Pasadizos

El quinto piso de Hogwarts es uno de los menos transitados de cuantos tiene el castillo. En él no hay muchas aulas ni lugares de interés: tan solo los estudiantes de Estudios Muggles y quienes ocasionalmente utilizan las salas de música y pintura, que no son muchos, transitan ocasionalmente sus corredores. Si más alumnos se pasasen por allí a menudo, quizás descubrirían que es uno de los pocos lugares del edificio desde el que se puede acceder sin problemas a la parte trasera de la torre del reloj; o que una de las puertas del final del pasillo permite la entrada tan solo a estudiantes de séptimo curso con el objetivo de proporcionarles un lugar más amplio, cómodo y tranquilo que la biblioteca para estudiar sus exámenes finales. O quizás, tal y como hicieron Sirius y James, casi por casualidad, en una tarde de enero de 1974, encontrarían el pequeño pasadizo que se esconde — tan típico como pueda sonar — en una trampilla oculta detrás de una de las cortinas de terciopelo de color granate que adornan las paredes de piedra de principio a fin. Tras ella se esconde una especie de pasillo secreto que zigzaguea hacia arriba y va a parar a una especie de abertura detrás de un retrato mágico que permanece vacío porque fue abandonado por su habitante hace ya muchísimos años. Si empujas el cuadro, con cuidado, ofrece una perfecta vista de todo el pasillo norte del quinto piso, en general, y de la entrada del baño de los prefectos, en particular. Durante siglos, el pasaje ha sido testigo de escapadas nocturnas, conversaciones secretas y momentos íntimos entre jóvenes; ha servido como almacén clandestino de fuegos artificiales, de bebidas espirituosas, de artículos de broma de Zonko e incluso de materiales para pociones obtenidos de forma poco lícita. Pero el uso que Sirius y James han encontrado para él aquel día es un tanto distinto.

— De verdad te lo digo, tío: si una chica no es guapa cuando lleva el pelo mojado es que no es guapa de verdad. Eso tiene que ser una ley escrita en alguna parte. — afirma Sirius, agazapado en una esquina, levantando levemente la parte trasera del retrato con una mano para que ambos puedan observar sin ser vistos.

— No sé. A mí esa tía me parece bastante guapa, pero la verdad es que recién salida de la ducha parecía un conejillo escuálido. — contesta James, pensativo.

— Ponle un seis.

— Le has puesto un siete a la tía esa que lleva el pelo detrás de las orejas y lleva dos semanas con un grano en la barbilla más grande que tu cabeza.

— Porque tiene buenas piernas.

— ¿Quién demonios se fija en las piernas?

— Agh, trae — Sirius se inclina hacia él y le arrebata el pedazo de pergamino que sostiene entre las manos. Saca una pluma de su mochila que todavía conserva un poco de tinta fresca y escribe: "chica del pelo marrón rojizo y la camiseta azul: 6".

— Marrón rojizo. Para no saberte el nombre de ninguna, eso es una descripción muy detallada.

— A ver... De momento, tenemos: a la tía rubia del pelo corto y negro y pecas en la cara, con un ocho, a la de la piel morena y las pecas en los brazos, con un siete, la bajita de las trenzas con un cinco y medio, un nueve para la alta de las tetas grandes y un... ¿siete? ¿¡cómo que un siete!? para esa que juega en el equipo de quidditch de Hufflepuff.

— Ningún suspenso, ¿eh? — ríe James, pícaramente. — No está mal.

— Ya, tío, pero no nos sirve de nada tener una lista de tías buenas si no sabemos cómo se llaman ni a qué curso van. — gruñe Sirius.

— Creo que la de las trenzas es de Gryffindor. De sexto o por ahí. Es amiga de la de las pecas.

— ¿La de las pecas en la cara o las pecas en los brazos?

— ¡Y yo que sé!

— Ojalá que existiera una persona en el mundo que se supiese todos los puñeteros nombres de la gente en el castillo.

