Capítulo III: Acechando

Cojeó hasta llegar a la sala de entrenamientos. Yahiko estaba holgazaneando como había sospechado, le gritó y le lanzó su bokken de madera a la cabeza. ¿Qué se creía? ¿Qué porqué estuviese en esas circunstancias iba a dejar que él desatendiera sus estudios?

—¡Da cien vueltas al Dojo! —le gritó.

—Pero Kaoru...

—¿No me escuchaste? Si te pones pesado subiré el castigo.

—Eres una bruja, maldita fea, gorda y solterona —le dijo enseñándole la lengua y salió corriendo antes de que ella pudiera lanzarle algo más.

Kaoru ensanchó sus fosas nasales, controlando la ira que la invadía. ¿Bruja, maldita fea, gorda y solterona? Se estaba aprovechando de que tenía el esguince y no podía perseguirlo hasta que le suplicase piedad. Contó mentalmente los insultos que le había dedicado en esa frase y pensó en múltiples planes de venganza.

Giró medio cuerpo y se chocó contra la persona que estaba detrás de ella. Kiyosato la agarró de los hombros y le sonrió de medio lado. Kaoru lo miró de hito a hito sintiendo que sus mejillas enrojecían ante la cercanía de sus cuerpos y dio un paso hacia atrás, poniendo distancia.

—¿Llevas mucho tiempo ahí? —preguntó.

—Lo suficiente para escuchar al discípulo expresar sus respetos hacia su maestro.

Ella soltó una risita nerviosa. Yahiko iba a morir lentamente, de eso estaba segura.

—¿Vienes a entrenar?

Él asintió y caminó con paso seguro hacia la pared donde estaban las espadas de madera colgada.

—Es difícil para un espadachín abandonar su espada, pero una vez que te acostumbras a estar sin ella te pesa el recuerdo.

El recuerdo de todas las vidas que su espada había arrebatado. Podía entenderlo, a Kenshin le pasaba exactamente lo mismo. Aunque lo ocultara con su media sonrisa, sus ojos demostraban que había visto el mismo infierno y había salido de él quedando completamente vacío.

—He observado los movimientos de Yahiko... —dijo levantando el bokken e imitando uno de los movimientos de su técnica —. ¿Así?

—Eres bueno, con sólo verlo eres capaz de reproducirlo —admiró Kaoru y anduvo con pasos lentos hacia él —. Levanta más la espada —le indicó subiéndola unos centímetros — El arte Kamiya Kasshin busca la manera de defenderte del ataque del enemigo. No es una técnica para matar.

Kiyosato la miró, la mirada que sus ojos záfiros le lanzaba a la espada y como se iluminaban al explicar el arte de su técnica. Su corazón latió con fuerza y carraspeó, sacándola de sus pensamientos. Ella se dio cuenta de su cercanía y se alejó de él, dando pequeños saltitos hacia una esquina y se sentó con torpeza.

—Enséñame tu técnica —le animó.

—¿Mi técnica?

—Tú has visto la mía, es justo que me enseñes algunos movimientos de la tuya.

Kiyosato asintió y se movió con gracia y maestría por la sala de entrenamientos, atacando a un enemigo imaginario. Tener la espada entre sus manos y repetir los movimientos que de niño le había costado tanto trabajo aprender hizo que le asaltasen muchos sentimientos encontrados. El más predominante era el orgullo de ser un samurái.

Dio un salto y giró sobre sí mismo dando un golpe seco en el aire.

Sí, había matado a muchas personas y también había sufrido muchas heridas para terminar dándose cuenta que sólo era una marioneta para conseguir los fines de su gobierno. Por suerte se había retirado a tiempo, cuando la derrota fue inminente en su partido rodaron cabezas. Si no llega a ser por la intromisión de esa chiquilla, su cuerpo estaría comido por los gusanos.

La miró una vez más; ella tenía la mirada clavada en él. Kaoru Kamiya era una chica extraordinaria.

—Cariño...

Se volvió al escuchar la voz de su mujer, Tomoe estaba parada en la puerta.

—¿Si? —preguntó.

—Voy a hacer unas compras, ¿me acompañas?

—Sí, claro —contestó con una sonrisa forzada.

