Capítulo 4
Una sucesión de imágenes pasó por su mente, como en pequeños flashabacks acompañados por la melodía de la canción que le cantaba su madre cuando era pequeña, donde podía ver como la lluvia caía enfadada sobre las calles y las construcciones del refugio. Vio una serie de pequeños edificios de tres plantas, algunos carentes de ventanas, otros con persianas rotas, que se mezclaban con otros que parecían no tan viejos. A pesar del chaparrón que le taladraba la piel bajo la ropa, la claridad que aún quedaba le permitió ver algún rostro miedoso que se había asomado entre unas cortinas para volver a esconderse. Podía oír el chapoteo de unos pies moviéndose con rapidez en aquellas calles, que parecían no poder acoger más que un jeep a la vez, debido a su escasa anchura. Probablemente eran los pies de su nuevo secuestrador corriendo con ella en brazos.
Sentía frío, mucho frío. Su mente había parado los flashbacks en su cabeza y se estremeció.
Sam trató de abrir los ojos, pero para ello tuvo que pestañear un par de veces antes de lograr enfocar, entre sombras que danzaban, un techo de bloques, en los que claramente se podía ver la mugre de años y años allí pegada. Estaba tumbada sobre algo no más cómodo que aquel techo, a juzgar por lo que le dolía todo el cuerpo. "Que haya sido una pesadilla, que haya sido una pesadilla, que haya sido una pesadilla", se dijo para sí, esperando que al decirlo tres veces seguidas se hiciese realidad.
- Oh vaya, al fin la bella durmiente ha despertado. - era la voz del "secuestrador misterioso".
"Mierda. Esto es tan real como la voz del Luffy versión idiota". Giró la cabeza para mirar al muchacho con desdén, mientras internamente se reía de su propio pensamiento. Se llevó una mano hacia su colgante, cosa que siempre le había calmado, como si sus padres, quienes le habían regalado aquel objeto, aún estuviesen con ella. Pero el colgante ya no estaba allí. ¿Se le había caído?
- Mi colgante… -murmuró y se incorporó rápidamente, por si había caído mientras había estado inconsciente. El dolor la recorrió de pies a cabeza, pero donde más le dolía era a la altura de las costillas. Silenció un gemido de dolor. No iba a darle ese gusto al chico que la tenía prisionera ahora, aunque a decir verdad, no había nada que la atase. ¿No la estaba secuestrando? ¿Realmente iba a ayudarla?
- ¿Buscas esto? -se apresuró a comentar el chico que sostenía con dos dedos la cadena de la cual colgaba el colgante, haciendo que se balancease de un lado a otro.
Sintió alivio al ver que el colgante no se había perdido, y que lo tenía aquel chico que sonreía como un idiota, pero le gustó la expresión de su cara al verle sonreír, cosa que la hizo sonreír por un segundo antes de recordarse mentalmente que era el nuevo idiota que la había secuestrado, o algo así. También sintió algo de calidez y no era provocada por la presencia de la sonrisa del chico o el haber encontrado su colgante, sino porque una pequeña hoguera detrás del muchacho comenzaba a crepitar con fuerza.
Caminó unos pasos hasta ponerse frente a él, no tan solo para tratar de recuperar su colgante, sino que también para acercarse al fuego. Aún podía sentir la ropa mojada pegada a su cuerpo. Y parecía ser que el chico también se había dado cuenta de ese detalle.
- Dámelo - demandó ella estirando la mano hacia el muchacho y así llamar su atención para que dejase de mirarla de aquel modo.
- Quizá si me lo pides de un modo más… amable... -el muchacho guardó con un ágil movimiento el colgante en su mano, encerrándolo en su puño. Sin más, dio media vuelta hacia el fuego para rodearlo y quedarse al otro extremo. - ¿Sopa? - indicó nuevamente el muchacho señalando a una pequeña cazuela sobre la hoguera. Sam ni se había percatado de ella, intentaba no morirse de frío y quería recuperar el objeto que aún conservaba de sus padres.
- No gracias. Antes prefiero morirme de hambre. - A decir verdad, ya se estaba muriendo de hambre y de pronto el olor de la sopa había llegado a su nariz, haciendo así protestar a su estómago.
- ¿Rechazando mi plato especial del día? No tienes pinta de haber estado comiendo a cuerpo de rey día sí y día también, pero tu te lo pierdes. -el muchacho había vuelto a revisar de arriba a abajo a Sam con total desinterés esta vez, antes de servirse algo de esa sopa que había preparado. Tranquilamente se sentó encima de un bloque que había en el suelo, a modo de asiento, para comer cómodamente dejando de prestar atención a la chica que tenía delante, centrándose en su plato y su cuchara rudimentaria.
