Cacahuetillo

En 1975, Sirius Black y James Potter descubrieron que el ala norte del pasillo del quinto piso es, objetivamente, el mejor lugar de todo el castillo para besar a una chica. Sentenciaron que, si eres lo suficientemente astuto para pasar desapercibido ante la atenta mirada de Peeves, el Poltergeist, el corredor menos transitado de todo Hogwarts es el lugar adecuado para poner final feliz a los escarceos amorosos con los que los jóvenes magos buscan calmar el tedio de las tardes primaverales. La luz entra por los ventanales en un ángulo suave, agradable, que no es lo suficientemente directo para que pueda cegarte, y el baño de los prefectos desprende un olor suave a jabón y perfume de lavanda que impregna todas las inmediaciones. Además, hay multitud de aulas que no se usan desde hace años y escondites y pasadizos a los que arrancarles unos minutos de intimidad. Cuando Sirius y James tuvieron la suerte de dar con este maravilloso hallazgo, no tardaron en querer compartirlo con el resto de sus amigos y conocidos, hasta el punto de que pronto no quedó ni un solo alma en el castillo que no se supiera al dedillo todos sus rincones. Al fin y al cabo, en sus propias palabras: "cualquiera se merece un buen beso como Merlín manda de vez en cuando".

Pero en 1973, ningún alumno poseía todavía este valioso conocimiento, así que se limitaban a besarse en los pasillos y en la Sala Común.

La mayoría de veces, Lily Evans desearía con todas sus fuerzas que no lo hiciesen.

- Si a mí no es que me parezca mal que se quieran, de verdad, Mary, el amor es una cosa preciosa. Pero me gustaría que no tuvieran que engullirse los unos a los otros en lugares públicos. ¿Es mucho pedir?

Observa con desdén a los dos jóvenes, un chico y una chica, que ocupan el sofá más grande de toda la Sala Común de Gryffindor. La chica, de pelo oscuro, tiene las piernas colocadas sobre las de su compañero, y ninguno de los dos parece ser capaz de separar sus labios de los del otro durante más de tres segundos seguidos.

- No sé, Lily – contesta Mary – Esos dos en concreto están siendo bastante desagradables pero, en general, los besos son una cosa guay.

- ¿Tú has besado alguna vez a alguien?

- No – contesta ella, apartando la mirada – pero he visto muchas películas y con eso basta.

- No estoy completamente segura de que los besos reales sean como los de las pelis…

Escuchan una risa a sus espaldas. Cantarina y agradable. No tienen que girar la cabeza para saber que es Alice.

- No quiero decepcionaros ni nada, pero la verdad es que no, los besos no son como en las pelis.

Camina hacia donde están sentadas Lily y Mary y se sienta en el suelo, delante de ellas, con las piernas cruzadas. Ellas la observan, sin atreverse a preguntar pero visiblemente interesadas.

- De hecho los besos en la vida real a veces son un poco asquerosos. Hay chicos que te dejan los labios llenos de babas…

- ¿¡QUÉ!? – exclama Mary, abriendo mucho la boca y los ojos, tanto que parece que van a salírsele de las órbitas, como si uno de los pilares fundamentales que sustenta su existencia acabase de derrumbarse - ¿LOS CHICOS HACEN ESO? ¿QUÉEEEEEEEEEE?

- Y a veces les huele mal el aliento. Nunca beséis a nadie que haya cenado cebolla.

- ¿¡CEBOLLA!? – Lily parece realmente horrorizada, como si hubiera visto un monstruo gigante y peludo saliendo de su armario - ¿ESO ES UNA COSA QUE PASA?

- En principio no debería, al menos si tu novio o novia se lava los dientes lo suficientemente a menudo, pero…

- Oh dios mío y si beso a alguien y ¿¡me huele mal el aliento a mí!?

- Tranquila, Mary, eso no…

- ¿¡PERO QUÉ DICES!? ¡ES PEOR QUE LE HUELA MAL A ÉL!

- ¿Tú crees que Paul McCartney le ha dejado alguna vez la boca llena de babas a alguien?

