Yo nunca
Esperar a que llegue la noche de aquel viernes se hace un suplicio.
Para todos, pero especialmente para Sirius Black.
Mary está impaciente, Remus está impaciente, Peter está impaciente y el resto de invitados - que son, básicamente, todos los alumnos de Gryffindor excepto los de primero, que la profesora McGonagall consideraba demasiado jóvenes para atender a la fiesta, y los de séptimo, que rechazaron voluntariamente la invitación por estar demasiado ocupados preparando los exámenes finales que cada vez se acercan un poco más - están impacientes y también emocionados con el tipo de entusiasmo que deriva de conocer algo que, al menos a efectos prácticos, es un secreto. Algunas chicas de cuarto no pueden evitar dejar escapar pequeñas risitas cada vez que se cruzan con James por los pasillos: risas que dicen "pobrecillo, todo el castillo sabe algo que él no". Él, afortunadamente, no les da demasiada importancia, y asume que se deben a que se encuentra particularmente atractivo aquella mañana.
Pero es Sirius el que apenas pega ojo esa noche y se levanta como si no hubiera dormido en los últimos cinco siglos, todo ojeras y pelo enmarañado y sudor en la nuca y en la frente y tiene que huir a la ducha tan rápido cómo puede porque no le desearía ni a su peor enemigo tener que aparecer en público con ese aspecto. El que, fruto del nerviosismo, no puede evitar pasarse todas y cada una de las clases balanceándose en la silla, agitando las piernas y tamborileando con los dedos sobre la mesa, y el que se pasa la tarde correteando de un lado a otro por los pasillos, como si caminando más rápido de lo habitual el tiempo fuera a moverse también a mayor velocidad que de costumbre. Y el que, cuando Remus le pregunta que qué es lo que tanto le preocupa, solo sabe responder que lleva una semana entera ultimando los detalles de lo que iba a suceder aquel día con más dedicación de la que le ha puesto a nada en su puñetera vida y que si algo sale mal va a, literalmente, pegarse un tiro. También masculla algo sobre que Mary MacDonald lleva días sin dirigirle la palabra pero lo dice en voz tan baja que el joven hombre lobo no quiere o no alcanza a escucharlo. Apenas prueban medio bocado durante la cena, ninguno de los dos, y cuando Peter está a punto de terminarse su plato de alitas de pollo deciden que es el momento de pasar a la acción.
A partir de ese momento, todo está planeado.
Un par de segundos después de terminar de darle el último bocado a la carne, Peter se lleva la mano al estómago, frunce el ceño y emite un gemido lastimero, una especie de "nnngggggg" que sale del fondo de la garganta y que suena lo suficientemente alto como para hacer a James levantar la vista de su plato.
Y pregunta.
- ¿Estás bien, tío?
Y Sirius añade.
- Joder, tienes mala cara.
Peter no contesta pero asiente y todos le miran, preocupados.
- Eh, oye, colega - comienza a decir Sirius, respirando hondo, mordiéndose la risa - no te nos vayas a poner malo ahora que llega el fin de semana, ¿eh?
- ¿Por qué no le llevas a la enfermería para que le den un tónico? Seguro que se siente mejor - sugiere Remus.
James deja el cuchillo y el tenedor sobre el mantel, se limpia los labios con la manga de la camisa y se ofrece a acompañarle, pero Sirius niega con la cabeza.
- Ya voy yo. No te ofendas, Jimmy, pero eres un poco nenaza y si vomita o algo te vas a poner malo tú también.
Le pasa un brazo por el hombro a Peter y ambos se disuelven entre la multitud del comedor, perdiéndose de vista rápidamente.
Una vez atraviesan la gran puerta de madera, Peter pregunta:
- ¿Lo he hecho creíble? ¿Ha estado bien?
- Ha estado cojonudo - contesta Sirius - venga, rápido, vamos a por el pastel antes de que vuelva.
Todavía dentro de la habitación, Remus Lupin mira su reloj. Son las nueve y diez y, si sus cálculos no fallan, tiene que entretener a James durante por lo menos quince minutos más para que Sirius y Peter tengan tiempo de subir las escaleras hasta la Sala Común sin ningún riesgo de que James se percate. Sigue sin tener nada de hambre pero, con gran esfuerzo, se sirve un gran trozo de empanada de calabaza y comienza a comérsela lo más despacio que puede, cortando trozos ridículamente pequeños y masticando excesivamente cada pedazo. Al cabo de un rato, el plato de James ya está vacío y el de Remus, excesivamente lleno.
- El lobo feroz no está hambriento esta noche, ¿eh, Remus? - dice, en tono burlón - Madre mía, no me voy a volver a quejar de que Mary come lento en la vida. Llevas tanto rato con ese cacho de empanada que a los elfos les ha dado tiempo a cocinar otras cinco.
Remus se encoge de hombros y vuelve a concentrarse en su cena. Para cuando termina, la mayoría de los alumnos de Gryffindor ya se han ido del comedor, quedando allí tan solo ellos dos, Mary y Lily y un grupo de niños de primer curso. Vuelve a mirar su reloj. Son ya las nueve y media. Mary le hace un gesto con la cabeza que aparentemente no significa nada pero que él puede leer perfectamente como un "hora de largarse de aquí, Remus."
Los cuatro chicos salen del Gran Comedor exactamente a las 21:32. A las 21:33, escuchan una voz a su espalda que hace que Remus, Mary y Lily tengan que contener la respiración durante un segundo.
- ¡Potter! ¡MacDonald! ¡Lupin! ¡Evans! Esperad un momento, chicos...
Es el profesor Jeffrey.
