Meet the marauders! (CARA B)
1. Don't Bother Me
– Que no.
– ¿¡Cómo que no!? Claro que sí, Remus, y no se hable más.
– No lo sé. No lo creo, Lily.
– ¿Tienes ojos en la cara?
– Sería extraño si los tuviese en otro sitio.
– ¿Intentas disimular que no te habías dado cuenta haciendo chistes malos?
– No es que no me hubiera dado cuenta.
– Eres más cabezota que Potter.
Voces apagadas en lo alto de la torre de Gryffindor. Tres butacas colocadas alrededor de la chimenea, que crepita despacio. Cojines y mantas y susurros debajo de ellas. Ya es tarde y casi todo el mundo está durmiendo pero son vacaciones y los jefes de casa han suprimido temporalmente el toque de queda en las Salas Comunes y a Remus, Lily y Mary no les apetece dormir. Durante la mayor parte de las Navidades han estado deseando que el tiempo pase rápido para volver a ver al resto de sus amigos pero pasado Año Nuevo el regreso a la rutina ya no parece tan agradable por todo lo que implica: clases y deberes y trabajos y despertarse pronto e ir a dormir temprano. Así que y desde hace ya un par de días, se han encargado de estirar las últimas noches no lectivas todo lo que pueden, evitando marcharse cada uno a su habitación hasta que los párpados les pesan demasiado como para lograr continuar despiertos.
– Deberíamos irnos a dormir ya. Mary se está durmiendo encima del sofá – ríe Remus.
– No est… rmiendo…
– ¡Si ni siquiera puedes abrir los ojos! – corrobora Lily.
– ¡Que no! – Mary se incorpora y se frota los párpados semicerrados – Estoy despierta, ¿ves?
– Seguro que no te has enterado de la mitad de la conversación.
– Pues claro que sí, Lily.
– ¿De qué hablábamos?
– Pues – Mary cruza los brazos sobre las piernas – tú estabas diciendo que Mr. Sexy es gay y Remus estaba diciendo que no lo es.
– ¿Y tú qué opinas? – pregunta éste último.
Mary tarda unos segundos en contestar; finge estar pensativa con una mueca exagerada.
– Yooo creeeeo queeee… – Remus y Lily la miran atentamente – Que evidentemente Mr. Sexy es gay y el único motivo por el que Remus no es capaz de darse cuenta es porque es un chico y los chicos no saben nada de nada de esas cosas.
– ¿Ves? ¡Te lo he dicho!
– Eso no es justo. No tiene que ver con que soy un chico. Sé reconocer a alguien homosexual cuando lo veo, gracias.
– ¿Cuántos homosexuales has visto en tu vida, Remus Lupin?
– Eso no importa, Mary MacDonald.
– Si te sirve, yo preferiría no darme cuenta – suspira ella – es tan guapo… Y tan, tan inalcanzable…
– Pero no solo porque seguro que le gustan los chicos, Mary – ríe Lily – es que te saca unos veinte años o algo así.
– ¡¿Veinte?! ¿¡Tantos!? No puede ser, ¡no me lo trago! Es imposible.
– ¿Cuántos creías que tenía? – pregunta Remus.
– No sé. Veinte, o por ahí.
– ¿Cómo va a tener veinte años? Algunos alumnos de séptimo tienen veinte años, Mary.
– Pero esos serán muy tontos y habrán repetido muchas veces.
– ¿Os habéis fijado en la media de edad del resto de profesores? Tiene que tener treinta por lo menos. A lo mejor cuarenta – insiste Remus.
– Aun así sería muy joven. Tuvo que haber sido un alumno brillante…
– ¡Que no, Lily! Es demasiado guapo para que tenga treinta años y además, no quiero que me parezca guapo un viejo…
– ¡Viejo sería si tuviese setenta o algo así! Treinta está bien.
– Usa colonia de chico joven. Huele parecido a la vainilla, o a canela. – puntualiza Remus.
– ¿Te fijas en su colonia y no te fijas en… lo obvio? – ríe Mary.
Remus niega con la cabeza.
– No entiendo por qué es "obvio". ¿Porque va bien arreglado y huele aún mejor y porque lleva el pelo largo y tiene pinta de que le guste la poesía o escuchar a Mozart o algo parecido?
– Sí – contestan las dos chicas al unísono.
– ¡Pero eso no tiene nada que ver! Con la personalidad… Ni con nada parecido. Solo porque sea amable y dulce y lleve el pelo recogido con una cinta… No deberíais juzgar a la gente por eso.
– Bueno – dice Lily, y de repente parece más seria y más adulta que hace tan solo unos minutos – quizás tienes razón, pero, de todos modos… ¿Sabes que no cambiaría nada si lo fuese, verdad?
– ¿No cambiaría nada?
– Que seguiría siendo un profesor estupendo. Y seguiría siendo guapo.
– Claro que lo sé, Lily.
2. Little Child
A James a veces su casa se le queda pequeña. Sabe de sobras que si se lo dijera a cualquiera le llamaría pretencioso y le darían una charla sobre "todas esas cosas que tú tienes porque eres afortunado pero los demás no". No es cuestión de espacio; al contrario, a veces las habitaciones vacías y los pasillos largos se le quedan demasiado grandes. De pequeño volaba en escoba y la sensación era increíble, cuando creció un poco más se dedicó a mover las manos desde una punta de la habitación a la otra para comprobar si eso de la "magia" funcionaba siempre que él quería. Ahora mismo esa casa es aburrida, es grande, huele a eso que huelen las casas en las que no vive nadie. "Invita a algún amigo y podemos jugar a algo", le dice su madre cada vez que se queja. Pero es que lo que la señora Potter no entiende es que James no tiene amigos. Al menos no tiene amigos allí. En los últimos días ha cogido la costumbre de envolverse en una gruesa bufanda y subir a la terraza a sentarse allí, con los copos de nieve cayendo sobre su pelo negro. Nadie le molesta, su madre nunca jamás sube las escaleras que llevan allí y desde luego su padre todavía menos. Así que, de una forma u otra es un lugar para él solo, para disfrutarlo; pero por algún motivo eso no consigue animarle en absoluto.
