¡Patata!
Es el segundo jueves de octubre de 1973 y desde la ventana de los dormitorios de los chicos puede verse cómo la Luna comienza a crecer. Quizás una persona normal no podría apreciar que se ve unos milímetros más grande aquella noche que la anterior pero James Potter le dedica al gran astro al menos unos cuantos minutos de observación al día y podría asegurar que está casi, casi en su punto álgido. Un semicírculo que por poco no es perfecto y resplandece brillante en el vacío de la bóveda astral, le roba el sueño y le impide apagar sus pensamientos.
Peter está durmiendo, Sirius está fingiendo que lo hace, Remus simplemente se remueve inquieto bajo las sábanas y él se pregunta si algún día se acostumbrará aquello. A dejar que un satélite infame le haga daño a una de las cosas que más valora en el mundo y tener que quedarse allí, mirando desde abajo, sin poder hacer nada.
— James, tío, ¿te estás enterando de algo?
Clase de Estudios Muggles. No ha dormido nada y la voz de la profesora es suave y pausada y tiene un inesperado efecto somnífero en él esa mañana. Con los brazos cruzados y la cabeza apoyada entre ellos, por supuesto que no se está enterando y Sirius lo sabe de sobra así que casi le parece una pérdida de tiempo hacer el esfuerzo de abrir la boca y contestar, pero no le queda otro remedio.
— No.
Mary MacDonald está sentada en una silla colocada entre los dos asientos, justo en el medio de James y Sirius. Ha olvidado su libro en la habitación y cuando se ha dado cuenta ya era demasiado tarde para ir a buscarlo. Ella no quería sentarse con nadie más ("que no, jo, que no he hablado nunca con ellos y no quiero") y a James el suyo le servía demasiado bien de almohada improvisada para prestárselo así que Sirius, en un arranque de amabilidad, se había ofrecido a dejarle hojear su ejemplar si a cambio se sentaba a su lado y le entretenía un rato porque su mejor amigo estaba "medio muerto" en ese momento y no era demasiado divertido para conversar. Casi se había olvidado de que ella estaba allí así que se sobresalta cuando escucha la voz aguda en su oído.
— Que tenemos que hacer un trabajo entre los tres, James.
— ¿Entre los tres? ¿Sirius, tú y yo? ¿Eso quién lo dice?
— Yo. — sentencia Mary, dándole un leve golpecito en el hombro — Los grupos son de tres y somos tres así que somos un grupo. Venga, despierta, que hay que ponerse manos a la obra.
En una situación normal protestaría solo por no molestar pero es que está demasiado exhausto como para hacerlo. Asiente levemente y como Sirius tampoco dice nada, Mary sonríe, satisfecha.
Después se trasladan, ellos tres y todos los demás alumnos, a una especie de recámara en la parte trasera del aula. Se accede a ella por una puerta de madera que parece mucho más desgastada que el resto de las que hay en el castillo y en su interior hay todo tipo de aparatos y enseres pertenecientes al mundo muggle. Están encantados para que puedan funcionar sin eclecticidad o como sea que se llame, como el gramófono de Remus, pero por lo demás, conservan sus mecanismos originales. Desde utensilios de cocina a grabadoras de voz y de vídeo, las estanterías están repletas de objetos de los que en su mayoría James y Sirius no han hecho uso en su vida.
— El trabajo consiste — explica Mary — en elegir alguno de estos objetos y aprender a usarlo correctamente antes de Navidad. Así que tenemos que escoger.
Escoger. La palabra rebota, reverbera en el interior del cerebro de James, tanto que casi duele. Escoger significa tener que pensar y que Merlín le maldiga si hay algo en ese momento que le apetezca menos que tener que hacer esfuerzo mental en algo.
— A mí me da igual. Elegid vosotros.
Dejar a Sirius y Mary elegir parecía la opción fácil, sencilla y que le iba a permitir acabar con el asunto cuanto antes pero bastan quince minutos para que se dé cuenta de que no es así en absoluto. Cinco minutos más y ya todos los alumnos se han decidido y ellos dos siguen discutiendo insistentemente sobre si deberían coger una aspiradora o un juego de té. A Sirius le parece que la aspiradora tiene un millón de posibilidades, especialmente relacionadas con travesuras y molestar al prójimo, y Mary insiste en que el trabajo no trata de eso y que debería reconsiderarlo. A falta de argumentos, la conversación se desvía e incurre en otro tipo de argumentos para nada relacionados con los muggles.