Camina hacia ellos, azorado, vestido más informal que de costumbre, con el pelo suelto y todavía con un poco de puré de patatas en la comisura del labio del que ninguna de las chicas se percata. Cuando se da la vuelta, Remus no puede evitar sonreír para sí mismo.
No puede ser verdad que Sirius haya conseguido compinchar al profesor Jeffrey.
Pero, por supuesto, lo es.
- Hola, chicos, siento molestar - se disculpa - pero me gustaría hablar con vosotros porque, bueno, he leído las redacciones que me entregásteis el otro día y...
- ¿¡Hemos suspendido!? - exclama Lily, asustada.
- No, ¡no!, todo lo contrario...
Y comienza a pronunciar un largo discurso sobre cuán brillantes son como alumnos y las grandes capacidades que poseen para "plasmar los conocimientos aprendidos en el pergamino" y "extrapolarlos a la vida real". Les recomienda encarecidamente cursar estudios avanzados de Defensa contra las Artes Oscuras en los próximos meses y practicar las lecciones con antelación a las clases para poder mejorar el aprendizaje. Tan solo cuando ya han pasado al menos otros quince minutos y se hace exageradamente evidente que todo aquello es tan solo una maniobra de distracción, el joven profesor se disculpa por haberlos entretenido y les desea que pasen "una noche divertida" antes de marcharse.
James se encoge de hombros.
- A veces tengo la sensación de que Sirius tiene razón y este tipo es demasiado majo como para ser de fiar.
- Ay, ¡huele tan bien! - exclama Mary - Ojalá todos los chicos fuesen como Mr. Sexy.
- ¿Qué tenem... tienen de malo los chicos que huelen mal, Mary? - inquiere James.
- Que sois, digo, son, por norma general, un poco estúpidos - contesta ella, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño.
Y continúan discutiendo sobre el tema mientras suben las escaleras del vestíbulo.
Todo el mundo guarda silencio cuando el hueco del retrato se abre.
Todos. Los amigos, los conocidos, los que están allí porque admiran su habilidad en el quidditch, los levemente resentidos por alguna antigua travesura, los que aspiran a simplemente poder acercarse a él y conversar un rato y poder presumir de ello al día siguiente. Guardan silencio y hay un segundo de expectación en el que muchísimos labios contienen la respiración hasta que James cruza la puerta, flanqueado por Remus y Lily y seguido de Mary. Mientras estos últimos ríen, el primero no sabe demasiado bien qué hacer: mira a su alrededor, desconcertado, sin saber por qué demonios hay tanta gente despierta a aquella hora de la noche y qué hacen todos mirándole atentamente como si supiesen, por algún motivo, que está a punto de hacer o decir algo muy gracioso o muy ridículo. Siente cien pares de ojos clavados en los suyos, como si estuviese en medio de un partido de quidditch y acabase de atrapar la snitch.
Solo que no hay snitch, y no hay partido.
Es un viernes por la noche y no entiende nada y sabe Merlín y todos sus ancestros que a James Potter no le gustan los misterios sin resolver.
Después ve a Sirius caminar hacia él entre la multitud, sonriendo de oreja a oreja y, sin necesidad de que nadie se lo explique, con esa especie de telepatía que solo se da entre mejores amigos o hermanos gemelos o ambas cosas, entiende que todo aquello - Peter atragantándose y el profesor Jeffrey entreteniéndole y todas las tardes en las que alguno de sus tres amigos ha desaparecido y toda esa gente observándole en ese momento - lo ha planeado él de principio a fin.
Será cabronazo.
Sirius camina hacia donde se encuentra su mejor amigo y comienza a hablar.
- ¡Señoras y señores! - exclama, abriendo mucho los brazos, consiguiendo que en tan solo unos instantes toda la atención puesta en James se desplace hacia él - Estamos aquí reunidos…
- Sirius, por favor - protesta Remus, a su lado - no seas hortera, te lo suplico.
- Joder, vale - maldice él - Está bien. Supongo que todos sabéis cuál es el motivo de que estemos aquí, ¿verdad?
La mayoría asiente en silencio; solo unos pocos lo hacen en voz alta. James es el único que no mueve un músculo, todavía sin comprender nada.
- Bueno - sonríe Sirius - pues entonces ya sabéis lo que toca hacer ahora.
Asienten, de nuevo. Alguien, sentado en una de las butacas cercanas a la chimenea, masculla algo así como "joder tío, date prisa, que me voy a quedar sopas".
- Pues entonces, a la de tres: una, dos, tres, y…. Cumple-aaaaaaaa-ñoooooos feeeee-liz…
A algunos les cuesta un poco arrancar, pero pasados unos segundos la totalidad de la Sala Común de Gryffindor se encuentra cantándole el Cumpleaños Feliz a un James tan atónito que no puede evitar que las mejillas se le sonrojen un poco por debajo de las gafas. Y aun así sonríe de oreja a oreja, por fin comprendiendo toda la expectación y comportamientos extraños que, sin saber muy bien por qué, le habían perseguido durante toda la semana. Después de pensar que tiene los mejores amigos del universo y maldecir por lo menos cinco veces lo ingenuo que ha sido, lo primero que se le viene a la cabeza es que no puede creerse que se tragase una excusa tan barata como que Sirius Black le habia pedido ayuda a Lily Evans con los deberes.
- ¡TE DESEEEE-AAAMOS JAAAA-MEEEES, CUMPLEAAAAÑOOOS FEEEEEE-LIIIIZ! ¡UEEEEEE! - canta Sirius, prácticamente gritando, con su voz grave y estruendosa resonando sobre todas las demás en la habitación, y comienza a aplaudir ruidosamente en cuanto pronuncia la última palabra.
