Meet the Marauders!

CARA A.

1. I Wanna Hold Your Hand

James Potter lleva un jersey de color azul oscuro, parecido al que suelen utilizar los Ravenclaw cuando empieza a hacer frío, solo que en el suyo, alguien ha tejido un bonito reno de cornamenta enorme y color blanco. Se encuentra sentado en el escritorio de su dormitorio: plumas rotas por toda la mesa y varios tinteros acabados. A eso se le unen varios pergaminos que ha rayado con mal humor unas cuantas páginas de cuaderno arrancadas y tiradas por el suelo. No sabe cuántos intentos lleva para acabar ese dibujo. A la cuarta vez que pasó la mano sin querer y el color negro emborronó todo el proceso, soltó una maldición tan alta que la señora Potter le amenazó con dejarle sin postre. En la casa de los Potter está todo permitido, menos la mala educación y el lenguaje obsceno, y "me cago en la Orden de Merlín" entra dentro de las cosas que la madre de James considera inapropiadas.

Deja a un lado el pergamino en el que el dibujo está a mitad, y con esa misma pluma, decide continuar con la carta que empezase la tarde anterior. No hace ni una semana que está lejos de Sirius, pero considera que una carta por Navidad no hace daño a nadie, y además, así la puede mandar con el regalo que le tiene preparado. No es nada del otro mundo, pero no ha tenido demasiado tiempo, y cualquier regalo le sabe a poco. Su padre le acercó al Callejón Diagon dos días antes y con los bolsillos llenos de galeones entró en Gambol & Japes dispuesto a llevárselo todo. Sin embargo, sus ojos no brillaron como siempre, no tuvo ganas de comprar absolutamente cada producto y ni siquiera sintió deseos de llenarse los brazos de Bengalas del Dr. Filibuster. Y ahí decidió algo. Ese "algo" es la razón por la que el regalo de Sirius vaya acompañado de la siguiente carta.

Poco amigable Sirius:

¡Ey! ¡Feliz Navidad! No tenía ninguna intención en escribirte esta carta y probablemente pienses que soy un sentimental, pero bueno, es que a estas alturas de la vida tampoco voy a andarme con mentiras contigo. Sí, soy un sentimental. Espero que te guste tu regalo, aunque en realidad, creo que espero que no te guste. Es difícil de explicar. Ábrelo. Que lo abras. Deja de leer y ábrelo y luego sigues leyendo.

¿Ya lo has hecho?

Vale. Sí, son pastillas de las que hacen que se te hinchen los dedos gordos de los pies. Una basura. Y es que, Sirius, el otro día por un momento creí que había madurado. Pero no. No lo he hecho en absoluto. Lo que pasa es que los productos de broma han dejado de ser lo que eran. Y yo necesito algo más. ¿Te acuerdas de esa vez que creamos un hechizo? Estoy seguro de que el estúpido del Dr. Filibuster no tiene ni puñetera idea de cómo hacer eso. ¡O nuestra poción! La que explotó (todavía no entiendo qué paso esa vez). Así, que amigo mío, mi regalo de Navidad de este año es una propuesta:

Convirtámonos en proveedores de artículos de broma. Superemos lo insuperable. Trafiquemos. Te estoy regalando algo con lo que muchos soñarían: mi compañía y una travesura. Y Merlín sabe que esas son tus dos debilidades en el mundo. No me des las gracias, sé que nada va a superar esto.

Nos vemos pronto:

James

Con un punto final enrolla el pergamino y el pequeño paquete y lo ata a la pata de la pequeña McCartney que le da un picotazo cariñoso en la cabeza antes de salir volando por la ventana. James querría acabar el dibujo, dibujo que es un regalo, evidentemente, pero es que le duele la muñeca y de la cocina sube un olor a tortitas recién hechas que habría que ser bien tonto como para no seguirlo.

Efectivamente, la señora Potter ha cocinado tortitas, y la mesa está repleta de bollos, vasos de leche, batido de chocolate y zumo de naranja, piña y melocotón.

- Mamá, sabes que no me gusta el zumo de melocotón - se queja James cogiendo una galleta -. De hecho no me gusta nada que lleve melocotón.

- Eso es mentira porque de pequeño te gustaba el melocotón, Jaime.

- ¿De pequeño cuando?

- Pues cuando casi me quitabas de las tostadas untadas en mermelada de melocotón.

- ¡Yo qué voy a hacer eso!

- Oh, sí que lo hacías - el señor Potter entra en la habitación. Pelo corto y pegado a la cabeza con gomina, bata de los domingos a pesar de que no es ese día de la semana y El Profeta en las manos -. Y los frutos secos. Qué afán tenías con los frutos secos en cuanto te salieron los dientes.

- Oye, dejad de avergonzarme - James se enfurruña y tira el tenedor sobre la mesa.

- ¿Estás de mal humor? - La señora Potter sonríe con cariño y le pone la mano en la cabeza - ¿Ha pasado algo? ¿Has discutido con Sirius?

- Siempre discuto con Sirius, mamá.

- Ay, con lo zalamero que es ese muchacho - ella juega con un mechón de pelo gris -. Muy educado. Nada que ver con su madre.

- Parece que hemos encontrado la excepción de los Black, querida - el señor Potter bebe un sorbo de café -. Sirius es un buen chaval, James. No te enfades con él.

- ¡Pero que no estoy enfadado con él!

- ¿Entonces qué te pasa? - Insiste su madre - ¡Ay! ¿Es por una chica? ¿La pelirroja?

- ¿Qué pelirroja? - James se sonroja. No tiene recuerdo alguno de haber hablado delante de su madre de Lily. Tal vez haya dado un palo de ciego y ha acertado - Por supuesto que no es por ninguna chica.

