Capítulo 1

Hacía demasiado calor, tanto que parecía que si ponía un pie en la calle, se le derretiría la suela de la bota. Se quitó el jersey de lana que se había visto obligada a llevar el día anterior debido a la gran nevada. Era tan solo otro monótono día en aquel lugar inhóspito en el que se había vuelto la ciudad. Sam no necesitaba un mapa para recorrer aquellas calles, se las conocía mejor que las líneas de su propia mano, las cuales estaban ya desgastadas de trepar muros y paredes de los edificios abandonados.

No había verano, ni invierno, ni otoño, ni primavera, según decía Sam, porque "al igual que ahora mismo brilla el sol, al día siguiente lloverá, o caerá una nevada, se aproximará un tornado o el viento te hará volar. Alguien quiso jugar a ser Dios y ha estropeado el maldito juego". Aquello era una queja que hacía mirando al cielo, pues no era muy dada a hablar con demasiadas personas, no después de todo lo que le había ocurrido.

Ella antes no era así.

Solía ser una niña risueña, siempre rodeada de los amigos de la escuela o del vecindario. Siempre la buscaban después del colegio, la llamaban a casa y toda la pandilla corría hacia el pequeño bosque que había tras su casa, donde construían grandes cabañas entre los árboles y jugaban a guerras entre ellos. Sam aún conservaba aquella cicatriz en la ceja, que había conseguido en una de sus caídas en el bosque, donde había acabado golpeándose contra una piña en el suelo, todo por culpa de la miedosa de Lidia, que la había empujado porque había visto unas hierbas moverse y creía que le mordería un bicho. Aquel día Hugo, su vecino de en frente, la había llevado en brazos hasta su casa para avisar a sus padres de lo que había ocurrido. El muchacho se había puesto la ropa perdida de sangre. Sam sangraba como una cerda por aquella brecha. Cuatro puntos habían sido necesarios, y Hugo había visto con aquellos preciosos ojos verdes cómo le cosían la ceja mientras ella gimoteaba. Ella no había soltado la mano del niño en ningún momento, al menos hasta que estuvieron de vuelta en casa.

Suerte la suya que aquella vez había estado Hugo entre ellos, el cual a veces se apuntaba a ir con ella y sus amigos al bosque, a pesar de que era dos años mayor, pero la pequeña Sam siempre había tenido esa viveza, esa pizca de madurez para su corta edad, que hacía llamar la atención entre los que la rodeaban, y ella era consciente de ello, incluso el propio Hugo. Era difícil decirle que no a Sam.

Ya habían pasado diez años, según sus cuentas, desde la última vez que había visto a Hugo, o a sus amigos de la escuela, e incluso a sus propios padres. Nunca olvidaría ese fatídico día, el día de su octavo cumpleaños. ¿Por qué había tenido que estropearse todo? ¿Por qué salió corriendo en mitad la noche, sola? Bueno, sola no, Tobi, un perro labrador de color marrón con unos pocos meses de vida, había salido corriendo tras ella. Para el pequeño Tobi, que había sido su regalo de cumpleaños aquel año, todo era un juego, y no tardó más de un segundo en salir a perseguir a la pequeña Sam en todo su trayecto de huida.

Y allí estaba ahora, subida a una de las azoteas de los edificios abandonados, tumbada bajo el sol abrasador de aquel día (cosa que agradecía, porque el día anterior había caído una tormenta de nieve y apenas se estaba deshaciendo) y a su lado estaba Tobi, su fiel compañero de fatigas, ayudante y guardaespaldas, bebiendo de un pequeño charco que había dejado el hielo al derretirse por el fuerte calor de aquella mañana. Sam agarró su colgante, que reposaba sobre su cuello, para apartarlo y que no le dejase marca. Sería algo raro andar por ahí con una marca, como si fuese una de esas bandas que ahora patrullaban las calles de la ciudad. "Malditos rateros", pensó la muchacha, pero tampoco se diferenciaba en mucho de ellos, excepto porque ella nunca había matado a nadie para conseguir algo de comida o de ropa, o cualquier otra cosa. Alguna que otra vez se las había tenido que ver con ellos y los conocía bastante bien, por lo que prefería no volver a cruzarse en su camino. Siempre que podía, los evitaba.