— Ya, claro. Seguro que es buena idea hacer lo que tú digas. Tú siempre tienes buenas ideas, ¿no te acuerdas de aquella vez que decidiste batear una bludger hacia el cazador de Slytherin y él le dio una patada y la redirigió contra Luke, que estaba justo al lado? Una brillante idea, si me permites opinar.
— No te permito opinar, maldita sea, MacDonald, porque tú no sabes nada. Claro… Se ve todo muy fácil desde ahí arriba, con tus prismáticos y tu micrófono y…
James no puede más. Si escucha una palabra más va a sentirse obligado a empujarles a los dos desde lo alto de la Torre de Astronomía. Da una vuelta por la pequeña salita esperando desesperadamente encontrar algo que le convenza y pueda convencerles a ellos dos, al menos un poco, y zanjar el asunto.
— Eh, Sirius, Mary. — les llama.
Después de unos segundos ha conseguido avistar dos cámaras fotográficas en lo alto de un estante. Parece que nadie las ha usado en años y tienen una capa traslúcida de polvo encima pero está casi seguro de que deben funcionar así que estira el brazo para alcanzarlas y se las enseña.
— ¿Cámaras de fotos? ¿Por qué cámaras de fotos? — pregunta Sirius.
— Porque Peter Parker usa de estas para el trabajo, tío.
Remus se hubiera quejado. Peter se hubiera quejado. Prácticamente nadie en todo el castillo se hubiera dejado convencer por ese argumento pero Sirius y Mary son sus amigos por algún motivo. Mary se encoge de hombros y musita "sí, vale, está bien" y Sirius dice "sí, por qué no, es guay" y James suspira aliviado y va a salir de allí de una vez por todas cuando algo le detiene.
— Si queréis utilizar esas para el trabajo vais a necesitar además todo esto — les advierte la profesora Carolyn Pickles, al tiempo que les entrega una caja de cartón alargada que contiene botellas llenas de líquidos de colores, guantes, algo parecido a un termómetro y muchos más artilugios que no identifican.
Ya es demasiado tarde para negarse y de todos modos, la clase ya se está acabando y no hay tiempo para deliberar más, así que asienten con la cabeza, Sirius coge todo aquello y se marchan a comer. Antes de despedirse de ellos, Mary se da media vuelta y añade:
— Nos vemos esta tarde para empezar con lo de las cámaras, ¿no?
Y gira la esquina del pasillo antes de que puedan replicar.
— Venga, Remus, ¿por qué no nos ayudas?
La verdad es que Remus se está aburriendo bastante. No hay deberes ni trabajos que hacer aquel día, ni tampoco nada que estudiar; Peter ha decidido monopolizar el gramófono con unas repentinas e irremediables ganas de escuchar a The Who "es que llevo todo el día con una canción en la cabeza, Remus, ¡necesito escucharla ya!" y hace unos días se le han acabado las nuevas lecturas que trajo al colegio al principio de curso. Pero la luna llena arrecia, cada vez más cerca, le tiembla en las cicatrices y le hace sentirse débil y hastiado, minúsculo, enfermo, y sin ningún tipo de ganas de salir de la cama, recolocarse el uniforme, ponerse los zapatos y caminar hacia la biblioteca para conseguir nuevos. Cuando llega a la última página del cómic que James le ha prestado "para que leas algo, tío, que estás mustio sin un libro entre las manos" lo deposita sobre la cama. No va a reconocerle nunca cuánto le ha gustado, inesperadamente, pero lo cierto es que le cuesta unos segundos volver al mundo real, donde la gente no vuela y hace magia sin escobas ni varitas.
Cruza los brazos sobre el pecho y debate internamente. No es que pierda nada por ayudarles, de hecho, pero aquel año se ha propuesto no malacostumbrar de nuevo a Sirius, James y Peter haciéndoles los deberes (o casi) cada vez que se lo suplican. A apenas un mes del comienzo de curso, aceptar sería fallar demasiado pronto a su propósito. Pero Sirius insiste
— Venga, Remus. Si no estás haciendo nada. Seguro que es divertido.
Y él termina por ceder.
— Pero os advierto que yo no he hecho esto nunca…
— No pasa nada, tío, lo harás bien.
