La primera vez que Mary MacDonald se cruza con Sirius Black aquella mañana, tan solo unos minutos antes de la que será posiblemente y pese a los esfuerzos del profesor Jeffrey la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras más aburrida que nadie haya tenido la desgracia de sufrir en aquel castillo, lleva el flequillo excesivamente bien peinado hacia el lado derecho de la cabeza, el jersey del uniforme demasiado arrugado para que se considere aceptable y exactamente el tipo de sonrisa que esboza cuando está ocultando un secreto. Sirius se acerca ella en un par de zancadas largas y, sin dar más explicaciones, la agarra del lateral de la capa y la arrastra hacia el aula vacía más cercana. No hay un solo par de ojos en todo el abarrotado pasillo que no esté mirando en dirección a ellos cuando Sirius cierra la puerta tras de sí, ni un solo estudiante de tercer curso que pueda resistirse a cuchichear con sus compañeros sobre lo que acaban de presenciar.
Ajeno a la situación en el exterior, en la semioscuridad del aula número siete del tercer piso, Sirius rebusca en su desordenada mochila hasta encontrar su varita, y maldice no haber tomado en serio a Remus en ninguna de las más o menos quince veces al día que le reprocha que, siendo tan extremadamente desordenado, ese no es ni de lejos un lugar adecuado para guardarla. Finalmente logra encontrarla y, cuando la agita, las persianas que cubren las dos ventanas suben de golpe, dejando pasar la luz natural e iluminando, por fin, la estancia.
- Te habrías ahorrado tiempo haciendo eso a mano. - gruñe Mary.
- Aprendí ese hechizo hace poco y tenía ganas de probarlo.
Mary avanza un par de pasos y se sienta sobre la mesa del profesor, y no parece importarle en absoluto que haya acumulado algo de polvo durante el fin de semana. Cruza las piernas sobre ella y los brazos sobre el pecho y a Sirius casi le da la sensación de que está manteniendo las distancias deliberadamente.
- ¿Qué quieres?
- ¿Qué te pasa?
Lo dicen casi al mismo tiempo y ninguno de los dos está seguro de quién se supone que tiene que contestar primero así que se limitan a mirarse incómodamente durante unos instantes hasta que Mary cede y dice:
- No me pasa nada. ¿Por qué me has traído hasta aquí?
- ¿Sigues enfadada por lo del otro día?
- No. ¿Qué narices quieres? - insiste ella, arrugando la nariz.
- ¿De verdad de la buena o de verdad como cuando dices que sí que te gustan un poco los Chudley Cannons?
- Oye, Sirius - y su voz pasa de apacible a notablemente agresiva en unos instantes - Ya lo hablamos, ¿vale? No me pasa nada. Es solo que no sé qué demonios te traes entre manos y tus ideas no son nunca demasiado buenas.
Sirius se encoge de hombros. No habrá más remedio que creérmelo. Se pregunta si es una sensación generalizada entre todos los chicos, la de pensar constantemente que estás metiendo la pata al hablar con chicas de tu edad. Piensa en James y en su eterna obsesión con Lily Evans durante un breve instante y se compadece de él como nunca lo había hecho antes.
- Mis ideas siempre son buenas ideas. - replica, finalmente.
- Excepto el noventa y nueve por ciento del tiempo.
- Noventa y dos.
- Que me digas qué quieres de una vez, Black.
Se acerca a donde está sentada caminando despacio y se agacha un poco para ponerle las manos sobre los hombros - esas manos que son cada día un poco más grandes y que todavía no son pero pronto serán las protagonistas de las fantasías de multitud e alumnas y algún que otro alumno - mirando directamente a los ojos de Mary antes de comenzar a hablar. Trata de evocar una especie de aura de misterio, un añadido dramático innecesario simplemente porque sí, porque puede, porque sabe cómo lograrlo. Cuando se trata de conseguir que todos los ojos se posen en él, Sirius Black es el rey indiscutible. La mayoría de veces, sin ni siquiera proponérselo.
- Verás, MacDonald - comienza a decir, imitando el tono de voz de esta última - Resulta que me he levantado esta mañana y me he dado cuenta de una cosa.
- Sorpréndeme, Sirius.
- Seguro que tú también te has dado cuenta.
- Por el amor de Merlín - maldice, y pone los ojos en blanco - Si no tienes ninguna intención de contármelo, me voy y ya está. Vamos a llegar tarde a clase de Mr. Sexy.
- Vale, vale, está bien, ¡joder! Uno ya no puede ni mantener un poco el suspense antes de contar un fantástico e increíble plan secreto. Menuda panda de aburridos con los que me junto. En fin. Que es el cumpleaños de Jimmy dentro de poco.
