31 de octubre de 1973 y cosas de parejas

La primera vez que Remus le ofreció a Lily subir "a nuestro cuarto", la chica abrió los ojos tanto que él fue capaz de ver constelaciones en sus pupilas oscuras dilatadas. Levantó las manos, las colocó delante del pecho y negó rotundamente al menos doce veces, doce, hasta que el chico perdió la cuenta.

"¿Estás loco, Remus? Son las normas. Las normas están para cumplirlas", dijo. "Lily, las normas a veces... Aunque no te lo parezca, están hechas para romperlas", explicó él "además, si no hay chicos, técnicamente no es un dormitorio de chicos, ¿no?". Cuando Remus dijo eso, lo primero que se le pasó por la cabeza a ella fue "¿y tú qué eres, Remus?", pero la insistencia y esos ojos azules de cordero fueron suficientes para que tras veinte minutos de "vaaaa" seguidos de "que noooo", se convirtiesen en "vale, por Merlín".

Y así, ahora, noche de Halloween de 1973, Remus Lupin, que está de pie, con los brazos cruzados y una pensativa Lily Evans, sentada en la cama Peter Pettigrew, miran un montón de ropa que llevan acumulando durante un buen rato sobre el colchón.

En el gramófono suena «You Never Give Me Your Money» y a pesar de que el volumen está bajo, los dos escuchan la voz de Paul McCartney de fondo y Remus da golpecitos con el pie al ritmo de la canción.

- No, definitivamente esto no queda bien - dice él al final desesperado.

- Es que solamente tienes jerséis de punto, Remus... -Lily lanza un jersey de color crema a su regazo y suspira - ¿Por qué no te compras cosas distintas?

- Es que... - Se sonroja - Es que me los teje mi abuela y como casi siempre llevamos uniforme pues...

- Bueno... ¿Y esta camiseta? ¡Es preciosa! - Levanta una camiseta granate de manga larga, de cuello alto doblado al exterior - Pega con tus ojos.

- Sí, y con los de James también.

- ¿Eh?

- Que es de James, que no es mía.

Remus ríe cuando Lily, malhumorada la tira al otro extremo de la habitación murmurando algo que suena a "pero por qué mezclan la ropa pues tampoco es tan bonita..." Durante mucho rato rebuscan entre pantalones y chaquetas e incluso calzoncillos que Remus aparta tan rápido como le da la vida, antes de que ella se dé cuenta. Principalmente porque la mayoría ni siquiera son suyos. Por alguna razón que desconoce James y Sirius han llegado a un extremo de desorden en el que no les importa invadir las pertenencias de los otros dos.

La razón de esa actividad es que esa noche, el claustro de profesores, incluido el Director Dumbledore, han decidido organizar un pequeño cóctel, o cena especial, lo suficientemente notable como para que no puedan bajar a cenar en pijama (es sorprendente la cantidad de alumnos que a diario optan por esta opción) o en uniforme. Cuando Remus le dijo a Lily que pretendía ir con la misma ropa que todos los días la chica amenazó con obligarle a asistir con un par de coletas en el pelo. Ahora mismo, Remus duda de si realmente esa tortura hubiera sido peor o mejor que lo que está sufriendo para encontrar algo decente entre sus pertenencias.

- En serio, Lily... Que le pediré algo a James si es tan importante para ti que no vaya como un andrajoso como siempre.

- No vas como un andrajoso - ella frunce el ceño. Las dos arrugas que se le forman casi se tocan -, pero quiero que estés guapo esta noche. Las chicas aprovechan para echar el ojo a los chicos en estas ocasiones.

- Exacto - asiente Remus - y por eso mismo, James y Sirius van a ser el centro de atención... Así que a nadie le importará si yo me pongo una bolsa de papel orgánica a la altura del culo.

- Haz lo que quieras, - esconde una pequeña sonrisa en la comisura izquierda de los labios - como si quieres ir desnudo. Pero si luego no ligas no protestes, eh.

- ¡Que no quiero ligar! ¿Acaso tú vas a ligar? ¿Qué te vas a poner?

- ¿Yo? - Parece ofendida - ¡Claro que no quiero ligar! ¿Quién te crees que soy? Yo... No sé, no lo sé todavía. No tengo cosas bonitas.

Remus está a un segundo de decirle que no importa que no tenga cosas bonitas, que con pasear con su cara es más que suficiente, pero entonces unos gritos se escuchan en las escaleras de camino al dormitorio.

- En serio, no vuelvo a comerme algo que lleve arándanos en mi vida - es Sirius -. Creo que voy a estar cagando diez días seguidos.

- Tal vez el problema es que te has zampado diez tartas del tamaño de mi puño - Peter se une a la conversación.

- Además cagarás morado. - James.

Abren la puerta de un golpe y entran entre risas.

- ¿Crees que puedo cagar morado? - Sirius parece notablemente interesado, tanto que le cuesta darse cuenta de que no están solos en la habitación. Pero, cuando lo hace, su boca parece un túnel sin final - ¡AHHHHHHHHHHHHHHH!

James que va detrás se pega con la nariz en su espalda y canturrea un "ouchouch" al tiempo que se frota la zona dolorida. Peter se pone de puntillas para ver qué ocurre. Remus, en su sitio da un bote y se vuelve asustado.

- ¿Qué? - Jadea - ¿Qué te pasa?

