Cudley Channons

Miércoles. 8:30 de la mañana. Dormitorio de los chicos de Gryffindor. Cuatro jóvenes somnnolientos que se fueron a la cama demasiado tarde el día anterior y parecen haber olvidado por completo que, efectivamente, todavía es entre semana y tienen clases a las que atender.

–¡ME CAGO EN LA MAR SALADA! – exclama una voz rasgada en medio de la semioscuridad de la habitación. Remus se remueve inquieto entre las sábanas, respiración agitada por haberse despertado tan súbitamente, notablemente preocupado – ¿¡PERO HABÉIS VISTO QUÉ HORA ES!?

–La hora de que te calles – gruñe Sirius, desde el otro lado del cuarto.

–¡SON LAS OCHO Y MEDIA! ¿¡LAS OCHO Y MEDIA, EN SERIO!?

–Las ocho y mecago en ti, Remus, déjanos dormir, jo – murmura James, pero es casi ininteligible porque habla con la boca todavía pegada a la almohada.

–¡PERO QUE TENEMOS CLASE!

–Ahí va – contesta Sirius, mientras se levanta de la cama, de mala gana, y se rasca la tripa por debajo del pijama – Es verdad, tío.

–¿Llegamos muy tarde? – pregunta Peter, apenas pudiendo abrir los ojos todavía, tapándose los ojos con el brazo derecho para protegerlos de la poca luz que entra por la ventana.

–Vamos a perdernos más de la mitad de la clase… – se lamenta Remus.

Poco a poco, Remus primero, Sirius y Peter después se visten, con desgana y pereza en cada movimiento. Remus se viste a toda velocidad. Sirius suspira al ponerse la camisa, al abrocharse los pantalones, al buscar los calcetines entre la ropa amontonada debajo de la cama; Peter no encuentra ninguna de sus camisas blancas así que se pone una de color azul claro que es bastante parecida y no se nota mucho, creo. Para cuando ya están listos, James sigue en la cama.

–Eh, Jimmy – Sirius se sienta en el borde del colchón y trata de persuadirle para que se prepare para las clases – Venga, tío, que tenemos clase.

–No quiero ir a clase – masculla éste, mientras hunde todavía más la cabeza en la almohada – ¿No me puedo quedar aquí y ya os vais vosotros?

–No. Tienes que venir, venga, ¿qué te pasa?

Sirius trata, sin éxito, de arrebatarle la sábana y las mantas para sacarle de ahí a la fuerza, pero James estira más fuerte que él.

–Que no quiero ir. Que quiero dormir. Déjame en paz.

–Hala, venga, ¡que toca clase con Mr. Sexy!

–Míster… ¿Míster qué? – pregunta un incrédulo Remus, demasiado ocupado ordenando sus libros dentro de la mochila.

–Mister Sexy, Remus.

–¿Quién es Mr. Sexy?

–El profesor Jeffrey – contesta James, que por fin ha decidido incorporarse y se frota los ojos por debajo de las gafas, todavía sin demasiados ánimos para afrontar el día.

–¿Por qué? – ríe Remus. Parece extraño ver reír a Remus en una situación así, cuando van a llegar tardísimo a la primera clase de la mañana. Sirius piensa que igual está madurando.

–Pues porque es sexy, tío, yo que sé – gruñe Sirius – Venga, James, vístete, que me muero de hambre y quiero ir a pillar algo de desayunar antes de ir a clase.

–¿Es sexy? No sé, nunca me he fijado… ¿Por qué os fijáis en esas cosas? – comenta Peter.

–Que te calles, Peter.

–Pues la verdad es que Peter tiene razón. – le espeta Remus – No sé por qué te vas fijando si tus profesores son sexys o no. ¿Qué tienes que contarnos, eh?

–Merlín, vivo rodeado de mendrugos. – Sirius se encoge de hombros, se retira el pelo oscuro de la cara, coge los libros y camina hacia el umbral de la puerta – ¡Oye, que no tengo todo el día!

–Qué pesado, Sirius – dice James – ¿Por qué tantas ganas de ir a clase de Mr Sexy, de repente?

–Igual le gusta – sonríe Remus.

–Eso será.

James tarda al menos veinte minutos en prepararse y Sirius les obliga a bajar a coger algo de desayunar antes de ir a clase; después de eso, Remus se da cuenta de que se ha olvidado el libro de Transformaciones en el dormitorio y tienen que esperar en el hueco del retrato mientras sube a recogerlo, así que terminan llegando a clase de Defensa de las Artes Oscuras cuando no quedan más que unos pocos minutos para que finalice.

–A alguien se le han pegado las sábanas hoy, ¿eh, chicos? – sonríe el profesor Jeffrey (o Mr. Sexy, a partir de ahora. A Remus le da la sensación de que los chicos no planean dejar de llamarle así en un futuro cercano) – ¡Bienvenidos a clase! O a lo que queda de ella, ¡ja, ja!

Se ríe y cuando lo hace le tiembla un poco la barbilla. Tiene los ojos especialmente azules, esa mañana, y Remus sabe de sobra que el profesor Jeffrey es objetivamente atractivo pero nunca jamás se lo va a reconocer a Sirius. Así que cuando toman asiento y él pregunta en su oído

–¿Ves como es sexy?