- Muy bonito, Black, de verdad, en serio, te lo has currao' - ríe James - pero se te ha pasado el detalle de que mi cumpleaños es la semana que viene.
- Claro que lo sé, imbecil. - replica - Oye, que me he partido el culo para montar todo esto, no me jodas, Jimmy.
- Es broma, bobo - sonríe - Muchas gracias, Sirius, de verdad.
Y se abrazan.
Y no hay ni uno solo de los presentes que no sienta un poco de ternura al verles, los dos juntos, una maraña de brazos y pelo oscuro y las gafas de James en un equilibrio peligroso sobre la nariz mientras su mejor amigo le aprieta contra su hombro. Incluso Remus, que ya está acostumbrado a las muestras de cariño entre ambos - palmadas en la espalda, revolverse el pelo el uno al otro, algún que otro beso en la mejilla "por hacer la gracia", como dicen ellos - se da cuenta de que no recuerda ninguna otra vez en la que Sirius y James se hayan abrazado de ese modo, tan sincero, tan serio, una muestra de afecto tan pura como aquella. Incluso Mary MacDonald, apoyada en la pared con el ceño fruncido y los brazos cruzados, no puede evitar sonreir un poco cuando por fin se separan, ambos sonriendo.
- Bueno - explica Remus - como comprenderás, montar una fiesta de cumpleaños en Hogwarts es un poco complicado porque, ya sabes, no hay tiendas y todo eso… Así que no hemos podido prepararte ningún regalo especial, pero, a cambio, se me ocurrió que podríamos hacer esto.
Conduce a James hasta una pequeña mesa colocada estratégicamente en el fondo de la Sala, de modo que no pueda verse desde la entrada, y el chico esboza una sonrisa todavía más grande al visualizar la gigantesca tarta de chocolate sobre una bandeja plateada tomada prestada de la cocina.
- Joder, Remus, ¿en serio? ¿La has hecho tú? No me lo puedo creer. Eres la leche, tío.
- La verdad es que Sirius también ha ayudado - admite él.
Acaban de cenar pero, en medio de la emoción, la tarta parece especialmente suculenta, y todos se mueren de ganas de probar un pedazo. Remus coge un cuchillo y se dispone a cortar un trozo pero Peter le interrumpe antes de que pueda conseguirlo.
- ¡Espera, Remus! - exclama - Yo también tengo algo para James.
Rebusca en uno de sus bolsillos y saca dos pequeños objetos de color rojo: dos velas de cumpleaños con forma de números, un "1" y un "4" que se apresura a colocar en lo alto del pastel y que Remus enciende con un golpe de varita.
- Entre los muggles - explica Peter - hay una tradición que dice que si cierras los ojos y pides un deseo antes de soplar las velas, siempre que no se lo cuentes a nadie, el deseo se hará realidad.
James asiente con la cabeza.
- ¿Y ese deseo puede ser cualquier cosa? ¿Cualquiera cualquiera? - pregunta.
- Hombre, no creo que puedas pedir que los Beatles vuelvan a juntarse ni que Dumbledore te ceda el título de director del colegio, pero por lo demás…. - ríe Remus.
Tampoco es como si se le hubiese pasado por la cabeza algo semejante. *Bueno, bien pensado lo de los Beatles no estaría nada mal pero seguro que se ponían a dar un millón de conciertos durante el curso y tendría que aguantar aquí encerrado, escuchando por la radio como un montón de gente se divierte a costa de mi deseo*. Ser director tendría su punto pero algo le dice que sentiría la presión social de dejarse barba y comprarse unas gafas de montura metálica y tendría un aspecto tan ridículo que Sirius se reiría de él hasta que se hiciesen viejos. No; lo que pasa por su cabeza es algo distinto, algo menos tangible y más complicado, algo que despierta un cosquilleo en el fondo de su estómago y es cálido y da algo de vértigo solo de pensarlo porque en ese mismo instante, delante de todos sus mejores amigos y unos cuantos - muchísimos - conocidos, James Potter se da cuenta de que hay un deseo *real* en el fondo de su alma, uno de esos que en las historias de amor y de aventuras mueven montañas, uno al que le dedicaría las horas y los días y los meses y la vida, que no tiene que ver en absoluto con la pasión y la inocencia adolescente que le arden en el pecho desde hace meses, algo puro y sincero y de verdad.
Sus ojos vagan lentamente por la habitación y se dirigen hacia el rostro de Mary, y luego hacia Lily, y después hacia Sirius y hacia Peter y por último hacia Remus, y este último sonríe de lado y asiente despacio, como si supiera lo que está pensando aunque James sabe que es imposible que lo sepa, y después ya no mira nada más porque cierra los ojos y sopla las velas como si fuese la acción más única e importante que ha emprendido en toda su vida.
El resto de alumnos aplauden, ya un poco impacientes por poder probar de una vez la enorme tarta, y él sonríe, convencido como no lo ha estado de nada en su vida de que su petición va a cumplirse.
- Bueno, bueno - dice Sirius, alzando la voz por encima de todas las demás, simulando sujetar un micrófono imaginario con la mano derecha y haciendo que, de nuevo, todos los ojos vuelvan a clavarse en él. Remus nunca entenderá cómo siempre lo consigue sin apenas ningún esfuerzo. - Sé que tenéis ganas de hincarle el diente a esta tarta, joder, ¿la habéis visto? Tiene pinta de saber a gloria. Pero antes, me gustaría decir unas palabras.
Algunos de los presentes, sobre todo los más jóvenes, suspiran.
- Pero no sobre James, claro - añade - No me mires así, imbécil, ya has tenido toda la atención que te mereces en este rato. Y solo va a ser un momentito, ¿vale? No seáis impacientes, joder, que la noche es joven.
