Listas

Regulus Black se levanta aquella mañana de Febrero con la sensación de haberse caído de un alto precipicio, la nuca ardiendo, los pies fríos y la camiseta del pijama prácticamente empapada y pegada a la espalda. Cuando abre los ojos, en la casi completa oscuridad del dormitorio, no tiene ni la más remota idea de dónde se encuentra, ni mucho menos en qué hora, día, mes o ni siquiera año está. El corazón le late con fuerza en el interior del pecho pero su pulso se normaliza al ver que sus tres compañeros de habitación todavía siguen en la cama, lo que significa que no ha dormido más de lo que le corresponde y está llegando tarde a clase o a un examen o algo similar. Con un suspiro largo pero silencioso, procurando no despertarles, se incorpora sobre el colchón con dificultad y se retira el pelo del flequillo de la cara con un deje de resignación.

Ya más despejado, le es sencillo ubicarse: es sábado, día veintitrés, si mal no recuerda. Las manecillas de su reloj – convenientemente encantadas para brillar en la oscuridad por un alumno de quinto curso que se ofreció a hacerle el favor a cambio de un par de consejos para conquistar a una joven Ravenclaw a la que llevaba intentando acercarse desde el curso pasado – indican que son tan solo las seis menos cuarto de la mañana, pero Regulus no se siente capaz de permanecer en la cama ni un solo minuto más así que se arrastra como puede hasta el cuarto de baño.

Una vez se mira al espejo no tiene ninguna duda de que necesita a) una ducha b) una poción antiojeras (si es que esa cosa existe. Nunca se había planteado necesitarla hasta ese momento) y c) dejar de ponerse tan nervioso la noche de antes de un partido de quidditch.

Casi podría decirse que le preocupa.

No es como si fuera a admitirlo delante de nadie, de todos modos.

Se desprende rápidamente de la ropa del pijama y agradece todas y cada una de las gotas de agua fría sobre su frente cuando enciende el grifo.

Cuando está nervioso o simplemente inquieto, hay pocas cosas que le tranquilicen tanto como 1. Una buena ducha cuando todavía no hay nadie en el baño. 2. Café caliente y 3. Leer el periódico tranquilamente.

Como un efecto secundario de los propios nervios, si bien no le ayuda a calmarlos, a Regulus le gusta hacer listas mentales. Porque todo parece mucho más sencillo y solucionable si está dividido en un punto a), un punto b) y un punto c). Por ejemplo: dejar de estar nervioso antes de los partidos de quidditch sería mucho más sencillo si a) jugase en una posición cuyo éxito o fracaso dependiese únicamente de su propia habilidad y no del comportamiento aleatorio de una pequeña pelotita con alas, b) su maldito hermano y el maldito mejor amigo de su hermano no jugasen en el equipo contrario y c) no fuera a sentirse un absoluto fracaso por perder contra Sirius.

No, no es eso, en realidad.

No: el problema no está en Sirius. Que Sirius le ganase un partido le molestaría un poco al principio – no puede negarse a sí mismo que es alguien competitivo – pero no sería nada terrible. Definitivamente, no tanto como para justificar el nudo que lleva anidado en su estómago desde la noche anterior. El problema es, como suele pasar en estos casos, el resto del mundo: sus compañeros de clase, de casa y, especialmente, aquellos alumnos del castillo con quienes está emparentado aunque solo sea lejanamente y que consideran que tener un ancestro en común les da el derecho a opinar y juzgar la relación que Regulus tiene con su hermano sin tener ni la más remota idea de cómo es él en realidad. Y que, por supuesto, le atormentarían hasta la saciedad por haber perdido contra Sirius. La oveja negra de la familia. El rebelde, el malcriado, el descarriado de los Black, el hijo que cualquiera se arrepentiría de haber tenido.

Sí: su hermano es prácticamente insoportable. Exageradamente maleducado, a veces. Todo lo que dice y todo lo que hace lo hace con el único propósito de molestar a alguien. Durante las vacaciones, se pasa el día malhumorado, maldiciendo y refunfuñando en su habitación y poniendo esa horrible música que escucha a un volumen demasiado alto. A veces le avergüenza que compartan apellido, a veces desearía que desapareciese durante un par de años y le dejase tranquilo. Cree que cualquier autoridad existe para escupir en ella y nunca, nunca jamás había conocido a nadie que le diese ganas de pegar puñetazos tan frecuentemente.

