El club del lobo (nombre provisional)

El aula de Pociones siempre está sucia. No sólo las paredes se han llenado de moho con el paso de los años, los armarios de cristal en los que se guardan los ingredientes se ensucian tanto que para el profesor Slughorn que sus alumnos más rebeldes los limpien sin hacer uso de la magia es uno de los mejores castigos "útil para ustedes y útil para mí". Es por esa política que James y Sirius tienen un trapo en cada mano y tratan de sacar a lustre una mancha del tamaño del mapa de Inglaterra; por eso y porque puede que SIN QUERER James empujase a Sirius y éste cayese sobre la mesa de Lily Evans, tirando el contenido corrosivo de su caldero en la madera. Pero ni sus insistencias de que había sido un accidente ni la sonrisa inocente de James sirvieron para mucho en aquella ocasión.

Sirius desiste y coge uno de los calderos que pertenecen a la escuela y le da la vuelta para frotar con un estropajo mojado el fondo.

- Coño - gruñe -, parece que han preparado aquí una solución vomitiva o algo así, ¡qué pestazo!

- Puede que lo hayan hecho - Remus está sentado en una de las mesas y con un pequeño pañuelo húmedo limpia una probeta -, creo que los de cuarto están trabajando con ese tipo de cosas.

- ¿Me recuerdas otra vez qué diablos haces aquí, Remus?

- Limpiar, ¿qué voy a hacer?

- No sé, podrías estar disfrutando de tu puñetero tiempo libre en vez de perder segundos de vida limpiando mierda.

- Me gusta ayudar a Slughorn - se encoge de hombros -. Luego me deja echar un vistazo a su armario de ingredientes.

- Merlín, pero qué pringado que eres.

Al otro lado de la habitación James se vuelve.

- Remus, tú y yo teníamos un trato.

- ¿Ah sí?

- Sí, y como nos hayas timado es muy probable que te tiremos al pozo que hay en el patio inferior; ese que da a las mazmorras.

- Sé salir de ahí.

- Pues te mataremos y ya - Sirius frunce el ceño.

- Nunca me cansaré de tu amabilidad, Sirius.

- ¡Que nos tienes que contar lo de la Casa de los Gritos!

- ¡Baja la voz!

- ¡Qué más da!

- No da igual - James tira el trapo a un lado -, me he hartado de esta mierda. Vámonos.

- ¿Y Slughorn? - Pregunta Remus con preocupación.

- He dejado este cristal como los chorros del oro - señala James -, se podría comer en él de lo limpio que está.

No es verdad pero no es como si les importase, tampoco. Los tres amigos abandonan el aula de camino a la Sala Común y entonces Sirius y James vuelven a la carga.

- Es que lo prometiste - insiste James.

- Diste tu palabra - añade Sirius.

- Si no nos lo cuentas nos romperás el corazón, Remus.

- Eso.

- Eso que dices es una gilipollez - Remus pone los ojos en blanco -, pero está bien. Vamos a encontrar a Peter y en cuanto anochezca os llevo al pasadizo. Pero tenéis que estar callados y no nos puede pillar nadie o nos expulsarán. A todos.

- Por favor, Remus, que somos profesionales.

Y "los profesionales" pasan el resto de la tarde dando vueltas por el castillo más nerviosos que la noche en la que esperaron para usar la capa invisible por primera vez. Asaltan a Peter en el pasillo del tercer piso, saliendo de una de sus sesiones de Gobstones, y el joven Pettigrew les mira con expresión alarmada mientras James y Sirius intentan explicarle atropelladamente cuál es el plan para aquella noche.

- Remus dice que es más seguro cuando está todo el mundo cenando así que vamos a pedirles a los elfos que nos den algo de cena e iremos mientras todo el mundo está todavía en el comedor - dice James.

- Y nos tendremos que llevar la capa y quizás deberíamos llevarnos el llavero de Filch por si… Por si acaso. No sé. A lo mejor es útil. - añade Sirius.

- Y chocolate, no sea que a alguien le vaya a dar un bajón de azúcar… - continúa James.

