"Ni de coña, Begoña"
- ¡YA ESTOY EN CASA! - Sirius Black berrea en el bajo de las escaleras de la entrada a Hogwarts - DE UNO EN UNO POR FAVOR, QUE YA SÉ QUE ME HABÉIS ECHADO DE MENOS.
Si no fuera porque el jovial Fraile Gordo pasa y le saluda con una inclinación de cabeza, Sirius pensaría que se ha vuelto invisible. El idiota de James se ha dejado su baúl en el andén la única maldita cosa que tenía que coger el desgraciado y se olvida así que Peter ha correteado con él para recuperarlo y ahora Sirius se encuentra solo delante de una marabunta de alumnos que van y vienen de un lado a otro con el recuerdo de las fiestas todavía latente. Gruñe cuando un chico de segundo le empuja para abrazar a una chica con la falda demasiado corta. Con la mano derecha sujetando su baúl piensa en lo estúpido que tiene que parecer ahí de pie y se pregunta dónde diablos estará el tonto de James pero sobre todo dónde estará el tonto de...
- ¿Una ayudita?
Y ahí está. De pie y más largo de lo que era antes de Navidad. Le sonríe ampliamente con esa varita suya de madera un poco gastada y los ojos claros brillantes. No lleva el uniforme y su mano izquierda metida en el bolsillo de un pantalón de pana. Remus parece diferente a la última vez que lo vio y sin embargo Sirius no está demasiado seguro de qué ha cambiado. Puede que sea ese corte en la barbilla. Antes no tenía ese corte en la barbilla.
Se acerca a él gruñendo incongruencias y luego ya no le importa lo que pesa el baúl, porque lo tira al suelo y le pasa los brazos a Remus por el cuello; con la mano derecha le revuelve el pelo y con la otra le golpea un par de veces la espalda. Dura algo así como cinco segundos y cuando se separan Remus suspira largo y le vuelve a sonreír.
- ¿Se puede saber por qué sonríes tanto, idiota? - Extiende un largo dedo y le señala la herida de la barbilla sin rozarle - ¿Y cómo te has hecho eso?
- Oh - Remus frunce el ceño -, no es por nada... Nada importante. Soy torpe a secas.
- Más te vale.
- ¿Ahora eres mi padre, Sirius?
Hay algo en la forma que dice su nombre que a Sirius le suena a burla, y puede que si fuera cualquier persona en el mundo le habría reventado la cara de un guantazo, pero es Remus. Y por el hecho de ser Remus hay una vocecilla en su cabeza que dice "qué más da". Así que alza la barbilla, brazos en jarras y sube el tono de voz.
- ¡Alguien tendrá que evitar que vayas por el mal camino, Lupin!
Remus no contesta pero pone los ojos en blanco y en una sacudida de varita y un susurro el baúl de Sirius flota en el aire. No hace falta que le diga "¿me sigues?", porque Sirius se deja llevar. Es como si Hogwarts le dijese siempre lo que tiene que hacer, como si vivir allí le completase de algún modo, como si el mundo exterior fuera un lugar desconocido y ese castillo fuera... ¿mi casa? Niega con la cabeza y se coloca al lado de su amigo que le mira por encima del hombro.
- ¿Y qué tal las vacaciones aquí? ¿Has tomado chocolate con Albus?
- ¿Dónde están James y Peter?
- Que el idiota de Potter se ha dejado el baúl, ya vendrán - contesta rápido -, ¿qué tal todo? ¿Regalos?
- Pues más vale que se den prisa o les cerrarán las puertas - suspira -. No entiendo dónde tiene James la cabeza.
- Oye, ¿me quieres hacer algo de caso, imbécil?
- Yo también te he echado de menos, Sirius Black.
Suben las escaleras y parece casi ridículo que un gesto tan sencillo pueda sentirse tan distinto cuando lo hace en compañía suya: como si las decenas de veces que las ha recorrido de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba en los últimos días no hubieran sido sino un ensayo para el momento en el que pudiera reencontrarse con aquellos que hacen de cada paso dentro de la inmensidad del castillo un instante que recordar.
Cuando llegan al dormitorio Sirius apoya los brazos en la cintura y mira a su alrededor. A las camas hechas, la ropa recogida, los libros y cuadernos y plumas y pergaminos cuidadosamente apilados en montones uniformes a ambos lados de los colchones; y sentencia que que Remus pase las Navidades en el colegio es una cosa, pero que se crea con el derecho de ordenar la habitación es algo completamente distinto.
Algo perverso, maligno, mezquino, que altera el orden natural de las cosas. Y que hay que remediar. Cuanto antes, mejor.
Así que abre el baúl. Un movimiento circular de varita desbloquea el candado y un par de sacudidas más lanzan jerséis, camisas arrugadas y parejas de calcetines hechas una bola hacia los distintos rincones del cuarto. Manualmente esparce múltiples vinilos – algunos de ellos, Remus no los había visto nunca: regalos de Navidad, probablemente – sobre la cama, y esconde cuidadosamente una gran caja de bengalas mágicas que todavía tiene el precinto puesto en el hueco entre la ventana y la contraventana. Por último, desenrolla un cilindro de papel alargado ante la atenta mirada del joven licántropo que solo comprende qué es cuando ya está mágica y permanentemente pegado en la pared: una imagen de los cuatro Beatles cruzando el paso de cebra de Abbey Road.
– Ahora sí – proclama Sirius, y es una afirmación tan feroz que Remus no hubiera sido capaz de encontrar ni una sola persona en toda Gran Bretaña que pudiera reunir las agallas necesarias para rebatirla – ahora está cojonudo.
– Quizás para un gnomo de jardín o para una manada de leones.
– Perdona que te diga, Remus: tú sacarás muy buenas notas y todo eso, pero de decoración de interiores no tienes ni puta idea.
Y cómo decirle lo contrario.
- Oye, Sirius…
- Dime, Remus.
- Bueno, verás, tengo una cosa que decirte. No específicamente a ti, pero…
- ¿Que nos has echado de menos?
- ¡No! O sea, sí que os he echado de menos pero…
- ¿Que te arrepientes muchisimo de haber pasado las Navidades en el colegio y no volverás a hacerlo más?
- Sirius, hablo en serio.
- ¡Oh, vale! Que te has dado cuenta de que el Cloud London ese no es ni la mitad de guapo y de divertido que yo y que lamentas haberte acercado a él en algún momento de tu vida porque es un repelente y se queja de todo y definitivamente James y yo somos mejor en todo que el chupatintas ese. No mientas, sé que él también se ha quedado aquí este año.
- Sirius, por el amor de Merlín.