- REMUS APARTA CUIDADO EN SERIO APARTA PORQUE NO SÉ SI TE HAS DADO CUENTA DE QUE HAY UNA CHICA DETRÁS DE TI.

- Algún día, Black - Lily se levanta con la boca en una perfecta línea recta - te concederán el premio de payaso del colegio.

- Eso espero, Evans - sonríe el otro -. Y cuando recoja el trofeo te daré las gracias a ti, por ser mi mayor fan.

"Sí, sí, gracias, gracias - escenifica - gracias sobre todo a la pelirroja de la quinta fila, sí, sí, la de la cara de mierda. Esa."

- Eres el ser más imbécil que he conocido en mi vida - Lily esquiva a Remus y se encamina hacia la salida.

- No te olvides de Jimmy, querida.

Lily no contesta, les fulmina con la mirada y después desaparece con un portazo. Cuando eso ocurre, Sirius se estira y se lanza sobre su cama, botando sobre su estómago.

- ¿Tenías que ser tan borde, Sirius? - Remus todavía tiene un pantalón en la mano y los dedos se le crispan con frustración.

- ¿Tenías que pasarte por el sobaco la norma de no traer chicas a la habitación?

- No veo qué hay de malo. Y no pienso seguir tus estúpidas normas.

- ¡No son mis estúpidas normas! - Sirius se sienta y gruñe - Son normas que tenemos que respetar los cuatro. Los cuatro. Remus. No se traen chicas, ¿tanto te cuesta entenderlo? Tampoco está permitido cagarse sobre las sábanas, por si se te ocurre saltarte la ley esta noche.

- Eres... Eres imposible.

- Tú sí que no eres posible - pega un puñetazo en el colchón - Tengo razón, ¿a que sí, James?

El apelado está sentado en su cama, piernas cruzadas y la camiseta granate que minutos antes Lily lanzase al aire. Si Remus no supiera que es imposible juraría que de alguna forma, James sabe eso.

- James... - Peter le da un toquecito en el hombro - Te habla Sirius.

- ¿Qué? - Sale de su ensimismamiento y vuelve a la realidad - ¿Qué decías?

- QUE NO SE PUEDE TRAER CHICAS A LA HABITACIÓN.

- Bueno... - Se levanta - Si Remus y Lily son amigos no entiendo por qué no va a poder estar aquí con ella... Me voy al baño.

Y se va. Y se quedan en silencio. Peter mira a Remus y a Sirius indistintamente, como esperando que alguno de ellos rompa la situación, le dé la vuelta o la haga girar noventa grados. Finalmente, Sirius coge su varita y se da golpes en la cabeza, cruza los ojos como suele hacer siempre que discute con Remus. "¿Ves lo que has hecho?", y después nadie vuelve a hablar.

Esa noche, son las ocho, el dormitorio de los chicos está patas arriba; Sirius se encuentra apoyado en la puerta, brazos cruzados, vestido con un pantalón liso de color gris y camisa blanca cubierta con un sencillo chaleco sin mangas azul marino. Del bolsillo del mismo cuelga una fina cadena dorada hasta la cintura. Cualquiera diría que es un atuendo elegante si no fuera por las zapatillas de lona negras que cubren sus pies.

Peter también ha acabado de arreglarse, pocos segundos atrás y luce con orgullo unos pantalones marrón oscuro, jersey gris y los picos de una camisa azul sobresaliendo en la zona del cuello. Del mismo modo, las mangas se solapan en los puños y al contrario que Sirius, ha preferido ponerse los zapatos del uniforme, que al fin y al cabo, le dan un aspecto más arreglado.

En ese momento, James aparece, con el pelo revuelto hacia arriba, como si alguien le hubiera colgado bocabajo; las gafas en la punta de la nariz, calcetines verdes hasta el gemelo y sin camiseta.

- Joder, ¿os dais prisa o qué? Llevas cien horas en la ducha, Potter.

- Tenía que frotarme bien, Black. No quiero que me digan lo mismo que a ti.

- ¿Y qué me dicen a mí?

- Que apestas.

- Que te mato.

- Inténtalo.

Remus les mira, mueve las manos indeciso; camiseta interior, brazos al descubierto, todavía es incapaz de decidir lo que se va a poner. Una parte de sí mismo le dice que lo mande todo a la mierda, que es absurdo, que nunca nadie se va a fijar en él de todos modos, lleve lo que lleve. La otra le pide que haga caso a Lily que lo intente, porque, ¿qué va a perder? Sin embargo, quieto donde está, es más fácil tirar por lo sencillo y encasquetarse un suéter viejo. Si total...

- Agh, por Circe Bendita, Remus - James gruñe y se vuelve hacia él y en un gesto rápido le lanza la camiseta granate -. Ponte eso antes de que me salga un sarpullido de escucharte quejarte en silencio.

- ¿Q... Qué? - Duda. Duda mucho. Se ahoga en sus propias dudas.

- Que te pongas la puñetera camiseta, joder, que te queda mejor a ti.

- Pero... pero te la ibas a poner tú...

- Pero pega más con tus ojos.

James no levanta la cabeza cuando lo dice, ni siquiera lo hace cuando coge una camiseta de manga corta naranja lisa que le va grande y unos pantalones vaqueros sencillos.

