SIETE

Perdón

Pero qué desastre más absoluto.

Nami observa las trampas que entre Luffy, Zoro, Usopp y ella misma se habían dedicado a preparar para retrasar la llegada de la tripulación pirata del capitán Kuro a villa Syrup. Un rastrero capitán que se ha hecho pasar durante años por mayordomo solo para conseguir un puñado de billetes y dejar su vida pirata atrás. Ni ella sería capaz de llegar tan lejos por dinero. Una oleada de rabia la sacude por dentro, han perdido el tiempo de forma muy estúpida y ahora ya no tiene remedio alguno.

El nerviosismo se apodera de Usopp. Se lleva las manos a la cabeza y se maldice a sí mismo por no haberse asegurado de cuál sería el puerto por el que los hombres del capitán Kuro desembarcarían. ¿Cómo ha podido tener ese fallo tan tonto? Tienen que llegar lo antes posible a la entrada del norte o su amiga Kaya morirá a manos de esos tipos.

De repente, Nami recuerda que el puerto que Usopp menciona por el que han llegado los piratas es el mismo en el que ellos dejaron los barcos… con el tesoro que le robaron a Buggy. Y lo necesita sí o sí para poder salvar a su pueblo, así que ahora es ella la que está al borde de la histeria.

Ah, no. Eso sí que no. Como de esos sacos falte una sola moneda no va a ser ni a Luffy ni a Zoro a quién teman esos piratas.

Volviendo a lo realmente importante, a Luffy parece no importarle el error cometido. Echa a correr a toda velocidad, dispuesto a darle la paliza de su vida a esos estúpidos que se atreven a atacar a una pobre muchacha enferma y sola. Usopp, sin perder ni un segundo, sale justo detrás.

Zoro se dispone a seguirles, pero antes se acuerda de que Nami aún continúa allí con él y además está murmurando algo para ella misma sobre tesoros. Decide ignorar eso y centrarse en lo que de verdad importa. Hay que darse prisa.

—Oye, ¿qué haces? ¡Vamos! —sin esperar a que le conteste, Zoro se pone en camino.

Nami asiente con firmeza y se prepara para echar a correr pero los nervios la hacen poner el pie donde no debe, provocando que se resbale en el aceite que han extendido por toda la cuesta para evitar que los piratas pudieran subir.

Pide ayuda, alarmada. Su cuerpo está cayendo hacia atrás y ahora no es el momento de perder el tiempo porque, si cae, no sabe cuánto tiempo podría llevarle después salir de ahí. Tiene que llegar hasta el tesoro como sea.

Zoro ni siquiera tiene tiempo para reaccionar ante la llamada de socorro. Nami, en un rápido movimiento, se agarra a lo que más cerca está de ella en ese momento… el espadachín. Él se espanta al darse cuenta; no por el hecho de que Nami esté enganchada a su camiseta como si le fuera la vida en ello —porque eso no le importa en absoluto—, sino porque la pendiente descendente y el peso extra del cuerpo de Nami no le permiten mantener su propio equilibrio.

Resultado: caída de boca al suelo, sobre el mismo aceite del que Nami intentaba salir.

Zoro es capaz de clavar los dedos en la parte seca de la tierra, pero Nami sigue colgada de él, esta vez de su pierna, y no es capaz de levantarse. Joder, Luffy y Usopp ya estarán allí. Se va a perder todo lo bueno.

—¡Suéltame, idiota! – grita Zoro casi desesperado.

Sabe que no va a aguantar mucho más y como caigan los dos será mucho peor que si tan solo cae uno. Si simplemente Nami le soltara, él podría subir sin ningún problema y ayudarla después a subir a ella. La solución es sencilla, ¿pero es que no se da cuenta? No va a dejarla tirada.

—Lo siento… —murmura Nami, le da apuro haberlo puesto en esta posición junto a ella pero no quiere caer y Zoro es lo único que la mantiene en una posición salvable.

En ese momento, una idea parece azotar la mente de la pelirroja y sonríe con picardía. Ya sabe cómo salir de ahí y Zoro la va a ayudar le guste o no. Cuando el chico siente como las manos de Nami le sueltan, un mal presentimiento lo recorre entero.