- Paul no. Es imposible. Pero George…

Alice nunca lo reconocería en voz alta pero lo cierto es que disfruta un poco viéndolas entrar en pánico por algo que ella ya tiene tan asimilado. Se siente un poco más mayor de lo que es, hablando con ellas. Lo cierto es que solo tiene un año más pero, por suerte o por desgracia, cuando tenía su edad, Alice ya había dado su primer beso. Y el segundo. Y sin lugar a dudas, el tercero. No es que se arrepienta, pero tampoco se siente especialmente orgullosa. A veces piensa que quizás hubiera preferido que la primera vez que sus labios tocaron los de otra persona hubiera sido especial. La persona adecuada. Un príncipe azul. Otras veces reflexiona y cree que todo eso solo son tonterías, y que las cosas están bien como están. Aun así, es agradable hablar con Lily y Mary, alegres, inocentes, con cientos de expectativas de ensueño todavía sin romper. A Alice le gusta su compañía. Si hubiera sabido que iba a sentirse tan cómoda hablando con ellas, hubiera intentado entablar amistad muchísimo antes.

- Pues ya veréis cuando os cuente lo que le pasó a una chica de mi clase – ríe – La gente cuenta que le gustaba un chico y, cuando fue a darle un beso… El chico eructó. ¿¡OS LO PODÉIS CREER!?

Llegados a ese punto de la conversación, no hay vuelta atrás. Mary y Lily se incorporan en sus asientos, horrorizadas, y no importa cuánto intente Alice convencerlas de que solo estaba exagerando para asustarlas: la expresión de horror no abandona sus caras en ningún momento.

- Pero hay besos bonitos. De hecho, hay besos preciosos. Hay veces que alguien te besa y parece que el tiempo se para y solo existe esa persona en el universo. Y otras veces son emocionantes, como cuando tu equipo de quidditch gana el partido más importante de la temporada. Y puede ser que incluso, algún día, encontréis a alguien a quien queráis besar de verdad, y lo queráis tanto y tan fuerte que no os importe la posibilidad de que os llene de babas, o que le huela el aliento, o que se ponga nervioso y se tropiece o le suden las manos o cualquier cosa parecida.

La conversación termina cuando llega la hora de comer, y los alumnos que han decidido pasar la mañana del sábado durmiendo en lugar de estudiando o terminando deberes atrasados comienzan a salir de sus habitaciones para bajar al Gran Comedor. Las tres chicas comen lo más rápido posible porque después tiene que preparar la reunión del club de lectura de aquella tarde. Es la tercera que hacen en lo que va de mes, y el libro de la semana es Viaje al centro de la tierra. Durante las últimas semanas ha habido nuevas incorporaciones pero también bajas, y al final, los componentes definitivos del club son: Lily, Mary, Alice, Remus, Cloud, dos chicas Hufflepuff llamadas Heather y Joanne, y dos chicos Slytherin, hermanos mellizos, Brianne y Benjamin.

Por ese motivo, las tres chicas llevan toda la semana especialmente emocionadas por la reunión de aquel día: van a ser nueve personas, nada más y nada menos. Suena serio, suena importante, y están infinitamente orgullosas de haber conseguido que una idea así funcionase. Aunque lo cierto es que, cuando se finalmente se reúnen con todos los demás, las tres chicas encuentran muy, muy difícil pensar en nada que no sean besos.

Remus llega puntual, como siempre. El resto, unos minutos tarde. A Cloud tienen que esperarle veinte minutos de reloj y, cuando finalmente llega, arrastra una silla hasta el sitio contiguo al que ocupa Remus y se sienta en ella al revés, con las piernas abiertas y los brazos apoyados sobre el respaldo. No da explicaciones. Tampoco se las piden. Detrás de él vienen James y Sirius, que también entran y se sientan, sin decir nada.

- ¿Qué hacéis vosotros aquí? – pregunta Remus, medio avergonzado, medio intrigado. No es que no quiera a sus amigos, ni mucho menos, pero su presencia en una reunión del club de lectura le da escalofríos. Se imagina a Sirius tachando de empollones a todos los presentes, y a James interrumpiendo en voz alta para preguntar cada vez que alguien pronuncia una palabra cuyo significado desconoce.