- James, se supone que tenemos que ir un poco arreglados, no como si fueras a comprar una barra de pan a la esquina - la advierte Sirius.

- Me da igual. Es Halloween, ¿desde cuándo la gente se arregla en Halloween? Y para empezar, ¿desde cuándo Halloween es una fecha importante, eh? Muertos. Uh, qué miedo.

Sirius levanta la mano en un gesto que todos saben que significa "oye, mira, que te den" y abre la puerta de la habitación; Peter duda pero luego le sigue a pies juntillas. Remus se queda en silencio, con la camiseta todavía en las manos e incapaz de metérsela por la cabeza. James se está atando las zapatillas, o por lo menos, lo está intentando.

- Espera - Remus se agacha y coge la varita. En un gesto rápido y un susurro, los dos cordones se mueven en el aire y entrelazan mágicamente -, mejor.

- ¡Hala! - Los ojos del moreno se iluminan - ¿Cómo has hecho eso?

- Varita, un libro sobre hechizos útiles y... ¡Tachán!

- Este tipo de cosas son las que nos tendrían que enseñar en clase y no esa basura de convertir sapos en conejos y todo eso.

- La verdad es que sí.

Remus se sienta, mirándose los pies descalzos y luego a su mejor amigo, así unas cuatro, cinco, podrían haber sido cuarenta, veces. De los tres, a James es al que peor parece conocer en situaciones como esa; la diferencia en ese momento, es que desgraciadamente, cree conocerle mejor que nunca. Y eso le da mucho miedo.

- Pero tío, ¿te pones mi camiseta o qué?

- Es que...

- ¿Qué?

- Que no sé si debería...

- ¿Por qué? - James está serio. Sus ojos oscuros brillan en parte con acusación y en parte con desconcierto.

- Porque...

- Es una camiseta, ¿vale? - Gruñe - Te la puedes quedar si te da la gana. No es como si me fuera a pelear contigo por llevar una camiseta, Remus. Además, ya te he dicho que te queda mejor a ti que a mí, así que póntela, yo tengo muchas otras. Y seguro que mi madre me compra todavía más si le digo que me faltan.

- Pero es tuya...

- ¿Y tú eres un loro?

Remus no es un loro. Pero tampoco es tonto. Y juraría que hace un buen rato que han dejado de hablar de ropa. Coge aire, se pone en pie y se mete la dichosa camiseta por la cabeza y la estira hasta la cintura. Con rapidez se coloca los pantalones y los zapatos y después se vuelve hacia James, que le observa con curiosidad.

- Está bien - la voz de Remus suena decidida -. Me pongo tu camiseta, pero... Quítate la tuya.

- ¿Qué?

- Que te quites esa cosa horrorosa que hace daño a la vista, por favor.

- Aghhhh... - James pone los ojos en blanco pero obedece.

- Y ahora te pones esto - coge una camisa de color crema y un chaleco gris no tan regio como en el que se ha embutido Sirius - y dejas de tener esa cara de haba porque si Lily te ve así, seguro que no se fija en ti.

- Tío...

- ¡Va! - Remus se despeina un poco el flequillo y da palmadas en el aire, a la altura de la tripa - Que si tardas más igual se está casando con Snape para cuando bajemos. Y por favor, no dejes que se case con Snape.

- ¡Jamás! - James sonríe ampliamente al ritmo que se viste - Antes... Antes dejaría que se casase con ese tipo de Gryffindor que va de chulo que es bastante feo. El del mentón cuadrado y mala reputación.

- ¿Sirius Black? - Remus le sujeta la puerta entre risas.

- ¡Ese mismo!

Cuando los dos llegan al Gran Comedor contienen un "ohhhh" de admiración en el fondo de sus gargantas. El cielo del techo es más oscuro que la pizarra, un gajo de luna plateado ilumina la noche y las estrellas son invisibles tras una gran cantidad de nubes esponjosas probablemente cargadas de lluvia. Los tradicionales candelabros flotan en el aire, encendidos, llenos de telas de araña y alguna que otra mancha de sangre falsa que lo más probable es que proceda de los pollos que cría el guardabosques detrás de su cabaña. Los muros de piedra respiran moho verdoso que se escurre entre las grietas y si agudizas el oído puede escuchar voces procedentes del interior. "Magia, seguro", se apresura a decir Remus en el oído de James.

Los bancos de las Casas han sido retirados a los lados y dos grandes mesas, alargadas, cubiertas con manteles de color naranja y negro llenan la estancia, dejando un espacio en el centro, en el que alumnos de todos los cursos charlan animadamente en pequeños corrillos. La mesa de los profesores sigue allí, Richard Jeffrey y la profesora de Adivinación ríen en alto señalando algo extremadamente gracioso (o probablemente no) que hay escrito en uno de los posos de té.

Cuando un murciélago pasa cerca de sus cabezas, se agachan y es entonces cuando ven a Sirius, un poco más lejos, levantando la mano en el aire y extremadamente sonriente. Se acercan, ignorantes de que a su paso un grupito de chicas de cuarto ríen por lo bajo.

Pletórico, Sirius Black come una alita de pollo extremadamente grasienta y se lame los dedos. Uno a uno: pulgar, índice, anular y después meñique. Deja el del centro para el final y después se limpia en el pantalón.

- Me das ganas de vomitar, Black - James le da un golpe en el hombro. Puño cerrado. Gesto de colegas.