—¡Me voy a ir adelantando! —grita la joven con toda la cara del mundo y una sonrisa eufórica, dándose impulso para saltar en la espalda del espadachín y caer después en la tierra limpia.

Las manos de Zoro se sueltan cuando Nami le pisa, de modo que cae resbalando por el aceite hasta el final de la cuesta. Maldice el nombre de la muchacha mil veces hasta que por fin se detiene. ¿Y ahora qué? Se queda mirando a Nami, que se ha quedado parada frente a la cuesta. Le va a ayudar… ¿verdad?

—¡Lo siento Zoro, pero mi tesoro está en peligro! ¡Busca una forma de subir! —y dejándole ahí, perplejo, echa a correr a toda velocidad.

Bueno, pues parece que ella sí que tenía pensado dejarlo tirado a él.

—¡Voy a matarla! —grita.

Puta Nami, ¿y ahora cómo cojones sale él?


No hay manera alguna de que ellos dos solos puedan evitar que esos tipos suban al pueblo y lo saben muy bien, a pesar de que Usopp está demostrando sobradamente que va a darlo todo porque su pueblo y su amiga estén bien.

Nami le mira, derrotado y sangrando, tirado en el suelo, y aun así suplicando por que se detengan. Está segura de que no lo harán porque todos los piratas son iguales y eso es algo que ha aprendido muy bien a lo largo de ocho años por las malas... pero entonces piensa en Luffy y recuerda que no es así. Ese estúpido chico de goma ha sido capaz de destrozar esa convicción tan fuerte que tenía sobre ellos.

Agarra su palo con fuerza. No sabe dónde está Luffy y por qué no ha llegado todavía si fue el primero en salir, pero una cosa está clara: va a llegar sea como sea. Sabe que no va a quedarse mucho más tiempo con él y con el espadachín, pero ya confía más en ellos de lo que había confiado en nadie desde que se unió a Arlong. Si ellos están dispuestos a luchar para ayudar a Usopp, ella también. El chico merece la pena.

El espadachín... Zoro. Hace ya un buen rato que le dejó allí y espera que no sea lo bastante estúpido como para que no se le haya ocurrido nada todavía para poder subir. Se siente algo culpable por no haberle echado una mano después de utilizarle para escapar ella misma, pero es que no puede permitirse el lujo de perder tanto dinero. Ya le queda tan poco para recaudar los 100 millones…

Está defendiéndose a sí misma y a Usopp como puede, pero no aguantará mucho más.

Uno de los piratas la aparta del camino con facilidad, estampándola sin delicadeza alguna contra la pared de piedra. Aguanta un gritito de dolor y observa como los piratas corren a toda velocidad hacia el pueblo mientras Usopp sigue rogando a gritos que no lo hagan.

Y cuando ya lo creían perdido, los piratas vuelven en forma de lluvia. Usopp y Nami observan el espectáculo sin salir de su asombro. Docenas de piratas están sobrevolando sus cabezas, cayendo a su alrededor e incluso más lejos. Nami no necesita mirar para saber quiénes son capaces de hacer algo así y da las gracias porque por fin haya llegado la artillería pesada.

—Ya era hora… —murmura, intentando que no se vea el alivio que siente. Se levanta y refuerza el agarre sobre su palo.

—¡Nami, puta! ¡¿Cómo te atreves a dejarme atrás así?!

Está tan aliviada por su aparición que Nami ni siquiera se enfada por el insulto. Incluso tiene que utilizar toda su fuerza de voluntad para no echarse a reír como una desquiciada en esa situación, pero es que ver a Zoro tan indignado con ella no tiene precio.

—Espero que estéis contentos, ¡os habéis tomado vuestro tiempo! —Nami se obliga a convertir la risa en enfado para así poder regañar a ese par de idiotas y aunque la bronca va para los dos, solo Zoro le está haciendo caso. Luffy ya está discutiendo con Usopp.

—¡Tú eres la que me dejó en esa puta cuesta!

—¡Eso fue un accidente! ¿Qué tendría que haber hecho? ¡Mejor que cayera uno de nosotros que ambos!

Zoro aprieta los dientes ante sus palabras. Es el mismo planteamiento que había seguido él, solo que en su mente caía ella y luego la ayudaba como nakamas que se supone que son.