- ¡Claro que no es por una chica! - El padre de James mira a su hijo por encima del periódico - ¿No has visto al chico? Le hacen falta unos cuantos kilos pero ha heredado el porte de su padre y la belleza de su madre.

- ¡Oh, querido, cómo eres! - Se dan un beso suave en los labios y es entonces que James se levanta de camino a la entrada - ¿Pero a dónde vas, hijo?

- ¡A dar una vuelta!

- ¿A estas horas?

Ni siquiera contesta. Coge el abrigo y la bufanda y de un tirón abre la puerta. Lo último que escucha antes de salir al exterior es a su madre decir "sí que le ha dado fuerte la adolescencia. Por lo menos no tiene revistas cochinas debajo de la cama" y a su padre contestar "es que no es tan tonto como para que las encuentres, querida".

No está enfadado, y al contrario de lo que piensa su madre no es por una chica. No es Lily esta vez. Bueno, siempre es Lily un poco. Cada Navidad tiene que meterse los puños en la boca para no comprarle algo a la chica. Sabe que eso arruinaría para siempre su relación. Si es que tienen alguna. Recuerda todavía ese "feliz navidad" dedicado a Sirius, Peter y él que significó un mundo. No le preocupa demasiado, porque sabe y confía en que algún día, podrá hacerle a Lily todos los regalos que no ha podido darle durante todos esos años.

En el Valle de Godric ha nevado, las calles están cubiertas de una capa fina de nieve y la fuente que ocupa la plaza del pueblo se ha congelado. A James no le gusta pasear, al menos no le gusta pasear solo, pero esa vez es diferente. El ambiente de fiesta llena cada rincón y algún vecino se aventura a desearle felices fiestas. El aire huele a comida y su estómago ruge deseoso de ser llenado con pasteles y polvorones. Se apoya en una farola, justo delante del único bar que hay en todo Godric; manos en los bolsillos. Lo que le pasa a James no es una chica, es un chico. Le va a volver loco el puñetero dibujo de Remus. Ha pensado en hacer algo especial, algo que diga "perdona, tío", pero que al mismo tiempo diga "te quiero y no voy a dudar de ti nunca más". Es por eso que a pesar de que Sirius decidiera días atrás preparar un regalo conjunto, él ha querido dedicarle ese detalle: un pequeño lobo bajo la luz de la luna llena. No sabe cómo es Remus, y la verdad es que puede que ese dibujo signifique un "quiero saberlo, quiero saberlo todo". Pero su pelaje es blanco. Tiene colmillos que podrían matar y que sin embargo no lo hacen. Tiene ojos claros parecidos a los del muchacho que se esconde bajo la piel. Orejas puntiagudas. Hasta ese punto en el proceso todo va bien. Después, es más complicado hacer las ramas de los árboles, la silueta de un castillo en la distancia, y en una de sus ventanas, dibujar tres puntitos. Porque son únicamente tres motas de tinta. Ellos tres, deseosos de compartir la aventura.

Es eso lo que le cabrea. No conseguir acabar. Y por eso necesita despejarse, para no estropear el dibujo casi terminado que hay encima de su mesa allí en la casa.

Justo en ese momento una pareja cruza la plaza de la mano; son jóvenes, ella sonríe y él le pasa el brazo por los hombros. James ladea la cabeza y suspira muy largo. Ahora es un chico tonto, "un adolescente" que dice su madre. Tiene catorce años y no sabe nada de la vida, ni de las chicas, en realidad James no tiene ni idea de la cantidad de cosas que todavía no sabe. Una de esas cosas es que exactamente seis años después, una chica pelirroja de nariz respingona y pecas en las mejillas le perseguirá por toda la calle corriendo y resbalándose con el hielo "venga, ¡James! Ha sido una broma" y el chico de pelo negro, revuelto, más alto, se cruzará de brazos y contestará "Lily, bonita, eso ha tenido tan poca gracia que podría ser una broma de Sirius Black". Ella reirá y le echará la bronca por meterse con su mejor amigo, "ese chucho sigue siendo igual de tonto que el día en el que le conocí", le contestará él. Pasará un minuto más hasta que James ceda en darle la mano a Lily; pequeñita, fría al contacto. "Hubo un tiempo en el que te hubieras arrodillado ante mí para que te diera la mano, Potter". James se volverá, la mirará arqueando una ceja y será claro en su contestación: "Seguiría arrodillándome ante ti para que me dieras la mano, Evans. Pero como me vuelvas a tirar una bola de nieve convenceré a un par de gnomos de esos que cantan villancicos para que te roben la ropa interior".

2. I Saw Her Standing There

Todavía faltan dos semanas para la Luna llena pero a Remus ya comienza a vibrarle bajo las cicatrices al despertar. Como un zumbido omnipresente debajo de la piel que le arranca del sueño temprano por la mañana y le impide volver a conciliarlo, la Luna araña y escuece y siempre se vuelve más intensa cuando se acerca el invierno y las noches alargan, pero aquellos días, por algún motivo, duele de forma especial.

Cuando se despierta, empapado en sudor entre las sábanas y con la respiración agitada, en la habitación no hay nadie. Por tercer día consecutivo.

Es extraño. Remus está acostumbrado a dormir sin ninguna compañía en la enfermería de vez en cuando – más a menudo de lo que le gustaría, en realidad – pero tener la habitación entera para él solo es algo que no había sucedido nunca antes. Y aunque, considerándolo a primera vista, la ausencia de los ronquidos de Sirius, los movimientos nerviosos bajo las sábanas de James y los quejidos inconscientes de Peter podría parecer algo positivo, lo cierto es que cuando abre los ojos y observa las tres camas vacías el vacío en su estómago es más grande que cualquier ventaja que la falta de sus tres amigos pueda tener.

Mientras se viste, despacio, piensa que ojalá esas dos semanas de vacaciones pasen pronto.