Remus solo contesta "no sé de qué me hablas" y cambia de tema, disfrutando de la forma en la que su amigo se frustra cuando alguien no le da la razón.

No prestan demasiada atención a ninguna de las clases siguientes, hasta la hora de comer; una vez en el comedor, Sirius engulle todas las alitas de pollo que le caben en el plato sin usar ningún cubierto, Peter prefiere puré de patata, Remus se toma un plato de sopa y un par de pedazos de carne y James apenas prueba bocado.

–Tío, eftás bobo hoy, ¿eh? – apunta Sirius, con la boca todavía llena, mientras le da una palmada en el hombro a su amigo. – De verdad, ¿qué cojonef te pasa?

–Que no me pasa nada. No sé, estoy raro. Ya se me pasará.

–Más te vale.

Pero no se le pasa. Y a Sirius empieza a mosquearle, a mosquearle de verdad. James arrastra los pies por el pasillo hasta la siguiente clase y a él le dan ganas de darle un sopapo a ver si despierta, el muy idiota. No es que Sirius Black sea especialmente ducho en interpretar las emociones de los demás pero es que sin que James le ría las gracias y murmure bromas maliciosas en su oído desde el pupitre de al lado, los días lectivos se hacen el doble de largos y de aburridos. Le salva que cuando llegan al aula de Transformaciones la profesora McGonagall ya se encuentra allí porque de no haber estado ella le hubiera escupido en un ojo al mendrugo cuatroojos, a ver si así revivía.

Bueno, quizás decir que "la profesora McGonagall" se encuentra en el aula es demasiado suponer. O sea; Sirius hubiera podido jurar que es ella pero en realidad no es ella de verdad sino ella en forma de gato y, joder, los gatos son todos iguales. Bien podría haberse colado un felino cualquiera en la clase y haberse sentado encima de la mesa del profesor como si nada y estarían todos allí como tontos, guardando relativo silencio y observándolo atentamente como si se fuese a poner a hablar de un momento a otro.

–Oye, Remus – pregunta Sirius, a falta de algo mejor que hacer – ¿Cómo distingues un animago de un animal de los normales, ya sabes?

–En teoría no puedes, Sirius.

–Pues vaya mierda. O sea, ese gato de ahí podría ser un maldito gato de la calle y nosotros aquí, pensando que es Minerva como lelos.

–En realidad no. Yo diría que la postura de ese gato es un poco artificial para un animal. Vaya, no me apostaría nada, pero creo que es ella…

Sea ella o no, el resto de alumnos en el aula también se están empezando a inquietar. Ya han llegado casi todos y están colocados en sus sitios: libros abiertos, pergaminos, plumas y tinta, silencio casi sepulcral, solo interrumpido por la conversación de Sirius y Remus en las últimas filas. No es que sea algo habitual, pero definitivamente tampoco es extraño ver a la profesora McGonagall en su forma animal; sin embargo, es algo que casi nunca sucede en las clases, y menos así, sin explicación aparente. El animal les mira tumbado sobre la mesa de madera oscura y con las patas delanteras cruzadas pero la clase no comienza y de repente la teoría de Sirius comienza a parecer incluso plausible.

–Son las marcas de los ojos, estúpidos – gruñe James, en voz demasiado alta en comparación con el poco ruido que están haciendo el resto de sus compañeros.

–Qué dices tú ahora, cenutrio.

–Que son las puñeteras marcas de los ojos, Sirius. Tienen la misma forma que sus gafas, así que por supuesto que es ella. Merlín, ¿es que nunca te fijas en nada?

A Sirius se le está formando un puñetazo en la palma de la mano con tanta fuerza que casi le tiemblan los nudillos, y sabe Circe poderosa que si James Potter no fuese su mejor amigo se los estamparía contra la nariz a la velocidad de la luz. Pero si algo sabe bien el mayor de los Black es que a un hermano no se le puede pegar un mamporro en toda la cara por muy cretino que esté siendo, así que cruza los brazos sobre el pupitre con rabia y cuando va a contestar una voz femenina le interrumpe.

–Correcto, señor Potter – ahora sí, la Minerva McGonagall de verdad; pelo castaño, expresión seria y ojos grandes. En tan solo un instante, de gato a persona hecha y derecha, ante los ojos atónitos de toda la habitación – ¿Alguien puede decirme qué más características poseen los animagos?

–Pueden transformarse a voluntad. No es como si fuesen animales todo el tiempo. Tampoco puedes distinguirlos de un animal normal, en la mayoría de los casos: no si ellos no quieren ser distinguidos – continúa James.

– Diez puntos para Gryffindor, señor Potter.

Sirius no entiende qué demonios le pasa al idiota redomado este. Primero se pasa la mañana entera con una cara más larga que la Torre de Astronomía y después empieza a hacerse el sabelotodo en clase. ¡Ganando puntos por contestar bien, y todo! No sé que se cree pero más vale que se le pase pronto, maldita sea. Sirius está empezando a pensar que James está sufriendo una periódica transformación en Remus Lupin y no es que ser Remus tenga nada de malo (más allá de que no te guste el quidditch, claro) pero, siendo sinceros, preferiría no tener que convivir no con uno sino con dos tíos que saben todas las respuestas a lo que se pregunta en clase y se limpian los mocos con pañuelo de tela.

