¡Hola! Supongo que habréis notado que últimamente actualizamos menos... El motivo es que los capítulos que escribimos son cada vez más largos, y por eso, nos ocupan mucho más tiempo. Sabemos que puede ser un poco confuso y para que no tengáis que estar mirando la página todos los días parra ver si actualizamos, os recordamos que nos podéis encontrar en Facebook. Allí posteamos los links a la historia cada vez que subimos capítulo nuevo, y así podéis enteraros de cuando tenéis cosas nuevas que leer con mayor facilidad. Nos podéis encontrar en /hctmarauders, o simplemente poniendo "Here Comes The Marauders" en el propio buscador de la página. ¡Muchas gracias!
Cuatro veces que James Potter fue un cretino (y una que no lo fue)
– ¿Los animagos pueden transformarse en criaturas mágicas además de animales?
– Claro que no, idiota. Por eso se llaman animagos, Sirius.
– ¿Seguro? Porque imagínate lo guay que sería ser un jodido dragón.
– O un fénix.
– Dicen por ahí que el patronus de Dumbledore es un fénix. ¿Crees que se convertiría en fénix si fuese un animago?
– No lo sé. Puede. Aunque no veo a Dumbledore siendo ningún animago en absoluto.
– A lo mejor sí es un fénix y por eso ha vivido tantos años. Una vez al mes se vuelve cenizas y luego resucita.
– Deberíamos habérselo preguntado a Mr. Sexy
– Apúntalo para la próxima clase.
– Si fueras un perro no tendrías que hacer nada en todo el día. Solo comer y rascarte la tripa, mover el rabo de vez en cuando y ladrar en momentos inoportunos.
– La verdad es que ser un perro sería cojonudo.
– Si lo piensas así… En lo de no hacer nada más que rascarte la tripa y eso… En realidad ya eres un puñetero perro, Sirius, sin necesidad de hechizo ni nada.
– Muy gracioso. Pues tú eres un topo. Porque estás ciego.
– Millones de animales en el mundo y no se te ha ocurrido nada mejor que hacer una broma con un topo porque llevo gafas. Tu humor va decayendo, ¿eh?
Van hablando entusiasmados, casi gritando por los pasillos. Para cuando se quieren dar cuenta ya han entrado en la biblioteca y su tono de voz pasa de ser ridículamente alto a extremadamente inapropiado. Además, no es que los ocupantes habituales de aquel sitio estén demasiado acostumbrados a verles por allí, así que su entrada en la habitación provoca miradas inquietantes y un par de risitas y suspiros que provienen de una mesa del fondo, ocupada en su totalidad por chicas Ravenclaw de segundo. Sirius y James no fallan en percatarse y, rematadamente adolescentes, irremediablemente cretinos, infaliblemente estúpidos, no pueden evitar comenzar a caminar por el suelo de madera como si se encontrasen en medio de la más sofisticada pasarela de modelos. Cuidado, ahí van, Sirius Black y James Potter luciendo su look "soy un malote rockero y me pongo chupa de cuero debajo de la capa" y "no me he peinado en los últimos siete lustros y además no sé atarme bien la corbata", respectivamente. A sus ojos, parecen deseables, indescriptiblemente guapos; a los ojos de los demás, especialmente de los alumnos de los cursos más avanzados (que son, casi exclusivamente, los que usan la biblioteca en aquella época del año), y con la excepción de las chicas de cursos inferiores, parecen dos lelos con el ego demasiado cerca de las nubes y demasiado lejos del suelo.
Remus Lupin y Lily Evans están sentados en su sitio de siempre y por supuesto, se dan cuenta del mismo momento en el que Sirius y James llegan.
– A ver, a ver… Animagos, animagos… Donde estará… – susurra James. Más o menos. James Potter es una de esas personas que no sabe susurrar sino que tan solo habla más o menos más bajito de lo habitual.
– Pues por la A, bobo.
– Muy bien, Sherlock. ¿¡Cómo leches encontramos la A entre estos quince millones de estanterías!?
Sirius se pregunta qué pasaría si sacase la varita y murmurase "Accio letra A". Posiblemente causaría un revuelo terrible. A lo mejor moriría enterrado entre libros. Quizás todos los ejemplares guardados en la habitación volarían hacia él de repente. Eso sería terrible y genial a partes iguales. No obstante, no puede permitirse que le echen de la biblioteca; no ese día, que tienen información tan importante que buscar. No es que la información le importe tanto tantísimo pero a su mejor amigo parece que sí y es que si no logra sacarle a James esa mirada de corderillo degollado de una vez por todas de la cara va a tener que tirarse de lo alto de la torre de Astronomía.
Al final es James quien se acerca a la bibliotecaria, a preguntar. Un "perdone, señorita, pero me gustaría saber si podría ayudarme…" y una media sonrisa inocente y la mujer casi se olvida de todas las veces que ha tenido que gritarles e incluso expulsarles de allí por mal comportamiento. Les señala la estantería que necesitan (que, incidentalmente, no estaba demasiado lejos de su posición actual) y ambos comienzan a buscar rápidamente.
– Tú empiezas por arriba, yo por abajo – sentencia Sirius – si encuentras algo, grita.
– Estamos en una biblioteca. No podemos gritar.
– Pues pégame en el brazo o algo así.