Pero pasar las Navidades en Hogwarts, en realidad, no está tan mal.

No son más de cuarenta alumnos, entre todos los cursos, los que no volvieron a casa el día anterior; así que los profesores han decidido desplazar las cuatro mesas de las casas a un lado del comedor, como suelen hacer en las festividades – San Valentín y Halloween, principalmente – que se celebran en el colegio, y utilizar en su lugar una sola mesa grande y redonda, compartida entre alumnos de todas las casas y profesores, para los desayunos, comidas y cenas. En un principio, a Remus le parecía extraño sentarse todos juntos así, de forma tan cercana, Gryffindor con Slytherin y Hufflepuff y Ravenclaw y los jefes de las respectivas casas y el resto de maestros que ven día a día en las clases. Sin embargo, después del primer día llegó a la conclusión de que, definitivamente, podría acostumbrarse; es una sensación acogedora y agradable, la de poder convivir todos juntos, como si se conociesen desde hace mucho tiempo a pesar de no haber cruzado nunca más que un par de palabras. Un chico Ravenclaw de cuarto llamado John Strider le saluda con un "buenos días, Remus" cuando toma asiento en la mesa y un Slytherin colocado a su lado – Remus cree que se llama Dave – hace lo mismo con un gesto de cabeza. Él les contesta a ambos con un "buenos días, chicos" y se sirve una taza de café con caramelo caliente (y recuerda con pesar cómo Sirius se enfadaría con él por hacerlo. "El café con caramelo, tío, es la cosa más empalagosa de este jodido mundo. Arruinas el sabor amargo por completo echándole algo que lleva tanto azúcar") cuando la puerta del Gran Comedor se abre y entra Lily Evans.

Con el pelo recogido en una larga trenza a un lado de la cara y un jersey de color verde pálido con los hombros al descubierto que parece ignorar el frío que hace fuera. Toma asiento al lado de Remus y a él le da la sensación de que todo el comedor contiene la respiración durante un segundo. De repente el café con caramelo parece mucho menos dulce, a su lado.

– ¡Buenos días, Remus! – saluda, con un entusiasmo que parece casi imposible a aquella hora de la mañana. No es que a Remus no le agrade madrugar pero de ahí a ser capaz de derrochar aquella cantidad de energía antes de las diez de la mañana hay un camino muy largo que aún no se ha aventurado a recorrer.

Después de ella llega Mary MacDonald, que se sienta a la derecha de Lily. También ella saluda a Remus y Remus les sonríe a las dos desde debajo del seguro refugio que le proporciona su flequillo. Tampoco es como si Mary y Lily intimidasen demasiado y especialmente a Lily, ya está acostumbrado; pero el resto de los comensales de la gran mesa no están habituados a ver a Remus Lupin en compañía femenina y muchos observan, entre divertidos y sorprendidos. Y él sabe que no debería, pero por algún motivo que no llega a discernir del todo, siente vergüenza.

– Te vas a congelar como no te pongas algo encima de ese jersey, Lily – le advierte Mary, que sin embargo no va mucho más abrigada: tan solo lleva una camiseta lisa de color azul celeste y una sudadera negra con cremallera que es sin duda demasiado grande para ella y que permanece abierta, cayendo a ambos lados de los pantalones vaqueros.

– Pero es que este jersey es bonito. Hacía mucho que no podía ponérmelo. Y me gusta ponerme ropa bonita cuando el día es bonito, también. ¿Qué tiene de malo?

– Nada, nada, ¡yo solo digo que vas a pillar un pasmo! ¿A que sí, Remus?

Es raro. Mary casi nunca se ha dirigido a él directamente – generalmente habla con Lily o con James y ocasionalmente con Sirius y él solo está ahí, como un efecto secundario de la conversación – así que la pregunta le pilla con la guardia baja. Con las defensas un poco más altas hubiera podido responder algo ingenioso y ambiguo a partes iguales que las dejase a ambas satisfechas pero, como no es el caso, se limita a responder

– La verdad es que deberías abrigarte un poco más.

Y Mary sonríe victoriosa y ella frunce un poco el ceño y les da una leve palmada en el hombro a cada uno mientras sentencia que "vuestras críticas no pueden eclipsar el hecho de que hoy va a ser un buen día". Remus no puede resistirlo más y pregunta.

– ¿Por qué estás tan contenta hoy, Lily?

Por un segundo le da la sensación de que no ha sido buena idea preguntar porque Mary pone los ojos en blanco como diciendo "otra vez no, por favor". A Lily le brillan los ojos y explica que aquel día los alumnos tienen permitido ir a Hogsmeade y eso es de gran importancia porque, evidentemente, es Navidad, y Navidad implica dar regalos a los seres queridos. Después continúa durante un rato explicando detalladamente los motivos por los que la Navidad es una festividad apasionante.

– Y yo pensaba que al quedarme en Hogwarts estas Navidades no iba a poder comprar regalos para nadie pero, ¡menos mal!, me he cruzado al profesor Jeffrey por el pasillo y me ha saludado. Y después de saludarme me ha dicho que estaba organizando una excursión a Hogsmeade con todos los alumnos que nos habíamos quedado aquí. Nos va a acompañar él mismo. ¡Y va a ser nuestra primera vez allí! ¡Mucho antes que nadie de nuestro curso! ¿Os lo podéis creer? No sé si está en contra de las normas del colegio que vayamos; ahora que lo pienso, probablemente sí, pero no parecía que tuviera ningún problema con…

– Te has cruzado con el profesor Jeffrey por el pasillo – inquiere Mary, con tono pícaro.

– Y te ha saludado – continúa Remus, luchando por aguantarse la risa.

– Y te ha dicho que va a venir a Hogsmeade con nosotros – sigue ella.

– Vaya, Lily. Ahora sí que entiendo por qué estás tan contenta hoy.