Pero él, siendo su hermano, tiene derecho a decir todas esas cosas.

Nadie más.

Ningún Lestrange, ningún Malfoy, ningún Carrow, ningún Nott.

Pero aquella es una batalla que sabe que no puede ganar así que no tiene sentido intentarlo. Retirándose el pelo empapado de agua de la frente, sale de la ducha: fuera ya está amaneciendo y en tan solo unos minutos habrá un suculento desayuno esperándole en la mesa del comedor.

Ya limpio y vestido con el uniforme – aquel día ha puesto especial énfasis en repeinarse el cabello hacia atrás, con la esperanza de que el peinado sobreviva a un buen rato de vuelo en escoba – toma su asiento habitual en el Gran Comedor y mordisquea una tostada recubierta de mantequilla y muchísima más mermelada de frambuesa de lo que se considera lo normal para una rebanada de pan de esas dimensiones. Un par de mesas más allá, su hermano desayuna con sus otros tres amigos: el Lupin del que tanto habla, el famoso Potter y el tal Pettigrew. No pretende espiar su conversación pero es casi imposible no escucharles hablando en un tono de voz más alto que la práctica totalidad de la sala:

Que sepáis que les vamos a patear el culo pero va a ser todo gracias a mí porque James está tan manco últimamente que no cogería la snitch ni aunque fuese más grande que la cabeza de tu amigo el Landon, Remus.

¿Tienes que meterte siempre con los demás, Sirius?

Solo si son bobos.

Tú sí que eres bobo – ríe Potter.

Joder, ¿por qué no empieza el maldito partido ya, Jimmy? Estoy harto de esperar.

Si te subes a la escoba con esos diez bollos de chocolate que acabas de comerte de golpe los vas a potar enteros y no quiero tu vomitina en mi escoba, Sirius.

No te preocupes. Puestos a vomitar en algún lado, te vomitaría en el pelo.

Qué asco – dice el chico más bajito, con expresión de desagrado. El otro, Lupin, apenas se inmuta, como si se hubiera acostumbrado a ese tipo de comentarios.

Los científicos esos tardaron tanto tiempo en descubrir que el hombre viene del mono porque no te conocían, Sirius. Solo hace falta verte para darse cuenta.

Muy gracioso – contesta él, aguantándose la risa mientras los otros tres estallan en carcajadas.

Regulus, a decir verdad, no tiene demasiadas ganas de hablar con nadie, pero en ese preciso instante Narcissa Black se sienta en el sitio contiguo al suyo.

Buenos días, Regulus. ¿Has dormido bien?

Si hubiera sido cualquier otra persona la que hubiese saludado posiblemente le hubiera contestado de forma cortante y fría pero siendo Narcissa, con su tono de voz suave y musical, es casi imposible no esforzarse por ser amable. Regulus gira la cabeza hacia ella y contesta, con una media sonrisa.

Podría haber dormido peor, definitivamente. ¿Y tú?

Bueno – contesta ella, pensativa – un poco intranquila, la verdad. Pero se me ha pasado cuando he recordado que hoy hay partido de quidditch.

¿Irás a verlo?

¿Por quién me tomas, Black?

Por alguien que no se interesa demasiado en el deporte, supongo. Al menos, eso creo recordar…

Tienes razón – ríe – pero el quidditch en Hogwarts es distinto. Más divertido que el normal.

Sería injusto decir que Narcissa no es guapa. Porque, de hecho, lo es: tanto que en ocasiones Regulus no puede evitar maldecir que estén emparentados. Tiene los rasgos suaves y la piel clara pero no excesivamente pálida; el cabello larguísimo y negro, de color casi idéntico al sus hermanas, con la parte delantera recogida hacia atrás y dejando al descubierto las orejas y parte del cuello. Y a él le gusta especialmente ese mechón rubio pálido, casi blanco, que cae de forma casual al lado del flequillo, sobre el ojo izquierdo.

