Disclaimer: KHR ni KnB son de mi propiedad, este fanfic fue escrito con fines de entretenimiento.


Capítulo 3

Kagami Taiga miraba pensativo el techo de su cuarto. ¿Qué horas serían? No tenía idea, y tampoco tenía cabeza para ello.

Una simple imagen no podía despegarse de su no tan inteligente mente. Esa imagen que vio de casualidad horas antes, y que no sabía por qué no podía dejar de pensar en ello.

Esa imagen... Esa donde Kuroko parecía querer romperse a llorar.

El día anterior a ese (es decir, el viernes) el profesor les había comunicado a todos los de primer año que la visita de los padres estaba programada para el lunes próximo, y que debían comunicárselo a sus familias.

Al pelirrojo no le importaba realmente, pues obviamente nadie iba a ir por él. Sus padres seguían en Estados Unidos y entendía por completo que estaban muy ocupados haciendo lo mejor posible para poder pagar los gastos y enviarle dinero para que se mantenga. Aunque muchos pensaran que se podría sentir de alguna forma solo, eso no era así. Su madre, cada que podía, llamaba y le mantenía al tanto de lo que sucedía con la familia por allá, mientras que Taiga solo se limitaba a escuchar sonriente la voz infantil y enérgica con la que ella hablaba. Con su padre las cosas eran más rígidas, pero era notable el respeto mutuo que se tenían, como padre e hijo, y ambos estaban conformes con ello. Se sentía bien con su situación familiar y el que ellos estuvieran presentes o no en una simple reunión no haría cambiar su forma de ver las cosas.

Apoyó su mentón aburrido, mientras suspiraba y miraba por la ventana. La charla de su tutor sí que daba sueño. Bostezó ante esto.

Los minutos pasaron y el familiar timbre que muchos añoraban, sonó en medio del discurso de su profesor, que solo pudo callarse, recoger sus cosas y hacerles recordar sobre lo de informarles a sus padres por última vez antes de irse.

Muchos dejaron escapar un suspiro mientras se quejaban sobre lo aburrido que había sido y se agrupaban con sus respectivos amigos. Kagami se giró para mirar a su mejor amigo.

—Oe, Kuroko, ¿vamos por unas hamburguesas después de-? ¿Huh? —murmuró al ver la estoica expresión distante del otro— ¿Kuroko?

Un sobresalto provino de los hombros del más bajo, como si saliese de sus pensamientos.

—¿Kagami-kun? —Su usual y apagada voz susurró para fijarse en la curiosa mirada de su amigo— Lo siento, no escuché lo que decías.

—Te decía para ir a comer hamburguesas después del entrenamiento —repitió, sin dejar de mirarlo con una inconsciente preocupación— ¿Estás bien?

—Sí, solo pensaba. No es nada.

Y el asunto había acabado allí.

En ese momento no le dio mucha importancia, pero ahora simplemente no podía sacarse aquello de la cabeza. No después de que en ese mismo día (sábado), cuando regresaba de comprar los ingredientes para poder cocinar en la semana, se había topado con esa imagen. Esa que no dejaba de aparecer en sus pensamientos.

Con un helado en boca, esperaba paciente que la luz se tornara verde para los peatones, cuando diviso dos cabelleras celestes y una negra. Aquel tono de cabello extremadamente raro, pero por increíble que parezca era natural, solo lo tenía una persona que conocía. Kuroko. Y no estaba equivocado.

Ese compañero de equipo, que había visto tantas veces y aun así podía contar con una sola mano las veces que este había mostrado alguna expresión en su cara, estaba caminado cabizbajo atrás de esas dos figuras que suponía eran sus padres.

Los ojos entrecerrados, los labios fruncidos y las cejas curvadas. Dolor. Se podía sentir claramente.

Poco fue el tiempo que tuvo para reaccionar, pues cuando quiso hacer algo, este ya se había metido en un auto negro aparcado en la otra calle. Segundos después, se había esfumado.

Con la vista fija en el techo y el celular abierto en una mano, esperaba que le contestara. No respondió.

Y el pelirrojo no pudo hacer nada para responder las dudas que se incrementaban cada vez más al igual que la preocupación.

—Tengo un mal presentimiento —murmuró.