Y acto seguido James sonrie con suficiencia.

— Ah... ¿que no existe?

Deciden subir al dormitorio. Al fin y al cabo, no parece que vayan a poder ver clandestinamente a ninguna chica más desde allí y tendrían que volver al día siguiente. Suben las escaleras mágicas casi de dos en dos y cuando llegan a la Sala Común se encuentran a Remus y Peter colocados cada uno en un sofá, aparentemente leyendo un libro muy gordo, y rodeados de trocitos de pergamino en el suelo y entre los cojones. Sirius y James se sientan en el suelo, justo delante de donde están ellos, y saludan con entusiasmo.

— ¡Hola, chicos! — exclama James, enérgicamente — ¿Qué hacéis?

— Dragones — contesta Peter, todavía absorto en el trozo de papel doblado y arrugado que sostiene entre las manos — de papiroflexia. ¿Veis?

Señala al libro con un gesto de cabeza.

— ¡Qué interesante! Ahora que lo pienso... ¿sabéis a quién vi el otro día haciendo (cursiva) papiroplexia de esa en un descanso? A la chica esta del equipo de Hufflepuff, cómo se llamaba...

— ¿Constance Appleton? — pregunta Remus, sin desconcentrarse.

— Sí, eso. Y... Estaba con otra chica... — James mira disimuladamente al trozo de pergamino que ha guardado en el bolsillo y continúa — esa que tiene el pelo corto y negro y es de... ¿Slytherin?

— De cuarto, sí. Daisy Cooper. Aunque no se llevan muy bien últimamente... — contesta el joven hombre lobo — Creo que han tenido una pelea por un chico o algo parecido. Pero no es como si a mí me interesasen esas cosas...

— Uy que no te interesan, pillín — dice Sirius — ¡Si te encantan los cotilleos! ¡Seguro que también te has enterado de lo que le ha pasado esta mañana a la chica esa de las trenzas! Cómo se llamaba...

— Oye, chicos — gruñe Remus, y ahora sí que levanta la vista de lo que está haciendo — Soy yo, ¿o hoy tenéis un interés especial en saber el nombre de ciertas chicas? En particular, de chicas más mayores que vosotros.

— A lo mejor. ¿Te interesaría ayudarnos? ¿O estás muy ocupado haciendo lagartijas de papel? — le ofrece Sirius, levantándose del suelo y sentándose en la esquina del sofá que Remus y Peter ocupan.

— Que son dragones, Sirius.

— Pues a mí me parece una largatija. — contesta este, arrebatándole el papelito de las manos.

— Es que no consigo hacerle las puñeteras alas. — masculla Remus, suspira, y después se gira hacia a Sirius, con los brazos cruzados sobre el pecho — ¿Qué estáis tramando James y tú?

— No te lo vas a creer, pero hemos encontrado — explica James — un nuevo pasadizo secreto en el quinto piso, cuando íbamos hacia clase de Estudios Muggles esta mañana.

— ¿Un nuevo pasadizo? — Remus parece sorprendido — ¿Hacia donde lleva? ¿Sale fuera del castillo?

— No, no, — James niega con la cabeza — es un poco inútil, la verdad. Son una especie de... Escaleras, y si subes por ellas, te lleva a una especie de habitación que hay detrás de un cuadro, el que está justo encima...

— Del baño de prefectos de las chicas. — completa Sirius.

— Y hemos visto unas cuantas chicas guapas desde allí y como tú eres tan buen amigo pensábamos que...

— ¿¡HABÉIS ESTADO ESPIANDO A LAS PREFECTAS!? — exclama Remus — No, lo que es peor, ¿¡HABÉIS ESTADO ESPIANDO A LAS PREFECTAS DESPUÉS DE SALIR DE LA DUCHA!?

— Bueno, tío, siento romper tus ilusiones sobre el sexo femenino pero había más de una que no se había lavado más que los dientes y a su casa. — se defiende Sirius.