- Efectivamente. El miércoles que viene, para ser más exactos - añade ella.
- Y he estado pensando y, joder, James me ha hecho unos regalos de cumpleaños cojonudos durante todo el tiempo que llevamos siendo amigos, pero yo nunca le he regalado nada en condiciones porque nos pasamos todo el año encerrados en este puñetero castillo y aquí no hay quien compre nada decente para su mejor amigo y, bueno, que he pensado que podríamos hacerle una fiesta.
Mary mira a Sirius. Mitad escéptica, mitad divertida. Medio "no tienes ni idea de cómo organizarte para estudiar dos exámenes el mismo día así que no vas a saber montar una fiesta tú solo", medio "aunque pareces tonto de remate tienes buenas intenciones a veces." Un poco pensando que "es una idea descabelladísima" y otro poco creyendo que "tratándose de ti, con lo cabezota que eres, podría incluso salir bien."
- ¿Cuál es mi papel en todo esto, Black?
Sirius vacila un segundo antes de contestar.
- Ayudarme. Necesito que colabores, porque... Porque tú conoces bien a James y todo eso.
- Tú conoces a James mejor que yo, Sirius.
- Vale, pero tú eres una chica. Y, joder, no solo eso, es que... No voy a saber hacerlo todo yo solo si no me ayudas.
Le da la sensación de que eso era lo que la chica estaba esperando oír porque Mary sonríe, satisfecha, baja de la mesa de un salto y asiente con la cabeza.
- Tendré que ayudarte, entonces... Pero va a ser complicado. Vas a necesitar permiso de McGonagall y todo eso y, en serio, es que de verdad que no quiero llegar a clase de Mr. Sexy. ¿Me cuentas qué tienes pensado después?
- Bueno, vale. Creo que lo mejor sería, uhm, hacerlo el viernes por la noche. ¡Y terminar el sábado de madrugada! - comienza a explicar Sirius, mientras ambos se encaminan hacia el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Ensimismado en sus propias ideas, Sirius no se da cuenta de que, a su lado, Mary frunce levemente el ceño. De lo que sí se da cuenta es de que todas las miradas están puestas en ellos dos en el mismo momento en el que entran al aula, y la mayoría de sus compañeros, que ya se encuentran sentados en sus pupitres, giran la cabeza y guardan silencio para observarles con atención.
A sus casi quince años, nunca jamás hasta ese momento se había planteado que tal vez haya un punto en la vida de un joven adolescente en el que deja de estar socialmente bien visto que se encierre en una habitación oscura con una señorita de su edad.
De todos modos, no le importa demasiado.
Tiene mejores cosas en las que pensar en ese momento.
- Pssst, Pete.
Peter tiene la mirada perdida en el infinito y la cabeza reposando encima de los brazos cruzados sobre el pupitre. El profesor Jeffrey lo está intentando, de verdad que sí; todos los alumnos pueden apreciar que está haciendo su mayor esfuerzo para que la clase de aquel día no sea un completo aburrimiento, pero los hornklumps no consiguen captar la atención de ninguno de los alumnos del aula y todos luchan por mantener los ojos abiertos mientras el joven maestro se excusa y se lamenta de que los hongos mágicos venenosos formen parte del temario obligatorio. Cuando escucha la voz de Sirius, se sobresalta; principalmente porque está a punto de quedarse dormido.
- ¿Qué pasa, Sirius? - contesta, al tiempo que se gira y contiene un bostezo.
- Shhhhhhhhhhhh. - le indica que guarde silencio llevándose un dedo manchado de tinta a los labios, y con la mano que le queda libre le enseña un pequeño trozo de pergamino, doblado varias veces hasta formar un rectángulo diminuto. Hábilmente, lo lanza por los aires, de tal modo que aterriza en el pupitre de Peter.
Él lo despliega y suspira. Siempre le cuesta gran trabajo descifrar la caligrafía descuidada y apretada de Sirius. Al final, a duras penas, logra entender:
Tío,
Necesito que me hagas un favor. Un favorazo. Uno más grande que el Calamar Gigante, y, bueno, eso es mucho porque el Calamar Gigante es, ya sabes, GIGANTE.
Todo tiene su explicación. Si te portas bien, te lo cuento luego. Pero me ayudarás, ¿verdad, Pete?
Lo que necesito que hagas es que consigas la capa invisible de James. Como quieras. Pídesela prestada, róbasela o yo que me sé. Pero la necesito. No, no puedo pedírsela yo porque pensará que la quiero para magrearme con alguna tía o para volver a espiar a las prefectas en el baño.
Te prometo que es para algo importante y no te vas a arrepentir.