Es la primera Navidad en la que realmente no se siente parte de la fiesta; sí, ha cenado pavo varios días, se ha llenado las mejillas de pastel de chocolate y los regalos no le han faltado. Pero algo es diferente. Es el olor. Es el "tengo ya 14 años y esto está empezando a no tener gracia" o "tengo ya 14 años y preferiría pasar el tiempo con mis amigos en vez de con mis padres". Y eso le hace sentirse mal. Muy mal. Porque la señora Potter sonríe cada vez que la ve, y James quiere a su madre como la que más, y a veces cuando se cruzan por el pasillo y ella le abraza sin motivo alguno, no deja de pensar que cada abrazo que le da es un paso más hacia el último. No es algo de lo que hable con nadie, ni con Sirius, ni siquiera con Remus. No es un secreto que sus padres son mayores, más de lo que deberían; y no es algo que le preocupase cuando no tenía dos dedos de frente y jugaba a ser campeón de la Liga de Quidditch. Pero ahora... Es diferente. Y es todavía más diferente desde que escuchó "la conversación".
- No es una cuestión de dinero, querido - su madre estaba sentada en el sofá, en el salón, manos sobre el regazo -, ¿por qué no lo dejas ya? El Ministerio podrá arreglárselas sin ti.
- No lo entiendes Dorea, con las cosas que están pasando no puedo marcharme. El ministro está hasta el cuello de problemas - su padre frunció el ceño -, cada vez hay más registros de desaparecidos que nadie encuentra. Que se desvanecen. No hay cuerpos. Y luego están los asesinatos a muggles... En esos casos sí que encontramos cuerpos, y querida, desearía que no fuera así.
- ¿Tan terrible es? ¿Tan terrible es que no puedes pasar más tiempo con tu mujer? La casa es grande Charlus, y sin James aquí me siento muy sola.
- ¿Y qué quieres que haga? ¡Es por James que hago esto! Para que tenga un futuro - y se cogieron de las manos - Si no detenemos esto James lo pasará mal. No le hemos educado para vivir en otros valores distintos a los que él entiende... Y cuando no estemos... Somos... Somos traidores a la sangre, querida.
- ¡Cómo dices esas cosas!
- Porque para ellos es verdad y...
- No es verdad - la madre de James bajó la cabeza -. James tiene las ideas que tiene que tener, y no me digas que he condenado a mi hijo por educarle como lo he hecho, Charlus Potter. Mi hijo será un buen hombre, y espero que nunca jamás tenga que empuñar la varita contra nadie. No me asustes, por favor.
- ¿Y cómo sabes eso? Tampoco sabes si estarás ahí para protegerle.
Y ahí James dejó de escuchar. Y ahora no deja de repetir la conversación en su cabeza. Pureza de sangre. Traidores a la sangre. Últimamente El Profeta no se corta un pelo en utilizar todos esos términos. Puede que por primera vez desde que todo aquello empezó, desde que la primera desaparición extraña ocupó una portada, sienta de verdad que las cosas están cambiando. Se mira las manos, y luego coge la varita y le da un par de vueltas entre los dedos. Piensa en Sirius, que alardea constantemente de odiar a toda la dinastía Black "y su puñetera manía de darle importancia a las cosas que no la tienen", piensa en Remus, un hombre lobo de sangre mestiza y en Peter, hijo de un muggle. Lily Evans y la palabra sangresucia le duelen en el corazón y por último un escalofrío le recorre la espalda al pensar en Mary. Parece que todas las personas que le importan estarían en problemas si lo que dice su padre es verdad. La varita sigue girando entre sus dedos mientras observa los tejados de las casas.
"Ese idiota de Lucius Malfoy y el imbécil de Snape ya hablaron de esto", piensa. Por lo menos ellos no saben hacer ni la o con un canuto. Por un instante se pregunta qué haría, qué decisiones tomaría si por algún casual estallase una guerra. Él no tendría mucho que perder personalmente a no ser que se decantase por un bando. Pero los demás... Apoya la mejilla en la barandilla, fría, casi helada y deja que se le duerma; tiene muy claro de qué lado se pondría si algo malo pasase.
Pues sí que estamos jodidos.
3. Till There Was You
La mañana de Navidad, Mary se despierta con el pelo oscuro en la cara; mechones haciéndole cosquillas en la nariz y un hilillo de baba en la comisura de los labios. No recuerda muy bien qué clase de sueño estaba teniendo, pero está segura de que era uno bastante guay.
- ¡Mary!
Gruñe y se da la vuelta, sintiendo un peso muerto sobre las rodillas, y luego dos manos que la zarandean por los hombros. No necesita ser adivina para saber que se trata de Lily Evans, con la que lleva compartiendo dormitorio desde que empezasen las vacaciones unos cuantos días atrás; así que, se da la vuelta y sonríe somnolienta.
Lily lleva un pijama de pantalón verde escarlata y el pelo rojo recogido en un moño enredado en lo alto de la cabeza. Mary se sorprende con qué facilidad tiene un aspecto de revista y cómo ella ahora mismo tiene que parecer salida de una pelea de leones.
- ¡Es Navidad, Mary! - Y salta hasta el suelo con los ojos brillantes - ¡Me encanta la Navidad!
- ¿Navidad? - Mary se incorpora - ¡NAVIDAD!
Se levanta casi a la carrera y abre la puerta, cogiendo a Lily de la mano para bajar las escaleras hasta la Sala Común. Allí, una música de jazz envuelve la habitación, iluminada por el fuego encendido y la luz tenue que las nubes grises permiten filtrarse por la ventana. Cuando las dos chicas bajan Remus Lupin y Cloud Landon están sentados en la alfombra, también en pijama y comiendo algo de una bandeja. Los dos chicos ríen sobre algo y únicamente cuando las ven entrar al galope se percatan de su presencia.
- ¿HA VENIDO SANTA CLAUS? - Bromea Mary observando el montón de paquetes envueltos que hay bajo el árbol.
