Ni siquiera la luna
El miércoles trece de octubre de 1973 será un día frío y de niebla. Son las siete de la mañana. En la habitación de Remus, James, Peter y Sirius hay tres camas ocupadas, una vacía y seis pares de ojos abiertos, de par en par, desde hace muchas horas. Cuando los primeros rayos de sol que caen sobre la torre de Gryffindor comienzan a filtrarse a través de las cortinas, estos tres últimos comienzan a revolverse bajo las sábanas, inquietos, alterados, casi desesperados. Peter tiene las manos y los pies fríos y ha intentado adoptar todas las posturas posibles sobre el colchón desde que las luces se apagasen, hace ya muchísimas horas. A James le pican los ojos y le pesan los párpados; busca, a tientas, sus gafas en el suelo, en la mesilla, bajo la almohada. Sirius amanece con un dolor de espalda intenso, punzante, en el hueco entre los omóplatos y la base del cuello, y la boca tan espesa que durante mucho rato se cree incapaz de pronunciar ni una sola palabra. Haber pasado la noche en vela es algo que ninguno de los tres confesará a los demás en ningún momento, pero será fácilmente adivinable cuando se levanten de la cama de una vez por todas y se desperecen poco a poco. Pelo revuelto, miradas cansadas, caminar pesado y una sola preocupación.
— ¿Qué estará haciendo Remus ahora?
Lo dice James, pero todoslo están pensando. Peter se encoge de hombros y Sirius le imita, a medio camino entre dos bostezos. Cuando se estira emite un ruido, como un gemido muy grave desde el fondo de la garganta. Después se frota la cara con las palmas de las manos y comienza a buscar sus zapatos debajo de la cama.
— No lo sé, pero eso tiene fácil solución.
No es la más brillante de las ideas. No hay plan B, por si no funciona. A duras penas hay plan A. Simplemente pretenden plantarse en la puerta de la enfermería y protestar y molestar a la señora Pomfrey hasta que les permita ver a su amigo. Es tan estúpido y tan desconsiderado que casi es probable que funcione. La más grande e intensa de las cabezonerías, al estilo de los Merodeadores. Usar la capa invisible no es una opción porque de esa forma no podrían hablar con él, pero la guardan bajo la túnica de todos modos para poder acceder al almacén de Honeydukes y hacerse con unas cuantas tabletas de chocolate relleno de fresa, las favoritas de Remus. Les ruge un poco el estómago pero no se plantean ni por un solo momento bajar a desayunar primero porque ni siquiera la mejor de las tostadas con mermelada y el más delicioso de los zumos de calabaza serían capaces de eclipsar su necesidad de saber cómo se encuentra su mejor amigo. Corren por las escaleras hasta el primer piso y una vez allí, reducen la velocidad drásticamente. La puerta está abierta y el interior huele a limón, a flores silvestres y canela. Ingredientes de una poción, probablemente. Peter puntualiza que "huele a limpio" y James contesta que "normal que huela a limpio, aún me duelen las rodillas, tío." Sirius añade "¿estás seguro de que solo te duelen las rodillas por eso, James?" y la respuesta le hace ganarse dos codazos, uno en cada costado. Se acercan sigilosamente y se asoman por el marco despacio, con miedo de lo que puedan encontrarse detrás. Sangre, cicatrices nuevas, aullidos de dolor como los que escuchan cada noche.
Pero Remus duerme.
Simplemente duerme. Tranquilo sobre las sábanas blancas y suaves de la cama, de costado, levemente encogido sobre sí mismo. De vez en cuando se remueve un poco, frunce el ceño, parece que va a abrir los ojos; pero rápidamente vuelve a su estado original. Reposado, calmado, como si nada hubiera pasado, respirando despacio.
