Lazos de amistad
La noche del 10 de octubre de 1973 quedaría grabada en las memorias de la mayoría de los alumnos de Hogwarts; las palabras de Albus Dumbledore siempre tuvieron fama de traspasar a quien las escuchase, de llegar a lo más hondo de los corazones, incluso aquellos más fríos. En aquella ocasión no solamente los traspasó, sino que envolvió los más pequeños miedos con una capa más gruesa y escarchada.
Aquel día, a la hora de la cena, Remus y James bajan al comedor antes que los otros dos (Peter y Sirius tienen que acabar su redacción conjunta para Pociones, "esa que nos mandaron hace cuatro días", como remarca Remus). Mientras bajan por las escaleras, James sacia su curiosidad en cientos de preguntas hacia su amigo: que si el pelo le crece en todas las partes del cuerpo, y recalca todas, que si levanta la pata cuando tiene ganas de "mear", y sí, grita mear cuando entran por la puerta del Gran Comedor. Remus se azora, contesta que no lo sabe y le manda bajar la voz cuando se sientan en la mesa y el chico de pelo revuelto sigue insistiendo "pero, pero, pero Remus, ¿correrías muchos kilómetros sin cansarte?", al final el otro se harta y le pone la mano en la boca.
- Que no hables de esto aquí.
- ¿Por qué? - James sonríe exageradamente - ¡Nadie tiene que saber lo de tu pequeño problema peludo!
- Perdona pero... ¿Mi problema de qué? - Remus no puede creer lo que escucha, debatiéndose entre reír ante el ingenio o recuperar su cara de haba y soltar un "James, deja de decir absurdeces, por favor". Sin embargo, no tiene ocasión de tomar siquiera la decisión, porque alguien se sienta a su lado y les interrumpe.
- ¿Peludo? - Lily Evans viste un jersey grueso, con los puños vueltos del revés, color verde claro. Los mira acusadora - Sabéis que los animales no están permitidos en Hogwarts. Remus... A ver si te vas a meter en algún lío.
- ¡No tengo ningún animal escondido! - Nota como las mejillas se le tiñen de color y desearía que el suelo se abriese bajo sus pies y caer hasta las mazmorras. Por lo menos.
- Eso depende, ¿James cuenta como animal? - Mary MacDonald coge una croqueta con los dedos al tiempo que se sienta delante de ellos.
- ¡Eh! ¿Guién be grees que ebes, ibiota? - James habla con la boca llena; Remus a su lado pone los ojos en blanco y le regaña con la mirada. Esa expresión que dice "que te vas a atragantar..."
- Lo que yo decía, un animal.
Siguen cenando; Lily le insiste a Remus que si tiene algún problema puede confiar en ella, "que algo haré para solucionarlo". Él niega con la cabeza, escudándose en que no es nada más que otra estúpida broma de James. A los diez minutos, un Sirius Black con las manos llenas de tinta oscura y un Peter Pettigrew con la camisa llena de quemazones, se sientan a su lado.
- ¿Se puede saber qué os ha pasado? - Remus casi escupe el agua que está bebiendo.
- La vida escolar, Lupin - Sirius se estira -, que es muy dura. Tú eso no lo sabes porque tienes enchufe con los profes.
- No te metas con Remus, que ya tiene suficiente con su problema peludo - James Potter se caracteriza por tener un sentido del humor bastante decente, al menos según criterio de Sirius Black. Para el resto de la humanidad es cargante, molesto y repetitivo. Así que, por supuesto, repetir una gracia hecha un cuarto de hora antes no es novedad.
- ¿Problema peludo? - Sirius abre mucho los ojos - ¿LES HAS CONTADO A LAS CHICAS LO DE TU PELO?
- ¿Pelo? - Remus crispa los dedos sobre la mesa - ¿Qué pelo?
- Tío... Tu pelo...
- Eso... Tu pelo...
James y Sirius se miran y hacen esfuerzo para no reírse.
- ¿Qué pelo, Remus? - Lily parece preocupada - En serio, ¿no te pasará algo malo?
- ¡Que no!
- A ver, yo creo que un pelo... Un pelo en esa zona... - Sirius tuerce la boca, y cuando lo hace Remus querría meterle un puñetazo. Uno bien fuerte. Y después arrepentirse. Claro - En esa zona íntima... No me hagas decirlo...