— Jimmy tiene razón, lo harás bien.
— ¿Cómo que lo haré? No pienso haceros todo el trabajo, os lo advierto. Lo haremos bien.
— Bah. Pequeños detalles…
— Oye, Lily…
Llevan un par de días sin coincidir ni cruzar apenas un par de palabras así que cuando Lily Evans escucha la voz de Mary MacDonald tras de sí, en uno de los pasillos, pronunciando su nombre, se sobresalta levemente. Aun así, deja de avanzar instantáneamente y se gira para contestar. Habla con ese tono de voz, esa cadencia levemente más aguda de lo habitual que a estas alturas ya sabe que indica que Mary, indudablemente, va a pedirle algo. A su lado, Lucy, Sabine y Sophie se detienen también durante un instante, musitan un "nos vemos luego, Lily" y continúan con su camino.
– ¿Y a esas qué les pasa? – pregunta Mary, sorprendida.
Lily se encoge de hombros.
– Bueno, es que tenía que pedirte… Verás…
Quizás no debería haber sido tan directa. Quizás debería haber intentado charlar un poco antes de preguntarle directamente por el favor que necesita que Lily le haga pero Mary no es demasiado buena con las conversaciones irrelevantes y, de todos modos, algo en la mirada de la chica le dice que es consciente de sus intenciones desde el principio. Así que se retira el cabello de la frente y, apresuradamente, le explica qué es lo que necesita que haga por ella.
– O sea – Lily intenta adoptar una expresión seria pero le resulta muy, muy difícil evitar que se le escape un risita de incredulidad – Que… ¿Me estás pidiendo que te haga los deberes de Defensa Contra Las Artes Oscuras?
– ¡Sí, exacto! O sea...
– ¡Mary!
– Quiero decir… Que no, que… No es eso. ¡Solo quiero una pequeña ayuda! Porque… Bueno, ya sabes, no soy muy habilidosa… ¡Por algo soy comentarista y no jugadora de quidditch! ¡Ja, ja! – un comentario desacertado, una broma sin gracia para intentar quitarle peso al asunto y una sonrisa tan, tan amplia, que es digna del mismísimo James Potter. Si Lily pasase más tiempo con James, posiblemente se habría dado cuenta de las similitudes entre el comportamiento de ambos y estaría fallando todavía más estrepitosamente en ocultar la sonrisa – Pero, jo, Lily.
– Bueno, es que… Te ayudaría, pero… ¡Tienes que aprender a hacer las cosas por ti misma! No puedo hacerte los deberes, eso no está bien…
– ¡Pero no tienes que hacérmelos! Solo ayudarme un poco. Ya sabes… – Mary simula que sostiene una cámara entre las manos y dispara una inexistente foto hacia donde se encuentra Lily – Fotografía y todo eso, ¡pensé que sería divertido hacerlo juntas!
No parece muy convencida pero al final, como es natural, acepta. Con una condición.
– Pero tienes que hacerlo ahora mismo. No puedes dejarlo para el último día como siempre.
Mary asiente enérgicamente con la cabeza, en una promesa muda, y las dos juntas se encaminan hacia la Sala Común de Gryffindor, siguiendo los pasos de las otras tres chicas, que se han marchado hace tan solo unos minutos. Lily recuerda a sus amigas durante un instante y comienza a preocuparse pero entonces, Mary ríe por una broma que ella misma ha hecho y la distrae y después, ya no piensa en nada.
– Que tenemos que ir… ¿¡a dónde!?
Mary no entiende por qué Lily parece tan alarmada. No es como si subir a los dormitorios de los chicos fuese algo tan serio; al fin y al cabo, ella lo ha hecho ya unas cuantas veces, y no son tan diferentes de los de las chicas, en serio.
– Al dormitorio de James y Sirius. Ellos tienen todas las cosas que…
– ¡Ni hablar! Ve tú y yo me quedo aquí…
Se han sentado en uno de los sofás, a un lado de la chimenea. Mary reposa la barbilla sobre las rodillas flexionadas y Lily descansa con las piernas cruzadas en una esquina.
– Pero es que no quiero ir sola…
Convencerla le cuesta unos cinco minutos. Podrían haber sido menos pero, definitivamente, también podrían haber sido más. La victoria alimenta la omnipresente sonrisa en el rostro de Mary y cuando se deciden a levantarse, suben las escaleras, despacio, como si caminasen en territorio enemigo.
