Travesuras bajo el Lago Negro.
Todo empieza aquella mañana, después del desayuno. Un increíblemente despierto Remus y unos no tan dispuestos Sirius, James y Peter se disponen a salir del Gran Comedor cuando la profesora McGonagall les intercepta, justo antes de que puedan llegar al vestíbulo.
— ¡Buenos días, Minerva! – saluda Sirius, enérgicamente, y trata de continuar avanzando, pero el brazo de la bruja le impide el paso.
— Buenos días, y no tan deprisa, señor Black…
— ¿Qué ocurre, profesora? Tenemos clase de…
— Sé que tienen clase, señor Lupin, pero estoy segura de que al profesor Flitwick no le importará esperar a su llegada unos segundos más de la tardanza habitual.
— ¿Nos va a quitar puntos? ¡No hemos hecho nada…!
— Yo no estaría tan segura, señor Pettigrew. Acompáñenme…
Caminan con ella hasta un aula vacía. Una vez allí, Remus espera, quieto, mirando fijamente a la profesora, Peter mira al suelo, Sirius se sienta sobre un pupitre y James se apoya en el contiguo, con la camisa remangada hasta los codos y los brazos cruzados.
— Me han informado — comienza McGonagall, y hace una pausa larga entre esa palabra y la siguiente, deteniéndose a mirar individualmente a cada uno de los cuatro chicos — de que fueron ustedes los responsables de la broma pesada contra el profesor Jeffrey que tuvo lugar hace unos días.
— ¿Una broma pesada, Minerva? No tengo ni idea…
— ¿Qué pasa? ¿Nos va a castigar? — murmura Peter.
— Yo… E-esto… — titubea Remus.
— ¡Ja, ja! Claro que no hemos hecho nada… ¿Verdad, chicos? ¡Nosotros no sabemos nada de la silla!
Un silencio incómodo. Sirius bufa.
— Tú eres tonto, James, tío.
El resultado son cinco puntos menos para Gryffindor para cada uno, una reprimenda de más de quince minutos y un "espero que no vuelva a repetirse, Potter, Black, Lupin, Pettigrew." Después, salen de la habitación. La primera clase de la mañana ya ha comenzado y el silencio reina el castillo y cae sobre sus hombros desde el séptimo piso hasta el primero. Solo se escuchan los cuatro pares de zapatos contra el mármol y nadie dice una sola palabra durante unos instantes hasta que, como siempre, habla James.
— Bueno, pues ya hemos perdido los primeros puntos del año, ¿eh?
No hay resentimiento, lástima ni preocupación en sus palabras. Es una afirmación, simple, llana, que no busca explicaciones ni causas. Como si fuese completamente consciente de que aquello era algo que iba a pasar tarde o temprano, y no existiese en el mundo magia lo suficientemente poderosa para evitar que esos veinte pequeños rubíes del reloj de arena del vestíbulo se desvaneciesen. Posiblemente Remus los habrá recuperado en menos de dos días, así que qué importa.
Para Sirius, es algo completamente diferente. Es diferente porque aprieta los puños bajo las mangas del jersey y camina considerablemente más rápido que los otros tres y cuando Remus trata de confortarle poniéndole la mano sobre el hombro, la aparta con un movimiento brusco, sin mirarle siquiera.
— Nadie va a saber que hemos sido nosotros quienes han perdido los puntos, así que no hay de qué preocuparse — se aventura a añadir Peter.
Cuando llegan al tercer piso, al aula de Encantamientos, la puerta ya está cerrada, y a través de ella puede escucharse la voz aguda del profesor Flitwick hablar incesantemente. Nadie parece estar echándoles en falta, es demasiado temprano por la mañana e incluso Remus camina con pereza y duda unos momentos antes de estirar el brazo hasta el pomo de la cerradura.
— Oye, Remus. — comienza a decir James. — ¿Y si no vamos a clase?
