Capítulo II: Juegos del destino
Aplastó la masa de harina que estaba preparando. Kenshin había confiado en ella para ayudarlo con la cena y le había encargado preparar la masa. Sólo tenía que amasarla y cortarla en varios trozos rectangulares. Podía hacerlo, no tenía que coserla, ni meterla en la candela, de eso se iba a encargar el hombre pelirrojo que tenía al lado cortando los ingredientes con una pericia que admiraba.
Observó cómo cortaba a diminutos trozos el pepino y el tomate, dejando el cuchillo a escasos centímetros de su dedo. Abrió y cerró varias veces la boca, justo cuando veía que estaba a punto de rebanarse el dedo.
—¿Puedo cortar yo también?
Kenshin levantó la mirada hacia ella y la bajó al cuchillo que tenía entre sus dedos.
—Mejor que no.
Kaoru hizo una mueca, enfuruñada y volvió a aplastar la masa, esta vez con algo de más fuerza y violencia. Sí, se estaba desquitando con la harina y no le importaba reconocerlo. Si decían que la cocina no se le daba bien y no le dejaban aprender, iba a ser una pésima cocinera el resto de su vida.
Curvó una lenta sonrisa macabra en el rostro. Ahora que recordaba, Yahiko había estado insultándola esa mañana delante de sus invitados. Cortó la masa aplastada en varios trozos y puso con el cuchillo las iniciales de cada uno. Les echó pimienta, tal cómo Kenshin le había pedido que hiciera, y al de Yahiko le echó una cantidad exagerada. Eso le pasaba por dejarla en ridículo delante de Kiyosato y Tomoe.
Dejó a un lado el pimentero pero su mirada se cruzó con el trozo de Sanosuke. Él no había dado señales de vida aún, pero sabía que a la hora de la comida lo tendrían en casa. Movió el molinillo con frenesí dejando caer la pimienta a su trozo. Satisfecha, guardó el pimentero.
Kenshin la miraba boqueabierto.
—Cállate o te echo a ti también —le advirtió soltando una risita.
Él levantó las manos en son de paz.
—No deberías hacer eso.
—¿Crees que soy tan mala cocinera?
Kenshin se quedó unos segundos en silencio. Conocía el carácter de Kaoru, se ponía bastante violenta cuando escuchaba algo que no le gustaba, pero por otro lado también lo hacía cuando le mentían. Y si decía que era mala cocinera, sabría que estaba mintiéndola.
—¡Voy a por más leña! —dijo cambiéndole de tema y la dejó sola en la cocina.
La vena de la frente de Kaoru latió con fuerza, abrió el armario, sacó el molinillo y echó la pimienta en su trozo. ¡Debería haber dejado que ella cocinase! Así practicaba...Aunque la comida no solía salirle comestible, o eso es lo que decían ellos, porque ella no la encontraba tan mal.
A la hora de la comida, todos estaban sentados alrededor de la mesa. Le gustaba tener visita, desde que conocía a Kenshin no había estado más sola, es más, os habitantes del Dojo habían aumentado. Era agradable tener gente, aunque algunos le dieran tantos dolores de cabeza como Yahiko y Sanosuke; otros eran muy agradables como Kiyosato.
Tomoe era caso aparte, apenas cruzaba palabra con ella, la mirada de una forma un tanto siniestra... Era una mujer tranquila, silenciosa, y educada, pero cuando sus ojos se encontraban eran tan gélidos que sentía como un escalofrío la recorría. No se sentía cómoda con ella, por lo que prefería no estar en la misma habitación. Una sensación extraña, y se sentía mal por ser de esa manera con ella. Tomoe era amiga de Kenshin, no le había hecho nada, y no tenía ningún derecho a evadirla. ¿Cómo iba a hacerse su amiga e ignorar lo que sentía? Una opresión que la agobiaba.
Un mal presentimiento.
—¡Por el excelente cocinero! —dijo Kiyosato levantando su copa de vino.
—¡Sí! Kenshin es el mejor —convino Yahiko —. Menos mal que no ha cocinado Kaoru. Su comida es horrible.
Kaoru ocultó contra la copa de vino su sonrisa y dio un trago. Miró a sus dos amigos, expectante. Ellos cogieron su trozo y le dieron un bocado, mientras masticaban su cara iba cambiando de color... Rió divertida y cogió su trozo. Ah, la venganza era un plato que se servía frío y sabía delicioso. Dio un bocado a su trozo y notó el sabor picante en su paladar. Miró su trozo marcado con una "K" y su mirada fue hacia Kenshin, que comía su parte tranquilamente. ¡Maldición! Debía haber marcado con otra inicial su trozo, había confundido las partes.
—Siento que estoy comiendo arena... —susurró Sanosuke.
—Te has pasado con la pimienta, Kenshin —se quejó Yahiko.
