Capítulo IV: Puzzle

Clavó el cuchillo en el trozo de madera y fue tallándolo hasta que quedó un palo de unos centímetros de diámetro, demasiado fino para seguir cortándolo. Lo tiró dejando escapar un profundo suspiro y se echó hacia delante, apoyando los brazos en sus piernas y bajó la cabeza.

Estaba jodido, atrapado en un callejón y no encontraba la salida. Lizuka estaba vivo, después de tantos años, volvían a encontrarse en la situación que menos quería y con la compañía de Kaoru. Él había tratado de matarla, y ahora que la había descubierto empezaba el juego. Lo conocía demasiado bien y no era tan ingenuo como para creer que desaparecería de su vida tan rápido como había llegado.

Muchas preguntas llegaban a su cabeza: ¿Cómo salió con vida? ¿Saito sabía que estaba vivo? Kaoru seguía siendo la misma joven hermosa que llegó a sus vidas hace diez años y las marcó. Tenía que protegerla de Lizuka y la única manera de hacerlo era acabando lo que Saito no terminó. No iba a correr riesgos como lo hizo hace años, ya había aprendido la lección, esta vez no había un grupo ni unas órdenes que seguir, lo único que contaba era salvar la vida de la persona más importante para él.

—Himura...

Levantó la cabeza y miró a Kiyosato.

—Tomoe me ha contado quién es el atacante de la feria —murmuró —. ¿Has pensado algo?

Kenshin cerró por un segundo los ojos tratando de poner en orden sus pensamientos.

—Hay que encontrarlo, mientras tanto no podemos dejar sola a Kaoru.

Kiyosato asintió.

—¿Por qué no podéis dejarme sola?

Giró la cabeza y encontró a Kaoru parada a pocos metros de ellos. Ella lo miraba de hito a hito, con seriedad. Él no había querido responder a sus preguntas acerca del viejo enemigo, pensaba que contra menos supiese iba a hacer mejor para ella; lo único que había compartido con ella era que ese hombre era un antiguo compañero de los Ishinshishi y que había traicionado al grupo. ¿Cómo iba a explicarle qué en su pasado, una Kaoru del futuro viajó para cambiar su historia y borrar su dolor y el enfermo de Lizuka se había enamorado de ella hasta el punto de convertirse en una obsesión? Por Kami, hasta a él mismo le parecía una historia inventada por un loco.

Los ojos de Kenshin habían cambiado, ya no tenía los ojos violetas con las preciosas motas en doradas. Ahora el dorado se había extendido por completo, y su fiera miraba le producía escalofríos. Cada célula de su cuerpo le mandaba un mensaje: Ese hombre era peligroso.

—Es por tu seguridad —contestó con la voz ronca.

—¿Mi seguridad? Si ese tal Lipucha es enemigo tuyo, todos los que te rodeamos corremos peligro, ¿no?

—Se llama Lizuka —corrigió enderezando la espalda —. Él está interesado en la persona más importante para mí.

—Oh... —musitó Kaoru, sintiendo una opresión en su pecho por esas palabras —. Entonces habrá que proteger a Tomoe.

Kiyosato frunció el ceño.

—¿A Tomoe? ¿Por qué a Tomoe?

Kaoru se mordió el labio. Había metido la pata.

Kenshin, por su parte, la miraba con la boca ligeramente abierta. ¿Acaso ella pensaba que la persona más importante era Tomoe? Aquella mujer del demonio no dejaba de sorprenderle.

—Lo importante es atrapar a Lizuka —dijo Kenshin levantándose —. No quiero ni que Tomoe, ni que Yahiko ni que tú estéis a solas.

—Pero tengo clases en el dojo del señor Maekawa.

—Pues irás acompañada.

Ella arrugó levemente el ceño. ¿Desde cuándo era tan mandón?

—No me gusta que subestimes mis habilidades a la hora de enfrentarme a alguien.

—Mujer, ¿no puedes hacer lo que te digo?