- Sin embargo yo a ti te besaba hasta lo que no se te ve, Potter - se lanza sobre él para cumplir sus palabras y James intenta esquivarle, sin resultado.

Acaba con cara de malas pulgas y un lametón que lleva la marca de la Casa Black en la mejilla derecha, "te odio, tío", dice a media voz limpiándose con la manga. Remus sonríe un poco, no demasiado, y después se acerca a Sirius con cuidado, pidiendo perdón a un par de personas que le obstaculizan el camino.

- Sirius.

- Flacucho.

- Gracias - gruñe -, ¿qué es esto? ¿Por qué la gente está de pie?

- No sé, Remus, yo juraría que es porque se lo están pasando bien y tal, pero, ¡aquí no hay música ni nada! ¡Qué poco marchoso es Albus! Yo me quería marcar un bailoteo - mueve las caderas y cierra un ojo -, así, sintiendo el ritmo.

- Con un poco de suerte te coronarán reina del baile.

- Tontea, tontea, Remus.

Como si le hubieran escuchado los ángeles, o tal vez, el propio Albus Dumbledore, una música calmada empieza a salir de la nada, del mismísimo aire, y algunos alumnos no pierden un segundo en empezar a bailar con entusiasmo. Sirius es feliz. Es tan feliz como unas castañuelas. Si supiera lo que son unas castañuelas, claro. Agarra a Peter de los brazos y lo mueve con violencia, acercándole a su pecho y empujándole después, gobernando, llevándole a un ritmo que ni por asomo pega con el de la canción.

- ¡Chicos! - La voz llega a su espalda, y es lo único que le obliga a parar (para alivio del pobre Peter que jadea con el cuello y las mejillas rojas) y girarse.

Y allí está.

Mary MacDonald.

O algo así.

Porque la verdad es que decir que aquella joven de ahí es Mary MacDonald, o sea, la Mary de todos los días, esa que llega a clase sin peinar por la mañana y tropieza frecuentemente en las escaleras, es, cuanto menos, poco preciso. A Sirius no le queda demasiado claro dónde ha quedado esa Mary con la que suele discutir a voz en grito sobre jugadas y tácticas de quidditch pero desde luego, no cree que se encuentre en ningún lugar cercano, ni mucho menos entre las costuras de ese vestido rojo que es tan sencillo y tan corto que es casi ridículo que le quede tan bien; tirantes delicadamente colocados sobre la piel fina de las clavículas y tela brillante perdiéndose en infinitos pliegues alrededor de la cintura.

La mira. Parpadea y después la vuelve a mirar. A su alrededor, la gente charla y ríe, pero él está convencido de que el resto de la habitación debería estar mirándola también, porque, maldita sea. Está guapísima.

–¡Estás alucinante! - James la coge de la mano y la obliga a dar una vuelta - Eres más alucinante que un placaje transilvano[i], Mary.

- No sé cómo me tengo que tomar eso pero... - Se acerca a él y sonriente le susurra en el oído - Quiero ver tu cara cuando la veas.

- ¿Cuando vea qué?

- ¡Lily, aquí! - La chica da saltos en el sitio y casi se desgarra la garganta cuando vuelve a gritar el nombre de su amiga - ¡LILY!

Asombrosa. Increíble. Sublime. Arrebatadora. Hiperbólica. Trigonométrica. No encuentra adjetivos para definir con coherencia a la dulce Lily Evans que saluda a escasos metros de distancia. Y son dos metros, no más, es imposible que sean más, pero James está a kilómetros de distancia de ella; se encuentra en una pradera, dando saltos y piruetas, subiendo montañas imposibles y nadando en ríos de corriente salvaje. La ve, la deja de ver, no se cree que realmente exista. Se pregunta cinco veces seguidas si se ha puesto las gafas esa tarde. Si se las ha olvidado en el baño. Si, incluso, se le habrán caído al retrete. Pero no; allí está, brillante, Lily Evans. Preciosa, Lily Evans. Perfecta, Lily Evans. Tirabuzones rojos que echan chispas en contacto con sus hombros al descubierto, "¿no tienes frío, Lily?", quiere decir. "Uh", consigue articular. Dios Mío, si alguien duda de la magia que por favor busque a esta chica. Santa Madre Circe, qué he hecho yo para merecer esta tortura. Es como mirar el sol y esperar no abrasarte los ojos. James sufre; sufre en silencio con quemaduras de tercer grado por todo su cuerpo. Es doloroso, es cruel que alguien exista de esa forma en el mismo plano que él. Tendría que existir en otra dimensión. Una dimensión de Lilys donde ella seguiría siendo la más guapa de todas.

Ella levanta la comisura izquierda del labio y James se percata de que los lleva pintados; suavemente, casi sin quererlo, pero brillan, y son bonitos, de hecho son lo más bonito que ha visto nunca. Y cambiaría todos los besos que dará en su vida o que no dará por rozarlos aunque fuese con los dedos. De tenerlos cerca. Oh, es que me bastaría con que pronunciase mi nombre.

Lleva un sencillo vestido de color verde, a juego con sus ojos; si es legal hacer esa comparación, por supuesto. Porque cualquier vestido, a no ser que lo cosiese un ángel, que lo diseñase el mismísimo Merlín, no haría justicia al color de ojos de Lily. Pestañas largas, tan largas que seguro que hacen cosquillas.