Mala. Es mala. Pero no puede enfadarse con ella. No mucho, al menos.

—¡Entonces tendrías que haber caído tú! —aun así, está seguro de que su idea era mejor.

Acaban dejando la discusión a un lado cuando los gritos les devuelven a la realidad. Usopp y Luffy se han callado también. La cosa se está poniendo fea, es el turno de que esos dos se encarguen de todo. Nami se encarga de apartar a Usopp a una zona segura y ella misma se queda con él. Ahora se mantendrán como espectadores, ya han hecho todo lo que han podido.

Nami intenta recordar cuándo fue la última vez que lo había pasado tan mal por gente a la que casi no conoce y se da cuenta casi con rabia de que nunca antes le había pasado. Esos hermanos han conseguido poner a Zoro contra las cuerdas. Le han quitado dos de sus espadas y los movimientos del espadachín se han vuelto mucho más torpes. Las necesita de vuelta o no va a salir bien parado.

Desvía su atención hacia Usopp cuando le ve sacar un tirachinas. Frunce el ceño, extrañada.

—¿Qué vas a hacer?

—Nunca ganará si le atacan dos a la vez. Le voy a dar un poco de ayuda —el narizón tensa la cuerda del tirachinas y, apuntando perfectamente hacia el más grande de los hermanos, dispara la bola de hierro.

Pero, para su sorpresa, la bola va a parar justo al hombro de Zoro. El dolor le hace perder la concentración y recibe un ataque de lleno. Nami da un bote del susto que se ha llevado y mira a Usopp con furia. Tiene que respirar hondo para no saltarle a la yugular. ¿Así es cómo va a ayudarles? Porque entonces puede estarse quieto, será mucho mejor.

—¿Es que ahora atacas a sus propios aliados? —su voz suena furiosa y algo desesperada, el estado de Zoro no deja de empeorar.

—No… no le ataqué —Usopp parece desconcertado a más no poder y Nami se relaja solo un poco —, se movió para que le diera…

Nami no esconde una mueca de sorpresa.

—¿Se autolesionó? —pregunta, más al aire que a Usopp. No lo entiende, ¿por qué ha hecho eso?

—¡Usopp, idiota! ¿Quieres morir? —el grito de Zoro les deja petrificados en su sitio. Ha sonado más preocupado que enfadado, sentimiento que hasta ahora no habían podido ver en él.

Una bombilla se enciende en el cerebro de Nami y de repente comprende que es lo que ha pasado.

—O a lo mejor nos salvó —Usopp se la queda mirando sin entender nada—. Si les llegas a golpear, se volverían y nos atacarían a nosotros —dice Nami en un susurro. El moreno se queda callado, se ha quedado sin palabras.

Zoro continúa luchando como puede con su espada. Estúpido Usopp, casi consigue que le maten. No le importa que estén luchando por el pueblo y por esa amiga suya, él es el que está peleando con esos tíos. Es su lucha. Además, y lo más importante de todo, Nami está junto a él. Si atacaran ahora mismo a Usopp, atacarían también a Nami y ahora mismo esa es la única lógica que se ve capaz de seguir. Como esos cerdos le toquen un solo pelo a la pelirroja les hace tragarse sus propias garras espeluznantes de gato.

La situación no es buena. Necesita sus espadas como sea.

—Esto está mal. ¡Voy a coger sus espadas! ¡Si se las doy seguro que vence a esos tíos! —Nami sabe que la lucha no está avanzando nada y que si siguen así al final será Zoro el que salga perdiendo. Tiene que hacer algo.

—¡Pero yo podría…! —Usopp intenta ofrecerse para ayudar, pero Nami le corta antes de que pueda terminar la frase.

—No te presiones, estás herido, ¿no? —le sonríe antes de saltar desde su segura posición hasta el campo de batalla.

Nami baja la cuesta lo más velozmente posible, pasando por al lado de Zoro y los tipos raros. Corre y corre sin soltar su arma bajo ninguna circunstancia, aunque no está muy segura de ser capaz de hacer algo contra esos tipos. Pero bueno, ahora ella no es lo importante. Lo importante es que Zoro acabe con esos tipos de una vez.