Tengo un plan.
El mejor plan que hayas oído en tu vida.
- SB.
Peter reflexiona un momento y después contesta, escribiendo en el reverso del papel:
¿Cuántas semanas nos van a castigar por esto?
Lanza la notita de vuelta hacia Sirius pero este no dice nada. Se limita a negar con la cabeza y susurra "después de clase, en el baño."
El problema es que la voz de Sirius es demasiado estridente como para que nadie más lo escuche y James no tarda en percatarse de la conversación y darse la vuelta en el pupitre para preguntar.
– ¿De qué habláis, tíos?
– Joder, Jimmy – gruñe Sirius – Estamos saliendo. Peter y yo, ¿sabes? No sabíamos cómo decírtelo. Y ahora estábamos concertando nuestra próxima cita. Déjanos discutir tranquilos nuestros asuntos de pareja.
– Qué gracioso.
James se encoge de hombros, convencido de que si fuese algo realmente importante sus amigos no dudarían en contárselo, y decide no darle más importancia. Vuelve a girarse en el asiento casi sin prestar atención a Peter, que se ha sonrojado levemente, y mira hacia otro lado, incómodo.
Después de treinta minutos que saben a treinta días la clase finaliza y Peter y Sirius se escabullen entre la multitud hacia el lugar concertado para su encuentro. Por suerte es demasiado temprano para que nadie quiera utilizar los lavabos del tercer piso y pueden cerrar la puerta por dentro para impedir que nadie entre sin llamar la atención.
- ¿Qué pasa, Sirius?
Sirius se pasea por la habitación con las manos detrás de la espalda y una sonrisa tan pícara que es incluso siniestra.
- Vamos a montar una fiesta, Peter. La mejor fiesta que este castillo haya presenciado jamás.
- ¿Qué? – pregunta Peter, confundido – ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cómo se te ha ocurrido?
- Como sabrás, pronto es el cumpleaños de James. Bueno, espero que lo sepas. Si no lo sabes, tengo malas noticias: eres un amigo terrible.
- ¡Claro que lo sé! ¡Eres tú el que nunca se acuerda! – se defiende él.
- Bueno, el caso es que él se esfuerza en todos nuestros cumpleaños pero nosotros nunca le montamos uno en condiciones y esto se tiene que acabar. ¿Estás conmigo?
Peter asiente con la cabeza. Una fiesta de cumpleaños para James. Parece razonable.
– Pero… ¿para qué necesitas la capa? – añade.
Sirius pone los ojos en blanco. No lo dice, pero Peter puede ver en su expresión que está claramente pensando "oh, por Merlín, ¿hay que explicártelo todo?" o algo por el estilo.
– Si quieres montamos la fiesta y bebemos todos zumitos de calabaza. No te jode… Necesitamos conseguir alcohol de algún modo, tío.
Con Remus, Sirius no tiene tanta suerte. No es que no se lo esperara, claro, pero confiaba ciegamente en su habilidad y capacidad de convicción para hacerle entrar en razón.
Han pasado ya veinte minutos y Remus sigue tan convencido de que aquello es la peor idea que ha tenido en siglos como el primer momento.
– Que no, Sirius. Que no puedes pretender hacer eso. Es extremadamente descabellado hasta para ti.
– ¿Qué tiene de malo? Una fiesta como Circe manda, por fin, en este muermo de castillo. Y para James, ni más ni menos. ¿Qué más quieres?
Le ha abordado por la tarde, cuando se encontraba estudiando en la biblioteca con Lily. Vale, quizás eso no ha sido la mejor idea. Sabe que a Remus le molesta que le interrumpan cuando está concentrado pero no se le ocurría ningún otro momento del día en el que James no fuese a percatarse de la conversación.
– Que no trates de intoxicar a todos los alumnos del castillo con alcohol robado de Hogsmeade.
– Oh, vamos. ¿Solo eso?
– Y que no pretendas que consiga que la profesora McGonagall te preste las llaves de el Gran Comedor para tu absurdo propósito.
– Menudo coñazo eres, Remus, te lo juro.
– Y que comprendas que lanzar bengalas del Doctor Filibuster y fuegos artificiales en un espacio cerrado es una idea nefasta.
– "Nefasta". ¿Te has tragado un diccionario o algo?
– Y que, encima, no intentes utilizar la ocasión para subirte chicas al dormitorio.