- Y un par de bengalas mágicas de Zonko por si se acerca alguien y tenemos que despistarle…

- Pero, chicos, ¿¡nos vamos a la Casa de los Gritos o a la guerra!? - exclama Peter, confundido, y detrás de él Remus no puede contener una carcajada.

- Jo, tíos, no sabéis divertiros - James frunce el ceño.

A falta de media hora para que comience la de la cena los chicos ya lo tienen todo preparado. Han ido al dormitorio para coger la capa invisible y se disponen a salir de la Sala Común. Tal y como lo habían planeado, los elfos les dejan coger de las cocinas un par de gigantescas empanadas de calabaza, pollo, patatas asadas e incluso unos cuantos pasteles de limón. Sirius lo guarda todo en la mochila y, con precaución, se encaminan hacia las mazmorras.

Remus lleva la delantera aquel día. Generalmente suelen ser James o Sirius los que van en cabeza así que les cuesta un poco más coordinarse que de costumbre, tropezándose y chocándose los unos con los otros ocasionalmente no solo porque estén nerviosos sino porque Remus tiene las piernas más largas que ellos y tienen que aumentar la velocidad de sus pasos para alcanzarle. En la esquina de uno de los pasillos de las mazmorras, les indica que se detengan.

- Es aquí - explica - si continúas caminando sin pronunciar la contraseña, es un callejón sin salida que tan solo lleva a un par de aulas que ya no se utilizan. Y, si la pronuncias… el pasillo cambia, y te lleva a la Casa de los Gritos. Como si tuviera dos direcciones. Un doble pasillo, o algo así. Suena increíble, pero es así, en serio.

Los otros tres asienten.

- Así que… - Remus mira a ambos lados, cerciorándose de que no hay nadie cerca que pueda escucharles, y exclama - ¡Canis lupus!

Todos esperan alguna reacción, algún movimiento. Un pasadizo secreto abriéndose en una de las paredes, el suelo moviéndose y temblando, luces de colores o destellos mágicos. Y sin embargo, no ocurre nada. El único cambio es un pequeño zumbido intermitente que solo puede escucharse en absoluto silencio y si prestas muchísima atención. Peter y James no están demasiado seguros de que haya funcionado y Sirius se muestra un poco decepcionado pero Remus parece estar muy convencido de que está haciendo las cosas como debe, y con un gesto de mano les guía hacia el interior del pasillo.

Y caminan.

Con sus pasos resonando sobre la piedra del solitario corredor, Remus asegura que ya no es peligroso quitarse la capa y avanzar libremente pero ninguno de los demás lo considera buena idea todavía. Tras unos segundos vislumbran un muro al final del camino y ninguna otra dirección posible en la que avanzar.

- ¿Estás seguro de que lo hemos hecho todo bien? - pregunta Peter.

- ¿Y ahora qué? - gruñe Sirius.

- Paciencia, chicos.

Remus pide - de hecho, casi ordena - a James que recoja la capa y éste estira de ella y comienza a doblarla para guardarla en la mochila. Él avanza un par de pasos y comienza a tantear la pared que se encuentra al este de donde ellos están situados. Da un par de pasos hacia delante, retrocede otros tantos, y después, con seriedad, les indica que se aparten y observen.

- Es una puerta invisible - explica - Estuve investigando y, aparentemente, funciona con un mecanismo similar al de tu capa. Sólo puedes encontrarla si sabes donde está. Y ahora… Voy a abrirla.

Y así lo hace. La mano de Remus atrapa un trucador que en apariencia no existe y empuja con el hombro. Y chirría; como si de verdad hubiera una puerta antigua que cuesta mover. Y entonces, algo mágico pasa. Incluso a ojos de esos cuatro jóvenes magos, no deja de sorprendente ver cómo un largo pasillo aparece de la nada y sustituye el muro que tenían delante de las narices segundos antes. Sirius pasa el primero con cuidado y alerta, como esperando que una bandada de murciélagos deseosos de agarrarles el pelo. Pero allí solamente hay silencio y oscuridad. No es hasta que Remus cierra la puerta a su espalda que una hilera de candelabros se ilumina mostrando un largo camino que parece no tener fin.