- Santa Claus no lo sé, pero algunas lechuzas sí que se han pasado esta mañana - Remus le tiene lo que parece una galleta de jengibre y Mary la introduce en la boca.
- ¿No ha bajado nadie más todavía? - Lily echa un vistazo a los paquetes.
- Tampoco es que estemos muchos, pero parece que se les han pegado las sábanas - Cloud coge una carta y la mueve entre los dedos -. Yo voy a abrir esto. Es de mi madre.
- ¿Desde dónde la manda? - Remus se acerca a él y mira por encima de su hombro. Cloud le sonríe y da la vuelta para mirar el remitente - ¡Merlín! Desde Las Bahamas.
- ¿Las Bahamas? - Mary rebusca hasta que encuentra un paquete en el que pone su nombre - ¿Eso dónde está?
- En el Océano Atlántico - explica Remus.
Océano Atlántico suena lo suficientemente largo como para ser un sitio muy lejano. Los cuatro chicos arramplan cada uno con sus paquetes, y en un par de minutos todo es sonido de rasgar papel y exclamaciones de sorpresa. Remus tiene un regalo de su abuela; un jersey de color azul celeste que Cloud halaga con sinceridad. El paquete de James y Sirius no ha llegado todavía (no por nada acordaron darse los regalos a la vuelta de vacaciones) pero los dos chicos se han molestado en mandarle pequeños detalles: James una tarjeta de felicitación y unas galletas hechas por su madre "buenísimas, Remus" y Sirius un papel en el que pone "felicidades, lobito. No aúlles muy fuerte o despertarás a las mujeres". Remus pone los ojos en blanco pero lo guarda en el bolsillo del pijama para que nadie pueda encontrarlo. El otro paquete es de Peter y por la forma no tiene que indagar mucho para darse cuenta de que es un libro.
¡Feliz Navidad, Remus!
Mi padre me leía esto cuando era pequeño casi todas las noches (creo que es una de las razones por las que le tengo miedo a muchas cosas pero supongo que a ti eso no te pasará) así que espero que te guste.
Un abrazo:
Peter.
Remus mira el título "El Hobbit" y sonríe, porque sin duda alguna Peter no se ha equivocado.
Lily ya está envuelta en un grueso jersey cortesía de su abuela y Mary le coge una de las tarjetas para leerla en voz alta.
- QUE TE GUSTE NUESTRO REGALO, BOMBÓN - se ríe -. TE ECHAMOS DE MENOS Y ESPERAMOS QUE TE LO ESTÉS PASANDO BIEN. FELIZ NAVIDAD; LILLIAN. OHHHHHHHHHHHH, ¡NO ME ACORDABA DE QUE TE LLAMAS LILLIAN!
- ¡Mary! - Lily se sonroja y la reprende - No deberías reírte cuando tu nombre de verdad es Maria.
- ¡Calla! - Mary le pone un dedo en los labios y luego coge un paquetito pequeño en el que no reconoce la letra, pero que le suena extrañamente. En el interior hay una...
- ¿Qué es, Mary? - Lily la observa con curiosidad.
- Es una nuez.
- ¿Una nuez? - Remus frunce el ceño y coge la tarjeta en la que pone "Feliz Navidad! - ¿En qué está pensando Sirius?
- ¿Sirius? - Mary pone los ojos como platos - ¿Esto es de Sirius?
- Es su letra - se encoge de hombros el otro -, ¿por qué no la abres?
- Es que me da miedo.
- A mí también me daría miedo - asiente Lily.
- No tiene capacidad para haber metido ahí nada que te haga daño - la tranquiliza Remus -. Estoy yo aquí, y sin mi ayuda no son tan ingeniosos.
- Remus, por favor - Lily le mira entre divertida y molesta -. Nos gusta pensar que eres diferente a ellos, ¿te acuerdas?
- Sí, sí.
Mary traga saliva y con un ojo entrecerrado abre la nuez. En su interior hay un diminuto juguete que mueve las patas en el aire. Se echa a reír inconscientemente y con cuidado lo deja a un lado. En su cabeza parece que suena la voz de Sirius diciendo "no sé, MacDonald, me pareció gracioso. Estas cosas os gustan a las tías, ¿no? Animales adorables y todo eso". El siguiente regalo tiene una letra que no confundiría ni aunque le vendaran los ojos (bueno, así sí, claro), y antes de coger con cuidado el sobre, mira a izquierda y derecha, observando cómo sus amigos ya no centran su atención en ella. Con media sonrisa lee la carta de James.
Mary.
FELIZ NAVIDAD. Estarás disfrutando, espero. ¿Es demasiado para ti tener a Lily por ahí rondando todo el día? Porque a mí me daría un infarto. O dos. Múltiples infartos. Por lo menos sé que también tendrás a Remus para calmar la presencia angelical de Lily (que no te digo que Remus sea feo. Que de hecho a mí me parece más guapo que Sirius. Más guapo que yo evidentemente no, pero claro, eso tú ya lo sabes, Mary; que no hay nadie más guapo que yo). Es probable que te haya hecho el mejor regalo de Navidad del mundo y por lo tanto no sé qué leches voy a hacer al año que viene, o el día de tu cumpleaños. Tendré que comprarte una licencia para volar en escoba a pesar de que nunca te va a dar la gana de subirte a una. O tal vez te regale lo que todas las chicas desean de mí. Sí, justo lo que estás pensando Mary MacDonald; iré a casa de tu padre a pedir tu mano, como en las películas. Luego nos casamos. Mucha fiesta y whiskey de fuego e invitamos a Lily y Sirius para que tengan envidia. Sí, a Lily y Sirius.
Más vale que te prepares porque en cuanto vuelva de aquí tengo que cumplir una promesa, y ya sabes que James Potter siempre cumple lo que te promete. Va a ser la mejor noche de tu vida, Mary. ¡La mejor!
Oh. El regalo está dentro del sobre; no es como si te hubiera comprado un hipogrifo (todavía).