- Sí, justo, esa es la cara que quería. - Mary ríe a su lado y James, perdido todavía en las rodillas al descubierto de la pelirroja, le propina un suave pisotón.

- Buenas noches.

Ahora son mejores.

- BUENO - Sirius parece cansado y frunce el ceño - ¿ALGUIEN BAILA CONMIGO O QUÉ?

Nadie contesta; Remus se mete la mano en el bolsillo y saca un pañuelo de tela con sus iniciales bordadas en rojo "R.J.L" y limpia con cuidado el cristal de su reloj de pulsera. Peter se pega automáticamente a él y murmura "oh, bonito reloj, Remus, ¿es antiguo?". Así que, la única presa libre que le queda a Sirius, es James. Desprevenido, animalillo despreocupado, es cazado por el depredador, que le coge de las dos manos y le arrastra a lo que ahora es una pista improvisada de baile. Por supuesto, no sin protestar.

- Remus - Lily se acerca a los dos, con Mary a su lado, sonriente. Peter trastabilla hacia atrás y las observa con cierto pánico en sus ojos pequeños -, veo que te has puesto la camiseta que te recomendé.

- Sí, James... Me la ha dejado.

- Estáis muy guapos - Mary le guiña un ojo.

Remus mira a izquierda y derecha "tal vez Sirius y James han vuelto", pero no. Es a ellos. Me ha hecho un cumplido.

- VOSOTRAS TAMBIÉN - el grito de Peter se escucha casi por encima de la música. Al segundo de haber abierto la boca se lleva las manos a los labios, sonrojado hasta la raíz del pelo.

- Gracias, Pettigrew - Mary asiente con la cabeza -. Pero no hace falta que grites.

- LO SIENTO.

- Está bien... - la morena echa un vistazo alrededor, con los ojos bien abiertos - ¿No hay nada que comer? Ver a Black bailar me ha quitado el hambre un poco pero...

- Mírale - Lily se ríe por lo bajo. Involuntaria -. Parece que quiere cazar moscas.

- No lo hace tan mal... - Remus se une al público, curioso. Se arrepiente de sus palabras en cuanto presta un poco más de atención.

Sirius se mueve a izquierda y derecha, siguiendo el rimo de sus dedos, chasqueándolos, sonriendo tan fuerte que le tiene que doler la mandíbula. Baila unos pasos que todavía no se han inventado. En realidad, es posible, que nunca se inventen. Se agarra la pechera y la suelta y de un golpe, chulo, superior, un auténtico Black. Es atractivo. Es tan atractivo que puede ser consciente de lo atractivo que es. Y no solo eso, es tan atractivo que puede hacer que toda la habitación sea consciente de lo atractivo que es. Remus se imagina a sí mismo bailando esa "cosa", si es que se le puede llamar bailar. Sería el hazmerreír de todo el colegio. Sin embargo, Sirius, allí, brillante, se comería el mundo él solo: bocado a bocado. No parece importarle nada.

Hay algo de mágico en todo eso. En esa chulería, en ese "aquí mando yo", en esa fuerza que parece emerger de cada uno de sus miembros, en esa bravuconería que no se aprende en la escuela. Sirius Black es diferente a todas las personas en esa habitación. Sirius Black es una estrella, no del rock, es una estrella que brilla en el cielo oscuro, que durante el día pasa desapercibido pero que por las noches cegaría hasta a un miope.

Y hablando de miopes.

James no baila. Está al lado de su amigo, jugando con sus pies y saludando con la mano a cualquiera que se acerca. Es el guardián de Sirius, es el "si te ríes te reviento", el sencillo "es probable que te descuartice esta noche si te atreves a hacer algún comentario". En realidad, alguien como él no tendría que imponer; no es más grande que Remus ni mucho menos. Sin embargo, hay algo en su posición, en la forma en la que sonríe sin hacerlo que incita a pensar que es mejor no chistar. Callar. Asentir. Bajar la cabeza y esperar a no recibir una maldición de resfriado.

Tal vez esa sea la verdadera razón por la que Sirius y James funcionan tan bien, piensa Remus, tal vez sea esa complicidad envuelta en una nube de egocentrismo adolescente. Puede que sea el "si tocas a uno te las verás con el otro". Suspira. Sonríe. Se le escapa una pequeña carcajada. Se ríe de los movimientos de Sirius. Se ríe con tanta fuerza que se le van a salir los intestinos. Porque sabe que puede. Porque es el único, junto a Peter, en esa habitación que tiene el derecho a hacerlo. Y Remus ha aprendido algo durante esos tres años. Algo muy importante.

"Nunca dejes pasar una oportunidad para hacer algo, porque si lo haces, puede que la vida no te la vuelva a dar".

Y por favor, dentro de unos años Sirius se dará cuenta de que bailar así le hace parecer un mendrugo. Tengo que aprovechar.

- ¡EH, BLACK! - Grita, con las manos en la boca. Para hacerse escuchar - BAILAS COMO UN MANDRIL.

Lily y Mary a su lado abren mucho los ojos, sorprendidas. James también se vuelve, primero a la defensiva, después, simplemente su cara se ilumina. Como si alguien hubiera puesto todos los focos de la habitación sobre su rostro.

- ME CAGO EN LA LECH... -Sirius gira trescientos sesenta grados y fija sus ojos en la dirección de la voz - OH, GRACIOSITO ¿EH?