– Por el amor de Dios…
En ese mismo momento, y aunque se sentirá mal por ello más tarde, Sirius Black se pregunta por qué es amigo de Remus Lupin. Bien mirado, es casi como si fuesen polos opuestos. Remus es calmado, responsable y respetuoso, y nunca jamás deja que sus pies despeguen un solo centímetro del suelo. Es una especie de conciencia personificada, el puñetero Pepito Grillo pero con la nariz más grande, siempre encima de su hombro y detrás de la oreja, diciendo "no es buena idea, Sirius" "os van a castigar, Sirius" "eso no funciona así, Sirius" "no seas malo, Sirius."
Es desquiciante.
– Bueno, pues vale. Buscaré a algún otro empollón que quiera hablar con McGonagall.
Cuando Sirius pronuncia esas palabras espera que Remus se de media vuelta y se marche de nuevo a estudiar, pero no sucede. En lugar de eso, sonríe levemente, con los labios y con los ojos al mismo tiempo, y adopta una postura – cejas levantadas, cabeza levemente ladeada, las manos cruzadas sobre el pecho – que le devuelve a Sirius toda la esperanza que tenía en el plan de golpe.
– Puedo hablar con McGonagall.
– Ahá.
– De hecho, hablaré con McGonagall. – acepta Remus. Sirius casi tiene que contenerse para no celebrarlo en voz alta. Después añade – Es por James, claro que voy a hacerlo, no podría negarme. Pero con una condición.
– ¿Qué condición? No me jodas, lobito. No voy a empezar a hacer los deberes todos los días ni a leerte poesía por las noches hasta que te duermas ni nada parecido.
– Dios mío, eres tonto de remate.
– Está bien. Dime. Qué quieres. Pide por esa boquita.
– Que te plantees hacer una fiesta razonable, Sirius. Sin bengalas ni petardos ni alcohol en grandes cantidades ni invitar a todo el castillo.
– ¿Dónde está la diversión, entonces?
– Si hemos sido capaces de divertirnos nosotros cuatro encerrados en nuestra propia habitación, estoy seguro de que una fiesta en un sitio más pequeño, como la Sala Común, funcionará de todas maneras.
– La Sala Común. Con la gente de nuestro curso. Eso está bien. Será divertido. No me importa que vengan todos. Menos ese Cloud, claro. A Cloud que le den por saco.
Remus gruñe.
– Y nada de fuegos artificiales ni nada parecido.
– Eres algo así como el aguafiestas más grande que he tenido la desgracia de conocer en mi vida. Literalmente. Estás aguando mi fiesta, Remus. ¿Qué más? ¿Nos vas a obligar a llevar gorritos puntiagudos de cartón?
– Eso es demasiado hortera hasta para mí.
– Cualquiera lo diría.
– De momento eso es todo. De lo de las chicas… ya hablaremos.
– ¿Vas a hablar con McGonagall entonces, Remus?
Hace una pausa deliberada antes de contestar.
– Sí. Pero, en serio, Sirius, nada de fuegos artificiales.
Está siendo un lunes de lo más extraño. No solo porque parece que la mayoría de alumnos de Gryffindor han hecho una especie de pacto secreto para no pasarse por la Sala Común ni un solo momento en todo el día, sino porque, además, de Sirius tampoco hay ni rastro. Y Remus se ha ido a la biblioteca, como es costumbre el primer día de la semana, así que James se encuentra solo en la Sala con Peter, ambos extremadamente aburridos, sin tener ni la más remota idea de qué hacer para entretenerse hasta la hora de la cena.
Y Sirius, ¿dónde narices se ha metido? Parece que alguien ha montado una fiesta secreta y no se han tomado la molestia de invitarme.
En ese momento, como si James le hubiera invocado al pensar en él, el hueco del retrato se abre y Sirius entra, dando largas zancadas y con expresión seria, como si estuviese terriblemente cansado.
James se dispone a levantarse, con unas cuantas preguntas y un par de reproches listos para ser pronunciados. Joder, te voy a matar, casi haces que me muera de asco aquí solo.
El retrato está casi a punto de cerrarse y entonces alguien lo empuja desde fuera y entra detrás de Sirius.
La última persona que James se esperaba.
Lily Evans.
Masculla "eh, Black" en un tono de voz que es casi despectivo, y Sirius se gira y murmura algo así como "joder, Evans, qué susto". Ella continúa, con un "Remus me ha dicho…" y baja la voz hasta que James ya no puede escuchar qué es lo que Remus ha dicho. Piensa en acercarse pero no quiere parecer un entrometido delante de Lily así que se limita a observarles desde la distancia, clavando los ojos en ambos tan intensamente que está casi seguro de que pueden notarlos incrustándose en sus nucas. Lily termina de hablar y se despide y vuelve a marcharse de la Sala Común y Sirius se gira hacia donde están James y Peter con una expresión muy seria, como si acabasen de comunicarle el fallecimiento de algún familiar querido o algo así.