Se disponen a entrar. James no se atreve a hacerlo él primero y cuando se lo sugieren, Peter niega intensamente con la cabeza, así que termina siendo Sirius. Trata de caminar con toda la normalidad y naturalidad posible: la espalda erguida y las zancadas decididas, como si realmente no estuviese haciendo nada fuera de lo común. No importa que sea increíblemente temprano y que la entrada a la enfermería, salvo en horario de visitas, esté extremadamente restringida para los alumnos: Sirius no piensa que no deba estar ahí (es más, piensa que tiene más derecho a estar allí que nadie en el mundo) y por su forma de andar, nadie podría juzgar lo contrario. La señora Pomfrey, sin embargo, no opina lo mismo.
— ¡Señor Black!
— ¡Buenos días!
Pero no era "buenos días" la respuesta adecuada. Quizás "hola, señorita, ¿le importaría que pasásemos un rato con Remus Lupin?" hubiese funcionado mejor, pero desde luego un "buenos días", a secas, no colabora para nada en su propósito. La mujer, enfundada en su traje de trabajo, frunce el ceño.
— Les recuerdo que no está permitido entrar a la enfermería salvo… — la frase continuaba diciendo algo así como "en horario de visitas o con la autorización previa de un profesor", pero ni Sirius, ni tampoco James ni Peter, llegan a escucharla porque una voz a sus espaldas interrumpe el discurso de la enfermera.
— No pasa nada, señora Pomfrey… Me gustaría que se quedasen aquí, si no le importa…
Es la voz de Remus la que pronuncia esas palabras, sin duda; pero suena distinta a lo habitual. Más pesada, cansada, rasgada. Como si estuviese utilizando hasta su último aliento y todo el esfuerzo del universo en cada sílaba. Remus habla y todos callan porque durante un instante no pueden hacer nada que no sea observarle. Cabello revuelto, flequillo despeinado, que en la luz pulcra y blanca de la estancia parece casi más rubio que habitualmente. Párpados entrecerrados y pestañas largas sobre las mejillas, pálidas, casi transparentes. Les mira con ojeras largas y profundas y amoratadas y ojos húmedos. James y Peter piensan que es por el sueño y Sirius quiere pensar que es por la impresión de haberles encontrado allí a la mañana siguiente, esperando ansiosos a saber cómo se encuentra. Hay una media sonrisa en sus labios entreabiertos que le da la razón y él sonríe, satisfecho, pensando que una noche sin dormir ha merecido la pena si con ello han conseguido hacer que Remus no se sienta solo. Se incorpora sobre la cama, dejando al descubierto los brazos sobre las mantas. Ahora sí, pueden identificar nuevos rasguños y cicatrices: una herida larga que surca la piel desde el interior del antebrazo hasta la muñeca y otras más pequeñas en manos y muñecas, curadas con poción cicatrizante y cubiertas con pequeñas gasas de algodón pero aun así, visiblemente dolorosas. Ninguna de ellas parece importarle, de todos modos, cuando les indica con un gesto de cabeza que se acerquen.
— Pues no tienes tan mala cara, tío, mira que exageras, ¿eh? — ríe Sirius, mientras se sienta en una esquina del colchón y le da un golpecito suave a Remus en el hombro. Es mentira. Ambos lo saben, pero se ríen de todos modos.
— Te prometí que me cuidaría. Os lo prometí a todos, así que lo he hecho.
— ¡Además te vas a perder clase hoy, Remus! — exclama Peter, tomando asiento en el suelo — No puede decirse que no tengas suerte.
— Te hemos traído cosas, Remus, Remus, mira — James prefiere quedarse de pie. Saca las tabletas de chocolate de Honeydukes que han traído para él y las deja sobre su regazo. Después le revuelve el pelo con la mano derecha. Es un gesto extraño: definitivamente es raro tratar a Remus como a un hermano pequeño, como alguien a quien hay que proteger y cuidar, en vez de como a simplemente… Remus. Del mismo modo que Sirius suele hacerlo con él, James le pasa los dedos por el pelo, le desordena el flequillo hacia atrás. James siempre se queja cuando su mejor amigo lo hace, pero en el fondo es una sensación cercana, reconfortante; y no hay nada en el universo que quiera en ese momento más que reconfortar a Remus, así que lo intenta de la mejor forma que puede.