Al principio suena descabellado. Están en el colegio; es más, viven en el colegio y la idea de poder simplemente no asistir a una de sus clases sin que nadie se percate parece ridícula, inverosímil. Peter duda, Sirius frunce el ceño y Remus niega automáticamente con la cabeza pero no se mueve ni un solo ápice. Los pasillos vacíos del castillo les susurran, les incitan; luces brillantes a través de las vidrieras reflejándose sobre el suelo de mármol, retándoles. Casi catorce años, un mundo de posibilidades frente a sus ojos y la certeza de que nunca nadie entra jamás al cuarto de baño de chicos de aquella planta. Un solo intento más basta para convencer del todo a Sirius y Peter, y Remus se lo piensa unas cuantas veces pero acepta igualmente: es impropio en él, refunfuña por el camino, jamás lo hubiera propuesto él mismo y desde luego no lo considera una acción correcta, pero muy en el fondo hay algo dentro de Remus que late con la misma intensidad que el ansia de aventura y romper reglas de sus tres amigos.
Dentro del baño hay una pequeña cristalera con repisa y sitio suficiente para dos de ellos. Sirius se apresura a tomar asiento y James se dispone a hacer lo mismo pero termina cediéndole el sitio a Remus y sentándose en el suelo, junto a Peter, con las piernas cruzadas. Está limpio, de todos modos. Con los codos sobre los muslos y las manos bajo la barbilla. Sirius mira por la ventana con la espalda apoyada en la pared, rodillas flexionadas, ojos entornados, y casi parece que todo el edificio tiembla con el sonido de su voz cuando dice:
— Os dije que no podíamos confiar en ese tío. ¡Os lo dije!
— ¿Qué tío? ¿De qué estás hablando, Sirius? — pregunta Remus, a su lado, con voz ronca.
— Del profesor Jeffrey. Se ha chivado, tíos. Mucho "¡ji, ji, qué graciosos!" y "¡já, já, yo también hacía esto a vuestra edad!" pero se ha chivado a la puñetera McGonagall, tíos.
Y Remus se ríe. Y a Sirius le parece casi insultante y le hace enfurruñarse aún más, pero Remus se ríe igualmente. Se sujeta el estómago con las manos y parece que ni un millón de "cállate, Remus, no tiene gracia" harían que dejase de reír hasta que, un rato después, se queda en silencio de nuevo, como un juguete que se ha quedado sin cuerda, cogiendo aire en bocanadas profundas.
— A ti lo que te pasa, Sirius, es que las chicas le miran más a él que a ti, y no puedes soportarlo. ¿Es eso?
— Te ha pillado, Sirius.
— Uuuuuuuuuuh, tío, lo que te ha dicho Remus.
— ¿Sois imbéciles? No es eso lo que me pasa. Dejadme en paz.
Risas de nuevo, esta vez, de los tres juntos. James canturrea "Sirius tiene celos del profe nueeevo" y Remus murmura "oye, pero no te piques, Sirius. En serio, que es normal, no pasa nada."
— Pero que no, Jimmy. Que lo que pasa es que sois idiotas y os habéis fiado de ese mamarracho y ahora tenemos veinte puntos menos que Remus va a tener que recuperar estudiando como un gorrión y ya está. No hace falta que os diga que ya os lo avisé pero de todos modos, voy a decirlo: ya os lo avisé.
— ¿Cómo que voy a tener que recuperarlos yo? Yo no hice nada así que lo justo es que vosotros…
— ¿Qué clase de mierda de comparación es "estudiar como un gorrión", Sirius? — dice James, burlonamente.
— Pero yo no creo que el profesor Jeffrey se haya chivado, ¡si es un tío majo! — insiste Peter.
— Oye, ¿y el profesor Jeffrey le gusta a las chicas?
Y Sirius cambia de tema con esa naturalidad innata, dejando caer la pregunta como quien no quiere la cosa, de repente, mirando hacia otro lado.
— No lo sé. Sí, ¿no? Quiero decir, le gusta hasta a Remus y es un chico…
— ¡Oye!
— ¡Un poco sí que te gusta, Remus! — ríe Peter — ¡Hemos visto como le miras!
— ¿Por qué? O sea, vale que tiene el pelo rubio y supongo que a las chicas les gustan los chicos rubios. Y los ojos bonitos. Y habla con como la barbilla levantada y todo eso pero…
— ¿Sirius?
— Qué pasa, Remus. ¿Es mentira?