- Wow - dice Peter en bajito.

- Está claro que Dumbledore se lo monta de perlas eh - silba James.

Es el último comentario antes de que empiecen a andar, en fila porque el espacio es demasiado estrecho. De vez en cuando son casi capaces de escuchar murmullos en los muros y se preguntan si será el sonido del interior del castillo o simplemente el propio edificio tratando de comunicarse con ellos. Porque si hay algo que los chicos tienen claro al día de hoy es que Hogwarts no son cuatro piedras bien puestas.

- ¿Así que te haces esta caminata cada luna llena, eh? - Habla entonces Sirius - Pues con la enfermera tiene que ser toda una fiesta.

- No es como si yo tuviera ganas de hablar esas noches, Sirius…

- Eso es porque no tienes la compañía adecuada - interviene James.

- Os he dicho cien veces que no…

- Es que es frustrante - Peter susurra.

- Exacto - Sirius le pone una mano en el hombro mientras caminan -, tú no entiendes lo que es quedarnos en ese estúpido dormitorio mientras tú estás así, Remus.

- Tendréis que aprender a vivir con ello si queréis ser mis amigos…

Ninguno dice nada más, pero desde luego que esa batalla no está concluida. Tardan alrededor de media hora larga en recorrer todo el pasillo entero y finalmente llegan a una pequeña escalera de madera que sube hacia una trampilla fácil de abrir.

Dejan que sea Remus el que suba primero y la abra porque al fin y al cabo él es el que les está enseñando su pequeño mundo. Y así, uno tras otro con poco esfuerzo se impulsan hacia arriba y acaban por encontrarse en lo que parece una vieja habitación vacía.

- ¿Esto es la Casa de los Gritos? - Pregunta Peter levantando un pie cuando un ratón se le cuela entre los pies.

- Este es el sótano de la Casa de los Gritos - explica Remus con calma.

Y es cierto, porque justo delante de sus narices hay unas escaleras que se apresuran a subir. Crujen y el polvo les hace estornudar varias veces, pero poco les importa, porque descubren una habitación mucho más amplia, con ventanales tapados y cortinas largas hasta el suelo. Da la impresión de que allí no ha vivido nadie desde hace cientos de años. Tienen que encender las varitas para poder ver un palmo más allá de sus narices.

A Sirius le recuerda a una versión reducida de su casa; mucho más pequeña, mucho más vieja, mucho más sucia y mucho más estrecha. Todo en ella parece haber sido construido como si quisieran acabar tocando el cielo. Desde la entrada se ven los pisos superiores, tres para ser exactos, y desde su posición se vislumbran cuatro puertas; dos de ellas abiertas y las otras dos cerradas.

Se acercan primero a las que les permiten el paso; una de ellas es una habitación muy pequeña, con un sofá - roído por los ratones que llenarán el interior de las paredes - y un par de estanterías repletas de libros que podría haber escrito Dumbledore cuando tenía dientes de leche. Algunos están esparcidos por el suelo, así que James se agacha y coge uno.

- ¿Manual de Defensa Contra las Artes Oscuras? - Abre por la primera página - ¡Merlín! La persona que tuvo este libro firmó en el año 1670.

- ¿Aquí vivía gente? - Pregunta Sirius interesado en otro libro partido por la mitad que contiene una gran cantidad de recetas antiguas.

- Supongo que sí - Remus se encoge de hombros -. Arriba hay varios dormitorios con juguetes así que supongo que viviría una familia de magos con sus hijos hace mucho tiempo. Luego simplemente se marcharon.

- O igual se cometió un terrorífico asesinato entre estos muros - especula Sirius -, ¡tal vez sus cadáveres sigan por aquí!

- Lo único terrorífico aquí soy yo las noches de luna llena - Remus está apoyado en el quicio de la puerta y habla con tanta soltura que Sirius se permite ponerle cara de burla antes de dirigirse a la siguiente habitación.

