Sé que me he demorado mucho en escribir y subir este capítulo, y no merezco perdón por ello pero he estado tan ocupara con la universidad que apenas tuve tiempo para dormir decentemente.
Espero que no se hayan olvidado de este fic y que les guste.
Ahí les voy….
Capítulo
2
….
La farola arrojó chispas rojas en el patio de los autos chatarra de Bobby, la noche pareció iluminarse por un breve instante para después volver a su oscuridad habitual. Jody y el viejo cazador ya se habían ido a dormir hace un buen rato cuando Sam llegó de "hacer las compras" y fue a sentarse en el pórtico de la casa, cerveza en mano; extendió sus piernas en las escaleras de madera apolillada observando el firmamento de un azul profundo salpicado por jirones de niebla. Esbozó una sonrisa: después de todo por fin tenía un descanso, no pudo evitar sentir algo de incomodidad al pensar en lo que su hermano y Castiel debían estar haciendo justo en ese instante en la habitación del rubio.
Un carraspeo lo sacó de sus cavilaciones. Giró la cabeza por sobre el hombro encontrándose a Gabriel a sus espaldas; el arcángel tenía el semblante tan despreocupado como siempre y las manos en los bolsillos de su pantalón. Sus ojos miel veían a Sam sin parpadear, y una sonrisa pícara asomaba en ese par de labios.
-¿Qué? –gruñó Sam, incómodo-.
-Nada –Gabriel se encogió de hombros, asomó una de sus manos y chasqueó los dedos. Una piruleta no tardó en aparecer-. Pensaba pavonearme recordándote que todo fue mi idea, pero… no tiene caso –pasó la piruleta en sus labios mientras se sentaba junto a Sam-.
El cazador no dejó de mirarlo hasta que Gabriel le dedicó una sonrisa. Turbado, Sam sacudió la cabeza, y volvió su atención al horizonte. El arcángel soltó una carcajada, sujetando la piruleta entre sus dientes. El menor de los Winchester bebió un trago de cerveza, e inevitablemente, se unió a la risa contagiosa de Gabriel.
-¿Puedes creer que siquiera resultara? –Soltó el arcángel-. No creí que Dean estuviera tan….
-¿Enamorado? –Sam frunció el entrecejo, saboreando esa palabra que resultaba disonante al tratarse de Dean.
-Iba a decir desesperado pero –Gabriel chasqueó sus dedos otra vez. Y ofreció una piruleta a Sam-.
-De verdad. ¿De dónde las sacas? –Rió Sam, aceptándola de buen gusto-. ¿Las robas o qué?
-¿Me tomas por un vil ladrón, Samuel Winchester? –casi chilló Gabriel, y de no ser por que contenía su risilla hubiese parecido ofendido-.
-No. Te considero un truquero.
-Pues soy un arcángel.
Sam asintió, de acuerdo, permanecieron en silencio y escucharon algo retumbar en el piso de arriba. Se trataba de un traqueteo, como de… la cabecera de una cama golpeando un muro una y otra y otra vez.
-Degradado a cupido, por lo que veo –se quejó Gabriel-.
Sam bebió otro trago de cerveza, sin poder contener una sonrisa.
Recordaba la noche en el motel que, tras ver a Dean tan abruma y deshecho, tomó las llaves del impala y salió de allí con una única idea. Sabía que "el cielo" no podría ayudarlos, pero estaba seguro que cierto arcángel fugitivo del mismo lo haría sin dudarlo.
Aquella noche el menor de los hermanos Winchester detuvo el impala a la mitad de un carretero desolado después de haber conducido un buen rato. Entonces empezó a rezar, a todo pulmón, gritando al cielo, clamando el nombre de Gabriel.
-¿Gabriel? Si me estás escuchando por favor necesito tu ayuda –había dicho una y otra vez pero nadie parecía escucharlo salvo una lechuza que remontó vuelo-. Tu hermano Castiel necesita tu ayuda. Sabemos de sobra que no estás muerto, por favor…. Responde –pero el arcángel no apareció-. ¿Loki? –Sam había tanteado terreno, ya casi vencido-.