—Gracias por hacer las compras por mí, Tomoe.

Tomoe le dirigió una mirada fría.

—No hay de qué. Tienes que recuperarte de tu esguince.

Kaoru los observó irse y se levantó. Caminó hacia el patio y vio a Kenshin, con el ceño fruncido, dirigirse hacia la sala de entrenamientos. Kaoru se sonrojó y notó como su corazón latía a mil por hora. Había estado teniendo sueños con el pelirrojo desde el día que cuidó de su tobillo. Su poderosa cercanía la excitaba y le calentaba parte del cuerpo que nunca pensó que podrían calentarse. Y desde aquel día trataba de evitarlo a toda costa.

Había soñado que él la poseía con fuerza, dominante y enfurecido contra el suelo. También que la acarició con cariño y le hizo el amor de tal forma que le erizaba la piel el recordarlo...Y siempre despertaba en el momento del éxtasis. Se sentía avergonzada y frustrada, ¿por qué diablos no podía durar su sueño un poquito más?

Por Kami, era una pervertida.

Bajó la mirada al suelo y aligeró el paso lo que su pie le permitía. Pasó por su lado directa al interior del Dojo, pero él la detuvo agarrándola de la muñeca. Kaoru lo miró y la imagen de él desnudo asaltó su cabeza. Avergonzada, volvió la cara a otro lado.

—Kaoru...

—¡Tápate! —gritó sin pensar.

Kenshin frunció el ceño y se miró a sí mismo comprobando que no se había olvidado de atar bien su haori.

—¿Qué me tape el qué?

Ella se dio dos bofetadas mentales.

—¿Qué quieres? —preguntó tratando de recuperar la compostura.

—Que descanses —contestó él como si fuese lo más obvio del mundo.

—No estoy cansada —replicó.

Él cogió aire y lo soltó despacio por la nariz. La cogió en brazos ante la sorpresa de ella, que dejó escapar una exhalación.

Kaoru se encogió sobre sí misma, notando los poderosos músculos que la rodeaban. Sus pectorales bien formados se rozaban contra ella a cada respiración. El olor a hombre que desprendía la mareaba.

Kenshin la llevó hacia su habitación y Kaoru lo miró mientras la dejaba con cuidado sobre el futón. Sus ojos morados con motas doradas eran preciosos, su mandíbula cuadrada y su nariz recta...

—Si no descansas tu pie tardará en sanar —dijo él incorporándose —. ¿Quieres ir a la feria o no?

—Sí...

—Pues no fuerces tu tobillo. ¿Quieres que te traiga algo?

—Si he de quedarme aquí... ¿Puedes hacerme compañía?

Él la miró de hito a hito y guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, asintió y se sentó cerca de la ventana. Kaoru cogió su almohada y la puso bajo su pie.

La sensación de tranquilidad cuando estaba con él había desaparecido. Ahora estaba nerviosa y no sabía lo que hacer. Por una parte, quería que él se mantuviera lejos de ella, sentado junto a la ventana como estaba, y otra parte quería tenerlo más cerca. Quería que la tocara y la abrazase contra su duro cuerpo como había hecho antes cuando la llevaba a su cuarto. Él la confundía, o quizás era esos sueños que la acompañaban cada noche lo que lo hacía. Había algo en Kenshin que la atraía, cuando estaba cerca de ella se volvía loca y no podía pensar con claridad.

—Kenshin, cuéntame más sobre ti.

—No tengo mucho que contar.

Ella soltó una pequeña risita y sacudió la cabeza.

—¿Cómo puedes decir que Battousai no tiene nada que contar? Podrías escribir un libro con tu historia... Claro, si tuvieras una caligrafia legible.

—No creo que una historia llena de masacre sea algo interesante.

—Tuvo que haber otra cosa en tu vida, ¿no? —preguntó ladeando la cabeza —. ¿Tus padres?

—Murieron cuando era un niño.

—¿Cómo fue tu infancia?

Él volvió con lentitud la cabeza hacia ella y alzó una ceja.

—¿Por qué te interesa tanto mi vida?

—Porque tú lo sabes todo de mí y yo no sé casi nada de ti —contestó rápidamente —. ¿Y bien...?