Recorren los lomos de los pesados tomos uno a uno con la yema del dedo hasta que sus dedos se encuentran. Nada que contenga "animagos" en el título. En absoluto. Así que James vuelve a preguntar. Mismo procedimiento: se acerca a la bibliotecaria con cara de no haber pegado chicle entre las páginas de un libro de pociones en su vida, "disculpe, pero no he sido capaz de encontrar…" y ella le contesta amablemente.
– ¿Qué te ha dicho? – pregunta Sirius, cuando regresa.
– No sé qué de la Sección Prohibida. Autorización de un profesor, bla, bla, muy complicado, bla, bla.
– Podríamos venir por la noche. Con la capa. Como aquella vez que cogimos un libro para Remus en primero.
– Ostras, aquella vez. Buenos tiempos, ¿eh?
– Ya te digo. Casi no éramos amigos ni nada…
– Solo me caías bien porque eras el único que se resistía un poco cuando me metía con él. Gafotas.
– Así que te caía bien, ¿eh, Sirius?
Bueno. No hay libros sobre animagos ni nada parecido pero al menos James se está riendo. No es una de esas sonrisas enormes que empiezan debajo de la barbilla y se le extienden hasta las mejillas y después a los ojos y a las pestañas pero al menos es sincero. Cuando lo hace mira hacia el suelo, medio divertido y medio nostálgico. Así que a falta de algo mejor que hacer se sientan en una de las mesas y siguen comentando cosas de "aquella época", como dicen ellos, aunque no hace más de dos años todavía.
– Eso fue porque pegamos a Lucio y Snape juntos, ¿te acuerdas? Fue un buen castigo. – comenta James.
– Y aquella vez que te comiste la magdalena que le había mandado su madre a Peter. Eso fue horrible por tu parte, Jimmy.
– Cállate. ¡Él me la dio!
– Y aquella vez, tío, esa que castigaron a Remus a limpiar retretes por nuestra culpa. Gracias a esa nos hicimos amigos de él…
Dos segundos. Eso le cuesta a Sirius darse cuenta de que ha metido la pata.
– Sí. Remus… Le hemos hecho pasar por muchas de esas, la verdad. – James ya no le está mirando a él. Ahora mira a Remus, unas mesas más allá, charlando con Lily. Sirius casi no se había dado cuenta de que estaba allí todavía pero al parecer James llevaba sabiéndolo de sobra desde que habían entrado.
– Bueno. Pero también le hemos dado buenos ratos. Tienes que admitir – Sirius baja la voz un poco más – que eso de que nos dé igual que sea un hombre lobo y tal es un punto a nuestro favor.
– No es suficiente.
Y si no fuera porque es imposible Sirius pensaría que James está tramando algo.
Qué cojones, está seguro de que está tramando algo. Si hay algo que Sirius Black sabe bien es cuándo James Potter está tramando algo, y esa maldita cara que está poniendo, esa es una de las que dice "tengo algo gordo entre manos".
– No estarás pensando en…
Y sí que lo estaba pensando. Pero es demasiado tarde porque James ya se ha levantado y camina decidido hasta donde Remus y Lily están estudiando.
– Eh, ¡eh! ¡No! ¡Vuelve aquí! – exclama Sirius, mientras trata de evitar que se marche estirándole de la capa. Pero ya es demasiado tarde y ha gritado demasiado alto así que la bibliotecaria se levanta de su sitio y, con dos toques en el hombro, le invita a que se marche.
– Disculpe, señor, pero no está permitido hablar en la biblioteca. Tendrá que marcharse…
– ¡Venga ya! Irá de broma.
– Fuera de aquí.
Así que finalmente tiene que marcharse y dejar solo a James, haciendo algo de lo que probablemente vaya a arrepentirse en menos de media hora o algo así.
James no piensa que vaya a arrepentirse de lo que está a punto de hacer. Principalmente, solo piensa en que si resulta que Remus es el alma gemela de Lily, y si a Lily le gusta Remus, y si a Remus le gusta Lily aunque sea solo un poquito, pues no va a ser él quien se interponga entre ellos dos. Así que ambos tienen que saberlo. No hay más de seis metros entre donde está él y donde están sentados ellos dos pero mientras se acerca, su cerebro funciona por encima de sus posibilidades, pensando a toda velocidad: Además, seguro que lo supero. Hay una posibilidad de que intente tirarme al Lago Negro y que se me coma el calamar pero, principalmente, seguro que lo supero. No pasa nada. Después reharé mi vida y seguro que acabaré casado con la chica esa de Hufflepuff que tiene las cejas negras y gordísimas y pronuncia las eses como zetas pero no importa porque invitaremos a Remus y a Lily a comer a casa los domingos y veré lo genialmente felices que son y después trataré muy fuerte de emparejar a nuestros hijos para que al menos una Evans en el universo haya mezclado su sangre con la de un Potter y ya est-
– ¿Qué ocurre, James? – pregunta Remus, levantando la vista del pergamino y visiblemente alarmado.
– Que… ¡Nada, nada! ¿Cómo estás, Remus, viejo amigo? – le da una palmada en el hombro.
– Venga ya. Te pasa algo, llevas raro todo el día y ahora vienes a la biblioteca…
– Yo, ¿raro, yo? Qué va, querido Remus…
– "Querido Remus". James, no soy idiota… ¿He hecho algo? Porque si puedo hacer algo para arreglarlo…
– No, ¡no! No es eso, claro… Es que… Tengo que decirte algo. Bueno, tengo que deciros algo, a los dos.