Apenas podía recordar los rostros de sus amigos o de sus padres, no tenía nada de ellos, excepto por aquel colgante. Otro regalo de cumpleaños que había llegado el mismo día que Tobi, aparte de eso, no conservaba nada más, ni tan siquiera una foto con la cual recordarles.

Aquel objeto solo conseguía rememorar aquel el fatídico día, en el que ya no podría volver nunca más a su casa. Su padre le había dejado muy claro que nunca, bajo ningún concepto, volviese a pasar por allí, la casa ya no era un lugar seguro para ella, incluso se lo había hecho prometer y ella, entre lágrimas, no había podido negarle nada a su padre, ni siquiera ahora que hacía más de diez años que no le veía, y cumpliría con su palabra, aunque se moría de ganas por romper aquella promesa.

Su memoria le devolvía imágenes borrosas cuando intentaba pensar en la última vez que había visto a sus padres. Recordaba el estruendo que aquellas personas vestidas de negro habían causado al tirar la puerta abajo así como sus gritos. Los nombres de sus padres resonaron por toda la casa mezclados con otras cosas que no llegó a entender. También recordaba el pánico sobreimpresionado en la cara de su madre, Marta, que era profesora de Física Avanzada en la Universidad de Madrid. Aunque conocía perfectamente a que se dedicaba su madre, nunca supo realmente en que trabajaba su padre. Él siempre con su portátil de aquí para allá, y a veces no llegaba a casa ni para cenar. Ni siquiera le veía al día siguiente en el desayuno. Por eso, cuando su padre estaba en casa, Sam solía pegarse a él todo lo que podía, y ambos disfrutaban de la compañía del otro. La niña adoraba aquellos momentos. Siempre aprendía algo nuevo de él. David, que así se llamaba, era como una enciclopedia andante y por encima le enseñaba disciplinas de combate. ¿Qué padre enseñaba a pelear a sus hijos con ocho años? "Solo un padre guay", pensaba ella a su corta edad. No había muchos padres que lo hicieran, que ella supiese, al menos no entre sus amigos, por lo que consideraba a su padre, como el padre más guay del mundo.

- ¡Basta! -gritó aunque no demasiado alto, más lo suficientemente alto para que Tobi se levantase como un resorte de su lado emitiendo un ladrido molesto. No quería seguir pensando en toda aquella gente, y darse cuenta de lo mucho que había olvidado de su pasado.-No seas quejica, Tobi, no ha sido para tanto. -rió ante la reacción de su mascota, o más bien amigo, que parecía molesto. Se levantó a su vez, se quitó la suciedad de la ropa, aunque a decir verdad, no se diferenciaba mucho una suciedad de la otra, y se dedicó a recoger algo de nieve y meterla en unos recipientes plásticos. - Ni se te ocurra mear por esta zona. Te la cortaré en pedacitos. Quedas avisado. -señaló acusadoramente a su amigo que pareció entenderla y se quedó quieto en su sitio. La muchacha siguió llenando los botes con la nieve, que empezaba a derretirse dentro de ellos, culpa del aplastante calor de aquel día, lo cual agradecía porque usaría el agua para darse una ducha y cocinar.

Así era como, a falta de agua potable, Sam se las ingeniaba para tener agua con la que cocinar, ducharse o beber, ya que las fuentes y los ríos, aquella vez, no le quedaban a mano. Además, solían estar vigilados por bandas que comercializaban con el acceso al agua y hoy no le apetecía empezar el día metiéndose en líos.

No tardó demasiado en llenar los recipientes con la nieve y disponerse a marchar de aquel edificio. Iba tan cargada esa mañana, que echaba de menos la compañía de alguien que le ayudase con todo aquello, pero al recordar a su último compañero, pronto se le fue aquella sensación.