– ¡Cállate, Remus! – contesta Lily, mientras se cubre las mejillas levemente sonrosadas con las mangas del jersey. – No es por eso.

– Ya, seguro.

– Es que me apetece ir a Hogsmeade con vosotros. No con él. Aunque, bueno, siendo sincera no rechazaría ir con él, tampoco – ríe Lily.

Salen después de comer. No son muchos – principalmente alumnos de tercero y cuarto porque a los más mayores no les resulta demasiado apetecible la idea de pasearse por Hogsmeade con un profesor, y a los de cursos inferiores todavía no se les permite asistir a las excursiones – pero todos están bastante entusiasmados: al fin y al cabo y aunque Hogwarts es un lugar inmenso, no hay demasiado que hacer cuando no hay clases y casi todo el mundo se ha marchado. Remus se reúne con Lily (que finalmente, se ha abrigado un poco más y viste una larga bufanda y un abrigo de color gris) y Mary en el vestíbulo justo antes de que el profesor Jeffrey aparezca y les salude a todos con un enérgico "¡Buenos días, chicos!". Allí también se encuentra Cloud, al que Remus saluda con una sonrisa y un gesto de cabeza, los dos chicos del desayuno, un grupo de cuatro Hufflepuffs que se lanzan bolas de nieve discretamente a espaldas del profesor y una Ravenclaw con el pelo rojo y cayendo en amplios y abundantes tirabuzones a ambos lados de la cara. Tiene los ojos grandes y la sonrisa tímida y las mejillas sonrosadas por el frío; lleva una larga bufanda de color plateado y azul y una sudadera con – o eso cree – referencias a alguna serie de televisión muggle que Remus recuerda vagamente haber visto pero no termina de ubicar, y le acompañan otras dos chicas: una más alta y con el pelo también rizado (aunque no tanto) y una más pequeña y con el pelo corto y liso.

Nieva un poco, pero no lo suficiente como para que impida caminar al aire libre con comodidad. El profesor Jeffrey camina al lado de Remus, Mary y Lily todo el trayecto y resulta ser una compañía realmente agradable. Hace pequeños comentarios sobre lo bonito del clima invernal y cuenta anécdotas sobre el propio pueblo ("vosotros no habéis estado nunca, ¿verdad? ¿sabíais que es el único pueblo íntegramente mágico que queda en Gran Bretaña? Bueno, seguro que vosotros sí porque sois chicos listos, pero os sorprendería la cantidad de gente que no tiene ni idea..."); Remus y Lily se debaten entre admitir que sí, que por supuesto que lo sabían, y hacer que la conversación termine ahí, o mentir y decir que no y que el profesor les considere menos inteligentes de lo que creía pero lograr a cambio unos minutos más de conversación. Al final es Mary la que salva la situación contestando "claro que lo sabemos, profe, pero seguro que puede contarnos algo más sobre Hogsmeade que no hayamos descubierto aún".

Cuando llegan, Mary y Lily se detienen durante un largo rato a observar el paisaje. El pequeño pueblo está formado por unas cuantas casas con los tejados cubiertos de nieve y, principalmente, muchas tiendas con pequeños carteles de colores y tipografía antigua. No paran de comentar entre ellas, asombradas "¿Has visto qué bonito?" "¡Esto es una pasada!" y Remus finge compartir su entusiasmo y sonríe y hace comentarios "vaya, así que esa es la tienda de la que todos hablan, ¡Honeydukes!".

La primera visita es Dervish y Banges, una diminuta tienda que vende y repara artilugios mágicos y que a los chicos les parece una buena opción para comenzar a buscar regalos de Navidad. El dependiente es un señor con un espeso bigote de color negro que lee un libro en el mostrador y les mira por encima de las pequeñas gafas circulares. Comienzan a buscar entre la multiplicidad de objetos extraños, vistosos y diversos de los estantes. Después de que transcurran unos minutos Mary se exaspera y gruñe sobre el hombro de Remus.

– ¿Qué pasa, Mary? – pregunta éste, parcialmente alarmado por el contacto tan cercano.

– Es que…Agh. No pasa nada.

– Pero sí que pasa algo. O sea. No pasa nada si no me lo quieres contar, lo entiendo.

– No es eso. Es que…

– Lo que le pasa a Mary – sonríe Lily – es que no sabe qué comprarle a Sirius por Navidad, ¿a que sí?

– Eres idiota, Lily. Pero, ¡agh!, tienes razón. Remus, tú conoces a Sirius mejor que nadie. ¿Qué le compro?

– Uhmmmmmmm… – se para un momento a pensar. No sabe por qué, pero que Mary piense que él mismo es la persona que mejor conoce a Sirius, en vez de asumir, como sería lógico, que esa persona es James, le ha hecho sentir indescriptiblemente feliz. Aunque es extraño, porque de todos modos no cree que se lo merezca, y desde luego no es él la persona que mejor conoce a Sirius en el mundo – A Sirius le gusta el quidditch, los espías y los detectives (aunque no le guste reconocerlo), las tabletas de chocolate relleno de frutas, las motos, los cómics y las cosas absurdas. Ah. Y también las cosas que hacen ruido. Cualquier tipo de cosa que haga ruido.

– Eh, Mary, mira esto – sugiere Lily, señalando uno de los objetos en las estanterías.

– ¿Un marco de fotos?

– En la etiqueta pone que puedes poner dos fotografías, y las va cambiando mágicamente, una por el día y otra por la noche – explica ella.

– Todavía tenéis las fotos que hicisteis para Estudios Muggles, ¿no? – sugiere Remus.

– ¡Sí! Sí, vale. Sí. Es una idea genial, ¡es perfecto!