Ahora ya no hay vuelta atrás. Ahora lo tiene que decir, sí o sí. El problema es que no sabe por dónde empezar y tiene la boca seca y la lengua le pesa más que un hipogrifo así que duda que pueda siquiera articular palabra.
– Me estás asustando.
– Bueno, verás – comienza por fin – es que os estaba observando, o sea, no os estaba mirando en plan acosador ni en plan siniestro ni lascivo (¿se dice lascivo? Sirius usa mucho la palabra lascivo últimamente pero ahora que lo pienso no tengo claro qué significa del todo) si no que bueno, que os estaba mirando porque estaba aquí y vosotros estabais aquí también y, no te ofendas, Lily, pero eres difícil de no mirar y bueno, que he estado pensando, o sea, que no os penséis que solo he pensado últimamente y no siempre porque yo siempre pienso pero oh dios santo estoy pareciendo Peter qué me pasa, bueno, que quiero que sepáis que he pensado que, bueno, que si a Lily le gustas, Remus, porque claro, es normal que le gustes a Lily si eres listo y sacas buenas notas y ganas puntos para Gryffindor y sabes combinar los colores de la ropa y no sorbes la sopa y si a ti te gusta Lily y todo eso porque, jo, normal, a cualquiera le gustaría Lily, pues que quiero que sepáis que no tenéis que olvidaros de vuestro amor solo porque yo llevo colado por Lily desde el primer día que me dirigió la palabra en clase de Pociones – llegados a este punto, Lily se tapa la boca con la mano y Remus podría jurar que James está a punto de llorar y siente la imperiosa necesidad de hacer que pare pero no sabe cómo hacerlo – y, eso. Que seáis felices. Remus, hazla feliz como yo no podré hacerlo nunca. Sed felices juntos.
Y se va corriendo, sin darles tiempo a contestar, siquiera.
Dos días después de El Incidente, como se empeña en llamarlo Sirius con tono medio hiriente y medio divertido, la tensión sigue apoderándose de los pocos momentos que los cuatro chicos pasan juntos. Así que Remus respira aliviado cuando abre la puerta de la habitación después de comer y tan solo encuentra a Peter.
– Hey, hola, Peter.
– Hola, Remus.
Parece que eso va a ser todo; la conversación va a pasar desapercibida y Remus va a poder sacar sus deberes o algún libro o algo así y a distraerse durante la mayor parte de la tarde para tratar de no pensar. Pero Peter pregunta.
– ¿Qué ha pasado entre James y tú?
Y Remus traga saliva.
– Yo… Escucha, Peter, entiendo si estás de su parte y tienes todo el derecho a enfadarte conmigo porque…
– No. No estoy enfadado contigo, Remus. – hay en su mirada una seriedad que Remus no recuerda haber visto en él prácticamente nunca. Sin James y Sirius alrededor, Peter no tiene miedo de decir lo que piensa alto y claro. Al menos cuando está con Remus.
– Gracias.
– Solo quiero saber qué ha pasado porque, ¿sabes?, estos dos no me han contado demasiado y supongo que tiene que ver con Lily pero no sé. No sé qué tienes que ver tú… con ella.
– Si no sabes qué es lo que tengo que ver con Lily, entonces vas a enfadarte conmigo cuando te lo cuente, Peter.
– Prueba.
– No… No sé. Solo que James vino a la biblioteca cuando estábamos estudiando y nos dijo algo así como que fuéramos felices juntos como si eso…
– ¿Juntos… Juntos-juntos?
– Juntos de pareja.
Silencio.
– ¿Te gusta Lily, Remus?
Más silencio. Remus no sabe qué contestar y siente que va a echarse a llorar, de un momento a otro.
– Está bien si no quieres contármelo, solo que… Quería que supieses que si fuese así, lo entiendo, y no te culpo.
Remus traga saliva. Casi no puede creerse lo que está escuchando pero no ha estado tan agradecido de oír tres simples palabras – "no te culpo" – en muchísimo tiempo. La aceptación de Peter le llega al estómago como una ráfaga de aire caliente y un escalofrío de la espalda a los tobillos y si no fuera porque es terriblemente poco propenso al contacto físico hubiera corrido hasta donde está sentado, a darle un abrazo. No lo hace porque en ese momento se abre la puerta.
– ¿De qué no le culpas, Peter? – Remus está de espaldas y aun así reconoce la voz de James. Cuando se da la vuelta espera encontrarse también a Sirius pero en realidad parece que está solo.
– Yo… Es-esto… De nada.
– Ah. Pensaba.
– Qué tontería, James.
– ¿Vienes a jugar al ajedrez mágico? Sirius es patético y me aburro de ganarle.
– ¿Yo? ¡Pues claro!
Peter se levanta de la cama y sigue a James, que se apresura a volver a bajar las escaleras. Y del alivio que Remus sentía hace unos pocos minutos ya no queda apenas nada.