Una vez más no es demasiado trabajo encontrar la habitación de los chicos. No necesitan siquiera adentrarse demasiado en el pasillo del ala masculina de la torre de Gryffindor para reconocer las cuatro voces. Dos de ellas resuenan por encima de las demás: más enérgicas, más vivas, retumbando estridentemente en el corredor desierto. James y Sirius hablan habitualmente a un tono de voz más alto que la mayoría de las personas, pero Lily no piensa que sean conscientes de hasta qué punto; está segura de que, esforzándose un poco, cualquiera podría entreoír la conversación que están manteniendo en aquel momento desde cualquier punto del castillo. Comentan algo sobre pasteles y la señora Potter y la voz de Peter, más aguda, hace pequeños comentarios de vez en cuando. Cuando están en frente de la puerta, la voz rasgada de Remus interrumpe "chicos, deberíais…" pero ninguna de las dos llega a saber nunca cómo continúa la frase porque Mary golpea la madera e, instantáneamente, se hace un silencio sepulcral al otro lado.
– ¿Quién es? – es James el que contesta, con retintín. Lily hubiera preferido que hubiese sido Remus, o incluso Peter, pero es James.
– Yo – contesta Mary, imitando el tono de voz de su amigo.
– ¿Quién es yo?
– Pues yo, James.
– No conozco a ningún "yo, James".
– Dios mío, ¡eres insoportable!
James se ríe justo antes de girar el pomo y dejar que entre, y la risa se ahoga, se atasca en la garganta a la mitad. Porque donde él esperaba ver a Mary no solo está Mary, sino que también está Lily, y se nota a sí mismo palidecer mientras no puede evitar mirarla con los ojos marrones y grandes abiertos de par en par: labios y pestañas y barbilla y pelo, pecas y la piel fina entre el cuello y el final de la oreja.
– ¿Qué te pasa, Jimmy?
Sirius aparece detrás de él. Consciente de lo inapropiado de la reacción de su amigo, trata de suavizar la situación colocándole un brazo sobre el hombro y una mano sobre el marco de la puerta. O eso piensa Lily. Lo más probable es que sus acciones no tuviesen un propósito tan elaborado tras de sí, pero lo cierto es que en el mismo momento en el que Sirius toca a James, éste reacciona y sale de su ensimismamiento. Arruga un poco la nariz, parpadea un par de veces y recupera su expresión habitual, esa que sonríe con inocencia, suficiencia y malicia a partes iguales. Viéndoles así, cualquiera podría pensar que son hermanos de verdad, tan cómodos el uno con el otro, comunicándose sin palabras con un simple par de gestos.
– Oye, Sirius, necesito que me prestéis… Eh… Las cosas. Las cosas del trabajo de Estudios Muggles, ya sabes.
– ¿No se supone que tenemos que hacerlo juntos? Los tres. No estarás pensando en escabullirte y hacerlo tú sola y llevarte todo el mérito, ¿eh?
– Claro que no. Yo… Le había pedido ayuda a Lily. Ya sabes. Ella sabe más de cosas muggles que nosotras.
– Ah, no, de eso nada. Ya tenemos la ayuda de Remus. Seguro que Remus sabe más de cosas muggles que Evans.
Se escucha a Remus decir algo, desde lejos. Algo así como "Sirius, eres un engreído, te lo juro".
– De eso ni hablar – replica Mary.
– Bueno, pues me da igual, porque el caso es que nosotros…
– Bueno, bueno, Sirius, querido amigo… Y… ¿Por qué no lo hacemos todos juntos? Nosotros tres. Mary y, bueno, Lily. Cinco manos mejor que tres, ¿eh? – sugiere James.
La primera respuesta es un "no" rotundo. "No" porque Sirius tiene problemas serios para cooperar y trabajar con una chica como para hacerlo con dos; "no", porque definitivamente Mary no va a dar su brazo a torcer. A James le resulta cómico cuando ella y su mejor amigo discuten pero a veces no me importaría para nada que se comportasen como personas normales, de verdad. Lily no se niega en voz alta pero lo lleva escrito en la mirada. Al final, Mary y Sirius se reconcilian y Remus consigue persuadir a Lily "puede ser divertido, ¿no?" y se encuentran, repentinamente, en una situación que hubiese sido imposible de imaginar hace tan solo unas horas.
