Capítulo 5

No había abierto demasiado la boca desde que habían bajado. Sam se preocupó más de quitarse la humedad que le calaba los huesos y llenar su estómago con un plato de sopa caliente. Se había sentado frente al muchacho, en otro enorme bloque que había cerca de la hoguera. Cuando terminó de comer extendió las manos sobre esta, buscando hasta el último resquicio de calor que pudiese encontrar, su cuerpo parecía agradecérselo. Sus mejillas volvían a estar coloradas, pero debía admitir que la sopa había hecho buen trabajo en ello y, estaba deliciosa, que se hubiese servido dos veces era gran muestra de ello, pero no dijo ni una palabra de eso a Diego, que se había limitado a observarla de vez en cuando mientras comía.

- Eres muy habladora. - comentó Diego con sarcasmo, rompiendo el silencio por primera vez desde que habían bajado, al ver que Sam había terminado de comer.

- Sí, sobre todo cuando hay gente interesante con la que hablar, pero no es el caso. - replicó rápidamente Sam, algo más despierta del entumecimiento del frío y la humedad.

- Seguro que hay algo que te interesa saber. -trató de incitarla con ese comentario- No puede ser que estés aquí y ni siquiera me preguntes por qué te he salvado, o traído aquí, o qué es lo qué está pasando, o por qué te han esperado a la entrada cuatro tíos con armas. No me creo que tu orgullo te permita dejarte con la duda. -había sido como si el chico pudiese leer todas aquellas preguntas en la cara de la rubia.

Sin duda Diego la había calado, y ahora tendría que hablar, aunque a decir verdad Sam lo estaba deseando.

- ¿Y tu me vas a dar las respuestas? -respondió confirmando así las sospechas de Diego.

El chico se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa estúpida en la cara.

De nuevo reinó el silencio entre los dos allí abajo, solo interrumpido por los incesantes toques con el pie en el suelo de Sam, a causa del nerviosismo, mientras tenía la mirada perdida en el infinito.

- ¡Suéltalo ya, mujer!, o acabarás haciendo un agujero en el suelo con tanto toquecito. O eso, o acabaré atándote a la cama para que dejes de hacer ese ruido tan molesto con el pie. -el chico parecía no tener demasiada paciencia, y el tono de su voz indicaba que no estaba bromeando en absoluto.

La muchacha se sobresaltó al oírlo alzar así la voz, cesando aquel sonido, pero en cuanto se recompuso del susto inicial, lo miró seria, con gesto altivo y frunciendo el ceño.

- Eres todo un caballero con las mujeres, ¿eh? -soltó con sarcasmo- No sé de qué se puedan quejar contigo. Eso si alguna ha durado a tu lado más de cinco minutos. Espera, no, no más de tres. -lo desafío con la mirada, indicando así que aquella actitud no la intimidaba lo más mínimo y siguió dando toques en el suelo con el pie. La relajaba. Sin embargo Diego soltó un suspiro molesto. - Y bien…, ¿por qué me persiguen? - Al escuchar el suspiro, Sam le devolvió una enorme sonrisa después de hacer la pregunta.

- Sospecho que es culpa de ese colgante. -dijo en medio de un refunfuño. No quedaban dudas de que el chico hubiese preferido no contestarle debido a su actitud, como si no estuviese acostumbrado a que le llevasen la contraria.

- ¿Mi… mi colgante? - Sam se quedó perpleja al escuchar la respuesta y se llevó una mano inconscientemente hacia el objeto que colgaba de su cuello. Lo sostuvo en su mano como si lo estuviese protegiendo.- ¿Por qué? ¿Qué le pasa a mi colgante? -ahora su voz había sonado temblorosa, no encontraba sentido a aquella respuesta.

- No tengo la menor idea, pero sospecho que por eso pusieron a esos cuatro matones en la puerta a la salida del túnel. Hace tiempo que oí un rumor y ahora puede que todo encaje. -explicó con más calma el muchacho aunque eso dejaba todavía más dudas en la rubia.

- No lo entiendo…. ¿Qué rumor? ¿De qué diablos me hablas? - preguntó en retahíla. Parecía que la sopa iba a comenzar a sentarle mal. No es que fuese muy morena, pero se había quedado totalmente blanca con cada información que recibía por parte de Diego.

Diego se tomó su tiempo para continuar hablando, a la vez que adoptaba una posición y un tono de voz de absoluto misterio.