— Muchas gracias, chicos. De verdad… No era necesario…
Aquel es el primer día que tiene visita en la enfermería. Parece un gesto muy pequeño pero para Remus tener a sus tres amigos allí temprano por la mañana, reunidos alrededor de la cama, significa más que nada en el universo. Cuando la noche anterior le explicó a la señora Pomfrey que les había contado por fin a sus tres amigos que era un hombre lobo, ella se alegró. Pero ni mucho menos esperaba aquella dedicación por su parte. Ni ella, ni nadie. James, Sirius y Peter charlan alegremente y sus voces cálidas brillan más fuerte que los rayos de sol que entran por las ventanas. El estigma que es su licantropía parece esa mañana más pequeño, más liviano. El dolor de las heridas nuevas sobre la piel pálida se apaga entre bromas y carcajadas y cuando les llega la hora de marcharse, Remus no quiere que se vayan, así que les insta a detenerse.
— Esperad, chicos.
Ninguno lo dice pero, en el fondo, todos lo estaban esperando. No es que no sean conscientes de que Remus necesita reposo, pero la idea de dejarle allí solo durante el resto del día no les resulta alentadora. Así que observan con cierta satisfacción cómo se intenta incorporar sobre la cama a duras penas; un pie delante del otro sobre el suelo frío y con la espalda aún dolorida. No importa que James insista "pero que tienes que descansar, en serio, no te preocupes por nosotros" y que Sirius gruña en voz baja "tío, te juro que como te pase algo por hacer el idiota y no quedarte en la maldita cama…" Al final le ayudan a vestirse entre todos. No es buena idea pero Remus Lupin, todo ojeras y movimientos cansados, se siente aquel día con muchas más ganas de afrontar las clases que cualquier otro. Es como un impulso, un cosquilleo debajo de la piel que no cesa. Son ellos. Siempre son ellos.
James, Sirius y Peter haciendo que ser un hombre lobo sea el menor de los problemas que pueden tenerse. "Porque, vale, Remus, perder la Copa de Quidditch es un asunto serio, pero que tú te transformes en lobo una vez al mes, no sé, creo que podemos vivir con ello." James, Sirius y Peter ayudándole a atarse los zapatos y a colocarse bien la capa e insistiendo en llevar todos sus libros hasta el aula a pesar de que repite varias veces que puede él solo. Con los bolsillos llenos de las fabulosas tabletas de chocolate con fresa de todo Honeydukes, sus favoritas, y las sonrisas y los corazones de intenciones aún mejores. Viéndolos así, preocupados, atentos, cualquiera podría olvidarse de los tres preadolescentes que se divierten entre clases lanzando bolas de pergamino encantadas a Severus Snape.
La primera clase del día, como ya viene siendo habitual aquel curso, es Defensa Contra las Artes Oscuras. Como ya viene siendo habitual aquel curso, también, nadie protesta. James es un poco reticente a la materia pero acaba sucumbiendo porque bueno, qué demonios, Richard es un tipo majo. A Sirius no le caía bien en un principio y todavía no parece demasiado convencido pero de todos modos, una hora y media del profesor Jeffrey charlando alegre y casualmente mientras pasea entre los pupitres, no pareciendo demasiado molesto si alguno de ellos (predeciblemente Sirius, ocasionalmente Peter) dormita intermitentemente con la cabeza entre los brazos cruzados, es mejor que cualquier otra cosa a semejantes "horas indecentes de la mañana". Se han levantado demasiado temprano aquel día y han dormido demasiado poco así que caminan casi arrastrándose, como fantasmas perezosos por los pasillos cuando en los pasillos todavía no hay prácticamente nadie. Alcanzan la puerta del aula y se quedan allí parados un rato, esperando a que llegue el resto de gente para entrar.