– En efecto, los animagos son personas que son capaces de transformarse en animales a voluntad. Conservan la capacidad de razonar y pensar, si bien son incapaces de hablar. Y yo les pregunto: ¿en qué es diferente un animago de un metamorfomago?

Remus levanta la mano y James no la levanta pero contesta igualmente.

– En que los metamorfomagos nacen con esa habilidad, pero los animagos trabajan para conseguirla. Con hechizos y cosas de esas.

– Otros cinco puntos, señor Potter. – McGonagall le sonríe con los ojos y es tan extraño verla así, tan poco seria, que a Sirius le dan escalofríos.

– Maldita sea, señor Potter – gruñe el joven Black, burlón, imitando el tono con el que la profesora pronuncia el nombre de su amigo – ¿Te has tragado un maldito diccionario esta maldita mañana?

– No, pero quizás deberías plantearte tragarte uno tú porque acabas de usar la palabra "maldito" tres veces en la misma frase y eso te quita toda la credibilidad.

– ¡Te voy a matar, maldita sea!

– Y oooooooootra vez. – pone los ojos en blanco tras los cristales de las gafas. Parece verdaderamente aburrido de la forma en la que Sirius se enfada; no aburrido como cuando finge que no le interesa para que se enfade aún más y poder reírse todavía más a gusto: aburrido de verdad.

– ¿Qué os pasa, chicos? – pregunta Remus, desde la fila de atrás. – James acaba de ganar puntos para Gryffindor y ya vais a perderlos por estar hablando demasiado alto... No tenéis remedio.

– Que te calles – le espeta Sirius.

– Que te calles tú – contesta James. – No. En serio. Calla y escucha lo que está diciendo McGonagall.

En un principio Sirius piensa que por encima de mi cadáver pero su mejor amigo no parece planear prestarle demasiada atención durante aquella clase, así que se ve obligado a, qué remedio, concentrarse realmente y escuchar lo que la profesora está contando.

– No hay muchos animagos legales registrados: no existirán más de veinte. Esto se debe a que es un encantamiento extremadamente complicado y peligroso: solo los mejores magos, los más habilidosos y los más intrépidos son capaces de ejecutarlo. Ninguno de los que estáis aquí tenéis la capacidad mágica necesaria para ejecutarlo en este momento de vuestras vidas... No me cabe duda de que algunos de vosotros podríais llegar a ser capaces algún día, pero de todos modos, necesitaríais años de entrenamiento. Y autorización del Ministerio.

– ¿Y cuál es ese hechizo que hay que hacer? – pregunta Cloud Landon: "ese tío insufrible", según Sirius; "un chico muy simpático", según Remus; "es majo pero se queja demasiado", según Peter.

– Si se lo contase a ustedes, jóvenes magos imprudentes, correria el riesgo de que intentasen probarlo por su cuenta. Y no es un riesgo que esté dispuesta a asumir. Así que si me disculpa, señor Landon, tendré que alejar esa información de ustedes, al menos por el momento. No obstante, si tiene verdadera curiosidad, puede acudir a visitarme a mi despacho y estaré encantada de hablar sobre ello.

– No creo que vaya a hacer falta – contesta, y después ella se ríe. A Sirius le revienta que se ría. Le molesta. Le duele en el estómago como mil clavos ardiendo. ¿Por qué se ríe? ¿Por qué se cree que es divertido?

– Quiero que quede claro: Es peligroso. Sería completamente inconsciente y desacertado por parte de alumnos de tercero tratar de efectuar el encantamiento.

– ¿Has oído eso, tío? – murmura James, en su oído, sin apartar la mirada de McGonagall un solo segundo. – Los mejores magos. Los más habilidosos. Los más intrépidos. Los me – jo – res.

Silabea despacio, haciendo un énfasis deliberado en esa palabra.

– Imprudentes. Inconscientes. Desacertados – continúa Sirius.

– Está hecho para nosotros – sentencian, al unísono.

No son los únicos a los que el tema tratado en aquella lección les suscita interés; pronto la clase se llena de manos alzadas y preguntas emocionadas.

– Y, ¿puedes elegir en qué animal te convertirías? – pregunta Leonard Ray, un chico de pelo corto que se sienta cerca de Cloud.

– No puede elegirse. No con ninguna magia que yo conozca. El animal en el que el animago se transforma es la representación más pura de su alma.

– ¿Y si te conviertes en algo que no te gusta, como un caracol o una polilla o un ornitorrinco? ¿Puedes cambiar? Porque si no, ¡vaya mierda! – exclama Sirius.

– Modere su lenguaje, señor Black. Y no, no puede cambiarse. Pero ya que ese animal es la verdadera proyección de su personalidad, es bastante improbable que un mago quede descontento con su transformación.

– ¿Y qué pasa con la ropa cuando un animago se transforma? – continúa Peter – ¿Dónde va?

– En un principio no desaparece. Lo que cambia es el propio cuerpo, no el atuendo; así que la ropa se mantiene donde está.

– Pero usted ha... – comienza a decir Remus.