— ¡PERO QUE ME DA IGUAL! ¿¡SOIS IDIOTAS!? ¡NO PODÉIS IR POR AHÍ ESPIANDO A LA GENTE! ¡LAS CHICAS SON PERSONAS, NO OBJETOS!

— Shhhh, Remus, baja la voz, que nos va a oir todo el mundo... — suplica Peter.

— ¡SI LA GENTE SE ENTERA SÍ QUE LO VA A OIR TODO EL MUNDO! Os podéis meter en una muy gorda, de verdad, tenéis que ser más respons...

— Buah — ríe Sirius — para gorda, la tía esa de Ravenclaw de cuarto...

— Bualaaaaaaaaaa — exclama James, al tiempo que le da una palmada en el hombro a su mejor amigo en el hombro — buena esa, ¿eh?

— Sois despreciables y no os lo digo tan a menudo como debería.

James y Sirius ríen y Peter deja escapar una risita ahogada y Remus se enfada. Se cruza de brazos y se gira sobre el asiento, casi dándoles la espalda, y como el trozo de pergamino que estaba utilizando está ya demasiado arrugado, alarga la mano y coge otro pedazo y empieza de nuevo. Ninguno de los tres se toma en serio su indignación durante los diez primeros minutos, pero cuando transcurren cinco más y el joven licántropo sigue sin pronunciar ni una sola palabra dirigida hacia ellos, comienzan a sentirse incómodos y a pensar que algo va mal.

— ¿Qué te pasa, Remus? — pregunta James — ¿Nos odias, Remus?

— Ocasionalmente — contesta éste.

— Pero si no hemos hecho nada, por el amor de Merlín, eres un llorica.

— No sé como lo veréis pero yo no me relaciono con gente que espía a mujeres en la ducha.

— Técnicamente — ríe Peter, de nuevo — no las han espiado en la ducha. Solo en la puerta del baño.

— Me importa un comino, Peter.

— Bueno, bueno, que Lupin se nos pone chulo — dice Sirius, con tono burlón — qué miedo, tío, casi me hago pis en los pantalones.

— De ti no me extrañaría nada, Sirius.

— Oye, ¿¡qué quieres decir con eso!? — exclama él.

— Venga, Remus, ¡si eres el alma de la fiesta! Si no nos haces caso nos aburrimos mucho — trata de convencerle James.

— Me lo pensaré si os disculpáis.

— ¡Venga ya! — brama Sirius — ¿Qué eres, mi madre?

Gruñe y también se cruza de brazos, en la dirección contraria a la que está colocado Remus. No obstante, si bien Remus sería capaz de pasar mucho, muchísimo rato sin dirigirles palabra, para Sirius mantenerse más de tres minutos con la boca cerrada es un reto complicado. Cuando lleva cuarenta y cinco segundos ya se siente un poco inquieto y pasados dos minutos enteros que parecen dos horas no lo soporta más y se rinde.

— Reeeeeeeee—muuuuuuuus — ronronea, intentando captar la atención de su amigo mientras frota su frente contra el hombro de él — perdóoooooooonanoooooos, veeeeeenga... No lo haremos máaaaaaaas...

— ¿No espiaréis a más chicas? — pregunta él, escéptico.

— Que no — dice James — de verdad.

— Al menos, si lo hacemos, no te vas a enterar, eso está prometido.

— ¡Sirius! — James le da un codazo.

— ¿¡Qué he dicho!?

— Venga, Remus, no te enfades con ellos, pobres — insiste Peter.

Remus se aparta el flequillo de la frente con gesto cansado, como si acabase de envejecer tres años de golpe, murmura algo así como que no se enfada con ellos pero que son un par de rematados idiotas y unas cuantas cosas más sobre la amoralidad de sus acciones que ninguno de los tres alcanza a entender con exactitud. Sirius no quiere darle la razón pero tampoco quiere discutir con él así que decide cambiar de tema como puede y pregunta:

— Bueno, chicos, ¿qué vamos a hacer esta tarde? Ya sabéis... No hay deberes ni nada, hace un día cojonudo, ¡tenemos que aprovechar el tiempo!