- Decían que se aburrían y me han seguido, a ver qué hacía. – explica Cloud – He intentado quitármelos de encima, pero no ha habido manera.

- ¿No tenéis nada mejor que hacer? – gruñe Mary.

- No – contesta James – Y nos aburrimos mucho, Mary, entiéndelo. ¿Nos podemos quedar un ratito?

Mary mira a Lily y Alice. Lo cierto es que a ella no le molesta demasiado la presencia de los chicos, pero cree que es bastante posible que sus dos amigas no piensen igual. Por suerte (o por desgracia) Alice se encoge de hombros así que Lily suspira y continúa hablando.

- Bueno, esta tendrá que ser la última reunión del club hasta después de exámenes…

- ¡Pero si todavía quedan más de tres semanas! – protesta Cloud – O sea, haced lo que queráis, pero…

- ¿Con cuánta antelación empiezas a estudiar tú tus exámenes, Landon? – pregunta Brienne, sonriendo levemente.

- No sé – contesta Cloud, molesto – Dos o tres días. Algo así.

A su lado, su hermano deja escapar una carcajada.

- Seguro que es ese tipo de persona que dice que no estudia pero luego se pasa las noches en vela y después saca las mejores notas de toda la clase – replica Benjamin.

Brianne y Benjamin. Bri y Ben. Son algo así como la máxima expresión del arquetipo de los hermanos mellizos idénticos que van juntos a todas partes y terminan las frases del otro. Tienen los mismos ojos, redondos y brillantes; los mismos dientes rectos y blancos, la nariz respingona, la mandíbula afilada y la piel suave y oscura, del color del cobre. Suelen comer juntos, sentarse juntos, estudiar juntos y todos los presentes apostarían a que, si se les permitiese, no les molestaría incluso compartir dormitorio. Fruto de tantísimas horas el uno al lado del otro comparten gestos, posturas y expresiones. Comparten el modo de arquear las cejas cuando algo les disgusta, la mirada felina, la sonrisa eléctrica, la forma de sentarse – ligeramente inclinados sobre el respaldo, la pierna derecha doblada y apoyada sobre la rodilla izquierda, los brazos cruzados sobre el pecho – y la costumbre de hacer crujir los nudillos de vez en cuando. Cualquiera podría decir que son Slytherin sin necesidad de fijarse en el color de sus uniformes porque ambos parecen estar siempre a punto de morderte, incluso cuando no pronuncian ni una sola palabra. Y aun así, les rodea un aura de elegancia que sería la envidia de nobles y príncipes; un halo de serenidad y agresividad al mismo tiempo, como el de una pantera o un tigre.

Remus los encuentra ciertamente intimidantes, a ambos, y evita la conversación directa con ellos todo lo que puede. A Cloud no le caen bien, pero, como él mismo suele puntualizar, prácticamente nadie le cae bien, en realidad. Lily admira a Brienne, de algún modo; pero prefiere hacerlo desde la distancia, sin tener contacto real con ella. Mary no tiene opinión alguna de ninguno de los dos, más allá del conocimiento de que a ninguno de los dos les interesa el quidditch lo más mínimo y, por tanto, quedan agotados prácticamente todos los temas de conversación que la joven Gryffindor podría entablar con ellos. Alice, por su parte, parece haber congeniado bastante bien con ambos; especialmente con Benjamin, con el que bromea a menudo.

- Para ser ese tipo de persona tendría que sacar buenas notas en primer lugar – puntualiza Sirius – Y sabe Merlín que este tío no ha sacado más de un "aceptable" en su vida.

- Saqué extraordinario en Encantamientos el curso pasado, estúpido. Hasta donde yo sé, tú casi suspendes.

- Yo saqué extraordinario en todas las demás. Hasta donde yo sé – replica él, imitando el tono de voz de Cloud – tú casi suspendes.