– Si es tan amable de permitirme continuar, señor Lupin, estaba a punto de señalar que la mayoría de animagos utilizan un pequeño hechizo muy sencillo para hacerlas desvanecerse temporalmente. De ese modo pueden volver a ponérselas cuando revierten el hechizo.

– ¿Puedes saber en qué animal te convertirás antes de efectuar el hechizo de algún modo? – ahora habla Will Spyke, también Gryffindor.

– No realmente. Aunque en ocasiones, la forma corpórea de nuestro patronus puede darnos una pista. Pero no es infalible.

– ¿Qué es un patronus? – pregunta una chica Ravenclaw de pelo corto.

– Eso le corresponde explicárselo al profesor Jeffrey, me temo.

– ¿Puedes comunicarte... Errrr... Quiero decir... Si fueses un animago podrías comunicarte con otros animales cuando estuvieses transformado? – algo brilla en la mirada de James mientras habla.

– Teniendo en cuenta que los animales ostentan su propio lenguaje, sí, puedes hacerlo. Tiene sus límites; la comunicación entre dos animagos es mucho más efectiva que la comunicación entre animago y animal, pero puede lograrse con un poco de práctica.

Si el revuelo en el aula era ya de dimensiones desproporcionadas, la posibilidad de comunicarse con los animales lo incrementa aún más. Los jóvenes ríen asombrados y continúan con las incansables preguntas.

– ¿Y si te gusta más ser un animal que una persona, podrías hacer la transformación permanente? – esta vez es el turno de un chico de pelo rubio y piel tostada, también Ravenclaw.

– Podrías, en efecto. Pero no ha habido demasiados casos en la historia de la magia: no más de un par. Los seres humanos tenemos ventajas de las que los animales carecen.

– ¿Quién fue el primer animago de la historia?

– Un joven mago griego llamado Falco Aesalón consiguió transformarse con éxito en un halcón. Hay casos anteriores, pero ninguna prueba de que sean reales; lo más probable es que sean tan solo leyendas.

– ¿Y cómo consiguió usted hacerse animaga, profesora? – interviene Peter.

– Me temo que ya es hora de finalizar la clase. Aunque, visto el gran interés que el tema ha generado, contemplaré la posibilidad de utilizar otra clase para resolver todas vuestras dudas. Pero, por el momento, deberemos avanzar en el temario establecido.

Un "oooooooh" generalizado por parte de toda la clase mientras recogen sus pertenencias, las guardan en las mochilas y salen del aula. James, Sirius y Peter tienen que esperar, como de costumbre, a Remus, que suele tomarse más tiempo que los demás en ordenar y alinear perfectamente los libros dentro de la bolsa, así que salen los últimos.

– Te ha echado la bronca McGonagall por hablar a destiempo, ¿eh, Remus? – señala Sirius, socarrón, apoyado en el marco de la puerta mientras aguarda a sus amigos.

– Sí y no lo entiendo. Estabais todos gritando como borregos y...

– Eso te pasa por sabelotodo. – ríe James.

– No hables de sabelotodos, Jimmy, que hoy te has coronado. ¿Quién cojones te crees que eres, a ver? ¿Contestando bien en clase? Además, ¿cómo sabías todas esas cosas? ¿Habías estudiado? Por favor, no me digas que habías estudiado, no quiero tener que dejar de hablarte, tío...

– Claro que no he estudiado, Sirius, ¿eres nuevo o qué?

– ¿Y entonces?

– Estaba leyendo las respuestas en el libro, tonto del haba. De verdad, a veces me pregunto para qué tienes esa cabezota tan grande si no la utilizas para nada. – sonríe ampliamente y sale del aula mientras se desordena el pelo con una mano.

Se encaminan hacia la clase de Pociones pero James se resiste a abandonar el tema de los animagos.

– Es que, ¿en qué creéis que os vais a convertir cuando seáis animagos?

– Puffffff, tío, no lo sé...

– ¿Cuando seamos animagos? – apunta Remus – ¿Ya has asumido que vamos a serlo?

– Por supuesto. No sé vosotros, pero yo no pienso perder la oportunidad de algo así. A lo mejor el resto de lelos que tenemos por compañeros de clase no podrían, pero, ¿nosotros? Imagináoslo.

– Habla por ti, James – el joven licántropo finge una risa ahogada – Si la forma de tu animago es la representación real de la propia alma, apostaría lo que fuese a que el mío sería un lobo. Y no estoy seguro de estar preparado para tener más lobos en mi vida...

– Pues yo creo que un lobo sería genial. – dice Sirius – Grandes y peludos y fuertes y atractivos.

– ¿Atractivos? Así que te parecen atractivos los lobos, ¿eh, Sirius? – Peter guiña un ojo y después desvía la mirada hacia Remus – Cuidado, Remus, que igual tiene algo que contarte...

– Sí, Remus. Tengo sueños húmedos con la forma en la que aúllas por las noches, y el pelo no es todo lo que se me pone de punta, si sabes a lo que me refiero.

Remus retira la mirada y sigue andando, con la vista fija en el suelo.

– Mira que sois idiotas.