Es, o más bien fue, una pequeña cocina de la que queda bien poco; un par de sillas tiradas por el suelo y un mantel manchado de hollín.

- ¡Mermelada! - Exclama Peter cogiendo un tarro de cristal. Intenta abrirlo sin éxito y luego lo vuelve a depositar en su sitio.

La otra habitación cerrada no es más que un comedor que conecta por el interior con la cocina y en el que ni siquiera hay vajilla. Un gigantesco cuadro de un barco decora la única pared en la que no hay ventanas cubiertas con tablones. Y la puerta que les queda es imposible de abrir. Remus les dice que no cree que haya nada interesante ahí detrás, pero James y Sirius - después de usar hechizos y de destrozarse los hombros dando golpes con poco resultado - se prometen a sí mismos entrar ahí algún día.

En el primer piso encuentran un salón bastante grande con un montón de armarios que abren uno por uno y en los que Sirius encuentra un juego de tazas que parecen del siglo anterior y sobre las que todavía quedan las marcas de té. Se le cae una al suelo y Remus le obliga a recoger los pedazos "como si alguien fuera a notar que hay más mierda por aquí, tío", se queja él. James encuentra una pila de periódicos muy antiguos y revistas, y se pasan un buen rato rebuscando entre ellos para encontrar algo interesante pero lo único de lo que hablan es de política y el dueño de aquellas revistas parece que estaba obsesionado con la agricultura. Docenas de artículos sobre cómo mejorar los cultivos con la magia.

Pierden el interés rápidamente y pasan a la habitación contigua, en la que no hay nada a excepción de un par de grilletes y cadenas. Es diferente a todo lo que han visto anteriormente; las paredes están llenas de arañazos y alguien se ha esforzado para que la puerta sea mucho más resistente - parece madera pero sin duda no lo es.

Remus no entra, se queda justo en el exterior, con las manos metidas en los bolsillos y los ojos fijos en el suelo, sin atreverse a levantar la vista de ahí.

Sirius es quien se acerca más a las cadenas y las coge con la mano, resoplando "joder, pues sí que pesan", pero es James el que toca los grilletes con el dedo, como si esperase que fuera a saltar alguna chispa o algo así. Se quedan en silencio lo que parecen siglos, y el cerebro de Remus hierve en mil pensamientos. Porque esa es la habitación en la que pasa todo, ese es el lugar en el que entra como humano y permanece como bestia. Y por todas las esquinas hay restos de su poca humanidad, de su salvajismo, de todo lo que es y a lo que sus amigos prefieren restar importancia.

- Tío, Remus - James sonríe levantándose -. ¿Tan patético eres que con un par de cuerdecitas ya te quedas quieto?

Y eso le quita un gran peso de encima.

Es Remus quien sugiere subir al piso de arriba y toma la delantera, agarrándose al metal frío y oxidado de la barandilla y aumentando el ritmo de la respiración suavemente conforme las escaleras se van haciendo más empinadas. Cuando ha recorrido casi la mitad del camino escucha sonoros pasos acercándose por su espalda y enseguida un enérgico Sirius le adelanta, casi saltando entre peldaño y peldaño, que llega a la cima de los aparentemente interminables peldaños en un santiamén y aun así se detiene a esperar al resto justo antes de alcanzar el último escalón, como si aquel fuese un paso que solo tendría sentido dar si lo hiciesen todos juntos. Y después sí, los cuatro, giran el pomo de la gran puerta doble de madera que les separa de la parte de la casa que todavía no han explorado y que posiblemente no vuelva a cerrarse ni una sola vez más en los siguientes cinco años que planean habitarla. Con un silencio solemne y una inclinación de cabeza que está a tan solo unos centímetros de convertirse en una reverencia, con el inevitable deje aristocrático que tienen de forma insconsciente sus gestos en muchas ocasiones, Sirius le cede el paso a sus tres amigos, permitiéndoles descubrir antes que él qué más misterios les deparan las polvorientas y raídas paredes de aquella casa.