Pero también sería injusto decir que ser guapa es su cualidad principal. Nada más lejos de la realidad. Es inteligente, tiene carácter (apenas un par de los chicos de su curso se atreven a desafiarla, para ser sinceros), una elegancia indiscutible y una risa que podría hacer a las flores crecer. Y por todo esto, desde pequeño, Regulus procuró mantener una relación cordial, casi amistosa con su prima, y tratar de no parecer demasiado emocionado cuando les sentaban juntos en las comidas familiares. Y a pesar de todo, puede afirmar sin ninguna duda que Narcissa no le gusta: principalmente porque – y no sabe si esto cambiará en unos años, pero en aquel momento no lo cree demasiado posible – a él apenas le interesan las relaciones amorosas y todo lo que tenga que ver con ellas. No las considera desagradables, pero tampoco especialmente interesantes. Y aun así, no puede evitar sentirse un tanto resentido a causa del recientemente anunciado compromiso de su hermano con Narcissa; no es como si ninguno de los dos fuese a tener en cuenta esa ciertamente estúpida tradición familiar de emparejar a unos Black con otros para asegurarse de que la sangre limpia se mantiene, pero aun así, en el peor de los casos, si por alguna extraña alineación planetaria esos dos terminasen casados, hay una vocecilla en su cabeza que no deja de repetirle que Sirius no la merecería.

Narcissa termina su desayuno y se levanta de la mesa, despidiéndose de Regulus con un gesto de cabeza.

Mucha suerte en el partido, Reg.

Muchas gracias, Cissy.

¿Cuántos cientos de galeones tengo que pagarte para que no vuelvas a llamarme así una sola vez en tu vida?

No lo sé. Tendré que pensar en ello. Te lo hará saber mi abogado.

Ella no contesta, solo se ríe suavemente y se marcha arrastrando la capa por el suelo de piedra, y Regulus piensa que no la considera una amiga, ni una compañera, y casi le cuesta verla como su prima: es solo una de esas personas que son capaces de alegrar un poco un día triste sin apenas proponérselo.

Tan solo un segundo después, se arrepiente de haber pensado semejante cursilería barata y se dirige hacia los vestuarios de Slytherin.

Cuando llega, tan solo los cazadores se encuentran ya en el campo: dos chicos llamados Steve e Ian y una chica llamada Elisabeth que se encuentran practicando pases en una esquina. En el partido anterior, los lanzamientos poco precisos les costaron gran cantidad de puntos, y los tres quieren asegurarse de que la situación no se repita. Steve Howell es un chico rubio y larguirucho cuyas rodillas parecen, a simple vista, demasiado delgadas como para poder mantener en pie los aproximadamente metro ochenta que medirá, como poco. Ian es considerablemente más bajo y eso le hace tan rápido sobre la escoba que es gracias a él que más o menos la mitad de las pelotas que el equipo de las serpientes atrapa logren pasar por alguno de los tres aros. Elisabeth lleva el pelo recogido en una larga trenza y aborda cada partido con un entusiasmo que los demás jugadores no conseguirían alcanzar ni aunque se lo propusiesen. Lisa – así le gusta que la llamen, a pesar de que la comentarista, la tal Mary MacDonald, se olvida frecuentemente de este pequeño dato – no se desanima ni un ápice cada vez que el equipo pierde la quaffle y todo el equipo confía ciegamente en su habilidad estratégica a la hora de recuperarla.

¡Buenos días, Regulus! ¿¡Preparado para ganar este partido!? – exclama ella, con un entusiasmo que Regulus es prácticamente incapaz de devolver – Espero que sí, porque, woah, Steve e Ian están hoy concentradísimos, ¡vamos a machacarles!

Ya confiaba en ello – ríe él – Espero jugar tan bien como vosotros tres.

Claro que sí, colega – asiente el rubio – tienes mucho más ojito para la snitch que Potter, bueno, aunque eso no es muy difícil, porque el tío lleva gafas, ¿sabes? ¡Ja, ja!

Ninguno de los otros dos le ríe la gracia así que Regulus supone que no está obligado a soltar ninguna carcajada de cortesía y se limita a sonreír un poco y dar las gracias.

Se cambia al uniforme todo lo rápido que puede para evitar permanecer mucho tiempo solo en el vestuario y deja todas sus pertenencias en una bolsa, incluida la varita. Solo conserva una pequeña moneda de plata, un sickle viejo y desgastado que guarda desde que era niño y de la que prácticamente nunca se despega, que suele usar para juguetear con los dedos, dentro del bolsillo. De vuelta al campo, se cruza con Mark y Tom, los golpeadores, y Emma, la capitana.

Emma Vanity es una joven de quinto curso, mirada un tanto sombría y el pelo largo, rubio y rizado. Cuando aparece, todos los demás guardan silencio durante unos instantes hasta que ella saluda con un simple "buenos días". No es que sea una mala persona, ni alguien desagradable – Regulus ha comprobado en más de una ocasión que puede llegar a ser, de hecho, una compañía muy entretenida – pero se toma el quidditch y la capitanía del equipo muy en serio. Es, desde luego, el tipo de persona con la que a nadie le gustaría meterse en problemas.