—Bah, está buenísimo —dijo Kiyosato.
-.-.-.-
Tomoe estiró la sábana en el cordel y colocó los palillos de madera en cada extremo para sujetarla. Escuchó la voz chillona de Kaoru despedirse de lo demás mientras se dirigía al dojo de otro maestro, dónde trabajaba. Admiraba que una mujer pudiera defendrse a sí misma, ella siempre había estado protegida: su padre, su hermano, su esposo... Pero sabía que si las circunstancias lo requerían, era capaz de hacer cualquier cosa por la persona a la que amaba.
Aún recordaba con total nítidez la vez que conoció a Kenshin y cómo fue capaz de adentrarse en los Ishinshishi con el único objetivo de vengar la supuesta muerte de su amado. Kaoru había impedido que el temido Battousai lo matase y había curado sus heridas, y gracias a ese acto que nunca iba a olvidar, ahora estaba junto a él. Pero la razón por la que ella, que trabajaba junto a los Ishinshishi y estaba prometida con el miembro más letal y temido del grupo, había tenido tanto interés en salvar a un miembro enemigo la descuadraba. ¿Porqué iba a desobedecer órdenes de un mando superior y arriesgar la vida para salvar al enemigo?
Tenía muchas preguntas, y el único que podía contestarlas era Himura.
Pasó entre medias de la ropa tendida y fue hacia el porche, donde él estaba sentado afilando uno de los cuchillos de la cocina. Se sentó a su lado, con la espalda muy recta y puso ambas manos en su regazo. Después de un rato en silencio, en el que ninguno de los dos se atrevió a romper, habló:
—¿Sabes la sensación que te produce tener información y que no te cuadre? —preguntó sin esperar realmente una respuesta —. Kaoru viajó al pasado para ayudarte, para protegerte de tus propios actos... No entiendo porqué tuvo tanto interés en mantener a Kiyosato con vida, arriesgando la suya propia al quedarse a solas con él —explicó girando la cabeza hacia él y clavó sus oscuros ojos en los peculiares de él. Violetas con motas doradas —. ¿Fue una parte importante de tu historia?
Kenshin paró su tarea, sorprendido de que abordase de forma tan directa el tema. Le había explicado la historia por encima; lo que ellos necesitaban saber, pero no les había contado toda. En otra vida, o si los acontecimientos hubieran transcurrido cómo debían, Tomoe habría sido su esposa, su primer amor, la razón por la que nunca pudo ser feliz del todo. La miró fijamente, devolviéndole la mirada. Era extraño saber que tenías delante a alguien que podía haber sido tan importante y no sentir nada al verla.
Él bajó la mirada hacia el cuchillo y comenzó a afilarlo de nuevo.
—Kiyosato y tú... Érais fantasmas que me perseguíais —contestó.
Y no mentía, ellos dos serían víctimas de él, morirían bajo el filo de su espada al igual que muchos otros. Eso no había ocurrido por la bondad de una mujer que lo daba todo por él.
Y todo había quedado cómo plumas en el aire, incapaz de alcanzarlas. Ni Tomoe sabía lo importante que pudo haber sido, ni Kaoru sabía lo importante que fue y era.
—Tú nos matarías —dijo Tomoe sin apartar la mirada de él.
—Sí.
—¿Cómo fue la historia? Si Kaoru no hubiera intervenido.
Dejó escapar el aire por la nariz despacio. Eran demasiadas preguntas y demasiados recuerdos. Un tema difícil de contestar, y difícil de evadir. De todos modos, pensar en eso no tenía caso. Él no era el mismo Battousai que era antes de conocer a Kaoru, ni el que fue en su romance, tampoco era el mismo Kenshin Himura que ella conocía. Se levantó y colocó ambas manos en su cintura, estirándola.
La volvió a mirar de hito a hito, sin saber qué contestar. No podía contarle lo que Kaoru le contó, hablarle de una vida que no había vivido. Todo era complicado, y no quería darle más vueltas ni que ella le diese.
—Esa noche mataría a Kiyosato, y a ti te descubriría intentando vengarlo —dijo encogiéndose de hombros. Eso era lo que él hacia en esa época, matar sin pestañear ni pensárselo si quiera. Él recibía órdenes y las cumplía —. Ella salvó muchas vidas, incluida la mía.
Y eso era lo que la volvía tan especial. Su sonrisa era la misma, su cara angelical, su carácter dulce y violento a la vez. Podría haber pasado diez años desde que todo eso pasó, desde que la diosa se la llevara con ella y borrase sus recuerdos, pero Kaoru no había cambiado en nada. Y lidiar con eso cada vez era más complicado.
La historia terminó, y sus sentimientos debían haber terminado también.