Lo que se encuentran es una gran habitación que tiene todo el aspecto de haber sido en otro tiempo una sala de estar, pero de la que solo quedan un par de amplios sofás de tela casi consumida por el uso, el esqueleto de un par de muebles de madera de los que ya apenas puede distinguirse la forma y una chimenea que asoma tímidamente en el lado oeste de la sala y que todavía conserva aproximadamente la mitad de las brasas apagadas de la última vez que se usó en el hogar; la otra mitad se encuentran en el suelo delante de ésta, esparcidas por el viento o por el tiempo, y dibujando una sombra negruzca sobre el suelo laminado. Y aun así, y a pesar de que aquella es, con diferencia, la estancia peor conservada de todas las que han visitado hasta ese mismo momento, los cuatro coinciden en que es, sin ninguna duda, su favorita. No es por el papel de pared de color verde pálido ni por las dos ventanas tapiadas que si estuviesen descubiertas dejarían ver el paisaje invernal del pueblo de Hogsmeade. No es por el suelo de madera ni por la lámpara de araña que cuelga solo a medias del techo. Es, sin duda, a causa del enorme piano de cola que descansa en medio de la habitación, que a pesar de la capa fina de polvo que lo recubre - como a todos los demás objetos que allí se encuentran - no parece ni siquiera remotamente tan viejo ni tan destartalado como el resto de los muebles que allí se encuentran. Está acompañado con un asiento tapizado en algo que parece cuero y antes de que ninguno de los demás pueda darse cuenta James ya se ha acercado a él y pulsa varias teclas para comprobar si funciona.

- Parece que está como nuevo, ¿eh? Bueno, más o menos - ríe, mientras desliza los dedos por la superficie - ¿Quién creéis que ha tocado este piano por última vez?

- No tengo ni idea - contesta Remus - en realidad Dumbledore me dijo que habían construido esta casa específicamente para mí, pero ya veis, todo indica que no es verdad del todo...

Y es cierto. Sirius también da un paso hacia delante y mira a su alrededor: todo lo que hay allí le produce un sentimiento extraño, una especie de nostalgia en el estómago, la sensación de encontrarse en un lugar ajeno a Hogwarts, y a Escocia, y la Mansión Black y a toda Inglaterra en general, a cualquier sitio que hubiese conocido antes. Como si aquella casa fuese la residencia de algún antiguo noble inglés residente de algún país lejano y exótico y alguien se hubiese dedicado a trasladarla allí, a Hogsmeade, ladrillo a ladrillo y mueble a mueble, y todo su interior hubiese envejecido un millón de años en el proceso.

Remus se acerca a James y coloca un dedo sobre una de las teclas más cercanas que sabe perfectamente que es un Do. Y la verdad es que no suena en absoluto como un Do.

- Está muy desafinado.

- ¿Sabes tocar bien?

- Más o menos.

- Seguro que es un Mozart - Sirius se deja caer sobre el único sofá que hay en la habitación y una nube de polvo se extiende por la habitación, provocándole una serie de estornudos y una tos que sale del fondo del pecho -. Merlín, ¡cuánta mierda!¿Es que los hombres lobo no tienen necesidades?

Remus no puede evitar sonreír. Lo cierto es que no debería hacerlo, porque nunca jamás ha sido un tema con el que bromear; pero ahí los cuatro en la Casa de los Gritos y aparentemente el último sitio en el que deberían estar, hacer chistes de licántropos no le parece que esté fuera de lugar. En realidad, ¿qué está fuera de lugar? Para empezar ni están en el colegio. Por lo tanto las normas del castillo no se aplican a esa habitación ni a ninguna otra. Sólo espera que sus amigos no se den cuenta demasiado rápido de eso o les daría por pelear ruidosamente hasta reducir la casa a cimientos.