—Iba en una caravana de esclavos cuando fuimos atacados por unos bandidos. Antes de que me atacaran apareció el que más tarde se convertiría en mi maestro.

Kenshin era un hombre muy reservado y era raro que quisiera hablar de su vida. Pensó en aquel niño, asustado en una caravana llena de esclavos y prostitutas, atacado por bandidos que querían robar a personas que no tenían nada. Se mordió el labio y contuvo las ganas de abrazarlo.

—¿Cómo llegaste a convertirte en Battousai?

—Kaoru... —murmuró chasqueando la lengua —. Haces demasiadas preguntas.

—Vale, no iré por ese camino.

Esperó que le contestase, pero él guardó silencio mirando su mano, la cual abrió y cerró.

—¿Estuviste enamorado?

Él levantó la mirada de su mano como si hubiera recibido un latigazo y la miró con los ojos abiertos de par en par. La pregunta le había pillado de sopetón. ¿Qué debía contestar? No quería mentirle, pero tampoco podía decirle la verdad. La identidad de la chica a la que amó debía permanecer en secreto pues corría el riesgo de que Kaoru lo tachara como loco al decirle que se enamoró de ella, la mujer decidida y alegre que apareció con una toalla en su vida.

—Lo estuve.

—Ah... —musitó notando una opresión en el pecho —. ¿Quién era ella...?

Kenshin echó la cabeza hacia atras apoyándola en la pared y flexionó una de sus piernas, descansando su brazo en su rodilla.

—Alguien que puso mi mundo patas arriba.

Kaoru no podía evitar sentir que le estaban estrujando el corazón. Y cuan masoca, su curiosidad aumentó.

—¿Qué le ocurrió?

—Tomamos caminos separados.

Así que no había muerto, la mujer a la que Kenshin amó seguía viva en alguna parte.

—¿Sigues amándola? —preguntó temiendo la respuesta.

Él suspiró y la miró.

—Quisiera poder decirte que no.

Aquella confesión fue como un balde de agua fría para Kaoru. Dolió conocer la respuesta más de lo que hubiera imaginado. No lo entendía, ¿acaso sentía algo por Kenshin más allá del nerviosismo que despertaba aquellos sueños?

Tragó con fuerza y asintió quedamente.

—¿Crees que la verás de nuevo?

—Ya la veo.

Su corazón se detuvo. ¿Qué quería decir con eso? Entonces las piezas del puzzle encajaron. La mujer que amaba Kenshin era Tomoe.

-.-.-.-

Tres días más tarde su pie estaba perfectamente para asistir a la feria de la ciudad. Una vez al año, los feriantes montaban sus puestecillos, había representaciones en la plataforma que habían montado como escenarios. Kaoru se puso su kimono más bonito, uno celeste con flores de color rosa y ató su pelo con un lazo celeste. Ayame y Suzume estaban emocionadas por poder asistir a la feria, cada una iba sujeta de la mano de Kenshin y tiraban de él para que las acompañara a los puestos y les consiguieran algún que otro peluche.

Tomoe iba agarrada del brazo de Kiyosato. A diferencia de su marido, quien se mostraba maravillado por la cantidad de puestos, Tomoe miraba todo con su máscara de hierro. Era difícil saber lo que esa mujer estaba pensado, pero de vez en cuando, Kaoru la pilló observando a Kenshin.

¿Ella correspondía a Kenshin? No lo creía pues no tenía sentido que se hubiera casado con Kiyosato. Kenshin le dijo que ambos tomaron caminos diferentes, ella debió haberlo rechazado por Kiyosato. ¿Y por qué lo miraba de esa forma?

Sumergida en sus pensamientos no se dio cuenta de que se devió del resto y paró frente a un puesto que permanecía cerrado. El letrero decía: Concédemos cualquier deseo, si éste proviene del corazón.

Acarició con sus dedos temblorosos el letrero. Le era muy familiar.

—¡Quítate de en medio! —gritó una anciana empujándola —. He de volver al trabajo. Hay que conseguir dinero. ¡Mucho dinero!

La anciana corrió la tela que cubría su puesto y se sentó en una mesa, hizo gestos con la mano para que se fuese, como si su presencia le molestara.