— No, no es mentira, pero me gustaría saber cuándo te has fijado tú tanto en los ojos de alguien como para decir que los tiene bonitos.
— Pues… Siempre, tío. No sé qué dices.
— ¿Tengo los ojos bonitos? — y mientras habla se los tapa con la mano derecha para que Sirius no pueda verlos.
— Sí. Creo. ¿Sí, no? Ayúdame, James… Tú sí que los tienes muy feos, tío. No me extraña que lleves lupas, yo también me los taparía…
Discuten un rato más y para cuando quieren darse cuenta la clase de Encantamientos ya ha terminado y escuchan al resto de alumnos salir del aula con pasos rápidos y en dirección a la siguiente lección. Así que se asoman por la puerta del baño, mirando primero a derecha y luego a izquierda y después, solo cuando es seguro que nadie más les está observando, salen de su escondite y se incorporan al ritmo acelerado de la vida en el castillo como si nada hubiese pasado y realmente hubiesen atendido al profesor Flitwick durante toda aquella hora. Después tienen clase de Transformaciones en la planta baja así que se dirigen hacia las escaleras cuando Lucius Malfoy, Severus Snape y Evan Rosier, otro de los jóvenes de su casa que suelen acompañar al primero, se interponen en su camino, con expresiones divertidas y burlonas a partes iguales.
— Qué pasa, Black, ¿te lo vas a pasar bien castigado esta tarde con McGonagall?
— Eso, Potter. Y vosotros también, Lupin y Pettigrew. ¡Espero que os guste limpiar retretes!
Al principio no entienden del todo qué es lo que los Slytherin pretenden decirles pero de un momento a otro las piezas encajan en su cabeza con demasiada precisión. Es Sirius el primero que reacciona, gruñendo, maldiciendo en voz alta, bramando todo lo alto que da de sí su garganta:
— ¡MALDITOS DESGRACIADOS! ¡HABÉIS SIDO VOSOTROS! ¡OS VOY A MATAR!
James se debate entre tranquilizar a Sirius o insultar a Lucius y sus amigos aún más alto y termina decantándose por poner una mano en el hombro del primero y decir "déjalos, tío, nos vamos a vengar, se van a enterar de quienes somos nosotros, ya verás." Ellos se alejan, todavía riendo y regocijándose en su victoria, a lo que Remus simplemente añade que "no vale la pena, Sirius" y Peter dice que "mejor vámonos, es mejor no hacer caso…"
Lo que ninguno de los tres se esperaba es que Sirius fuese a tomarse tan en serio todo el asunto de la "venganza", hasta el punto de que espera pacientemente que las clases e incluso la hora de la comida terminen para subir el dormitorio y una vez encerrados en su espacio personal, sentarse sobre la cama, piernas y brazos cruzados, expresión seria y mirada decidida, para decir:
— Bueno, y ahora, ¡nos toca vengarnos! ¿Cómo lo hacemos? ¿Alguna idea? ¡Podemos pegar a Samuel Snape y Lucio juntos de nuevo!
Remus no se siente ni siquiera con ánimos para corregirle esta vez y James piensa que ni siquiera en el peor de los casos pueden arriesgarse a que su reputación caiga en picado por repetir una broma. Así que, aunque reticentes al principio, todos ellos terminan cavilando y buscando alternativas a su propuesta. Al final, se le ocurre a Peter: la táctica es muy sencilla si se posee una capa invisible, algo de coraje, mucha confianza en sí mismo y ganas de hacer travesuras, y son precisamente estas cuatro características las que definen a James y a Sirius.
— Podemos mezclar polvos pica-pica con poción para la caída del pelo, y echarla en las almohadas de los Slytherin. Así, cuando mañana por la mañana se despierten…
— ¿Y cómo vamos a entrar a la Sala Común de Slytherin, tío listo?
— Va por contraseña, como la nuestra, ¿no? Solo tenéis que seguir a alguien que se la sepa y entrar tras él.
— Peter, si no fuese porque pondría celoso a Jimmy, ahora mismo te besaría.