– Pero que sepas que Peter me gusta más y a veces me muero de ganas de darle un beso. Es más, creo que voy a hacerlo ahora mismo. ¡Ven aquí, Peter! – se acerca a su amigo, le pasa el brazo por el hombro y finge que acerca sus labios a los suyos.

– ¡Quita! ¡Quita! – exclama éste, y echa a correr por el pasillo, tratando de huir de él. Sirius le sigue, y ambos se pierden en el final del pasillo.

James y Remus se apresuran a seguirles; James con más soltura y Remus quejándose, renqueante, "espera espera, que se me cae todo". James se detiene, y se le queda mirando, y Remus juraría que hay un instante en el que el chico tiene la intención de no ayudarle, pero finalmente, se acerca a él y con media sonrisa cansada le quita la bolsa del hombro y se la echa él a la espalda: "eres un blandito, Remus".

Esa clase de Pociones con Slughorn no se diferencia de las demás en absolutamente nada. Nada aparte de que Sirius, en un movimiento afanoso de cogerle a Peter, su compañero de mesa, un cuchillo de plata, derrama el contenido del caldero. Este funde la madera, además de dejar un olor parecido al de los huevos podridos. "Merlín, ¿qué estaba preparando ahí, señor Black? ¿Coliflor?" respondido con: "No lo sé, señor, pero huele a pedo de troll y creo que voy a vomitar". Y no vomita, pero entre risas, Peter y él desaparecen por la puerta camino de los lavabos.

James, sentado, le pasa con desgana varios ingredientes a Remus, que los coge observándole de reojo. Normalmente James habría hecho cualquier cosa para seguir a Sirius y escaquearse de la lección, pero ese día parece demasiado atento en separar cada una de las patas de los cangrejos que tienen encima de la mesa. Como si quisiera dedicarse a eso en un futuro. O morir de aburrimiento haciendo eso en un futuro.

- ¡Maravilloso, maravilloso! ¡Diez puntos para Gryffindor y otros diez para Slytherin! - Slughorn se detiene delante de la pareja que forman Lily Evans y Severus Snape - ¡Cuánto talento en dos jóvenes principiantes! Sí, señor... Sí, sí. ¡Señorita Evans, su ingenio me sorprende cada día más!

Severus Snape sonríe con los dientes a pesar de que su elogio se ha quedado a medio camino. El tío no ha hecho nada, pero James siente que del pecho le brotan unas ganas barbáricas de coger el cazo que reposa sobre la mesa y reventarle la sesera.

- Creo que la hemos liado, James.

Y en efecto; los dos amigos miran el caldero con poco entusiasmo: no es fango como suele pasar cuando James y Sirius hacen pareja, pero desde luego no se parece al color plateado que ha obtenido la poción de Lily y Snape. Es negra, oscura, como si alguien hubiera mezclado demasiadas pinturas de colores, y huele tan dulce que marea.

- ¿Se te ha caído chocolate ahí dentro o qué?

- Es que me he distraído.

Y Remus lo dice con demasiada calma para ser Remus. Debería haber una nota tras esa frase que dijera "ay, no, me van a poner mala nota", pero no la hay. James le pone la mano en el hombro y niega con la cabeza.

- El día que me desmatricule de esta asignatura hasta los hipogrifos cantarán Los Beatles.

Como es de esperar, reciben una regañina del profesor, que les acusa de haber hervido la poción durante más de media hora en lugar de cinco minutos. Ninguno de los dos contesta, porque es evidente que no se han acordado de apagar el fuego en ningún momento. Así que cuando acaba la clase, salen al pasillo y esperan apoyados en el muro de la mazmorra, pacientes, confiando en que Sirius y Peter se dignarán a volver en algún momento.

Cuando Lily, sonriente, sale hablando con Snape: "¡Slughorn es tan encantador!" y "es un buen hombre"; Remus esconde la cabeza en la bolsa, haciendo como que busca entre sus pertenencias, pero James no aparta los ojos de los dos chicos. Snape deja de hablar cuando pasa delante de ellos y fulmina a Remus, y no a James, con la mirada es demasiado cobarde incluso para mirar a la gente, podría ser más tonto pero tendría que apuntarse a clases y luego Lily, visiblemente incómoda, intenta pasar de largo, pero como si hubiera una ley física que la obliga a ello, sus ojos verdes se encuentran con los de James. Y algo vibra. Y algo tiembla. Y ya.

- Hasta luego, Remus.

- Ha... ¡Sí! Hasta luego.

Cuando se marchan James gruñe.

- Vamos a buscar a este par de idiotas, antes de que pasen de los besos apasionados en los baños y hagan algo de lo que se arrepientan.

Remus no se ríe, porque no sabe si hacerlo. Hay poca pasión en la broma, no hay una risa ni una carcajada escondida en cada palabra. Y eso es raro. Eso es muy raro. Así que, simplemente, camina detrás de su mejor amigo y se pregunta por centésima vez qué le pasa y cómo puede solucionarlo.

Después de las clases Remus se va a la biblioteca a estudiar con Lily y Peter tiene que ir a hacer un trabajo sus dos compañeros de grupo en clase de Adivinación: dos Gryffindor llamados Leonard y Bert. Peter, contento por haber hecho nuevos amigos, se despide con un gesto de cabeza y una sonrisa amplia.