Mike, que así se hacía llamar su último compañero, era un chico cinco años mayor que ella, según él le había dicho. Era un chico agradable y divertido, que al igual que ella había estado vagando por varias ciudades a lo largo de varios años, aunque Sam siempre que tenía ocasión y podía, volvía a Madrid. El muchacho lo había pasado mal, no siempre había comida e incluso se había unido a alguna banda, que a cambio de protección y comida, lo trataban como un esclavo, pero en aquel momento le había valido la pena. Se habían encontrado ambos en un sótano de unos grandes almacenes abandonados, buscando un generador eléctrico. Hacía varios días que el frío les había invadido y no sabían cuánto iba a durar aquella vez aquel tiempo tan inestable, por lo que, o encontraban algo con lo que calentarse, o morirían literalmente de frío. No es que el encuentro hubiese sido amistoso, pero fuera como fuere, ambos acabaron compartiendo aquel generador y una buena estufa entre cuatro paredes. Así es como había empezado aquella amistad que duró meses, hasta que ocurrió algo inesperado para Sam.

No lo quería recordar.

Seguía bajando las escaleras canturreando inconscientemente para sí una canción que había calado en su mente desde pequeña y, que casi le hacía visualizar a su madre cada noche mientras la cantaba y, ella caía dormida en la cama con la dulce melodía resonando en su cabeza. Iba cargada con todos los botes llenos de nieve, mientras Tobi bajaba delante de ella atento a cualquier peligro. Tenía que salir de ese edificio e ir al siguiente, donde tenía su guarida aquella vez. No tardaría en llegar. Para su suerte, a aquellas horas la calle seguía tan despejada como las azoteas.

Al salir a la calle, Tobi olfateó el aire y ladró.

- ¡Sssshhhh!, ¡no hagas ruido! -le regañó por lo bajo, mientras se ponía alerta. El perro no solía ladrar al menos que hubiese algún peligro- Ya sabes que no debemos llamar la at... -Nunca pudo terminar aquella frase. Tobi no paraba de mover la cola y echó a correr alejándose de ella.- Ah... maldito embustero, vas a dejarme sola y cambiarme por ella, ¿no? -dijo entre risas, sin alzar la voz, divisando a lo lejos el motivo por el que Tobi había ladrado. Un perro, que debía ser una hembra, se había asomado por la calle- Ya llevo yo todo esto, no te preocupes, no pasa nada... -seguía hablando con tono ofendido como si siguiese hablando con el perro, pero ya se dirigía sola hacia el otro edificio atravesando la calle- Sí, tranquilo, yo prepararé el desayuno para cuando el señorito vuelva… -ya había perdido de vista a su amigo y entraba en el otro edificio.

Un cuarto donde dormir, un cuarto para cocinar y otro donde ducharse, aquello era todo lo que conformaba su guarida. "Práctico y sencillo", pensó Sam cuando lo encontró y repartió así las estancias. Dejó los botes llenos de hielo cerca del pequeño fuego que había encendido aquella mañana, antes de salir a buscar el hielo, para que este se fuese derritiendo, excepto uno. Lo llevó consigo y vertió parte del contenido en un cazo no muy grande donde podría calentar el agua para su desayuno. Aquella vez su desayuno consistiría en café de sobre que hacía dos años que había caducado y, unas manzanas que había robado la tarde anterior en un huerto de las afueras. Ya le rugían las tripas.

- No me puedo creer que vaya a darme una ducha después de tres días. Apesto. -comentó para sí misma con cierta alegría, mientras hacía una mueca de asco mirándose hacia el sobaco. Veía ahora como el último trozo de hielo se convertía en agua al lado de aquella pequeña lumbre, mientras se descalzaba las botas negras estilo militar que ya habían perdido sus cordones y los sustituían unas cuerdas, no demasiado buenas, ni de la misma longitud en una bota y en la otra. Se deshizo también de su camiseta gris, que era su tercera camiseta favorita de todos los tiempos (realmente era porque solo tenía tres: una gris, una negra y una verde algo raída. Esta última era su favorita), y antes de deshacerse de su pantalón y la ropa interior, cogió dos de aquellos botes, ahora llenos de agua, y se los llevó a lo que se podía llamar cuarto de baño, donde la esperaba un pequeño barreño plástico. Posó los recipientes en el suelo, cerca del barreño, para poder terminar de desnudarse y meterse dentro. Deshizo la coleta que agarraba su pelo y dejó que su melena rubia cayese libremente sobre sus hombros y espalda, antes de coger el primero de los botes.