- La diferencia es que a mí me ponen buenas notas si me las merezco. A ti te las ponen porque tu familia es de la alta burguesía o algo parecido y los profesores tienen miedo de que tus padres les transformen en urracas si te califican como te mereces.

- Podría contestarte a eso, Landon, pero hay señoritas delante, y mi respuesta no está hecha para sus delicadas orejas.

- ¿A quién estás llamando delicadas exactamente, Black?

- Venga, ahora no te pongas tú también en mi contra, Evans.

- Sirius, deja de tocarle las narices a Cloud, anda – le pide Remus. Intenta no sonar muy cortante pero al menos un poco convincente.

Sirius gruñe.

- ¿Ahora tú también te pones de su lado? Wow. Increíble. Poniendo a un tío cualquiera antes que a tus amigos. Eso no me lo esperaba de ti para nada, colega.

- Estoy poniendo a un miembro del club por encima de un no-miembro del club, Sirius.

- Y qué cambia eso.

- Sabes que no lo haría en ningún otro contexto.

Guarda silencio. Se cruza de brazos. Ladea la cabeza, dejando caer el pelo oscuro sobre su frente. Y mira a Remus, con una expresión que dice "has ganado por esta vez."

- Bueno, chicos – dice Lily, tratando de retomar lo que estaba diciendo hace un rato – Ya discutiremos cuándo nos volvemos a reunir más tarde. Ahora lo importante es… ¿Os ha gustado el libro?

Remus asiente con la cabeza. Quiere decir que ya lo había leído antes, pero prefiere no hacerlo. Al menos no por el momento.

Brianne y Benjamin dicen "sí" al mismo tiempo.

Una de las dos chicas Hufflepuff – Heather – que tiene el pelo rubio y recogido en una trenza, asiente tímidamente. La otra no contesta.

Mary reflexiona unos instantes antes de decir "sí, la verdad es que está bastante bien".

Para Cloud, "no está nada mal".

Para Alice, es "fascinante".

- Vaya, vaya, creo que es la primera vez que hay una opinión unánime sobre un libro… - puntualiza Lily, sonriendo – ¡Eso es genial!

- ¿Eso significa que no vais a discutir sobre él? Jo – maldice James - ¡Yo quería un poco de acción!

- No sé qué acción te esperabas ver exactamente en un club de lectura… - contesta Mary.

- Oye, Lily – pregunta Brianne - ¿Y a ti qué te ha parecido el libro?

Ella abre un poco los ojos y ladea la cabeza hacia atrás, como si no se esperase la pregunta. Después frunce el ceño levemente.

- Pues yo… La verdad es que …

- ¡A EVANS NO LE HA GUSTADO! – exclama Sirius, golpeando la mesa con las palmas de las manos. Va a añadir algo más, pero se da cuenta de que Mary le está mirando como si estuviese a punto de lanzarle una maldición imperdonable y decide que es mejor no tentar a la suerte.

- ¡No! No es eso. O sea, sí, me ha gustado, pero… Creo que me esperaba un poco más de él. Veinte mil leguas de viaje submarino me gustó tanto que creo que era imposible que este me pareciese mejor.

- ¿Te gustan los submarinos, Lily? – pregunta James.

- Pues… La verdad es que no sé. Creo que me darían un poco de miedo… Pero no me importaría ir de viaje en uno algún día.

- Los únicos submarinos que me gustan a mí son los amarillos – ríe él – Quiero decir. Los barcos son mucho mejores.

- En un barco podrías ser pirata – puntualiza Mary – y llevar un parche en el ojo y un loro en el hombro.

- Y una pata de palo, ya que te pones – añade Sirius.

- Vuestra capacidad de desviaros del tema me abruma – dice Cloud, con una risa seca.

- Vaya, Lily, pues el otro día vimos en una tienda de Hogsmeade una edición preciosa de Veinte mil leguas. Tenía las tapas azules y el dibujo dorado y se movía cuando lo agitabas – comenta Remus.

- ¿Vimos? – gruñe Sirius.