- ¡MUCHO!

- Corre, Sirius - James le da una palmada en el hombro -. Mátale. Mátale con tus propias manos.

- CLARO QUE LE VOY A MATAR - se remanga la camisa y se pasa la lengua por los labios -. ERES MÁS TONTO QUE UN CESTO, REMUS LUPIN.

- ¿Más tonto que un qué? - Remus ríe y se echa hacia atrás, con las manos delante, los ojos llorosos y la risa todavía atascada en la garganta.

- QUE TE VAS A CAGAR, LUPIN.

Remus es más alto que Sirius, cada vez menos, media cabeza de diferencia, nada que sea demasiado notable. Pero... Pero Sirius es cien veces más fuerte y borrico que él, así que cuando se lanza contra él, le coloca los brazos alrededor de la cintura y le levanta en el aire para ponérselo al hombro (o al menos intentarlo), Remus encuentra su único escape de una muerte segura en sujetarse con fuerza a la camisa de su amigo.

- ¡Black! ¡Black! - Lily parece alarmada - Bájale.

- VAMOS SIRIUS - James va dando saltos hasta el lugar en el que se encuentra y da un par de palmadas - ¡ACABA CON ÉL!

- ¡NO! - Lily se une a los gritos - ¡POTTER, CALLA! BLACK, BÁJALE.

- ¡Ese Remus! - Mary levanta el puño en el aire - ¡En los bajos! ¡El punto débil son los bajos!

- O TE CALLAS O LUEGO VOY A POR TI, MACDONALD - Sirius se vuelve violentamente.

Y ahí está su error. Con un fuerte golpetazo, los dos caen al suelo. Sirius debajo. Remus encima. Y este último no puede parar de reír. Lily suelta un gritito y se acerca, propinándole un puntapié involuntario (o tal vez no) a un derrotado Sirius. Ella, con dulzura, ayuda a Remus a levantarse, que murmura "estoy bien, estoy bien".

- ¡Sois unos bestias!

- ¡Que me ha llamado babuino!

- No, te he llamado mandril.

Los ojos de Sirius se ponen en blanco y con un quejido "jo, pesas más de lo que pensaba, flacucho" se apoya en el hombro de James, quien de reojo todavía se ríe.

- Bueno, después de este espectáculo de idiotas creo que voy a probar... - Mary coge con los dedos un trozo de tarta del más negro intenso, pero roja por dentro - Este poquito de... Mmmm...

- Eres una glotona, Mary - Lily la acompaña, metiéndose con cuidado una galleta en la boca.

James se quita a Sirius de encima, dejándole todavía discutiendo con Remus y se acerca a las chicas, o al menos a la mesa donde están los postres.

- ¿Seguro que eso está bueno? - Mira a Mary que coge otro trozo de la misma tarta.

- ¡Que sí! - La chica le sujeta de la barbilla a pesar de las quejas del primero y le da a probar - ¿Ves? Está rico.

- Bgüeno, tgampocoegs - traga - para tanto.

- Quejica.

- Es que no he podido apreciar el sabor en su completa magnitud porque tu exceso de perfume me ha nublado los sentidos.

- ¿Perdona?

- Que te has echado mucha colonia, Mary - habla como si de verdad se creyese lo que dice -. Me gustas más cuando hueles a ti. A sudor. A macho, ¿sabes?

- ¿PERO DE QUÉ VAS?

Ella da un paso al frente y lanza los brazos dispuesta a golpearle, pero no por nada, James es el buscador más rápido de todo el colegio. La atrapa, veloz, fugaz, y cuando ella quiere darse cuenta tiene los dedos entrelazados alrededor de su cuello y gira lentamente al ritmo de la música. Protesta.

Apenas.

Porque no quiere.

Y después claudica y se deja llevar.

- ¿Estás celosilla, Evans? - El vozarrón de Sirius hace que Lily se sobresalte y casi tire el vaso de batido que ha estado llenando.

- Sí, la verdad es que sí - se vuelve hacia él. Ceja levantada. Atacando -. Estoy muy muy celosa de lo guapa que es Mary, ¿verdad?

- Pues no lo sé, es que a mí me gusta James, ¿sabes?

- Eso explicaría muchas cosas.

- ¿Qué insinúas, pelirroja?

- No lo sé, ¡pero mira! - Lily señala a James y Mary. La chica ríe. Al parecer se han pisado los pies sin querer - Qué monos.

- Eres mala, Evans.

- Soy peor, Black.

La pelea podría ser eterna, como lo fueron todas y cada una de las que Lily Evans y Sirius Black mantuvieron a lo largo de su vida. Discutieron por Mary, discutieron por James, discutieron por Remus, discutieron por el ponche, discutieron por el día, discutieron por la noche, discutieron sobre Harry, discutieron sobre todo y discutieron sobre nada al mismo tiempo. Y luego, un día, sin más, dejaron de hacerlo.

Se ven interrumpidos por Remus, que golpea la espalda de Sirius sin querer y tiene que apoyarse en la mesa, tembloroso.

- Vamos, Remus, será solo un bailecito de nada - es una chica. Ravenclaw. La misma que siempre le pregunta por los deberes, esa que le pide ayuda aunque no la necesite. Esa.

- Ya te he dicho que no bailo, es que... Es que tengo las piernas mal.