Entonces escuchó un fuerte aleteo a sus espaldas y una voz familiar dijo:
-Hola, niño.
Forjar el plan había sido más complicado que llamar a Gabriel, pero finalmente la idea del arcángel de mentirle a Castiel había dado resultado. Una amenaza sobre llevarlo de vuelta al cielo separándolo de su humano, había bastado para que Dean entendiera que no quería perder al ángel.
El traqueteo de la cama se detuvo y Sam dedicó una mirada rápida a Gabriel. Pero entonces algo pareció golpear con las paredes o quizá revolverse dentro de la habitación.
-Por una mierda esos dos lo están haciendo o están matándose el uno al otro –espetó el arcángel, divertido-.
-Conociéndolos: ambas –admitió Sam-.
Una franja anaranjada asomó por el horizonte bordeando colinas y bosques. Los primeros rayos del sol se reflejaron en los retrovisores de varios autos chatarras colándose por la ventana resquebrajada de la habitación que ocupaba Dean.
El Cazador abrió los ojos, molesto por la luz. Todavía adormecido arrastró los pies para ir a cerrar las cortinas. Tenía el cuerpo dolorido como si hubiese corrido una maratón y su mente tan nublada que sólo al ver la resquebrajadura de la ventana recordó lo que había ocurrido la noche anterior.
Giró en redondo, con el corazón dándole un vuelco. Para su horror la cama estaba vacía. La ropa de Cas aun yacía revuelta en el suelo, junto con una pluma azabache o dos, pero no había rastro del ángel.
Dean sintió que le faltaba el aire y la cabeza le daba vueltas. Temiendo lo peor se colocó sus boxers y la camisa que alcanzó al paso, que resultó ser la de Cas. Salió corriendo de la habitación, tratando de recordar donde había dejado la espada de ángeles. Atravesó el corredor rumbo a las escaleras, tan aturdido que no notó cuando alguien salió de otra habitación sino cuando ya había tropezado con Sam.
-Ey, ey ¿Qué ocurre? –su hermano menor evitó que cayera-.
-Es Cas… no está. ¡Esos malditos emplumados se lo han llevado… -exclamó Dean, furioso. Pero su rostro pasó de rojo a blanco cuando, por la puerta entreabierta de la habitación de Sam, apareció Gabriel-. ¡Hijo de perra! –Se abalanzó sobre el arcángel-.
-¡Dean! ¡Dean! –Sam se interpuso entre ambos, sujetando a su hermano por los hombros mientras Gabriel provocándolo, se partía de la risa-.
-¡Ese hijo de perra se llevó a Cas! ¡¿Y por cierto, qué demonios está haciendo en tu habitación?! –rugió el rubio-.
-Cogiendo como Dios manda –bromeó el truquero-.
Sam se ruborizó hasta las orejas pero repuso al instante:
-Eso es mentira. Sólo estábamos bebiendo un par de cervezas y charlando –pero eso no calmó a Dean, se debatía en las manos de su hermano intentando alcanzar a Gabriel para matarlo-. Dean, tienes que saber algo…. ¡Hay algo que debes saber, Dean! –Sam lo tuvo que zarandear varias veces para que ese par de tercos ojos verdes le hicieran caso-, Gabriel no se ha llevado a Cas.
-¿Entonces… quién? –masculló Dean, su voz casi temblando-.
-Nadie –admitió Gabriel, serio al fin-. Nadie lo quiere en el cielo, y la verdad no les interesa el paradero de nuestro querido Castiel. Me dan a mí por muerto así que se han dedicado a seguir órdenes de Raphael…
Dean retrocedió. Decir que tenía cara de que lo habían golpeado en las pelotas era poco decir. Boqueó varias veces como un pez.
-¿Por cierto esa es la camisa de Cas? –pregunto Sam, inoportuno. Dean lo fulminó con la mirada-.
-Es decir que todo fue… ¿una treta para qué… yo?
-¿Te acostaras con mi hermano? –dijo Gabriel- Sí. Sé que suena diabólico, pero creo que lo de ayer fue más que un revolcón ¿Verdad, Winchester? Y espero que lo sea porque juro que si le rompes el corazón a mi hermano, te rompo cada hueso….