James
Todavía con la sonrisa grabada en las mejillas y dedos temblorosos, la chica da la vuelta al sobre y del interior cae un pequeño colgante que brilla en la palma de su mano. No me lo puedo creer.
- Pero será idiota...
- ¡Qué bonito! - Lily mira la pequeña snitch con alas que se mueven en el aire - ¿De quién es?
- De... De James.
- Uh - Lily duda pero luego extiende la mano hacia ella -, ¿quieres que te lo ponga?
- Ese Potter es un ligón - Cloud apoya la espalda en uno de los sofás, con un kit de plumas nuevo en el regazo -, tendré que aprender un poco de él.
- OH, NO - Remus levanta las manos alarmado -, con un James Potter en el mundo hay más que suficiente. Merlín nos libre.
Mary no podría estar más de acuerdo con Remus. Hay algo de mágico en esa habitación cuando ríen y acaban con las galletas. El resto del día la chica pasea por los corredores del castillo saludando cordialmente a los retratos. Mary MacDonald juguetea con la snitch que cuelga de su cuello y sonríe. En el tercer piso hay un cuadro de un paisaje que siempre fue su favorito desde que lo vio por primera vez. Es de noche y hay muchas estrellas, y todas y cada una de ellas son diferentes. A Mary le gusta pensar que cada persona en el mundo es una estrella. Esa noche, con la mariquita de Sirius en la mesilla moviendo las patas en el aire y los dedos alrededor del colgante, Mary sueña con poder contemplar las estrellas de verdad y maldición, volar hasta ellas sin tener miedo de caer.
4. Hold Me Tight
La mañana del 30 de diciembre de 1973, Sirius Black no se molesta en quitarse el pijama. Tampoco lleva calcetines, porque le gusta sentir el frío en los dedos cuando camina por los pasillos ahora un poco iluminados por la luz apagada del centro de Londres. Acaricia la barandilla plateada cuando baja la gran escalera que da paso a la entrada de la mansión. Suelo resbaladizo y brillante, pulido con el trabajo de los elfos domésticos. A veces se pregunta cuándo duermen las pobres criaturas. A ver, tampoco hay que pensar que a Sirius le importan aunque sea un poco esos estúpidos andrajosos que le lamen el culo a su madre, pero no es un ser humano frío como el hielo; entiende que los seres vivos tienen que descansar. Eso le lleva a plantearse si realmente los elfos domésticos serán seres vivos o no. En ese instante una elfina de orejas aplastadas se disculpa al pisarle con uno de sus gigantescos pies. Lleva una bandeja de plata en las manos temblorosas. Sirius la sigue de camino al comedor y cuando entra da un par de golpes en la puerta. La habitación está vacía; todavía hay restos de copas a medio beber que los elfos tendrán que limpiar antes de que la señora Black despierte y monte en cólera.
La única persona que está allí es su hermano pequeño; y por raro que parezca es agradable ver a Regulus sin el uniforme del colegio o esas túnicas de mago viejo que ha perdido las ganas de vivir. El pequeño de los Black ni siquiera se ha peinado, y es cierto que así, con una camisa de pijama, ropa interior y sin la raya en medio, Regulus se parece bastante a Sirius. Pero claro, eso no es algo que Sirius vaya a admitir nunca jamás. El chico está sentado en una de las sillas, piernas cruzadas y un plato en el regazo lleno de tostadas recién hechas.
- ¿A qué puñetera hora te has levantado? - Le gruñe Sirius ocupando la silla contigua y dejándose caer sobre la mesa en la que humea una taza de café.
- No sé, ¿hace media hora? - Contesta el otro - Tenía que mandar unas cartas.
- ¿Cuántas lechuzas has utilizado?
- Dos o tres - se encoge de hombros -, espero que no te importe.
- No, yo con Lennon me basto y me sobro - Sirius alarga el brazo para coger una de las tostadas y Regulus aparta el plato con un gesto brusco -, ¡oh, vamos!
- Pídete tú las que quieras.
- Es que a mí los elfos no me hacen caso.
- Porque les tratas mal, y les insultas, y les pegas patadas.
- Madre también lo hace.
- Ya, pero ella es Madre y tú eres tú.
Son cinco segundos los que tarda Regulus en sucumbir a los ojos de cachorro de Sirius y lanzarle una de las tostadas, con mermelada de ciruelas verdes.
- ¿Y a quién le has mandado esas estúpidas cartas?
- Primero, no son estúpidas - coge aire -, a mis amigos.
- ¿Al asqueroso de Mulciber? - Sirius gruñe - No me gusta ese tipo. Pero nada de nada. Me da en la nariz que es peor persona que yo. Y mira que yo soy mala persona.
- Tus amigos tampoco me gustan y no te digo nada. Además no se la he mandado a Mulciber - explica -. He necesitado dos lechuzas para mandarle un paquete a Rabastan.
- ¿Rabastan? - Sirius pone los ojos en blanco - Por favor, Reg... Ya sabes lo que dicen: "júntate con un Lestrange y te saldrán granos en el culo".
- Nadie dice eso.
- Bueno, pero lo digo yo y eso es más que suficiente.
Podrían haber seguido con la conversación eternamente, hasta el fin de sus días, pero un golpe en la puerta hace que los dos hermanos se sobresalten. Al instante Regulus se levanta y adquiere una postura tan rígida que parece que le han dado una descarga eléctrica. Sólo hay una persona que hace reaccionar a su hermano pequeño de esa forma, así que Sirius se da la vuelta lentamente y con cuidado observa cómo el señor Black, vestido con su levita de trabajo y zapatos brillantes entra en el comedor seguido de su esposa.
La verdad es que si Sirius tiene muy claro que su padre podría aparecer en uno de esos libros de cuentos muggles en los que se habla de El Coco. Todo el mundo sabe que El Coco no existe en realidad. Pero da igual.
- Estos elfos no valen para nada - la señora Black mira con desagrado una servilleta manchada de carmín.
- Sirius - el señor Black se acerca a su hijo mayor y este levanta la cabeza. Tiene el gaznate tan cerrado que no le cabría ni un fideo -, tenemos que hablar contigo.