Con sumo cuidado, para no desperdiciar nada por el suelo, dejó caer aquel agua fría sobre su cabeza.

- ¡Maldita sea!, ¡joder!, ¡la próxima vez me meto de cabeza en el hielo, sería más agradable que esto! - protestó casi dejando caer el recipiente que aún tenía algo de agua. Esta apenas había tomado temperatura por mucho que hubiese estado al lado del fuego, pero a veces Sam era algo desesperada, y aquel día tenía algo importante que hacer. Necesitaba oler bien. -¿Dónde coñ…? Ah, ahí estás -Le había costado mucho conseguirlo hacía varios días atrás, pero se había hecho con un bote de gel, que había robado a una de las bandas de la ciudad. No la habían pillado de milagro. De hecho solo había podido coger un solo bote antes de huir a toda prisa. Salió del barreño para ir a por el bote y se encontró de frente con un pequeño espejo que estaba colgado en la pared. Estaba medio roto. Solía evitar mirarse demasiado, pero esta vez se dio de frente con su desnudez.

- Mierda..., el colgante... - murmuró para sí con enfado. Había visto en el espejo que todavía llevaba puesto el colgante y se apresuró a sacarlo de encima para no volver a mojarlo. Lo dejó con cuidado encima del pantalón que acababa de quitarse. Cuidaba mejor que a ella misma aquel recuerdo, aunque fuese de un mal día. Aquel colgante parecía indestructible, pasase por donde pasase, parecía no estropearse. A falta de estar más o menos sucio, debido al paso del tiempo, Sam siempre lo recordaba igual. No había ni rastro de oxidación en él, ni de estar mermado.

Volvió a fijar su vista en el espejo.

No era demasiado alta, pero tampoco baja, sin duda había heredado la estatura de su madre. No llegaba más allá del metro sesenta y cinco, según el medidor de la farmacia abandonada que había en la esquina de la calle, donde se había medido dos años atrás como curiosidad. Estaba flaca, algo más de lo normal, le estaba costando mucho encontrar de comer en aquel lugar, además ahora parecía un perro mojado, debido al pelo empapado que se le pegaba a la cara y al cuello. Tiritaba de frío, por culpa del agua, a pesar del calor que hacía fuera. Sus ojos marrones apenas destacaban entre sus enormes ojeras, dormir más de dos horas de un tirón era un lujo que no podía permitirse desde hacía tiempo. Parecía una enferma.

- Así no conseguiré… -las palabras volvieron a ahogarse en su garganta al ver la cicatriz junto a su clavícula- Mike… -apretó con fuerza los puños a ambos lados de su cuerpo, maldiciendo al muchacho por lo que le había hecho. La inundaron muchos recuerdos de aquel día y otros que había pasado con él. Una lágrima de rabia amenazaba con querer caer de sus ojos marrones.

Habían pasado ¿cuánto?, ¿cuatro?, ¿cinco años?, ya no recordaba con exactitud la última vez que había estado con Mike. Mentiría si cada día no añoraba aquella sonrisa suya, o sus bromas, o aquellas escapadas nocturnas para conseguir comida o, simplemente colarse en un abandonado y destartalado teatro de la ciudad para hacer el tonto. Hacían un buen equipo. Mike era amable y cuidaba de ella, no dejaba que nadie le pusiese una mano encima, era como el hermano mayor que nunca había tenido. Sam adoraba a Mike.

Pasó su dedo índice sobre la línea rugosa que formaba la cicatriz que había dejado aquella herida mal curada. Hizo una mueca de dolor, más no era por tocar la cicatriz, sino por el recuerdo que le provocaba y su mente comenzó a evocar aquellos días.