-.-.-.-.-
Kaoru salió del baño totalmente relajada. Después de un largo día y una dura sesión de entrenamiento, un baño de agua caliente era lo que más deseaba. Ahora podría abrazar con fuerza el futón y caer rendida a los brazos de Morfeo. Las estrellas iluminaban el cielo y la luna llena nunca pareció tan grande como esa noche. Se quedó unos instantes ahí, contemplando en mitad del patio el cielo nocturno. Quién le iba a decir, que después de tanto tiempo añorando la compañía de personas, ahora que su Dojo estaba repleto de vida extrañaba momentos como ése, envuelta en el sonido de los grillos.
Se tensó cuando un ruido la sacó de su ensoñación. Kiyosato estaba allí de pie y llevaba unas toallas en los brazos.
—Siento haberte asustado —se disculpó con una tímida sonrisa —. Va a volverse una costumbre encontrarnos aquí.
Kaoru asintió; la verdad es que a esa hora todos hacían cola para ir a ducharse. Bueno, a excepción de Yahiko, que se escaqueaba.
Kiyosato levantó la cabeza hacia el cielo.
—Qué luna más inmensa tenemos esta noche.
—Los hombres lobos deben estar contentos hoy.
Él arrugó el ceño.
—¿Cómo dices?
Por un momento se arrepintió de haber dicho aquella frase, pero terminó sonriendo con nostalgía y se encogió de hombros.
—A mi padre le gustaba la mitología, me contaba muchas historias. Algunos mitos occidentales. Los hombres lobos son hombres que se transforman en lobo en luna llena.
—Vaya, pues espero no encontrarme con ninguno de esos —bromeó finguiendo un escalofrío.
—Si te muerden te transformas en uno.
—No creo que ganen mucho mordiéndome. Soy todo huesos.
Kaoru rio. Eso no era cierto; Kiyosato era un hombre atlético, fibroso. Sacudió la cabeza levemente, alejando esos pensamientos de su cabeza. Se despidió de él con un gesto con la mano y fue al interior del Dojo. Caminó por el pasillo despacio, con cuidado de no hacer ruido, la vieja madera del suelo chirriaba a cada paso que daba. La puerta de la habitación de Kenshin estaba abierta y él estaba apoyado cerca de la ventana, con los brazos cruzados y la espada entre medias de ellos, como si la abrazara. Entornó los ojos y sus largas pestañas originaron sombras en sus mejillas; en aquella postura podía imaginar al joven Battousai, poderoso y temido, siempre alerta por si sus enemigos aparecían.
Pero ahí no había enemigos ya.
Dio dos golpecitos en el marco de la puerta, llamando su atención. Estaba segura de que él ya habría notado su presencia.
—Deberías dormir.
Él giró la cabeza hacia ella y le dedicó una tierna sonrisa.
—No te preocupes, Kaoru. Aún no tengo sueño.
Se cruzó de brazos, apoyando el costado en el quicio de la puerta.
—Pareces cómodo en esa postura.
—Antes dormía así —contestó descruzando los brazos, dejando caer su espada hacia delante y atrapándola entre sus manos antes de que tocara el suelo.
Una imagen pasó por su cabeza: Kenshin, más joven, más fiero, sentado en esa posición con los ojos cerrados y ella acercándose despacio; en cuanto se acercó demasiado, él se abalanzó sobre ella apretando su cuello entre sus manos sin piedad. La imagen que acudió como un rayo a su cabeza se desvaneció, y escuchó una leve risita a su lado. Volvió la cabeza de golpe, buscando a la dueña de la carcajada, pero el pasillo estaba desértico.
Su corazón latía con fuerza y separó los labios ahogando una exclamación. ¿Qué diantres había pasado?
—Kaoru, ¿te encuentras bien?
Kenshin se había levantado y estaba frente a ella. Puso su mano sobre su brazo, girándola levemente hacia él. Ella parpadeó varias veces, y asintió quedamente. La falta de sueño le estaba jugando malas pasadas, pero haber estado hablando de hombres lobos y escuchar claramente la risita de una mujer en el oído le había puesto los vellos de punta. Esa noche mejor dormía con Yahiko.
—Creo que necesito dormir. Estoy muy cansada.
Él la miraba con preocupación, pero la dejó ir observando como se metía en la habitación de Yahiko. Escuchó al niño protestar y no pudo evitar sonreír, volviendo a su cuarto. Él también debía dormir, mañana le esperaba un largo día.
-.-.-.-.-
Volvía del Dojo Maekawa contenta. Sí, cuando le pagaban a una el sueldo el día se iluminaba inmediatamente, a pesar de haber tenido una noche horrible. Apenas había podido pegar ojo en toda la noche, el más mínimo ruido la aterraba. No podía ser que en el Dojo hubiera fantasma, nunca los había habido. ¿Tal vez al haber más invitados los fantasmas también habían decidido pasar una temporada en el Dojo? Nah, seguro que eran paranoias suyas.