Diez minutos antes del comienzo del partido, los siete Slytherin, ya ataviados con sus uniformes y con las escobas en la mano, Emma repasa la estrategia de aquella tarde.

Mark, Tom, no quiero que perdáis ni una sola bludger. Si una sola de ellas me golpea… Peor aún, si una sola de ellas golpea a Regulus… Los entrenamientos de esta semana van a ser muy, muy duros.

¡Eh! – replica Lisa – Y a nosotros que nos den, ¿o qué?

Confío en que vosotros voléis lo suficientemente rápido como para que ninguna de ellas pueda ni acercarse.

Oh.

Y, sobre todo, tened cuidado con Sirius Black. – y el corazón de Regulus se encoge un poco ante la mención de su hermano.

¿Qué tiene ese bobo que tenga que preocuparnos? – gruñe Steve – Con perdón, Reg.

Regulus hace un gesto con la mano, indicando que no importa.

Lo que tiene que preocuparte de ese "bobo" es, precisamente… Que es bobo. Perdona otra vez, Regulus.

No es nada, Emma. Aunque sea mi hermano sé ver que es, ciertamente, tonto de remate.

Bueno. El caso es que a Sirius Black le da igual tirarte de la escoba o romperte la nariz o cualquier extremidad del cuerpo. Si puede derribarte, lo hará. Tampoco le importa caerse de la escoba, ni siquiera le preocupa hacerse daño él mismo… Y es precisamente por eso por lo que es extremadamente peligroso: no se va a detener ante nada ni ante nadie.

Ahora que lo dices, tienes razón – admite Lisa – el otro, Gideon, no es tan bruto, pero ese Sirius…

¿Qué hay de Potter? –– se atreve a preguntar Regulus, después de respirar hondo – ¿Debería preocuparme de él?

En principio, no… – dice ella – Es bastante despistado, a decir verdad. Aunque ha demostrado ser bastante efectivo. No te confíes, pero… Tampoco tienes de qué preocuparte.

Está bien. No me preocupo.

No me lo creo ni yo.

Cuando suena el silbato que indica el comienzo del partido, sigue tan nervioso que no está ni siquiera seguro de que vaya a ser capaz de hacer que su escoba se eleve en el aire.

Sorprendentemente, lo consigue.

Un par de metros sobre el suelo, el viento acariciándole la cara, el frío en los dedos, la espalda recta, los vítores en las gradas y Regulus ya no piensa en nada que no sea ganar ese partido.

¡BUENOS DÍAS, ESTUDIANTES Y ESTUDIANTAS DE HOGWARTS? –– exclama la comentarista, Mary MacDonald – NI SIQUIERA SÉ SI "ESTUDIANTA" ES UNA PALABRA REAL, PERO ESTOY TAN EMOCIONADA POR ESTE PARTIDAZO QUE TENEMOS POR DELANTE QUE NI SIQUIERA ME IMPORTA. ¡GRYFFINDOR CONTRA SLYTHERIN! NADIE PUEDE NEGARME QUE ESTO PROMETE SER UNA JORNADA MUY, MUY INTERESANTE…

Los primeros dos tantos se los lleva el equipo de Gryffindor; pero Slytherin no se desanima ni un ápice y consigue remontar rápidamente. Pasados veinte minutos de partido, el marcador muestra un empate de 40 puntos entre los dos equipos, y la atmósfera se torna mucho más tensa.

Y no hay ni rastro de la snitch.

Unos metros más allá, Sirius ríe tan alto que casi parece que ladra. Acaba de batear una bludger tan fuerte que ha ido a parar fuera del campo y todos la han perdido de vista durante un segundo. James Potter vuela rápidamente a su lado y se apresura a darle un par de palmadas en el hombro y a decir "así se hace, tío" y los dos ríen, al unísono, despreocupados, distraídos.

El marcador continúa subiendo y ya son 60 a 70, 70 a 70, 80 a 70.