No dicen mucho más porque se ponen manos a la obra. Remus insiste una y otra vez en que él no va a participar en "aquella barbaridad" pero termina accediendo a preparar la poción. No mucha gente lo sabe y en realidad solo lo especifica en una pequeña notita a pie de página en su libro de Pociones pero cambiando un par de ingredientes a la poción crecepelo habitual se puede conseguir el resultado que buscan. Los polvos pica-pica son mucho más fáciles de encontrar porque James se aseguró de llevar cantidades indecentes de ellos en su baúl a principio de curso, "solo por si acaso". El mayor problema es comprobar que aquella mezcla ha dado resultado pero al final es Sirius el que se deja convencer para aplicarla en sí mismo. Elige una zona aislada de la pierna, detrás de los tobillos: esparcen tan solo un poco del material y en cuestión de segundos el poco vello que posee en la zona ha desaparecido totalmente. Los cuatro sonríen ampliamente.
— Au, pero… Aún pica un poco. — añade Sirius, mientras se rasca con fuerza.
— Pues mejor, tío, mucho mejor. — James ríe aún más.
Son las siete de la tarde, aún queda un largo rato para la cena y los cuatro jóvenes merodeadores se sientan en el centro de su habitación, haciendo un círculo, y garabatean en un pergamino un improvisado mapa del castillo. Mazmorras y pasillos y escaleras y lugares más transitados por los de la casa enemiga delineados en tinta negra y flechas y círculos que marcan el camino que ellos mismos deberían tomar. Todo planeado, como si realmente no fuese un juego, pero sin ninguna duda lo es porque ninguno de ellos se para a pensar las consecuencias: quizás Remus, como de costumbre, murmura un par de veces "pero, chicos, esto no va a estar bien…" pero la preocupación no es muy grande, de todos modos, porque lo cierto es que en ningún momento pasa por sus cabezas la mera posibilidad de que puedan ser atrapados. Tras un poco más de debate sobre la ruta que deberían seguir y la táctica que utilizarán para acceder a la Sala Común, y solo después de que James se queje "jo, ojalá tuviéramos un mapa de todo el castillo de verdad", se disponen a llevar aquella travesura a cabo de una vez por todas.
Los elegidos para llevar a cabo el plan maestro son Sirius y James porque Remus se niega en rotundo a tener nada más que ver con aquello y Peter insiste en que es muy importante que él mismo vigile las escaleras para asegurarse de que no hay ningún profesor a la vista que pueda atraparles. Así que despliegan la capa invisible y se escabullen bajo ella. Sirius insiste en ir primero "aunque sea por esta vez, tío, es que eres un abusón… ¡Claro, como es tu capa, quieres ir delante siempre! Y eso, Jimmy, no es justo, y lo sabes." James no está muy convencido pero termina accediendo finalmente a ir en segundo lugar, con la condición de "que dejes de quejarte ya, por favor." El resto sale prácticamente solo porque aquella no es, ni de lejos, la primera vez que hacen aquello. Pasos rápidos, coordinados y silenciosos, esquivando con habilidad obstáculos y a los últimos alumnos que aún vagan por los pasillos. En solo unos minutos ya se encuentran en el vestíbulo y, una vez allí, comienza la segunda parte del plan: buscar a un inocente Slytherin al que seguir hasta su correspondiente Sala Común.
Pero aquella termina por ser una tarea mucho más ardua de lo que se esperaban. Lo que planeaba ser una operación rápida termina alargándose más de lo que podían imaginarse y media hora más tarde Sirius y James bufan y suspiran bajo la capa. Todo el mundo sabe que a esas horas apenas nadie transita por allí y ellos deberían haberlo pensado antes, pero no se les ocurrió en ningún momento así que no tienen otro remedio que esperar.
— De todos modos, ¿tienes alguna idea de cómo funciona la Sala Común de Slytherin?
— No, Jimmy. Ni una sola.
— ¿Y si no sirve solo con seguir a alguien para entrar?
— Servirá. Ya verás.