Ahora sí, todo el mundo escucha atentamente.
- Err… Bueno… Me gustaría hablar de Mary MacDonald. - continúa, y le tiembla un poco la voz cuando pronuncia su nombre; no obstante, cuando observa la reacción de la joven al ser mencionada, no puede evitar sonreír y olvidar cualquier tipo de inseguridad o nerviosismo sobre lo que está a punto de hacer - Supongo que todos la conocéis porque, bueno, es la comentarista de los partidos de quidditch y todo eso. Si no la conocéis, pues bueno, no sé, joder, ¿vivís debajo de una piedra o algo? ¿Significa eso que no os gusta el quidditch? Porque si es eso ya podéis largaros de aqui ahora mismo porque no quiero jodidos traidores en mi fiesta. En fin… - continúa, cogiendo aire - MacDonald, ehm, quiero decir, Mary, es algo así como una de las personas más cojonudas que he tenido la suerte de conocer desde que llegué a este castillo. Y, hostias, eso tiene mucho mérito, teniendo en cuenta que es una chica. Me ha ayudado a organizar todo esto, me ha ayudado a ser mejor golpeador, me ha dejado copiarme sus deberes y me ha soportado hablando durante horas sobre los Chudley Cannons, y sin pedir nada a cambio. Pero la tía lleva un montón de días cabreada conmigo porque soy un completo cretino y me olvidé de que la semana que viene, además del cumpleaños de James, también es el suyo. Y como las disculpas no son lo mío… Pues me gustaría deciros a todos que esta fiesta, además de para mi mejor amigo, también está dedicada a ella. Porque sí. Porque, aunque voy a negar haber dicho esto mañana por la mañana y si me lo recordáis os pegaré un puñetazo en la nariz, se lo merece más que nadie en el mundo.
Está a punto de pedirle a todo el mundo que aplauda, pero no hace falta, porque comienzan a hacerlo en el mismo momento en el que pronuncia la última palabra. Remus le observa, anonadado, y James exclama algo así como "joder, pues claro que sí, tío, ¡así se habla!"
Sirius camina hacia donde se encuentra Mary.
- Espero que haya sido suficiente. – dice, en voz lo suficientemente baja para que solo ellos dos puedan oírlo.
Y Mary contesta
- Más que suficiente
Y sonríe tímidamente, y después añade:
- Muchas gracias, Sirius.
Y Sirius se da cuenta de que tiene las mejillas un poco sonrosadas y de que sonríe con los ojos y con la voz y antes de que pueda darse cuenta la chica se pone de puntillas para rodearle con sus brazos sobre los hombros. Sirius se apresura a corresponder el gesto, pasando los suyos por la cintura de la chica. Ella apoya la cabeza cerca de su cuello y piensa que aquel es el segundo abrazo que recibe en la última media hora pero es tan distinto del anterior, y Mary es suave y pequeña y tiene la sensación de que podría levantarla por los aires sin hacer el más mínimo esfuerzo; puede notar como el pelo le huele a algo dulce y agradable, algo que sabe un poco a verano y a sábado por la tarde y a helado de vainilla, y Sirius no recuerda un solo momento desde que la conoce en el que haya estado tan cerca de Mary.
- Mañana vamos a hacer como que esto no ha pasado, ¿verdad? – sonríe ella, cuando por fin se separan.
- Por supuesto – asiente Sirius. – Pero ahora tenemos que centrarnos en aprovechar vuestra fiesta.
Pasados un par de minutos todo el mundo se encuentra comiendo tarta y felicitando a Remus por haber sido el cocinero. Sirius está a punto de replicar que él también ha participado pero, al fin y al cabo, la idea fue de su amigo, así que por una vez en su vida decide que quizás es mejor quedarse callado. James se mancha las manos, la nariz, la camisa y las gafas de chocolate y le arranca un par de risas a Lily luchando por no ensuciarse también los pantalones mientras rebusca un pañuelo en su bolsillo. Al final, tiene que subir corriendo al dormitorio a cambiarse de ropa y lavarse la cara y vuelve a bajar con unos pantalones vaqueros y una camiseta de Pink Floyd que, a juzgar por las caras de la mayoría de y las chicas en la habitación, le sientan mucho mejor que el uniforme del colegio. Remus y Peter también comen mucho pastel, muchísimo, y el primero termina por dejar que Cloud se acabe la mitad de su tercer trozo porque es incapaz de darle un solo bocado más. Bailan a los Beatles, bailan ABBA y Queen y Stevie Wonder, bailan música disco y cualquier cosa que la radio les permita escuchar a esas horas, cantan todas y cada una de las letras, desentonando, inventándose las estrofas que no recuerdan con exactitud, tarareando a destiempo las guitarras y el bajo, sin preocuparse de nada que no sea la música.
En medio de la Sala Común, Lily y Mary se mueven juntas al ritmo de Elvis y los Merodeadores intercambian sus pasos de baile favoritos.
- En realidad James no sabe bailar – explica Sirius – porque lo único que hace todo el jodido rato es el paso ese de ponerse la mano izquierda detrás de la cabeza y sacudir la otra como si le estuviera dando un espasmo.
- ¡Oye, imbécil! Que sí que sé bailar. También hago el paso de la bombilla.
- ¿Cuál es ese paso? – pregunta Remus, divertido.
James se recoloca las gafas, se revuelve el pelo y le indica con un gesto que le preste atención, dispuesto a hacer una demostración.
- Mira, Remus. Con la mano izquierda, haces como que estás desenroscando una bombilla del techo. Así, ¿ves?