- Oh... Vale. - Y se sienta de nuevo.
- Regulus - el hombre dirige una larga mirada a su hijo pequeño -, queremos hablar con Sirius.
- ¡Pero yo quiero escucharlo!
- He dicho que queremos hablar con tu hermano.
- Pero...
- Regulus.
- Está bien - Regulus se levanta y con una inclinación de cabeza sale de la habitación.
El silencio que se produce a continuación es tan largo y espeso que podría cortarse con un cuchillo. Sirius juguetea con los dedos, haciendo pelear a sus dos pulgares y tratando de pensar en lo deliciosas que estarán las tostadas que Regulus ha dejado sobre la mesa sin terminar. Por otro lado no entiende qué es tan importante y tan secreto como para que las dos personas que son la causa de su nacimiento estén delante de él con esa expresión indescifrable a esas horas de la mañana. Y lo que es más importante, ¿por qué Regulus no puede estar delante?
- ¿Vas a cumplir quince años, verdad? - El señor Black se atusa el bigote antes de continuar - Todo un hombre, hijo.
- Bueno, todavía me queda todo el verano y eso.
- A partir de ahora tendrás que actuar como un caballero, Sirius - él continúa -. Se acabó jugar con esos chismes que te traes de Londres, o de pasar las horas muertas escuchando música. Queremos que te centres en tus estudios.
- ¿Eh? - Sirius gruñe - Saco buenas notas.
- Por supuesto - la señora Black interviene -. No son lo que querríamos pero tampoco son mediocres. Lo que tu padre quiere decir es que esperamos no tener que recibir más quejas del colegio y... Bueno, Sirius... Es hora de que empieces a hacer honor a tu apellido.
Sirius está a punto de soltar un "¿pero de qué mierdas estás hablando?", pero se contiene porque la charla todavía no ha acabado. Es más, acaba de empezar.
- ¿Pero se puede saber qué pasa? ¿Se ha muerto alguien?
- Sirius, - el señor Black mira a su hijo con una sonrisa. Y eso es malo. Es muy malo. El señor Black nunca jamás sonríe - ¿te acuerdas de tu querida prima Narcissa?
5. I Wanna Be Your Man
La mañana anterior a empaquetar todo para volver a Hogwarts una lechuza que tiene el nombre de uno de esos de los Beatles entra por la ventana de los Potter. Lleva una carta; y no es una carta cualquiera. Está firmada por Sirius Black y pasaría a la historia. James la guardaría durante mucho tiempo, al principio por inercia, después para compadecerse de su amigo, más tarde para reírse de él. Las líneas decían lo siguiente:
Tío, no puede ser. No me puede estar pasando esto. ¿Tienes todo ese dinero que me dijiste aquel día cuando estábamos comiendo empanadillas de pimientos bajo tu capa en el quinto piso? ¿Era verdad? Todo esos galeones, digo. Porque eso es mucho dinero. Y lo necesito. Y no es esta la forma más romántica del mundo de pedírtelo pero es que necesito que huyamos, tú y yo, y bueno, también podríamos traernos a Remus para que nos hiciera las cuentas de los gastos y a Peter para que nos doblase la ropa. AY JAMES QUE HA PASADO ALGO TERRIBLE.
Tú siempre has sabido, porque me conoces bien, que soy un tío que además de atractivo tengo otras cualidades maravillosas que harían que cualquier mujer se derritiese entre mis brazos. Y siempre te he dicho que tendría pretendientas hasta en la sopa. PUES RESULTA QUE HA DEJADO DE GUSTARME LA SOPA Y HA DEJADO DE GUSTARME LA IDEA DE TENER PRETENDIENTAS. Tú... Tú sabes esa chica rubia de los Lestrange, la que va a cuarto. Narcissa. En serio, ¿quién llama a su hija Narcissa? James Potter o te escapas conmigo y tenemos bebés juntos o me parece que vas a tener que se el padrino de una boda que el novio no quiere que se celebre.
Huiremos en una moto. Tendrás que sujetarte a mi cintura. Eso que desean todas las tías. Seremos fugitivos. Podemos ser como Bonnie y Clyde pero me pido ser Clyde.
Y seguía así durante unos cuantos párrafos más; que si acuerdos matrimoniales que si "Andrómeda se ha ido con un muggle y por eso ahora me toca su hermana" que si "el puto Regulus se ha librado" y "esto no es legal en pleno siglo XX". Cuando James la acabó de leer dejó el pergamino sobre la mesa y simplemente dijo cuatro palabras que le valieron una buena colleja.
- Me cago en la puta.
6. Not a Second Time
Una de las principales reglas que James, Sirius, Peter y Remus establecieron cuando decidieron que aquel cuarto en la torre de Gryffindor era algo más que un simple dormitorio fue que estaba terminantemente prohibido comer cualquier cosa que tuviese salsa encima de cualquiera de las camas (pronto esta norma dejó de estar en vigor porque a Sirius y James no les salía a cuenta los segundos jueves de cada mes cuando los elfos preparaban alitas de pollo con salsa picante), también acordaron que ninguno dormiría jamás sin calzoncillos porque eso crearía una situación violenta e incómoda para todos (afortunadamente para algunos a partir de sexto ninguno recordaba haber siquiera mencionado esa condición) y por supuesto y como cumbre de la montaña de "cosas que no se pueden hacer" estaba esa norma que durante mucho tiempo todos incumplieron descaradamente.
"Está terminantemente prohibido subir a chicas a la habitación. Es territorio de chicos y todo aquel que incumpla esta norma dormirá durante una semana entera en las escaleras."
Si Sirius Black y James Potter hubieran sido sinceros consigo mismos habrían tenido que pasar demasiadas noches con la espalda apoyada en la fría piedra de la escalera de caracol a la torre de Gryffindor; pero como ni uno ni otro tenían ganas de levantarse con dolor de cuello y apreciaban demasiado la comodidad de una buena cama y el calor de una gruesa manta en invierno como para no ser un poquito flexibles con la dichosa norma. Pero eso fue más tarde. Al día de hoy y con las ideas más que claras, ni James ni Sirius permitirían que cualquier chica pusiera un pie en ese dormitorio.