Domingo por la tarde y Sirius todavía no tiene ni idea de por qué James se está comportando así con Remus últimamente. O sea: fue su idea ir allí y soltarle todo ese rollito de que fuese feliz con Lily y todo eso, así que ya no tiene ningún derecho a enfadarse. Y sin embargo y desde que pasó aquello, el tío está insoportablemente borde cada vez que están cerca del joven hombre lobo. Y a ver: una cosa es un leve resentimiento porque uno de tus mejores amigos te ha levantado a tu chica, pero no puedes ponerte así, y menos cuando lo ha hecho con tu consentimiento. ¡Qué demonios! Ni siquiera han hablado sobre ello todavía así que lo más probable es que a Remus no le guste Lily ni a Lily le guste Remus y todo sean alucinaciones suyas, el muy bobo. Y vale que no es asunto suyo, pero como tenga que soportar una sola mala cara o contestación tajante más, Sirius va a reventar y va a acabar cometiendo un asesinato de primer grado. (En realidad Sirius no sabe demasiado bien qué es un asesinato de primer grado pero lo dicen en los cómics y en las películas y suena a algo bastante serio, algo así como a matar a alguien apuñalándole en ambos ojos).
Repantingado en uno de los sofás de la Sala Común – donde James pasa la mayor parte del tiempo libre que tienen, últimamente – escucha el fuego crepitar en la chimenea y se pregunta qué demonios hacen en esa habitación compartida con tantísima gente (niños de primero que ríen agudo e insoportable, estudiantes de séptimo que se creen más graciosos que nadie con sus bromas sobre el contenido avanzado de Pociones, y un par de chicas jugando al ajedrez mágico con la peor estrategia que Sirius ha visto en mucho tiempo) si podrían estar en su propio cuarto sin nadie que les moleste. James está leyendo un cómic de la Patrulla X (del tal Will, supone) con las piernas cruzadas sobre el asiento y Peter está sentado en el suelo haciendo no-sé-qué-leches con su bola de cristal para la clase de Adivinación. Sirius se levanta de un salto y se dispone a subir las escaleras hacia el dormitorio porque es eso, o dejarse consumir por el más puro aburrimiento, o gritarle a las dos crías que están enfrascadas en su partida que nunca, nunca jamás deberías sacrificar una torre para matar a un puñetero peón.
– ¿Dónde vas, tío?
– A nuestra habitación.
– ¿Por qué?
– Porque me apetece. Y no me toques las narices, Potter.
Si cualquier otro hubiese utilizado su nombre con tal tono despectivo James hubiera montado un escándalo o le hubiese hechizado todos los calzoncillos para que estuviesen siempre mojados, pero como es Sirius, decide que no quiere discutir con él también y devuelve la vista a las páginas.
A ver. Uno puede tolerarle a su mejor amigo que se comporte como un completo idiota pero que se comporte como un completo idiota con otro de sus mejores amigos es pasarse.
– Hey, Remus. – saluda Sirius, al entrar a la habitación. Y miente. – ¡No me imaginaba que ibas a estar aquí!
– No soy tonto, Sirius.
– Ya lo sé, bobo, ganas todos esos puntos para Gryffindor en todas las clases y eso.
Sirius mira a Remus. Expresión seria y piernas estiradas y cruzadas sobre la cama pero sin relajarse en absoluto, en tensión, sosteniendo entre las manos un libro de texto y un pedazo de pergamino a los que ha dejado de prestar atención en el mismo momento en el que él ha entrado en la habitación pero que sigue mirando fijamente. Está visiblemente incómodo y Sirius lo sabe y es un problema porque si hay algo que no destaca por ser una de las cualidades principales de Sirius Black es eso de ser amable.
– ¿Te deja James hablarme? – pregunta Remus y la pregunta es ácida, cargada de ironía y con un regusto a algo que parece el más intenso de los rencores. Es casi impropio de él. A las rabietas de James vale, está acostumbrado, pero Sirius no se había planteado nunca que Remus pudiera molestarse hasta ese punto.
– Y a mí que cojones me importa lo que me deje James hacer o no. – contesta. Agresivo. James será un cenutrio pero para él lo más fácil hubiera sido enfadarse igual que él y no lo ha hecho. Más le vale al pedazo de melón darse cuenta de eso.
– Sería normal. No te culparía si no quisieras hablarme.
– ¿Y por qué no iba a querer hablarte, mendrugo?
– Porque él está enfadado conmigo. Porque… Porque me he portado mal con él.
Remus sigue hablando con tono serio, neutral, seco, pero en la última frase flaquea y le tiembla un poco la voz y Sirius entiende.
No está enfadado. No está a la defensiva. Se siente culpable.
– Eh, eh, eh, para el carro, lobito. No es verdad.
– No hace falta que me lo digas para que me sienta mejor. Sé que tú también lo piensas.
Sirius camina hasta la cama de Remus y se sienta. Le mira fijamente pero Remus no parece sentirse capaz de sostenerle la mirada durante más de diez segundos así que se distrae jugueteando nerviosamente con las mangas del jersey. Cruza las piernas y se pregunta a sí mismo. ¿Yo también lo pienso?
– No.
– ¿No? – Y Remus parece sorprendido. Sinceramente sorprendido.
– Bueno, si te refieres a no dejarle copiar tus deberes de Herbología y dejar que le castigasen después de clase por llevar sin hacerlos tres semanas seguidas, entonces sí, te portaste un poco mal. Pero si no estamos hablando de eso… No.
– ¿No? ¿De verdad?
– En serio. No sé, se ha montado él solo toda esa película de que te gusta Lily pero eso es culpa suya por ver cosas donde no las ha… Hostia. ¿Por qué pones esa cara? Hostia, no me jodas, Lupin.