— Hace como cero grados más o menos, Sirius — le contradice James.

— Pues eso. ¡La temperatura perfecta! Cero grados, joder, ¡ni frío ni calor!

Lo dice tan serio que ninguno de los otros tres sabe qué contestar, incapaces de distinguir si realmente piensa eso que acaba de decir o es tan solo una ironía muy mal expresada o un intento de broma. Ante su silencio, Sirius insiste:

— Oye, en serio, ¡vamos a hacer algo!

— Coge un trozo de papel, venga — le anima Remus — que te enseño a hacer una pajarita, ya verás, es muy fácil...

— Remus Lupin, no me toques las narices.

— ¿Qué? Solo te he dado algo que hacer esta tarde como querías, Sirius. — contesta, y señala hacia el libro y los pergaminos que todavía se encuentran entre el sitio de Remus y el de Peter, indicándole que se una a ellos.

— Escúchame, lobezno del tres al cuarto — le espeta él — por encima de mi cadáver voy a hacer papiromierdas de esas.

— Pues vale, Sirius. En serio, ¿tienes que ser siempre tan maleducado?

— Cuando tú dejes de ser un abuelo de quince años.

— Tengo catorce.

— ¡Peor me lo pones!

— Seré un abuelo pero al menos no soy un engreído maleducado.

— ¿Se supone que ser un engreído es peor que ser un abuelo?

— Sí.

— Pues vaya prioridades tienes tú, colega. ¿O debería decir "señor"?

— Que te den.

— Pues la verdad, Sirius, es que la papiroflexia no está tan mal — comenta Peter.

— ¿¡PERO QUERÉIS DEJAR DE DISCUTIR!? — exclama James — Sois como críos. O peor: ¡sois como adultos!

— Bueno, cabeza de chorlito, pues ya me dirás tú qué vamos a hacer toda la puñetera tarde. Venga, piensa ideas.

— Yo siempre tengo ideas, Sirius.

James les indica que se levanten y le sigan. Insiste en que tienen que enseñarles a Remus y Peter el nuevo pasadizo que han descubierto, aunque las utilidades que podrían encontrar para él son realmente ínfimas. Remus se esfuerza en no mostrarse demasiado entusiasmado y tan solo se encoge de hombros ante la propuesta pero todos los demás saben de sobra que, a la hora de la verdad, disfruta tanto de salir a merodear por los pasillos y todos aquellos lugares en los que se supone que no deberían estar como cualquiera de ellos.

Aunque es de día y es poco probable que puedan meterse un lío por corretear por los pasillos del castillo, Sirius insiste en coger la capa de invisibilidad, por si acaso. Así que James sube rápidamente a la habitación, subiendo los escalones de dos en dos, y la mete en su mochila. Coge también pluma, tintero, una de las libretas que tomó prestada de Remus allá por primer año y se echa la bolsa al hombro, sosteniéndola solo de un asa sobre la espalda. Y después todos se dirigen, de nuevo, al pasillo del quinto piso. Remus observa a su alrededor con curiosidad, pues prácticamente nunca había tenido la ocasión o la necesidad de transitar aquella zona del pasillo en concreto: Una vez allí, se detienen en la puerta del baño de los prefectos.

— ¿Donde decíais que está el famoso pasadizo? — pregunta Peter.

— Verás, Pete — explica James, y señala al cuadro que se encuentra colgado justo encima del marco de la puerta — ¿ves ese cuadro de ahí? El del paisaje del lago y las florecillas.

— Sí, lo veo.