A Remus también le cuesta decidirse un largo rato pero al final se decanta por comprarle a Sirius una pequeña guitarra de juguete muggle que, según les explica el dueño, está encantada para que aprenda a tocar, por sí sola, cualquier canción que el dueño desee. Paga por ella cuatro sickles y anota mentalmente que posiblemente se arrepienta de haberlo hecho en el momento en el que se la dé a Sirius y éste haga que aprenda toda la discografía de los Beatles.

Pasan en Honeydukes largo rato, probando helados de sabores, distintos tipos de tabletas de chocolate, comprando piruletas de todos los sabores, simplemente fascinados (en realidad, son Mary y Lily las fascinadas, principalmente, pero no es como si Remus no estuviese contento, también, de poder disfrutar de aquella tienda legalmente por una vez) por la amplia variedad de dulces. Lily compra chocolate de todos los tipos y unos cuantos paquetes de chicles cuyo sabor nunca se termina para enviar a su familia; Mary consigue comprar, sin que nadie se dé cuenta, una caja de bombones rellenos para Remus. Remus compra un gran envoltorio lleno de regalices de colores porque sabe que son el dulce favorito de su abuela.

Pasean por el resto de las tiendas, también: visitan la Casa de las Plumas y Lily compra una bonita bufanda tejida a mano de una sofisticada boutique de ropa. La última parada del recorrido es Zonko, la tienda de artículos de broma. Lily se resiste a entrar en un principio pero Mary se muestra bastante emocionada y termina por convencerla y, cuando salen de allí, los tres admiten que ahora pueden entender por qué a James y Sirius les gusta tanto gastar jugarretas: todo lo que hay dentro de esa tienda parece divertidísimo de usar.

Al final de la tarde, exhaustos, se sientan en un banco en mitad de la plaza principal y hacen recuento.

– A ver. Tengo los regalos para mi hermana y para mis padres… Y el de Sev y los vuestros ya los tenía preparados de antes. He comprado chucherías para Sophie, Sabine y Lucy…

– Yo tengo el de Sirius, el de mis padres, y mi hermano, que me había pedido toneladas de ranas de chocolate. A James le voy a regalar una camiseta de los Chudley Cannons con su nombre y número de jugador en el equipo de Gryffindor en la espalda – sonríe, satisfecha – la profesora McGonagall me ayudó a estampar el diseño con magia.

– Le he pedido a Peter que me haga el favor de comprar el de James, y el de Sirius ya lo tengo, el de Peter también, y el de mi abuela… Sí, creo que están todos.

– Jo – suspira Mary – Ahora no tengo claro si comprarle un regalo a Sirius ha sido buena idea. No quiero que piense nada raro, no sé, ¡no quiero que piense que me preocupo por él más de lo necesario!

– No te preocupes, Mary. No va a pensarlo. Y le va a encantar. ¿A que sí, Remus?

Remus sonríe y asiente con la cabeza.

3. This Boy

pum. Pum. Pumpum. PUM. PUMPUM.

Los golpes repetidos hacen eco en la cabeza de Sirius Black. Tumbado en su colchón se cubre la cara con la almohada, pero eso no evita que alguien al otro lado siga insistiendo con el puño sobre la madera de la puerta. Enfadado, se levanta y la abre para encontrarse a un serio Regulus, vestido de forma ridícula y con el pelo corto arreglado detrás de las orejas.

- ¿Qué quieres?

- Sirius, - levanta el cuello para observar el interior de la habitación y después pone los ojos en blanco -. Madre ha dicho que bajemos a cenar. Ya han llegado los invitados.

- ¿Invitados?

- Nuestros queridos familiares para esta maravillosa velada - Regulus le da un repaso a Sirius -. Me encanta la forma en la que has combinado esos pantalones de pijama muggle llenos de sucias manchas con esa camiseta que dejó de estar de moda hace por lo menos dos lustros.

- ¿Desde cuándo eres una maricona?

- ¿Desde cuándo me tienes tan poco respeto?

- Desde que te has vuelto un repollo idiota - Sirius le coge del cuello y con la palma de la mano le desordena el pelo ignorando las protestas de su hermano pequeño -, ¿va a estar esa tía de madre que no para de echarse gases?

- Es... - Regulus jadea - Es posib... ble.

- ¿Y ese tío que siempre nos da dinero?

- ¿El primo de padre?

- No sé, Reg, el tío que el año pasado dejó caer tranquilamente en mi mano una bolsa llena de cincuenta galeones.

- Sirius, que se murió este verano, ¿no te acuerdas?

- ¡Mierda! - Sirius deja a su hermano tranquilo y gruñe - ¿Entonces este año ya no nos dará dinero?

- ¿Tú qué crees? - Regulus se atusa la levita y suspira antes de marcharse - Si no te vistes ya madre subirá y será todo culpa tuya.

Sirius rebusca en el armario; no tarda mucho en decidirse, porque para él, al contrario que para Regulus, todo ese tipo de eventos no son ocasiones para lucirse. Usa el mismo traje para funerales que para bodas y cenas de Navidad. Ostras, es que en su cabeza son exactamente lo mismo. Sirius vive una existencia de luto en la Mansión de los Black. Mientras se ajusta los pantalones que maldición, rayos se le están quedando pequeños y trata de embutirse en una chaqueta negra, observa la carta de James sobre la mesa. Desde que la recibió no ha parado de pensar ni un milisegundo en la idea de su mejor amigo.

Es la idea más estúpida que ha tenido jamás.

Y es probablemente la mejor idea que haya tenido jamás también.