- ¡SIRIUS, POR EL AMOR DE MERLÍN! - grita James, que acaba de abrir la puerta del dormitorio con una patada con el pie derecho y sonríe de oreja a oreja con Peter a sus espaldas - ¿¡ES ESO QUE VEO UN POSTER DE LOS BEATLES!?
- Ni más ni menos, amigo. Ni más ni menos.
James hace el dormitorio suyo con sorprendente facilidad: se tira a su cama de golpe y murmura con la boca contra la almohada algo que suena a "mucho de menos mjmjm mucho de menos". Peter sin embargo se detiene en la entrada y observa la habitación con los ojos entrecerrados:
- ¿Por qué está todo tan desordenado?
- Tío, Remus, ¡qué poco cuidado que tienes! - Sirius coloca los brazos en jarras - Faltamos unas semanas y conviertes esto en una leonera.
- No he sido yo. Ha sido Sirius, que parece que es incapaz de vivir en un entorno moderadamente limpio y habitable.
- Chivato.
- ¿Te has aburrido mucho aquí solo todos estos días, Remus?
- No puedes ni imaginártelo, Peter, de verdad. Me alegro muchísimo de que hayáis vuelto. Aunque Sirius haya olvidado por completo los modales en casa.
- Hablas como si Sirius hubiese tenido modales alguna vez, Remus. -puntualiza James.
Se ríen y Sirius no está muy seguro de por qué pero le parece que Remus traga saliva y palidece un poco cada vez que James se dirige a él directamente; pero le quita importancia porque piensa que es imposible que el muy bobo siga dándole vueltas a aquella tontería de él y Evans todavía.
James se pone de pie en la cama y extiende los brazos para dar un par de palmadas sobre la cabeza y llamar la atención de sus tres amigos.
- ¡Eh, chicos! -exclama - ¡Sirius tiene algo gordísimo que contaros!
- ¿Qué pasa, Sirius? ¿Te han echado ya tus padres de casa?
- Muy gracioso, Peter. Pues no, pero ojalá.
- Es algo peor - dice James, que ya no puede aguantarse más la risa.
- ¿Está todo bien con tu familia, Sirius? -pregunta un preocupadísimo Remus.
- Perfectamente - Sirius le da un codazo a James en los riñones y el otro se encoge sobre sí mismo -, de hecho creo que mi madre ha engordado un par de cientos de kilos estas navidades así que con un poco de suerte no cabe en el ataúd, le tienen que hacer otro y el viejo lo vende a los pobres.
- A lo mejor te da el dinero a ti, ahora que vas a necesitarlo - James vuelve a la carga -. Ya sabes, para los preparativos.
- ¿Preparativos? - Remus entorna los ojos y Peter se mueve inquieto con el desconcierto escrito en la cara.
- Los del evento.
- ¿Qué evento?
- El evento del año.
- Mira, Potter, o cierras la boca o te la cierro.
- ¡Pero se puede saber qué pasa! - Peter levanta la voz y los tres le miran sorprendidos- Por favor.
- A ver, tíos, no sé cómo lo veis - comienza a decir Sirius - pero yo esto no os lo puedo contar sin echarme una copita antes para aliviar las penas.
- Pero si no has bebido un trago de alcohol en tu vida, Sirius - no puede evitar reír Remus.
- ¿Ah, no? - y se gira hacia su baúl y rebusca en él durante un momento, haciendo una pausa deliberada que añada dramatismo al momento en el que sus amigos descubran lo que tiene entre manos - pues ahora que tengo esto, es un momento perfecto para beberme el primero.
Es una botella. Tiene forma de prisma rectangular y el cuello corto de cristal. Tres pares de ojos la miran fijamente: ojos curiosos, ojos brillantes, ojos desconfiados. El líquido en su interior es de color ámbar semitransparente y sin necesidad de leer la etiqueta y por algún motivo que desconoce Remus lo identifica como whisky escocés de ese que utiliza su abuela para cocinar de vez en cuando.
Y lo primero que piensa es que tiene que ser una broma.
Por su expresión, todo apunta a que no lo es.
Sirius sonríe, satisfecho, y se desordena el pelo en un gesto que es más de James que suyo. Después vuelve a guardar la botella y cruza los brazos sobre el pecho. Su mirada hace equilibrismo en la frontera entre lo confiado y lo arrogante: es el gesto de las ideas perversas, de las travesuras y la irresponsabilidad. De los "venga, no pasa nada si no vamos a esta clase" y de los "al fin y al cabo pagamos los materiales con nuestra matrícula así que coger cosas sin permiso del armario de Slughorn no es robar".
- No te atreves a beberte un solo trago de esa cosa ni aunque apostemos dos galeones cada uno, Sirius. - dice James.
- Te vas a tragar las palabras de esa frase una a una. Y es lo suficientemente larga para que no termines de hacer la digestión hasta los exámenes finales.
- ¿Podremos probar un poco los demás? - pregunta Peter, que parece mucho más alentado por la idea de lo que debería.
- Nadie va a probar nada aquí, Peter.
- ¿Qué autoridad tienes tú para decidir sobre mi botella, Remus?
Remus se muerde el labio.
- La que me otorga ser la única persona medianamente consecuente con sus responsabilidades en esta habitación.
- Si te vas a poner a usar palabras de listos paso de dirigirte la palabra, pardillo.
Da igual que el joven licántropo insista en que son menores de edad, y en que va contra las normas del colegio y lo más probable es que les acaben pillando porque si Sirius y James no pasan demasiado desapercibidos de por sí, desde luego no van a ganar el don de la discreción después de un par de vasos de bebida espirituosa. No importa como de coherentes sean sus argumentos porque el joven Black acaba ganándose el apoyo de sus otros dos compañeros y por muy elocuente que sea Remus Lupin cuando quiere, poco puede hacer contra tres muchachos demasiado insistentes en cuyas venas late el ansia de romper cualquier norma que se les ponga por delante.
Al final es James el que le convence, con el más simple y recurrente de los argumentos:
- Venga, Remus, que hace mucho que no te vemos y será divertido.
Esperan hasta después de la cena porque así es menos arriesgado y, qué demonios, más divertido. Les mueve ese algo especial que hay en las cosas que se hacen cuando el reloj pasa de las doce y todo el mundo duerme; el sabor a prohibido y a secreto, la insubordinación imperceptible, el sabor de la victoria que el adversario todavía no es consciente de que le has arrebatado. El lugar lo debaten entre alitas de pollo y zumo de calabaza: su propia habitación parece demasiado evidente pero indudablemente más cómoda que cualquier otro sitio, y la Sala Común no es una opción siquiera. Al final, Peter propone que vayan a ese baño del cuarto piso que siempre está vacío porque las cañerías no funcionan desde hace dos cursos y a falta de una opción mejor, aceptan.