Kaoru sintió como si una fuerza la azotase y todo empezó a darle vueltas. Dio un traspié hacia atrás, pero en aquel momento sus oídos se habían entaponado y no escuchaba más que unas palabras que resonaban en su cabeza como eco en una cueva.

—Mujer, ¿por qué te has puesto antes así?

—Me preocupaste. Y deja de llamarme mujer, me llamo Kaoru

¿Dónde había escuchado aquello? Reconocía las voces, eran las de Kenshin y ella, pero no recordaba haber tenido nunca esa conversación; es más, era la primera vez que Kenshin la llamaba mujer.

—No me llames mujer, me llamo Kaoru —le dijo.

Kenshin destensó un poco su expresión y por un segundo, Kaoru juraría que vio la sorpresa reflejada en sus ambarinos ojos.

—Kaoru —pronunció su nombre con lentitud —, ¿no puedes hacer lo que te digo?

—Está bien. Lo haré.

Sin más, se dio la vuelta y caminó hacia el interior del dojo. No fue hasta que estuvo segura de que estaba fuera de su vista, que no se detuvo y apoyó la espalda en la pared. Sus piernas le temblaban y su corazón latía desbocado.

¿De dónde salían esas voces? ¿Se estaba volviendo loca? Los sueños que tenía con Kenshin de protagonista la afectaba, cada vez que lo veía notaba como el calor de su cuerpo subía. Lo admiraba mientras tendía la ropa, una tarea tan rutinaria y que había visto tantas veces hacer, pero ahora admiraba como los músculos de sus brazos se tensaban dejando ver lo bien formados que estaban, y cada vez que se inclinaba, su mirada se posaba en su perfecto trasero.

¿Estaba montándose su propia novela imaginaria con él? Como fuese, todo se sentía tan real como si lo hubiera vivido en sus propias carnes.

Se entretuvo todo el día con nimiedades, limpiando el polvo a lo que ya estaba limpio, asegurándose que ninguna ropa estuviese mal doblada, que hubiera suficiente leña para la caldera… Tal vez Kenshin tendría que cortar un poco.

Sacudió la cabeza cuando lo imaginó sin camiseta, alzando el hacha con el sudor perlando cada músculo…

Aquella noche apenas durmió un par de horas y temprano en la mañana, después del desayuno, Kaoru iba a salir hacia el dojo Maekawa para dar sus clases cuando recordó la promesa que le hizo a Kenshin. Sin más remedio que tener que ir con escolta, Kaoru le pidió a Yahiko que la acompañase. Estar con otros alumnos y entrenar con un compañero que fuese su igual, sería una experiencia enriquecedora para su alumno.

—Buenos días, señorita Kamiya —saludó el señor Maekawa —. Veo que vienes acompañada.

Kaoru hizo una reverencia respetuosa.

—Buenos días, señor Maekawa. Es mi alumno más prometedor, Yahiko. Espero que no le importe que nos acompañe en la clase de hoy.

—No se preocupe. Hoy tenemos un nuevo profesor y algunos alumnos se han apuntado a sus clases.

Kaoru frunció el ceño. Eso no eran buenas noticias para ella, si tenía menos alumnos cobraría menos, y si se interesaban más por la clase de la competencia ella podría quedarse sin trabajo.

Tenía que asegurarse de que sus alumnos no quisieran cambiarse de clase por lo que se mostró lo más encantadora posible durante ésta. Al finalizar, les dijo que a partir de ese día habría un sistema de puntos, si ganaban los enfrentamientos con su pareja, ganarían puntos, al final se irían enfrentando con los que más puntos ganaban hasta nombrar un ganador. Si algo sabía, era que tanto niños como adultos que practicaban un deporte era que no podían resistirse a una competición.

Salió de la sala de entrenamientos y fue hacia el pozo del patio. Tiró de la cuerda para subir el cubo y bebió agua.

Kaoru miró a un hombre delgado, moreno y con profundas bolsas acercarse a ella. No lo había visto antes por el dojo, por lo que debía ser el nuevo profesor.

—Hola, soy la profesora Kaoru Kamiya —se presentó.

