Capítulo V: Un nuevo enemigo
—Es una mujer extraña, ¿no? —preguntó Tae apoyando el codo en la mesa y la barbilla en su mano. Tenía sus grandes ojos avellana clavados en Tomoe, que tomaba tranquilamente el té sentada en una de las mesas del fondo del Akabeko —. La forma que tiene de mirar da escalofríos.
—No seas exagerada, Tae —dijo conteniendo la risa —. Es una mujer buena. Una leal amiga de Kenshin desde hace muchos años.
—¿Una leal amiga? —cuestionó entornando los ojos —. ¿Sólo amiga?
—Está casada.
—¿Y es guapo?
—Mucho. Es alto, moreno, masculino…
—Pues es una pena que esté casado, entonces. ¿Has hecho algún avance con Kenshin?
Un ligero rubor apareció en sus mejillas. No sabía si catalogar la conversación que tuvieron hace un par de días como un avance. Le había dicho que era importante y suya; no obstante, no habían vuelto a tener ninguna conversación al respecto. Era como si hubiese construido un muro entre los dos. Y ella ansiaba derribarlo.
—No lo sé. Me confunde. Cuando creo que he entrado en su frío corazón, descubro que es más frío de lo que pensaba.
—Pues ser tú el calor.
—¿Cómo dices?
—Sólo un ciego no se daría cuenta de cómo te mira. Está loco por ti. Si por alguna razón ese cabezota mantiene las distancia, haz que se arrepienta de hacerlo. Usa tus armas de mujer.
Usar sus armas de mujer. ¿Ella tenía eso? Era experta en la lucha, pero sabía si podía desenvolverse con sensualidad. Tal vez debía preguntarle a alguien que entendiera el tema. Tae, por mucho que hablase, sabía más de teoría que de práctica. Su vida amorosa era un desastre, siempre se enamoraba de los hombres menos indicados.
Volvió la mirada hacia Tomoe. Ella llevaba muchos años casada y era una mujer muy femenina. Tal vez ella podía darle algunas pautas a seguir. Pensó en cómo abordar el tema. No tenía confianza con ella y tampoco quería que pensase que estaba muy verde en el tema. Es decir, sabía lo que pasaba entre un hombre y una mujer, pero no sabía qué hacer para llevar a Kenshin hasta ese punto. Sólo de pensarlo le entraba la risita tonta y estaba segura que esa risita que sonaba a un cerdito no iba a excitar a un hombre.
Sin pensárselo dos veces, se acercó a la mesa dónde estaba Tomoe y se sentó frente a ella. Se llevaba la taza de té a los labios con los ojos cerrados. ¿Qué pensaba esa mujer? Debía ser muy interesante si llevaba tantas horas callada. Aún sabiendo que ella se había percatado de su presencia, carraspeó ruidosamente.
Tomoe abrió los ojos y los clavó en ella.
—¿Ocurre algo?
—Estaba pensando…
—Qué novedad.
¿Estaba llamándola tonta? No quería saber la respuesta.
—Pensaba en que llevas mucho tiempo casada con Kiyosato.
—Así es.
—Oí que fuisteis amigos en la infancia.
Ella se tensó y dejó la taza de té sobre el plato.
—Sí.
—Dime, ¿siempre estuviste enamorada de él?
—Sí —volvió a contestar.
—¿Y fue fácil? —Tomoe la miraba fijamente, aunque su falta de expresividad dificultaba saber qué pasaba por su cabeza, sabía que tantas preguntas estaba confundiéndola. Ella no era de las que iban por las ramas —. ¿Cómo se seduce a un hombre?
Tomoe abrió los ojos de par en par, sorprendida. No había esperado esa respuesta por parte de Kaoru. Con esa chica no sabía a qué atenerse.
—¿Cómo dices?
—Pues…estoy enamorada de un chico, pero es un poco difícil. Quería saber si me puedes echar una mano. Llevas mucho tiempo casada con Kiyosato, y eres la mujer más madura que conozco —Abrió la boca al darse cuenta de lo que había dicho e hizo aspavientos con las manos —. No quería decir que fueses vieja, te conservas muy bien para tu edad.
