Una odisea espacial.
Como era de esperar, Regulus Black fue elegido, por unanimidad, como nuevo buscador del equipo de Slytherin. Como era de esperar, también, Sirius y James se mantuvieron en sus puestos de golpeador y buscador, respectivamente. Un año más, Peter Pettigrew no fue seleccionado entre los jugadores titulares del equipo de Gryffindor, si bien Jack, el capitán, le ofreció el puesto de cazador suplente, lo que le otorgaría el deber de sustituir a Kirk, Martha o Noah en caso de que alguno de ellos cayese enfermo. Al conocer la noticia, Sirius sugirió encarecidamente que colocasen a Remus como golpeador suplente. Remus se negó, Jack se negó, Gideon se negó y James rió hasta que le dolieron las mejillas y las comisuras de los labios.
Con los equipos ya definitivamente estructurados y el primer partido a la vuelta de la esquina, los leones decidieron que no había más tiempo que perder, y comenzaron con los preparativos para la nueva temporada de quidditch: preparativos que, por supuesto, incluían largas sesiones de entrenamiento al menos tres días a la semana. Así James y Sirius comenzaron a pasar la mayor parte de su tiempo libre a varios metros sobre el suelo y en sus escobas; sin regresar al dormitorio hasta que el Sol comenzaba a apagarse en el horizonte y la luz que alumbraba los terrenos de Hogwarts era claramente insuficiente como para continuar.
Abatidos, exhaustos y doloridos, ninguno de los dos jóvenes había pensado antes que un largo verano sin apenas practicar ninguna actividad física iba a pasarles semejante factura después, con la repentina vuelta al ejercicio constante. Tumbados en la cama, boca arriba, con los brazos abiertos, Sirius se queja por la cantidad de veces que ha tenido que recorrer el campo de punta a punta hasta que Jack ha quedado satisfecho con la precisión de su vuelo, y James asegura que le duelen tanto las piernas que van a tener que amputárselas.
– Y entonces no podré ser jugador de quidditch profesional. Y entonces Lily no me querrá. Y entonces Sirius sentirá que tiene camino libre para ligársela. Y entonces tendrán hijos con un mentón muy grande. Y pelirrojos. Y con mucho pelo en las cejas. Y entonces… ¡MI VIDA VA A SER UNA DESGRACIA!
– No exageres, James – le interrumpe Peter.
– ¡No exagero, es que…!
– Peter tiene razón – le concede Remus – solo estás cansado porque no has movido un músculo en todo el verano. Ya se te pasará.
Cenan y después James y Sirius se quedan dormidos casi inmediatamente; la rutina se repite prácticamente todos los días. Generalmente los chicos entrenan martes, miércoles y viernes. Así, y de un día para otro, Remus y Peter se ven obligados a lidiar con una gran cantidad de tiempo libre por las tardes sin la compañía de ninguno de los dos.
Ambos adoptan la costumbre de pasar la tarde de los martes y los miércoles con Lily Evans en la Sala Común: Lily, que también pasa ahora más tiempo a solas que de costumbre porque Jack ha convencido a Mary para que vaya a ver todos los entrenamientos y les sugiera nuevas tácticas que puedan usar en los partidos; por eso y porque Lucy, Sophie y Sabine han decidido apuntarse al Club de Duelo porque "hay muchos chicos guapos y no nos importaría que nos encantasen con sus varitas, ¡ja, ja!". Esto le parecía terriblemente bien a Peter, horriblemente mal a James ("primero, ¿por qué demonios no podemos apuntarnos al Club de Duelo nosotros también? ¿por qué tiene que coincidir con los entrenamientos? Y segundo, ¿¡por qué Peter va estar más tiempo con Lily de lo que he pasado yo en toda mi vida!?") y a Sirius le proporcionó gran cantidad de risas a costa de este último, y solo una objeción:
– Remus, tío, al final vas a hacerte más amigo de esa Evans de nosotros. ¡Os tiráis la vida juntos!
Cuando Sirius insiste en esto, lo que pasa al menos un par de veces al día, Remus se encoge de hombros y no lo niega, porque en cierto modo es verdad: no que Lily vaya a sobrepasarles como amigos, claro (eso jamás sucedería, y Remus ni siquiera se lo plantea) sino que Lily y él pasan mucho tiempo juntos, cada vez más.
Aquel día es viernes y la tarde huele a césped y a sol invernal. A pesar de que el calendario apunta ya a mitades de Diciembre, ha amanecido cálido y brillante. Ninguno de los alumnos del colegio ha fallado en darse cuenta, y todos ellos charlaban animadamente sobre ello durante el desayuno.
Remus y Lily no suelen verse los viernes, pero aquella ha sido una de esas veces.