—Qué pequeño es el mundo —dijo.

Ella lo miró confundida, y echó una mirada detrás de ella para asegurarse de que no estuviera hablando alguien más.

—¿Perdón?

Él se acercó a ella.

—No has cambiado en absoluto.

Kaoru retrocedió instintivamente.

—¿De qué está hablando? No lo conoces.

—¿No me conoces? —preguntó y soltó una risotada —. No me conoces… ¿Cómo te atreves a decir eso?

Ella alargó el bokken de madera que sostenía y lo puso contra el hombro de él, dándole una silenciosa advertencia para que mantuviera las distancias.

—Creo que te estás confundiendo de persona.

—Kaoru.

La voz de Kenshin rugió como un rayo y se giró. Él se acercaba a grandes zancadas y la cogió de la mano, con la mirada clavada en el extraño tipo.

—Vámonos.

—Pero aún tengo otra clase…

—Yahiko se ocupará de eso.

—Él es un alumno, ¿cómo va a ocuparse de dar la clase?

Kenshin apretó el agarre de su mano y tiró de ella hacia él con posesividad.

—He dicho vámonos.

El desconocido se rio.

—Esta escena me resulta familiar.

—Puedo refrescarte aún más la memoria —dijo llevándose una mano a la empuñadura de su espada.

—¿Quién es? —preguntó Kaoru, desconcertada —. ¿Es Lizupa?

Kenshin cerró los ojos dejando escapar el aire por la nariz. Ese hombre había sido su mayor enemigo, y el mayor enemigo de ella, era increíble que en ese juego de tiempo y destino no fuese capaz de aprenderse el nombre.

—No me recuerda —murmuró Lizuka, entornando los ojos —. Y sigue siendo la joven muchacha de hace diez años… Qué curioso.

Kenshin estiró su dedo e hizo salir un centímetro su espada de la empuñadura. Estaba dispuesto a matarlo cuando escuchó las risas de un grupo de niños pequeños, era el grupo de infantil que salía de su clase. Apretó los dientes y guardó su espada, tiró de Kaoru con fuerza y anduvo a paso firme a la salida.

A pasos torpes, Kaoru trató de seguirle el ritmo. Estaba confundida. ¿Qué quería decir ese hombre con que no lo recordaba y que seguía siendo la misma de hace diez años? Él la estaba confundiendo con alguien más, y ese interés que había puesto en ella le ponía los vellos de punta.

La firme mano de Kenshin estaba aferrada con fuerza alrededor de su muñeca y le estaba haciendo daño. Se mordió el labio y aceleró el paso.

—Kenshin, ¿qué pasa? —preguntó y lo miró de reojo, él seguía mirando al frente con la expresión contraída —. Kenshin…Kenshin…

Al ver que no la escuchaba tiró de su mano para zafarse del agarre. Él se detuvo y la miró.

—¿Vas a explicarme lo que pasa? ¿Por qué Lizupa dice que me conoce?

—No te vuelvas a acercar a él.

—¡Contéstame!

—Escúchame —dijo él con brusquedad y se acercó a ella hasta quedar a escasos centímetros de separación—. Él es peligroso, no tienes ni idea, y quiere hacerte daño.

—¿Por qué? ¿Por qué soy especial para ti?

—Sí.

—Pero eso no explica por qué dice que me conoce. ¿Con quién me está confundiendo?

—Con alguien que quiso tener.

—¿Con alguien que quiso tener? —repitió, confundida —. ¿Un antiguo amor?

—Eso no importa, mujer —dijo pasándose la mano por el pelo —. Sólo quiero que te mantengas alejada de él porque ese desgraciado te quiere tener, y eso no voy a permitirlo.

Su corazón latió con fuerza, martilleando su pecho. Seguía sin entender en qué diantres se había metido, las palabras de Kenshin no le esclarecían nada, pero el hecho de que tuviera un loco detrás de ella porque le recordaba a otra mujer, le ponía los vellos de punta. Aunque, eso no era lo que hacía su corazón latir. Kenshin no iba a permitir que ese hombre la tuviese, y antes de morderse la lengua, la pregunta salió en un susurró de sus labios:

—¿Por qué?