Esperan hasta el toque de queda. La teoría es que a las diez de la noche ya ningún alumno puede estar en los pasillos del castillo y a las once ya no se permite la estancia ni siquiera en la Sala Común, así que a las once y tres minutos se escurren bajo la capa invisible y bajan las escaleras con pasos cortos pero impacientes. Sus cálculos fallan levemente y cuando se disponen a salir por el hueco del retrato todavía quedan cinco alumnos de séptimo charlando demasiado animadamente en una de las esquinas, así que tienen que esperar casi diez minutos hasta que se distraen y pueden empujar la parte trasera del cuadro sin levantar demasiadas sospechas.
A partir de ahí es fácil. Lo han hecho millones de veces. Casi no tienen que pararse a pensar el camino. Casi no les cuesta ningún esfuerzo sortear a Filch en las escaleras y al agudo oído de la Señora Norris al doblar las esquinas. A los profesores les gusta decir que el castillo es de todos y para todos por igual pero eso, en la práctica, solo es cierto hasta cierta hora de la noche; cuando las clases terminan y las puertas de los dormitorios se cierran, las normas que rigen entre las paredes milenarias se invierten y pasa a ser sólo de ellos. Lo saben los fantasmas que vagan por los pasillos, los poderosos hechiceros inmortalizados en los cuadros mágicos e incluso Peeves, el travieso poltergeist; lo intuye la perversa gata del conserje y todavía no lo saben los profesores pero no tardará en llegar el día en el que sean conscientes de ello y lo acepten, con mayor o menor resignación. Y sobre todo, lo saben ellos, mientras deslizan los pies por el suelo frío como si ese suelo hubiese sido construído expresamente para ser su compañero de travesuras en noches como aquella.
Cuando llegan al baño la puerta está abierta pero Remus insiste en que la bloqueen desde dentro, por si acaso.
De todas las condiciones que podría poner, piensa Sirius, esta es la menos molesta. Así que efectúa un pequeño encantamiento en la cerradura y después insta a todos los demás a sentarse en el suelo. Saca la botella de debajo de la túnica, donde había permanecido cuidadosamente escondida, y la coloca en el centro. Sirius, James, Peter y luego Remus, en ese orden.
- Bueno, qué, Sirius, les cuentas ya lo que les tienes que contar a Peter y Remus o no.
- Primero bebemos, tío. Venga, dale un trago. - contesta Sirius, y le extiende la botella.
- Ni de coña, Begoña. Tú querías beber así que tú empiezas
- ¿Quién es Begoña?
- Yo que sé, chico, es una frase preparada de esas. La dice mi padre a veces.
- Creo que se dice frase hecha, James. - puntualiza Remus. Todos saben que ese "creo" es en realidad un "sé", pero falta todavía mucho tiempo para que Remus tenga la confianza necesaria para imponerse de ese modo.
- Que me da igual, venga, dale un buen trago.
- ¿A qué sabe eso, Sirius? - pregunta Peter - Porque no te veo capaz de beberte ni medio trago.
- A que te mato, idiota.
- ¿Vais a beber así, sin vasos ni nada? - y los tres esperan que Remus no lo esté diciendo en serio. ¿Vasos? ¿Alguien bebe en vasos cuando no hay padres ni profesores delante? es lo único que pasa por la cabeza de James.
- Si quieres traemos copas - ríe Peter.
- ¡Ni copas ni copos! - gruñe Sirius, demasiado alto. De hecho, muchísimo más alto de lo que debería hablar alguien que está rompiendo al menos veinte reglas distintas y pretende que no le pillen. - Si no os atrevéis, pues lo hago yo, ¡ya ves tú!
Durante los treinta segundos siguientes hay seis ojos fijos en Sirius que no se despegan de él ni un solo momento. En parte curiosos, en parte divertidos, en parte aterrorizados por lo que vaya a suceder aquella noche. Sirius desenrosca el tapón de la botella y lo deja en el suelo; después acerca la nariz a la abertura y se mantiene pensativo unos instantes, poniendo cara de que realmente sabe a qué tendría que oler esa bebida, como si estuviera evaluando su calidad de acuerdo a parámetros que ninguno de los demás podría entender. Después, sin pensárselo un segundo más, bebe un largo trago.
Se mantiene allí un rato, mentón elevado, ojos semicerrados y expresión impasible. No puede evitar una pequeña mueca de desagrado al tragar, y se le enrojecen levemente las mejillas y se le humedecen los ojos cuando James pregunta:
- Qué, ¿sabe rico?
Y Sirius contesta, con voz ronca.
- ¡Es cojonudo! ¡Es lo mejor que he probado en mi vida!
Esas palabras no resultarían creíbles para prácticamente ningún ser humano que posea una leve capacidad de raciocinio pero es todo lo que necesita James Potter para quitarle la botella de las manos a su amigo e imitarle.
En esa ocasión es distinto porque no pasa más de un segundo desde que James se lleva el recipiente de vidrio a los labios hasta que lo deja en el suelo, con una cara que Peter piensa que es "la misma que si acabase de comerse una cucaracha viva" y escupe la mitad del líquido sobre las baldosas.
- ¿¡PERO QUÉ DICES!? ¡SI ESTO SABE A PUÑETERA MIERDA!
Sirius niega, murmurando algo así como "no sabes nada de la vida,colega, nada de nada" y le ofrece a Remus ser el siguiente, pero niega con la cabeza, así que Peter usurpa su turno.
Le cuesta un poco decidirse a beber pero cuando lo hace apenas muestra rechazo.
- Pues no está tan mal, James.
Así que el apelado gruñe y le arrebata bruscamente la botella para beber un poco más. Para él sabe igual de asqueroso que la primera vez pero al menos logra mantener todo el líquido en la boca; lo que es, sin duda, un logro.
- Parece que ya le voy pillando el gustillo.
Y la verdad es que no. Que no le ha pillado ningún "gustillo" ni lo hará en bastante tiempo, pero claro, Sirius vuelve a beber y James Potter no es el tipo de persona que se deja superar. Y menos por el idiota este. Pasan varios minutos hasta que Sirius levanta la mano como quien es César y mira a Remus con ojos sonrientes y provocadores.
- Te toca, Lupin.
- He accedido a esto para haceros compañía, no para participar.
- ¡Vamos tío!
- Eso, Remus - Peter tiene las mejillas un poco sonrosadas. Puede que sea por el alcohol, o puede que sea por el calor porque Merlín, hace un calor de dos pares de coj… narices.
- Prefiero no hacerlo, no insistas.
- ¿Pero por qué? - Sirius arrastra el culo por el suelo y mueve la botella delante de los ojos de su amigo - ¿Ves? Tin, tin, tin, tin, te llama. Remuuuuuuuuuus, ¿lo oyes?
- Sirius Black, por favor.