Puede parecer una locura, pero en ese instante Remus se siente de la misma forma que cuando comparten dormitorio por las noches y hablan en voz baja hasta que se le cierran los ojos. Una vez más le importa bastante poco el entorno. Ya ves, una casa sucia y llena de ratas. Hay goteras, la madera está podrida, puede que pillen unas cuantas enfermedades y un paso en falso podría hacer que se les rompiese un tobillo; y a pesar de todo la Casa de los Gritos parece un verdadero hogar. Un hogar que cuenta con todo lo que Remus desearía: Peter encontrando un envoltorio de una chocolatina de la Prehistoria por lo menos, a James "tocando" el piano y queriendo cantar algo que no suena como Jailhouse Rock pero que desde luego intenta ser Jailhouse Rock, y a Sirius chasqueando los dedos al ritmo de la inexistente melodía.

- En realidad esto es como un fuerte - dice entonces Peter -, ya sabéis. Como en la guerra.

- O una base secreta - corrige James -, como en los cómics. como los Cuatro Fantásticos.

- En realidad es más como una prisión -dice Remus quitándose un bicho del brazo.

- Es suficiente para nosotros - participa Sirius.

- ¿Para nosotros? - Remus se vuelve hacia su amigo - ¿A qué te refieres?

- Pues que está genial para cuando queramos volver otro día. Estamos acostumbrados a los calzoncillos de Jimmy así que esto es un hotel de muchas estrellas.

- No, no, no, no, no - Remus ya está con las manos en alto y los ojos azules brillando asustados -. Vamos a ver. No. O sea, esto ha sido una visita única. No. Sirius. No. No podemos venir aquí más. No. Se nos puede caer el pelo. No. No. No. Sin duda es una MUY mala idea.

- Vamos, Remus, nadie se va a dar cuenta.

- ¡Claro que se darán cuenta! - Exclama - Se darán cuenta y nos expulsarán y lo siento pero no quiero.

- Siempre con la misma canción.

- Tal vez cambiaría si nos os esforzaseis en incumplir las normas UNA y OTRA VEZ.

- A mí me parece una idea buena - James se encoge de hombros -. Aquí solamente vienes tú y la enfermera y no es como si fuera a registrar la casa para detectar nuestros olores. Aunque los sobacos de Sirius se huelen a distancia, pero eso es otro tema.

- No me huelen los sobacos, gilipollas.

- Por favor - y James se revuelve el pelo -, quéjate todo lo que quieras pero no levantes los brazos.

- ¡A que te…

- ¿Y cuándo pensáis venir? - Insiste Remus - ¿Os vais a saltar clase? Porque saltarse clase está dentro de lo ilegal. Va en contra de las normas. Y no sólo de las normas sino que además va en contra de nuestro aprendizaje. No os podéis saltar clase.

- ¡Nadie ha hablado de saltarse clase! - James pone los ojos en blanco - Siempre nos aburrimos los sábados. O por las tardes. O por las noches. Podríamos beber aquí.

- ¿BEBER?

- Coño, mejor que el baño es.

- ¡No os vais a emborrachar en la Casa de los Gritos!

- Venga Remus - Sirius bufa -, enróllate.

- No pienso enrollarme.

- ¡Pero si has sido tú el que nos has traído aquí!

- ¡Pero para visitarlo y ya está!

- Eso no te lo crees ni tú, Remus Lupin.

- Remus - James le mira a los ojos -, eres un tío sincero. ¿De verdad pensabas que si nos enseñabas esto no íbamos a querer venir?

- Yo…

- ¡Ves, pillín! - Ríe Sirius - Si lo has planeado todo tú.

- ¡Sí mira! ¡Aún será mi culpa!

- ¿Qué culpa? Si esto es lo mejor que nos ha pasado en la vida.

Desiste. Desiste porque sabe que no va a ganar esa pelea. Y es que Remus es muy de protesto un poquito y luego os sigo el juego. Fue así desde el primer día y será así hasta el último. Por alguna razón que desconoce con ellos todo es diferente. Y la idea más estúpida del mundo, como puede ser fugarse por la noche (primera norma incumplida), bajo una Capa Invisible (un objeto que igual incumple treinta normas diferentes), utilizar un pasadizo secreto (tercera norma incumplida) para salir fuera del castillo (MUCHAS NORMAS INCUMPLIDAS) y colarse en una casa abandonada (¿cuántas normas van ya?), puede convertirse en el plan más increíble de la historia.

