Capítulo 2

Desde el camino ya se podía divisar la inmensa muralla de hormigón y la verja de alambre de espinos que la coronaba. Aquella mole de hierro y cemento rodeaba la instalación creada por el gobierno a la que se aproximaba. "Más que un refugio parece un campo de concentración… Eso explicaría porqué hay gente que no soporta estar ahí dentro", pensó Sam al verla más de cerca. Todavía los separaba una inmensa explanada.

El refugio había sido creado para albergar a la gente que lo requería, pero no toda era admitida. Había demasiados requisitos y también demasiadas normas que cumplir si querías entrar allí, como para recordar todas y cada una de ellas. Sam conocía unas cuantas gracias a Mike, que había estado en uno esos refugios en otra ciudad mucho antes de conocerla a ella. También le había contado alguna de las cosas que habían pasado con los jóvenes en aquel lugar, cosas que no eran nada normales. Por eso, hasta hacía unos meses, no se le había pasado por la cabeza entrar en uno de ellos, pero ya era hora de buscar respuestas.

- Ya no queda mucho amigo, ya no queda mucho… - Sam miró hacia atrás con preocupación, Tobi la seguía fatigado y con la lengua colgando por un lado de la boca. Se detuvo un instante, antes de salir a la enorme explanada que la separaba del refugio, para dar de beber a su compañero. No había sido un camino fácil.

Caminar por las calles en una ciudad prácticamente derruida, donde las carreteras estaban casi desaparecidas, llenas de grietas y socavones provocados por los casi continuos terremotos que había habido últimamente, había complicado bastante llegar hasta aquel lugar. Los rayos de sol seguían cayendo a plomo aquella mañana, cosa que dificultaba más la caminata y, buscar sombra no era una tarea fácil. Él único lugar con sombra que permitía atravesar la ciudad eran los túneles de metro, pero debido a los terremotos no era nada aconsejable. Había usado una de sus camisetas favoritas para atarla a la cabeza a modo de turbante. Sam recordaba las palabras de su padre, contándole como en el desierto se cubrían todo el cuerpo para sobrevivir bajo los rayos del sol y a aquel calor asfixiante. Se detuvieron antes de salir a campo abierto.

- Debes quedarte aquí y esperarme. Sabes que no puedes entrar, pero si consigo entrar vendré a buscarte, ¿vale? - el perro, sentado sobre sus cuartos traseros, no la miraba directamente, como si no le gustase lo que su dueña le estaba diciendo. Cuando esta terminó de hablar, se puso sobre sus cuatro patas y se metió dentro del último edificio medio derruido que aún lograba sostenerse en pie, sin tan siquiera mirar atrás. Sam suspiró con pena, dejando así marchar a su perro, y se encaminó hacia la explanada.

Por primera vez en toda su caminata desde que había salido de su guarida, veía a más personas en el camino. Personas que, como ella, se dirigían al refugio. Apuró el paso para no ser la última de la fila. Había un número limitado de personas que podían entrar cuando hacían los 'Días de Admisión'. Estos días nunca se sabían cuándo serían, apenas los avisaban un par de semanas antes. Aún podía ver los panfletos tirados por todas partes. No lo hacían todas las semanas, ni todos los meses, ni siquiera todos los años, parecía más que se hacían por puro antojo de la persona que mandaba allí dentro. Por eso no había que perder una oportunidad como aquella.

Para su desgracia, cuando llegó, ya había una cola enorme a las puertas de la entrada al refugio. Suspiró profundamente y deseó con todas sus fuerzas que todos los que tenía delante fueran rechazados. Lo deseaba tanto, que casi se mareó al pensar en la posibilidad de que no la admitieran. Estaba realmente nerviosa.

- Por algún sitio tengo que empezar. No puedo dejar escapar esta oportunidad, tengo que entrar ahí como sea. -deseó que todo aquello no lo hubiese dicho en alto y se hubiese quedado dentro de su cabeza. Miró a todos lados, pero nadie parecía haber reparado en ella. Soltó el aire contenido y trató de relajarse una vez más. Agarró el colgante con su mano derecha, el objeto que colgaba de su cuello siempre conseguía darle la calma que necesitaba. Era como su amuleto. - Si aquí no encuentro información sobre mis padres, seguro que me podrán decir donde puedo conseguirla… ¿Y si no tienen nada porque están muertos? ¿Y si nunca encontraron sus cuerpos? - la mente de Sam no dejaba de pensar en todo aquello. Se pasó una mano por la frente sudorosa mientras esperaba en la cola. La ducha fría de aquella mañana parecía haber sido totalmente en vano.