Antes de que Dean pudiera saltar sobre él, o maldecirlo en mil idiomas, unos pasos resonaron en las escaleras. El rubio volteó descubriendo que se trataba de Castiel. El ángel tenía el cabello oscuro alborotado, el cuello salpicado de marcar amoratadas, y caminaba extraño; llevaba consigo dos tazas de café. Los ojos verdes de Dean se calmaron al igual que su corazón, sonrió al notar que Cas traía una de sus viejas camisetas de AC/DC y unos pantalones de chándal.
-¿Dean? Iba a llevarte el café, pero veo que ya has despertado. Perdón por haber tomado tu ropa, pero es lo que encontré cuando desperté –Cas se detuvo en el último escalón, dedicando una mirada tímida a Dean-.
Sam y Gabriel murmuraron algo sobre ir a la cocina a desayunar, pero los otros dos no los escucharon. Dean atrapó a Cas por la muñeca y lo atrajo hacia así, por poco derramando el café. Lo estampó en la pared y lo apretó con su cuerpo, rodeándolo con un brazo por la cintura.
-¿Qué sucede? –inquirió el ángel, sintiéndolo tenso-. ¿Gabriel no te lo contó? Me lo dijo esta mañana, todo era una….
-Lo sé, Cas, lo sé. Pero por un momento creí que… creí…. –musitó Dean, repartiendo suaves besos en la mandíbula del ángel-. ¡Ven aquí!
-Pero el café…
Dean le retiró de las manos ambas tazas dejándolas en el suelo.
-Eso después –el cazador se apretó otra vez contra Cas, abriéndose paso entre sus piernas, y haciendo que las envolviese en su cintura. El ángel lo abrazó por el cuello mientras rodaban de vuelta a su habitación-. Eso después. Quiero hacerte el amor otra vez, ángel.
-Esto es complejo –Cas ladeó la cabeza, entornando los ojos y frunciendo el ceño-. Muy complejo.
Dean, a su lado, cruzó los brazos sin saber si sentirse inquieto por lo que estaban haciendo o contento por qué significaba que el ángel, su ángel, estaría un largo… largo tiempo a su lado y parecía entusiasmado aunque asustado al respecto.
-Vamos, no es muy complicado, es sólo un cepillo dental, Cas –bufó-.
Estaban de pie a mitad del pasillo de un Walmart, frente al escaparate de cepillos dentales y Cas tenía la expresión de estar eligiendo algo trascendental en su vida. Dean rodó los ojos. Tras haber vuelto a la habitación esa mañana habían tenido una buena sesión de lento y perezoso sexo hasta que a Cas le quedaron doliendo las caderas. Permanecieron un buen rato más en la cama, acariciándose, compartiendo castos besos y hablando sobre lo que había hecho Gabriel.
-Un plan absurdo, y lo peor: Sammy colaboró –refunfuñaba Dean, con Cas descansando la barbilla en su pecho y mirándolo con ese par de azules ojos profundos-.
-Bueno, un plan algo extremo –estuvo de acuerdo el pelinegro-.
-Gabriel es un idiota.
-Pero debo admitir que les estoy agradecido –repuso Cas con su rostro inexpresivo. Dean se le quedó mirando y esbozó una sonrisa acariciando la espalda del ángel, allí entre los omóplatos donde la noche anterior había dejado ver sus alas-.
-¿Eso quiere decir que te quieres quedar conmigo? –preguntó, temeroso-.
-Si es que no te molesta –respondió el ángel, con su voz temblorosa, cuando Dean cerró los ojos en un gesto indescifrable-.
-¿A ti no te molesta perder las alas?
-Lo hará. Siento como pierdo mi gracia y ser humano es… raro, pero aprender a estar sin ti es algo que no soportaría. –Dean abrió los ojos de par en par, incrédulo. Se preguntó si de verdad merecía esas palabras, pero al parecer Cas escarbó en su mente-: Mereces más que eso. Renunciaría al cielo, a mis alas, a todo: por ti.