- ¿Viste como esquivé a aquel idiota? Ni en sus mejores sueños conseguiría pillarme, soy mucho más rápida que él. -se tiró cómodamente encima del improvisado sofá que había construído el día anterior con Mike soltando una carcajada. Cruzó los brazos tras su nuca y estiró las piernas encima del sofá.

- Sí, ya..., pero no deberías arriesgarte tanto, Sam. Ya sabes como se las gastan esos tíos. Le hemos robado gasolina. Esperemos que no nos hayan seguido hasta aquí. -dijo Mike con un tono más preocupado de lo normal. Sam no se daba cuenta, pero Mike la miraba con verdadera preocupación- Si dan con nosotros, nos matarán.

- Bah… No deberías preocuparte tanto. No parecían muy listos. -replicó ella en un tono pasota, como si fuese invencible y nunca se hubiese jugado la vida- Además, ¿que diablos te pasa? Llevas unos días muy raros, tan solo te falta darme de comer de tu mano o masticarme la comida, no vaya a ser que me haga daño con el tenedor o me atragante. -dejó su comodidad para encogerse de piernas, abrazándose así a sus rodillas, para dejarle un espacio a su amigo, que ahora se sentaba a su lado y siguió hablando- Sé qué te pasa algo, y sé que por algún motivo no me lo cuentas. ¿He hecho algo mal? ¿Te ha molestado algo? - había dejado aquel tono chulesco por uno más normal, ese que usaba con Mike cuando hablaban de algo serio.

- Por el amor de dios, Sam, no. No has hecho nada mal... - el chico suspiró antes de clavar sus ojos negros en los marrones de Sam - No me pasa nada. Solo es que...

- ¿Qué? ¿Es que, qué? Dímelo, me has contado mil cosas, y yo te he contado mil más. Nadie en el mundo sabe más de ti que yo, y nadie sabe más de mi que tu, ¿por qué me escondes algo ahora? - Sam se acercó a Mike, agarrándose a su brazo como súplica, como siempre que intentaba conseguir algo de él, como una niña caprichosa que no sabía esperar el momento adecuado para hacer o decir las cosas. Enredó entonces una mano en el pelo azabache del chico, acariciándolo a la altura de la nuca.

Mike apartó su mano y se separó un poco.

- Déjalo estar, ¿vale? No es nada importante. -contestó secamente el chico. Aquello le dolió terriblemente a Sam, pues Mike nunca le había escondido nada, o eso creía ella.

Sam se separó de él con la mirada herida. No recordaba casi la última vez en la que Mike le había hablado de aquel modo, y ocurrió cuando este había pasado varios días sin su medicación. Mike sufría esquizofrenia desde pequeño.

Lo averiguó, sin querer, un día que Mike había salido una mañana de la guarida dejando allí sus pocas pertenencias, y ella se había puesto a recoger todo lo necesario para irse del lugar, necesitaban cambiar ya de guarida. No se podían quedar demasiado tiempo en un sitio. Entre las cosas del muchacho encontró unos frascos llenos de pastillas, pero no lograba entender para que eran por mucho que leyese la etiqueta que había impresa en ellos, más su curiosidad había sido tan grande, que al volver Mike aquella mañana se lo preguntó, y a este, no le había quedado más remedio que confesarle la verdad. Él hubiese preferido no habérselo dicho para que no pensase algo raro, ni que lo mirase con pena o miedo. Pero para su sorpresa, aunque no tanta tratándose de Sam, la muchacha solo lo había mirado con reproche por no habérselo contado antes. A partir de ese día, Sam no desaprovechaba ninguna salida para pasar por alguna farmacia o almacén abandonado donde pudiera encontrar más medicación para su amigo. En una de sus incursiones averiguaron que algunas bandas traficaban con medicamentos. No tardaron mucho en contactar con ellas y empezar las negociaciones. Cuando éstas fallaban, Sam no dudaba en deslizarse en sus campamentos y robarles los fármacos, aunque eso pusiera en peligro su vida, cosa que mortificaba a Mike. Él era consciente de que su amiga haría cualquier cosa por ayudarle y la instaba a no meterse en líos por las cosas que solo le concernían a él.