- Hace unos años, no sabría decirte cuántos, empezaron a pasar cosas raras en este refugio. En los otros no tanto, según he averiguado, pero…, ¿no te has dado cuenta de que no hay gente de nuestra edad por aquí? -En ese instante Sam recordó como en la cola de entrada al refugio era la única chica joven que había. - Veo que efectivamente te has dado cuenta. -una vez más la expresión de la muchacha había revelado sus pensamientos.- Bien. -Sam ya no podía quitar la mirada de aquellos ojos verdes llenos de misterio.- Esto estaba lleno de chicos de nuestra edad, porque si en algo soy bueno es en averiguar su edad y sé que más o menos has de tener mis años, quizá un par menos. Dieciocho, ¿me equivoco? -Sam frunció el ceño algo mosqueada porque había dado en el clavo, pero asintió a la pregunta del moreno.- Te lo he dicho, soy bueno en esto.

Allí había vuelto la fanfarronería del de ojos verdes, de los cuales Sam apartó la mirada asqueada con aquella actitud, soltando un suspiro desdeñoso. ¿Por qué la había tenido que salvar aquel tipo y no alguien normal? ¿Era tanto pedir? Tan solo quería saber qué diablos estaba pasando.

- ¿Quieres cortar el rollo de "tío guay" y continuar de una vez? Me aburres. - le cortó Sam antes de que Diego pudiese seguir con la tontería.

- Está bien, está bien. - dijo con una estúpida sonrisa alzando ambos brazos en señal de rendición antes de continuar. A Sam le hervía la sangre y esta vez no era a causa de la hoguera o la sopa. La perseguían a causa de su colgante y aquel capullo no conseguía decirle nada útil. Ella solo quería entender qué estaba pasando para poder tomar una decisión al respecto. - Lo dicho, esto estaba lleno de gente joven, de nuestra edad. Era un lugar lleno de vida. Recuerdo estar jugando con más chicos en la calle al fútbol o al baloncesto, pero poco a poco fueron desapareciendo. Un día, mi mejor amigo desapareció y nunca volví a verle, así que me puse a investigar por mi cuenta. Era solo un poco más joven que ahora, pero tan inteligente como ahora...

- No me cabe la menor duda de que tu cerebro tiene por lo menos diez años menos que tu. - Sam le interrumpió e imitó la sonrisa estúpida que había puesto él antes.

- Muy graciosa. ¿Quieres que continúe o no? - la chica asintió. -Investigué por mi cuenta, como te he dicho, así que un día perseguí a una de las patrullas, son tan idiotas que ni me detectaron. Vi cómo se llevaban a una chica rubia, más o menos rondaba mi edad. Amenazaron a sus padres con matarlos si oponían resistencia o decían algo, así que no les dieron muchas opciones. Probablemente pensarían que su hija habría infringido alguna norma, o vete tu a saber, pero nunca sospecharían lo que yo llegué a ver. -Sam empezaba a impacientarle que Diego no fuese al grano, pero no hizo ni dijo nada al respecto, no fuese peor el remedio que la enfermedad y se quedase sin respuesta. Tanto le había intrigado lo que tenía que contarle el chico que dejó de dar toques en el suelo con el pie para prestarle su total atención. - ¿Viste el edificio más alto que hay en el refugio?

- Sí, lo vi cuando subí al tejado. -Sam seguía atenta esperando que Diego continuara con la historia.

- Les seguí hasta ese edificio, luego no tuve manera de entrar, pero… -el chico volvió a mostrar aquella sonrisa estúpida que volvió a poner de los nervios a Sam.

- ¿Pero qué? Anda, ve al grano de una maldita vez. -medio exigió la rubia que no quería ser demasiado borde, pero estaba deseando zarandearle. No es que Sam tuviera demasiada paciencia tampoco.

- Ya va, ya va. Desesperada… Le quitas toda la emoción a mi momento épico. Bueno, uno entre tantos he de decir, porque… -se detuvo en su intento de presumir cuando vio que Sam entornaba los ojos y suspiraba hastiada.- Bueno, pues al día siguiente, conseguí robarles una de las tarjetas-llave con las que entran, pero evidentemente no entré por la puerta principal, porque también había averiguado que existían otras puertas, la de los almacenes. Por allí fue donde conseguí colarme, teniendo mucho cuidado de que no me descubrieran.

A Sam no le extrañó del todo que Diego fuese capaz de todo aquello. Había visto con sus propios ojos, o algo así, como se cargaba aquellos cuatro guardias de un plumazo, la había rescatado de ellos y llevado a aquella guarida que parecía de difícil acceso. No tenía idea de cómo la había conseguido llevar hasta allí, ya que la única entrada parecía ser por el tejado, así que el tipo debía saber apañárselas bien a solas ante las dificultades. Además, sabía preparar una hoguera y una sopa excelente. Sam se preguntaba si no había unos padres que se preocupasen por él, de que anduviese persiguiendo guardias cuando era un niño, o robándoles. La expresión de la cara de Diego parecía decirle que hacía mucho que se defendía solo en la vida y que no había sido cosa fácil, pero sus ojos verdes parecían guardar parte de un niño que una vez fue y que no quería haber pasado por aquella vida tan complicada. Sam sintió cierta pena por él y en parte algo de camaradería, ya que al igual que ella, parecía que desde pequeños, sus vidas no habían sido fáciles.