- De nada, Remus Lupin.
- No te he dado las gracias.
Remus tiene que apartarle la cara a Sirius para no tener que oler el tufo a alcohol malo y después apoya la barbilla en las rodillas.
- Uy, a ti te pasa algo, nene.
Alarga la ene. Y Remus no sabe si reír o llorar. Sus ojos se desvían inconscientes a James, que lleva un buen rato callado.
- No me pasa nada, Sirius.
- Seguro que es algo gordo.
- No es nada gordo.
- ¡Así que hay algo!
- Oye, que me dejes.
- Vaya, yo pensaba que cuando te pasaba algo nos lo contabas y eso. Ahora tengo que andar descifrando tus emociones por cosas como que no quieres beber de la puñetera botella…
Y Remus respira tan hondo que le duele en el pecho. Suspira, porque Sirius tiene razón, aunque no tenga ni idea de en qué medida. Y suspira porque no está preparado para que lo sepa. Suspira de culpa y de arrepentimiento.
Y a falta de palabras, hace lo que todos están esperando que haga.
Bebe un trago.
No sabe por qué lo hace. Y en todo momento, siente que no debería estar haciéndolo. La bebida no sabe especialmente desagradable - al menos no tanto como, por la reacción de James, pensaba que iba a serlo - pero no es algo que tomaría voluntariamente en ninguna circunstancia. Sabe a algo extraño: como dulce y amargo al mismo tiempo y está frío pero al tragar se vuelve caliente en la garganta y en el estómago. Se limpia los labios con la manga de la camisa y mira a sus amigos, que le observan embelesados.
- ¿Contentos?
- Has bebido - y Sirius le señala con el dedo y luego da un trago largo que acaba en un "yaaaaaaahhhh" aspirado - el buenecito de Remus ha bebido. Y ahora… ¿Qué te pasa?
- Merlín, Sirius, qué pesadito te pones.
- Tío, que le tienes que contar la cosa esa que ya no me acuerdo de qué era pero era una cosa importante y todo eso.
- Bueno pues es que…- Si no fuera imposible Remus juraría que los ojos de Sirius se han empeñado. Fruto de la bebida o tal vez de emoción contenida. Quién sabe - Es que…
- ¡SIRIUS ESTÁ PREÑADO! - Berrea James entre risas.
- PERO QUÉ DICES GILIPOLLAS.
- O sea, que se va a casar, perdón.
- PERO QUÉ DICES GILIPOLLAS - Sirius con el puño en el aire se detiene - Ah, sí, es cierto, que me voy a casar.
Peter estaba a intentando beber un poco más pero Sirius pronuncia la frase antes de que pueda tragar y tiene que hacer grandes esfuerzos para no escupir. Cuando lo consigue, casi con lágrimas en los ojos, exclama:
- ¿¡QUE TE VAS A CASAR!?
- Como lo oyes, Pete. Nuestro Sirius se casa y espero que me deje ser el padrino, aunque no sé si la pretendienta estará muy por la labor, ¿eh, tío?
- ¿Quién es la pretendienta? - inquiere Remus.
- Narcissa Black - dicen Sirius y James, al unísono; pero Sirius lo dice con tono de resignación, mientras que el de James es más bien divertido.
- Vaya… Uhm… ¿Felicidades?
- ¿¡CÓMO QUE FELICIDADES, REMUS!? ¡ES MI PUÑETERA PRIMA! ¡Y MUY FEA!
- Y no te olvides de que es Slytherin - recuerda James, que es, de lejos, el que más está disfrutando de la situación.
- Tampoco es tan fea. De hecho, me parece que tiene unos rasgos bastante bonitos. Y… Os parecéis. Un poco. - comenta Remus.
- No me parezco a esa.
- Pues ahora que lo pienso, Sirius, si que os parecéis un poco - dice Peter.
- Tenéis los ojos igual de juntos. - continúa un James con las mejillas muy, muy sonrosadas.
- ¡POR ESO LOS BLACK TIENEN LOS OJOS JUNTOS! ¡PORQUE LES OBLIGAN A CASARSE CON SUS PUÑETEROS PRIMOS! Escúchame, James Potter, no voy a tener un hijo con los ojos juntos para que venga tu puñetero hijo a reírse del mío porque tiene los ojos juntos. Es más, pienso educar a mis hijos desde pequeños para que les caiga puñeteramente mal la gente con gafas y así se rían de tus puñeteros hijos porque serán tan topuelos como tú. Eh… - Sirius se lleva la mano a la nuca y mira al techo, como si estuviese desconcertado - ¿a qué ha venido esto de los hijos…?
- No sé - dice Peter - creo que estabas hablando de…
Nadie sabe de qué cree Peter que estaba hablando Sirius porque una carcajada alta y escandalosa le interrumpe. James ya llevaba riéndose un rato, con la botella en la mano y casi recostado sobre el suelo, pero el volumen de su risa ha ido aumentándose progresivamente hasta ese momento, en el que casi no podría contenerla aunque lo intentase. Sirius pregunta
- ¿Se puede saber qué te pasa?
Y no es capaz de contestar hasta pasados unos segundos, cuando logra tranquilizarse.
- Que has dicho "topuelo" y me ha hecho gracia - y nada más terminar la frase vuelve a ahogarse entre carcajadas - To… Pu… E… Lo…
Si hay algo en lo que las tres personas restantes en aquella habitación coinciden, es en que la palabra "topuelo" no es cómica en absoluto.
Así que ninguno de ellos sabría explicar por qué pasados unos instantes James les contagia y se encuentran los cuatro, desternillándose en el suelo. Riéndose de la palabra, de las risas de los demás, de sus propias risas, de todo en absoluto y de nada a la vez: riéndose hasta que olvidan por qué se ríen y tan solo se ríen porque reír es agradable, y Sirius piensa que es de las mejores cosas que sabe hacer el cuerpo humano, reírse: tan fácil y casi involuntario y satisfactorio.
Cuando, pasados unos largos minutos, logran tranquilizarse, el silencio sabe extraño y distante, como si se encontrasen en otro planeta.
James respira demasiado fuerte y luego vuelve a coger la botella. Esta vez el trago es más largo y quema en la garganta, pero por algún motivo sabe mejor que antes. Y probablemente no debería saber mejor, porque la botella de Sirius es alcohol del malo. Pero malo malo. Nivel criminal. Pero es que Sirius debería haber sabido que robar una botella de licor en casa de los Black no iba a ser tarea fácil y cuando encontró esa botella en la cocina tendría que haber supuesto que no era bebible ni para los elfos domésticos (los cuales se rumorea que tienen las papilas gustativas menos desarrolladas que los humanos).