No necesitan más de cinco segundos para reconocerla cuando llega. La cabellera pelirroja de Lily Evans se mueve hacia un lado y hacia otro cuando camina y aquellos ojos verdes tan grandes parecen especialmente brillantes aquella mañana, temblando, aún húmedos del sueño y a la vez terriblemente despiertos, como con vida propia.
James siempre dice que Lily huele a todas las cosas bonitas del universo juntas en el mismo lugar. Remus y él acordaron un día que su olor era, sin duda, indescriptible, pero quizás si coges todas las palabras bonitas de una novela de amor y aventuras, las mezclas con una canción de los Beatles y lo bates a toda potencia mientras recitas un poema puedes encontrar algo remotamente parecido a aquella fragancia. Lo debatieron durante mucho rato porque no eran capaces de ponerse de acuerdo sobre cuál era la canción que mejor la definía. Para James, Lily es Abbey Road. Entero, de principio a fin, con todas sus notas, las que están ahí e incluso las que nunca se tocaron. Para Remus, Lily vive en los violines y acordes infinitos de She's leaving home. Pausada y mágica, inalcanzable, deslizándose entre los dedos como plata líquida.
Sirius siempre asume que exageran pero lo cierto es que cuando Lily aparece, de un momento a otro, todo a su alrededor comienza a oler a caramelo líquido, a flores y a primavera.
Les saluda con un gesto. Educado, cordial, neutral. Pero después, se fija en Remus.
— Merlín, Remus, ¿¡estás bien!?
Parece realmente preocupada. Visto así resulta extraño. Muchas veces parece seria y distante y siempre inteligente, como si pudieses encontrar las respuestas a todas las preguntas del mundo en su mirada. Y aquello es algo que no sabe y, si todo va bien, no sabrá nunca. No puede simplemente decirle "bueno, verás, Lily, soy un hombre lobo y anoche hubo luna llena, ya sabes, gajes del oficio". No puede porque no quiere y porque no se atreve y porque ya ha sido lo suficientemente arriesgado contárselo a James, Sirius y Peter como para hacerlo de nuevo. Así que fuerza su mejor sonrisa y contesta "sí, estoy bien, no te preocupes".
Y ella no se lo cree.
Alza las cejas, frunce el ceño, entorna los ojos e incluso así son enormes, brillantes e infinitos. Y después tiene que contener la respiración.
Porque Lily le está tocando. Dedos delgados, suaves y finos sobre las mejillas. Le acaricia la cara con cuidado (¿seguro que estás bien? Pareces un poco enfermo… Necesitas descansar…) y el estómago de Remus convulsiona en nervios y culpabilidad, duele, se contrae en vacíos y abismos infinitos. Cuando contesta nota la lengua pesada, la garganta áspera, el corazón en los pies. "No, no pasa nada, Lily, solo un resfriado…"
James les observa, paralizado, con los ojos como platos y la mirada perdida en algún punto entre la piel delicada y cubierta de cicatrices de Remus y las yemas de los dedos de Lily recorriéndolas. Son solo unos instantes, pero contempla cada segundo embelesado, como si acabase de ver una estrella fugaz, hasta que Peter le interrumpe, sacándole de su ensimismamiento.
— Creo que si se queda aquí mirando un rato más, se muere. — señala.
Sirius le da la razón y entre los dos le convencen para dejar atrás a Lily y Remus y entrar al aula. Una vez allí, Peter toma asiento en su pupitre y Sirius y James se sientan directamente sobre las mesas, de espaldas hacia la puerta.
— ¿Son muy amiguitos esa Evans y Remus, eh?
James asiente vagamente, pero no contesta. Unos segundos después comienza a hablar, como si no hubiese escuchado la pregunta anterior.