— Bueno, pues ahora fíjate — continúa, y avanza unos metros hacia la derecha de donde se encuentran, concentrado, como si estuviese contando sus pasos. Después extiende la mano hacia una de las cortinas granate y la aparta, dejando la pared de piedra al descubierto. La tantea con las manos, buscando entre las rendijas hasta que encuentra una pequeña apertura entre ellos de la que se puede estirar para accionar una pequeña trampilla que, al abrirse, crea una abertura en el muro que es lo suficientemente grande como para que una persona de estatura media pudiera atravesarla agachándose un poco.

Peter deja escapar un "wooooow" ahogado y Sirius sonríe, satisfecho.

— ¿Y esto se supone que te lleva a la habitación de detrás de ese cuadro de ahí arriba? — pregunta Remus.

James y Sirius asienten al mismo tiempo y les invitan a pasar. Remus vacila durante unos segundos, pero es el primero en atreverse a entrar mientras los demás esperan fuera. Tal y como sospechaba, la pequeña puerta da lugar a un pasillo mucho más amplo con escaleras hacia arriba. Los otros tres esperan pacientemente hasta que Remus termina de explorarlo.

— Bueno, sí, es un pasadizo, pero no creo que pueda dársele absolutamente ningún uso — apostilla éste mientras sale de la trampilla casi de cuclillas — ¿Por qué es tan importante, James?

— Sí, vale, es un pasadizo un poco ridículo. Pero, si existe uno de estos en el castillo...

— ...quiere decir que hay más que no conocemos — Sirius termina la frase, espontáneamente, pero suena como si lo hubiesen ensayado con anterioridad.

— Estáis sugiriendo que vayamos a encontrarlos, ¿no? — dice Remus.

— No, amigo mío — contesta Sirius, esbozando una sonrisa y pasando el brazo derecho por encima de los hombros de Remus — estamos afirmando que vamos a ir a encontrarlos.

Antes de emprender la búsqueda James saca la libreta, la pluma y el tintero y se sienta en el suelo. Elige una página al azar y apunta: "pasadizo del retrato del baño de los prefectos: siete pasos a la izquierda, tercera cortina, trampilla." y dibuja un pequeño esquema indicativo de cómo llegar a él y el lugar al que lleva. Les explica a sus amigos que lo que pretende hacer es apuntar todos los pasadizos y secretos del castillo que encuentren durante todo lo que queda de año, y durante los años siguientes, para que no se les olvide ninguno ni cómo acceder a ellos. Pueden guardar la lista completa en el dormitorio para que nadie más la encuentre y, poco a poco, hacerse los dueños absolutos de todos los misterios habidos y por haber entre aquellas paredes. Es un plan ambicioso, casi descabellado; a menudo escuchan, en boca de los profesores y de los alumnos más mayores, que nadie, nunca jamás, en toda la historia de Hogwarts, ha conseguido desentrañar por completo todas sus encrucijadas. Y si alguno de ellos hubiera escuchado aquella tarde a ese niño de trece años de pelo negro y revuelto y gafas grandes sonreír con toda la seguridad del mundo en los labios y afirmar decidido que no le importaba cuántos antes de él lo hubieran intentado y fracasado porque no iba a descansar un solo segundo hasta conseguir su propósito, posiblemente se hubiese reído. De hecho, cualquier persona con unas mínimas nociones de la historia del castillo haría lo mismo. Pero Sirius dice "pues claro que sí, joder, así se habla" y Peter dice "va a ser complicado, pero lo conseguiremos" y Remus sabe que es improbable, casi imposible, pero el brillo en sus ojos es intenso como si estuviese hecho de relámpagos, y algo en su interior quiere creer que, si realmente se lo proponen, podrían lograrlo. Así que se limita a asentir con la cabeza, y James le mira y sonríe, y Sirius y Peter sonríen también, y una especie de sensación cálida le llena el estómago de energía y de ganas de dar lo mejor de sí.