—Kaoru.

Se volvió ante el llamado de Kenshin, quien se aproximó a ella y miró al puesto. La anciana le guiñó un ojo mostrando sus mellas. ¡Sería descarada!

—Siento haberme separado...

—No importa —dijo él apartando la mirada de la sonriente anciana —. Lo conseguí para ti.

Él sacó de la manga de su haori una pequeña flor de peluche y se la tendió.

Kaoru sonrió y un ligero rudor cubrió sus mejillas. La cogió y acarició los pétalos. Era el primer regalo que le hacían desde la muerte de su padre y que viniera de él le llegaba al corazón.

—Gracias...

Con un rápido movimiento Kenshin la cogió del brazo y tiró de ella atrayéndola hacia él para desviarla de la dirección de una flecha que salió de la nada. Él buscó con la mirada al dueño de la flecha y vio entre el bullicio a un tipo correr. Sin perder más tiempo soltó a Kaoru y salió corriendo detrás de aquel hombre que se atrevía a atacar a lo más preciado para él.

Esquivó a las personas que seguían disfrutando de la feria ajenas a que alguien peligroso estaba a pocos metros de ellos, armado con un arco. El hombre se desvió hacia la derecha y él también lo hizo, siguiéndole los pasos.

El atacante escaló por la fachada de un edificio y saltó por los tejados con agilidad. Kenshin dio una patada a una piedra y ésta cayó sobre su cabeza, pero no consiguió detenerle. Él tipo saltó desde el edificio hacia abajo y Kenshin observó que el toldo de la frutería había frenado la caída. Él saltó y el toldo lo acogió, se deslizó por la tela y paró en el suelo.

Kenshin se hizo a un lado cuando otra flecha fue disparada. La flecha se clavó en la pared detrás de él, tenía una nota liada en ella. Arrancó la flecha y desenlió el papel que tenía enrollado.

Mira lo que encontró el tigre...

Levantó la cabeza consternado y su mirada se encontró con un fantasma frente a él.

«Si buscas a Lizuka...Lo maté. Nadie debería traicionar a sus amigos» Esas fueron las palabras de Saito el día que se enfrentó a él.

Lizuka lo miraba con expresión socarrona, puso una mano en su sombrero de paja e hizo un leve movimiento con la cabeza a modo de saludo.

Él salió corriendo de nuevo y Kenshin reaccionó inmediatamente. Obligó a sus piernas a correr más rápido, pero la distancia que los separaba no menguaba. Giró a la izquierda, luego a la derecha... Y lo perdió.

Con el alma en un puño, giró sobre sus talones y corrió hacia la feria. Él corazón iba a estallarle pero la adrenalina lo dominaba.

Al llegar a la feria gritó el nombre de Kaoru una y otra vez, buscándola desesperado.

Si Lizuka estaba con vida su objetivo era Kaoru, y conocía bien a ese desgraciado para saber que no iba a detenerse hasta ver conseguido sus planes. Él había querido gloria mediante su traición y lo que había conseguido era que Saito se volviera contra él. Kaoru le confirmó que Saito había atacado a Lizuka clavándole su espada, ¿había sobrevivido al ataque de Saito? ¿Había estado escondido todo este tiempo?

—¡Kaoru! —gritó de nuevo.

Kaoru estaba junto a Kiyosato, Tomoe y las niñas. Al escuchar su nombre se volvió y Kenshin la abrazó con fuerza contra él.

—Kenshin...

—Estás bien... —murmuró aliviado, tratando de recuperar la respiración.

—¿Quién era ese? —preguntó.

Él apretó la mandíbula.

—Un viejo enemigo.

Continuará...


Bueno, ya sabéis que soy una tardona irresponsable, pero, por fis, quererme de todos modos T.T Muchas gracias por esperarme, por insistirme y por vuestros review. En especial dedico el capítulo a Denisse, Zury y Mayra ^^ Compinches...

Diréis, ¿pero qué hace este hombre aquí si murió? Bueno, yo nunca dije que murió ^^ Fue Saito hahahaha No imagino una historia de El deseo sin el principal enemigo de esta pareja.