Según se aproximaba a la entrada, podía escuchar los gritos y las súplicas de los rechazados. Hombres, mujeres y niños, todos tan andrajosos como ella, y todos rechazados. Por primera vez cayó en la cuenta de que no había nadie que rondase su edad. Echó un vistazo a los que iban delante y luego a los iban detrás, hasta donde su vista le permitía llegar, pero nada. Nadie cercano a su edad.

La espera se estaba haciendo eterna, parecía que avanzaban un paso cada quince minutos. "¿Qué diablos están haciendo ahí delante?", se preguntó después de una hora bajo aquel sol, que le hacía parecer estar en la cola de las puertas del purgatorio, más que a las puertas de un refugio. Un tufillo a quemado llegó hasta su nariz. A lo lejos se veía una columna de humo alzarse hasta el cielo. No era de extrañar que hubiese algún incendio con el calor que hacía. Se inclinó hacia un lado y paseó la mirada por las personas que aún tenía delante. Había contado unas veinte personas. Un rato más tarde volvió a repetir el proceso. Ya tan solo quedaban unas diez. Una vez más volvió a contar a la gente que tenía delante hasta que su mirada se clavó en los agentes vestidos de negro. Había dos de ellos custodiando el arco por el que debían pasar, uno de ellos llevaba un ojo de cristal que emitía destellos con los rayos del sol y le daba un aspecto intimidante. Unos metros más atrás había otros dos agentes custodiando la puerta que atravesaba la muralla de entrada al refugio.

Su corazón dejó de latir por un segundo.

El recuerdo de unas personas vestidas de negro como aquellas, la atormentó. De pronto el sonido de los gritos y ruegos de los rechazados desapareció. Su cabeza repetía en un bucle sin fin, la escena de unas personas vestidas de negro irrumpiendo en la casa de sus padres.

- Hey, muchacha, ¿estás sorda? -alguien chasqueó los dedos frente a su nariz que la hizo volver a la realidad. Era uno de los agentes. El del ojo de cristal. No recordaba haber andado hasta ser la primera de la fila.

- Sí…-dijo totalmente hipnotizada por aquel color del traje del agente. Parpadeó varias veces cayendo en la cuenta de lo que acababa de decir- ¿Qué? ¡No! N..No estoy sorda, es...escucho perfectamente. - se apresuró a aclarar antes de que pensasen que estaba loca. Aunque quizá ya era un poco tarde para eso. Trató de alisarse la ropa nerviosamente en un intento de parecer alguien decente y normal.

- Te estaba diciendo que no se admiten animales de fuera del refugio. - el tono del agente no era ni mucho menos amistoso y señalaba a un lado de ella con un gesto de la cabeza.

- No he traído ningún anim… -según hablaba iba dirigiendo la mirada hacia donde apuntaba el agente. "Mierda Tobi, ¿qué haces aquí?", pensó al ver a su compañero a su lado, sentado y mirándola tranquilamente. Un escalofrío le recorrió la espalda de principio a fin. Ni siquiera se había dado cuenta de que el perro había puesto una pata encima de su pie. Apartó el pie con disimulo. - Este perro no es mío. No sé que hace aquí. - dió un paso a un lado alejándose de su mascota mientras interiormente suplicaba por que Tobi se comportase y se fuese de allí. Pero el perro no hizo nada de eso. En cambio se había puesto frente a ella con una pequeña pelota de gomaespuma en su boca. Era una pelota que habían encontrado por casualidad tiempo atrás y había escrito el nombre de ambos en ella. - ¿Pero como…? - se apresuró a quitar la pelota de la boca del perro y lanzarla lejos. El perro hizo caso omiso del lanzamiento y siguió allí sentado. Ambos agentes la miraron extrañados, pero ella le sonrió con disimulo, rezando porque no se dieran cuenta de que había metido la mano en la boca de un perro, supuestamente desconocido. No tenían cara de ser muy inteligentes. Sam hubiese jurado que hasta hacía un par de minutos la pelota estaba en su bolsillo derecho. Echó la mano a este, pero estaba vacío. "Nunca debí enseñarte a hacer eso…"

- Bien, entonces me desharé de él. -afirmó el agente que no tardó más de un segundo en sacar su pistola y apuntar a Tobi.

- ¡No, espera! - se tiró rápidamente al suelo, interponiéndose entre el agente y su perro. Ante la escena el corazón le había dado un vuelco. No iba a dejar que nadie disparara a su amigo. Empezaba a escuchar a la gente tras ella impacientarse. Incluso había escuchado a alguno animar al agente a que le pegase un tiro al perro. Sam quiso arrancarle la cabeza de un mordisco a todos ellos, pero debía mantener la calma.