- Caminé por los pasillos, escondiéndome siempre que sentía pasos de alguien acercándose. - continuó Diego poniéndose en pie y escenificando la escena. Sam le seguía con la mirada allí a donde él iba - Entonces oí unos gritos. Unos terribles gritos de dolor. Y supe que aquel era mi objetivo. Había una habitación pequeña que daba a una sala algo más grande, tan solo estaban separados por un cristal y una puerta. Allí estaba mi amigo, solo. Intenté abrir la puerta con la tarjeta-llave, pero no funcionaba, no se habría. Así que le llamé, pero no me oía. Toqué el cristal, lo golpee con ganas, pero nada, ni siquiera me veía. Entonces sospeché que era una de esas salas que solo se ve desde una parte, pero en la otra no ves más que tu propio reflejo. -la voz del muchacho se había ido apagando según comentaba lo sucedido, como si recordar aquel momento todavía le afectase. - Sentí unos pasos acercarse, así que me escondí bajo un escritorio que había en la pequeña habitación. ¡Casi se me salía el corazón por la boca! -Diego soltó una pequeña risa, como si aquel momento hubiese sido divertido, como si fuese un niño haciendo una trastada sin importancia de la que después, al contarla, como ahora, se reiría. - Alguien entró y abrió la puerta que daba a la sala donde estaba mi amigo. Salí de debajo del escritorio y vi lo que le hicieron, oí lo que le decían. Le preguntaban por un colgante, si lo había visto, dónde estaba y más preguntas sin sentido, para mi, sobre el dichoso colgante. -Sam frunció el ceño y bajó la mirada hacia su colgante, como si pudiese darle alguna respuesta, pero aquel objeto no tenía nada de especial. - Mi amigo no sabía nada. Cada vez que se negaba…, le abofeteaban. No eran caricias exactamente. Incluso le hicieron sangrar el labio. Me moría de rabia. Por suerte no podían oírme al otro lado. Aquel hombre sacó un hierro, o algo así, lo había calentado en un pequeño brasero que tenían dentro y marcaron a mi amigo en el hombro. Fue entonces que supe a que se había debido el grito anterior. Le habían hecho lo mismo a alguien.

- ¡Oh dios mío!, ¿pero que clase de refugio es este? -se indignó Sam al escuchar tal atrocidad y luego se corrigió al darse cuenta de que Diego estaba afectado por lo que estaba contando de su amigo, parecía como si él mismo hubiese vivido el dolor del hierro sobre su piel.- Quiero decir…, lo siento, por tu amigo… - carraspeó distraídamente, bajando la mirada algo avergonzada para luego volver a poner atención.

- No te preocupes. - respondió seriamente, volviendo a recomponerse como si no hubiese pasado nada y continuó con la historia que no había acabado- En ese momento que oí a mi amigo gritar, golpeé la mesa pegada al cristal y no lo vi, pero pulsé algo. El señor se dio la vuelta y vino hacia donde yo estaba. Supongo que aquel botón hizo que me escuchara al otro lado. Me quedé paralizado, no sabía que hacer en ese momento. Entré allí para salvar a mi amigo, y al final... me atraparon también. Me sentí estúpido.

- Eras un niño, no puedes culparte... -Sam intentaba consolarle con aquel comentario.

- ¿Y qué? ¡Era más listo que esos mendrugos y me atraparon!, -le interrumpió él - me hicieron las mismas estúpidas preguntas que él, y por supuesto, yo no sabía nada. Así que… -bajó un poco el cuello de su camiseta y allí había una marca. Un número grabado a fuego en su piel: 435.

Sam se llevó las manos a la boca con asombro y se puso en pie, no es que antes no creyese las palabras de Diego, pero simplemente ahora veía que la atrocidad de la que hablaba había sido cierta, y aquello la aterrorizaba. Esa gente era todavía más peligrosa que las bandas que había fuera del refugio.

- ¿Por qué no te marcaron en el hombro también? ¿Y… y qué te pasó luego? ¿Y a tu amigo? ¿Como conseguiste salir? - Sam sentía una tremenda curiosidad por todo aquello y sobretodo que esas personas hubiesen hecho tales atrocidades por un colgante. ¡¿Un colgante?! El mundo estaba loco.

- No me estuve quieto y no le fue fácil sujetarme. Yo era más fuerte que mi amigo, así que se lo puse un poco más difícil. Cuando iba a marcarme en el hombro, me giré y… el hierro acabó en mi pecho, bajo la clavícula, como puedes ver. -el muchacho aún mostraba la marca. El 435 estaba allí marcado. Sam se acercó a verlo.