Sirius está tumbado sobre la cama, boca abajo, con los pies en el sitio donde habitualmente está colocada la almohada. Trata de averiguar cómo funciona una de las cámaras mientras Mary y James se sientan en el suelo, el uno frente al otro, y pelean con otra de ellas. Lily escoge refugiarse en una esquina de la cama de Remus y juntos consiguen encender y sacar un par de fotografías desenfocadas con la que queda. Peter no tiene nada que ver con el trabajo pero quiere ayudar igualmente así que se coloca al lado de Sirius y trata de darle instrucciones "no, Sirius, con ese botón no, con el de la derecha…" que su amigo opta por ignorar la mayoría del tiempo, hasta que se le agotan las ideas y no le queda más remedio que hacer lo que dice y "hostias, Pete, pues tenías razón, era ese botón".
Después de hacer las fotografías, revelarlas es mucho más sencillo. Lily lee todas las instrucciones y aprende cómo utilizar los distintos componentes y aparatos en tan solo unos minutos. En realidad el proceso requiere mucho cuidado y una medición de tiempos y temperaturas de calentamiento de los líquidos realmente precisas; no obstante, bastan tan solo un par de hechizos que Remus ha extraído directamente del manual de encantamientos avanzados que estudia en sus ratos libres para facilitar y agilizar el proceso. Cuando han terminado, todos se agrupan en un círculo en el centro de la habitación, impacientes por comprobar el desenlace de todos sus esfuerzos.
Obtienen resultados variados. Tres carretes de veinticuatro fotografías cada uno de los que, sin contar aquellas borrosas o que no han sido capaces de revelar correctamente, obtienen un número exacto de treinta y dos imágenes. Éstas incluyen: varias instantáneas de James y Sirius compitiendo para ver quién es capaz de fotografiarse haciendo la mueca más horripilante; una foto de Lily y Remus, sentados en la cama de este último: Remus tapándose parcialmente la cara con una mano y Lily sonriendo de medio lado, medio avergonzada, medio no pudiendo evitar mirar al objetivo; unas cuantas de los cuatro chicos (tuvieron que sacar al menos cinco hasta que todos ellos se pusieron de acuerdo para sonreír y mirar a la cámara al mismo tiempo), de pie frente a la ventana: James pasando un brazo por el hombro de Peter, Remus, con las manos en los bolsillos y Sirius, peinándose el pelo hacia atrás con expresión despreocupada. Al fondo, en el horizonte, pueden identificarse los verdes terrenos de Hogwarts. Tras ellos, pero más cerca, en la pared, y llamando más aún la atención, la gigantesca bandera de color naranja de los Chudley Cannons que James insistió en colocar allí en su primer año y se ha resistido a descolgar desde entonces. Fotos, muchas fotos de James y Mary; sonrisas sinceras e infantiles atrapadas en capturas imprevistas, movidas y borrosas, quizás, pero no por ello menos válidas. Remus consiguió, no sin muchos intentos fallidos previos, capturar a James y Lily en el mismo plano, ambos sentados con las piernas cruzadas y tan solo poco más de un metro de separación entre ellos. Cuando James la ve simula que no tiene valor: que simples escenas capturadas en pedazos de papel muggle no representan nada que merezca la pena conservar; sin embargo, no es capaz de dejar de observarla de reojo, y en el mismo momento en el que Lily abandone la habitación, la guardará como si fuese el más grande de los tesoros, apenas atreviéndose a mirarla, como si por hacerlo fuese a desgastarse. Y Lily: hay muchas fotos de Lily, fotos de Lily riendo y Lily intentando esconderse del objetivo. Retratos de ojos verdes y pelo rojizo en contraste con piel blanquecina, retratos con vida y alma y todos los sentimientos que esconde durante la mayor parte del día pero, en el fondo, siempre siguen ahí, aflorando intermitentemente, esperando a algún atento observador que sea capaz de captarlos. Y fotos de Remus, Remus distraído, o Remus excesivamente concentrado buscando el hechizo que necesita en el gigantesco manual de encantamientos que reposa sobre su regazo, con Sirius sentado a su lado, la barbilla apoyada en su hombro y leyendo sin leer líneas y letras y descripciones e indicaciones sobre cómo sostener la varita o de qué forma agitarla para conseguir efectuar maleficios con mayor destreza. Cuando terminan, fuera el cielo comienza a anaranjarse levemente y son conscientes por primera vez en muchas horas de que el tiempo ha pasado y la tarde se les ha escurrido entre los dedos a una velocidad de vértigo. Mary y Lily son conscientes de que deberían marcharse ya pero ha sido un día largo y están exhaustas, y la simple idea de tener que descender las escaleras hasta la Sala Común les hace sentir una pereza inmensa, paralizadora.
