Capítulo 3

El túnel parecía tener como diez metros de largo, lo que hacía aquella muralla casi indestructible e impenetrable desde el exterior. Por primera vez sintió frío y más que agradecerlo, sintió un escalofrío nada alentador atravesando todo su cuerpo. Nunca había sentido nada así. Parecía un mal augurio y eso que nunca había sido supersticiosa.

Podía oír el eco de sus pasos rebotar en aquellas enormes paredes de hormigón devolviéndole el saludo de sus pisadas, no había más sonido que ese allí dentro. Aquel camino de no más de diez metros se le hacía eterno, se sentía diminuta e insignificante entre aquella mole. También sentía miedo, alegría, inquietud, curiosidad, desesperación, tranquilidad, soledad, esperanza. El túnel no parecía terminar y, ella estaba envuelta en un remolino de sentimientos y sensaciones. Buenas y malas sensaciones que le hacían avanzar, puesto que para ella, siempre ganaban las buenas sobre las malas: la alegría de haber logrado entrar al refugio, la curiosidad por poder encontrar algo sobre sus padres, la tranquilidad de poder estar en un lugar seguro, sin la dureza del día a día; la esperanza de no vivir más con la incertidumbre que la asolaba casi cada día desde los ocho años.

Era hora de buscar respuestas.

Era hora de enfrentarse a la verdad.

Pero lo que Sam no sabía era que, también era hora de enfrentarse a la realidad.

Se surtió de valor llenando sus pulmones con una bocanada de aire nuevo y, con paso firme, caminó los últimos metros que le quedaban para salir del túnel. Habían sido diez metros, que le habían parecido diez kilómetros. Pronto la luz al final logró cegarla y tuvo que poner una mano en la frente, a modo de visera, para poder afinar la vista en el exterior.

Sam se había imaginado un inmenso lugar lleno de casas bajitas, a modo de bungalows pero adaptados para familias, cada una con su pequeño jardín a la puerta y otro un poco más grande en la parte de atrás. Imaginó calles llenas de niños corriendo aquí y allá, con sus padres volviéndose locos persiguiendo a sus hijos para que no se hiciesen daño. Imaginó a alguien amable recibiendola e indicándole a dónde debían dirigirse los nuevos. Lo cierto es que había imaginado un montón de cosas, pero aquellas no eran ninguna de las cosas que tenía delante cuando salió del túnel.

Se quedó petrificada. Tan tiesa como el firme de aquella monstruosa muralla. Solo veía negro a su alrededor a pesar de estar a plena luz del día y ya dentro del refugio. Veía trajes negros que la rodeaban y le recordaban uno de los días más horribles de su vida, sino el más horrible; el día que dejó a sus padres atrás sin saber porqué. Sentía miedo y confusión.

Escuchó un ruido, como si estuviese muy lejos, pero lo cierto es que apenas había pasado a unos pocos metros frente a ella. "Clac clac" ¿Era el sonido de una escopeta recortada? "Clac clac". Ahora el sonido venía por su derecha. "Clac clac". Por su izquierda. ¿Qué estaba pasando? "Clac clac". A su espalda. Sam giró la cabeza como si fuese un robot oxidado por los años. ¿Por qué había al menos cuatro guardias de negro rodeándola y armados?

- No...No me he colado… Me… me han dejado pasar. -consiguió vocalizar y señaló con una mano temblorosa, tanto como lo estaba su voz, hacia dentro del túnel por el que acababa de llegar y que ahora uno de los guardias tapaba.

- ¡Silencio! ¡No te muevas! -no sabía cómo, pero uno de los guardias se había acercado lo suficiente a ella como para gritarle al oído y asestarle un golpe con el arma en una de las rodillas, por detrás. Sin poder remediarlo, su pierna izquierda se debilitó por el golpe, acompañándola la derecha. De pronto se vio en el suelo, anclando la rodilla golpeada a la aridez del pavimento y apoyándose con las manos. Estaba a punto de protestar cuando otro golpe, esta vez una patada, impactó por debajo de sus costillas, en toda la boca del estómago. Rodó por el suelo hasta chocar con los pies de otro de los guardias, que parecía divertirle el espectáculo que ofrecía su compañero. Boqueó en busca de aire. Sus pulmones parecían haber expulsado todo el aire que contenían debido a la patada, como si el aire, cobarde, viendo venir el golpe, pusiese los pies en polvorosa.