Remus está pálido. No pálido como siempre – la verdad es que no sé como lo hace pero habitualmente parece que no le ha dado la luz del Sol en toda su vida. Será que no sale de la biblioteca – sino de un tono blanquecino y enfermizo. Vuelve a ocultarse detrás de las mangas y a Sirius empieza a funcionarle el corazón un poco más despacio mientras todo el rompecabezas comienza a encajar.
– Sirius, yo…
– ¿Te gusta Evans de verdad? Y yo que pensaba que James se había dado un golpe en la cabeza.
– No me gusta. No es que me guste. Es que… No lo sé. No sé si lo entenderías…Yo mismo no lo entiendo demasiado bien.
– Pruébame.
– ¿Puedo ser completamente sincero?
Sirius asiente.
– No sé si me gusta Lily. – Remus casi suspira cuando termina de decirlo. Hace ya unos días que la situación es realmente tensa entre él y James a causa de ese tema y, sin embargo, nadie parecía haberse molestado en preguntarle a Remus si le gustaba Lily de verdad. O, por lo menos, en escuchar su respuesta. Cuando lo dice pone cara de alivio, como si fuese la primera vez que lo pronunciase en voz alta – Al menos… Sé que no me gusta tanto como le gusta a James.
– A nadie le gusta nadie tanto como a James le gusta Lily. Explotaría, o algo así. A lo mejor no ayuda en absoluto que te diga eso, tío, pero bueno, la cosa es que da igual… Que si te gusta te gusta y punto, y si no, pues no.
– La cosa es que…Es guapa. Pero a mí me da igual que sea guapa, ¿sabes? Hay muchas chicas en el mundo que son guapas. Casi todo el mundo es bonito en algún sentido, en realidad.
– Te juro que nunca voy a entender qué le veis todos a la pelirroja esa.
– Pero es que ella, cuando habla, se vuelve preciosa. Y… Suave. Le gustan las cosas que me gustan y me gustan las cosas que le gustan y parece que le da igual que sea raro o que tenga las manos y los brazos llenos de cicatrices horribles porque me toca y no le repugno, y sé que a vosotros tampoco, chicos, pero… Es distinto.
– Claro que es distinto, hostia, ella es una chica.
– Sé cómo me miran las chicas. Sé que no les gusto. Sé que les resulto extraño y les doy miedo, o les doy asco, o simplemente me consideran alguien a quien pedirle los deberes de Transformaciones y ya está. Pero Lily…
– Tío, no digas eso. No les das asco a las chicas. Lo que pasa es que, joder, teniéndome a mí al lado es normal que no se fijen en nadie más pero, venga, si es eso lo que te preocupa me haré un lado y dejaré que te conviertas tú en el guaperas del grupo.
– Hablo en serio, Sirius.
– Ya sé que hablas en serio.
Remus agacha la cabeza, evitando mirar a Sirius a los ojos. Y aun así, parece haberse quitado un gran peso de encima. Ya no le tiembla la voz y habla rápido, convencido, como si hubiese ensayado mentalmente el discurso cientos de veces pero nunca se hubiera atrevido a pronunciarlo en alto.
- Y ya sé que sois mis amigos y que no debería haberme acercado a ella en primer lugar porque a James le gustó pero ella quería ser mi amiga por algún motivo que desconozco y no es como si fuese alguien tan propenso a hacer amigos como para rechazar la oportunidad cuando se me presenta y ella es fantástica pero está mal y ni siquiera entiendo si me gusta de verdad porque nunca jamás me ha gustado nadie antes ni he besado a chicas como vosotros ni creo que las bese nunca y es complicado y…
- Eh, eh, que te aceleras otra vez, tío.
- P-perdón.
- A ver. Remus. Escúchame.
- Te escucho.
- No has hecho nada malo, ¿vale? Es normal que te guste… Alguien. Sea quien sea. No es como si pudieras controlarlo, tío. Y es James el que se está comportando como un cretino soltándote toda esa milonga de que seas feliz con ella y después enfadándose y no parándose a intentar entenderte ni un solo minuto.
- Pero es normal. Nadie en su sano juicio intentaría entenderme.
- ¿Tengo cara de no estar en mi sano juicio?
- Un poco. A veces. Especialmente recién levantado.
- Qué gracioso, lobito. En fin, que la cosa es que… Joder, tío, que no es como si lo hubieses elegido. Porque si pudieses elegir, ¿a que no te hubieses colado por ella?
- Claro que no…
- Pues eso, tío. A lo mejor puede ser inesperado, o raro, o a lo mejor puede poner tu vida patas arriba como en este caso, pero sentirse culpable no es la solución. Las cosas del corazón no se eligen.
- Las cosas del corazón no se eligen – repite Remus.
Y la frase se queda en el aire, como una especie de promesa no escrita sobre algo que todavía no entienden bien pero no por ello es menos verdadero.
James está sentado sobre la cama. Piernas estiradas y su escoba de quidditch, la nueva Nimbus 1000, extendida sobre las rodillas. A su derecha, Sirius observa como Peter juega con una bajara de naipes explosivos que se han encontrado tirada en la Sala Común. Él, por su parte, se está encargando del mantenimiento de la escoba: ya ha terminado de recortar todas las ramitas sueltas que la hacían menos aerodinámica y ahora se dispone a encerar el mango para evitar que la madera se resquebraje. Mientras tanto, tararea distraídamente Good Vibrations, de los Beach Boys, pero deja de hacerlo cuando la puerta del dormitorio se abre y Remus Lupin entra en el cuarto.