Por primera vez reparó en él, ahora que no le prestaba atención, y en el lugar en el que estaba. Parecía una guarida, carente de ventanas a excepción de un pequeño agujero no más grande que una pelota de fútbol americano, por donde debía entrar algo de claridad, si fuera no estuviese todo oscuro a aquellas horas; y por suerte, también aire fresco, porque la estancia estaba llena de velas que la iluminaban y proyectaban un montón de sombras sobre las paredes. De no ser por aquel agujero y una especie de entrada sin puerta que había en una de las paredes, posiblemente hubieran muerto faltos de oxígeno a causa de la hoguera y las velas.
El chico parecía tranquilo y a Sam se le arremolinaban un montón de preguntas en la cabeza. ¿Quién era? ¿Por qué la había salvado de aquellos cuatro guardias? Sí, salvado. A aquellas alturas ya había supuesto que no la había secuestrado. ¿Por qué la habían detenido los guardias? ¿De qué código hablaban? Esas y otras preguntas cruzaron la mente de la rubia, pero no hizo ninguna de ellas. Sin embargo observó a su salvador, la claridad que proyectaba la hoguera sobre él dejó distinguir a Sam perfectamente sus facciones angulosas. Sin duda él no había parecido pasar tanta hambre como ella y se le veía sano, nada ojeroso. Sam sintió un momento de envidia. "No se debe comer tan mal en el refugio", pensó mientras reparaba en sus ojos. Bajo sus párpados distinguió un par de ojos verdes que proyectaban inquietud, temeridad e inteligencia, que le hicieron recordar aquel destello verde que había visto antes de quedarse inconsciente y algo más, algo que le resultaba extrañamente familiar.
- ¿Ves algo que te interese o estás planeando cómo dejarme K.O. y comerte mi sopa? - avergonzada Sam apartó la vista del chico y si no fuera porque la hoguera le permitía entrar en calor, se diría que sus mejillas se habían puesto sonrojadas. El chico la miraba con diversión.
- Solo estaba viendo a un ladrón, detenidamente. Devuélveme mi colgante. - exigió de nuevo y de pronto la opción de planear cómo dejarle K.O. le pareció una buena idea.
- Te lo devolvería pero… No quiero. - dijo lo último tajantemente. Sin más apartó la vista de ella y siguió comiendo la sopa.
Sam trató de contener la rabia que le había dado aquella respuesta, apretó los puños a cada lado de su cuerpo, pero no hizo nada por descargar la ira sobre el chico. Ya sabía cómo él se las gastaba y, si se había deshecho con facilidad de aquellos cuatro gorilas, con ella no tardaría más de diez segundos en destrozarla.
Con sus pocas posibilidades de recuperar en aquel momento el colgante, se dio media vuelta y salió de la estancia por el hueco que parecía lo único que podría ser el lugar por el que habían entrado. No era muy alto, así que tuvo que agacharse al pasar por él. Sus costillas protestaron y tuvo que morderse el labio hasta que pudo volver a incorporarse. El hueco daba a unas escaleras que subían, pues la opción de bajar estaba totalmente bloqueada, y estaba dispuesta a seguirlas, fuesen a donde fuesen a parar.
- ¡Hey, a donde vas! - escuchó la voz del chico llamarla. - Tu colgante, lo tengo aquí, ¿recuerdas?
- ¡No me importa! ¡Ya lo recuperaré en otra ocasión! ¡Me largo de aquí! -respondió subiendo los primeros peldaños de las escaleras, aunque había mentido con respecto al colgante, claro que le importaba. No le importaba nada más en aquel momento.
- ¡No puedes irte, te atraparán! - volvió a escuchar la voz del chico a través de la pared pero no se molestó en responderle esta vez.
No había mucha luz, por lo que rezaba mentalmente por no caerse al vacío en algún momento. Por suerte una tenue claridad se colaba por algún tipo de agujero o trampilla que había en algún techo al que las escaleras se dirigían. Sin duda era un edificio de los viejos, donde los pisos inferiores debían estar completamente derruidos, si solo quedaba la opción de ir hacia arriba. Pronto averiguó a que se debía aquella claridad, era la luz de la luna colándose, efectivamente, por una trampilla, que se había dejado asomar entre las nubes negras que amenazaban con volver a esconderla. Por suerte la trampilla no estaba bloqueada, ni tampoco demasiado alta, por lo que Sam tan solo tuvo que empujarla hacia arriba, y dar un pequeño salto para salir por ella. Sus costillas volvieron a protestar.
Para su desgracia seguía lloviendo y era completamente de noche. Estaba en lo que parecía ser un ático desértico al que se le había hundido medio tejado. El frío que le provocaba la humedad volvió a abrazarla y deseó volver a estar al lado de la hoguera, con un plato de sopa entre las manos. Pero no, no volvería abajo y darle la razón a aquel capullo que había cogido sin permiso su colgante.