Él la miró de forma intensa, como si estuviese meditando qué contestar. Finalmente, agachó la cabeza un instante, pasándose una mano por la barbilla incipiente y dio un paso hacia ella, acortando aún más la poca distancia que los separaba.

Kaoru sintió como su espacio era invadido por él, por su masculinidad, por su aroma y su fuerza.

—Porque eres mía —susurró en su oído.

La volvió a mirar a los ojos antes de girarse y continuar andando a paso ligero.

Kaoru estaba sin palabras. ¿Ella era suya? ¿Entonces no amaba a Tomoe? Sin poderlo evitar, una pequeña sonrisa curvó las comisuras de sus labios y lo siguió a unos pasos de distancia.

Entre las ramas de un arbusto, a un lado del camino, vio brillar algo. Curiosa, se acercó y cogió una pequeña piedra de múltiples colores. Qué raro, parecía ser la misma con la que había tropezado días antes en el puente…

Sonriendo, corrió hasta llegar a la altura de Kenshin y se puso delante de él.

—Toma —dijo tendiéndole la piedra.

Él alargó la mano y Kaoru depositó la pequeña y preciosa piedra en ella.

—Pídele un deseo, seguro que te lo concede.

Kenshin abrió los ojos con sorpresa y cerró la mano, atrapando la piedra con él.

—¿Y si te pido el deseo a ti?

Un sonrojo se apoderó de sus mejillas.

—¿Es pervertido? —preguntó antes de poder morderse la lengua.

El silencio se hizo entre los dos. Ella se maldecía mentalmente por haber hecho esa pregunta. ¿En qué estaba pensando? ¿Por qué no aprendía a pensar las cosas antes de que saliese por esa boca que solía dejarla siempre en ridículo con él? Quería cavar un agujero y esconderse ahí.

Kenshin ladeó la boca en una media sonrisa.

—Me lo pensaré.

Y emprendió la marcha.

-.-.-.-

Lizuka la miró desde la distancia, sintiendo la misma rabia e impotencia que sintió hace diez años.

Ahora que la veía de cerca la pregunta principal rondaba su cabeza: ¿Cómo era posible que diez años no habían pasado en ella? Seguía teniendo el mismo rostro de una niña de diecisiete años. Joven, fresca, hermosa, risueña…Y ese desgraciado de Himura detrás de ella.

Ellos no iban a tener el final feliz que querían, aunque el tiempo hubiera pasado, Lizuka los odiaba a ambos con todas sus fuerzas. Si Kaoru no era suya no iba a ser de nadie, y utilizarla a ella era la mejor forma de hacerle daño a Himura.

Pero tenía otros enemigos de los que vengarse, y qué casualidad que todos estaban en la misma ciudad.

Anduvo detrás de ellos, a una distancia prudente. Sabía que Himura tenía puestos sus sentidos en lo que ocurría alrededor de ellos, pero no estaban tratando con un cualquiera. Él había engañado a los Ishinshishi durante años, y sabía cómo ser sigiloso.

Los vio entrar en un dojo y se fijó en las letras de la puerta: Dojo Kamiya.

El nombre de Kaoru era Kaoru Kamiku. Nunca encontró ninguna información de una persona llamada así, y el misterio siempre había rodeado a la joven. Kamiku...Kamiya, ni siquiera había sido original para tapar su verdadera identidad.

Todo parecía encajar como piezas de un puzzle. Aquella mujer había mentido sobre su identidad, cosa que sabía desde el momento en que no encontró registro alguno de ella, y el viaje que Shinsaku y Battousai hicieron a Tokio...

Curvó una lenta sonrisa.

—Estoy cerca de averiguar el enigma...

Continuará…


Aquí la continuación de la historia ^^ Sí, sí, al fin... La dedico a todas aquellas personas que me han presionado con indirectas muy directas (ya sabéis quienes sois, malas jajajaja) ¡Un besazo!