- Hey, no te pases, hay que llevarla de una pieza al capitán. Ya sabes, o nos cortarán la cabeza. - dijo otro de los guardias, que no era ni el que se reía, ni el que había propinado los golpes a Sam.

- Ya has escuchado el código qué es, capullo. - era el cuarto de los guardias el que hablaba. Este parecía mostrar algo más de seriedad y preocupación en la voz, al menos parecía apreciar más su cabeza que los demás, o eso era lo que pensaba Sam al escucharlos hablar, mientras trataba de recuperar el aliento.

No pudo ver quien o quienes de aquellos cuatro eran, debido al maldito sol que la cegaba y al dolor que sentía, los que la agarraron por los brazos, la levantaron, y se la llevaron arrastras. Parecía una simple marioneta y aquello la cabreaba. No podía ser que de repente se quedase sin fuerzas y por encima seguía siendo la mofa de alguno de aquellos cuatro capullos. En un intento desesperado de soltarse y frenarlos, sacó fuerza de donde no creía tenerla y clavó los pies en el pavimento. No había servido de nada, un simple tirón de ambos brazos por parte de quienes la sujetaban, y volvía a ser su marioneta. Entonces gritó, armó todo el barullo que pudo, pataleó buscando alcanzar alguna extremidad a la que golpear, pero nada. Lo único que había ganado era llevarse algún que otro golpe más, y quien le había golpeado, algún regaño sin importancia.

Estaba cansada, hacía demasiado calor y cada movimiento la desgastaba más y más. Estaba apunto de rendirse y tan solo quería un vaso de agua. Hasta deseó llegar a donde sea que la iban a llevar, para tener un descanso. Sus pies seguían arrastrándose por el duro pavimento mientras seguía siendo arrastrada por aquellos dos chimpancés musculados. Habían sido los cinco minutos más penosos, vergonzosos y sin sentido, de toda su vida. Ni siquiera le ganaba la vez en la que Hugo le había engañado al girar la cabeza, para darle un beso en la mejilla como pago de no haber dicho la verdad en el juego "verdad o atrevimiento", y había acabado dándole un casto e infantil beso en los labios, para que luego todos sus amigos, incluído Hugo, empezaran a burlarse de ella. "Éramos unos críos y estúpidos", pensó recordando aquel día, mientras sus pies seguían levantando polvo por el camino.

Hizo un último intento de liberarse, pero una vez más había sido tan inútil como las otras treinta y tres veces. Sam estaba apunto de rendirse y ver como todo el esfuerzo reunido para llegar al refugio, todas las ganas que había juntado para buscar información sobre sus padres, se iba al garete en cuestión de un suspiro. Todo se habría quedado en un pensamiento demasiado bonito como para ser verdad, y lo peor de todo era que, no entendía nada de lo que estaba pasando. No sabía porqué la habían detenido, ni qué era aquél supuesto código del que había hablado el capitán de aquellos chimpancés que la rodeaban y Tobi, su fiel amigo seguía fuera, solo, y lo último que había recibido de Sam había sido un maltrato. "¿Algo podía ir peor?".