La tarde no pinta tan bien para James y Sirius. Lleva lloviendo desde media mañana y eso significa que se han cancelado los entrenamientos de quidditch programados para aquella tarde. Ellos, que no comprenden cómo es posible que el mundo mágico posea hechizos para lavar los platos e incluso para atarte los zapatos y que, sin embargo, no haya ningún tipo de magia capaz de controlar el clima y evitar situaciones como aquella, permanecen en la habitación, medio enfadados y medio decepcionados porque su entrenamiento previsto para aquel día se haya desvanecido de esa forma. Están tumbados en la cama: Sirius, boca arriba, no deja de hablar, tratando de encontrar algo que hacer para no desaprovechar el tiempo; James, boca abajo y no demasiado participativo.

– Vamos a las cocinas a pedirles a los elfos que nos cocinen panecillos con chocolate como aquella vez.

– No.

– Vamos a intentar entrar en la Sala Común de Ravenclaw. En esa no hemos estado.

– Otro día. Además, nunca resolverías el acertijo de la entrada. Sería inútil.

– Planeemos alguna buena broma para este fin de semana. He oído que los Slytherin…

– No creo.

– Vamos a buscar a MacDonald y le preguntamos cómo cree que va a quedar el partido entre Hufflepuff y Slytherin de la semana que viene.

– Hufflepuff pierde. 70 – 200 o algo así. No.

– Un público difícil, ¿eh? – gruñe Sirius, pensativo – Vamos a usar la capa para buscar nuevos pasadizos secretos.

– Nah.

– Vamos a desordenar las habitaciones de los niños de primero mientras están en la Sala Común y cuando vuelvan por la noche, les decimos que ha sido un fantasma malvado que ronda la torre de Gryffindor.

– Qué tienes, ¿tres años?

– ¿Y si buscamos a ese tal Will que dices que tiene cómics de la Patrulla X y le pedimos si nos los puede prestar?

– Ya se los pedí el otro día. Están debajo de la cama. Léetelos si quieres.

– ¡No! No, tío. No quiero entretenerme yo solo. Necesitamos algo que nos divierta a los dos.

– Pues vas listo.

– ¡YA LO TENGO! – exclama Sirius, y se incorpora con tanto ímpetu que casi se cae de la cama – Ya lo tengo, y a esto no me vas poder decir que no, señor James quisquilloso Potter.

– Sorpréndeme.

– ¡VAMOS AL ARMARIO DE LAS ESCOBAS A ROBAR UNA SNITCH, LA SOLTAMOS EN EL PASILLO Y A VER QUIÉN LA ENCUENTRA ANTES!

James duda un segundo y después responde.

– Nah, no me apetece demasiado.

– Y si te digo que… – hace una pausa dramática. Sirius Black es el rey de las pausas dramáticas – ¡TE RETO!

– Me va a dar igual.

– ¡Te reto dos veces, James Potter!

– Como si me retas quinientas.

Y Sirius gruñe. Camina hasta la cama de James y se sienta con las piernas cruzadas en una de las esquinas. Vale, todo el mundo tiene días malos pero la cosa tiene sus límites y un reto (es más, un DOBLE reto) no es algo que se pueda no aceptar así como así. No aceptar un doble reto traiciona su propia naturaleza de bromistas y contestar bien en clase bueno, quizás es pasable, pero eso Sirius no lo puede consentir.

– Vamos a ver, tío, tú no estás bien.

– No me digas. ¿Te ha costado todo el día darte cuenta? Al final va a ser que eres tan tonto como dicen las chicas de cuarto por los pasillos.

– ¿Que las chicas de cuarto dicen qué? Quiero decir… No, claro que no. Eres mi puñetero mejor amigo. Me he percatado desde primera hora de la mañana pero he supuesto que todo el mundo está triste a veces por ningún motivo en particular. Creo. No lo tengo muy claro, no estoy familiarizado con eso de tener sentimientos.

– Claro que tienes sentimientos.

– Shhh. Pero no lo digas en voz alta. Que no se entere nadie.

Es una tontería pero James se ríe un poco y aunque es una sonrisa leve y ahogada contra la almohada para Sirius es una victoria enorme que le produce una sensación agradable en el estómago, como si se hubiese quitado un gran peso de encima. Su amigo se levanta y se sienta en frente de donde él se encuentra y comienza a hablar sin levantar la vista, mientras juguetea con la goma del calcetín.

– Perdona, Sirius.

– Lo único por lo que tienes que pedirme perdón es por esos quince puntos para Gryffindor que has ganado antes. No te creas que voy a olvidarme.

– Perdóname por eso también. Estaba tratando de distraerme, y…

– ¡Pero no me pidas perdón! ¿Eres tonto o qué?