- Apártate del medio si no quieres que te encaje una bala en el pecho, mocosa. - el agente estaba apunto de darle un golpe con la culata en la cara a Sam para que se quitase del medio, pero el otro agente lo detuvo, le cuchicheó algo en el oído y, este se detuvo antes de alcanzar su cara. El perro ladraba al agente con furia. Tras las palabras de su compañero, este pareció pensárselo un poco, guardó la pistola y luego habló - Está bien, deshazte del animal ahora mismo o me desharé yo de él.

Sin pensárselo dos veces, Sam se dio la vuelta y encaró al perro. Le gritó que se fuera, lo empujó, pero Tobi se resistía a irse. Empezaba a enfadarse seriamente con su amigo porque iba a echar sus planes abajo sin ningún motivo.

- ¡Lárgate de una maldita vez, chucho! - no supo como, ni de donde salió aquella rabia contenida, pero encajó una patada con todas sus fuerzas en el estómago del perro que lo hizo chillar. Este se apartó rápidamente de ella y comenzó a ladrar. Ahora el ladrido agudo de su amigo era para ella, como si le reprochase algo, como si le estuviera advirtiendo que él ya la había avisado pero, ¿de qué? Por fin Tobi se había ido mientras Sam estaba devastada por lo que había hecho, pero debía recomponerse, no podía perder más tiempo, si los agentes no se hartaban de esperar por ella, los que la seguían en la cola la acabarían linchando, y no tendría a nadie que la ayudase en aquello.

- Quítate eso que llevas en la cabeza -la despertó de aquella horrible escena el agente con el ojo de cristal y señaló la camiseta que llevaba en la cabeza a modo de turbante- y sitúate aquí. - Ahora le señalaba una marca blanca en el suelo, justo en frente al arco que debía pasar.

Sam se deshizo del turbante improvisado sin rechistar. Ahora los rayos del sol golpeaban directamente en su cabeza, pensó que se le derretiría el cerebro allí mismo y caería al suelo redonda, babeando.

Primero le preguntaron varios datos sobre ella. El que hacía las preguntas era el del ojo de cristal. "Dudo que el cara de loco este sepa tan siquiera leer", dijo al ver que no era él quien introducía los datos. Luego la midieron, le revisaron la vista, tomaron una muestra de su saliva e incluso le habían hecho abrir la boca para ver su dentadura. En aquel momento Sam se sintió como un caballo dispuesto para la venta. No fue hasta entonces que la hicieron pasar por el arco. Varias luces rojas se encendieron y el agente del ojo de cristal la agarró del brazo, quizá con demasiada fuerza. "Joder, joder, algo ha ido mal y me rechazarán. Quizá no les gusta mis muelas picadas o tengo una enfermedad horrible y contagiosa...A la mierda mi plan…", mientras pensaba en todas aquellas posibilidades por la que su plan había fracasado, ambos agentes habían cruzado una mirada y un gesto.

Los segundos que pasaron hasta que le soltó el brazo le parecieron horas. Una gota de sudor le recorría la sien derecha.

- Puedes continuar - el agente la soltó indicando con la mano que se dirigiese hacia la puerta. Esta se abrió casi al instante con un sonido metálico y de succión, como si acabaran de abrir un frasco envasado al vacío. Solo se podía ver oscuridad a través de ella. Los dos agentes que la custodiaban se hicieron a un lado para dejar el hueco libre de paso. - Camina muchacha, hay demasiada gente esperando.

Sam se había quedado helada, lo había conseguido. Iba a entrar en el refugio, iba a buscar información de sus padres, con suerte iba a saber que había sido de ellos. ¿Y si aún estaban vivos? Por primera vez en mucho tiempo una nueva ilusión cargada de alegría la inundó. Recibió un empujón que la hizo andar un paso, luego dio otro, y otro, y otro. Ya estaba frente a los agentes que custodiaban la puerta, solo tenía que dar un par de pasos más y traspasaría el umbral hacia el interior del túnel que llevaba al refugio. Miró atrás antes de cruzarlo, cayendo en la cuenta de que Tobi estaría por allí cerca, pero no lo vio. Parte de su alegría desapareció. Volvió la mirada al frente, armándose de valor y pasó el umbral. La puerta se cerró tras de sí dejándola completamente a oscuras, pero al final del túnel se podía ver la claridad que procedía del otro lado.


En una sala se encendieron todas las alarmas. Todo el mundo se quedó petrificado, sabían lo que aquello significaba. Un señor de mediana edad, que vestía con un traje militar, hizo detener la alarma y se dirigió a dos de sus subordinados:

- Llamad al soldado 435, decidle que el código Alfa cero cero uno, se ha puesto en marcha.