- Ya lo digo yo... - James se limpia los labios con una servilleta y finge consternación. Con la mano en la frente continúa - ¡En el culo, maldita sea! ¡Yo no quería, Remus! Pero es por el bien de la humanidad.
- ¡¿Pero tú eres tonto o qué, James Potter?!
- De remate, Remus Lupin.
Remus es una persona comedida, o al menos lo era. Pero es que su corazón solamente bombea sangre adolescente. Hace pum, pum, pum muy rápidamente, y lo que antes habría dejado pasar ahora se convierte en un sencillo "me han dejado en ridículo delante de dos chicas" y que merece, por lo menos, una pelea, absurda, en la que espera (de verdad que lo espera con toda su alma) que no haya comida de por medio.
Las noches de luna llena, una vez al mes, Remus Lupin se transforma. Colmillos, ira que palpita en cada fibra de su ser. Destroza, arranca, muerde, desgarra como un animal salvaje. Una vez al mes el lobo le posee y domina hasta la médula. El resto del tiempo es un chico de trece años de pelo rubio y brazos de pollo. En ese momento, cuando empuja a James con las palmas de las manos y sus dos cuerpos golpean el banco, sus ojos azules no son los de una bestia. Sus dedos largos únicamente se pierden en los pliegues de la túnica de su mejor amigo. No hay animal, no hay atisbo de locura; es simplemente Remus. Y por alguna razón, a pesar de que en su sangre existe la cólera nocturna del licántropo; en esa misma sangre también late ese sentimiento que provoca que su piel esté tan caliente que sólo lo puede comparar a la transformación lunar.
Y es que, cuando mira los ojos de James, a través de las gafas; grandes, del color de la miel, sonrientes y fieles, Remus siente otro tipo de transformación muy diferente. No es el Remus tras los libros, ese que levanta las manos en todas las clases, el que corrige sin pensarlo un fallo en el lenguaje, ese que se sabe todos los hechizos habidos y por haber en su manual de Encantamientos. Tampoco es ese Remus que tiene pesadillas por las noches, que ha soñado cientos de veces que destroza el cuerpo de niños inocentes, ese que tiene grilletes en las muñecas y amenaza con romperse los huesos a sí mismo un día cada fase lunar. Ni siquiera es ese Remus que a veces suelta un chiste con voz ronca y esboza una carcajada amarga. Es otro Remus.
Es el Remus que arruga la nariz, que cierra los ojos cuando le golpea la frente a James con la suya propia. Es el Remus que le ayuda a incorporarse y el que se muerde el labio y contiene para no tirarle el zumo de calabaza por la cabeza. Es el Remus que murmura "James, eres ciento cincuenta y siete centímetros de estupidez humana". Es el Remus que disfruta en la carcajada que provoca. Es el Remus simple, el más humano, el que no tiene que usar careta; al que no le importa estirar el brazo y que la manga se le suba mostrando una cicatriz reciente. Es el Remus capaz de ver en James un hermano pequeño al que le tiene que abrochar los botones de la camisa, recordar que lleva las gafas puestas antes de acostarse, al que hay que gritarle que se ponga a hacer los deberes. Que no berree por los pasillos, que no corra, que no hable con la boca llena; pero al mismo tiempo es el que ve en James un ejemplo a seguir, un continuo "gracias por estar aquí", una constante pregunta sin respuesta, alguien en quien apoyarse, alguien por el que daría el brazo derecho, el izquierdo, las dos piernas y el mismísimo corazón si se lo tuviera que arrancar del pecho.
- Oye, Remus, Jimmy, ¿podéis dejar de dar la nota? - Sirius gruñe, les llama la atención, el muy bastardo y tiene la cara de murmurar un ligero "si es que siempre igual..." antes de señalar a la tarima donde se encuentra la mesa de los profesores.
Allí, en pie, alto, pelo canoso y largo, plateado, brillante y cuidadosamente peinado, Albus Dumbledore se erige sobre el atril con forma de búho y bañado en oro. O dorado al menos. Lo primero que les hace darse cuenta de que algo no anda demasiado bien, o que al menos no es como siempre es la sonrisa ausente del anciano director. Abre los brazos, amigable, familiar, provocando con palabras de momento inexistentes que todos los latidos de corazón de la habitación se hagan uno solo.
- Bueno, en primer lugar - ahora sí sonríe -... Espero que estéis disfrutando de la cena. La verdad es que el pollo está estupendo. Esta noche querría hablar con vosotros de tú a tú. Recuerdo aquellos tiempos en los que yo tenía vuestra edad, y cómo cada día brillaba con luz propia y el horizonte parecía tan cercano y fácil de alcanzar.