— Podemos empezar por el primer piso — sugiere Peter — e ir subiendo hacia arriba. A los pasillos más altos podemos acceder en cualquier momento porque no hay apenas clases en ellos pero los primeros están siempre abarrotados por la mañana.

Parece un buen plan. Por lo menos, nadie tiene uno mejor. Se encaminan hacia las escaleras mientras James se queja de lo complicado que es dibujar con pluma y tintero sin mancharte las manos de negro. Y una vez allí, comienzan a buscar. Golpeando ladrillos y baldosas, moviendo retratos, estanterías, preguntando a los fantasmas e incluso a algunas de las personas que viven en los cuadros. A base de muchos, muchísimos intentos, y tres hechizos distintos, Sirius consigue abrir una de las puertas del segundo piso que había permanecido siempre cerrada desde la primera vez que recuerdan haberla visto y, observa, satisfecho, que lleva al gran almacén en el que se guarda la mayoría de comida que surte las cocinas. No obstante, unos pocos segundos después de conseguir forzar la cerradura de la puerta — Remus supone que es porque lo han hecho de forma "ilegal", usando magia, en lugar de utilizar la llave — ésta comienza a emitir una especie de silbido agudo y muy desagradable al oído que temen que alerte a la señora Norris, como mínimo, e incluso, si la suerte no está con ellos aquel día, a alguno de los profesores. Así que se escabullen debajo de la capa invisible y logran huir de allí sin que nadie les vea mientras Sirius masculla "os dije que teníamos que traérnosla, ¿veis?, ¡tenía razón!" y James contesta, malhumorado, que ha sido él el que les ha puesto en peligro de ser descubiertos en primer lugar.

Antes de que puedan darse cuenta han pasado ya más de tres horas y, además del accidente de Sirius, el único otro descubrimiento que han logrado es una moneda de un galeón que Remus se ha encontrado abandonada en las escaleras. El ánimo ha decaído ya considerablemente y Peter se ha dado cuenta de que hay algo que ronda la cabeza del joven Lupin desde hace ya un buen rato.

— Remus, ¿estás bien? — pregunta, cuando todos consideran ya que se encuentran a salvo.

— ¿Yo? — contesta, sorprendido. — Claro que sí, Peter.

Se encuentran en el vestíbulo y no hay nadie alrededor que pueda verles así que James estira de la capa, dejándoles a todos al descubierto de nuevo. Después la dobla y la guarda en la mochila. Deciden entrar al Gran Comedor, que todavía se encuentra completamente vacío porque falta más de una hora para la cena. Se sientan en una de las mesas más cercanas a la puerta.

— La verdad es que estás como pensativo — apunta Sirius.

Remus se endereza sobre su asiento, trata de recolocarse el flequillo hacia los lados con las manos, pensativo, y después contesta, hablando en voz baja.

— Es que hay algo que creo que quiero contaros — explica.

— ¿Crees que quieres contarnos? ¿Cómo que crees que quieres?

— Sí, James. Es que... Quiero que lo sepáis, en serio, pero... No debería contároslo, chicos.

— ¿Qué demonios es tan importante que no puedes contárnoslo, Lupin? — dice Sirius, malhumorado ante la simple perspectiva de que exista algo en el mundo que sea tan secreto como para que Remus no pueda contárselo ni siquiera a ellos.

— Es que me puedo meter en un lío muy gordo, pueden expulsarme, incluso, y además es extremadamente peligroso...

— Desembucha, tío.

— Vale, Sirius, pero me tenéis que prometer que no se lo diréis a nadie.

— No se lo diremos a nadie — canturrean los tres, al unísono.

— Y que no vais a intentar ir. — continúa Remus.

— ¿Ir a dónde? — interviene Peter, extrañado.

Remus suspira.

— Veréis... Cuando yo... En las lunas llenas, ya sabéis...

— ¿Cuando te transformas en hombre lobo? — pregunta James, y Sirius le da un codazo mientras murmura "no lo digas en alto, gilipollas".