- Es cojo - le ayuda Sirius.

- Eso.

- Pero si caminas perfectamente... - Pone pucheros, le tiembla el labio y juega con un par de mechones de pelo que le caen en las mejillas.

- Eso es porque... - Sirius se agacha y coloca una mano en el hombro de la chica. Después susurra - Remus es un poco vergonzoso con este tema pero... Tiene una... Tiene una pata de palo. Se la fabricó su abuela talando un abedul del patio trasero después de que unos lobos salvajes se la arrancaran de un bocado, ¿sabes? Es madera de la buena. Pero muy rígida. A veces le da problemas y por eso se salta clases, ¡no porque sea un delincuente! Remus es un buen chico... Pero en ocasiones... Si le hablas de su pierna de madera se pone violento, ¿quieres que se ponga violento?

- N... No - la chica mira con ojos de terror a Remus que intenta escuchar la conversación sin éxito.

- Exacto. Mejor no te vuelvas a acercar a él esta noche... Está especialmente agresivo.

La Ravenclaw se escabulle entre la multitud un segundo antes de que Remus obligue a Sirius a mirarle a los ojos. "¿Qué le has dicho?", le exige. Cualquiera le lleva la contraria. Pero es que Sirius no es cualquiera. "Le he dicho que vas de mosquita muerta pero que en el fondo eres un lobo malo. Que muerdes". Dicho esto Sirius gira sobre sí mismo de camino a la mesa de los profesores, "a saludar a Alby", informa. Remus grita un "¡espera! ¿Cómo que muerdo? ¿QUÉ LE HAS DICHO, SIRIUS?" y continúa persiguiendo a su amigo, que ríe a mandíbula batiente, disfrutando del juego.

Lily se queda sola, apoyada en la mesa, con el vaso todavía entre los dedos. Pensativa. Ya no ve a Remus y Sirius, y a pesar de que tiene curiosidad infinita por saber la razón de su discusión tampoco es que tenga ganas de perseguirles entre la gente, para, probablemente, encontrarse con otra pelea de colegio. James y Mary ya no bailan, pero en el otro extremo de la habitación el chico mueve los brazos en el aire y simula una jugada seguro que de quidditch. Probablemente no de baloncesto. Mary asiente con la cabeza, de forma enérgica, como todo lo que hace siempre. Parece que alguien la sobrecarga por las noches. Lily la envidia. No la envidia mal, por supuesto. Pero a veces, le gustaría ser menos Lily, menos "Evans" y un poquito más "MacDonald".

La despierta una presencia a su lado. Peter Pettigrew, tan alto como ella sonríe con esas dos palas ligeramente más largas que el resto de dientes. Se le ha formado un remolino en la frente y le sudan las mejillas.

- H... Hola, Lily - se acerca demasiado -. Parece que todo el mundo nos ha dejado tirados, ¿eh?

- Supongo.

- Qué linda casualidad. Tú y yo... James y Mary... Sirius y Remus...

- ¿Qué insinúas?

- ¿Qué es lo que no insinúo, Lily Evans?

- Oh, por favor - Lily pone los ojos en blanco - Voy a buscar a Severus.

Peter juguetea con los hielos de su zumo todavía sonriente. Lleva el cordón del zapato desatado y cuando se agacha lo único que piensa es "bueno, por intentarlo que no quede".

La fiesta se da por concluida a las dos de la mañana; sin embargo, alrededor de la una y media, los cuatro chicos ya suben por las escaleras hasta el dormitorio. Están cansados; Sirius ha hecho pis cinco veces desde que bajasen horas antes y los ojos de Peter están tan hinchados de sueño que parece un búho bajo el efecto de las drogas.

Remus se deja caer en su cama, sin tan siquiera quitarse la ropa. Brazos abiertos, suspiro largo y cansado y demasiadas ganas de dormir hasta que el mundo deje de ser mundo.

- Si mañana no me levanto es porque mis baterías se han averiado esta noche - dice -. Tengo mucho sueño.

- Normal - gruñe Sirius -. Me has perseguido toda la puñetera noche, Remus. TODA. ¿Sabes a cuántas chicas me has espantado?

- Las necesarias - contesta el otro -. No sé quién eres tú para inventarte esa historia absurda sobre mi pierna.

- ¿Qué historia? - Pregunta Peter. Ya desde su cama.

- ¡Que le ha dicho a una chica que tengo una pata de palo!

- Podría haber sido peor, tío - James ríe -. Podría haberle dicho que tenías otra cosa de palo.

- ¿¡Por qué no se me habrá ocurrido!?

- Porque eres tonto, Sirius. Por eso.

- Oye Jimmy, te callas, que bien que no querías ir a la fiestecita de marras y luego has sido tú el que ha ligado.

- Yo no he ligado - se encoge de hombros -. No he ligado.

- Creía que le pedirías a Lily que bailase contigo - Remus se incorpora con pesadez. Ojeras. Cualquiera podría bucear en ellas -. Ha acabado bailando con Snape. Y no sabía bailar. La pisaba todo el rato.

- Es que prefería bailar con Mary - explica el chico -. No sé, Lily no iba a querer bailar conmigo de todas formas, ¿no?

- Pues no lo sé - Sirius se quita los pantalones a la vez que habla -, pero por lo menos tú te duchas, no como el guarro de Snape.