- ¿De eso hará doscientos años por lo menos, no? - Susurra Sirius muy bajito.
- Calla.
- Pero con el tiempo... Con el paso de los años esa luz va perdiendo intensidad y, queridos jóvenes, el horizonte se plantea como una línea mucho más lejana. No por eso tenéis que dejar de querer alcanzarla, ¡por supuesto! - Sus mejillas se estiran cuando continúa - Hoy os hablaré de la discordia, y de la enemistad, y de cómo a veces, estas dos se cuelan entre las más pequeñas rendijas. Esas por las que un diminuto ratoncito no podría pasar. Sé que muchos de vosotros lucís con orgullo el escudo de vuestras casas, ¡y es maravilloso que lo hagáis! Pero recordad, que todos y cada uno de nosotros somos miembros de algo mucho más grande, algo más importante. Sois amigos. Compañeros. Los amigos confían los unos en los otros. No importan las costumbres, la lengua, el color de vuestra pechera, no importa nada aparte de permanecer unidos. El don de esparcir la discordia, la enemistad, la desconfianza es muy fuerte... pero lo es mucho más el lazo de la amistad - respira muy fuerte, por encima del silencio que se ha creado en el Gran Comedor -. Y ahora, continuad. Los postres están más dulces que nunca.
Y sí, Dumbledore tiene razón: los postres nunca han estado más dulces y apetitosos; y sin embargo, en sus paladares no pueden saber más amargos. Lily y Mary comen en silencio, cabizbajas, y cuando acaban se despiden de ellos cordialmente. Los chicos tardan un poco más, porque Sirius quiere probar los cuatro tipos de tartas que hay sobre la mesa.
- Sirius, que te vas a empachar y es tarde y por la noche te sentirás mal... - Remus le mira preocupado.
- Entonces puedes ser mi enfermera.
Cuando salen de allí lo hacen a paso ligero; Sirius se sujeta la barriga entre las manos y gruñe "maldita sea", que va seguido de un reproche por parte de Remus "te lo he dicho". Tienen que apartarse, cuando Lucius Malfoy y sus grupito de secuaces casi les empujan: barbillas altas y risas escandalosas. "Seguro que hablaba de él, ya sabéis", dice uno de ellos, bajo y con granos en la nariz. "Oh, por supuesto, Dumbledore no es tonto. Sabe lo del Señor Oscuro. La muerte de Dearborn no ha sido casualidad y es consciente de ello". Desparecen al final del corredor y los cuatro se quedan en pie, silenciosos, con la duda en los rostros cada día menos infantiles.
- ¡Va, señoritas! - Sirius les insta a continuar - ¿Os pensáis quedar todo el día aquí o qué?
Niegan con la cabeza, como si realmente hubiera sido una pregunta formulada para esperar respuesta. Suben las escaleras y es Peter el que dice al contraseña: "habichuelas mágicas", con voz potente y segura, y después, se dejan llevar hacia la torre de Gryffindor.
A veces, Peter habla del dormitorio de los chicos como un pequeño campamento, "como cuando me voy con mi padre en verano". Sirius le pregunta que qué es "irse de acampada"; Remus les explica que los muggles pasan noches en el bosque por puro placer, para poder disfrutar de la naturaleza y ver las estrellas. James argumenta que eso es una estupidez, que ver las estrellas es tan sencillo como bajar al Gran Comedor.
Esa noche, las camas están más juntas que de costumbre; las luces apagadas, la ventana abierta y los cuatro chicos bajo las mantas, tan juntos que escuchan al de al lado respirar, tan pegados que es difícil moverse, pero la verdad es que a ninguno le importa lo más mínimo.
Remus ha preguntado.
Y decir que Remus ha preguntado algo es para ellos como el principio del Apocalipsis; el cielo sangra, la tierra se abre en dos y los jinetes cabalgan a toda velocidad segando almas. Porque Remus siempre lo sabe todo, y si Remus pregunta, es que algo, indudablemente, va mal.
Es James en el que ese momento se sienta con la varita entre las manos, sujetándola con firmeza, no le tiembla el pulso, pero sí que hay algo en sus ojos, bajo la luz tenue del encantamiento Lumos, algo distinto a lo que se lee en ellos habitualmente.