Cuando se acaba de vestir y abre la puerta, voces suben desde el gran comedor y a cada escalón que baja las náuseas y las ganas de salir corriendo por la entrada principal se acentúan. Se mira en uno de los espejos del corredor que pasa justo delante de la cocina (hay un montón de elfos mugrientos colocando sus manos pequeñas de dedos largos sobre la vajilla buena - en realidad los Black no tienen "vajilla mala", pero esa es la vajilla buena buena. La que dice "somos los mejores y vuestros platos al lado de los nuestros son cuencos de pienso para perros". A Sirius le encantaría poder comer pienso para perros en un tarro de plástico antes que sorber la sopa de manera refinada en esa mierda de vajilla traída de Francia siglos atrás. Porque los Black tienen sangre francesa en las venas. Es una de las cosas que a la señora Black le gusta decir en el tiempo del té "Toujours Pur. Ese es nuestro lema". Sirius no la culpa, de ser tan tonta, claro. Es cosa de la endogamia. Primos casándose entre primos. Hermanos y hermanas compartiendo el catre. De ahí algo tenía que salir mal. Y el mayor problema desde luego que no es la cuestión de los gases de la tía-abuela Black.

Cuando se presenta en el gran comedor, la mesa, larga, infinita, está adornada con velas altas y que humean cierta sensación vomitiva. Su madre y su padre charlan animadamente con un familiar que no conoce, copas en la mano. Regulus está a su lado y la señora Black lo señala con orgullo. Sirius se revuelve en su traje y se aguanta las ganas de sacarse el calzoncillo que maldito sea se le ha metido por la raja del culo.

- Sirius, querido - la señora Black levanta la mano con deje aristocrático. O cierto desprecio. No está muy seguro -, ven, anda.

- Sí, madre.

Regulus le mira sonriente y Sirius se contiene para no partirle la cara. Odia a Regulus. Odia su capacidad camaleónica para no importarle una mierda todo lo que le rodea. Sabe de sobras que odia esas reuniones familiares tanto como él, y sin embargo ahí está: perfecto, aliñado, educado y pidiendo que le reviente las piernas a patadas.

- Este es mi primogénito - el señor Black le coloca una mano en el hombro a Sirius, e inmediatamente el chico se tensa. Frío -. Sirius ha hecho que Gryffindor gane la copa de las Casas por dos años seguidos.

- ¿Gryffindor? - El viejo extraño le observa por encima de las gafas - Ya veo, ya veo... Curioso. Un Black en la casa de Godric.

- Lo importante es que es un ganador. - La señora Black sonríe tensa. Sirius sabe que en realidad quiere gritar que es la vergüenza de la familia, y que si no lo han encerrado en una alacena con su elfo doméstico personal, Kreacher, es porque seguro que alguien le habría echado en falta.

- ¡Por supuesto, querida! - El viejo mira otra vez a Sirius y este gira la cabeza, visiblemente incómodo - Sois como dos gotas de agua, jovencitos.

- En realidad Sirius tiene la mandíbula más grande, señor. - Regulus utiliza su tono de adultos. Manos en la espalda.

- Y no es eso todo lo que tengo más grande, señor.

A pesar de que la habitación está llena de cacatúas intercambiando impresiones estúpidas y risas absurdas, de repente, el silencio se puede casi tocar. La señora Black tose con los labios pintados tras su copa de cristal, Regulus baja la cabeza y Sirius juraría que está aguantándose la risa, pero no puede asegurarlo porque lo único que le importa es la mano gigantesca que se crispa sobre su hombro.

- A nuestro Sirius le gustan mucho las bromas - dice el señor Black. A Sirius le sorprende su capacidad para mantener las formas.

- ¡Oh! - El viejo ríe desde el fondo de su garganta - Eso está bien. No hay ninguna razón para no divertirnos de vez en cuando. He escuchado que los dos estáis en los equipos de quidditch, ¡qué maravilla de familia, qué maravilla!

Sirius respira tranquilo y celebra, baila la danza de la victoria que le ha permitido no morir a manos de sus despiadados progenitores. Hasta para él, ese comentario ha sido demasiado. Se ha sorprendido a sí mismo. Igual las cosas que antes importaban están dejando de hacerlo. Puede que ya no quiera guardar las apariencias nunca más. Puede que sea hora de coger el petate y marcharse.

Cuando el hombre les deja a solas el señor Black se inclina para mirarle directamente a los ojos.

- Sirius, mientras vivas en esta casa obedecerás mis normas - no hay cambio de tono, no es su madre gritando, y sin embargo Sirius traga saliva -, así que espero que no vuelvas a dejarme en evidencia.

- No, señor.

- Así me gusta - y sonríe mientras coge a su querida mujer del brazo y juntos se acercan a una pareja de primos hermanos que decidieron consumar su amor años atrás.

Sirius se mete las manos en los bolsillos y escucha su tripa rugir.

- ¿Tienes hambre, hermanito? - Regulus le habla al oído con sonrisa pícara.

- Déjame, imbécil.

- Admite que esa ha sido pasarse - el pequeño de los Black le tiende un palillo en el que hay un trozo de pollo rebozado -, ¿quieres?

- ¿Lo has envenenado? - Los dos se sientan en uno de los bancos de rejilla, decorados con patas de serpientes que adornan el comedor. Esperando a que se sirva la cena.

- Este no.

- ¿Este no?

- Aquí hay gente muy mayor que tiene nuestros nombres en su testamento, Sirius - lo dice impasible -. No creo que nadie se dé cuenta.

- A veces, hermanito, me das miedo.

- Feliz Navidad, Sirius - y se miran una vez más antes de que una de sus primas de un par de años más intente convencerles a los dos de hacer algo que suena como ménage à trois.

4. It Won't Be Long

Peter baja corriendo la calle principal; tiene las manos ocupadas con bolsas de papel llenas de comida y a cada paso que da teme tirarlo todo y que su madre le entierre vivo en el jardín. La señora Pettigrew le da mucha importancia a la comida de Navidad, a los adornos y a los villancicos. Tal vez sea porque es la única época del año en la que su hermana y su familia les visitan, o a lo mejor es porque le gusta demasiado ponche de huevo y se le sube un poco a la cabeza. Peter no está demasiado seguro.