Dean no tuvo palabras para responder a eso, sólo lo besó rodando sobre Cas en la cama, para profundizar la caricia desesperada de sus labios.
-¿Sabes? Tendremos que ir a comprar un par de cosas para ti –le susurró, de pronto-.
-¿Por qué? –Cas lucía tan inocente así, con la cabeza en la almohada y su ceño fruncido-.
-Porque convertirte en humano comenzará a apestar…. Literalmente.
Cas no había entendido. Después de ello habían compartido una ducha y el ángel vio la barra de jabón como si fuese lo más interesante sobre la faz de la tierra. Desayunaron con Bobby y Jody, aunque al principio el ángel aseguró no tener hambre luego de que su estómago rugiera aceptó unos cuantos pastelillos y el café. Al medio día salieron a dar una vuelta.
Mientras Dean conducía su amado impala, Cas, con expresión ensimismada veía el paisaje que pasaba a su alrededor; entraron en el Walmart, y allí estaban… con Cas sin tener la menor idea de para qué servía el cepillo dental, seguro de que si hacía una mala elección entre cerdas blandas o medias esto tendría terribles consecuencias.
-Creo que este será bueno ¿De acuerdo? –Intervino Dean, finalmente escogiendo él el cepillo-.
Cas asintió, sin protestar. Así pasaron de sección en sección; compraron dentífrico, anti-transpirante y (Cas se puso de todos los colores cuando Dean le explicó su uso) un par de tubos de lubricante. Cuando la cajera les dedicó una sonrisa traviesa el cazador tuvo que sostener al ángel por la cintura, para que no trastabillara a causa de los nervios.
Salieron del Walmart y subieron en el impala. Dean no tenía idea de cómo manejarían las cosas, y Cas parecía aún más confundido. En realidad jamás tenían ni la menor idea de cómo enfrentar algo pero siempre lo hacían y esto tranquilizó a Dean. Antes de encender el vehículo el rubio se inclinó y besó dulcemente al ángel; cuando puso el motor en marcha apretó su mano en la rodilla de su compañero, acelerando en la carretera que describía una curva.
Los días transcurrieron. Algunos eran grises, otros buenos. Castiel poco a poco iba apagándose más, su gracia desaparecía y a veces se hallaba concentrándose en desaparecer o en mover algún objeto para descubrir que ya no podía.
Esa chispa de poder angelical desaparecía pero Dean podía jurar que había dejado un hermoso rastro en los huesos, la piel, y los ojos de Cas. Pues a pesar de que ya casi no tenía poder era evidente que Castiel era una criatura diferente, demasiado perfecto, con su mirada demasiado azul para ser humano.
Habían días en los que el ángel se mostraba entusiasmado con el hecho de ser humano, otros parecía un poco fuera de lugar y hasta deprimido. Pero, como le había dicho a Dean, no debía preocuparse, sólo estaba acostumbrarse. Eso de ser humano era demasiado abrumador, tantos sentimientos, tantas sensaciones; era intenso y a la vez doloroso. Era sentir su propia respiración y el corazón palpitándole en los oídos, era percibir el calor de su propio cuerpo… Es decir, sentirse sentía vivo. Dolor, confusión, y éxtasis, todo incluido.
O así lo veía Castiel. Para Bobby, Jody, Sam e incluso para Gabriel no había dejado de ser el mismo Cas de siempre, sin embargo para Dean había pasado de ser alguien fuerte a alguien que debía proteger.
-Sobreproteger. Lo estas sobreprotegiendo, idiota –le gruñía Bobby, pero no había manera de cambiar a Dean Winchester-.
Cuando Cas se había cortado con una hoja de papel, Dean había corrido por toda la casa en busca de alcohol y banditas. Sam seguía bromeando acerca de cómo su hermano había estado a un poco de llamar a la ambulancia.
Castiel aprendió a usar el cepillo, a no resbalarse en la ducha y había veces que Dean debía repetirle que no podía dormir en la tina puesto que el ángel le había tomado gusto a darse largos baños. Con la ayuda de Bobby aprendió a disparar. Y supo cuál era el uso del microondas y los demás utensilios de cocina gracias a Sam. Jody, por las tardes, se dedicó a enseñarle como conducir a pesar de que Dean se opuso rotundamente.