— Bueno, sí, eso. Os conté que — baja la voz — que la señora Pomfrey me lleva a la Casa de los Gritos en las noches de luna llena para que no haga daño a nadie, ¿verdad?

Asienten con la cabeza.

— Bueno, pues... Hay un pasadizo dentro del castillo desde el que se puede acceder a la Casa. Así consigue llevarme hasta allí sin que nadie lo sepa...

— ¡¿Qué dices!? ¿¡Va en serio!? — exclama Sirius.

— ¡NO PUEDE SER VERDAD! — James abre mucho los ojos.

— ¡ESO ES INCREÍBLE! — dice Peter, por último.

— Os puedo decir donde está... — afirma Remus — es un pasadizo muy, muy secreto, con contraseña y todo, pero... Tenéis que prometerme que nunca, nunca jamás, vais a intentar ir allí en una noche de luna llena. Nunca jamás. En todas vuestras vidas. Por favor, chicos.

— No íbamos a hacer eso, Remus, de verdad... — asegura James.

— No, chicos — y su semblante se torna serio y sombrío como pocas veces lo han visto — no lo entendéis. Cuando me transformo, no tengo ningún control sobre mí mismo. No distingo entre amigos, familiares, ni nada parecido. Aunque fuéseis vosotros... No lo sabría.

Un silencio incómodo inunda la habitación de principio a fin. Los tres chicos respiran hondo y no saben qué decir, durante un segundo.

— No pasa nada, tío — termina por decir Sirius, pasándole un brazo por el hombro — personalmente, te prometo que nunca, nunca jamás intentaré ir allí cuando haya luna llena.

— Yo tampoco — afirma Peter.

— Por supuestísimo, yo tampoco — sentencia James.

— Está bien — dice Remus, con un pequeño deje de pesar en la voz; no es que no confíe en ellos, pero la más ínfima posibilidad de que alguno de ellos pueda fallar a su juramento le da escalofríos — Está en las mazmorras.

— ¡No jodas! ¿¡En las mazmorras!? No se me había ocurrido que podría haber pasadizos allí — James frunce el ceño — quiero decir, el sitio es ya como un gran pasadizo secreto en sí mismo, ¿no?

— Si dices la contraseña en voz alta cuando estás cerca del pasillo que lleva a...

— Eh, eh, Remus, tío. — interrumpe Sirius — no nos lo cuentes. Enséñanoslo.

Así que se dirigen hacia las mazmorras. Bajan las escaleras con paso impaciente y la luz se torna más oscura y lánguida conforme se acercan. Allí sus pasos resuenan sobre el frío suelo de piedra de una forma que no lo hacen en el resto del castillo, y es con diferencia el lugar más siniestro de todos cuantos esconde Hogwarts porque si agudizas el oído un poco puedes escuchar sin problemas el agua del Lago Negro golpeando contra las paredes y da una sensación extraña, como sacada de otro mundo. Remus les conduce hasta el pasillo principal de las mazmorras, que se bifurca en otros cuatro distintos, y escoge el que está más alejado de la entrada, a la izquierda.

— Si cuando estás aquí, pronuncias...

— Shhhhhhhhhhhhh — le interrumpe Sirius, otra vez. Remus le mira, confuso, y un segundo más tarde puede apreciar que está señalando algo.

Un gato.

— ¡Mierda! — exclama James — ¡La señora Norris! ¡Mierda, tíos!

— ¿Qué pasa? — pregunta Peter.

— Que ni de coña podemos entrar ahí hoy si está Filch rondando las mazmorras, tío — explica Sirius.

— ¿Qué hacemos, entonces? ¿Volvemos otro día? — murmura Peter.

James se limita a indicarles que guarden silencio.