Cuando entra en la casa está sonando pero mira cómo beben los peces en el río y su padre intenta desatascar el cajón del mueblecito que tienen en la entrada. "Hola, papá", dice mientras pasa a la cocina y deja las bolsas sobre la mesa.

- ¿Has comprado todo? - Dice la señora Pettigrew mientras saca un par de botellas de leche y un sobre de levadura.

- Creo que sí - asiente Peter -, ¿puedo irme ya?

- ¡Vete, vete! Pero ya eres mayor, Peter - le regaña -. Tendrías que ayudar a tu madre en la cocina.

- O podríamos comprar un elfo doméstico y...

- ¡Y si su señoría quiere también le podría coser las sábanas con hilo de oro y llevarle el desayuno a la cama en bandejas de plata!

Peter no contesta y sale de allí; está seguro de que las sábanas de James y Sirius están bordadas en oro. Y está también muy seguro de que tendrán elfos domésticos. Muchos. Bueno, James dijo que ya no tenían. ¿Cómo se las arreglarán para hacer las cosas? Porque no veo a James el tipo de hijo que ayuda en la cocina. O tal vez sí. Si James ayuda en la cocina yo también debería hacerlo.

Piensa en sus amigos porque tiene en su habitación en una caja de cartón los regalos sin desembalar que le han mandado por Navidad. Su madre decidió que primero tenía que hacer las tareas antes de abrirlos así que además de la sorpresa del interior de los paquetes, entre los papeles se encuentra su propio entusiasmo un tanto encerrado. Se sienta en el suelo y coge primero el de Remus, que se trata de una carta:

¡Feliz Navidad, Peter!:

Espero que estés disfrutando, ¿estás pasando las fiestas con tus primos no? Te escribo para pedirte un favor. Como estoy en Hogwarts y no tengo muchas oportunidades para poder comprar los regalos de Navidad, necesito que me compres una cosa para James. Iba a pedírselo a Sirius, pero es que tengo miedo de que no sepa lo que es y se me presente con otra cosa completamente distinta el día que volváis. Es muy sencillo, te he dejado en el sobre un recorte de revista con lo que quiero exactamente para que no te puedas equivocar.

Muchísimas gracias y espero que todo vaya muy bien:

Remus

Deja la carta a un lado y mira el recorte. No está seguro de si a James le va a gustar eso, pero es Remus, y Remus siempre acierta con todos sus regalos, así que tendrá que hacerle caso. El siguiente que coge es el de Sirius, que con una nota en la que pone "FELICES FIESTAS, PETE" le ha comprado un par de vinilos de los Who y de alguna forma se está convirtiendo en una tradición que a Peter le hace especial ilusión.

El último en abrir es el de James. Es grande y acompañado de una tarjeta escrita con letra irregular.

Sirius me dijo que te pilló un día probándote mi camiseta negra. Y te digo mi camiseta negra porque es la única que tengo, así que supongo que este regalo te gustará. No es mi camiseta, (evidentemente), pero creo que está guay. Te habría mandado también parte del pastel de carne de mi madre pero McCartney es una glotona y te habrían llegado restos. O se habría perdido por el camino. O se habría puesto malo. No sé, ¡Feliz Navidad, tío!

James P.

Los ojos de Peter brillan cuando desenvuelve el paquete y se encuentra con una camiseta negra entre las manos, adornada con el dibujo de un Galés Verde que brilla dependiendo del estado de ánimo del portador. James le ha comprado una camiseta igual que la suya. No podría haber regalo más perfecto.

Esa noche, con primos Pettigrew a ambos lados, estofado de carne y su camiseta nueva, Peter es más feliz que una perdiz.

5. All I've Got to Do

Las Navidades de 1973, Regulus Black decidió que era demasiado mayor para recibir regalos. El nuevo buscador de Slytherin no podía, bajo ninguna circunstancia, ser obsequiado con juguetes ni el tradicional peluche que sus padres se aseguraban de envolver con cuidado todos los años. Así que ese año, durante la comida del día 24, Regulus sentencia que no va a aceptar ningún tipo de presente que no sean galeones de oro para poder comprarse lo que él quiera.

Las Navidades de 1973, y después de unos largos días de difícil convivencia con sus padres y reprimendas a todas horas, Sirius Black asumió que aquel año iba a tener incluso menos regalos que los anteriores. Posiblemente, ninguno.

Colgaron sus respectivos calcetines sobre la chimenea la noche anterior al 25 de Diciembre, de todos modos.

Porque sí. Porque es una tradición y casi resulta raro no hacerlo. Lo llevan cumpliendo religiosamente desde que tienen uso de razón y aunque ya tengan catorce y trece años y aunque sea una costumbre un tanto ridícula, parecería muy extraño no hacerlo.

A la mañana siguiente, Regulus se levanta antes que Sirius. Caminando de puntillas por los pasillos de la Mansión Black y fingiendo impasibilidad y ocultando todo entusiasmo, se acerca a inspeccionar el contenido de los calcetines.

Cuarenta galeones en el suyo. Veinte en el de Sirius. Vuelve a contar las monedas otra vez, por si acaso, con el mismo resultado.

Así que retira diez monedas de su calcetín y las mete en el de su hermano. Después se marcha de la habitación, procurando que nadie le vea. Cuando, casi una hora más tarde, Sirius se despierte y se disponga a comprobar la chimenea, volverá a acercarse junto a él. "Treinta galeones para cada uno, Sirius", dirá él, disfrazando una sonrisa inocente. "¡Hostia! ¿En serio? ¡Treinta jodidos galeones!" reirá Sirius, y se apresurará a metérselos en el bolsillo. "Esto sí que son unas Navidades."