Algo en su mente le decía que había visto algo parecido antes, pero no conseguía recordarlo. Estuvo apunto de levantar la mano para tocarle, pero la desvió rápidamente hacia su pelo, recogiéndolo detrás de la oreja, para así disimular lo que había estado apunto de hacer. Por suerte parecía que Diego no se había dado cuenta de aquel detalle.

- Tuvo que doler mucho eso. Os marcaron como animales… ¿Por qué nadie hizo nada al respecto? -Diego se encogió de hombros, sin saber que respuesta dar a todo aquello.

- No sé que fue de mi amigo, no volví a verle. Cuando me pasaron a la sala donde él estaba, a él se lo llevaron. En lo que a mi respecta, antes de que consiguieran encerrarme, conseguí escaparme. Por suerte no me habían quitado la tarjeta-llave y conseguí salir de allí antes de que volvieran a atraparme, pero no conseguí rescatar a mi amigo.

- ¿Por eso te peleaste con los matones de la entrada? ¿Sabías que iban a hacer conmigo? -quiso saber Sam, tratando de buscar más respuestas.

- Sí. Por eso no me voy de este lugar. He salido algunas veces, pero vuelvo. He ayudado a otros a salir del refugio antes de que fueran a por ellos. Supongo que han corrido la voz, por eso no quedan muchos de nuestra edad por aquí, ni que quieran entrar. Además, siempre que tengo la oportunidad de patearle el culo a esos gilipollas, no me lo pierdo, se lo merecen, por lo que le han hecho mi amigo. -se explicó el muchacho.

¿Diego sabía cómo salir del refugio? Eso tenía que preguntárselo, pero Sam tenía otras preguntas en la cabeza en aquel instante.

- ¿Y por qué solo nuestra edad? ¿Por qué no podría tener el colgante otro cualquiera? -preguntó convenientemente Sam.

- No estoy del todo seguro, pero ahora que recuerdo, una de las preguntas que me hicieron, y también a mi amigo, es si conocía a una niña rubia, más o menos de unos diez años, me dijeron estatura y como era, llegaron a mostrarme un dibujo. Pero no, no conocía a alguien así. Supongo que les era más fácil seguir la pista de aquella niña y su franja de edad, que a todo el mundo. -volvió a encogerse de hombros, dejando claro que no tenía grandes respuestas para esas preguntas.- Así que, esas son mis sospechas de porqué esos cuatro gorilas te estaban esperando en la entrada. Tu colgante. -señaló acusadoramente al objeto que colgaba del cuello de la rubia.

Sam volvió a mirar el colgante detenidamente y seguía sin entender nada. Era un maldito colgante, ¿que tenía de especial para que hubiese gente que se tomase tantas molestias y era capaz de hacer tal atrocidad a unos críos?

- Subiré a tomar un poco el aire. -interrumpió Diego sus pensamientos. Levantó la vista hacia él y de pronto le vio agobiado. Realmente si parecía que necesitase ese aire fresco.

- De acuerdo. Yo te esperaré aquí. -dijo Sam con una amplia sonrisa, a sabiendas de que no podía ir a ningún otro lado. El muchacho le devolvió la sonrisa y desapareció por el hueco de la pared, la pregunta de cómo se podía salir de allí quedaría para cuando el chico volviese.

Sam se sentó en el bloque nuevamente, pensativa. Se quitó el collar que rodeaba su cuello, lo sostuvo entre sus manos y se lo quedó viendo. Ni siquiera había una inscripción en él. Nada. Solo tenía un poco de suciedad que limpió con la camiseta, pero ni siquiera tenía un rayazo. Eso si era sospechoso, pensó Sam. Después de tantos años con ella y aquel colgante no tenía ni un simple rayón. Nada.

- ¡Señor!, ¡mi señor! ¡Ha enviado un mensaje! ¡Sabemos donde está!

Un soldado, sin distintivo alguno más allá del uniforme negro, entró en el despacho a toda velocidad sin tan siquiera llamar a la puerta.

Un hombre de mediana edad, sentado tras la mesa del despacho lo miró fríamente por el descaro de su inferior, pero las noticias eran tan buenas que no lo había regañado.

- Gracias, puede irse soldado. La próxima vez, llame a la puerta. -fue todo lo que el hombre se limitó a decir antes de que el soldado saliese sobrecogido de allí.

El hombre cogió el teléfono e hizo la primera llamada.

- Pongan la fase uno en funcionamiento. ¡Ya! -ordenó.

Colgó el teléfono para luego descolgarlo y hacer una segunda llamada.

- Tu hijo sigue vivo. Hemos recibido un mensaje de él. Todo va como cabía esperar.

El hombre escuchó durante unos segundos la voz al otro lado del telefono y luego colgó. Se dejó caer en su sillón, tomando una larga bocanada de aire y expulsándolo lentamente. Una mueca de alivio cruzó su cara un instante antes de volver a ponerse en pie.