En cuanto aquella pregunta cruzó su mente, y como si alguien la hubiese escuchado, algo sucedió. De pronto los chimpancés vestidos de negro que la sujetaban la habían soltado, pero para su desgracia todavía no se recuperaba de los golpes. Sam oyó gritos, quejas, gemidos, golpes, armas salir despedidas por el suelo sin que llegase nadie a dispararlas, y como los guardias caían una y otra vez al suelo. Se apoyó sobre sus manos, tratando de levantarse y apoyarse también en las rodillas. Le costó, pero lo consiguió. Como bien pudo, levantó la cabeza y, vio a una sombra pasar rápidamente por delante de ella dando puñetazos y patadas a diestro y siniestro. Cuando pudo enfocar su vista mejor, consiguió distinguir a un chico de pelo corto, sin duda parecía joven, al menos más joven que aquellos cabeza hueca, aunque no llevaba un traje negro como ellos, sino que, para ser exactos, parecía tan zarrapastroso como ella. ¿Quién era aquel chico misterioso que peleaba como si de Luffy se tratase? "Si no me libra del secuestro de estos idiotas, al menos habré avanzado a nivel secuestrador." Sin duda a Sam le había fascinado lo que veía y, tenía mucha curiosidad por el enigmático personaje que parecía pelear como uno de sus personajes de anime favorito de su infancia. Tan solo le faltaba el sombrero de paja. Trató de ponerse en pie, y casi lo había conseguido cuando, sus piernas parecían volver a flojear y el dolor en sus costillas parecía insoportable. Volvía a caer al suelo sin oponer resistencia, pero antes de que su cara besase el suelo con extrema violencia, el secuestrador misterioso, la agarró y la alzó en brazos como si se tratase de una pluma. Sam apenas abrió un ojo para fijarse bien en quien la llevaba en brazos ahora, pero distinguió un destello verde en los ojos, y una gota de sudor que recorría la sien del muchacho.

- Te pondré a salvo, no te encontrarán fácilmente. -el muchacho de ojos verdes bajó la mirada para fijarse con detenimiento en ella. - Parece que te hayas metido a jugar dentro de una lavadora, muchacha. Estás hecha un asco. -añadió el chico, también conocido como secuestrador misterioso, en un tono que parecía burlón. Sam trató de decir algo, una réplica al menos, ya que ella no era la única que parecía un asco, pero la sequedad de su garganta y el cansancio (¿o estaba intimidada?), no la dejaron articular palabra. - Eso, no digas nada. - El chico parecía haber visto las intenciones de Sam, posiblemente porque rara vez la rubia sabía esconder las expresiones de su cara.- En cuanto te tenga en un lugar seguro beberás y descansarás. Ahora no me puedo parar, ¿de acuerdo? No seas impaciente… -hizo un sonido como molesto y algo así como un suspiro más molesto todavía- Mujeres…

"Retiro lo dicho. He salido perdiendo. De cuatro idiotas he pasado a un capullo". Sam deseó poder patearle la cabeza desde allí mismo, pero ni con toda la fuerza con que deseaba hacerlo, le ayudaba para moverse y lograr levantar la pierna.

Sintió agua golpeando su piel y, aunque no era del todo recomendable, abrió la boca para saborearla. Eso fue lo último de lo que fue consciente; llovía y ella tan solo pudo cerrar los ojos en brazos de aquel desconocido.


- ¡No puedo creer que lo hayas hecho!, ¡es tu hijo! -espetó la mujer que caminaba con desesperación en una pequeña sala de estar. Un hombre más o menos de su edad, que vestía un traje con galones, estaba en medio de la sala, con gesto impasible, mientras sostenía la boina negra con el escudo, escuchando cada palabra que decía la mujer.

- Nadie sabe ese detalle, excepto ellos. Y ya sabes que ocurrirá si no conseguimos lo que piden. ¿Quieres que maten a tu hijo? Al menos yo intento salvarle. -el hombre de mediana edad habló en un tono neutro, como si no viese la gravedad con la que hablaba la mujer, mientras se volvía a poner la boina, algo ladeada, sobre la cabeza. - Confía en él, sabe cuidarse solo y es inteligente. Nos sacará de esta y todo esto se habrá acabado.

- Nunca nos dejarán en paz, sabemos demasiado... -la mujer dejó la caminata y se acercó a la ventana. La lluvia pegaba con fuerza sobre los cristales ahogando el sonido de un suspiro proveniente de su boca- ¿Crees que puede ser ella después de tanto tiempo?

- No lo sé, pero al menos tiene el colgante. Es todo lo que me importa. Si lo conseguimos y conseguimos descifrarlo, estaremos a salvo. -el hombre serio y engalonado parecía no tener nada más que hacer allí, pues al terminar de hablar agarró el pomo de la puerta con decisión y dejó a la mujer sola en la sala.