No se lo plantean más. Se encuentran al ya borde de la desesperación cuando escuchan pasos que provienen de la escalera, tras ellos. Se dan la vuelta para mirar demasiado rápido y demasiado brusco y casi tropiezan el uno con el otro. James le da a Sirius un codazo en el estómago sin querer para evitar caer al suelo y descubrirse y él maldice en voz baja una vez, y después vuelve a maldecir otra más cuando ve que quien camina hacia ellos es nada más y nada menos que Regulus Black. Su hermano va demasiado abrigado para la época del año en la que se encuentran y desliza una de sus manos por el mármol brillante de la barandilla con una suavidad que parece casi impropia para alguien que comparte sangre y apellido con el bateador del equipo de Gryffindor. James dice "venga, ya está, vamos" y Sirius dice "no, tío, que es Reg". Le llama así, "Reg", casi sin darse cuenta, casi cariñoso, casi queriendo evitar inmiscuirle en aquello que están a punto de hacer y que rompe sin duda más de una decena de las normas del colegio. James contesta "bueno, y qué, es un Slytherin" y Sirius es incapaz de rebatir esa afirmación así que, a regañadientes, van tras él.
El suelo de las mazmorras es de piedra y resuena y hace eco al andar, así que tienen que ser especialmente cuidadosos conforme avanzan. Por suerte, el caminar de Regulus es lento y pesado y, además, se detiene a hablar con una joven de pelo claro y ojos pequeños antes de pronunciar la contraseña. Empieza con un simple saludo y una respuesta cortés pero parece que la chica tiene un gran interés en conversar con él e intenta alargar la situación lo máximo posible, haciendo que el rubor de sus mejillas aumente con cada palabra. "¿Qué tal el día?" "¡Ah, qué hambre, espero que haya algo rico para cenar!" "¿Qué tal llevas los deberes de Transformaciones?", contestados con simples "Bien, como siempre." "Sí, la verdad es que sí, eso espero." "Bueno, no sé." No son muy complicados." Al principio a Sirius y a James les parece gracioso e incluso conveniente: gracias a ello han conseguido alcanzar el paso de Regulus sin hacer ruido ni ser descubiertos. Sin embargo y tras unos minutos, la situación comienza a resultarles incómoda. Sirius piensa tío, ¿mi hermano le gusta a las chicas? ¿En serio? y James piensa que tengo que molestar a Sirius esta noche diciéndole que su hermano les gusta a las chicas. Pero no dicen nada porque no pueden, porque no quieren, porque no procede en ese momento y porque se arriesgan a ser atrapados en un lugar en el que no deberían estar. Cuando aquella chica por fin claudica y se da cuenta de que no tiene mucho más que sacar de esa charla, se marcha. Es entonces cuando Regulus se acerca a los límites de la sala y murmura algo en voz baja. Presumiblemente, la contraseña. No importa que no lo hayan escuchado y tampoco importa que no tengan ni la más remota idea de cómo funciona porque en cuanto la pared comienza a moverse y él se dispone a entrar, entienden al instante que tienen que aprovechar aquella oportunidad y apresurarse a cruzar el hueco antes de que se cierre. James empuja a Sirius para que avance más rápido y para cuando éste último consigue abrirse paso por la puerta ya es demasiado tarde para él. Nota como la capa se desliza sobre él mientras la entrada se desvanece y en el muro de piedra y antes de que pueda darse cuenta se encuentra solo y perfectamente visible, de pie, en las mazmorras. Maldice en voz baja. Sirius es idiota. Maldice otra vez, esta vez casi gritando, porque hacerlo suavemente no le parece suficiente. Soy idiota. Permanece unos instantes ahí, quieto, sin moverse ni saber qué hacer, y cuando se da cuenta de que no parece que Sirius vaya a volver en ningún futuro cercano, se encamina de nuevo hacia los dormitorios, mascullando entre dientes.
Al otro lado de la pared, Sirius Black tarda unos segundos en darse cuenta de que su mejor amigo no le está siguiendo. No puede evitar notar que está mucho más cómodo y hay más espacio bajo la capa, pero está tan concentrado, y generalmente los pasos de Sirius y James son tan acompasados sin necesidad de ponerse de acuerdo siquiera, que no es hasta que pierde a su hermano de vista y se dispone a subir las escaleras a los dormitorios cuando se da la vuelta y James no está allí. Mira alrededor, desconcertado. Va a quejarse pero se da cuenta de que no puede hacerlo porque cualquier paso en falso podría hacer que le descubran, así que simplemente se preocupa. Yse preocupa mucho, muchísimo.