- Si este va a ser nuestro cuartel general - ya es oficial lo de cuartel general o base secreta -, entonces necesitamos un nombre.

- Se llama la Casa de los Gritos - dice Remus.

- Claro, porque es increiblemente inteligente decir en mitad del Gran Comedor "ey, tíos, luego en la Casa de los Gritos - ironiza James -, seguro que NADIE en ABSOLUTO sospecha de que vamos a ir a la Casa de los Gritos.

- ¿Qué os parece La Choza? - Dice Peter.

- Eso es horrible.

- ¿La Base? - Aporta Sirius sin muchas ganas - De base secreta pues La Base.

- Me parece horroroso.

- Eres un tiquismiquis, Jimmy.

- ¿Y por qué tenemos que ponerle nombre a la casa? - Insiste Remus.

- Porque es guay ponerle nombre a las cosas.

Hay unas cuantas aportaciones que son rechazadas por resultar o bien obscenas o bien porque un mono habría escogido un nombre mejor. Finalmente James levanta el dedo en un gesto de "TENGO UNA IDEA".

- En realidad podríamos poner nombre al grupo - los señala -. Ya sabéis, como quien dice los Cuatro Fantásticos.

- ¿Los Nuevos Beatles? - Pregunta Sirius convencido.

Hay un silencio que parece más largo que la creación del universo y luego Remus se lleva la mano al corazón.

- Creo que es lo más ofensivo que he escuchado en mi vida.

- Me da hasta escalofríos - Susurra James.

- ¿No os gusta entonces?

- ¡NO! - Gritan al unísono.

- ¡El Club del Lobo! - Sonríe Peter.

- CLARO - Remus no puede creer lo que escucha - Y PONEMOS MI CARA EN UN BLASÓN, ¿EH?

- Hombre, el Club del Lobo no porque es demasiado evidente pero… - James mira el techo pensativo -, ¿El Club de los Cuatro Lobeznos?
- Merlín… ¿Y es que no sabes sugerir nada que no salga de los puñeteros cómics?- Bufa Remus - Aunque bueno, La Pandilla de la Luna es bonito.

- La Pandilla de la Luna es gay.

- ¡Quidditch! - Grita Sirius casi antes de que Remus acabe de hablar - ¡Joder! ¡La Real Suciedad!

- ¿Y qué tal Los Cuatro Mosqueteros? - Murmura Remus - Somos cuatro, ellos eran cuatro y es bastante inteligente.

- ¿Y quién es quién? - Peter habla con voz chillona desde su posición, apoyado en la pared en la que está la ventana.

- Supongo que Sirius es Porthos, James es Athos y tú Peter eres D'Artagnan.

- Sí claro, ¿por qué yo soy Porthos?

- Porque es el que se llevaba a las chicas.

- ¿Ese no era Aramis?

- Lo que sea.

- ¿Y si juntamos nuestros nombres? - Peter extiende la mano y hace como que escribe, concentrado - Jasirepe… Sijapere… ¡PEJARESI! ¡EL CLUB DE LOS PEJARESI!

- Quiero suicidarme ahora mismo.

- ¿Y los apellidos? - Continúa Peter - Lublapope… Blapolupe…

- Déjalo, por Dios - Remus esconde la cabeza entre las manos -. Esto no lleva a ningún lado tenemos que volver que si Filch nos pilla…

- ¡FILCH! - Exclama James con los ojos brillantes.

- ¿Quieres que nos llamemos La Pandilla de Filch? - Sirius se levanta emocionado - ¡ERES UN PUTO GENIO!

- ¿Qué? ¡No! A ver… Creo que lo tengo. Creo que he encontrado el mejor nombre del mundo.

- ¿Cuál?