Remus también está, como es normal, terriblemente cansado; sin embargo, ni siquiera el más profundo de los agotamientos sería capaz de hacerle olvidar que día es. Mediados de octubre y con la luna llena en punto álgido aquella misma noche, siente al gran astro quemar y brillar a flor de piel, en todos los rincones de su cuerpo. No quiere marcharse pero indudablemente tiene que hacerlo así que termina por ser el primero en levantarse y decir
– Lo siento, chicos, ya sabéis que no me encuentro muy bien hoy… Tengo que marcharme a la enfermería
Y se dispone a irse.
– ¿Estás bien, Remus? ¿Quieres que te acompañe? – Lily parece realmente preocupada.
– No pasa nada, Lily. Estoy bien. Seguro que en un par de días me encuentro mejor.
James, Sirius y Peter le observan mientras se marcha. Sus miradas fluctúan, de Remus a Lily y Mary y luego a Remus otra vez. Entienden la situación. Entienden exactamente el motivo por el cual tiene que irse a la enfermería pero la presencia de las chicas no les permite despedirse de la forma adecuada, tal y como les gustaría. James y Sirius intercambian una mirada cómplice. Justo un instante antes de que abra la puerta de la habitación, éste último, que es el que reacciona más rápido, le detiene llamándole por su nombre.
– ¿Qué pasa? – pregunta Remus, no sin cierto temor; temor a que su amigo diga algo que no deba decir y se metan en problemas.
– Que te pongas esto, que hace frío. Luego que te acatarras, joder, ¡si es que vas casi desnudo! ¡Mírate!
Le lanza algo, una especie de revoltijo de ropa y tela de color grisáceo. De forma sorprendente teniendo en cuenta sus habilidades físicas, Remus lo atrapa en el aire y cuando lo tiene entre las manos, puede comprobar que es un cárdigan de lana, un tanto arrugado. No recuerda si pertenece a James o al propio Sirius porque no es una prenda de ropa que utilicen demasiado a menudo y a veces es complicado mantener el seguimiento de las propias pertenencias en una habitación compartida con tres chicos más que parecen no entender demasiado bien el concepto de propiedad, pero se lo pone igualmente. Sonríe, da las gracias y comienza a caminar de nuevo hacia donde calcula que la señora Pomfrey ya llevará esperándole unos quince minutos.
Sólo a mitad del camino se le ocurre meter las manos en los bolsillos de aquella chaqueta. En el bolsillo derecho, concretamente, logra palpar algo que no tenía consciencia de que estuviese allí, y que indudablemente ha sido colocado por sus amigos.
Y, como no podía ser de otro modo, es una fotografía.
Remus podría haber jurado que es una de esas que habían descartado en un principio por no haber sido capturadas ni reveladas correctamente. Lo cierto es que no es del todo nítida y la claridad se va perdiendo conforme la mirada se desplaza del centro a los bordes pero aun así, la imagen se distingue sin dificultad: son ellos, Peter, él mismo, Sirius y James, en ese orden, sentados los unos junto a los otros, charlando despreocupadamente. No recuerda en qué momento fue tomada pero casi hubiera podido jurar que fue cosa de Lily. De cualquier modo, durante unos segundos no puede dejar de observarla, olvidándose incluso de caminar; ellos, él y sus amigos, él y aquellos que le estarán esperando cuando vuelva de enfrentarse al mayor de sus miedos. Atrapados, inmóviles, inertes, atrapados para siempre en colores tenues sobre el papel, casi parece que aquella calma aparente, la tranquilidad de lo cotidiano podría mantenerse igual de estable e infinita que sus rostros congelados en expresiones despreocupadas. Después, recuerda que llega tarde, vuelve a guardar la fotografía en el bolsillo y se apresura a caminar más rápido. Y sin embargo, no dejará de pensar en ella en ningún momento de las próximas horas, ni siquiera un segundo, ni siquiera en el punto más álgido de la noche.