- Sí. Cloud y yo. Hay una tienda de libros mágicos y a veces tienen obras muggles y…

- ¡Vaya! – exclama Lily - ¡¿En serio!? Tienes que llevarme un día. Espero que no sea muy caro…

- Sí – añade Cloud – y además encontramos un libro que queríamos proponeros para leer en el club.

- ¿Qué libro?

- ¡Ah, vaya! Justo hoy Lily y yo queríamos proponeros leer Emma, de Jane Austen… - se lamenta Alice.

- Llevaba un tiempo queriendo leer algo de Austen, ahora que lo dices… - dice Brienne.

- Oh. Oh, claro. Bueno. La verdad es que lo nuestro puede esperar – explica Remus – No me molestaría leer Emma, la verdad.

- Sí – cede Cloud – supongo que no está mal.

- ¡Vaya! ¿Todos de acuerdo, entonces? – sonríe Alice.

- Bueeeeno… Supongo…

- ¿Qué pasa, Mary?

- Que es como… No sé… De amor. Y, puaj, no me gustan las cosas de amor.

- La verdad es que… No es por ofender, pero… Sí que es un poco… Para chicas. – comenta Benjamin.

- ¿Y qué tienen de malo las cosas de chicas?

- Esto… No sé. En realidad, nada, pero…

- Nada, supongo – contesta Mary, encogiéndose de hombros – pero es que los chicos siempre se llevan todo lo mejor. En Navidades, a mi hermano siempre le regalan las entradas para los partidos de quidditch y los cómics de superhéroes y a mí me regalan colonia y cosas con florecitas y…

- Bueno, Mary – sonríe James – Pero es que yo siempre he pensado que tú tenías que haber nacido chico.

Mira a su alrededor, esperando una reacción positiva a su comentario, como si pensase que acaba de descubirle América a todos los que se encuentran en la habitación, pero lo cierto es que Mary le observa un tanto desconcertada.

- No. Quiero decir – contesta ella, mientras cruza las piernas sobre la silla en un gesto rápido, natural, con su forma característica de moverse, como si se olvidase momentáneamente de que lleva puesta la falda del uniforme – Ser una chica está bien. Solo que me gustaría que eso no conllevase que te tenga que gustar el color rosa y no puedas jugar al fútbol y todas esas chorradas.

- ¿Tú jugabas al fúnbol, Mary?

- A mí me gusta ser una chica – añade Lily, haciendo caso omiso al comentario de James – Y las cosas de chicas también.

- La verdad es que las cosas de chicas no están nada m… - empieza a decir Remus.

- Por el amor de Zeus – gruñe Cloud, que llevaba callado un buen rato, haciendo un amago de levantarse de su asiento, como si amenazase con marcharse.

- ¿Y a ti qué te pasa ahora? – le espeta Alice.

Cloud mira a los ojos a la chica de cuarto y le sostiene la mirada unos instantes, como si estuviera deliberando internamente si es digna de obtener una respuesta o no. Después frunce el ceño, queriendo aparentar estar más enfadado de lo que está.

- ¿Pero os estáis escuchando? "Cosas de chicos", "cosas de chicas" – dice, en tono burlón, imitando la forma de hablar de Mary y Lily – Menuda tontería. ¿Qué hay en el color rosa que sea intrínsecamente femenino? ¿Y en las flores? ¿Por qué el fútbol es cosa de chicos?

Sirius aprieta el puño y da un golpe seco en el reposabrazos de su asiento.

- Bueno – contesta James – Las chicas son tan bonitas como las flores. Por eso las flores son femeninas.

Mary ahoga una risita y Lily pone los ojos en blanco con tanta intensidad que casi se puede oírse. Cloud, por su parte, sonríe amargamente y va a contestarle algo cortante pero se da cuenta de que lo ha dicho sin ninguna mala intención y decide dejarlo estar, por aquella vez. En el fondo, James le cae bien. Suspira y continúa explicándose.

- ¿No os dais cuenta de que son cosas que os ha impuesto la sociedad, y no tienen sentido?

Todos le miran fijamente durante un momento, como si estuvieran tratando de asimilar la información. Y, como suele pasar en este tipo de situaciones, es Sirius el que rompe el silencio.