- ¿Qué nos dice siempre Filch?

- Que me va a cortar los dedos de las manos - dice Sirius.

- Que mi voz es impertinente - gruñe Remus -, mi voz no es impertinente.

- ¡Aparta de mi camino, Pettigrew estúpido!

- Eso no…

- ¿Que nos va a colgar de los dedos de los pulgares?

- Que somos unos zánganos.

- ¿Maleducados?

- ¡Circe poderosa! ¡Que siempre estamos…!

- ¿Molestando? - Sirius arruga la nariz - Que siempre estamos jodiendo la marrana. Eso lo dice mucho. ¿Seremos el club de los marranos? Mira Potter, yo no quiero que la gente piense que huelo mal. Porque no huelo mal.

- ¡MERODEANDO, IMBÉCIL! - James grita - SIEMPRE DICE QUE ESTAMOS MERODEANDO.

- ¡Siempre merodeando por aquí! - Le imita Peter entonces - Algún día os pillaré y…

- Merodeando… - Repite Remus.

- ¡Oh! - Sirius entiende - Los Merodeantes.

Y podrían haberse quedado con esa idea. Haber hecho caso a Sirius Black y ser Los Merodeantes para el resto de la eternidad; pero en esa ocasión a James Potter se le ocurrió llevarle la contraria a su mejor amigo y abrió los brazos tanto que le dolieron los hombros. Sonrió como lo hacía antes de cada travesura, antes de expresar en voz alta un mal pensamiento. Y lo dijo. La primera vez que alguien pronunció eso en voz alta James, Peter, Remus y Sirius estaban en una habitación sucia de la Casa de los Gritos. Entraron allí como cuatro amigos que se habrían definido como los mejores del mundo y salieron como…

- Los Merodeadores.

Lo dicen los cuatro. Al unísono, como si lo hubieran ensayado. Suena natural, ingenioso, inteligente, carismático, e incluso Remus, el más reticente a la idea de ponerle nombre al grupo en un principio, no puede evitar sonreír un poco porque, si todas las propuestas anteriores habían sido desastrosamente patéticas, aquel nombre suena como si la palabra se hubiera creado expresamente para que algún día ellos la ostentasen como un título, algo de lo que sentirse orgullosos. Antes de que puedan darse cuenta James ha sacado un papel y varias de las pinturas que Remus le regaló por Navidad y está creando una especie de letrero improvisado con "Los Merodeadores" escrito en letras grandes y redondeadas, y coloreándolas en azul, naranja, amarillo y violeta. Cuando termina, levanta el pergamino en el aire, orgulloso, mostrándole su creación a los demás: y termina por convencerles de firmarlo, tan solo con sus siglas: J.P, con letras irregulares; S. B., con caligrafía gruesa, de trazo agresivo; P. P., las dos letras redondeadas en una esquina; R. J. L., en líneas cuidadas y finas. Quizás dejar un pedazo de papel con sus nombres en un lugar en el que no deberían estar bajo ningún concepto no es una de las mejores ideas que han tenido en la vida; a lo mejor el dichoso cartel les meterá en algún que otro problema en un futuro no tan lejano. Innumerables veces tendrán que acordarse de ocultarlo de la vista cuando se marchen de la que acaban de establecer como su centro de reuniones permanente, y cuyas paredes serán testigos de conversaciones filosóficas, discusiones, todo tipo de besos (los inesperados, los indebidos, los prohibidos, los más ansiados), borracheras y los secretos mejor guardados. Invadirán cada rincón y cada esquina con sus voces, con sus risas, con los peores de los chistes y las mejores de las anécdotas, y hasta la última habitación se llenará de pedacitos de sus almas que permanecerán allí incluso cuando ellos se marchen y los tiempos se vuelvan menos felices y más oscuros. Y entre todos conseguirán lo que Remus creía completamente imposible: harán que aquel lugar deje de ser tan solo una prisión temporal para cuando el aullido del lobo se apodera de él, y pase a ser algo mejor. Algo agradable, cálido, algo que se parece a un hogar.