¡Y HOWELL ANOTA OTRO TANTO, CONSIGUIENDO DE NUEVO EL EMPATE PARA SLYTHERIN! ¡Y LA QUAFFLE VUELVE AL CAMPO! WOW, CHICOS, Y SOLO LLEVAMOS MEDIA HORA DE PARTIDO, ¡QUIÉN SABE LO QUE PUEDE PASAR A CONTINUACIÓN! Los Gryffindor parecían muy confiados al principio del partido pero Slytherin les ha demostrado que saben ser unos rivales dignos si quieren. OH, ¡OH!, MENUDA PEDAZO DE PARADA, JACK, TÚ SI QUE SABES.

Regulus decide que la forma más lógica de recorrer el campo es zigzaguear de un extremo a otro y luego repetir el proceso en sentido contrario. De ese modo abarcará casi la totalidad del campo fácilmente y, además, la escoba no llegará a volar a tanta velocidad como para que le resulte difícil girar en caso de avistar la snitch. También decide que los comentaristas de quidditch deberían ser más bien imparciales y no decantarse por un equipo o por el otro pero quizás algo así es demasiado pedir en un lugar como Hogwarts.

Al menos la tal MacDonald tiene la voz agradable.

Y está concentrado, tranquilo, casi disfrutando del partido, cuando ve a James Potter agarrar el mango de su escoba con fuerza y lanzarse en picado en dirección al suelo.

Y todos y cada uno de los músculos de su cuerpo se tensan en una milésima de segundo.

Y le sigue.

Como si le fuera la vida en ello. Como si agarrar aquella pelotita dorada entre las manos fuese lo último que va a hacer en su vida. Todavía no la ve, pero está seguro de que está ahí y de que tiene que atraparla antes de que Potter lo haga o está perdido. Casi le duelen los dedos le presionarlos con tantísima fuerza y hace ya un rato que no siente los mofletes ni la nariz. Y justo cuando llega a la altura del suelo, Potter se baja de la escoba, rebusca algo entre el césped del estadio, suspira aliviado – "uf, menos mal" – y vuelve a montarse, como si no pasase nada.

Desde arriba, – una absolutamente reconocible – voz exclama:

¡Eh! ¿Has encontrado las gafas? – y cuando Regulus escucha estas palabras tiene la certeza de que acaba de equivocarse enormemente y de que no hay pasadizo secreto lo suficientemente grande ni lo suficientemente largo en el

Sí, tío, no se han roto ni nada, menos mal…

Buah, Jimmy, creo que Reg se había pensado que habías visto la snitch.

¡NO JODAS!

Eh, hermanito – le llama, y entonces Regulus no tiene más remedio que girarse, con expresión malhumorada – ¿Te la has tragado enterita, eh?

No entiendo tus dobles sentidos sexuales, hermano.

Vaya, vaya, sí que se ha espabilado el enano este… Eres muy contestón para ser tan pringado, ¿eh?

Regulus gruñe y luego esboza una media sonrisa.

¡SIRIUS, CUIDADO, APÁRTATE!

La expresión del mayor de los Black pasa de divertida a extremadamente preocupada en lo que dura un parpadeo y se apresura a volar rápidamente hacia la izquierda para esquivar la bludger imaginaria que supone que su hermano ha visto acercándose hacia su espalda. Respira tranquilo cuando se siente fuera de peligro y mira a su alrededor para darse cuenta de que, en efecto, no hay ni un solo jugador volando detrás suyo, mucho menos una bludger.

Y grita.

TE VOY A PARTIR LA CARA, DESGRACIADO, ¿¡QUÉ TE CREES QUE HACES?!

Woah, Sirius, no es por nada, pero huelo desde aquí como te has hecho caca en los pantalones – se ríe Potter, desde su escoba, y Regulus siente una especie de satisfacción en el estómago a causa de la broma bien realizada que casi puede hacerle entender por qué su hermano se pasa el día metiéndose en líos por hacer travesuras.

Vete a la mierda, James. Id a la mierda los dos, gilipollas.

¿¡Qué les pasa a Potter, Black y… el otro Black?! – exclama Mary desde su sitio – ¿Habrán visto la snitch? ¿Habrá sucedido algo? ¡Señora Hooch!

La señora Hooch camina hacia ellos rápidamente, con expresión preocupada, y hace sonar el silbato.

¡Potter, Black! ¿Sucede algo?

¡No, señorita, no pasa nada! – contesta Potter – ¡Se me habían caído las gafas!

¡VUELVAN AL CAMPO AHORA MISMO!

Y Sirius tiene que tragarse su rabia, Regulus tiene que recuperar la compostura y James tiene que aguantarse la risa antes de volver al juego.

Y Regulus no deja de fijarse en él ni un solo momento.