- Mike, ¿dónde está tu medicación? -la muchacha volvió a hablar al empezar a atar los cabos sueltos y se levantó del sofá directa hacia la mochila de su amigo.

- ¡No Sam!, ¿qué haces? - Mike se había levantado como un resorte adivinando lo que la chica estaba apunto de averiguar. La agarró con fuerza del brazo, pero Sam había sido capaz de zafarse de él y ya estaba rebuscando en sus cosas. Él la apartó de un empujón que la hizo trastabillar y acabó en el suelo.

Tobi estaba royendo un hueso tan tranquilo, pero al sentir la tensión de aquel momento, levantó la cabeza y los miró fijamente. Sobretodo a Mike, al cual acabó gruñendo y enseñándole los dientes cuando empujó a la muchacha.

- No pasa nada Tobi, tranquilo. - trató de calmar al perro que se había puesto sobre sus cuatro patas y soltado el hueso, pero al escuchar la voz de la chica se volvió a tumbar.- Está vacío, el bote está vacío. ¿Dónde está el resto? -desde el suelo Sam le mostraba al chico el frasco carente de contenido- ¿Desde hace cuanto que no tomas la medicación? ¡¿Desde cuando?! -Sabía mejor que nadie que podría pasar si su amigo dejaba de medicarse y aquello la enfurecía. Le enfurecía que fuese tan descuidado, cuando se habían arriesgado tanto. Se puso en pie para mirar a su amigo a los ojos.

- Ya hablamos de esto Sam, algún día tenía que pasar. Se han terminado todas las reservas que teníamos y no he conseguido encontrar más. No sé cuánto tiempo estaré bien, no sé cuándo puede pasarme algo o cuando aparecerán las voces. Debería irme y alejarme de ti, pero no puedo, ni quiero, aunque sé que es lo mejor. Quedarme significa que podría hacerte daño en cualquier momento, sin tan siquiera ser consciente de ello. - dio un paso hacia ella a pesar de la mano extendida que tenía hacia él, para que no se acercase más.

- ¡Debías habérmelo dicho! ¡Nos hubiésemos ido de aquí, buscaríamos más en otro lugar, había muchas opciones mejores que no decirme nada, Mike! -Sam gritaba aunque sabía que no debía hacerlo. Lloraba impotente de rabia.

El chico se acercó a ella y la abrazó. Sam le golpeó en el pecho primero, pero pronto se rindió y correspondió al abrazo entre lágrimas.

- No vas a terminar así, no voy a dejar que sufras. Haré lo que haga falta para buscar más medicamento… - Mike la interrumpió.

- Por eso no te lo he contado, sé que irías de cabeza a hacer cualquier cosa, arriesgando tu vida si hiciese falta, y no lo iba a permitir. Ya he estado buscando los últimos dos meses, aquí no hay nada, ni de donde hemos venido, ni en ninguna parte. He oído que las bandas tampoco tienen nada. Es como si hubiesen cortado el grifo... -soltó finalmente el chico, abatido por confesarle la mala noticia a su amiga.

Sam deseó volver a estar en el suelo, porque le temblaron las piernas al escucharle.

Mike no tardó en empeorar, una semana después de aquella conversación ya empezaba a escuchar voces y a hablar solo. A veces Sam se despertaba por la noche e iba junto a él a calmarle, pero cada vez era más difícil de contener los ataques. Hasta que una noche pasó algo que nadie cabía esperar.

Sam se despertó de un sobresalto al escuchar los ladridos de Tobi y el escándalo que provenía del cuarto del sofá. Se levantó con el cuchillo en mano y, con cautela, se acercó al ruido. "Nos han descubierto", fue lo que pensó a la vez que pensaba en Mike. No iba a dejar que le hicieran nada. Pero para su sorpresa, todo aquel alboroto lo estaba provocando su propio amigo. Se había vuelto totalmente loco. Había destrozado el sofá y amenazaba con un trozo de madera puntiagudo a su perro. La chica se puso en medio de ambos y mandó a su perro que se fuera de allí. Mike ahora la miraba a ella con ojos endiablados, diciéndole de todo.