Se mordió la lengua. Por Kami, ahora entendía porqué insistían tanto diciéndole que estaba más guapa callada. Que en bocas cerradas no entran moscas. Que cuando hablaba subía el pan… Sí, conocía muchos refranes populares que le habían repetido a lo largo de su vida y en ese preciso momento, tan incómodo que sentía el aire pesar sobre sus hombros, resonaban en su cabeza.
Ella se mordió el labio y tomó la taza de té.
—Eres muy distinta a mí, Kaoru. No creo que necesites de mi ayuda.
—¿No? —Se miró por un segundo —. ¿Lo dices enserio?
—Eres de admirar. No hay muchas mujeres como tú. En el tiempo en el que estés, siempre consigues brillar —dijo y apretó la mandíbula mientras la miraba fijamente —. Resultas odiosa.
Sabía que era distinta, las mujeres solían ser delicadas, sumisas y hogareñas, ella era más cómo un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer hermosa. Habría deseado ser más tranquila, menos chillona, tener las manos delicadas y no ásperas de un espadachín y que se le diese bien la comida, pero tanto como para ser calificada de odiosa…
¿Por qué tenía la sensación de que Tomoe la odiaba?
No le importaba, ella quería seducir a un pelirrojo no a una mujer.
Tal vez sería mejor comprar una de esas novelas románticas.
Regresó al dojo y preparó un baño de agua caliente para relajar sus músculos. Desde que Lipuka apareció en su vida, Kenshin había dado órdenes para que no fuese sola a ningún lado. Si quería ir a dar clases, debía avisar a alguno de sus amigos para que la acompañase, si quería ir al Akabeko, debía avisar, si quería ir al mercado… El único lugar dónde tenía un poco de intimidad era en el baño.
Llevaba días teniendo sueños eróticos en el que Kenshin era el protagonista. Era más joven que ahora, pero todo un pervertido. Le gustaba que le besara el cuello y perdía el norte cuando centraba sus caricias y su lengua en cierta parte de su anatomía. ¿Y si repetía lo mismo que pasaba en sus sueños?
Se choreó por la bañera hundiendo la cabeza en el agua. ¡Moría de vergüenza sólo de pensarlo!
No estaba preparada para dar mimos a su masculinidad, pero podía dar el primer paso y presentarse. Un hombre debía saber que la mujer estaba dispuesta y la palpitación que ella tenía en su sexo le decía que estaba más que dispuesta.
Se puso la yukata y se secó el pelo. Salió del baño y subió al tejado del dojo. Kenshin siempre salía a comprobar que todo estaba bien por esa hora, esperaba que la viese ahí y decidiese hacerle compañía. Tal como tenía pensado, Kenshin salió al porche y miró a ambos lados, con la mano descansando sobre la empuñadura de su espada. Levantó la mirada al cielo, disimulando y, casualmente, estornudó.
Cuatro minutos más tarde, escuchó los pasos de Kenshin aproximándose a ella. El sonido metálico de su espada al chocar contra las tablas de madera de su tejado cuando se sentó al lado de ella.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Su voz masculina le produjo un leve escalofrío. No podía dejar que sus nervios y sus sentimientos controlasen la situación. Movió su hombro suavemente y la tela de su yukata cayó, dejando al descubierto su hombro.
—Quería ver las estrellas. ¿Y tú? Creía que me evitabas.
Kenshin la miró de reojo y tragó con fuerza. Conocía ese tono de voz caliente y ver ese trozo de piel sólo le hacía pensar en lo que había escondido bajo su yukata. Un cuerpo moldeado por el ejercicio, unas curvas femeninas y unos pechos llenos y turgentes. Lo había visto en muchas ocasiones en su pasado, era la primera y la única mujer a la que había tenido entre sus brazos de esa forma. Su miembro dio un tirón, endureciéndose. Tomó aire de forma entrecortada y dobló sus rodillas para que no se percatase de lo que su cercanía hacia en su cuerpo.