Zoro, por su parte, está despotricando contra la pelirroja. ¿Pero qué cojones está haciendo? Nami va corriendo directa hacia el tipo raro de las gafas y su corazón se detiene cuando la ve caer al suelo con la mano sujetándose el hombro con fuerza.

La repentina aparición del capitán Kuro, el principal problema y probablemente más peligroso que cualquiera de los que ya estaban allí, es lo único que detiene a Zoro de lanzarse contra Jango. Quiere ir a ver cómo está Nami, que ha caído al suelo y estña sangrando con abundancia, pero se queda clavado en su sitio. Ahora no es el momento. No quiere atraer la atención de Kuro sobre ella.

Los problemas aumentan cuando el capitán Kuro pone una condición: o acaban con Zoro en cinco minutos o los matará a todos él mismo, a absolutamente todos. Está furioso por el retraso de los piratas que hace horas que deberían haber invadido el pueblo y no va a esperar ni un segundo más.

Nami, que ha podido levantarse aunque no deja de sangrar, aprovecha la confusión que ha ocasionado el ex pirata para agarrar por fin las espadas. Su hombro está tan herido que sabe que no podrá lanzárselas a Zoro de forma decente, así que lo único que se le ocurre es mandárselas con un buen juego de pies.

—¡Zoro! —el aludido clava su mirada en ella al instante. Está bien y eso es todo lo que necesitaba saber—. ¡Tus espadas! —la mueca aliviada de Zoro cambia a otra de pánico.

—¡¿Pero qué haces?! ¡No le des patadas a mis espadas! —le grita.

Los hermanos las volean como si no fueran nada y ahora Nami les da una patada, que poco respeto. Pero Nami sonríe.

—Hubiera preferido que me dieras las gracias.

Cuando Zoro se percata por fin de que era lo que pretendía Nami desde el principio, acaba sonriendo también. Da un salto y coge con firmeza sus espadas, preparándose para la lucha enseguida. Las tornas se han cambiado, ya no tienen ninguna oportunidad.

—Gracias.

Nami amplía la sonrisa. Un extraño cosquilleo invade su pecho y su estómago al escuchar esa simple palabra de los labios del espadachín. Se alegra de haber podido ayudarle después de haberle dejado tirado antes. Zoro, por su parte, decide que Nami queda definitivamente perdonada por lo del aceite. A ver si esos arranques para ayudar le dan más a menudo.

Como era de esperar, una vez tiene todas sus espadas Zoro es capaz de derrotar a los hermanos de un solo golpe. El problema está en que uno de ellos no ha caído del todo y le pide ayuda a Jango para que lo hipnotice haciéndole creer que es más fuerte. Eso no es nada bueno, ya saben que su hipnósis funciona.

Nami, sin embargo, decide sacar partido de la situación. Jango es la única persona que tenía sus ojos puestos en ella y ahora que está distraído con el otro pirata tiene que despertar a Luffy, que sigue enterrado y durmiendo bajo el mástil.

—Estamos poniendo en peligro nuestras vidas y tú durmiendo… ¡despierta! —llega hasta él y sin miramiento alguno le pisa la cabeza. No le hará daño por ser de goma, pero es suficiente para espabilarle.

Zoro ha seguido la carrera de Nami todo el tiempo, por lo que puede ver como Jango, al notar que ha salido corriendo, le lanza el mismo anillo de metal con el que le ha cortado antes. El chico siente que su corazón ha dejado de latir. Nami sigue de espaldas y no se ha dado cuenta de nada.

—¡Nami, cuidado! —grita con todo el aire de sus pulmones.

Quiere correr hacia ella pero no llegaría a tiempo, está demasiado lejos. Apenas puede escuchar los sonidos que hay a su alrededor por culpa de los latidos desenfrenados de su propio corazón, que ha recuperado el movimiento al ver cómo Luffy rompe el anillo de Jango con los dientes como si para él no fuera más que una simple molestia. El capitán se ha puesto de pie justo a tiempo para salvar la vida de Nami y ni siquiera ha sido consciente de ello.

Zoro sonríe de puro alivio. «Menos mal, Nami está bien», piensa mientras la ve caer al suelo de una sentada, agotada por el esfuerzo y la pérdida de sangre. Ahora sí que no puede hacer nada más. Esto es cosa de Luffy y de él mismo.

Es el momento de ponerse en acción.