Casi dos años y medio de travesuras sin descanso dentro del colegio les han enseñado a los cuatro muchachos que la presencia de aquel animal en un lugar en el que están haciendo algo que se supone que no deberían estar haciendo no es nada bueno, así que se apresuran a volver a refugiarse bajo la capa. Estiman que tienen alrededor de un minuto para salir corriendo de allí antes de que Filch les atrape pero el conserje se les adelanta y antes de que logren salir del corredor escuchan sus pasos acercarse desde la lejanía y se ven obligados a quedarse quietos: muy, muy quietos.

Filch avanza hasta donde se encuentra su mascota y pregunta, en ese tono de voz infantiloide y absurdo con el que se solo se habla a los bebés y a los animales "¿qué has visto, pequeña?" La gata sigue mirando hacia donde James, Sirius, Remus y Peter se encuentran, como si todavía siguiese viéndoles a través de la capa. El conserje echa un vistazo en esa dirección; dos segundos en los que los cuatro amigos contienen la respiración y tratan de mantenerse quietos y haciendo el menor ruido posible, puesto que un solo paso en falso podría meterles en un aprieto de dimensiones estratosféricas. Después se encoge de hombros, sujeta a la gata del pescuezo y se la lleva de allí, doblando la esquina y maldiciendo para sí mismo.

Los chicos respiran hondo, sin atreverse todavía a salir de la capa. Es Sirius el primero que se atreve a salir fuera y echar un vistazo por el pasillo mientras Filch se aleja. Después murmura algo en el oído de James y éste se dirige a Remus y Peter.

— Chicos, ¿tenéis algún sitio donde esconderos durante cinco minutos? — pregunta James.

— Uhm... ¿El aula de Pociones? — sugiere Peter.

— Perfecto, Pete. Sirius y yo tenemos que hacer una cosa.

Se reunen media hora más tarde, justo antes de cenar, en la habitación. Pasados diez minutos de que Sirius y James se marchasen sin dar demasiadas explicaciones Remus y Peter se cansan de esperar y aprovechando que casi nadie transita las mazmorras a esas horas son capaces de encaminarse al vestíbulo, primero, y a la Sala Común, después. James y Sirius no llegan hasta un buen rato más tarde, con las mejillas sonrosadas (de haber tenido que echar a correr, probablemente) y con una sonrisa de oreja a oreja en los labios, y se sientan cada uno sobre su cama.

— ¿Se puede saber de qué va todo esto? — gruñe Remus, casi malhumorado.

James no contesta. Se limita a meter una mano en el bolsillo de la túnica y sacar un círculo metálico repleto de llaves de todos los colores, formas y tamaños, y hacerlo tililar bajo la luz tenue del cuarto.

— ¿¡El llavero de Filch!? — exclama — ¿¡Lo habéis robado!? ¿Estáis locos?

— No estamos locos, Remus. Somos jodidamente inteligentes, que es distinto. — ríe Sirius.

— ¿Se puede saber qué demonios queréis hacer?

— ¿No lo entiendes, tonto? — le espeta James — Si tenemos el llavero, podemos entrar en cualquier sitio de este castillo.

— Cualquier sitio secreto — añade Sirius.

— Especialmente los sitios secretos.

— Sigue sin parecerme bien, James. Os van a pillar. De verdad...

— Tampoco me parece tan malo — les excusa Peter — nadie puede saber que se lo han quitado. Si les pillan, podemos decir que nos lo encontramos tirado por ahí...

Remus gruñe. Se cruza de brazos y les mira con desdén.

— Vaaaaaale — claudica James — lo devolveremos. En unos días.

— ¿En unos días?

— Sí. En cuanto hayamos comprobado unas cuantas cosas.

— ¿Me lo prometéis?

— Si tú nos prometes que nos vas a volver a llevar al pasadizo de la Casa de los Gritos un día que Filch no ande cerca.

— Trato hecho — dice Remus, y extiende una mano hacia donde está James.

— Trato hecho — repite James, levantándose para estrechársela, con una sonrisa maliciosa.