Era cierto que la había estado evitando, mantener las distancias con ella le mantenía la cabeza fría y despejada. Su principal objetivo era encontrar el paradero de Lizuka y una vez que fuese eliminado de su camino, podría centrarse en la mujer que tenía al lado.
—No te evito.
—¿Seguro?
—Ya te he dicho que no. ¿Por qué no me crees?
Ella se giró para encararlo y la yukata se abrió dejando ver el nacimiento de sus senos. Kenshin se obligó a clavar sus ojos en los zafiros de ella. Kaoru puso la mano sobre su rodilla y dejó la pequeña piedra que había encontrado.
—Quiero que me beses.
Usaba el deseo que le había dicho que pidiese, haciendo referencia a la piedra mágica que los había unido. No había imaginado que ella usaría eso a su favor y mucho menos, que le pidiera que le besase. Su mirada descendió hacia sus labios carnosos, entre abiertos y mojados. Recordaba besar sus labios, pero había olvidado la sensación.
Puso la mano en su nuca y la acercó a él. Unió sus labios con los suyos, tomando el labio inferior despacio, disfrutando del momento. Luego capturó el superior y ladeó la cabeza, ejerciendo presión en sus labios para obligarla a abrirlo. Introdujo la lengua en su boca y se encontraron en un baile frenético. Pasional. Gimió entre sus labios, ansioso.
Kaoru rodeó con sus brazos su cuello siguiendo el ritmo de su beso, sintiendo como todo su cuerpo se derretía por la pasión. La mano de él bajó por su espalda hasta su cintura y la aferró con fuerza, alzándola levemente para sentarla en su regazo. Sus manos abarcaron su trasero y la acercaron a su prominente erección. El placer que ese simple roce le otorgó le hizo perder la poca cordura que le quedaba. Abandonó sus labios y bajó a su cuello, besó y lamió esa parte tan sensible de su cuerpo. Para tener mayor acceso, hizo una improvisada coleta en su larga melena y tiró de ella, echándole la cabeza hacia atrás. Ella cerró los ojos cuando la lengua de él subió por su garganta hasta su mentón.
Movió las caderas de forma provocativa hacia su miembro y sintió como su sexo palpitaba con fuerza clamando atención. Este beso estaba lleno de deseo contenido. Contuvo una exclamación cuando él la hizo girar sobre su cuerpo, tumbándola contra el tejado y colocándose sobre su cuerpo. Kaoru abrió las piernas y él se acomodó. La miró detenidamente, sus ojos entrecerrados, sus mejillas sonrojadas y sus labios hinchados por los besos que habían compartido. Estaba preciosa. Acarició sus mejillas, echándole el pelo hacia atrás. Quería decirle tantas cosas, pero ninguna palabra salió de sus labios. En ocasiones, los gestos decían más que las palabras. La besó, porque lo haría mil veces y nunca tendría suficiente. La apresó contra su duro cuerpo, sintiendo sus senos contra sus pectorales.
Deshizo el nudo de su obi y abrió la yukata. Se separó unos centímetros de ella y miró su cuerpo desnudo. Por Kami, era más bella de lo que recordaba. Bajó la cabeza y depositó un cálido y húmedo beso en su clavícula y bajó hacia su canalillo, sus labios rozaron su pecho cuando su boca se desvió hacia su pezón y lo atrapó entre sus labios. Rodeó la aureola con su lengua y lo mordisqueó suavemente. Ella arqueó la espalda, hundiendo sus manos en su pelo.
El ruido de una puerta al correrse los alertó. Kenshin se separó de ella y ladeó la cabeza hacia atrás, agudizando sus sentidos. Los pasos sonaban en el interior del dojo. Tal vez alguien había salido a por un vaso de agua.
Volvió la mirada hacia ella y los dos rieron, divertidos por la situación.
—Creo que es hora de que me aleje de ti o no podré parar.
—Nadie ha dicho que pares.
Sus ojos lilas con motas doradas se clavaron en los suyos. Había una lucha interna en él. Su cuerpo suplicaba que hiciera caso a su lado malo, pero por el suspiro rendido que soltó supo que el bueno había ganado. Maldijo mentalmente mientras se separaba de ella.