O una mascota. Tratándose de Sirius, probablemente una mascota.
– ¡Hey, Jimmy! – saluda Sirius mientras se acerca – Hey, Peter, cómo estamos.
– ¿Qué quería Lily? – se apresura a preguntar James.
– Hola a ti también, tío, sí, estoy de puta madre. Gracias por preguntar.
– No seas idiota.
– No quería nada. Tonterías.
No suena creíble. James lo sabe. Sirius lo sabe. Peter lo sabe, aunque no quiera decirlo.
– Sirius Black… Si pretendes que tu estatus de mejor amigo de James Potter se conserve, no puedes pretender que me crea que después de estar todo el día desaparecido y que más tarde te vea hablando con Lily Evans a solas por primera vez en tu vida, no tramas nada raro a mis espaldas.
– Que no, tío.
– Sirius, por el amor de Merlín.
Sirius se encoge de hombros y suspira, intentando parecer avergonzado durante unos instantes, tratando de que se note lo menos posible que tiene la excusa preparada de antemano.
– Es que… Te vas a reír de mí si te lo digo, tío.
James se recoloca las gafas y le mira con incredulidad.
– Sirius – le pone las manos sobre los hombros – Sirius Black. Te he visto levantarte por la mañana con la babilla colgando de las comisuras de los labios. Te he visto en pijama, te he visto sin camiseta, con esos calzoncillos sucios asquerosos que te gustaba llevar el año pasado. Te he visto tirarte pedos dormido, te he visto con diarrea en el baño a las tres de la mañana por comer demasiado pastel de calabaza, te he visto dormir abrazado a mi peluche de hipogrifo. ¿De verdad te crees que cualquier cosa que me digas me va a hacer reírme de ti?
– Joder, tío, hostia, eso ha sido bonito.
– ¿Tienes un peluche de hipogrifo? – inquiere Peter.
– Calla. ¿Y bien, Sirius?
Sirius asiente.
– Bueno, es que… No voy muy bien en Pociones este curso, así que le he pedido ayuda a Remus…
– Me tienes que estar timando, Sirius – ríe James.
– No quería decírtelo porque, ya sabes, ibas a pensar que soy un empollón pero, joder, no quiero suspender. Ha intentado ayudarme con la redacción del próximo viernes pero estaba ocupado con la suya así que me ha dicho que le diría a Evans que me ayudase, y yo le he dicho "Remus, ni de coña, no quiero que me ayude ella, antes muerto" pero ha debido hacerlo igual y por eso ha venido a buscarme. Solo eso.
James necesita un momento para recobrar la respiración.
- Me estás diciendo… ¿Me estás diciendo que Lily Evans te ha ofrecido su ayuda para estudiar Pociones?
- Naturalmente, le he dicho que un Black no la necesita.
- Hostias, eres más tonto de lo que pensaba.
- ¿Qué dices? Tío, ni siquiera está buena.
- Cretino.
- ¿Ves por qué no quería contártelo?
- En serio, es que eres tonto, tontísimo, más tonto que un plato de mocos. Has tenido algo que para mí sería UN SUEÑO en las manos y lo has tirado al suelo como buen imbécil ejemplar que eres.
- Exagerado.
- Ah, y, Sirius Black: quiero que sepas que eres un jodido empollón.
Lo dice y se ríe. James se ríe y la risa es sincera. Se ríe y le tiembla el estómago un poquito, tanto que se puede apreciar debajo del jersey.
Sirius se alegra de saber mentir tan bien.
Peter consigue la capa de la forma más sencilla y efectiva que se le ocurre: siendo sincero. Parcialmente sincero, al menos. Le dice a James que la necesita para ir a Hogsmeade a "mangar un poco de chocolate" y él no le pone ni una sola pega antes de sacarla de su escondite habitual debajo del colchón y entregársela sin apenas levantar la vista del cómic que se encuentra leyendo ese momento. Cuando Peter la guarda en la mochila, siente un pinchazo agudo de culpabilidad en el estómago, pero se consuela a sí mismo pensando que es para una buena causa y se apresura a marcharse de la habitación.
Sirius está esperando en la entrada del pasadizo. Con la cazadora de cuero abrochada debajo de la capa y la mochila vacía colgada solo de un hombro. La excusa de repasar Pociones con Remus y Lily ha funcionado mejor de lo que esperaba y James no ha vuelto a reprocharle ninguna de sus sospechosas ausencias durante el día. Cuando Peter llega le recibe con una fuerte palmada en el hombro que quiere decir "buen trabajo" en el idioma de Sirius Black, y caminan rápidamente hacia el sótano de Honeydukes.