– Pero si acabas de decirme que…

– Sé lo que he dicho. ¡Era ironía! Merlín, ¿hay que explicarte todo? Ven aquí, anda…

Le da un abrazo. James contesta con el mismo entusiasmo que tendría una piedra pero Sirius no le suelta. Al final, termina por corresponderle, y hunde el rostro en el hueco entre su cuello y su hombro izquierdo durante unos segundos. La mayoría de la gente jamás tendrá la oportunidad de comprobarlo pero la verdad es que James tiene que reconocer que a Sirius se le da magníficamente, eso de dar abrazos. No abrazos cualquiera, de esos que se dan por compromiso o cuando estás bromeando; no uno de esos abrazos que da cuando dice "te quiero, Jimmy" eufórico por haber ganado un partido o haber terminado los exámenes o haber conseguido efectuar satisfactoriamente una travesura. Abrazos sinceros. Tiene los brazos fuertes y la espalda ancha y no te suelta aunque no le abraces de vuelta o aunque te resistas al principio y es tan reconfortante y lo hace tan natural, como si el abrazo fuese una prolongación de su propio cuerpo, que si estás triste y Sirius Black te abraza es casi, casi imposible no sentirte un poquito mejor.

– Qué emotivo, Sirius. Solo te ha faltado recitarme poesía al oído.

– Te voy a sacar las tripas, desgraciado.

– Con esa napia que tienes, lo máximo que me vas a sacar es un ojo, tío.

Sirius sonríe y le da una palmada en el hombro que dice algo así como "me alegro de que hayas vuelto al mundo de los vivos, colega."

– Y ahora me cuentas que te pasa, Jimmy.

Se tumban en la cama y hay un silencio larguísimo, hasta que James se decide a contestar.

– No sé. Hmmm… No sé. ¿Cómo sabes…? ¿Cómo sabes cuándo te gusta alguien, Sirius?

– No me jodas, gafotas. A estas alturas de la vida… A estas alturas, no me digas que todo esto es por Evans.

– ¡No! O sea… Bueno. No es que no sea por ella porque definitivamente tiene algo que ver pero… Lo que quiero decir es… ¿Cómo sabes si a alguien le gusta otra persona?

– ¿Quieres saber si a Remus le gusta Evans?

– No, no es eso.

– No mientas.

– Lo que quiero saber es… Si a Lily le gusta Remus.

Cuando termina de pronunciar la frase Sirius se siente bobo. Bobísimo. El más bobo de todos los bobos. Semanas pensando que lo que preocupaba a su mejor amigo era que al licántropo afeminado con el que comparten dormitorio le gustase su chica y resulta que era completamente al contrario.

– No creo que a Evans le guste Remus, James. – lo dice con tono serio. Podría, fácilmente, ser el tono de voz más serio con el que James ha escuchado hablar a Sirius en la vida. Sirius, que siempre disfraza las preocupaciones con chistes, y que elimina la tensión en los momentos complicados con bromas y risas a carcajadas, habla con voz grave y queda.

– ¿Por qué no? Remus es todo lo que a Lily le gusta. Remus es listo, a Remus le gusta leer y le gustan las clases y estudiar y las flores y la biblioteca y todas esas cosas que les gustan a ambos. Y, sobre todo, Remus no es un cretino que lleva años persiguiéndola como un puñetero perrito faldero.

– Eh, eh, eh, para el carro, Potter. Escúchame.

– Te escucho.

– Si has elegido bien a tu chica (y confío en que la hayas elegido bien, porque tío, llevo años escuchándote describir la forma en la que parpadea y el modo en el que se abrocha los botones de la camisa. Si esta no es la chica de verdad, esa con la que pasas el resto de tu vida y tienes hijos y esas leches de las películas que le gustan a Peter, te mato) nunca elegiría el camino fácil. Tú tampoco lo harías. – se sorprende de la forma en la que las palabras salen de su boca. Como si lo hubiese preparado de antes, como si no lo estuviese improvisando en el momento. A mitad de la frase Sirius se da cuenta de que no está intentando reconfortar a su amigo: simplemente, le está diciendo lo que piensa. Lo que piensa de verdad.

– ¿Y si el camino fácil es el mejor para ella? ¿Quién podría gustarle, además de Remus? Son tan, tan iguales… No puedo hacer nada contra eso.

– Mary MacDonald es literalmente tu versión femenina, Jimmy, y no te veo persiguiendo su falda.

– No.

– Aunque la verdad es que podrías hacerlo porque yo creo que está loquita por ti.

– Seguro.

– Segurísimo.

– Sirius, no te enteras de nada. Te lo digo en serio.

– Encima de que intento ayudarte. ¿Qué he hecho ahora?

– Ser lelo, como de costumbre. Eso, y ser el mejor amigo de la historia de los mejores amigos. Pero no voy a reconocer jamás que acabo de decirte esto.

– Me vas a hacer llorar, tío. – Sirius se apoya sobre el hombro de James y finge sollozar intensamente mientras éste se ríe.

– Lo haces fatal, de verdad.

– ¿Lo harías tú mejor, pedazo de idiota?

– La verdad – continúa hablando James, reencauzando la conversación hacia el tema original – es que tampoco me importaría saber si a Remus le gusta Lily, tío.

Sirius siente la obligación de ser sincero también esta vez pero presiente que los resultados no van a ser demasiado satisfactorios.

– No sé si le gusta. No lo sé, tío. No me atrevo a decirte seguro, segurísimo, que no le gusta.

– ¿Crees que…?