- Os juro que cada vez que abre la boca me dan ganas de partírsela. – y lo dice con el tipo de desprecio con el que solo se habla de alguien cuando no está presente, con una sonrisa torcida mientras se balancea sobre las patas traseras de la silla. - ¿A vosotros no os pasa?

- La sensación nos resulta familiar a todos los presentes, Black – replica Cloud, hablando despacio, tranquilo, seguro de sí mismo – Te recuerdo que convivimos contigo.

Se sostienen la mirada durante un rato. Sirius tiene el tipo de mirada que sería capaz de iniciar una guerra, pero la de Cloud tiene el ímpetu suficiente como para hacer que se vea obligado a apartarla. James, alarmado, murmura "hey, chicos, ya vale…" pero ninguno de los dos le presta ninguna atención.

- Entonces qué, Landon. Tú preferirías haber nacido chica también, ¿eh?

- Ey, tío… - insiste James.

- Porque no te veo muy masculino, la verdad. ¿Te has subido alguna vez a una escoba? Me gustaría ver si eres tan valiente jugando a quidditch…

- No veo por qué tendría que elegir uno. Y mucho menos, porque me lo pidas tú.

- Mira, Landon, se me ha ocurrido una idea. Podemos crear un sexo nuevo para ti y para los raritos como tú. Así podéis ser especiales en todas las cosas del planeta. Qué te parece.

Cloud va a replicar algo. Algo ingenioso. Algo que dejaría a Sirius sin respuesta, probablemente. Pero no le da tiempo a articular ningún sonido porque Remus se le adelanta.

- Sirius. – dice, y desde que escuchan la primera sílaba todos los presentes saben que la frase que venga a continuación, sea cual sea, es algo que el joven Black haría bien en tomarse en serio – Cállate de una maldita vez.

Y lo cierto es que Remus Lupin manda callar a Sirius Black muchas veces al día. Muchísimas. Generalmente durante el desayuno, la cena, las clases y la hora de dormir, como mínimo. Y sin embargo, hay algo en ese "cállate" que no existía en los quince "cállate" anteriores que ha pronunciado en lo que va de día. Algo que le tiembla en la voz, le arde en el pecho, un ímpetu salvaje que no nace de Remus sino del lobo, y que suena como un aullido desde el fondo de la garganta, y hace estremecerse a todos los presentes.

Su sorpresa se hace todavía más grande cuando Sirius, en lugar de replicar, como sería de esperar en él, le sostiene la mirada durante unos instantes y después agacha la cabeza, como un animal que reconoce su derrota.

Remus sabe que, a pesar de que, en ese mismo instante, está claro que Sirius es plenamente consciente de lo que ha hecho mal, no va a disculparse jamás ante Cloud; pero se toma aquel gesto como una disculpa hacia él mismo, y como no es el lugar ni el momento para llevar el tema más lejos, se conforma con esa pequeña victoria personal. Después de aquello, nadie se atreve a ser el primero en hablar, así que le toca a él romper el silencio.

- Bueno, entonces, ¿Jane Austen, verdad?

Todos asienten con la cabeza.

– Me sigo aburriendo, tío.

Medio tumbado sobre uno de los sofás de la Sala Común, Sirius suspira y estira las piernas sobre uno de los reposabrazos. En su estado de sopor absoluto, y a falta de algo mejor que hacer, está jugueteando con algunos mechones de pelo y rascándose distraídamente debajo de la camisa. A su lado, James se encuentra en una postura y estado de ánimo similar. Molestar a Cloud y la reunión del club de lectura les ha distraído durante un buen rato, pero cuando el joven Gryffindor se ha cansado de soportar sus intentos de enfadarle y sus amigos se han puesto a hablar de verdad sobre literatura, los dos merodeadores han empezado a sentirse totalmente fuera de lugar y han tenido que marcharse.

– En este puñetero castillo no hay ABSOLUTAMENTE nada que hacer. – Se queja James – No sé cómo Dumbledore ha vivido tantos años. Si fuera él, ya me hubiera muerto de asco encerrado aquí dentro.