Una vez allí, Peter se escabulle de debajo de la capa y comienza a rebuscar entre las cajas del almacén. Extendiendo la mano hacia donde está Sirius, le indica que le acerque su mochila y comienza a llenarla de chocolatinas y chucherías varias que encuentra en ellas, tratando en la medida de lo posible de no hacer demasiado aparente el robo. Coge una caja grande de chocolatinas rellenas de fresa y la introduce en el bolsillo más pequeño y después la cierra y vuelve a entregársela a Sirius.
– Si vuelvo con la capa y no llevo nada de chocolate – explica Peter – James va a sospechar, ¿no?
Sirius asiente. No había pensado en eso.
– Sé que tu idea inicial era ir a Hogsmeade a por las bebidas, pero dando una vuelta por el castillo el otro día me di cuenta de que hay una forma más sencilla de obtenerlas… Y te va a gustar más.
– ¿Qué…? ¿Cómo…?
– ¿Confías en mí? – pregunta, imitando el tono de voz característico que utiliza Sirius cuando toma el mando de alguna travesura.
Sirius, sin salir de su asombro, asiente por segunda vez. Peter vuelve a introducirse debajo de la capa y le guía hacia su nuevo descubrimiento.
Es una habitación que nunca habían visitado antes. Una puerta cerrada en uno de esos pasillos del primer piso que casi nadie utiliza nunca. Tiene el aspecto de una puerta normal y corriente, como las de las clases, salvo por la gigantesca cerradura de color plateado que reposa en uno de los lados.
– ¿Qué hay dentro? ¿Cómo vamos a entrar? – pregunta Sirius.
Antes de que termine de pronunciar la frase Peter ya se encuentra rebuscando en sus bolsillos y tras tan solo unos segundos extrae algo grande, brillante y que emite una especie de tintineo metálico.
El llavero de Filch.
Sirius casi no recordaba que lo habían cogido hacía unas semanas y se había olvidado por completo de la promesa que hicieron a Remus de devolverlo cuanto antes. No obstante, se alegra como nunca de no haberle hecho caso a su amigo el licántropo porque en aquella ocasión, es especialmente útil para ellos poseer todas las llaves del castillo. A Peter le cuesta un rato encontrar la llave necesaria para abrir la puerta entre todas ellas, pero al cuarto o quinto intento da con la correcta y la cerradura cede con un "clic" suave.
Cierran la puerta tras de sí y susurran "Lumos" casi al unísono y cuando alza la varita, lo que se alza delante de los ojos de Sirius le maravilla.
Es una habitación estrecha y alargada, como si fuera un largo pasillo. Las paredes están cubiertas de estantes y al fondo hay unas cuantas cajas de madera apiladas y repartidas por la mayor parte del suelo. En las estanterías, cientos de botellas de todos los tamaños y colores, con contenidos muy diversos.
- El otro día estaba dando una vuelta con Remus mientras vosotros entrenabais y encontramos esto. Nos llamó la atención porque es exactamente igual que otras puertas pero tiene, bueno, ya la has visto, esa cerradura tan rara… Así que he vuelto esta mañana, con el llavero, y he descubierto esto.
- WOW. Wow. Y mira que parecías tonto cuando te compramos pero ahora mismo te besaría.
- No lo hagas, por favor.
- Bueeeeno…
- Creo que - continúa Peter - es donde guardan las reservas para las cocinas. Ya sabes cómo es aquello, costaría un montón guardar esta cantidad de botellas allí…
Y lo cierto es que hay un montón. Sirius se atrevería a decir que más de cien. Y quizás más de ciento cincuenta también. Y eso es lo mejor de todo: que hay tantísimas que nadie se va a dar cuenta jamás si se llevan una o dos.
Vuelven a abrir la mochila y rebuscan entre los estantes, teniendo mucho cuidado de no dejar huellas entre las repisas. Peter elige una botella llena de licor de color amarillento; Sirius una de ron que tiene pinta de llevar allí guardada por lo menos desde que sus padres estudiaron en el colegio. Entre los dos escogen otra de contenido transparente que no alcanzan muy bien a identificar y las meten en la mochila. Después se apresuran a marcharse de allí tan rápido como pueden, poniéndose la capa de nuevo y rezando para no cruzarse a nadie por los pasillos lo suficientemente atento como para percatarse del sonido de los cristales chocando en su interior.