Pero ninguno de ellos ha bebido en su vida y eso podría haber sido poción crecehuesos que tampoco lo habrían notado. Una vez que Remus ha dado el primer trago no le importa continuar. Es la primera vez que los cuatro beben juntos, la primera vez que arriesgan las normas y la expulsión por pasar un buen rato. Fue una decisión estúpida, esa de encerrarse en un baño a incumplir cincuenta normas, pero es que todas las historias divertidas nacen de decisiones estúpidas o absurdas. Y de esas hubo unas cuantas; muchas de ellas relacionadas con el alcohol. De los cuatro Remus siempre fue el que mejor toleró el alcohol, "eres un puto espárrago y no hay forma de tumbarte, Lunático", le diría Sirius años después. El propio Sirius, corpulento soportaría grandes cantidades, pero como en todos los aspectos de su vida nunca supo cuando parar. Eso provocó innumerables dolores de cabeza al día siguiente y "no tíos, yo de esta no paso". James era otro cantar. Si James podría haber aguantado volando en escoba tres días seguidos, el simple olor de una bebida alcohólica ya le ponía contento. Su mote conocido siempre fue Cornamenta, pero lo que nadie sabría es que para Sirius siempre sería "el rey de las potadas", por cierto suceso en 1976 en la famosa Casa de los Gritos. Y Peter… Peter simplemente era Peter. Labios contra la botella de cerveza y "uf esto se me va a subir a la cabeza".
Después de un rato y unas cuantas carcajadas incontroladas más, James sentencia que es hora de volver al dormitorio: tan solo han sido un par, pero les da la sensación de que han permanecido allí durante al menos ocho horas, y están armando tal escándalo que es solo cuestión de tiempo que les pillen. Se introducen debajo de la capa invisible y les cuesta un rato salir del baño del cuarto piso porque Sirius no recuerda cuál es el contrahechizo del encantamiento que ha utilizado para cerrar la puerta, pero tampoco recuerda el propio hechizo, así que no puede consultar a Remus.
Los cuatro se encontraban ya notablemente mareados, pero lo que ninguno de ellos se esperaba es que el acto de incorporarse fuese a triplicar esa desagradable sensación. Así que, cuando por fin lo consiguen, descubren que apenas son capaces de caminar correctamente; se tropiezan varias veces antes de conseguir doblar la esquina del pasillo de nuevo y, una vez se encuentran en el rellano, se sienten completamente incapaces de subir las escaleras.
- Podríamos dormir aquí - sugiere James.
Se hace un silencio prolongado hasta que Sirius tose.
- Remus, se supone que ahora es cuando tú dices "no, James, no podemos dormir aquí porque las normas mimimimi"
- Ya pero… - Remus suspira - Es que podríamos dormir aquí.
- Imagínate que dormimos aquí - dice Sirius, y se olvida por completo de hablar en voz baja - y se nos encuentra mañana por la mañana el profesor Slughorn aquí tirados y se da un susto de muerte.
Se ríen. No tiene ni la más mínima gracia, de nuevo.
Se ríen más.
Uno de los cuadros de la pared les manda callar y huye de su retrato murmurando "estos niños de hoy en día no saben comportarse…"
Llegan a su destino a trompicones y gracias a que se aferran a la barandilla de la escalera con todas sus fuerzas. Recuerdan la contraseña que tienen que darle a la Señora Gorda, pero ninguno de ellos se siente capaz de pronunciarla correctamente. Al final, les deja pasar sin decirla, después de que James pase al menos diez minutos conversando con ella y haciéndole prometer que no se lo contará a nadie.
En la Sala Común se escurren de debajo de la capa y se sienten como si acabasen de quitarse dos toneladas de peso de encima de los hombros.
Sirius insiste en que "no pasa nada si nos quedamos aquí en los sofás un ratito y descansamos antes de subir más escaleras" pero a ninguno de los demás les parece buena idea. Cuando llegan a la habitación, se dejan caer sobre las camas como si no les quedase ni un mínimo de energía restante en el cuerpo.
Es instantáneo, la espalda de James roza el edredón y su pecho estalla en una sonora carcajada. Sirius le da un manotazo.
- ¿Se puede saber de qué te ríes?
- Me… - casi se ahoga - Me estaba acordando de aquella vez que le escondí los deberes a Peter y le hice creer que no los había hecho.
Sirius se une a las risas.
- Y todo porque a ti no te había dado la gana de hacer los tuyos y no querías que te castigaran sin compañía - berrea.
- ¡Oye! - Protesta Peter, pero en el fondo agradece ser compañía suficiente para James.
- Pues si vamos a confesar cosas… - Sirius se vuelve hacia Remus, ahora muy serio - Yo tengo algo que decirte, Lupin.
- Sorpréndeme, Black.
- ¿Te acuerdas aquel día en la biblioteca en el que empezó a oler a rancio y nos reímos durante diez minutos de Cloud hasta que se marchó indignadísimo?
- Ehm… Sí, me acuerdo - Remus sonríe un segundo y luego adopta pose severa -. Luego tuve que pedirle perdón.
- Está bien que lo hicieras porque… - se contiene para no reventar a risas - PORQUE EL PEDO ME LO TIRÉ YO.
- ¿Que hiciste qué? - murmura Remus, que no tiene ya ánimos ni para replicar porque la habitación le da vueltas hacia todas las direcciones y se mueve arriba, y abajo, y después arriba otra vez...
- ¡Tíiiiiooooooo! - exclama James - ¡Eso no se hace!
- Cómo que no, tío, pero si es un cabr...ito.
- Vaya mierda de insulto es "cabrito".
- Que te calles, cabrito.
- No, es que la cosa es seria, Orión - James se incorpora con los ojos entrecerrados -. Nosotros somos… Nosotros somos tíos muy legales. Y hay una norma muy suprema, pero suprema suprema de verdad que dice que si te tiras un cuesco apechugas con la culpa.
- ¿Qué puñetera mierda es esa?
- Es cierto, Orión.
- LLÁMAME OTRA VEZ ASÍ Y TE PARTO LOS DIENTES UNO A UNO.
- Si me los partes uno a uno te vas a tirar un mes.
- Pues me tiraré un mes.
- Pues me tomaré poción para que me crezcan y me los tengas que arrancar otra vez y tardes dos.
- ¿Por qué ibas a querer que te arrancase los dientes dos veces, James? Si eso te duele a ti… - pregunta Peter con voz agónica desde la otra punta del cuarto.
- Además, no sé qué tienes que echarme en cara cuando antes de Navidad le robaste el coletero a Evans porque eres un asqueroso al que le gusta oler sus cosas.
- ¡Eso no es exactamente así!
- ¿Le robaste el coletero, James? - Remus abre los ojos horrorizado.