– Eso es porque tiene a Minerva para divertirse, Jimmy.

En un contexto distinto Sirius se hubiera reído de su propia broma pero precisamente en esos momentos no se encuentra para nada en el estado de ánimo adecuado para ello.

James también ignora el comentario.

– ¿Qué hora es, tío?

– No sé. – contesta Sirius – Las siete, creo. O las ocho. O algo. Yo que sé.

Se le ocurre que podrían subir al dormitorio, encender la radio y escuchar los resultados de los partidos de la Liga de Quidditch de aquel fin de semana. Pero, por otro lado, no le parece que James quiera escuchar hablar del tema.

Desde que, la semana pasada, Gryffindor perdió contra Ravenclaw en el partido de la final de la Copa, no es buena idea mencionar nada relacionado con el deporte mágico cerca de James Potter. A pesar de que Sirius ha intentado animarle – "no te preocupes, tío, es normal que con las gafas sucias no vieses la snitch" "bueno, por lo menos hemos perdido contra los listillos" – sus esfuerzos han sido en vano, y James sigue gruñendo y maldiciendo cada vez que se acuerda remotamente del tema.

Como la Copa de Quidditch ya ha terminado, el equipo de Gryffindor tampoco entrena ya los sábados. Al principio de sus "vacaciones", Sirius y James pensaban que iban a agradecer tener el doble de tiempo libre los fines de semana; pero pronto se dieron cuenta, un año más, que las posibilidades de entretenimiento que ofrece el castillo son limitadas.

– ¿Vamos a poner bombas fétidas en el baño de las chicas? ¿Hacemos un encantamiento adherente en las escaleras de las chicas para que se les peguen los pies cuando bajen a cenar? ¿Le decimos a McGonagall que nos tire del dedo?

Antes de que a Sirius le de tiempo a idear alguna travesura más, un niño de primer curso entra por el hueco del retrato y se acerca corriendo a donde ellos se encuentran sentados.

– ¡Hola! – exclama, nervioso – ¡Lo siento por molestar! ¡Tengo un mensaje para James Potter y Sirius Black! ¿Sabéis quiénes son?

– Sí – contesta Sirius, señalando a dos chicas de cuarto que están sentadas en la otra esquina de la Sala – Son esas de ahí.

– ¡Muchas gracias!

El crío, de pelo rubio y baja estatura, asiente con la cabeza y corretea en dirección a ellas. Sirius se ríe en alto, contento de haber logrado engañarle.

– Espera un momento, tío – replica James – ¿Por qué narices has hecho eso?

– No sé. Era divertido en mi cabeza. No me puedo creer que se lo haya tragado.

– Vale, sí, pero, ¿y ahora cómo vamos a saber qué mensaje tiene para nosotros?

– Hostias.

– ¡Eh! – exclama James, intentando llamar la atención del chico – ¡Eh, tú, vuelve aquí! ¡Niño! ¡Ey, cacahuetillo!

– ¿Cacahuetillo?

– Yo que sé, tío, es que mira qué pequeño es. ¿Nosotros éramos así de pequeños en primero?

– ¡EH! – brama Sirius, todavía más alto – ¡CACAHUETILLO! ¡QUE ERA BROMA!

El recién apodado Cacahuetillo se da la vuelta, confuso; después, parece comprender que Sirius le había engañado en primer lugar y vuelve a caminar hacia donde se encuentran los chicos.

– ¿Entonces sois vosotros? ¿Sirius y James?

– Los mismos. No firmamos autógrafos, de todos modos – sonríe James.

– Bueno, qué, qué mensaje tienes para nosotros.

– ¡Bu-bu-ue-eno! ¡La profesora Pickles me ha dicho que vaya a buscaros! ¡Os quiere en su despacho!

– Jimmy, ¿tú has hecho algo malo en su clase esta semana?

– Ahí va… Pues no me acuerdo. Creo que no.

– Yo me dormí el otro día durante un rato pero creo que no se dio cuenta.