Es entonces cuando Remus habla.
- ¿El... Señor Oscuro?
Es la primera vez que uno de ellos pronuncia esas tres palabras seguidas en alto, desde luego no será la última. Se siente como una losa, un gran peso sobre sus cabezas, algo invisible que amenaza con caer sobre ellos con toda su fuerza. Remus está expectante, con los ojos azules muy abiertos, tintineando en la oscuridad, ávidos de saber.
- El Señor Oscuro no es más que una chorrada - Sirius habla el primero, con voz ronca. Demasiado pasotismo -. Mi madre y mi padre hablan de él. Un lunático, eso es lo que es. Ya se le olvidará a la gente.
- ¿No habéis escuchado hablar de él nunca? - James mira seriamente a Remus y Peter, como si les viera por primera vez - ¿Nunca de los nuncas?
- Mi madre no me habla de estas cosas y mi padre es muggle... - Explica Peter.
- No - niega simplemente Remus -, ¿es algún tipo de líder político?
- Para ser un líder político hay que tener ideas, y ese... Ese es un montón de mierda que no sabe ni pensar.
- Sirius...
Remus mira a James sorprendido; por primera vez en su vida le ve tan serio que asusta. Aparentemente no hay nada extraño en su rostro, no hay una marca que diga "eh, estoy hablando en serio", pero él lo sabe. Lo sabe por la forma en la que los dedos del chico se cierran alrededor de la varita. Lo sabe por la forma en la que sus labios tiemblan una milésima de segundo antes de seguir hablando. Simplemente lo sabe.
- El que no debe ser nombrado - James habla bajito -, prefiero referirme a él con ese nombre... El Señor Oscuro no es más que el apodo que le ha dado la gente que comparte sus ideales. El que no debe ser nombrado es... Es un mago poderoso, o eso se dice, un mago que defiende la pureza de la sangre por encima de todo. Desprecia a los muggles, porque son débiles, porque son vulgares e inferiores - parece que le cuesta decir esas palabras, sin embargo, tuerce la boca y pone los ojos en blanco -, ¡ya ves tú! Otro estúpido más. Poco se sabe de él, aparte de que sigue la voluntad de Salazar Slyhterin.
- ¿La voluntad de Slytherin? - Pregunta Peter con cuidado.
- Sí, cuando Hogwarts se construyó, los cuatro fundadores: Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw, Godric Gryffindor y Salazar Slytherin; pasaron mucho tiempo debatiendo sobre quién merecía entrar a formar parte del Colegio de Magia y Hechicería más importante de Gran Bretaña - explica Remus.
- Salazar Slytherin consideraba que los hijos nacidos de muggles no tenían derecho a estudiar y se negó en redondo a aceptarles en su Casa - James continúa -. Por esa razón, todos los imbéciles petulantes de Slytherin son sangre limpia. Gryffindor prefirió quedarse con los valientes, Ravenclaw con los más inteligentes, y Hufflepuff le abrió los brazos a todos los demás.
- Durante mucho tiempo Hogwarts estuvo en paz, pero los enfrentamientos entre Slytherin y Gryffindor eran cada vez más graves: finalmente, y dado que ningún lado iba a ceder (Salazar quería la enseñanza pura y Gryffindor defendía una educación para todos), Slytherin acabó por marcharse del Colegio para siempre.
- ¿Así que lo que quiere es que la gente como Remus y yo no estudiemos aquí?
- No - la luz de la varita de James se intensifica -. Lo que quiere es que nadie que no tenga la sangre pura exista. "Magia robada", dicen. Creen que nadie que no tenga unos padres descendientes de magos es capaz de crear magia por sí mismo y que por tanto ha tenido que robársela a alguien. Eso es una chorrada, por supuesto. Nadie sabe cómo hacer eso...
- ¿Y alguien cree eso? - Casi sin darse cuenta, los cuatro han ido acercándose cada vez más.
- El Ministerio cree que tiene cientos de seguidores, sobre todo entre las familias de pura sangre... Los Black - Sirius gruñe en su sitio -, los Malfoy, los Lestrange o los Carrow. No es nada extraño, esto siempre ha existido, pero ahora... Ahora tienen un cabecilla que les guía... Lucius y estos no tienen ni idea de lo que hablan, no os preocupéis.