– Pero una cosa tengo clara, James. Remus nunca haría nada que te hiciese daño. Llevas enamorado de Lily Evans desde la primera vez que la viste y, desde luego, Remus lo sabe. No va a dejarte de lado por una tía. No va a quitarte a una chica que te gusta: eso sería algo horrible. Tan horrible que ni yo lo haría y, maldita sea, es una pena, porque la dichosa Noah Collins está para mojar pan.

– Eres un cerdo. Pero sé que tienes razón. Sé que Remus no lo haría.

– ¿Cuál es el problema, entonces?

Se recoloca las gafas. Se revuelve el pelo. Se da la vuelta sobre el colchón. Medita. "¿Cuál es el problema?" No hay nada en el mundo que le gustaría más que saberlo. Bueno, quizás besar a Lily le gustaría un poco más que saberlo pero dadas las circunstancias es demasiado pedir. El problema no es que a Lily le guste Remus. Ni que a Remus le guste Lily. El problema es…

– Yo – concluye James. – El problema soy yo.

Cuesta asumirlo, y cuesta todavía más decirlo en alto. El problema es que si a Lily le gustase Remus y a Remus le gustase Lily, y ambos tuvieran la posibilidad de ser muy felices estando juntos, no lo harían de todos modos. Por su culpa. Duele admitirlo pero la verdad es que en su cabeza todo encaja de repente y se siente mucho mejor y mucho peor al mismo tiempo.

– El problema es que me odiaría a mí mismo si a Remus le empezase a gustar Lily y no pudiese estar con ella sin sentirse culpable porque a mí me gusta, aunque no tenga absolutamente ninguna posibilidad. Que Remus podría hacerla feliz todos los días y la haría reír como aquel día en clase de Defensa Contra las Artes Oscuras y nunca más tendríamos que suspender entrenamientos por la lluvia porque su risa brillaría más fuerte que el sol y espantaría a todas las nubes. Pero no lo va a hacer porque soy estúpido y eso es lo que me pasa.

A Sirius le cuesta un poco reaccionar. Demasiada información y demasiado poco que decir. James parece tener razón a primera vista y quizás el verdadero problema sea él mismo pero si eso supone que James vaya a pasarse el resto de su vida igual de mustio que aquella mañana el joven Black se niega a aceptar que no haya nada que se pueda hacer para arreglarlo.

– Vamos a ver, tío, escúchame. Esto es como… Como el quidditch, ¿vale?

– ¿Qué leches tiene que ver el quidditch con esto, Sirius…?

– Imagínate… Imagínate que acabas tus estudios en Hogwarts y formas un equipo de quidditch. Un equipo que se llama… Los Cudley Channons.

– ¿Los Cudley Channons? Merlín, eres la cosa menos original en veinte kilómetros a la red…

– ¡Calla y escucha! Bueno, pues en el primer partido de los Cudley Channons vais perdiendo contra el equipo contrario. 200 a 50. Desastroso. Te has dejado las gafas en casa y no ves un carajo y encima los cazadores son más miopes que tú. El único bueno de todo el equipo es uno de los golpeadores, un tal Birius Slack, pero ese no puede marcar puntos. Pero tú te niegas a pensar que vais a perder ese partido, joder, ¡no podéis perder, sois los puñeteros Cudley Channons!

– Ahá. – en realidad a James lo de los "Cudley Channons" le ha hecho muchísima gracia y tiene que reprimir las ganas de reírse cada vez que Sirius dice el nombre porque es un momento demasiado serio para reírse pero lo encuentra realmente gracioso. – Entiendo.

– El equipo contrario os marca otro tanto y parece que está todo perdido. Que no vais a poder ganar el partido ni en un millón de años. Y entonces la ves.

– ¿La snitch?

– Exacto, la snitch. Pero no puedes cogerla.

– Porque si la cogiese, todavía perderíamos por diez puntos.

– ¡Correcto!

– Entonces, no tienes otro remedio que dejarla pasar. Pero aun así, no puedes perderla de vista: tienes que mantenerla en el punto de mira hasta que llegue una oportunidad mejor en la que puedas ganar de verdad.

– No entiendo qué me quieres decir con esto, Sirius, pero aprecio tu exceso de imaginación.

– Lo que quiero decir con esto es que tú te puedes pasar toda la puñetera vida buscando tu snitch, y terminar encontrándola cuando no es el momento adecuado. Y entonces tienes que dejarla pasar durante un rato, planear mejor la estrategia, quizás dejar que otros buscadores la persigan un poco, y volver a por ella cuando el tiempo sea el correcto. Y ganar el partido.

– ¿Y mientras tanto?

– Mientras tanto esperas y confías en que tus compañeros de equipo lo hagan lo mejor posible.

James piensa que es sorprendente que Sirius haya conseguido pensar todo eso él solo. Sorprendente porque tiene demasiado sentido.

– Entiendo.

Y de verdad que lo entiende.

Sirius le da una palmada en el hombro.

– Y ahora, tío, ¿qué te parece si vamos a la biblioteca a buscar un par de libros sobre animagos? Te he visto interesado y, joder, a quién quiero engañar, imagínate que pudieras transformarte en un tigre cuando te diese la gana.

– O en un elefante.

– O en una jirafa.

– Tío, Sirius, ¿quién querría ser una jirafa?

– Que te calles.

Y se ponen en camino.