Les pasa de vez en cuando, pero en realidad no sucede por ningún motivo en particular; a veces, ni siquiera se lo proponen. Se cruzan por los pasillos, se encuentran sin querer en la Sala Común o a la hora de comer. Empiezan a hablar, como si nada, y la conversación se extiende y se estira hasta el infinito y no parece que vaya a acabarse nunca y cuando quieren darse cuenta, llevan una hora o dos charlando sobre todo y nada a la vez: sobre el tiempo y sobre los últimos deberes de transformaciones, sobre los chicos y las chicas de su curso y de cursos superiores, sobre libros y sobre la última travesura de James, Peter y Sirius. Pasean, casi sin darse cuenta de a dónde se dirigen, por los corredores del castillo o por las escaleras, y terminan encontrándose en cualquier lugar inesperado, mucho más atentos a la conversación que a sus propios pasos.
Aquella vez se encuentran en uno de los lugares más recónditos de los terrenos de Hogwarts; no porque esté demasiado oculto a la vista, sino porque prácticamente nadie va allí nunca. Remus y los chicos lo descubrieron hacía ya unas semanas, mientras caminaban por la linde del bosque en una de las ahora un tanto infrecuentes tardes libres de James y Sirius. No se habían dado cuenta nunca, pero tras el antiguo invernadero de Herbología hay una especie de claro, un rincón oculto entre los árboles donde siempre corre una tenue brisa fresca y crece un pequeño jardín de flores silvestres.
Ellos no le dieron demasiada importancia, pero Remus creyó que a Lily quizás podría gustarle aquel lugar; así que esa tarde, mientras deambulaban por el exterior, decidió llevarla allí.
Así que permanecen allí; tumbados, el uno junto al otro, pero no demasiado. Remus, de costado, con el brazo izquierdo reposando bajo la cabeza y las piernas encogidas; Lily, boca arriba, ojos entrecerrados ante los rayos de luz intensa y mechones pelirrojos esparciéndose en todas las direcciones y entremezclándose con la hierba.
Remus piensa que si aquella escena formase parte de una película, sonaría Lucy In The Sky With Diamonds, de fondo. Pero como la banda sonora de la vida real no siempre puede ser música, en ese momento tan solo oyen el tenue sonido del aire meciendo los árboles y el canto ocasional de algún pájaro que asoma entre estos últimos, aprovechando el buen día.
Lo cual tampoco está mal.
Ocasionalmente, cuando la conversación se agota y ninguno de los dos tiene nada más que decir, también puede escucharse cómo los dedos finos y delicados de Lily acarician suavemente el antebrazo derecho de Remus, que descansa sobre la hierba; y los de Remus, largos y huesudos, enroscándose alrededor de uno de los mechones pelirrojos de ella.
En momentos como ese, Remus se para a observar a Lily. En realidad, siente que cualquier persona en el mundo debería permitirse el lujo de prestarle atención a Lily en momentos como aquel, cuando reposa tranquila y calmada, ajena al resto del universo, y la luz del sol refleja sobre la piel, tan pálida que parece hecha de nieve y de cera. La piel, que está salpicada de pequeñas pecas casi diminutas en la nariz y en las mejillas y bajo los labios, en la barbilla. Y los ojos, ojos tan verdes que podrían reinventar el propio concepto del color, y tan grandes y brillantes que parecen estar intentando capturar la totalidad del universo en cada parpadeo de pestañas largas y frágiles. Y en contraste con los ojos verdes y como si intentase confirmar la regla de que los opuestos se atraen, el cabello de color rojo intenso. En un equilibrio tan perfecto que cualquiera diría que parece estar destinado a durar para siempre, estático y sempiterno.
El ensimismamiento de Remus se rompe cuando Lily sonríe y pregunta.
– ¿Si viviésemos en otro universo…Crees que seríamos amigos?
– Hmmm… – Remus se lleva un dedo a la boca, pensativo. – Es posible, sí.
– Imagínate que fuésemos… Hmm… No sé. ¡Piratas!
– Si fuésemos piratas – ríe Remus – Serías la capitana de un barco grandísimo y lleno de corsarios muy, muy atractivos. Pero todos seguirían tus órdenes, porque tú sabrías mejor que nadie todas las rutas y corrientes marítimas. Habría uno… Un pirata con el pelo negro, y largo, ojos grandes y la nariz muy pequeña, que maneja los cuchillos como nadie. Ese sería tu favorito. Beberíais ron en la cubierta por las noches y reflexionaríais sobre lo amplio, grande y bonito que es el mar iluminado por la luna.
– Me gusta eso. Sí, ¡me gusta! – ahora ella también se está riendo. Carcajadas limpias, amplias, lumínicas – ¿Y tú? ¿Qué serías tú?
