tu padre sale muy atractivo en esa foto, a diferencia de ti.

– ¿Quién es tu padre? – Remus observa la foto en la que hay un señor vestido con traje y sombrero, elegante; al lado de él otra mujer peinada con un alto moño y tras ellos varios testigos o periodistas. Es imposible saberlo.

– El señor alto – James se da la vuelta revolviéndose el pelo –. El que le habla a la tía esa de pelo rizado de El Profeta, ¿quién va a ser?

Remus mira fijamente a la persona que continuamente intenta alejarse del marco de la foto; el señor de traje. Es mayor, de pelo cuidadosamente peinado, canoso, casi blanco y ausente en la coronilla. Nunca antes había visto a los padres de James, por casualidades de la vida nunca ha coincidido con ellos en la estación. Lo único que sabe de los señores Potter lo conoce de boca de Sirius, porque James, al contrario de lo que pueda parecer casi nunca presume de su familia. En realidad a Remus siempre le ha extrañado; sabe que vive en una casa muy grande, con varios pisos y con unas comodidades que cualquiera envidiaría. Y no es habitual de James no presumir por absolutamente todo lo que le hace mejor que la mayoría de la gente. Básicamente se pega media vida presumiendo de que, por supuesto, su existencia es mejor que la de los demás. El señor Potter es guapo, en el color blanco y negro de la fotografía apenas se puede apreciar, pero si miras de cerca se ven las arrugas de la boca y Remus no puede evitar sacarle cierto parecido a James, a pesar de que el joven Potter tiene un aura de atractivo que es difícil de conseguir. Tal vez el señor Potter fue como James en su juventud.

– Te pareces a él – dice al fin.

– ¡Ay! – James frunce el ceño – No me digas eso, por favor.

– ¿Por qué?

– Porque… – Vacila – Porque es… ¿Mayor?

– Eso no quita que te parezcas a tu padre, James. Es lo que suele pasar, que los hijos se parecen a los padres.

– Yo no me parezco a mi madre – Sirius gruñe –. Ella tiene cara de pájaro y yo no.

– En realidad… – James se lleva un dedo a la barbilla. Pensativo – Te pareces un poco a tu madre, Sirius. Me explico, si le quitas la boca que parece que se va a abrir cual fauces de tiburón para comerte, y los ojos pequeños y malignos y la nariz puntiaguda… Tenéis el pelo del mismo color.

– Yo creo que este chico se tuvo que caer de la cuna de pequeño.

Remus se ríe, Peter también y James le pasa los brazos a Sirius por los hombros con facilidad. Así, los cuatro, juntos es sencillo olvidarse de la hoja de papel sobre el escritorio, que cae sobre sus hombros con más fuerza de lo que realmente imaginan.

El evento conocido como la Primera Guerra Mágica fue un conflicto que nació en la década de 1940; pero no sería hasta a partir de los años 70 cuando el mundo mágico empezase a sentir lo que se le venía encima. El tiempo cambió, Gran Bretaña sintió que cada gota de lluvia que caía pesaba un poquito más que la anterior. El cielo se tiñó de verde y los corazones de algunos se volvieron del más oscuro negro. En ese momento, de pie, mirándose los unos a los otros ninguno entiende nada de guerras y magia oscura. Si les hubieran preguntado por un tal "Lord Voldemort" probablemente habrían musitado un "¿Y quién leches es ese tío?". La palabra "terror" no entraba en su vocabulario y la mayor de sus preocupaciones era sobrevivir al día siguiente sin comerse algún castigo. Es curioso cómo las cosas cambian, y cómo el paso del tiempo hace dar vuelcos y tumbos a lo que son las personas. Hasta mucho tiempo después, ninguno de ellos asimilaría que estaban siendo testigos de uno de los acontecimientos más importantes de la Historia de la Magia; pero en el momento en el que lo hicieron, ninguno perdió la sonrisa. En el futuro, Sirius dirá "la gente se amarga con toda esta mierda de la guerra, y los mortífagos y toda esa leche", y Remus, mucho más sensato, contestará "muere gente, Sirius. Podríamos ser nosotros". Y serán conscientes, del peligro, de lo que te juegas en una guerra de verdad; en lo diferente que resulta fingir hacer duelos sobre la cama y tener la vida de alguien en la punta de la varita. "Creo que no lo entendéis, tíos", añadirá James, conciliador "nosotros somos cuatro. Así que, espalda con espalda nunca nadie podrá cogernos por sorpresa".

Y los demás le creerán. Porque es James, y siempre será James. Y cuando el bueno, alegre y optimista de James abría la boca todo parecía cobrar sentido, por muy absurdo que fuera. Todo tuvo sentido la primera vez, en 1971, cuando James Potter le dijo a Sirius Black que fingir ser listos delante de Remus Lupin podría hacer que consiguieran ser amigos. Todo tuvo sentido, cuando en 1974 movió los brazos en el aire, se revolvió el pelo y les hizo ver que "eso de convertirnos en bichos peludos como Remus no es tarea imposible". Todo tuvo sentido cuando en 1977, a dos centímetros de la boca de Lily Evans le susurró que colarse en el armario de material de quidditch "podría ser una buena aventura que compartir juntos". Y por supuesto, todo pareció tener sentido, cuando en 1981 cogió a Sirius de los hombros, le dio el abrazo más largo de sus vidas y le explicó que todo estaba bien, que todo seguiría bien durante toda la eternidad y que lo tenía todo bajo control.

El periódico queda olvidado al rato; una sombra en la mesa. Se sientan en el suelo, sobre la alfombra, cerca de la chimenea en la que arde un fuego intenso que nadie ha encendido, evidentemente. Remus tarda menos de un minuto en subir a la habitación y bajar con una baraja de cartas en las manos. Ese día juegan a lo que ellos creen que es el póker; Sirius aprende rápido, hace trampas con facilidad y acaba siendo pillado por sus amigos que deciden eliminarle de la partida. James gana la siguiente con lo que Remus llama "la suerte del principiante" y finalmente Peter saca una buena baza. Cuando Sirius se vuelve a incorporar, Remus le remanga la camisa hasta los codos y le toca el pecho a conciencia, buscando el truco "que no, Remus, pesado, que no llevo nada".

Así, entre risas pasan la tarde, hasta que James se cansa y tira las cartas al suelo, siguiendo el mismo camino después. Inesperadamente, Remus hace lo mismo, colocando la cabeza a un centímetro de la de su amigo. Sirius y Peter se miran y con un largo suspiro les acompañan. Allí tirados conversan en voz baja, porque "siempre hay cotorras escuchando", como dice Sirius normalmente. James propone coger la capa esa noche, Sirius decide explorar la puerta que hay al fondo de la clase de Encantamientos y que el profesor Flitwick mantiene cerrada con recelo "¿has pensado que puede que contenga material escolar?", le vacila Remus.

- ¿Y si no contiene material escolar, Lupin?

- Entonces me muero por saber qué hay ahí dentro. - Contesta el otro con una amplia sonrisa, perdido en los cuadros de la pared; dándose cuenta por primera vez de que hay un retrato de una mujer joven bastante guapa que si no fuera porque cree es imposible juraría que es clavadita a la profesora McGonagall.