Levanta una mano a la altura de su cabeza. Después coloca la palma de la mano hacia arriba, como si estuviese sujetando algo, y gira la muñeca al ritmo de la música. Remus, un poco avergonzado, intenta imitarle.
- No, así no, que parece que estás saludando. Piensa en la bombilla, ¿has desenroscado una bombilla alguna vez? Yo no, porque en mi casa no hay electricidad, pero mis vecinos muggles sí que tenían de esas cosas y un día desenrosqué una para ver si se rompería si la tiraba al suelo.
- ¿¡Cómo no iba a romperse!? – exclama Remus - ¡Si es de cristal!
- Mi yo de como siete años no sabía de qué puñetas estaban hechas, Remus.
- ¿Y cómo narices, si se puede saber, desenroscaste una bombilla con tan sólo siete años?
- ¡Que eso da igual! ¡Céntrate en el baile! – y Remus obedece y James sonríe, satisfecho – Así mejor. Y ahora, con la mano derecha, tienes que fingir que botas un balón de baloncesto invisible, como esos tíos que salen en la tele.
El joven hombre lobo se muestra un poco reticente al principio pero no tarda en darse cuenta de que, en realidad, es un paso de baile bastante divertido. Peter no tarda en querer unirse a ellos:
- A ver, a ver, ¿cómo era? ¿Desenroscar una bombilla y botar una pelota?
- ¡Sí! Pruébalo, Pete, mira a Remus, ¡es divertido!
- ¿Así? – pregunta Peter, mientras lo intenta. James le observa durante unos segundos antes de contestar.
- Sí, más o menos, pero tienes que intentar mover la cadera al ritmo mientras lo haces, así…
Sirius es el único que no quiere intentarlo.
- No sabéis nada de la vida, de verdad – se queja, malhumorado – lo que de verdad se lleva es el paso del submarino.
- El paso del submarino es una jodida horterada, Sirius – le espeta James.
- Y tú un jodido capullo, Potter.
- Yo tampoco sé qué paso es ese – dice Remus, en un suspiro – Jo, no estoy nada puesto en estas cosas…
- Un día vamos a tener que ir tú y yo por los bares de Londres para que aprendas cómo se baila, Remus. – contesta Sirius. – Mira, el paso del submarino me lo enseñaron este verano. Es…
Todos observan con atención a Sirius mientras da un paso adelante.
- Mira, primero te tapas la nariz así, después levantas la mano, y la vas bajando haciendo eses.
Escenifica la acción que describe, primero más lento y después más rápido, como si estuviera simulando sumergirse en una piscina muy profunda.
- Venga, ese paso no le gusta a nadie, Sirius.
- No sé, James – le defiende Remus – a mí me parece muy curioso, también.
- ¿Ves? ¿Ves? ¡A Remus le gusta más que tu mierda de la bombilla!
Continúan así un rato, enseñándose pasos los unos a los otros, la mayoría inventados en el acto: hacen el cuadrado, la canoa, "el de colocar las cajas", "el de untar mantequilla", "el de parar el tráfico y dejar pasar al otro carril", "el de que llueven rosquillas y las coges con los dedos".
- Jo, las chicas tienen tanta suerte… - se lamenta James, al cabo de un rato, mirando furtivamente a Mary y Lily – ellas pueden bailar canciones bonitas agarradas y todo eso. Los tíos no podemos bailar entre nosotros. Sería raro.
- ¿Cómo que no? – protesta Remus - ¿Hay alguna ley que lo impida?
- No es eso, Remus, pero, jope, imagínate bailar agarrado con Sirius, que es un torpe y además tiene los pies grandes. Te caes al suelo, seguro.
- Oye, tonto del culo.
- Por no mencionar los problemas de olor corporal…
- Merlín santísimo, te voy a matar, Jimmy.
- ¿Y quién en su sano juicio quiere bailar agarrado? - gruñe una voz a la espalda de los chicos.
Es Cloud Landon. Vestido con una camisa negra remangada hasta los codos y unos pantalones del mismo color que contrastan con el pelo finísimo y rubio. Lleva una muñequera roja en cada brazo y se peina el flequillo en un gesto similar al que hace Remus habitualmente. Este último va a contestarle amablemente pero Sirius le interrumpe antes de que pueda hablar.
- ¿Por qué no estás con tus amigos, Landon? – replica, malhumorado.
- Porque Will y el otro se han puesto a hablar de quidditch y de cómics y no hay cosas en el universo que me importen menos que esas dos bobadas.
- Pues si no te gustan el quidditch y los cómics no eres bienvenido aquí.
- ¡Sirius! – exclama James – No seas desagradable con el chico, no es su culpa tener unos gustos horribles.
- Estábamos… Bueno… Bailando un poco – explica Remus – pero por lo que has dicho no tienes pinta de que te guste bailar, así que no voy a pedirte que te unas…
- Bailar no está mal del todo, siempre que bailes solo. Bailar con alguien es un peñazo.
- Bueno, pues ya nos dirás qué haces tú para pasártelo bien, Señor Divertido – le espeta Sirius.
- Cosas de mayores, Black. No las entenderías.
- "Cosas de mayores" – se burla él – Lo más de mayores que has hecho tú es ir al baño solito y ahora que lo pienso siempre llevas ropa oscura así que quizás todavía no tienes ese arte dominado del todo.
- Seguro que tú haces muchas cosas de mayores todos los días, ¿eh? Apuesto a que no te vas a dormir más tarde de las diez.
- Oye, chicos, haya paz… - murmura Remus.
- ¡Si ha sido él! – contestan ambos, Cloud y Sirius, al unísono.
- Bueno, Cloud – dice Peter – Si no te gusta bailar, ¿qué propones?
- Un juego. – explica, pícaramente – Pero necesitaríamos bebida para ello.