– Hola, Remus – saluda Peter.
– ¡Hey, tío! – exclama Sirius.
James no dice nada y su silencio invade toda la estancia, transformando una situación corriente en algo extraño e incómodo. Sirius le mira con desdén pero no comenta nada sobre su comportamiento y Peter finge que no se ha dado cuenta mientras voltea uno de los naipes, que explota creando un gran estruendo.
Remus contesta con un simple "hola, chicos" y comienza a rebuscar en el baúl.
– Espero que no estés buscando tus deberes de Astronomía porque los he tomado prestados temporalmente.
– ¿Que has hecho qué? Bueno… No, no es eso. Es que me he manchado en clase de Herbología y venía a cambiarme…
Se quita el jersey que llevaba puesto, se coloca en su lugar otro de color mostaza, echa el antiguo a un lado de la cama y después se tumba en ella. No hay mucho que hacer esa tarde y, para ser sincero, está bastante cansado, así que decide olvidarse de las tareas escolares por un día y simplemente observa a sus amigos. James aún está enfrascado en el mantenimiento de su preciada escoba. Abre la tapa negra del bote cilíndrico que contiene la cera mágica especial para escobas voladoras y unta un poco con los dedos. Después dice
– ¡Eh, Sirius, mira esto!
Y cuando su mejor amigo se gira para ver qué es eso tan interesante que James tiene que enseñarle, este último aprovecha el momento de descuido para mancharle toda la mejilla con la sustancia pegajosa.
– ¡Serás desgraciado! ¡TE VOY A MATAR! – brama Sirius, y se abalanza sobre la cama de James, tratando de alcanzar el bote de cera para mancharle él también.
Pelean y discuten un rato. Terminan en el suelo, casi el uno sobre el otro, olvidándose ya del enfado y riendo descontroladamente. Remus no puede evitar reír un poco con ellos, en bajito, y parece que es casi como siempre, como si no pasase nada. Y hasta ese momento no se da verdadera cuenta de cuánto lo echa de menos; sonreír con sus discusiones y con sus ocurrencias.
Después cada uno vuelve a su sitio y James vuelve a concentrarse en su escoba.
Remus tose.
– Perdona que te interrumpa, James – dice, y en el mismo momento en el que pronuncia las palabras se da cuenta de que no ha sido una buena idea empezar a hablar, pero ya es demasiado tarde.
– ¿Qué? – contesta él. Con rabia. Casi maleducado.
– Nada, no importa…
– Dímelo.
– Que… Bueno, James, que estás echando demasiada cera al mango de la escoba y posiblemente acabes por dañar la madera…
Esto es el colmo.
En ese momento, James Potter mira a Remus Lupin como nunca antes le había mirado. Fijamente, los ojos ardiendo de ira, el ceño fruncido tras las gafas, espalda tensa y puños apretados. James mira a Remus y quiere gritarle. Con toda la tensión de esos días acumulada en el estómago la furia es líquida y cálida y quiere salir de su cuerpo a toda costa. Quiere decirle que a nadie le importa, lo que piense, ni lo que tenga que decir. Sabe que va a arrepentirse luego pero en ese momento es inevitable. Hablar es siempre más fácil que callar para James Potter y, especialmente en aquella ocasión, no hay nada que le impulse especialmente a dejarlo pasar.
Así que estalla.
– ¿¡PERO QUIÉN DEMONIOS TE CREES QUE ERES PARA DECIRME LO QUE TENGO QUE HACER CON MI JODIDA ESCOBA!?
– Perdona, James, yo…
– ¡¿TE DIGO YO A TI LO QUE TIENES QUE HACER!? – Remus no había visto nunca a James enfadado; enfadado de verdad, no enfadado como cuando se enfada con Sirius por levantarse demasiado tarde o por husmear entre su cuaderno de dibujo. Él es siempre tan apacible, tan sonriente, que es raro y terrorífico verle así, chillando tanto que se le sonrojan las mejillas, recogiendo sus cosas – SIEMPRE TIENES QUE IR DE LISTO. CLARO, REMUS LUPIN LO SABE TODO, ¿EH? ¿PUES SABES LO QUE TE DIGO, REMUS LUPIN? QUE AHÍ TE QUEDAS, MENDRUGO. NOS VAMOS DE AQUÍ.
– James, tranquilízate… – suplica Peter.
– No me da la gana, ¿me oyes?, ¡NO ME DA LA GANA!
– Pues entonces habla por ti, imbécil – interviene Sirius – porque si te vas a seguir portando así, yo no me voy a ningún lado.
– Pero qué cojones…
– No pasa nada, Sirius. – dice Remus, con pesar – Ya me voy yo.
– No. Me voy yo. ¿¡SIEMPRE TIENES QUE TENER LA PUÑETERA RAZÓN!?
– ¡ERES TÚ EL QUE SIEMPRE TIENE QUE TENER LA RAZÓN, JAMES!
– ¿¡YO!? ¿¡PERO CÓMO TE ATREVES!? ¡PRIMERO ME ROBAS A LILY Y AHORA ESTO!