— ¿Qué se sentirá si Lily te toca así, tíos?
— Pues lo mismo que si te toco yo o te toca Peter, tío.
— Seguro que no. Seguro que es mágico y suave. Tiene que ser muy suave y…
No llega a terminar la frase porque entonces escuchan al profesor Jeffrey abrir la puerta, saludar a la clase y entrar en el aula, con voz alegre y paso rápido. Y, acto seguido, un enorme estruendo que proviene de la entrada. James piensa que suena como alguien tropezándose y las voces preocupadas de algunos de los Gryffindor "¿estás bien? ¿te has hecho daño?" corroboran su teoría.
— No sé quién es el que se ha caído, tío, pero menuda toña… — comenta Sirius, entre risas.
— Ya te digo. Seguro que se le ha arreglado la cara del golpe, eh. — corrobora James.
— ¿Vamos a ver? — sugiere Peter.
Aun riendo, se levantan de un salto, impulsándose con las manos sobre la madera. E inmediatamente, la situación deja de resultarles cómica, porque es Remus el que se encuentra tumbado en el suelo. Abren mucho los ojos, horrorizados, y se arrepienten al instante de haberse mofado de la situación porque no es alguien cualquiera el que se ha caído: es Remus, y eso lo convierte automáticamente en algo para nada divertido. Se apresuran a tratar de levantarle y comprobar si está bien. Remus se encuentra de costado, desconcertado e intentando en vano incorporarse. A pesar de las mejillas sonrosadas, su piel está incluso más pálida que antes, y su aspecto es aún más enfermizo. No es que Remus sea la persona más hábil del mundo y, de hecho, suele tropezar con facilidad, pero el golpe le ha afectado especialmente aquel día, cuando se encuentradébil y convaleciente por culpa de la luna llena de la noche anterior. Sirius y Peter le ayudan a ponerse en pie entre los dos, y James recoge sus pertenencias, que han quedado esparcidas por el suelo. Fruto de la curiosidad o de la propia culpabilidad, del ansia de buscarle algún motivo a aquello que acaba de pasar, se para a mirar a su alrededor. ¿Con qué ha tropezado? No hay nada a la vista. Ningún obstáculo en el suelo.
— Tío, te está sangrando la nariz… — señala Sirius. Le está agarrando del brazo con todo el cuidado que es capaz de poner en esa acción porque, así, desorientado e indefenso, Remus parece casi de cristal, y tiene la sensación de que podría romperse — Ven, deja que…
Afortunadamente, el profesor Jeffrey también se acerca a comprobar qué ha sucedido, alarmado.
— Se ha roto la nariz — les explica — Pero no te preocupes, puedo arreglarlo sin problemas.
Lo dice con un tono de voz calmado y cálido y se inclina sobre el avergonzado Remus despacio. Parece tan convencido y seguro de lo que está a punto de hacer que incluso James, Sirius y Peter se sienten un poco mejor, aliviados, menos preocupados. Le toca despacio con las yemas de los dedos alrededor del tabique, las mejillas, sujetándole la barbilla. Después saca la varita del bolsillo derecho del cárdigan de lana que viste y dice "¡Episkey!" y el hueso roto vuelve a su estado original con una leve sacudida. Remus dice "mu-muchas gracias, profesor" y Sirius masculla "maldita sea, hoy todo el mundo le toca la cara a Remus o qué" pero éste no lo escucha porque está levemente mareado y una fuerte migraña le presiona los laterales del cráneo, tanto que ni siquiera es capaz de percibiren su totalidad lo que sucede a su alrededor. El tiempo no pasa y se congela ahí, en ese mismo instante, y todo lo que ve son pestañas y ojos azules y pelo rubio y voces tenues y apagadas, como ecos lejanos, y al profesor Jeffrey oliendo vagamente a lavanda y ayudándole a colocarse en su pupitre antes de que comience la clase. Solo después de un rato comienza a volver en sí poco a poco.