- Hay refresco y zumo de calabaza y… - comienza a decir James.
- Hablo de otro tipo de bebida. De esa no tenéis, ¿verdad?
Sirius sonríe con ganas y le da una palmada en el hombro a Cloud, y cuyo sarcasmo es tan intenso que resuena por toda la habitación.
- Me subestimas, Landon.
Y con la barbilla alta y sonrisa maliciosa se marcha a buscar las botellas de licor que Peter y él tomaron prestadas hacía unos días, sin ser capaz de ocultar lo orgulloso que se siente de haber sido capaz de llevarle la contraria a Cloud Landon una vez más.
Mientras tanto, los demás buscan posibles participantes para el misterioso juego, cuyo funcionamiento el chico todavía no ha querido explicarles. Mary y Lily se interesan rápidamente por ello; convencen también al resto de jóvenes de su curso: a Will y a sus amigos Bert y Leonard y a June, Ashley y Sarah, las chicas que comparten habitación con Mary. Se lo proponen a Sabine, Sophie y Alice, las amigas de Lily, pero rechazan la invitación. Es casi la una y media de la madrugada y se reúnen alrededor de la chimenea de la Sala Común en el preciso instante en el que muchos de los demás alumnos, ya cansados, se retiran hacia sus dormitorios. Ahora hay muchísima menos gente en la habitación y es casi imposible pasar desapercibidos, así que algunos de los que todavía aguantan despiertos también se acercan, curiosos, para ver qué están tramando los chicos de tercero.
Sirius regresa, con la bebida en la mochila y decenas de vasos de plástico en las manos.
- Bueno, y ahora qué, Landon.
- Ahora te sientas, Sirius – ríe él – y nos das un vaso a cada uno, si eres tan amable.
Pronto todos están servidos, y no hace falta ser ningún genio para darse cuenta de que, para muchos de los presentes, es la primera vez que tienen en las manos alguna bebida similar a aquella; muchos la olfatean disimuladamente, no demasiado convencidos de que vaya a gustarles su sabor.
- Bueno, y qué más.
- Es un juego muy sencillo. – explica Cloud – Va por turnos. Empiezo yo, para que veáis cómo se hace, y después seguimos en el sentido de las agujas del reloj. Lo único que tenéis que hacer es decir en voz alta algo que no hayáis hecho nunca. Por ejemplo: "yo nunca he bebido zumo de calabaza". Las personas del grupo que sí que lo hayan hecho tienen que beber un trago del vaso.
La mayoría asienten en silencio, dando a entender que lo han comprendido, pero Sirius no puede evitar gruñir y quejarse de nuevo.
- ¿Y cuál es la puñetera gracia de eso?
- Ninguna. A no ser que tengas algún secreto que esconder, claro.
- ¿Y cómo sabes si alguien está mintiendo?
- No lo sabes. Pero es que solo los cobardes mienten en este juego.
- Venga, tío – trata de convencerle Sirius – será divertido.
Al final, se encoge de hombros y asiente, sin apartar la mirada de Cloud un solo momento.
- Bueno, pues empieza tú, Black. – dice él.
- Las damas primero.
- Bueno, está bien. Tú te lo pierdes. – mira a su alrededor y después dice – Yo nunca me he puesto la misma ropa interior dos días seguidos.
James en alzar el vaso. Después mira a su alrededor, desconcertado de que nadie haya hecho lo mismo.
- Venga, tíos, no me jodáis, ¿en serio? – y se gira hacia Remus, Sirius y Peter – Especialmente vosotros, leches, que convivo con vosotros.
Sirius masculla algo ininteligible y también da un trago, seguido del resto de chicos de su curso: Peter, después Will, Leonard y Bert y por último Remus, que tan solo se moja los labios disimuladamente durante unos instantes.
- ¡¿Remus?! – exclama Lily - ¿¡En serio!? ¡¿Tú también!?
- ¡Solo fue una vez! ¡Dos, como mucho! No puedo hacer nada, en serio, es culpa de vivir con esta panda de salvajes…
- Eh, idiota – replica James – que ninguno de los tres te elige la ropa interior por las mañanas. Si eres un guarro es cosa tuya…
- Pero serás…
- Bueno, ¡mi turno! – exclama Will, sentado a la izquierda de Cloud – A ver… Yo nunca he copiado en un examen.
Cloud bebe. Mary bebe. Peter solo da un sorbito y añade que "en realidad no fue copiar. Solo le pedí ayuda a James con una pregunta". June Wallace, una chica de pelo naranja y sonrisa cálida, también lo hace. Y muchos se sorprenden de que ni James ni Sirius lo hayan hecho.
- Un Black y un Potter no copian, colegas. Un Black y un Potter confían en sus capacidades de improvisación.
- ¡Ahora yo! – dice Ashley, otra de las chicas de su curso, de pelo rubio y ojos pequeños – Hmmm… Yo nunca he pensado que alguien de este grupo es guapo.
Hay un segundo de silencio incómodo y después todos levantan el vaso y beben un largo trago.
- Woah. – se sorprende June – Iba a decir yo eso… Ahora no sé…
- Si no se te ocurre nada, di algo que sepas que la mayoría hemos hecho, y así bebemos todos – sugiere Cloud.
- Vale, pues entonces... Yo nunca he pensado que el profesor Jeffrey es muy guapo.
Todas las chicas sonríen y vuelven a alzar los vasos. Después Sirius, Remus y James intercambian una mirada cómplice y las imitan.
- Vaya, vaya… - murmura Cloud.
- Que seamos machos no significa que no podamos apreciar cuando un hombre es atractivo, bobalicón – brama Sirius.