Él se tumbó boca arriba y puso su antebrazo sobre sus ojos. Con descaro, colocó su erección en su hakama.
—¿Sabes? Cuando estoy contigo siento que estoy en dónde debo estar —admitió Kaoru girando para ponerse boca abajo —. No quiero que te alejes de mí.
Retiró su brazo y la miró.
—Nunca lo voy a hacer —dijo acariciando con el dorso de su mano su mejilla —. El día en que nuestros caminos se cruzaron fue tu perdición, señorita Kamiya.
—¿Mi perdición? ¿Y porqué dices eso, señor Himura?
—Porque estás destinada a mí. Te amo, Kaoru.
El corazón le dio un vuelco.
—Yo también lo hago.
Kenshin sonrió y levantó dos dedos, haciendo un gesto para que se acercase. Cuando lo hizo, la besó. No era como los que habían compartido con anterioridad, éste era lento.
-.-.-.-.-
—No lo puedo creer. Estuviste tan cerca —dijo Tae apretando los puños —. Das pasos agigantados, mujer.
—Lo sé. Esta mañana cuando me he despertado él estaba en mi habitación.
—¿Y qué?
—Me ha besado hasta que nos hemos quedado sin aliento. Es tan cruel. Siempre me deja con ganas de más.
—Kaoru, no sabía que eras tan fogosa.
—Yo tampoco —dijo encogiéndose de hombros.
Sanosuke estaba sentado en una mesa, jugando a las cartas con dos desconocidos con mal aspecto. Había tratado de convencerlo de no empezar el juego, sabía que cómo empezara a jugar se quedarían hasta que el Akabeko cerrase sus puertas y ella quería regresar a casa para dar mimos a su querido pelirrojo. ¿Cómo podía llevar tantas horas jugando sin tener dinero? ¿Sus contrincantes sabían ese dato? Esperaba que no se metiese en otra pelea.
Ayudó a Tae a recoger y cogió las tres enormes bolsas de basura. Avisó a Tae de que iba a tirar la basura y salió por la puerta trasera que llevaba al callejón.
Lo bueno de quedarse a ayudar era que se llevaría unas buenas raciones de sobras para casa. ¡Esa noche cenarían a lo grande!
Sintió una presencia detrás de ella. Bien, Sanosuke ya había terminado su partida. Se alegraba que esta vez hubiese captado la indirecta cuando estaban recogiendo y limpiando las mesas de alrededor y no había tenido que tirarle de las orejas.
Al girarse, vio a un hombre desconocido frente a ella. En la oscuridad de la noche apenas podía diferenciar sus facciones, pero era un hombre alto, fornido y moreno.
Abrió la boca para preguntar quién diablos era y notó un pinchazo en su cuello. Su mirada se tornó borrosa y sus piernas perdieron la fuerza.
Todo se volvió oscuridad.
Cuando recuperó la consciencia vio que estaba en una nave oscura, encadenada a la barandilla de una escalera. Apartó la cabeza de su brazo y movió su cuello de lado a lado. Debía de llevar muchas horas en esa postura.
—Al fin despiertas —dijo una voz masculina.
Giró bruscamente la cabeza y miró al hombre que la había secuestrado.
—¿Quién eres?
Él curvó una lenta sonrisa.
—He visto que un amigo mío tiene cierta fijación por ti. He pensado mandarle una invitación.
Kaoru frunció el ceño.
—¿Un amigo? ¿Quién?
—Seguí el rastro de Lizuka y te encontré a ti. ¿Quién eres tú para él?
Otra vez ese nombre. No sabía qué tenía que ver Lizuka con ella ni porqué últimamente su vida parecía estar relacionada con la de ese hombre.
—Eso me gustaría saber a mí —musitó con los labios apretados.
—Mi nombre es Shun Matsumoto —se presentó con una leve inclinación de cabeza —. He de alabar su gusto por las mujeres.
—¿Qué tienes que ver con Lipuza?
—Lizuka —le corrigió con una sonrisa —. Fuimos antiguos enemigos. Fui una misión que no resultó como él esperaba.