— ¿Estás bien, Remus? — vuelve a preguntar una preocupada Lily en el asiento contiguo.
— Mejor que nunca.
Nota un par de golpecitos en la espalda que le invitan a darse la vuelta.
— Eh, Remus, ¿cómo te has caído, tío? Igual — comienza James, y baja la voz deliberadamente para que nadie más que él pueda escucharle — no ha sido buena idea que vinieses hoy a clase después de, bueno, eso, ya sabes…
— No pasa nada, James, estoy bien… — estoy bien, estoy bien, estoy bien.Lo ha repetido tantas veces que casi ha perdido su significado. Y lo cierto es que sí, se encuentra bien, al menos todo lo bien que puede encontrarse después de una de sus dolorosas transformaciones. Y no sabe muy bien cómo responder ante tanta preocupación a la que no está acostumbrado. — Me he tropezado… Con algo. No sé cómo ha sido…
Pero sí que lo sabe.
— ¿Seguro, Remus?
— Sí.
No.
Lo sabe, claro que lo sabe. Les ha visto. A Lucius Malfoy. Con la cara extremadamente afilada, y aún más afiladas la mirada y la sonrisa. Pelo rubio platino, cuidadosamente peinado hacia atrás e intenciones indudablemente maliciosas cuando se gira y murmura algo en el oído de su compañero, Alfred Mulciber, alto, con el pelo corto y castaño. Ojos azules y fríos como el invierno, nariz ancha y una carcajada ahogada cuando saca la varita del bolsillo de la túnica y la agita mientras murmura un par de palabras que Remus no alcanza a escuchar. Lo siguiente que recuerda es notar los pies rígidos, imposibles de mover, como atados por una fuerte cuerda invisible. Intentar mantener el equilibrio a duras penas, fallar miserablemente y caer al suelo.
— Eh, que te lo veo en la cara — brama Sirius. Cabezota, insistente. Simplemente, Sirius.
Remus respira hondo.
— No lo sé, Sirius, en serio. Soy un torpe…
— No había nada con lo que te pudieras haber tropezado, ha sido un poco raro… — puntualiza Peter.
No quiere. No quiere que se preocupen. Ya se preocupan lo suficiente y definitivamente más de lo que Remus puede soportar sin sentirse extremadamente culpable como para cargarles con algo más. Pero Remus Lupin no sabe mentir. No ha sabido nunca. A duras penas entiende cómo fue capaz de ocultar su licantropía a sus amigos durante dos años enteros. Simplemente no sabe y aunque piensa que sus contestaciones son, al menos, moderadamente convincentes, lo cierto es que cuando replica por última vez que
— No ha sido nada, de verdad
No suena un creíble. Ni siquiera un poco.
Presiente que se avecina una nueva avalancha de preguntas cuando el profesor Jeffrey les insta a bajar la voz "no es que me moleste que habléis, chicos, pero es que pierdo la concentración, y, ya sabéis…" y Sirius no pregunta más. James no pregunta más. Peter no pregunta más, tampoco. No preguntan en las dos clases siguientes, ni en los descansos, ni en la comida. Remus casi podría pensar que se han olvidado del tema porque no preguntan en el largo camino del Gran Comedor a la Sala Común ni en el corto trecho desde esta última hasta el dormitorio. Pero, cuando el último de ellos ya está dentro, y James cierra la puerta tras de sí, el silencio inunda la estancia, de repente, y Remus comprueba que, desde luego, ninguno de ellos había dejado de pensar en el tema ni un solo momento.
— Y ahora, Remus Lupin, nos vas a contar qué ha pasado.