- Claro, por supuesto. Solo me parece… Curioso.
Después le toca a Sarah Turner, a quien no se le ocurre ninguna pregunta y pide al resto que le dejen saltarse aquella ronda. Es el turno de Peter.
- Yo nunca… Hm… Yo nunca he besado a nadie aquí presente.
- ¡Buaaaaaaala! ¡Muy buena, tío! – exclama Sirius - ¡Choca esos cinco!
- Espera, espera. – dice James – "Aquí presente" de "en esta habitación" o de "jugando ahora mismo."
- En la habitación – dice Peter.
James y Sirius se miran, sonríen, y apuran todo el licor que les queda. Les siguen Bert, June, Will, Ashley y por último, Lily y Remus se encogen de hombros y también dan un trago.
- Vaya, vaya, Lupin… - murmura Cloud – No sabía yo estas cosas de ti…
- Bueno… Yo… - contesta él, sonrojándose levemente.
- Pues mira por donde, Landon, sus amigos sí que lo sabíamos.
- Déjalo, Sirius.
A casi ninguno les queda ya bebida así que se sirven la segunda ronda. Después es el turno de James, que tamborilea con los dedos en el borde del vaso y mira a su alrededor antes de hablar.
- A mí nunca me ha gustado alguien aquí presente. "Aquí" de, vaya, de los que estamos jugando.
Y en el mismo instante en el que termina de hablar, eleva su recién rellenado vaso y traga. Cloud es el primero en hacer lo propio y casi todos le siguen, pero James no les presta atención; su mirada está fija en Remus, que mira al vaso durante unos segundos, niega con la cabeza y vuelve a apoyarlo sobre el sofá. James asiente, satisfecho.
- ¡Pues venga! – exclama Sirius - ¡Ahora yo! Yo nunca he pensado que Sirius Black, o sea, el menda, es guapo.
- Tío, Sirius, ¿en serio…?
- Sí. Y más vale que bebas, Jimmy.
No lo hace, claro. Tampoco lo hace ninguno de los demás. Sirius gruñe "en serio, ¿joder? Tenéis el peor gusto del mundo" y Cloud tiene ya la risa a punto de escapar de la garganta cuando Mary MacDonald tose disimuladamente y da un pequeño sorbito. Después mira al suelo y evita como puede la mirada de Sirius.
- ¿Veis? Una chica con criterio por aquí.
Como Mary ya ha roto el hielo, June, Ashley y Sarah también se atreven a beber.
- ¡Así me gusta, nenas!
- Vale ya de acaparar, Sirius – le reprocha Cloud – Le toca a Remus.
- Oh… Es verdad… Uhmmmm… A ver…
- No tiene que ser nada importante, Remus. Cualquier cosa.
- Esto… Yo… Yo nunca he pensado que McGonagall es atractiva.
- ¡Joder, tío! – exclaman Sirius y James a la vez.
- ¡¿EN SERIO!? – Mary parece realmente sorprendida – Siempre había pensado que era una broma de las vuestras…
- No sé, jo, o sea, ahora no, pero cuando tenía nuestra edad seguro que no estaba nada mal…
- ¡James!
- ¿Quién va ahora? – pregunta Cloud.
- ¡Yo! – contesta Leonard, entusiasmado - ¡Que la tengo preparada! Ya veréis: Yo nunca he hablado mal de nadie que esté aquí presente.
- Uuuuuhhhhhh, joder, Leo – exclama Sirius, casi gritando – muy buena esa, colega.
- Leonard. Me llamo Leonard…
- Claro, claro, tío. Joder, en serio, ¡qué buena!
Pero a pesar de que la pregunta tiene potencial, nadie mueve un solo músculo, y Leonard protesta.
- ¡Venga ya! No me lo creo. Sois una panda de mentirosos…
El único que falta por participar es Bert, el último chico de su curso.
- Maldita sea, me he quedado el último y ya lo habéis dicho todo. Pues me va a tocar ser imaginativo… A ver… Ja, ya sé. ¡Yo nunca me la he meneado!
- Joder, colega – se queja James mientras vacía el vaso de nuevo – esa ha ido a traición.
- Ya te digo – dice Sirius, y procede a hacer lo mismo.
El resto de chicos no parecen tan seguros de sí mismos.
- ¿Cuenta también si te la han meneado en vez de meneártela tú? - añade Cloud, muy serio.
- ¿Qué?
- ¡¿Qué!?
- ¿Cómo?
- ¿En serio?
La pregunta causa una especie de conmoción en la habitación. Algunas de las chicas no pueden evitar ahogar pequeñas risas, y los chicos se miran incómodos entre ellos, sin saber muy bien qué responder. No hace falta prestar mucha atención para darse cuenta de que aquello les ha pillado completamente por sorpresa. Al final es el propio Bert el que decide:
- Supongo que sí, no sé.
- Vale. – y, enérgicamente, bebe un largo trago.
Los demás jóvenes no quieren ser menos que él así que poco a poco, incluso los más tímidos entre los chicos terminan por beber, también. Remus está a punto de quedarse quieto y tratar de pasar desapercibido porque siente la atenta mirada de Lily sobre él y, por muy amigos que sean, hay ciertas cosas que se siente mejor no explicándole a la joven pelirroja. Al final termina por hacerlo igualmente, en parte envalentonado por el alcohol en el que es ya su tercer vaso de licor, y en parte por no querer desentonar en los demás. Cuando cierra los ojos y el líquido roza su garganta, casi podría jurar que la escucha contener el aliento, sorprendida, y no puede evitar reír un poco para sus adentros.
Ya no queda nadie sin haber hecho su pregunta, y el turno vuelve a ser de Cloud.