- Mike escúchame, soy yo, Sam. Nada de lo que escuchas es real. Mírame. -trató de hablar lo más calmada posible mientras extendía los brazos al frente marcando las distancias con su amigo. Guardó el cuchillo en su cinturón. Entre improperios, Mike no dejó de enarbolar el madero, amenazando a Sam con golpearla. Ella se preparó para bloquearlo si intentaba pegarle, pero no pudo mantener la guardia durante mucho rato. Algo parecido a un destello de lucidez apareció en los ojos de Mike, suavizando sus rasgos y callando su voz. Sam se acercó a él, pensando que por fin lo había recuperado, pero solo había sido un espejismo. Pronto sintió el tablón de madera chocar contra su cabeza y su cuerpo cayó pesadamente contra el suelo.

- No vas a llevarme a ninguna parte. ¡Traidora! - el chico gritó escupiendo las palabras.

Mike no paraba de decirle aquello, mientras se tiraba encima de ella para rematar lo que había empezado. Sam trató de buscar algo con lo que defenderse, pero su cuchillo había resbalado de su cinturón al caer y no sabía dónde estaba. Quien sí lo había encontrado era Mike, que lo agarraba fuertemente por la empuñadura. Aquella situación era de locos. Sam trató de forcejear para quitarle el arma, mientras las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos, suplicando a Mike que parase, pero él ya no le escuchaba, solo a las voces dentro de su cabeza. Era demasiado fuerte para ella y no tenía escapatoria. Mike había conseguido poner la punta del cuchillo contra su pecho y estaba apunto de clavárselo sin que pudiera poner remedio.

- ¡Tobi! - gritó como última esperanza. Sabía que su fiel amigo no estaría lejos.

El perro entró a todo correr en la estancia y se echó encima de Mike, que ni siquiera se lo esperaba. Le hincó los dientes en el cuello haciéndole sangrar descontroladamente, por lo que Mike cayó a un lado, jadeante.

- ¡Tobi, para! ¡Déjalo! -la chica trató de alcanzar a su perro con la mano pero era imposible, un dolor horrible la recorrió de arriba abajo y miró hacia su pecho. Allí estaba el cuchillo que, apenas unos segundos atrás, Mike había sostenido en su mano, pero ahora estaba hundido unos centímetros cerca de su clavícula. Apenas comenzaba a emanar sangre de la herida. El cuchillo se lo había clavado Mike sin querer, al echarse el perro encima de él. Con aquella situación que estaba viviendo, ni se había dado cuenta del dolor que seguramente este le había producido cuando se le incrustó.

Su amigo había dejado de moverse. No emitía ya ningún sonido. Su perro estaba lleno de sangre ladrando hacia el cuerpo inmóvil.

Sus manos temblaban sin control, pero juntó fuerzas de la nada para agarrar la empuñadura del cuchillo y, con un grito desgarrador, se lo sacó. Más sangre emanó de la herida, la cual se apresuró a tapar con un trozo de tela. No daba crédito a lo que había ocurrido en tan poco tiempo.


Un ruido la sacó de aquellos horribles recuerdos. Como un resorte cogió sus pantalones y sacó un pequeña navaja de uno de los bolsillos. Trató de vestirse, pero cuando estaba apunto de ponerse una pernera del pantalón, asomó el culpable del ruido.

-Maldita sea, Tobi. Me has dado un susto de muerte. -regañó a su amigo que volvía de su pequeña escapada tras la perra que había visto en la calle. Sam aún respiraba agitada por el recuerdo que le había provocado su propia cicatriz. Sin embargo, el perro se dedicó a pasar por su lado, tranquilamente, e ir a su lugar favorito: una manta bastante sucia que había en el suelo al lado de la cama de Sam y, a mordisquear su hueso.

Sam respiró hondo, se tranquilizó y, continuó la mañana como tenía programado. No tardarían en irse de aquel lugar.