Había pasado un mes desde que Castiel y Dean dormían juntos, y el rubio sentía que estaba en el paraíso. No sabía por qué alguien como él merecía salir de caza o reparar un auto, ver a Cas cocinando con la ayuda de Sam o Jody, por las tardes; escuchar a Bobby refunfuñar mientras atendía los teléfonos; y, al final del día, recostarse junto a la persona que amaba.
Cuando Dean tenía pesadillas sentía como Castiel lo abrazaba fuertemente y le susurraba incoherencias al oído, hasta que se durmiera. A veces eran palabras dulces, otras solo tonterías, y unas cuantas, frases en enochiano.
Conforme se volvía humano Cas incluso había cambiado en su forma de hacer el amor. Sus alas, por supuesto, ya no se mostraban, y a veces tenía que pedirle a Dean que se detuviera, porque le dolía. Por otra parte ya no se mostraba demasiado tímido, o confundido. Cuando Dean llegaba de una larga caza, o con el aroma del aceite del auto de turno en el que había estado trabajando impregnado en el cabello, el pelinegro era quién tomaba iniciativa y lo montaba durante toda la noche hasta que ambos quedaban empapados en sudor y exhaustos.
Dean no podía evitar amar la forma en la que Castiel se retorcía entre las sábanas mientras él entraba y salía de su estreches, tratando de contener los gemidos para no despertar a todos en la casa. Pero también amaba la forma en que despertaba a Cas, con un beso en la nariz haciendo que éste abriera sólo uno de sus azules ojos para después fingirse dormido.
Al rubio le gustaba como, cuando alguno de los dos había estado demasiado tiempo apartado del otro, apenas cruzaban una mirada sabían que debían salir de allí. Sus encuentros rápidos y desesperados en el asiento trasero del impala se habían convertido en una tradición después de los largos viajes de Dean.
Sin embargo ese tiempo separado pronto se vio reducido cuando Cas insistió en acompañarlos a las cacerías. Dean se opuso rotundamente… al principio. Pero Cas sabía cómo convencerlo y no tardó en hacer que el rubio cediera. No lo acompañaba siempre, pues sabía que Sam y el mayor de los Winchester hacían un buen equipo; pero le gustaba ir de vez en cuando a cazar a un fantasma o algún monstruo fuera de control. Las noches que pasaban ambos en algún motel pronto fueron convertidas en otra tradición; eran esos momentos en los que Cas parecía perder el control. Quizá era la adrenalina o tal vez sólo el hecho de saber que podía gemir cuanto quisiera, lo que le hacía estampar a Dean en la cama, en la pared o en la mesa de motel, besarlo, chupársela, para finalmente cabalgarlo como si el mundo se fuera acabar al día siguiente.
El tiempo pasaba, pronto se dieron cuenta que habían transcurrido dos meses. Gabriel los visitaba seguido y, con la excusa de que Dean no lo soportaba, invitaba a jugar villar o a beber unas cervezas a Sam.
Castiel finalmente había aprendido a conducir por lo que Dean pausó los casos un tiempo y se dedicó a arreglar uno de los autos de Bobby. Para cuando estuvo listo, por mala suerte, Cas tuvo su primer resfriado. Pasó dando las vueltas por la cama, estornudando y tratando de callar su tos, durante tres días.
Esa mañana, después de tres días en el infierno de su resfriado, repuesto y con ánimos renovados, Cas se había dado un baño caliente para bajar a desayunar con la que ahora era su familia. Sam estaba sentado en la mesa conversando junto a Jody y Bobby, mientras Dean preparaba lo que parecían ser huevos revueltos en la estufa.
Al volverse a ver a su ángel, el rostro del cazador se iluminó. En especial tras notar que Cas llevaba una de sus camisas a cuadros y unos bluyines desgastados que también le pertenecían. Sirvió los huevos, deslizando en el proceso un beso en la mejilla de Cas, susurrándole:
-Me gusta que uses mi ropa.
.
.
.
Nos leemos.