Pero ni James ni Sirius están, y eso le ha dado la libertad a Remus para invitar a Lily a pasar el rato a su habitación mientras Mary prepara las cosas para la temporada de quidditch.
La pelirroja al principio se queda en el marco de la puerta, dudando como las otras veces que ha subido ahí de si pasar o huir. La verdad es que Remus teme que la chica crea que se le va a pegar la estupidez de sus amigos si se sienta encima de alguna de las camas. Afortunadamente, Lily sonríe de lado y con cuidado ocupa un sitio a su lado.
- Así que aquí es donde dormís todos los días, ¿eh? – comenta ella, dando suaves golpecitos sobre la superficie de la cama.
- Bueno, sí. Quiero decir… Cada uno en la nuestra, ¿sabes? No es como si…
- Obviamente, Remus – ríe – Si tuviesen que dormir en la misma cama que tú, me compadecería de ellos. Por eso de que hablas en sueños…
- ¿Hablo en sueños? ¿En serio?
- En serio.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- Antes de los exámenes finales del curso pasado te quedaste dormido en una butaca de la Sala Común mientras repasabas Encantamientos y recitaste la mitad del temario.
- ¿Hice eso?
- Sí. Pero igual no te enteraste porque Sirius se empeñó en subirte al dormitorio en brazos. No sé ni cómo lo hizo, no parece que tenga tanta fuerza…
Remus se ríe. Es una risita incómoda, entrecortada, que se escapa casi sin querer mientras se le encienden las mejillas. La imagen de Sirius subiéndole en brazos por las escaleras hasta el dormitorio le resultaría terriblemente bochornosa en cualquier otra circunstancia, pero enterarse de aquello delante de Lily parece casi humillante. Agacha un poco la cabeza y ella parece darse cuenta porque continúa hablando como si nada hubiera sucedido.
– Oye, Remus, ¿todos los dormitorios de los chicos son así?
– ¿Desordenados y oliendo a ropa que no se lava lo suficientemente a menudo?
– No, tonto – sonríe – me refiero a las camas. En los cuartos de las chicas tenemos literas.
– ¡Ah! Eso… Bueno. Es una larga historia.
– ¡Cuéntamela!
– Creo que es secreto de momento. Nos expulsarían o algo similar… Solo te puedo decir que tuvo que ver con James y Sirius. Y pelotas de quidditch robadas.
– ¡Dios mío! No puede ser… ¿Cómo es que no se enteró nadie?
– Algún día te lo contaré – promete Remus, risueño, incorporándose sobre la cama y cruzando las piernas – pero no hoy. Ya estoy incumpliendo bastantes de las normas de este dormitorio por el momento…
– ¿Normas? ¿Tenéis normas… Puestas por vosotros cuatro? Seguro que fue idea tuya.
– Te sorprenderá… Pero qué va. Cosa de James y Peter, sobre todo. Sirius casi nunca añade nuevas, pero se las toma mucho más en serio que los demás.
– ¿Y cuál es esa norma que estás incumpliendo ahora mismo? – pregunta, mientras se coloca uno de los mechones delanteros del cabello tras la oreja y se acerca más a Remus, como si realmente le interesase muchísimo lo que le está contando. Remus la escucha respirar cerca; caliente y despacio al lado de su mejilla y el corazón le tiembla y le va rápido y lento al mismo tiempo y pierde el hilo de la conversación durante un segundo porque quién sería capaz de acordarse de respirar siquiera cerca de aquellos ojos verdes y brillantes, del tamaño de pequeños mundos inexplorados; cómo acordarse de las reglas o de cómo sentarse correctamente si Lily tiene millones de pecas pequeñitas cerca de la nariz, y esa forma de hablar que le suena a comprensión profunda, a que podría pasarse siglos buscando por todos los rincones del universo y nunca jamás encontraría a alguien que fuese igual que él en el modo que ella lo es. – ¿Remus?
– ¡Ah! – exclama Remus, despertando de su ensimismamiento como si acabase de salir de un larguísimo trance, y disimulando su nerviosismo frotándose los ojos con las mangas del jersey, como si tuviese sueño – La de no traer chicas al dormitorio, evidentemente.
– No pretenderás que me crea que Potter y Black respetan esa norma.
– Te sorprenderías.
– Todo el colegio habla de esos dos. Cualquier chica pagaría por pasar en este dormitorio aunque fuese tan solo medio minuto, si es con ellos.
– Supongo que parece que ellos también se pasan el día hablando de ellas, pero en realidad, hay cosas que les entretienen más – flexiona las rodillas y apoya la cabeza sobre ellas – supongo que su parte favorita de salir con chicas es ser el centro de atención durante unos días.
– ¿Y tú?
– Yo no podría ser el centro de atención ni aunque quisiera – contesta, esbozando una media sonrisa triste – pero tampoco me importa demasiado.
– No, Remus. Quiero decir… Que... Si a ti te gusta salir con chicas y todo eso, ya sabes.
Y Remus no sabe muy bien qué contestar. Y principalmente no sabe qué contestar por dos razones: la número uno es que nunca jamás se había planteado hablar de chicas delante de Lily, porque a ver, una cosa es que sean amigos y otra muy diferente es contarle "ese tipo de cosas" bueno, James le ha contado a Mary lo de Lily seguro. Claro que eso no es que sea un secreto y la número dos es que tampoco tiene respuesta a eso. Hasta el día de hoy no ha conocido a ninguna chica que le haya provocado esa sensación en el cuerpo que te obliga sin remedio a pedir una cita. No es nada raro, claro. En realidad Sirius tampoco tiene novia ni nada de eso y lo de James con Lily no puede ni ser calificado como sano. Finalmente decide irse por la vía fácil y hacer lo que mejor se le da a Remus Lupin: evadir una respuesta.
- Nunca lo he pensado, todavía tengo trece años, Lily.
Brillante.