– Yo… Hmmm… Posiblemente sería vuestro prisionero o algo así. Un esclavo. Formaría parte del botín del último barco que saqueasteis. Me acabaríais tirando por la borda.
– ¡No! Bueno, quizás sí… Mis corsarios querrían tirarte por la borda. Porque estarían celosos. Porque te conocería, y te trataría mejor que a ninguno de ellos. ¡Y después te entrenaría para formar parte de mi tripulación!
– ¿De verdad harías eso?
– ¡Pues claro!
Remus sonríe otra vez. No puede evitarlo. Las conversaciones como aquella son frecuentes entre los dos: fantasean sobre universos ficticios e inventados. Se preguntan qué pasaría si un joven soldado se enamorase de una bellísima enfermera justo antes de partir a la guerra. Lily contesta que se mantendrían en contacto mediante cartas durante el tiempo que el joven permaneciese en el frente, y ella esperaría pacientemente a su regreso. Finalmente se reunirían y posiblemente se casarían. Remus opina que quizás la enfermera tratase de olvidarse del chico y buscar otras parejas, pero cuando la guerra acabase, éste regresase a casa y se reencontrasen, ella se daría cuenta de que nunca le había podido olvidar en primer lugar.
Cientos de historias que varían cada día. Suelen bromear diciendo que deberían recopilarlas todas y publicar un libro, entre los dos. Pero aquella es la primera vez que Lily se incluye a sí misma dentro de esas fantasías, y también le incluye a él.
– Si viviésemos en Francia, en el siglo XIX…– continúa Remus.
– ¿Cómo en los Miserables?
– Como en los Miserables.
– ¡Sigue!
– Serías una escritora famosa. Periodista, quizás. Como en esa época apenas había escritoras que fuesen mujeres, publicarías bajo seudónimo, o a lo mejor tan solo utilizando tus iniciales. Sí, eso. Firmarías como L.E. todos tus escritos, y cada una de las personas en las calles de París moriría por descubrir tu verdadera identidad.
– Y tú… Hmmmm… Déjame pensar. Serías poeta. ¡Estoy segura de que serías poeta! Tendrías muchos otros amigos poetas, también.
– Un poeta con amigos poetas. – sonríe Remus – ¿Como Rimbaud y Verlaine?
– Como Rimbaud y Verlaine, sí. Aunque no sé si serías Rimbaud o Verlaine…
– Me gustaría decir que sería Rimbaud, pero, en realidad…Verlaine. Creo.
– ¡Entonces tendrías que tener un Rimbaud!
Remus ahoga un suspiro.
– Quien sabe, quien sabe…
– Tú serías el único entre todos mis lectores lo suficientemente listo como para averiguar mi dirección. Y nos cartearíamos.
– Y descubriría que eres una chica, por supuesto.
– ¡No! ¿¡Cómo!?
– ¡Porque tienes caligrafía de chica! Y porque cuando abro las cartas, todavía huelen un poco a tu perfume.
Lo que pasa con Lily es que lo hace todo fácil.
Cuando la observas desde fuera, siendo toda cabello rojizo y ojos grandes y terriblemente guapa (porque Lily es guapa. No tiene sentido negarlo. Lily es objetivamente bonita) parece como si fuese a ser el tipo de chica con el que es imposible hablar de prácticamente nada sin que te tiemblen las manos y la voz al mismo tiempo. Quizás no para James, y definitivamente no para Sirius, pero para Remus no es siempre fácil entablar conversación con la gente. Siempre cabe la pequeña posibilidad de que no les interese para nada lo que estás diciendo, que no les caigas bien en absoluto, o que simplemente les aburras. Siendo sincero, Remus sabe que aburre a las personas con las que habla muchísimas veces.
Pero eso no pasa con Lily.
Con Lily basta una sola frase; cualquier tema de conversación, y después las palabras salen solas, sin tener que forzarlas lo más mínimo. Fluyen por sí mismas y parecen trascendentes e importantes cuando ella las escucha, paciente y receptiva, callada y atenta.
Cuando está con James, Sirius y Peter, Remus es consciente de que forma parte de un grupo. No es que eso sea algo malo: aunque le costase comprenderlo al principio, cada vez consigue ser más capaz de comprender que es una pieza imprescindible, sin la cual los demás no funcionarían. Los chicos le hacen sentirse parte de algo grande e increíble. Una familia que le quiere, y le necesita junto a ellos, allí, existiendo, formando parte de un todo.
Con Lily es distinto porque Remus sabe que ella no le necesita. Y es precisamente eso.
Que a Lily, Remus no le hace falta. Lily tiene sus amigas, sus compañeras de habitación, su propia familia. Lily saca notas brillantes y si se lo propusiese, podría elegir pasar las tardes libres con cualquier otro chico en el castillo; con otro chico más guapo, o menos enfermizamente delgado, más divertido, menos inseguro.