Porque no es lo mismo. Una broma así, en solitario y en territorio prohibido,no es tan emocionante. Es más: no es casi apenas divertido. Ya no son risas ahogadas y miradas cómplices y susurros bajo la capa. Sin sus compañeros de aventuras Sirius languidece un poco, y por primera vez piensa fríamente: en lo que va a hacer y en los riesgos y las consecuencias de sus actos. A su alrededor, la Sala Común está vacía. El aire es gélido y húmedo, como enrarecido; la luz, extrañamente oscura. Los sofás son de cuero negro y prácticamente toda la decoración y el ambiente de la estancia se contraponen enormemente a la calidez y suavidad de su Sala Común propia. Si te concentras y escuchas atentamente puedes oír el suave movimiento de las aguas del Lago Negro arañando las paredes. Sirius sabe que es el Lago Negro y no cualquier otra cosa lo que emite el susurro incesante que emana de las grietas entre los ladrillos de piedra porque ha escuchado múltiples veces a alumnos de aquella casa (incluido su hermano) presumir de lo fantástica y relajante que según ellos es la sensación de encontrarse bajo el agua. A él le parece que es cuanto menos desagradable, y pagaría todos los galeones del universo por no tener que escucharlo. Hay algo allí dentro que le hace sentir escalofríos, náuseas, pinchazos en el estómago y unas irremediables ansias de volver atrás, a la torre de Gryffindor, a su habitación, con sus amigos. Está a punto de marcharse cuando piensa hostias, Sirius, qué clase de bromista eres, imbécil y si James se entera de que le has dejado atrás para no terminar la broma va a matarte o a reírse de ti durante los cinco próximos años, colega y comienza a subir las escaleras hacia las habitaciones de los chicos con toda la velocidad que le permiten sus piernas.
Una vez en el pasillo se encuentra con un nuevo inconveniente: encontrar la habitación de Lucius, Snape y compañía. Hay más de diez puertas a cada lado: muchas de ellas están cerradas, y Sirius no tiene ni la más remota idea de por dónde empezar. A decir verdad, no es que no hubieran pensado en ello antes: recuerda a Remus comentando levemente "¿y cómo vais a saber cuál es su habitación?" y a James contestando "bah, ya se nos ocurrirá algo." Pero allí no están ni James ni Remus ni Peter, ni tampoco tiene ninguna idea. Comienza, por tanto, por las puertas abiertas: se escabulle dentro de las habitaciones y comprueba el nombre escrito en los baúles. Examinado el tercer dormitorio, la paciencia de Sirius se encuentra ya en niveles mínimos.
Afortunadamente, el cuarto intento es el definitivo, y cuando lee el nombre de Severus Snape escrito en una pequeña plaquita metálica sobre la madera casi tiene que contenerse para no celebrarlo en voz alta. El resto es fácil: saca los polvos, previamente encantados por Remus, y los esparce sobre las almohadas de sus víctimas. Después, sale de allí a toda velocidad, buscando reunirse con sus amigos lo antes posible. Encuentra a Peter por el camino, y a los demás en el dormitorio.
— Así que haciendo travesuras sin mí, ¿eh, Sirius? Querías llevarte todo el mérito… — comienza a decir James, un instante después de que éste entre a la habitación. No parece molesto. Al menos no demasiado. Sirius suspira aliviado.
— Has sido tú, idiota. ¡No has pasado a tiempo!
— ¡Pero si has sido tú! Si no te llego a empujar, ni te enteras de que la puerta estaba abierta, y nos quedamos esperando cien horas más o algo así.
— Bah.
No dicen nada más. No hace falta porque, al fin y al cabo, todo ha salido bien y pronto podrán disfrutar del dulce sabor de la victoria. Cualquier duda, cualquier miedo que Sirius hubiese podido tener hace tan solo unos minutos, se desvanece completamente en compañía de ellos tres. James, Remus y Peter: sus amigos. Sus hermanos. Sus compañeros de aventura, en la gran aventura que es siempre la vida.