- Bueno, sí – lo que Remus no sabe es que Lily no es sus amigos, y que si tiene que gastar todo el tiempo que le quede de vida en conseguir una respuesta, lo hará –. Pero el amor no entiende de edades, ¿verdad? En realidad el amor no entiende de nada. Es rápido y lento a la vez y puede ocurrir así de repente y sin sentido alguno.
- Si me vas a decir que por fin te has enamorado de James porque has olido la esencia de su hábitat entonces soy todo oídos.
- Eres tonto, Remus - y Lily se cruza de brazos y él piensa que es adorable la forma en la que se le arruga la nariz, así, como si fuera un pequeño gusanillo tímido.
- Era una broma sin malicia.
- Bueno - y se vuelve de nuevo hacia él -. Ya que has sacado el tema: ¿a Potter le gusto yo, verdad?
- Si no me lleva mintiendo desde que le conozco sí.
- Y Sirius se ha ligado a varias chicas.
- Sí.
- Y Peter... - Lily vacila - ¿Sabías que intentó ligar conmigo el Halloween pasado?
- ¿Qué? - Remus abre mucho los ojos, sorprendido.
- Lo que oyes... - La chica niega con la cabeza, como recordando algo desagradable - El caso es que eso significa que a los chicos de trece años les gustan algunas chicas.
- No sé a dónde quieres llegar, Lily.
- ¡A ningún lado! Solo… Me lo preguntaba. Porque últimamente estás un poco raro.
- ¿Raro? ¿Por qué? – se apresura a preguntar, alarmado, y el corazón se le encoge tanto que siente que un duende sería capaz de sujetarlo entre los dedos índice y pulgar.
– Quizás raro no es la palabra, pero… Distante, no lo sé.
– Hmmm…
– A lo mejor lo he malinterpretado. Puede ser. Pero quiero que sepas que puedes contármelo si te pasa algo. Sea lo que sea. Cualquier cosa.
– ¿Cualquier cosa? – Remus traga saliva.
– Cualquier cosa que tengas que contarme, preferiré saberla a que tengas que guardártela para ti. Así que… Si necesitases algo… Y no estoy diciendo que lo necesites ahora, claro, pero si algún día lo hicieses, por favor, cuéntamelo, Remus.
Y cómo mentirle a Lily Evans.
Y cómo no hacerlo.
Cómo explicarle la forma en la que le tiembla el pulso cuando la escucha acercarse a la hora del desayuno – sin necesitar siquiera mirarla para saber que está ahí, claro, con esa forma de caminar que está a medio camino entre pasear y bailar – y cómo el temblor no desaparece en todo el día, agravándose en pequeñas recaídas cada vez que pasa a su lado o simplemente le dirige la palabra. Que cualquier tarde de domingo es menos amarga si la ampara esa mirada que podría hacer las flores crecer en un día nublado; y que reza para que cada minuto que pasan juntos se estire hasta el infinito y no termine nunca porque cuando está con ella se impregna de esa sensación de calma y confianza que destila en cada movimiento y le hace sentir como si realmente no tuviera que preocuparse de nada, como si fuese a comprender cualquier cosa, como si nunca jamás fuese a disgustarla. Suena estúpido, suena inocente o temerario pero hay muy pocas cosas en el mundo que Remus se arriesgaría a decir que sabe que no perderá jamás y sin darse cuenta de cómo Lily se ha convertido en una de ellas y es una sensación cálida, cálida y poderosa en el fondo de la garganta.
Y cómo explicarle eso y no explicarle, también, que se lleva sintiendo culpable desde el mismo momento que comenzó a sentirse así respecto a ella; y que esa culpa le persigue sin descanso todos los días y todas las noches, hasta tal punto que nunca jamás se había sentido capaz de ponerle nombre a aquello que le arde en el estómago hasta ese mismo instante. Y que no pasó de repente; no fue amor a primera vista como en los libros y en las películas sino que fue progresiva y lentamente, y de algún modo eso hace que se sienta más real y le dé todavía muchísimo más miedo, y ese terror no le abandona y teme que siga y que le persiga toda su vida. Y teme también merecérselo, por traicionar a James y traicionarse a sí mismo en ese capricho absurdo de tener algo que no le pertenece ni le pertenecerá nunca pero que le es imposible no querer, y es esa forma de querer, el querer culpable e inevitable el que le araña el alma por dentro y la desgarra sin piedad alguna.
Y al final se lo dice de la única forma posible.
La única que se le ocurre.
La más simple.
– Me gustas, Lily.
Es solo un momento y ella intenta que no se le note pero la primera reacción de Lily es apartar la mirada, y sus ojos vuelan desde los de Remus a una esquina de la habitación.
Ella cree que Remus no se ha dado cuenta. Remus no podría no haberse percatado.
En esa milésima de segundo su estómago convulsiona y deja de sentirse capaz de respirar. Y ahí, justo después de que Remus creyese perdida toda la amistad que habían forjado durante los meses, tan solo un instante después de sentirse el mayor idiota, cretino y traidor del universo, después de eso, Lily hace algo que Remus no se espera.
Sonríe y le acaricia la mejilla.
- No seas tonto, Remus - dice, y las palabras suenan amargas en su cabeza, mucho más de lo que ella ha pretendido que sonasen al pronunciarlas.
- ¿Que no sea tonto? - contesta, y agacha la mirada porque no tiene fuerzas para sostenérsela, preguntándose cómo podría volver a mirarla a los ojos ahora que ella sabe que cada vez que él los mira brillan estrellas fugaces en su pecho -Lily, yo…
- Yo no te gusto. Lo sé.
- Lo siento mucho, Lily, de verdad… Yo no quería… Entiendo si no quieres que volvamos a vernos nunca. Qué demonios, entiendo que no quieras hablarme más. Entiendo que quieras irte de aquí ahora mismo, sé que es incómodo, Merlín, lo siento muchísimo, de verdad, soy un estúpido…
- No es eso, Remus, de verdad…
- Lo entiendo, ¡en serio! No tienes que fingir ser amable conmigo ni nada parecido, soy consciente de que a nadie puede agradarle gustarle a alguien como yo…
No sabe qué más decir. No sabe cómo excusarse porque no hay excusa alguna. Y siente como el pánico se apodera de él rápidamente. Así que, en un impulso repentino, se levanta y se dispone a salir de la habitación.