– ASÍ QUE ERA ESO LO QUE TE PASABA, ¿EH? – Remus no puede evitarlo. Le tiembla la voz, pero no puede dejar que se dé cuenta – Después… Después de todo eso de que fuera feliz con Lily, seguías pensando que te la había robado. Sin saber siquiera si me gusta Lily. Y sin saber si yo le gusto a ella. T-todo esto es por eso, ¿no?
– Dímelo, entonces, si eres tan valiente. ¿Te gusta Lily?
– ¡No es eso de lo que estamos hablando!
– ¡¿VES COMO ES CIERTO?!
– NO TIENE NADA QUE VER. AUNQUE ME GUSTASE LILY. ¿DE VERDAD CREES QUE TE HARÍA ESO A TI, JAMES?
– ¡PUES NO LO SÉ! ¡ESO PARECE! SIEMPRE TIENES QUE SER EL MÁS LISTO. EL PRIMERO DE LA CLASE. EL QUE MEJORES NOTAS SACA. Y CLARO, AHORA TENÍAS QUE SER EL PRIMERO EN SALIR CON LILY, ¿¡VERDAD!?
– ¿Esa es la impresión que tienes de mí? – contesta Remus. Sorprendido, pausado, serio, casi calmado. Piel pálida y una lágrima asomando la garganta – ¿De verdad?
– Remus, no le hagas caso al bobo…
– No, Sirius. Si eso es lo que piensas de mí, James, ¿por qué no dejas de fingir ser mi amigo? ¿Qué es lo que ganas?
– ¡¿ESO ES LO QUE QUIERES?! ¿¡QUE DEJEMOS DE SER AMIGOS!? PUES HALA, YA ESTÁ. HECHO. FIN. PUNTO.
– Bien. Sí. Ya está. Se acabó, entonces.
James se levanta y se dirige hacia la puerta con paso decidido pero lento, como si estuviese esperando a que alguien le detuviese. Pero nadie se atreve ni tiene los ánimos para mover un solo músculo después de aquello. Remus se dispone a hacer lo mismo y camina en la misma dirección, así que se terminan encontrando en la salida. Cuando esto sucede, James aparta a Remus de su camino con un empujón que no se esperaba, y es entonces cuando Sirius no puede evitar intervenir.
– Eh, vosotros dos. Vamos a ver – prácticamente corre hacia la entrada se coloca en medio de ambos: Remus a la izquierda, James a la derecha. – ¿¡Me podéis decir qué demonios se os ha pasado por la cabeza para comportaros así!?
– Que ya no somos amigos – contesta James – Eso pasa.
Aquella mañana, solo unas horas antes del partido de Gryffindor contra Hufflepuff – primero y último de la temporada antes de las vacaciones de Navidad – los del equipo de los leones calientan en el campo. Han recibido ánimos por parte de sus compañeros de casa, de los compañeros de otras casas y de una muy emocionada Mary MacDonald que ya ensaya los comentarios que realizará más tarde: "Buenas tardes, queridos amigos, y, ¡bienvenidos al fantástico primer partido de la temporada de quidditch!" "los leones han entrenado duro para este encuentro, pero las nuevas incorporaciones del equipo de Hufflepuff prometen una jornada muy reñida". Todos están dispuestos a ganar o, al menos, a dar lo mejor de sí mismos; todos menos James, cuya mente divaga por lugares lejanos y completamente ajenos al entrenamiento.
Él lo está intentando: de verdad que lo está intentando. Olvidarse de todo lo demás y centrarse en el partido, en la snitch, en volar correctamente sobre la escoba, en planear una buena jugada que les proporcione una gran victoria y un montón de aplausos del público. Pero hay algo que no le deja concentrarse; una vocecilla en el fondo de su cabeza que susurra incesante y suena a algo así como culpabilidad.
Peter y Remus suelen ir a verles a los entrenamientos previos a los partidos para darles ánimos. Siempre. Sin excepción. Pero cuando esa mañana, James sale del vestuario y dirige la vista hacia las gracias, Peter está allí, por supuesto. Pero al lado, hay un sitio vacío.
Y ese asiento vacío duele. Y es un dolor distinto a cualquiera que James ha sentido antes. Más fuerte y más intenso que aquella vez que se golpeó con el bordillo de la piscina al lanzarse al agua en casa de uno de sus – estúpidos – vecinos muggles del Valle de Godric y todos los niños presentes se rieron de él. Más que la última vez que Sirius pisó y rasgó sin querer la portada de uno de sus cómics de Spiderman. Más que cualquier broma cruel de Sirius, de hecho. Más que cualquier castigo injusto, cualquier derrota de los Chudley Cannons, cualquier cumpleaños en el que no obtuvo el regalo que quería.
Eso duele de verdad.
Y hasta aquel momento James no se había parado a pensar en el porqué de su comportamiento. Y mucho menos, en sus consecuencias. James: hijo único, popular en su clase, con notas brillantes a pesar de no mover apenas un solo dedo, no está acostumbrado a que las cosas no le salgan como él quiere. James, al que nunca nadie ha osado negarle nada; que siempre ha conseguido todo lo que se le ha antojado y, en caso de no lograrlo, ha hecho que alguien lo hiciese por él. Y después está Lily. A Lily no la puede conseguir y no poder conseguirla le da ganas de gritar, de romper cosas, de hundir la cabeza en la almohada y no sacarla más, de dejar los estudios e irse a vivir a una casa abandonada en medio del bosque y no volver a tener contacto humano con nadie más en toda su vida. Lily es perfecta. Lily es todo lo que quiere y todo lo que no puede tener.