—Y ahora quieres vengarte.
—Así es.
Vaya, eso era algo que tenía en común con Kenshin. Los dos habían hecho muy buenos amigos durante su vida como guerrero.
De pronto, Shun se movió con rapidez esquivando una flecha.
Kaoru buscó al dueño de la flecha y vio a Lizuka parado en el alféizar de la amplia ventana. él saltó con extraordinaria agilidad al suelo, clavó la rodilla en él, cargó el arco y disparó hacia Shun.
Shun desenvainó su espada y frenó la flecha con ella. Lizuka se incorporó, empuñando su espada y se acercó a él. Shun dio un paso hacia atrás, asegurándose de mantener una distancia prudente con su adversario.
—Matsumoto… No debiste haber metido las narices en esto.
—Ah, ¿no? ¿Es tan sagrada para ti como lo era mi mujer? No dudaste en enfrentarte a mí aún estando ella delante —masculló lleno de ira.
En un arranque de furia incontrolada, Matsumoto cometió un gran error que todo luchador debía aprender en sus primeras lecciones: Nunca dejarse llevar por sus sentimientos. Alzó la espada en el aire, sujetando la empuñadura con las dos manos y atacó a Lizuka. Él usó la fuerza del golpe para desestabilizar a Shun.
Lizuka dio un paso hacia él, luego otro, atacando con fuerza y acorralándolo contra la pared. Cansado de los golpes y ataques frenéticos de Lizuka, Shun le dio una patada en la boca del estómago dejándolo sin aliento. Golpeó con el mango de su espada en la cabeza a Lizuka.
Él cayó de rodillas en el suelo, aturdido. Shun lo empujó y se sentó en su vientre. Le dio un puñetazo directo en la cara, y a ese le siguieron tres más. El sabor metálico inundó su boca. Gruñó y lo cogió de los hombros, usó sus piernas para catapultar el cuerpo de Shun.
Se levantó con rapidez y corrió hacia él, le devolvió cada uno de sus puñetazos, rompiéndole la nariz y los dientes. Desenfundó el cuchillo que llevaba en el cinturón y lo presionó contra su cuello.
—Mátame. ¡Venga! ¡Hazlo! —gritó, desafiante.
Lizuka vaciló. Matarlo ahí era fácil, él se merecía que lo torturase por su osadía. Shun aprovechó su titubeó para cortarle con otro cuchillo en la cara. Él dio un salto hacia atrás, soltándolo de su agarre para esquivar el golpe.
Shun se escabulló y salió corriendo.
Quiso ir detrás de él y alcanzarle, pero Kaoru seguía ahí. Había mirado el enfrentamiento con los ojos abiertos como platos mientras luchaba por deshacer los nudos de sus ataduras. Echó la cabeza hacia atrás, tomando una profunda bocanada de aire. No esperaba que su presencia atraería a uno de sus mayores enemigos. No sólo se tenía que preocupar por Battousai, sino que Shun conocía su punto débil.
Se aproximó a ella y se puso de cuclillas, quedando a la altura de su cara. ¿Por qué demonios no lo reconocía? Lo miraba con recelo, pero no había el desprecio con el que solía mirarlo. Algo había cambiado en ella, y no era su aspecto. Seguía manteniendo la misma piel de porcelana e irradiaba juventud por cada poro de su piel.
—¿Te encuentras bien? —preguntó apartando un mechón de pelo de su rostro.
—S-sí.
Él le sonrió.
—Te sacaré de aquí —dijo cortando con el cuchillo sus ligaduras. La cogió del brazo, ayudándola a levantarse. El delicioso aroma a jazmines lo golpeó y su cuerpo se estremeció. Sin poder contenerse, la abrazó —. He deseado hacerlo durante tanto tiempo…
Kaoru se tensó y se apartó de él, mirándolo directamente a los ojos. Estaba cansada de tener la extraña sensación de que todos le ocultaban algo.
—¿De qué me conoces?
Continuará…
Me he visto con un poco de tiempo e inspiración y he actualizado. ¡Espero que os haya gustado el nuevo capítulo!