Pero no lo logra, porque algo le detiene.
Es Lily. Lily, sujetándole de la mano. Se ha levantado de la cama tan solo unos segundos después que él, tan rápido que ni siquiera se ha dado cuenta. Y le sostiene de la muñeca con firmeza, estirando para atraerle hacia ella.
Al final Remus cede y se da la vuelta. Están los dos de pie en medio del dormitorio, mirándose de cerca; posiblemente aquella es la distancia más pequeña que jamás ha habido entre los dos. Se miran fijamente y casi ninguno de los dos se atreve a respirar y cuando lo hacen lo hacen despacio, sintiendo el aliento cálido del otro sobre los labios.
Y entonces Lily le besa.
Es un beso torpe. Un beso corto. Un beso suave en el que los labios apenas se tocan. Que sabe levemente a fresa y a chocolate. No sabe a final de película, ni a amor verdadero, ni al tiempo deteniéndose a su alrededor cuando cierran los ojos y se mantienen así un instante que es largo y corto a la vez. Remus no sabe qué se hace cuando una chica te besa, ni qué se supone que hay que sentir; aquella es una sensación agradable, diferente a cualquier cosa que haya sentido antes, Lily huele bien y coloca la mano en su cuello con delicadeza. Antes de que pueda darse cuenta, se ha acabado.
- ¿Y bien? - pregunta Lily, dando un paso atrás. Le mira segura, completamente decidida, como si el besarle hubiera sido algo planeado más que un acto de improvisación, aunque ambos saben que no es así.
Remus tarda en contestar.
- ¿Y bien qué?
- ¿Te ha gustado?
Suspira.
- No… Lo sé. O sea, ¡sí!, claro que me ha gustado, no te ofendas, Lily, eres guapísima y tus labios… Son suaves, pero, no sé. Ha sido… Raro. Pensaba que… Que si algún día te besaba, iba a ser como… Como la primera vez que Cosette y Marius se encuentran, o algo parecido.
- ¿Y no ha sido así? - pregunta ella, y a Remus casi le parece que en la comisura de sus labios se está formando una media sonrisa.
- No… No mucho. Lo siento, Lily.
- No pasa nada, Remus.
- Sí que pasa, yo…
- Deja de disculparte por todo, idiota… La cosa es que… ¿Ves? Sabía que no te gustaba de verdad. - y ahora sí, Lily sonríe, y es una sonrisa satisfecha, una de esas que dicen "tengo razón, y me alegro de hacerlo". Y le vuelve a acariciar la mejilla, tal y como ha hecho hace tan solo un rato.
Y lo cierto es que Remus agradece el contacto. Y sorprendentemente no es incómodo y no es extraño y no lo cambiaría ni por todos los besos del mundo. Porque los dedos de Lily son suaves y cariñosos y hay tanta dulzura en ese gesto que es absurdo querer algo más. Y hay un silencio largo en el que ella esconde las manos en el regazo y deja volar los ojos verdes por el dormitorio. Es evidente que ella no lo sabe, pero a Remus le parece gracioso que la mayor parte del tiempo observe la cama contigua a la suya. Y es por eso que decide abrir la boca.
- Bueno, esto convencerá a James de que no me gustas. Ha servido para algo.
- ¿Cómo que ha servido para algo? - Ella se gira rápidamente y en sus mejillas se forman dos globos de color rosado - Yo no regalo mis besos a cualquiera, Remus John Lupin.
Y dice el nombre completo. Y nadie dice el nombre completo de Remus aparte de su abuela y sólo cuando se come las galletas antes de que acaben de enfriarse después de salir del horno.
Y no dejan de mirarse ni por una milésima de segundo y sólo cuando ya no pueden más rompen a reír en una larga carcajada.
Para Remus reír con Lily siempre ha sido una de las sensaciones más maravillosas del mundo, pero ese día en el dormitorio fue algo completamente distinto. Durante todo ese tiempo estar al lado de ella era como tener una soga al cuello y estar tirando y tirando, esperando a que o bien se rompiese o bien morir ahogado. Ahora es diferente. Porque Lily es diferente a todo lo que ha conocido antes. Ahí sentada, con los ojos llorosos y las mejillas sonrosadas no es una chica normal. Por un instante, Remus se queda embobado observándola, memorizando todos y cada uno de sus movimientos. Es una tarea que le llevaría años; recordar todos esos gestos de su mejor amiga. Pero lo conseguiría. Y por mucho que Lily se hiciera más mayor, que su pelo se volviese más corto o más largo, que le saliese un granito justo en la barbilla o que decidiera rizarse las pestañas con magia, el recuerdo de la niña que se atrevió a besarle por primera vez y ofrecerle la oportunidad de ser él mismo siempre quedó ahí. Remus siempre diría que Lily Evans era diferente a los demás, que ella supo ver la belleza en el interior de las personas, que nunca juzgó un libro por su portada. Remus no fue esa excepción. Y durante todos los días de su vida, nunca dejó de pensar que tal vez todo habría sido diferente si la pequeña pelirroja no hubiera decidido hacerle un hueco en su vida. Así que ese día, cuando Lily se despide de él en la puerta de su habitación, Remus simplemente se agacha y deposita un suave beso en la mejilla de la chica. Lily le observa durante un segundo y luego baja las escaleras. Ahí de pie Remus tarda un par de segundos en cerrar la puerta y cuando lo hace le parece que todo está demasiado silencioso. Se sienta en su cama de nuevo y casi parece imaginarse a Peter protestando porque alguien le ha escondido su libro de Pociones y tiene que hacer un trabajo para el día siguiente; a Sirius berreando con los pies sobre su almohada una de las canciones que suenan en el gramófono y por último a James, con la ventana abierta, medio cuerpo fuera y dejando que el frío le congele las mejillas.
La verdad es que les echa muchísimo de menos.