Por el camino se cruzan a Mary MacDonald. Va sola, con las manos metidas en los bolsillos, mirando al suelo y murmurando algo para sí misma, como si estuviese terriblemente enfadada. El primer acto reflejo de Sirius es acercarse a ella, saludarla de forma casual, contarle un chiste malo y preguntarle qué le pasa como si realmente no fuese con él la cosa. Pero Peter puede verle las intenciones a kilómetros, y se apresura a negar con la cabeza y recordarle que están en medio de una "misión importante". Sirius se encoge de hombros y le concede la razón y se centra en preocuparse de cómo demonios van a lograr entrar a la habitación y esconder las bebidas en sus respectivos baúles sin que James se percate.
Ya se ocupará de Mary más tarde.
- No me puedo creer que me hayas convencido para hacer esto.
- Te conseguí el permiso de McGonagall. Y, créeme, no fue fácil.
Sirius maldice en voz baja y se dispone a recogerse el pelo en una coleta y a sujetarse el flequillo hacia atrás con una pinza. Ambas cosas, la pinza y el coletero, se los ha proporcionado Remus y el joven Black no tiene ánimos ni siquiera de preguntar de dónde los ha sacado. A su derecha, un elfo doméstico corretea apurado entre las encimeras, presumiblemente buscando algo que necesita para la preparación de la cena de aquella noche que Sirius no logra adivinar.
- ¿Buscas esto? - dice Remus, extendiéndole un pequeño botecito cilíndrico negro a la criatura - Lo he cogido por error, pensaba que era vainilla.
- ¡Muchas gracias, amo Remus!
Remus se encoge de hombros, pensando que ni en un millón de años va a conseguir que los elfos de las cocinas del castillo le tuteen. Después desvía la mirada hacia Sirius y, tras unos segundos, dice:
- ¿Empezamos?
Hacer una tarta. Menuda tontería. A Sirius no le cabe en la cabeza cómo su amigo parece tan entusiasmado con la idea. Es un gasto de energía inútil. Es ensuciarse y perder tiempo y malgastar una maravillosa tarde soleada en un trabajo que sin lugar a dudas los propios elfos domésticos podrían haber hecho por ellos. Encima el tío, el muy lerdo, no planea utilizar magia en absoluto, ni siquiera para acelerar un poquito el proceso. Le observa apartarse el pelo de la cara, remangarse la camisa y lavarse las manos y por millonésima vez en lo que llevan de semana tiene unas ganas terribles de estrangularle o algo parecido. No es que Remus sea un mal amigo pero, hostias, a veces puede llegar a ser un verdadero coñazo. Pero si no fuera porque le presta los deberes de vez en cuando y siempre le hace compañía en las noches de insomnio, llegados a este punto Sirius hubiera dejado de hablarle varias veces en el tiempo que llevan conociéndose.
Ha cogido un delantal que ha encontrado por ahí y está luchando para atárselo en la espalda. Sirius podría ayudarle pero es más divertido observar cómo se frustra. Lo cierto es que es un delantal raquítico, posiblemente perteneciente a alguno de los elfos de la cocina: él no podría metérselo ni en el dedo de un pie pero Remus es tan delgado que parece casi de su talla, aunque extremadamente corto y, por tanto, un tanto ridículo.
Después saca un pesado libro de encuadernación púrpura y lo coloca sobre la encimera. Le ha escuchado hablar sobre él antes; es una especie de manual de cocina muggle para magos que ha encontrado en la biblioteca y que contiene un montón de recetas fáciles de pasteles, bizcochos y postres en general. Se lame la yema de uno de los dedos y pasa las páginas hasta que encuentra la que está buscando: una tarta que lleva tres tipos de chocolate distintos. La página lleva adjunta una fotografía y lo cierto es que tiene una pinta deliciosa, pero Sirius no está en absoluto seguro de que puedan replicar el resultado con exactitud.
- A ver, para empezar, hay que separar la yema de la clara de estos seis huevos.
- ¿Lo haces tú?
- ¿Que hay que hacer qué?
- Separar las yemas, Sirius - suspira Remus.
- Ni siquiera estoy seguro de saber qué parte es la yema y cual lo…. Lo otro.
Remus piensa que aquello va ser más complicado de lo que pensaba. Se encoge de hombros y procede a hacerle una demostración.
- Mira, tienes que coger el huevo, y romperlo contra el borde de este vaso.
- Romper cosas no está mal, por lo menos.
- Después tienes que dejar salir el líquido… - Remus va llevando a cabo los distintos pasos conforme se los describe a Sirius - y justo antes de que vaya a salir la parte naranja…
Sirius observa maravillado como, con un movimiento preciso de muñeca, Remus recoge la yema del huevo en una de las mitades de la cáscara y la deposita con cuidado en un bol que se encuentra a su izquierda.
- Vaya, lobito, no te hacía yo tan hábil con las manos, ¿eh?