- Si se lo hubieras pedido igual te habría dicho que sí - interviene Peter.

James musita un "nah" y luego estira los brazos, dejando caer media sonrisa que cuanto menos resulta sospechosa. Remus se lleva la mano a la barbilla y luego entrecierra los ojos.

- ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo? Lily estaba preciosa. No es normal que no nos hayas hecho ningún comentario. Todavía. Normalmente ya nos habrías repetido diez veces que su pelo brillaba como cien candelabros en una noche oscura de Navidad.

- No soy tan hortera pero... El caso es que... - James baja la cabeza - El caso es que sé que no le gusto a Lily. No lo entiendo, la verdad. No entiendo cómo no le puedo gusta a alguien - tose y continúa -. Lo que quiero decir es... Es que no me sirve de nada agobiar a Lily de la forma que lo hago, de perseguirla por los pasillos, de soñar noche sí noche también con que me toque la cara de la forma en la que lo hizo contigo, Remus, el otro día. Giro a su alrededor y ella no hace otra cosa que sacarme de su órbita. Y estoy cansado.

- Entonces... - Sirius traga saliva - Espera que me aclare... ¿Ya no te gusta Evans?

- ¿Que si no me gusta Evans? - La carcajada de James podría escucharse en toda Escocia. Más allá del continente. Una bruja en la Antártida juraría que le ha oído - ¿Pero cómo podría no gustarme Lily? Si cuando habla para mí el resto del mundo se queda en silencio, si cada vez que me mira parece que todos los pastelitos de crema que he comido en mi vida bailan la conga en mi tripa, si me leería cientos de libros solamente para aprender a describir lo maravillosa que es y me quedaría corto. Es Lily. Lily Evans. Y por alguna razón que no entiendo, cuando se volvió en aquella clase de Pociones hace dos años supe que era la mujer de mi vida y que me tendría que casar con ella. Y no es el tipo de idea loca que pienso y a los dos minutos se ha marchado. No. Sigue aquí - se señala la frente - y no la puedo apartar ni un segundo del día. No he visto en mi vida a ninguna chica que me provoque lo que ella consigue simplemente pasando a nuestro lado. Pero... Pero Lily es una chica diferente. No le gusto. No le gusto nada. Y daría mi escoba por gustarle aunque fuera la mitad de lo que le gusta ese estúpido de Snape. Daría mi capa, daría un brazo, el izquierdo, y todos los galeones que tengo ahorrados en Gringotts para que dejase de verme como un cretino. Y esta noche... Esta noche Lily no me ha mirado, pero tampoco me ha mirado mal. Y creo, creo que ese es el juego que tengo que seguir y creo que... Creo que tengo que hacer entender a Lily Evans que yo, James Potter soy el hombre de su vida. Pero tengo que hacerlo con cuidado. Porque quiero, no me importa cuando; si es mañana o dentro de ochenta años, que un día, Lily se levante de la cama y diga "Oh, Merlín, me he enamorado de James" y venga a buscarme y... Quiero que eso pase. Quiero que eso pase, chicos.

El discurso cae en la habitación como un fuerte chaparrón. Peter boquea incapaz de decir nada. Remus permanece inmóvil, con la almohada entre los brazos, los ojos fijos, brillantes, en James; el labio temblándole y la amenaza de romper a llorar escrita en cada músculo de su cuerpo. Sirius se cruza de brazos, masculino, y niega con la cabeza.

- Ojalá no me enamore nunca - bufa -. Si me vuelvo tan tonto como tú pegadme un tiro.

- Lo siento... - James se sonroja - Tenía que contároslo.

- Pero es que eres imbécil - Sirius se deja caer a su lado y le revuelve el pelo. Esta vez diferente; deja la mano allí, quieta, en contacto con la cabeza de James -. Es que yo no entiendo a Evans, te lo juro. Si yo fuera una chica o tú no fueras un chico... ¡Agh, qué más da! Jimmy, si no estuviera tan enamorado de mí mismo, perdería el culo por ti, tío.

- No digas tonterías - pero se ríe.

- Es verdad. Y te besaría esa boca de piñón que tienes.

- Lo que Sirius quiere decir - Remus inclina la cabeza, tranquilo. Y esa tranquilidad se transmite de una forma mágica - es que queda muchísimo tiempo por delante y que el corazón de Lily es como una flor que todavía no se ha abierto. Y James, me parece muy bien que hayas decidido no perseguirla como un perturbado y empezar a ser normal.

- Lo que Remus quiere decir - Sirius de nuevo - es que él también te besaría la boquita de piñón.

- No, lo que quería decir es que desde esa posición y con la luz de la luna a tu espalda sigues pareciendo un mandril, Sirius.

- Oye, ¿pero dejas de meterte conmigo, maldito flacucho? Por menos que eso cualquier otro estaría muerto.

Y no dicen nada más. Porque ninguna frase podría superar a esa. Porque es cierto, porque "cualquier otro" nunca se ajustará ni a Peter, ni James, ni Remus. Porque en el juego que la vida es, ellos y las cuatro fichas que les representan, están en la misma parte del tablero.


[i] Movimiento de Quidditch que consiste en una finta en la que el jugador finge golpear la nariz del oponente para distraer o confundir. Mientras no se haga contacto, el movimiento no es ilegal, pero es difícil de lograr en escobas por el exceso de velocidad.