Las lechuzas procedentes de sus respectivos amigos de Hogwarts llegan al mediodía. Regulus recibe regalos de varios chicos y unas cuantas chicas de su casa; Sirius tiene paquetes de parte de Peter y quizás de James y una lechuza nueva y de color pardo que Regulus no identifica también está posada en el alféizar de la ventana.

Además de sus amigos, al único al que le permite regalarle algo por Navidad es a Sirius.

Intercambian los envoltorios antes de la cena. Eso es también una especie de tradición. Alrededor de las siete y media Sirius se asoma a la puerta del cuarto de su hermano y murmura "tengo algo para ti, Reg."

– Yo también tengo algo para ti, Sirius. – contesta él.

Se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, y colocan los respectivos paquetes delante. El de Sirius es rectangular y alargado y está envuelto – bastante descuidadamente – con papel plateado y cinta de color rojo. El de Regulus es cuadrado. Papel azul con franjas más oscuras de color negro.

– ¡Feliz Navidad! – exclaman, ambos a la vez.

Sirius lo abre primero. Su hermano menor le ha comprado tres vinilos: Meet the Beatles!, Piano Man de Billy Joel, y el recientemente estrenado Aladdin Sane, de David Bowie. Además, una camiseta negra con el logo de los Beatles, de nuevo, estampado en color celeste.

– Wow. O sea. Wow. Pero. ¿¡Cómo has sabido que…!? Joder, Reg, eres cojonudo, es genial, en serio – sonríe ampliamente. Sincero y casi inocente, como Sirius sonríe rara vez. Después le abraza. No es un abrazo demasiado largo ni demasiado fuerte, pero sin duda es intenso, y Regulus jamás reconocería que le resulta agradable – ¡Muchas gracias, tío!

Después le toca el turno a él. Rasga el papel con cuidado. Dentro de él hay una caja y cuando destapa la caja, una bufanda.

Una bufanda de Gryffindor.

Durante un segundo no se lo cree. Tiene que haberse equivocado o algo así. Sirius es un pozo oscuro e inagotable de malas intenciones en muchas ocasiones pero nunca llegó a pensar que se volvería contra él de aquel modo. Sirius no puede ocultar la satisfacción en su mirada por haber logrado engañarle y a Regulus le arde la boca de rabia.

– PERO, ¿¡CÓMO TE ATREVES!? SERÁS DESGRACIADO…

– Qué pasa, hermanito, ¿no te gusta tu nueva bufanda de la mejor casa de todo Hogwarts? Llévala con cuidado, ¿eh?, no sea que se te rompa.

– Te voy a…

Se abalanza sobre él. Le empuja. En un combate cuerpo a cuerpo, Regulus es completamente consciente de que tiene las de perder contra su hermano, que es más corpulento, pero él es más hábil y trata con todas sus fuerzas de echarle de su habitación. Casi lo ha conseguido cuando Sirius dice:

– Eh, eh, tranquilo, colega. Que era broma.

Y saca otro paquete del bolsillo trasero del pantalón, esta vez más pequeño pero envuelto con el mismo papel (y con el mismo descuido) y se lo extiende a Regulus, que lo recoge con cuidado, casi con desconfianza.

– ¿Qué es esto? – pregunta.

– Tu regalo de verdad, pero no vas a saber nunca qué hay dentro si no lo abres.

– No sé si fiarme.

– Tú sabrás, hermanito, tú sabrás. ¿Te atreves? ¿O te da miedo?

– Claro que me atrevo.

Y, por supuesto, se atreve. Lo desenvuelve rápido. Abre la pequeña cajita.

Es un colgante. Un colgante con una pequeña snitch dorada.

Pero no es un colgante con una snitch dorada cualquiera porque Regulus hubiera jurado que la diminuta pelotita de metal vibra y tiene vida y mueve un poquito las alas de vez en cuando, como las snitches de verdad. Abre mucho los ojos. Sonríe. Es un regalo fantástico.

– Que sepas que llevo planeando regalarte eso desde hace mucho porque sabía que ibas a conseguir ese puesto de buscador.

– ¿En serio?

– En serio.

– Es un regalo increíble, Sirius. Muchísimas gracias, hermano.

Sirius no contesta pero le pasa una mano por el hombro en un gesto cariñoso y le indica a su hermano el camino hasta su habitación. Una vez allí, se sientan: Sirius en el suelo, Regulus sobre la cama, y escuchan los nuevos vinilos. La música fluye y ellos permanecen en silencio un rato, solo ocasionalmente interrumpido por Sirius tarareando en voz baja las canciones que más o menos ya se sabe por haberlas escuchado en la radio, hasta que éste dice:

– Oye, hermanito.

– Dime.

– Que me devuelvas la bufanda, que es la mía, y la necesito.

– No me da la gana.

6. All My Loving

Peter está ya tan acostumbrado a las tiendas del mundo mágico que los centros comerciales muggles le desconciertan y le imponen un poco. Decenas y decenas de tiendas con luces eléctricas brillantes y puertas automáticas que se abren sin necesidad de usar la varita. Le cuesta un rato encontrar la que necesita; le cuesta todavía más rato reunir el valor para entrar y preguntarle a la dependienta lo que busca. Nunca antes había ido a comprar solo, de aquella manera, y aunque es emocionante y se siente satisfecho por lograr valerse por sí mismo y sin ayuda de nadie, es un poco inquietante caminar entre la multitud sin estar demasiado seguro de dónde ir.

Finalmente deposita unas cuantas libras sobre el mostrador. La mujer las coge y le devuelve el cambio con una sonrisa. Incluso se ha molestado en envolver el paquete en papel plateado con un lazo rojo y una pegatina que dice "¡felices fiestas!". Peter sonríe, también.

Espero que sea esto lo que Remus quería que comprase.