- ¡Que no! Ella se lo dejó y yo lo cogí y luego volvió y a ver… No podía decirle que lo había cogido o pensaría que soy un raro penderasta que le gusta hacer cosas raras.
- Qué mal que Lily pudiera pensar que eres un penderasta, James - le vacila Remus.
- Sería horrible - se lamenta el otro sin darse cuenta.
- Ostras, James - comenta Peter - yo pensaba que ese coletero que llevabas era de Remus.
- ¿¡Por qué iba a tener yo un coletero!?
- ¿¡Por qué iba a llevar yo un coletero de Remus!?
- ¿¡Por qué no os calláis de una vez - gruñe Sirius, casi chillando - y me dejáis dormir, que llevo la cabeza como un bombo…?!
- Estoy seguro de que no sabes ni siquiera lo que es un bombo - ríe Remus y su nariz se cierra provocando un sonido similar al de un cerdo, pero los demás están demasiado concentrados en la conversación como para darse cuenta.
- Oye, chicos, yo también tengo algo que contar… - comienza a decir Peter.
- No me digas que tú también, Peter.
- Sí, Remus. Bueno… En realidad tiene que ver con Sirius.
- ¿¡QUÉ HAS HECHO!?
- Bueno… Pues es que…
- Venga, arranca.
- Que una vez no encontraba mi camisa así que me puse la de Sirius y cuando preguntó por ella le dije que los elfos la habían perdido.
- ¡SERÁS DESGRACIADO! ¡TE VOY A MATAR! ¡ESTUVE BUCÁNDOLA UNA SEMANA!
- Hala, hala, no me seas exagerado, si todos sabemos que solo te la cambias una vez al mes. - James hace una pausa y, al ver que nadie replica, pregunta - Por cierto, Remus, ¿qué hora es?
- Las cuatro y cuarto de la mañana - contesta Remus.
- ¿¡LAS CUATRO Y QUÉ!?
- ¿¡LAS CUATRO Y CUÁNDO!? - dice Sirius, imitando a su mejor amigo.
- ¿¡LAS CUATRO Y DÓNDE!? - continúa Peter.
- No os penséis que voy a decir…
- Remus. Hazlo.
- No, Sirius.
- Pues vaya aburrido que eres.
- Está bien… ¡¿LAS CUATRO Y CÓMO!?
- Jo, Remus. Es que ya había dejado de tener gracia… - interviene James.
- Eso, eso, ahora ya no le habría hecho gracia ni a Mr. Sexy, y mira que te tiene enchufado, eh.
- Que te jodan, Sirius.
- UY, PERO LO QUE HAS DICHO, REMUS LUPIN.
- Un tacooooooooooooooo - berrea James moviendo los brazos en el aire.
- ¡REMUS HA DICHO UN TAAAA-CO! - canturrea Peter.
Remus no es capaz de soportarlo más y, además, están comenzando a cerrársele los ojos, así que sentencia que al día siguiente hay clase y que es hora de irse a dormir. Sirius, James y Peter admiten que también tienen algo de sueño y antes de darles tiempo a cambiar de opinión, saca la varita y la sacude para conseguir apagar las luces.
Pasan tan solo un par de segundos hasta que Sirius protesta.
- Tío. Tío, tío, tío, tío. Tío.
- Qué pasa, Sirius.
- Tío, Remus, tío, enciende la luz, que creo que voy a vomitar.
- ¿Qué te pasa?
- Que la habitación se mueve, tío.
- Ahora que lo dices - interviene James - a mí también se me mueve un poco.
- ¿Hostia, creéis que esto es lo que se siente cuando estás borracho?
- ¿Estamos borrachos? - preguntan James y Peter, a la vez.
- A mí me parece que estáis bastante borrachos - ríe Remus.
- Pues tú tampoco te quedas corto, ¿eh, chato?
- Pero Sirius, si eres tú el que no sabía casi ni andar… - apostilla James.
Terminan por no soportarlo más y vuelven a encender la luz. Para entonces, ninguno tiene ya ni un ápice de sueño. Se incorporan sobre las respectivas camas, con las piernas cruzadas, mirándose los unos a los otros. Y es en ese momento que la bombilla dentro de la cabeza de Sirius Black que lleva un buen rato apagada, se ilumina.
- Oye Remus, que todos hemos contado algo y tú no te vas a ir de rositas.
- ¿Contado algo de qué?
- Confesiones… - Murmura Peter.
- ¿Qué? - y Sirius casi puede oír cómo traga saliva - Yo no tengo nada que confesar…
- Pues ahora que me acuerdo, Remus, cuando hemos llegado me has dicho que me tenías que contar algo importante…
- Yo no recuerdo eso. - Y Sirius no es el tipo de persona que se da cuenta de las cosas habitualmente. De hecho no es el tipo de persona que se da cuenta de ALGO nunca. Pero esa vez le es imposible no ver cómo los ojos de Remus se desvían un milisegundo hacia James y después se vuelven a enfocar en sus manos, que juegan nerviosas con el jersey.
- Que no pasa nada si no nos lo quieres contar, pero…
- No es que no lo quiera contar pero…
- ¡Entonces es que hay algo! - Sirius insiste - Joder, te he contado que estoy prometido, ¿qué puede haber peor que eso?
Y sí que puede haberlo.
Hay algo peor, algo definitivamente peor, que Remus lleva días guardándose y que no soporta contener un solo minuto más. Porque no contarlo significa mentir y traicionar a sus tres mejores amigos. Y aunque en un principio hubiese planeado llevarse el secreto a la tumba, al escuchar esas palabras "¿qué puede haber peor que eso?" no es capaz de evitarlo.
Tiene que decirlo. Bueno, no TIENE que decirlo, pero se siente en la obligación. Siente que se lo debe. "De todas formas tampoco es que sea mi culpa", piensa. Y luego se arrepiente. Porque sí que es su culpa. Es su culpa por ser tan idiota de no aclararse y que la buena de Lily Evans tuviera que acudir al rescate. Tiene que decirlo.
Pero buscar las palabras es la parte más complicada.
- James… Yo… La verdad es que… Yo… Esto…
- Si es por aquella vez que te chivaste a Flitwick de que había sido yo el que escondió todas las plumas en lo alto del armario para que no diésemos clase porque hacer levitar cosas otra vez me daba pereza, no te preocupes, tío, ya lo sabía. Además, íbamos a primero.
- No… No es eso, o sea, sí fui yo pero es que eran clases interesantes y… Que no es eso.
- Y si estás enamorado de mí lo entenderé. A todo el mundo le pasa.
- No, que tampoco es eso.
- Merlín Santísimo, Remus, habla de una vez - bosteza Sirius.
- James, creo… Creo que he besado a Lily Evans.
El silencio es tan espeso que podrían escuchar cómo un grillo se rasca las antenas en la corteza de un árbol en el Bosque Prohibido.