No le cabe en la cabeza como alguien tan pagado de sí mismo, tan despistado, tan poco técnico, alguien que vive en las nubes la mayor parte del tiempo, puede haber atrapado la snitch en tantísimas ocasiones. Y trata de convencerse a sí mismo de que ha tenido que ser por: 1) pura suerte 2) que sus competidores fuesen todavía más despistados que él 3) algún tipo de trampa mágica 4) cientos de litros de Felix Felicis.

Unos minutos después Lisa es golpeada por una bludger que casi la derriba de la escoba, Emma consigue detener dos lanzamientos pero no logra hacerse con el tercero – lanzado por esa chica Gryffindor, Noah, que tan bien parece llevarse con el capitán de su equipo – y de la snitch sigue sin haber ni rastro.

Hasta que aparece.

El estómago de Regulus da un vuelco, y luego otro, y luego dos seguidos y casi siente que va a vomitar cuando avista la pequeña pelotita dorada aleteando cerca de las gradas en las que están sentados los alumnos de Ravenclaw. Sin pensárselo dos veces, acelera todo lo que puede y traga saliva y aprieta los dientes cuando se da cuenta de lo inevitable.

Que James también la ha visto.

Y se convierte en una competición, desde ese mismo momento. Dos buscadores, dos escobas, dos pares de ojos, dos jóvenes volando a toda velocidad hacia el mismo punto. En una especie de estratagema que Regulus no entiende del todo, James no vuela recto hacia ella sino que describe una especie de curva en picado hacia el oeste para después tratar de recuperar altura deslizándose hacia atrás en el palo de la escoba.

Antes de que Regulus pueda reconsiderar qué trayectoria tomar, James ya la tiene en la mano.

Todo el mundo aplaude. Las gradas corean su nombre. Él se apresura a aterrizar, deja la escoba en el suelo y saluda al público, todavía con la snitch en la mano. Un par de metros detrás de Regulus, los dos golpeadores de su equipo maldicen en voz alta.

En lo que respecta a él, no sabe cómo reaccionar.

Han perdido. Ni siquiera se ha parado a escuchar por cuantos puntos, pero si algo es evidente en ese momento es que el equipo de Slytherin ha perdido. Y sin embargo, no está triste. No está decepcionado, no está enfadado consigo mismo.

Está sorprendido.

Por varios motivos.

El primero es que se ha merecido esa derrota de principio a fin. Y no tiene ningún problema en admitírselo a sí mismo. Ha estado muchísimo más preocupado de la actitud de los demás que de encontrar la snitch y, al final, le ha pasado factura. No puede culpar a nadie más. Ni al estúpido de Sirius ni a su amigo Potter ni nada parecido.

El segundo es que ha sido Potter el que le ha ganado. Potter el irresponsable, el descuidado, el distraído, ese mismo Potter al que se le han caído las gafas al suelo por no llevarlas bien sujetas a mitad de partido y ha tenido que bajar a buscarlas. Ese mismo Potter que es evidente que juega sin ningún tipo de técnica ni estrategia ha sido capaz de ganarle en un uno contra uno casi sin pensárselo, y Regulus no puede evitar preguntarse qué es lo que tiene James que no tenga él, qué clase de intuición le guía hacia la snitch y le hace atraparla sin apenas planteárselo medio segundo. Había oído antes que era un rival peligroso, pero había sido incapaz de tomárselo en serio hasta ese mismo momento.

Y el tercero es que no se siente mal consigo mismo por haber perdido.

Nada.

Ni un poco. En absoluto.

Como si todos los miedos y preocupaciones que le asaltaban antes de subir a la escoba se hubieran desvanecido por completo en el mismo momento en el que sus pies se han elevado unos centímetros del suelo.

Alguien se acerca por su espalda y le da una amplia palmada en el hombro derecho.

¡Eh, hermanito! ¡Has jugado muy bien! – exclama Sirius – Bueno, no has ganado porque evidentemente nosotros hemos jugado mejor pero eso no quita que tú lo hayas hecho bien, tío. Solo que no se puede tener todo en esta vida, ya sabes.

Regulus esboza una sonrisa.

No, no ha jugado bien. De hecho, no ha jugado bien en absoluto. Pero no le importa. Si hay algo que es completamente seguro en ese momento es que en el próximo partido sí que piensa hacerlo. Jugará mejor que nadie.

Así que se limita a contestar.

Lo sé. Tú también has jugado bien, Sirius.