- En realidad es muy fácil - ríe el - prueba tú, venga.
Sirius lo intenta pero no tiene demasiado éxito. Al principio parece haber entendido el concepto bastante bien pero en el último momento el huevo se le resbala y termina aplastado en el suelo de la cocina.
- Es que lo has hecho demasiado rápido - explica Remus - sé que esa palabra no existe en tu vocabulario, pero hay que hacerlo con cuidado.
- Maldita sea, Remus. Si tú has podido, yo también voy a poder.
Lo vuelve a intentar. Esta vez, Remus le guía, colocando sus manos en las muñecas de Sirius para evitar que vuelva a equivocarse por ser demasiado impaciente. En un par de minutos, la tarea está completada.
Pero todavía queda mucho que hacer.
Y Sirius no piensa admitirlo jamás. Nunca, en su vida. Se piensa llevar el secreto a la tumba si hace falta, pero lo cierto es que a lo mejor aquello de cocinar es un poco entretenido.
Sin apenas darse cuenta de cómo pasa el tiempo, Sirius y Remus pasan la tarde rodeados de utensilios de cocina: cucharas y aparatos para medir las cantidades y un montón de esos cacharros con un montón de varillas que se utilizan para batir los huevos. Sirius se tropieza con los cordones desatados de sus zapatos y vuelca un bote entero de harina sobre Remus, manchándole la cara, los brazos y la mayor parte del pelo de polvo fino y blanco. Comen más chocolate del que finalmente utilizan en el pastel, y tienen que reclamar la ayuda de los elfos en múltiples ocasiones porque no tienen la fuerza necesaria en los brazos para montar la nata o porque ninguno de los dos sabe cómo sacar el bizcocho del horno sin quemarse. Cuando terminan, varias horas muchos recipientes derramados después, la tarta no se parece en absoluto a la fotografía del libro de Remus: es mucho más alargada, el chocolate está mucho peor extendido sobre la superficie y los bordes y la forma en general son muchísimo más irregulares. Remus no se atreve del todo a probarla pero Sirius busca un cuchillo y corta un pedacito de una esquina y se lo mete a la boca, rápido y sin pensarlo dos veces.
Remus observa atentamente su reacción.
- Hofstiaf, tío - dice, todavía sin haber terminado de masticar - efto sabe cojonudo.
Así que Remus, mucho más confiado, también come un pedazo. Y opina que Sirius tiene razón: está deliciosa.
No es la tarta más bonita del mundo, ni la mejor cocinada: posiblemente algunas partes hayan quedado demasiado secas y lleve, en general, exceso de azúcar. Quizás cubrir la superficie con azúcar glass no ha sido la mejor idea de todas, pero no les importa en absoluto en aquel momento. Lo que importa es que han terminado, ha salido bien, la han hecho ellos solos (más o menos) y están seguros de que a James va a encantarle. Escriben "feliz cumpleaños, James" sobre ella, en letras irregulares, utilizando chocolate blanco líquido. Remus se las apaña para dibujar una pequeña snitch debajo de ellas, y con eso dan el trabajo por finalizado.
La guardan en una de las gigantescas neveras de la cocina, prometiendo a los elfos que al día siguiente irán a por ella.
- Vale, tío, pero hay algo en lo que no hemos pensado - interrumpe Sirius, cuando ya se disponen a salir de allí y volver a la habitación.
- ¿Qué? - pregunta Remus, y por la mirada del otro chico no le hace falta que conteste para darse cuenta del problema: casi se había olvidado de ello, pero ambos van cubiertos de chocolate y harina hasta el último centímetro de piel.
- Pues que James se va a coscar de que hemos estado haciendo algo seguro, tío.
Tratan de limpiarse un poco utilizando unos cuantos paños de cocina pero están demasiado sucios como para que eso funcione. Y ir hasta las duchas supone un alto riesgo de cruzarse a James o a alguien que conozcan. Bien pensado, prácticamente cualquiera en el castillo que les vea con esas pintas va a sospechar de ellos. No se les ocurre ninguna solución, y Remus está comenzando a angustiarse cuando Sirius sugiere:
- ¿Nos damos un baño en el lago?
Remus suspira. No es su idea favorita. Desde luego, el pensamiento no le resulta del todo agradable. Pero es la única idea que tienen y, en realidad, hace un dia caluroso y soleado para ser Marzo.
- Solo si me juras que no te vas a quitar los calzoncillos.
- Que te lo has creído.
Se ponen en camino, procurando no llamar demasiado la atención e intentando no cruzarse a nadie, fantaseando sobre cómo será la fiesta, cuál será la reacción de James cuando vea la tarta.
Es jueves y, por fin, está todo listo.