Se asomó al borde del ático para maravillarse con la vista que le daba desde allí arriba el refugio. La lluvia hacía que las luces de los edificios y las casas, proyectasen un manto de colores bajo sus pies. Era una extensión enorme donde una enorme torre, que casi sobrepasaba la muralla en alto, parecía vigilarlos a todos. Sam supuso que allí estaba el mandamás que había ordenado su detención por error. Tenía que ir hasta allí, aclarar lo sucedido y volver a recuperar su colgante. Un escalofrío la recorrió de arriba a abajo, provocando una nueva protesta de dolor a su cuerpo. Su misión debía cancelarse hasta el día siguiente, necesitaba descansar y recuperar fuerzas.
Estaba dispuesta a darse la vuelta y dirigirse a la parte del ático que aún conservaba el tejado para pasar aquella noche, pero al hacerlo se chocó con algo que la hizo trastabillar dando un paso atrás, lo que había provocado una caída de varios metros de no ser porque unas manos fuertes la agarraron por el antebrazo de su brazo derecho. Se aferró a quien, o lo qué, la sostenía con fuerza. Hasta que ambos pies volvieron a pisar suelo firme y su equilibrio volvía a estar en buenas condiciones, no se atrevió a abrir los ojos y ver quien la había salvado de una terrible caída de varios metros.
- Oh…, tú otra vez… - dijo con un tono de total decepción. Rodó los ojos, totalmente recuperada, se soltó de él con un tirón de su brazo y caminó a refugiarse de la lluvia bajo el tejado.
- Supongo que lo que quieres decir es, gracias por salvarme, "otra vez", en un solo día. Y…, de nada, ha sido todo un placer. - el chico hizo una reverencia girándose hacia donde caminaba ella antes de acompañarla bajo el tejado también.
- ¿No te basta con haberme robado, que ahora también me persigues? -soltó un suspiro molesto intentando escurrirse el pelo totalmente empapado.
- ¿Tanto te importa esto? - el muchacho sacó el colgante del bolsillo.
- Es un regalo de mis padres y es el único recuerdo que tengo de ellos, idiota. - se cruzó de brazos para no hacerle un mal gesto, y se dejó resbalar por una de las paredes, que aún quedaba en pie, hasta sentarse en el suelo.
- ¿Un regalo por ser una chica buena y comerte todas las espinacas? -dijo en tono jocoso, buscando burlarse de ella por el insulto.
- No, bufón. -trató de que sonase todo lo molesta posible, pero aquel "insulto" no ayudaba. ¿Por qué no se le había ocurrido nada mejor? - Es un regalo de cumpleaños. Mi octavo cumpleaños y… el último que pasé con ellos. - la última frase la había refunfuñado por lo bajo. Comenzaba a odiar a aquel tipo. Ojalá no la hubiese salvado.
- Hablas como si estuviesen muertos… ¿Están muertos? -el muchacho trató de hacer la pregunta con algo de tacto, pero no le había salido muy bien. Sam se sintió incómoda al instante.
- No lo sé. - dijo secamente. Sam no supo que responder, realmente no lo sabía y tampoco le apetecía hablar de aquello con él. Se encogió de hombros y apartó la mirada del muchacho, su presencia comenzaba a ponerla nerviosa.
Algo cayó sobre su regazo que la hizo sobresaltarse. Miró hacia abajo, hacia su regazo, el objeto que había caído era su colgante. El chico se sentó a su lado, casi invadiendo su espacio. Se arrastró un poco a su izquierda para separarse de él.
- Me llamo Diego. -fue todo lo que dijo el muchacho e incluso sonó amable al decirlo. O tan solo sentía culpa por la pregunta que había dicho antes.
Hubo un gran silencio después de eso, solo interrumpido por el sonido de la lluvia al caer. Una sirena sonó a lo lejos. Sam se alarmó sin saber exactamente el motivo.
- Sam. -dijo sin más. No sabía ni porqué se lo estaba diciendo.
- ¿Qué? - preguntó con tono contrariado Diego.
- Mi nombre, es Sam. Bueno, al menos así me dicen desde siempre. - ¿Por qué le estaba contando eso? Cerró los ojos con fuerza, regañándose internamente, a sabiendas que en aquella oscuridad él no podría apreciarlo.
Diego no dijo nada por un buen rato, y aquella carencia de luz le permitió esconder su sorpresa al escuchar el nombre de la rubia.
- Deberíamos volver abajo. Esa alarma es un aviso de que sale una patrulla a buscarte. -Diego se levantó y extendió una mano en la oscuridad hacia la rubia, pero pronto se dio cuenta de que probablemente no le vería, así que terminó por guardarla en el bolsillo.
Sam no protestó esta vez, algo le decía que Diego tenía razón a pesar de que se preguntaba cómo sabía tantas cosas, su mente acalló la pregunta con un "Lleva tiempo viviendo en el refugio, sabrá lo que se cuece aquí dentro". Se volvió a colocar el colgante al cuello, lo sostuvo entre sus manos unos segundos, luego lo guardó bajo su camiseta empapada, antes de ponerse en camino tras el chico de ojos verdes, que ahora podía distinguir bajo la lluvia y, volver de nuevo a la guarida. Quizá esta vez sí probaría la sopa sentada frente a la hoguera.