- Bueno, bueno, chicos, ¿ya estáis cansados, o vamos a seguir jugando? – ni siquiera espera a la respuesta porque las miradas del resto lo dicen todo. Aquello no ha hecho más que empezar – Vale, pues entonces me toca otra vez a mí… A ver…
- No te hagas el interesante, Cloud – le espeta Will – Que es obvio que la tienes pensada desde hace rato.
- Pues la verdad es que sí – ríe este, y después continúa – Yo nunca he querido besar a alguien aquí presente.
Y hay un segundo de reflexión, un instante en el que todos los allí presentes son sinceros consigo mismos y se preguntan si de verdad, en algún momento de los últimos meses o quizás años, se han planteado besar a alguna de las personas que les rodean en ese momento. Y, en el caso de que la respuesta sea afirmativa, se cuestionan si ese deseo era verdadero o simplemente algo sin importancia. Y justo en el mismo momento en el que Sirius se lleva su vaso a los labios, sabe de sobra – o quizás no lo sabe, pero lo presiente - que aquello estaba planteado desde el primer momento; que el juego había sido solo una excusa inventada por Cloud para poder hacer esa pregunta, esa y ninguna otra más. Y no sabe por qué, ni sabe cómo han podido ser tan tontos como para dejarse engañar por una estratagema tan simple, pero en aquel momento, con la mente nublada a causa del licor y el calor en el pecho y en el estómago, no le importa lo más mínimo, y apura hasta la última gota. A su derecha, ve a Remus efectuar un gesto similar. James y Peter hacen lo mismo. De reojo observa a Mary, limpiándose los labios con el dorso de la manga del jersey. Y hay muchos interrogantes, y tiene muchas preguntas que hacer, pero a esas horas de la madrugada y después de toda la noche, se está haciendo cada vez más complicado pensar con claridad, así que decide estirarse un poco más en el sofá y aguardar a la siguiente pregunta. Ya me ocuparé de eso más tarde.
El resto todavía están animados, y el juego ha resultado ser más divertido de lo esperado, así que se mantienen despiertos un rato más. Dos rondas después, cuando ninguno es ya capaz de beber ni un solo trago más ni de pensar una sola pregunta que no haya sido dicha antes, casi todos desisten y terminan por irse a la cama. Las chicas se marchan primero, los chicos después, y pronto los únicos que quedan en la Sala Común son James, Sirius, Peter, Remus, Lily y Mary. Esta última se encuentra acurrucada en un sofá, hecha una bola, con los brazos cruzados bajo el pecho y la cabeza sobre el regazo de Lily.
- ¿La despertamos? – pregunta Sirius.
- Lo he intentado varias veces y no tiene pinta de que vaya a hacerlo pronto… Pero no puede quedarse a dormir aquí.
- La puedo subir en brazos, ¡hip! al dormitorio – se ofrece James, aun sabiendo de sobra que no podría llevar a cabo esa tarea él solo ni aunque pusiese todo el esfuerzo del mundo en ello.
- No sé cómo lo haces – ríe Peter – pero siempre te da hipo cuando bebes.
- No la vas a poder subir, de todos modos. No podemos subir al dormitorio de las chicas, James…
- Hostia, es verdad.
- Pues a ver qué hacemos, Jimmy.
Ambos tienen la misma idea. Ambos piensan que Lily no va a aceptarla. Ambos se quedan gratamente sorprendidos cuando la joven, con las mejillas un poco sonrosadas y los ojos brillantes, les dice que no es un mal plan. Y cuando por fin se encuentran en el dormitorio, el dormitorio de los Merodeadores, ambos se sorprenden todavía más de haber sido capaces de subir a Mary en brazos, entre los dos, por las escaleras del dormitorio de los chicos, y sin que ella hiciese ademán de despertarse en lo más mínimo.
La recuestan sobre la cama de James porque es la más cercana a la puerta, y porque él insiste un millón de veces en que no le importa dormir en el suelo o donde sea si a cambio ella está cómoda. Caminando con dificultad, no considera que su labor de buen amigo está completa hasta que no consigue arroparla con una manta para que no pase frío por la mañana. Ninguno de los demás tiene sueño, así que ocupan los demás colchones: Lily se sienta en el de Remus, Sirius le ofrece a James un sitio en el suyo, Peter se enorgullece de ser el único que conserva todo el espacio para él. Y charlan en voz baja un rato más, con cuidado para no despertar a Mary, sobre mil y un temas que apenas recordarán a la mañana siguiente. Y en ningún momento Lily se siente extraña o incómoda por encontrarse a solas en una habitación con cuatro chicos más; en ningún momento los jóvenes se sienten invadidos por la presencia de las chicas, y en ningún momento James, cuya cabeza da cada vez más vueltas cuando cierra los ojos, siente nervios ni la necesidad de llamar la atención de la joven pelirroja que se encuentra a tan solo unos metros, charlando y riendo con él y con todos los demás como si fuesen amigos de toda la vida. Y al final caen rendidos, casi a la vez y sin poder evitarlo, sin acordarse de apagar las luces antes de dejar que les venza el sueño. Y justo antes de dormir Lily siente una especie de pinchazo en el estómago, un atisbo de culpabilidad, algo que le dice que quizás no debería estar rompiendo las reglas que impiden a los alumnos dormir fuera de sus propios dormitorios. Y decide que no le importa. No le importa en absoluto. La cama es cómoda y puede oler el perfume dulce del pelo de Remus a su lado, y a Mary respirar tranquilamente un par de sitios más allá, y lo único que desea, antes de cerrar los ojos y dejarse llevar por Morfeo, es no arrepentirse de todo lo que ha hecho y dicho a la mañana siguiente.
Y no lo hace.