Pero decide pasarlas con él.
– ¿Sabes qué se te daría bien, Remus?
– Ser dependiente de una tienda de dulces, seguro que no.
– No. Venga, adivina.
– ¿Ser superhéroe?
– Mmmm… A lo mejor… ¡pero no es eso en lo que estaba pensando!
– Vale, ya lo tengo. Astronauta.
– Qué v… No, espera, ¡sí! Eso es mucho mejor que lo que había pensado. Capitán de una nave espacial.
– Merlín me libre de tener a mi cargo a toda una tripulación de personas inocentes.
– Yo creo que lo harías bien.
– Yo creo que me distraería, o me pondría nervioso, y haría que chocásemos todos contra un asteroide o algo así. O contra una estrella.
– Suena bonito, morir por culpa de una estrella.
En momentos como aquel se deja entrever esa otra Lily. La Lily que no puede conocerse a primera vista, con el escaso contacto del día a día. Lily, cambiante y desigual, laberíntica, llena de pasadizos secretos que nunca te llevan a donde parecen conducir. Lily, que ha crecido y madurado en los últimos años; que es más alta, tiene las facciones más estrechas y los pómulos más definidos; que ya no llora ni se deja sobrepasar por las peleas con sus amigas o por el estrés de los exámenes. Lily, que no ha dejado de lado las historias fantásticas de princesas y príncipes pero ha empezado a leer ciencia ficción, a Orwell y a Clarke, a Asimov y a Bradbury, y vive divagando entre universos más salvajes y terroríficos que el propio. Demasiado inteligente, demasiado despierta y definitivamente demasiado fascinante como para que Remus pueda evitar que el estómago le dé un vuelco cuando la chica gira sobre sí misma en la hierba, acercándose más a él, y apoya la cabeza en el hueco entre el hombro y el pecho.
No debería ser nada malo y no debería significar nada pero es que Lily tiene la mejilla cálida y suave y transmite su propio calor a la piel de Remus, y el calor se extiende por todo su cuerpo, de la cabeza a los pies, como si acabase de sumergirse en cientos de litros de agua hirviendo. La siente respirar y sonreír contra su cuello y de nuevo el vacío en su interior se desata, y se esparce hacia todas las direcciones, como pequeñas descargas eléctricas que terminan en las puntas de los dedos, en las orejas y en el cuello.
– ¿Estás bien, Remus? – pregunta ella – ¿Te pasa algo?
Me pasa que eres increíble y que alguien como yo no se merece ni siquiera un poquito de tu atención.
– Claro que no, Lily.
– ¿Seguro? Sabes que puedes contármelo.
Me pasa que eres atenta y comprensiva y nunca jamás nadie se había comportado así conmigo tan desinteresadamente y no tengo ni la más remota idea de qué hacer ante ello.
– Claro que sé que puedo contártelo.
No dicen más. Permanecen en silencio unos instantes. En ese mismo momento Remus casi hubiera podido jurar que Lily entiende, que comprende todo aquello que siente y que no le dice.
Pero no se atreve a preguntar y comprobarlo.
Así tumbados, Remus reflexiona sobre muchas cosas. Sobre Lily, sobre James, sobre Sirius, sobre Peter. Sobre cómo su vida ha cambiado desde que llegó al colegio por primera vez; sobre cómo la Luna todavía le asusta, pero no tanto. Y por último, piensa en lo curioso que es que, a pesar de vivir rodeados de magia día a día, los cientos de alumnos del castillo, ellos dos incluidos, se hayan visto tan gratamente sorprendidos por algo tan sencillo como un día soleado en pleno invierno. Días y más días haciendo objetos desaparecer, levitar o empequeñecer; preparando antídotos para el más poderoso de los venenos o convirtiendo una taza de té en un ratón, y el simple hecho de que el Sol se haya abierto paso entre las nubes aquella mañana ha sido capaz de alegrar a decenas de jóvenes. Y como si el propio pensamiento de Remus lo hubiese invocado, tras tan solo unos minutos, comienza a lloviznar.
Poco a poco la lluvia comienza a hacerse más intensa y se ven obligados a levantarse y caminar hacia el castillo, para resguardarse. Pero se encuentran demasiado lejos todavía de la entrada, así que Remus decide desabrocharse la capa y la utiliza para cubrirse, a sí mismo y también a Lily. Caminan cerca, casi pegados el uno al otro, todavía sin hablar demasiado. El codo de Lily en el costado de Remus; el brazo de Remus, sobre los hombros de Lily, y desencadenando esa sensación incontrolable en el estómago, de nuevo.
Mientras siguen caminando y justo antes de llegar al vestíbulo de Hogwarts, Remus se pregunta si no será quizás aquello que siente tan impredecible como el propio clima.