Y por Lily, ahora tampoco tiene a Remus.
Se siente un poco estúpido. Egoísta y muy, muy culpable. Casi más de una semana de enfado y tensión cada vez que Remus y él se cruzaban y lo que necesitaba para entrar en razón era solo una silla vacía.
Una silla vacía y una revelación brillante que hace que se le caiga el mundo a los pies.
James no estaba enfadado con Remus. James estaba enfadado consigo mismo.
Por caprichoso. Y por cabezota. Por haber sido un cretino, un idiota, por haber parecido un palurdo delante de Lily cientos de veces, por haberla agobiado con constantes intentos de llamar su atención. Y por no ser capaz de asumir que quizás sería más feliz con otra persona. Y lo ha pagado con todos los que le rodean.
James estaba enfadado consigo mismo y ahora es demasiado tarde.
– Eh, tú, idiota, o bajas ya de las nubes o te vas a quedar dormido en la escoba en medio del partido. – interrumpe Sirius, dándole una palmada en el hombro.
– Déjame, Sirius… No lo entiendes.
– Claro que lo entiendo, memo.
– No.
– Sí, y por eso sé que no tienes que preocuparte. Porque al final Remus ha venido – sonríe y señala a las gradas con una mano.
Hay veces, y las seguirá habiendo en los próximos años, en las que la capacidad de Sirius para leerle la mente a James irritará a este último hasta niveles inesperados. Tener un mejor amigo que te conozca más que nadie en el mundo es una de las mejores cosas que existen pero a veces es casi exasperante no poder tener ni un poquito de privacidad porque hay alguien en el universo que sabe exactamente qué piensas y qué te sucede en cada momento, y ese alguien, casualmente, duerme en la cama de al lado.
Aquella no es una de esas veces.
James deja la escoba en el suelo y corre hacia las gradas. No tiene todavía demasiado claro qué va a decir ni qué quiere hacer pero el alivio que siente al ver a Remus es mucho más grande y puede con toda la incertidumbre.
– ¡Remus! – exclama. Casi gritando. En su cabeza sonaba menos agresivo y precipitado – ¡Has venido!
– Eh… – la presencia de James la pilla por sorpresa. Atónito, Remus no sabe cómo reaccionar y mueve las manos nerviosamente – S-sí, yo…
– O sea, que no quiere decir que pensase que no ibas a venir, o sea, que claro que ibas a venir aunque no tenías por qué…
– En realidad, James, no sabía si venir.
– Lo entiendo…
– Pensaba que iba a molestarte…
– Lo sé. Lo sé, Remus. Yo…
James le mira. Resfriado, como siempre, oculto tras la bufanda dorada y granate. El pelo rubio sobre la frente y los ojos claros entornados le brillan un poco, como si estuviera al borde de las lágrimas. El Remus de siempre que le ayuda con los deberes y se mete en líos por su culpa y le soporta todo aquello que nadie más le soportaría sin rechistar. El mismo niño larguirucho y desgarbado que conoció en su primer día en Hogwarts, pero también ese que a principio de curso le confió el más hondo de sus secretos. No sabe qué decir y siente que está a punto de llorar, él también. Así que a falta de palabras, le abraza.
Está calentito. El joven hombre lobo tarda unos segundos en reaccionar pero después hace lo propio y también rodea a James con sus brazos delgados. Éste murmura en su oído, rápido, atropellándose entre frases, pensando más rápido de lo que puede pronunciarlas: "losientoRemushesidoidiota perdón perdón perdón lo siento losientomucho yo no quería he sido estúpido oh dios me he portado tan mal noestuculpadeverdadteloprometoperdóname porfa, porfavor, no me dejes nunca ser así contigo otra vez" y Remus sonríe y dice "no pasa nada, está bien, James. Tranquilo" y el abrazo es largo y parece que no van a soltarse nunca, y Peter, a su lado, aplaude y ríe; y Sirius brama desde el campo "joder, menos mal, pensaba que no lo ibais a arreglar nunca, imbéciles" pero les ignoran a ambos.
Quizás otras personas hubieran necesitado algo distinto, un discurso más elaborado, un acto más elevado. Pero no ellos. Para James y Remus, un abrazo sirve: una simple demostración de afecto que es capaz de decir mucho más que un millón de disculpas. Y aquella discusión no se quedará en nada más que una pequeña anécdota entre las tantas que conforman su inquebrantable amistad. Cuando se separan – son solo unos segundos, pero parecen cientos de años – James sonríe y Remus sonríe con él y en esa sonrisa entienden todo eso que no se han dicho, porque no es necesario.
Aquella tarde Gryffindor ganó el partido contra Hufflepuff. Los cazadores anotaron diez (casi once) tantos, Sirius y Gideon dominaron las bludgers mejor que nadie, y la snitch también terminó en sus manos, haciendo, finalmente, una derrota de 250 puntos contra treinta, una ventaja como hacía mucho tiempo que el campo de quidditch de Hogwarts no veía. Y sin embargo, para James Potter, aquella no fue la mejor victoria de ese día.