- Que crees, ¿qué? - Suena tranquilo. Suena tan tranquilo que mientras pronuncia las palabras James se plantea haberse muerto por dentro. Si el ser humano tuviera que ocuparse conscientemente de bombear sangre, su corazón se habría ido de vacaciones. No deja de repetirlo. Una y otra vez: "creo que he besado a Lily Evans". Y cuando lo hace se le plantean varias preguntas: la primera de todas es "¿CÓMO QUE CREES? ESAS COSAS NO SE CREEN, ESAS COSAS SE SABEN", la segunda es "por qué Remus ha dicho besé y no besamos" a la que coherentemente asocia una imagen en la que el joven licántropo está amordazando a una indefensa Lily Evans con la falda muy corta. Aparta esa imagen rápidamente; en primer lugar porque cree que está sacada de una película que a la señora Potter no le habría gustado que viera y en segundo porque es Remus y es una idea disparatada. ¿Seguro? Sí, es una idea absurda. Seguro que tiene que haber una explicación. Puede que a Remus le diera un ataque de asma o algo así y Lily no tuvo más remedio que hacerle el boca a boca. Es tan lista que sabrá hacer esas cosas. O puede que Remus estuviera caminando, se tropezase y cayese justo encima de los labios de Lily. Esas cosas pasan. Casualidades. Tiene que ser eso. O igual es una broma. Igual Remus me está gastando una broma pesada. O igual no quería decir que ha besado a Lily Evans y en realidad ha querido decir que ha mordido a Lily Evans. Ay madre, no puede ser que Remus haya mordido a Lily. ESPERA. No. No. Ha dicho "he besado". Remus no se equivoca con esas cosas. Además, he visto a Lily antes y no estaba ni un poco peluda.
- Déjame que me explique, ¿vale? Antes de enfadarte y odiarme. Cuando termine… Entonces sí que puedes odiarme.
Desde su cama, Sirius les observa a los dos con expresión atónita. A aquellas horas de la noche y con el whisky todavía en el estómago y retumbándole en la cabeza, le cuesta un poco asimilar lo que está sucediendo porque todo parece irreal y distante, como sacado de un sueño. El Sirius de hace tan solo unas horas habría roto la tensión de la situación haciendo una broma o intentando reconciliar a sus amigos con alguna burda frase pero el Sirius de aquel momento no tiene ni idea de cómo reaccionar ante aquello y, además, no termina de comprenderlo. Se siente como si estuviese sentado enfrente de un libro lleno de información importantísima escrito en un lenguaje que no termina de comprender del todo.
Gira la mirada hacia James y está pálido. Calmado, pero pálido, como si acabase de sorberle el alma un dementor o algo parecido. Agacha la cabeza porque las lágrimas están empezando a aflorar en sus ojos poco a poco y quizás tampoco se hubiera dado cuenta de este detalle estando sobrio, pero juraría que le tiemblan un poco las manos. Las manos de Remus, sin embargo, están inmóviles y ocultas bajo las mangas gruesas del jersey, y no está tan pálido como aterrorizado mientras mira al infinito, buscando las palabras adecuadas para explicar aquello minimizando el impacto. Se siente un poco culpable por ello pero la verdad es que en aquel momento, le desprecia; a Remus y a su forma de haber esperado toda la noche para contar aquello y aquella pequeña traición que, si bien no le incumbe del todo, significa algo para él también. El jodido hombre lobo ha puesto a una tía por delante de nosotros, sus amigos, y si eso no es una traición de las gordas no sé qué lo será.
- Bueno, es que… Pues… Yo pensaba que me gustaba y… Y me sentía mal y se lo… Se lo dije, pero… Pero no porque quisiera que me dijera que yo también le gusto porque no le gusto, sino para que… Se alejase de mí y… Pero se lo dije y… Me besó… Y…
- ¿Te besó ella? - pregunta James, intrigado.
- Venga ya - gruñe Sirius.
- Sí, pero, lo que quería decir es… Que… No me gustó. En serio. Nada de nada.
Un segundo de silencio incómodo.
Dos.
Tres.
Cuatro.
- Espera un momento - reacciona por fin James, y parece atónito, como si la simple posibilidad de que un beso de Lily no le gustase a alguien se escapase completamente a su entendimiento. - Repite eso.
- Que… No me gustó.
- ¿No te gustó? Venga, Remus. ¿Ni un poquito?
- N-no… No sé… No fue… Nada especial.
- Pero… - James entrecierra los ojos confuso - Pero es Lily, tenía que saber bien y besar bien y…
- No es eso. Quiero decir. No fue problema de Lily. Es que… No creo que me gustase de verdad, James. Ella me dijo que me había besado porque ya lo sabía. Y porque sabía que… Bueno, que no iba a gustarme.
- Oh.
Sirius no tiene ni la menor idea de cuáles son los motivos que te pueden llevar a besar a alguien QUE NO TE GUSTA simplemente para que se dé cuenta de que tú NO LE GUSTAS TAMPOCO. Chico, jamás entenderé a las tías. De todas formas a quién le importa que Lily hiciera eso. La cosa es que Remus se dejó hacer. Y no es como si James fuera a…
- Vale.
James inclina la cabeza hacia un lado después de hablar y luego continúa con un "está bien, Remus".
- ¿Está bien? - El rubio esboza una mueca de incredulidad. Es curioso ver cómo la nariz de Remus se arruga. No hay muchas cosas en el mundo que le puedan sorprender.
- Sí, lo está, claro que lo está.
Sirius no entiende nada. Peter menos. Y Remus anda perdidísimo.
- No, pero… - Vuelve a hablar - ¿Está bien? ¿Bien de bien bien?
- ¿Por qué no lo iba a estar?
- No sé porque… - El chico se lleva los dedos a la cabeza y se aparta el flequillo de la frente - Porque la reacción coherente a esto es que me pegues un puñetazo. Y James, estoy dispuesto a poner la cara dos veces si hace falta.
- No quiero pegarte un puñetazo, Remus.
- ¿PERO POR QUÉ NO? ¡ME HE PORTADO MAL! - Se levanta, lloriquea un poco. La habitación se mueve menos pero su cabeza da vueltas - TIENES QUE ENFADARTE CONMIGO.
- No quiero enfadarme contigo…
- ¿PERO POR QUÉ NO? - Repite en un quejido.
Es sencillo. Cuando hay algo en tu interior que te atormenta es mucho más fácil sentir que has pagado por ello que tener la sensación de que la culpa continúa ahí. Latente. En el aire. Para Remus el beso de Lily es ácido, es veneno en su cuerpo y en sus órganos y necesita como el respirar que James le pegue, que James le grite, que James le diga que ha hecho algo horrible, que le dé su merecido para poder volver a mirarle sin sentir vergüenza. Pero James sigue ahí, sentado, con las manos en las rodillas y expresión imperturbable. Imperturbable hasta que levanta el dedo para limpiarse una lágrima traicionera y se encoge de hombros.