Hacía mucho que no veía a James tan serio. Se sienta enfrente de él, casi sobre sus pies, y cruza los brazos sobre sus rodillas. Sirius ocupa el sitio a su lado, hombro con hombro, y Peter se coloca a los pies de la cama. Esa es su forma de intimidarle: invadiendo su espacio personal, eliminando la distancia entre Remus y el mundo, los dos o tres centímetros entre él mismo y el universo que necesita para poder pensar con claridad, barreras invisibles que le permiten reaccionar coherentemente, sentirse seguro.
— Remus... — insiste Sirius.
Y sabe que no tiene sentido negarse.
— Puede y solo puede que tuviese algo que ver con Lucius Malfoy y sus amigos. Puede y solo puede que les escuchase. Puede y solo puede que no quiera que os metáis en otro lío por vengaros de esto. Por favor.
Que no. Que al fin y al cabo, son sus amigos. Cuando Remus Lupin se transforma, una vez al mes, con cada Luna llena, siente al lobo. El lobo le posee, le llena, de ira y de furia y de rabia y de todo tipo de sentimientos tan incontrolables como terroríficos, tan intensos que se avergüenza de reconocerlos como propios. Y James, Sirius y Peter lo saben. No se lo ha explicado, pero lo saben. Y no podría importarles menos. Ellos le aceptan: aceptan a Remus y aceptan al lobo, con piel pálida y cicatrices y aullidos y arañazos en la vez sean demasiado testarudos, un poco inconscientes y definitivamente muy irresponsables, pero cuando se trata de ellos, qué demonios, Remus no es capaz de negarles nada.
— Y no quiero que os preocupéis, porque no ha sido nada. — añade.
No sirve. Era evidente que no iba a servir pero tenía que intentarlo igualmente. Peter ahoga una exclamación, sorprendido; James frunce el ceño y Sirius aprieta los puños antes de exclamar:
— ¡MALDITOS DESGRACIADOS! ¡LES VOY A MATAR! ¿Quiénes se creen que son para hacerte eso? Se van a acordar, se van a acordar toda su vida…
— Sirius…
— Imbéciles. — continúa James — Son jodidamente imbéciles, eso es lo que son, Sirius. Se van a arrepentir de…
— No, por favor. En serio. — suplica Remus — No quiero que hagáis nada. No quiero que os metáis en más líos, no…
Llegará un día en el que las súplicas no sirvan. En el que, si declaran venganza, habrá venganza. Un día en el que Sirius y James, confirmados reyes absolutos del colegio, rabiosamente adolescentes, indiscutiblemente pagados de sí mismos y con un ansia por proteger lo que es suyo que trasciende cualquier lógica, no atiendan a cómos ni porqués. Pero no es aquel día.
Aquel día es solo uno de los primeros meses del curso que nació a final de 1973. Aquel día son un poco adolescentes pero aún más niños y no hay orgullo ni malicia que prevalezca por encima de su deseo de que Remus sea feliz. Así que, y marcando un hecho histórico, obedecen y deciden no darle vueltas al asunto, no meterse en más líos.
Con una sola condición.
— Que la próxima vez, Remus, van a tener que pasar por encima de mi cadáver para tocarte un solo pelo. — sentencia Sirius.
— De nuestros cadáveres. — puntualiza James.
Sin darse cuenta, el tiempo pasa rápido y la tarde se desvanece, escurriéndose como agua entre los dedos. Partidas de ajedrez mágico, golosinas, inevitables preguntas "¿cómo fue, Remus? ¿Pasaste mucho miedo?" y otras evitables, pero que se hacen igualmente "Y… ¿Te sale pelo por todo el cuerpo? Por todo… ¿Todo?". Así, entre risas y bromas, con música de Supertramp de fondo incluida, son solo cuatro niños cuya amistad parece irrompible, inquebrantable. La primera vez que el destino y el azar les hicieron encontrarse por primera vez juntos entre esas cuatro paredes, allá por septiembre de 1971, nadie hubiese sido capaz de explicarle a Remus que serían capaces de crear aquel vínculo tan fuerte, que nada podría jamás destruir.
Ni siquiera la Luna.