– No p-parecía enfadada – tartamudea Cacahuetillo – Igual no es para nada malo.

– Hm…

– Oye, ahora que lo pienso – gruñe Sirius – ¿Cómo que no sabías quiénes somos, niño?

– Yo… Eeeesto...

– Somos los jugadores estrella del equipo de quidditch. Todo el mundo sabe quiénes somos.

– A mí no me gusta mucho el quidditch… – se excusa – Pero creo que perdieron la Copa el otro día, ¿verdad?

– ¡ME CAGO EN LA LECHE! – exclama James, enfadado – ¡¿PUEDE DEJAR TODO EL MUNDO DE RECORDÁRMELO DE UNA VEZ!?

– ¡Perdón, perdón!

– No le hagas caso. Está un poco tonto últimamente – explica Sirius – Ya puedes irte, Cacahuetillo. Dile a la profesora Pickles que ahora vamos. O algo.

Cacahuetillo sonríe y vuelve a escabullirse por el hueco del retrato.

- Ostras, tío, Sirius, qué narices querrá esta señora ahora.

- No sé. No hemos hecho nada malo, ¿no? Y somos los mejores alumnos que tiene. Principalmente porque nuestra clase está compuesta de pánfilos, pero no sé, algo es algo, no se puede tener todo.

- Igual se ha enterado de aquella vez que estornudaste en su almuerzo.

- ¡Eso fue sin querer!

Deciden no esperar más y marcharse inmediatamente. Bajan las escaleras lo más rápido que pueden y abren la puerta del despacho sin llamar ni preguntar antes. A pesar de ello, la profesora de Estudios Muggles les recibe con una sonrisa.

- ¡Hola, chicos! Supongo que os ha avisado ya…

- Cacahuetillo, sí. – se adelanta James.

- ¿Qué?

- Nada, nada. Continúe, profesora.

La mujer les mira, extrañada, y después sigue hablando.

- He mandado a otro chico de primero a buscar a vuestra compañera MacDonald pero no ha acudido todavía.

- Es que está ocupada, profe – le explica James – Tiene reunión del club de lectura, pero ya le contaremos lo que tenga que decirnos.

- Oh, perfecto, entonces. Bueno, chicos, he estado escuchando el programa de radio que me entregasteis como trabajo final y tengo que deciros que es un trabajo excelente.

- ¿¡En serio!? – exclama Sirius – Quiero decir, ehm, gracias.

- Os he puesto un Extraordinario.

- ¡VENGA YA! ¡CHOCA ESOS CINCO, JIMMY, TÍO!

- ¡TOMA JEROMA, PASTILLAS DE GOMA! ¡UN EXTRAORDINARIO!

- Pero no es ese el motivo por el que os he llamado – sonríe la profesora – Es que os quería proponer una cosa, chicos.

Sirius y James intercambian miradas cómplices. Sirius está seguro de que joder, ahora es cuando nos propone hacer un trío. No sé si podría. James y yo somos muy amigos, pero compartir gachís es algo diferente…

- Había pensado que, ya que lo hicisteis tan bien, me gustaría ofreceros la posibilidad de continuar haciendo programas de radio el curso que viene. Solo si estáis dispuestos, claro.

- Ostras. ¿En serio? – dice James.

- Sí. Pero os aviso que sería mucho trabajo… No tenéis que darme una respuesta ahora mismo, de todos modos. Podéis pensarlo durante el verano y decirme qué habéis decidido el curso que viene.

- Pero… ¿Eso significa que todo el mundo en el castillo podrá escucharnos? – pregunta Sirius.

- Claro. Buscaré un modo de que se os pueda escuchar desde cualquier rincón del castillo si al final decidís hacerlo.

- ¡BUAH, ESO MOLARÍA UN MONTÓN! Imagina las posibilidades, Jimmy.

- Estaríamos encantados. Muchas gracias, profesora.

- No os olvidéis de comentárselo a vuestra amiga MacDonald.

- ¡Pues claro que no! ¡Ahora mismo vamos a decírselo!

Se despiden de la profesora y salen al pasillo, sonrientes.