- Pues porque te quiero, Remus.
Te quiero.
Remus boquea ante las dos palabras. Se vuelve instintivamente hacia Sirius, como buscando una respuesta a una pregunta que ni siquiera has ido formulada. El joven Black sin embargo no le mira, porque sus ojos claros están fijos en la cara de James. Es lógico. Sirius nunca jamás ha escuchado un "te quiero". Los ha leído en los cómics. En algún libro. Pero nunca en su vida nadie le ha mirado de esa forma y ha dicho esas dos palabras. Y ahora, y sólo ahora se da cuenta de por qué la gente se pega por escucharlas. Para James es algo normal, algo tan sencillo como levantar la varita y conjurar un hechizo para lavarse los dientes. Sin embargo, y por la cara de Remus, para él no lo es tanto: sus ojos azules brillan bajo la luz de los candelabros y su nariz vibra. Sus hombros se contraen violentamente y hay algo en el ambiente que pesa más que doscientos Frailes Gordos juntos (cuando estaba vivo, claro).
Es una de esas cosas que Remus y Sirius tienen en común. Esos "te quiero" que siempre sorprenden. Tal vez no sean esas dos palabras sino que lo sea la personificación de las mismas; ese muchacho de pelo desordenado que aparentemente le cae mal a medio mundo y que sin embargo ahí está: perdonando lo imperdonable.
Remus puede que no lo sepa en ese momento, pero para entonces, la amistad era ya inevitable. Ellos eran inevitables. Nunca hubiera hecho falta ese "te quiero" ni tampoco los de después. Porque hay cosas que están destinadas a ocurrir y personas que están destinadas a suceder.
- Me… ¿Me qui…? - No acaba la pregunta.
- Claro que te quiero, Remus - James se inclina hacia un lado y con un gesto de varita y un susurro una bolsa acude a sus brazos. Hay un paquete envuelto en el interior y él mismo lo coge y lo extiende hacia su amigo -. Entiendo lo que pasó y entiendo que tenía que pasar… Lily es una chica lista y si hizo lo que hizo es por algo. Supongo que ahora no hay ninguna duda de que no te gusta y eso… Eso es bueno. Así que vamos a olvidarnos del tema.
- Tío - Peter, James y Remus levantan la cabeza hacia un Sirius que para su sorpresa tiene los ojos humedecidos -, tíos… No me podéis hacer esto.
- ¿Estás llorando? - Remus se muerde el labio, debatiéndose entre reír y correr el riesgo de recibir un puñetazo o continuar con su lastimero sollozo de culpabilidad.
- CLARO QUE NO - se limpia la nariz con un estruendo - PERO NO ME PODÉIS HACER ESTAS COSAS PORQUE… JAMES, JODER ERES TAN BUEN TÍO, Y TÚ, REMUS, ERES TAN CAPULLO PERO TE HACES TANTO DE QUERER…
- Eh… ¿Gracias…? - Murmura Remus.
- ¿Vas a abrir el regalo o qué? - Gruñe James ignorándoles - Espero que hayamos acertado.
Remus obedece y rasga el papel con cuidado. Es una caja negra de cartón y cuando la sacude levemente nota que contiene algo pesado pero no demasiado grande. Ante las miradas de impaciencia de sus amigos se apresura a abrirla y cuando finalmente levanta la tapa y aparta todos los envoltorios, casi no puede creérselo.
- ¿¡Me habéis comprado una…!?
- ¡Efectivamente! - exclama James - La mejor cámara que encontramos en todo Londres para el mejor amigo del planeta. Es de parte de los tres, ¿eh? No te creas…
Es de color negro y plateado, rectangular, solo un poco más grande que la palma de la mano. La caja contiene, además, varios carretes de fotos, y viene con uno puesto.
- Verás, nos ayudaste con el trabajo ese de las fotos y - continúa - la verdad es que nos salió genial gracias a ti, y parecía que te gustaba el cacharro ese, así que decidimos comprarte uno para que puedas inmortalizar todos mis momentos de gloria y después venderlos a las revistas cuando me haga famoso y hacerte millonario tú también, a mi costa.
- Y para que hagas fotos a lo que quieras - añade Sirius.
- Y para que hagas fotos a lo que quieras.
- Jo, chicos, no sé qué decir, yo… No me merezco esto, de verdad. Muchísimas gracias. Sois los mejores amigos del mundo.
James hace un gesto, como una especie de movimiento con la cabeza, y antes de que pueda darse cuenta Sirius, James y Peter se han levantado de sus sitios y comienzan a invadir el espacio en su cama. James se tumba a su lado, Peter se sienta en la esquina y Sirius se recuesta sobre el otro lado del colchón. Y entonces entiende.
Quieren que la estrene.
Observa atentamente la cámara durante unos segundos. Hay infinidad de botones y pequeñas ruletitas que todavía no sabe exactamente para qué sirven y que todavía le costará unos meses aprender a manejar. Así que por el momento, tan sólo destapa el objetivo, la enciende, extiende el brazo y reza con todas sus fuerzas para no equivocarse al disparar. Los cuatro miran a la cámara y sonríen, y Remus aprieta el botón.
Pasarán todavía unas semanas hasta que, de la misma forma que aquella vez que ayudó a Sirius, Peter, James y Mary para su trabajo de Estudios Muggles, Remus revele ese carrete. Además de esa primera instantánea, contendrá aproximadamente otras veinte fotografías de todo tipo de situaciones; desayunos y cenas e incluso alguna toma robada a escondidas en una clase o en los pasillos, victorias de quidditch. Fotografías movidas, mal hechas, un par de ellas con el dedo de James tapando parcialmente el objetivo; en la mayoría de ellas, salen desprevenidos o con expresiones tan absurdas que están casi irreconocibles. Y el recuerdo de esa escena, el reencuentro con aquella noche en la que bebieron demasiado y por primera vez y volvieron al dormitorio demasiado tarde y se confesaron un millón de cosas tontas - y no tan tontas - le hará sonreír. Y seguirá haciéndole sonreír, meses después, años después. Y de lo demás, de la culpabilidad, del sentimiento de traición, del miedo a perder a las personas que más le importan: de eso, no queda nada. Tan sólo permanecen sus cuatro sonrisas sinceras, congeladas en el tiempo, de una noche de Enero de 1974 en la que Remus Lupin se dió cuenta de que quizás su amistad no fuese la más bonita de todas, o la más perfecta; pero, sin duda, no la cambiaría por nada del mundo.