Se pasaría por el mercado y compraría el solomillo que había querido comprar la semana pasada. Kenshin se pondría muy contento, le gustaba mucho la carne y seguro que le daría su toque. Sus tripas rugieron al pensarlo.
Tenía que admitir que la llegada de Kenshin había sido lo mejor que le había pasado. Tenerlo a él era tener a alguien con quien confiar, saber que pasase lo que te pasara, él iba a estar allí para ayudarte. Era reconfortante ese hecho, y le calentaba el pecho.
Estaba cruzando el puente hacia el mercado cuando tropezó con algo y cayó de rodillas al suelo. Apoyó ambas manos en él para que su rostro no se golpeara y varias personas se acercaron para ayudarla a levantarse. Avergonzada, se incorporó y su tobillo se quejó. Maldición, esperaba que no fuese algo grave. No podía permitirse faltar al trabajo. Intentó mover el tobillo en círculos, pero el dolor se lo impidió.
Agradeció a las personas que acudieron a ayudarla y cuando cada uno volvió a lo suyo, buscó con la mirada el culpable de su caída.
¿Con qué se había tropezado?
Entre medio de las tablas de madera del puente había un objeto brillante. Se agachó y lo cogió: era una piedra pequeña que, ante los rayos del sol, reflejaba un abanico de colores.
—Un deseo —dijo, de pronto. No sabía porqué había dicho eso, ni a que venía, pero se sentía extraña mirando la piedra. Parecía tener un significado que no lograba entender.
¡Qué tonterías! Era una piedra más. Debía descansar; no conseguía dormir un par de horas seguidas por los nervios de pagar las facturas, desde que había perdido a sus alumnos cada vez era más difícil mantener al Dojo. El trabajo en el Dojo Maekawa era un bálsamo, pero debía ponerse aún al corriente con los pagos.
Con un suspiro, lanzó la piedra al lago.
Compró lo necesario y regresó a su casa, el tobillo cada vez dolía más y nada más poner un pie en el Dojo, Kenshin fue hacia ella con el ceño fruncido. Sonrió tímidamente, le gustaba que él estuviera pendiente de ella. Parecía que iba a lo suyo, que no le prestaba atención ni tenía interés en ella, pero siempre era el primero en darse cuenta de las cosas.
—¿Qué te ha pasado?
—Me he tropezado. El tobillo...
—¡Arg! —gritó Yahiko haciendo una mueca de asco —. Ni se te ocurra enseñarme el tobillo.
Kaoru le dio una colleja.
—Idiota, me duele de verdad.
Kenshin le dirigió una mirada seria a Yahiko, no hacía faltas palabras para que interpretase esa mirada como una advertencia de que dejara las bromas para un momento más adecuado. Cogió a Kaoru en brazos, alzándola sin esfuerzo. El olor a jazmín le embriagó, y tenerla entre sus brazos, tan cerca que parecía fundirse en él, le trajo recuerdos que quería mantener enterrados. La llevó hacia el porche y la dejó con cuidado en él; la abandonó el tiempo preciso para ir a por las vendas.
Se sentó a su lado y cogió su pie con cuidado, haciendo que apoyara la pierna en las de él y levantó unos centímetros el hakama. El tobillo estaba muy hinchado. En silencio, le quitó el zapato dejándolo a un lado y le comenzó a vendar el tobillo con cuidado.
Kaoru levantó la mirada de su tobillo a él; sus ojos parecían más dorados que antes, tenía el ceño levemente fruncido en señal de concentración. Le gustaba cuando ponía ese semblante tan serio y masculino, ahí dejaba a un lado el Kenshin dulce que se ocupaba de las tareas de la casa y mostraba un lado totalmente salvaje, atrayente. Al terminar de vendar el tobillo, él dejó la mano sobre el vendaje y giró la cabeza y sus ojos se encontraron. Se pasó la lengua por sus labios secos de pronto, y su piel se erizó cuando él acarició con el pulgar la parte de carne que no quedaba cubierta por las vendas.
Fue sólo una caricia, pero mandó miles de descargas por su columna.
Él se inclinó hacia ella y una parte de ella quiso huir, escapar de las garras de un tigre que acechaba a su presa. Pero no se movió, su cuerpo estaba paralizado.
Excitado.
Anhelante.
—Será mejor que no te muevas —dijo él con la voz ronca.
Dejó con cuidado su pie en el porche, se levantó y se fue.
Continuará...
¡Hasta que la musa me visitó! Lo sé, lo sé, soy mala, muy mala. ¡Pero espero que os haya gustado este capítulo!
Muchas gracias a todos por vuestros review, y por vuestros azotitos por ser una tardona en actualizar. ¡Me los merezcos!