- La mayoría de los gilipollas que le lamen el culo ni siquiera son sangre pura, son malditos sangre mestiza que reniegan a sus orígenes muggles. Son casi peores. - Sirius berrea en alto - A mi madre le falta poner un póster con la cara de ese malnacido en la cocina, ¡mortífagos! Ese es el nombre inútil que se dan a ellos mismos.
- ¿Morti...? - Remus se encoge en su sitio - Chicos...
- Remus - James niega con la cabeza, seguro de sí mismo. Aparentemente -, no son nada más que tontadas. Además, en realidad si Malfoy o Snape tuvieran algo en contra de vosotros también lo tendrían en contra de Sirius y de mí, ¿no? Quiero decir, los Potter son traidores a la sangre, y yo más que ninguno antes en la historia: mírame, debajo de las sábanas contigo, ¡eres un maldito hombre-lobo! En cuanto a Sirius... Un Black en Gryffindor... Seguro que tu prima estaría encantada en meterte la varita por el culo.
- Seguro que sí, malnacida sea ella.
- ¿Y no creéis que las muertes que hemos estado leyendo en El Profeta tengan nada que ver con eso? - Remus baja la cabeza - Creo que tengo un poco... Un poco de mie...
- ¡No! - Sirius le pone la mano en la cabeza, estirando el brazo todo lo que puede - ¿Estás tonto, Lupin? Creía que no eras un gallina. Si viene alguno de esos mortífaleches a tocarnos las narices tú te transformas en lobito y les das su merecido.
- Sirius...
- ¿Qué? - Frunce el ceño - No pienso amargarme porque haya habido cuatro muertes estúpidas que pueden ser un accidente. Si algún idiota se cree mejor que cualquiera de nosotros por tener la sangre más limpia les recordaré que mi tatara tatara tatara lo que sea abuelo, Cygnus Black creía que tenía la sangre tan limpia que se la extraía cada noche con la varita para lavarse la cara con ella. Murió. Tiempo después. Desangrado. Si alguien así de imbécil es sangre limpia, perdonadme pero prefiero bailar bajo la luz de la luna con un centauro.
El dormitorio se queda en silencio. Sirius no añade nada más; tiene los brazos cruzados, pero eso nadie lo ve. James se deja caer con cuidado sobre la cama, se quita las gafas y las lanza encima de su almohada. Con los dedos se toca la nariz, concentrado, dejando escapar un suspiro largo. Se sobresalta cuando siente a Remus, o al menos su pelo suave acariciándole la mejilla. Está de espaldas, lo sabe porque siente la columna de su amigo en el brazo. James no duda un instante y le pone la mano en la cabeza, tranquilizador. Y a pesar de que es un gesto simple, el otro lo agradece. "Ey, Remus", le susurra casi en el oído. El apelado no dice nada, se encoge, sobre sí mismo, sintiéndose pequeño, un niño más, sin nada de especial. Porque al fin y al cabo eso es lo que son los cuatro: niños en un mundo que se les empieza a quedar grande.
- En serio, colega, ¿qué demonios puede importarle a alguien como tú una estupidez como esta? Llevas peleando contra algo mucho más grande todos los meses del año, ¡supiste ocultárnoslo durante dos años! Y somos tíos listos. Vamos, esto se nos queda pequeño. De verdad. Seré tu protector y eso, como en las películas. ¿A que sí, Sirius? ¿A que tú también?
- Primero de todo, sois unos mariquitas, los dos. En segundo lugar: seré vuestro protector y escudo. Por encima de mi cadáver os tocarán el pelo a alguno de los tres, ¿me habéis escuchado? Por encima de mi cadáver.
- Gracias, Sirius. - Remus musita muy bajito, casi para su hombro. Pero los demás le escuchan.
El propio Sirius sonríe de medio lado y apoya un codo en la rodilla de James, el otro en la cadera de Remus. Peter se envuelve en las mantas al otro lado, tiritando, tal vez por el frío o simplemente por el ambiente escarchado que se ha creado en la habitación. Se acerca un poco más a ellos.
La luna es una rodaja en el cielo nocturno, se asemeja a la media sonrisa de lado de Sirius Black. Es el último que se duerme, pero antes de hacerlo recapacita sobre sus palabras y la intensidad de las mismas "por encima de mi cadáver". Cuanto más repite la frase en su cabeza, más seguro está de que si alguien le fuera a lanzar una maldición imperdonable a cualquiera de sus amigos él saltaría delante. Moriría. Se volvería a levantar y lo volvería a hacer las veces que hiciera falta.
