OCHO
Peligro
Nami no puede dejar de pensar en que es muy fuerte que estén resolviendo las pistas de ese acertijo de mierda gracias a las niñerías de Luffy. Su capitán sigue dando saltos sobre la enorme estatua de piedra, con su barriga de goma hinchada a más no poder por haber intentado beberse todo el agua del precioso lago que se extiende junto a ellos. Algo imposible, pero él iba a intentarlo de todas formas. Más tonto y no nace.
Se lleva las manos a las caderas mientras sigue observando atentamente, ya no a Luffy, sino a la estatua. La siguiente frase de la canción que les llevará hasta la Corona de Oro que la anciana les prometió era otro juego de palabras. Parece ser que la melodía completa son juegos de palabras. Estúpidos juegos de palabras. Menuda mierda, se está empezando a cansar ya de esas tonterías. Se deja caer al suelo en medio de una vorágine de depresión absoluta.
Así que, en resumidas cuentas, no es que tengan que beberse ellos el agua del lago para poder continuar con su búsqueda, sino que la estatua del pájaro es la que debe hacerlo.
«Vale… ¿y eso cómo se supone que se hace?», piensa con frustración, sin apartar la vista del objeto en cuestión, que se alza enorme frente a ellos.
—¿Qué vamos a hacer con el pájaro de piedra? —la voz de Zoro la hace levantar la cabeza. No lo mira, pero ha escuchado sus pasos y sabe que se ha colocado a su lado.
Un fugaz pensamiento en la mente de Nami le dice que cuando Zoro hace preguntas inteligentes le quiere más todavía. Y más que le querría si encima de todo diese las respuestas. Eso estaría muy bien.
—Tendremos que pensarlo. Pero primero habrá que hacer algo con é —comenta Nami, algo cansada ya de toda la situación—. ¡Luffy, baja de ahí! Es suficiente, así que baja, por favor —el espadachín, que estaba mirando a Luffy, se gira para mirar ahora a Nami sorprendido por la educación y la calma con la que ha hablado.
Su cara se transforma en una de pánico cuando ve la expresión de la pelirroja, que le promete a Luffy mucho dolor como no descienda ya y que definitivamente le pega mucho más. Nami no da miedo con las palabras, Nami da miedo con los gestos, y todos lo saben. Luffy no es una excepción.
Cuando el chico ve a su navegante con esa cara, sabe al instante que lo mejor que puede hacer es obedecer. Era lo que pretendía, pero el susto que se lleva le hace apoyar mal el pie después de uno de sus saltos, provocando que se resbale de la estatua. Como el chico ágil que es le da tiempo agarrarse a un hueco, pero el pájaro de piedra no ha sido capaz de resistir la brutalidad del gesto y se rompe por la parte de abajo, consiguiendo que se incline y que el pico se clave justo en el centro del lago.
Todos saben que algo así era justo lo que estaban buscando. ¿Cuál es el problema? Que el pájaro no es el único que ha caído en el lago, Luffy también lo ha hecho.
Nami solo tiene tiempo de gritar el nombre de su capitán antes de que Zoro se lance contra la enorme ola que la caída del pájaro ha provocado para ir a por él. El hecho de ver al espadachín tirarse también al lago solo hace que su preocupación se duplique pero ella no puede hacer nada. La ola la arrastraría y la mataría si se lanzase a ayudar también, así que simplemente se queda tras una roca junto a Robin y Sanji, que se está encargando de que nada malo les pase a sus chicas.
Esperan durante unos minutos, hasta que las cosas se calman. Pronto se dan cuenta de que la estatua ha hecho un agujero en el fondo del lago y que es por ahí por donde está escapando el agua. Todos corren hacia el borde del lago y miran hacia abajo, Nami la primera. También es ella quién, con el corazón en la garganta, grita el nombre de sus nakamas sin saber aún si se encuentran bien. Se lleva la mano al pecho con alivio cuando les ve enganchados a una roca.
El lago sigue vaciándose y todos están a salvo. Bien. Pero seguro que gracias a esos dos imbéciles va a envejecer antes de tiempo por culpa de los disgustos que le dan.
«Lo sabía. ¡Lo sabía! ¡Maldito traidor de mierda!»
El mismo pensamiento se repite en la mente de Nami una y otra vez mientras, después de una larga conversación, sus supuestos aliados —el tal Ratchet, el hijo de la anciana, y los dos tíos raros— se marchan volando en una avioneta. Estuvo convencida desde el principio de que esos cabrones rastreros les traicionarían cuando estuvieran lo bastante cerca de resolver el enigma pero claro, no podía desobedecer a su capitán. Maldita sea.
Lo peor de todo es que aseguran que no hay ningún tesoro. A Nami le duele pensar que todo lo que han pasado haya sido para nada. Bueno, sí, para ayudar al friki ese a que domine el mundo. Menudo gilipollas.
Sigue despotricando contra ellos en voz baja, hasta que ve cómo mientras se alejan de su posición han lanzado algo sobre ellos… bombas.
Sus ojos se abren a más no poder, al igual que los de Zoro y Usopp. Tienen que ponerse a cubierto o van a palmarla en ese sitio y no hay cosa que pueda deprimir más a Nami en ese momento que eso. Luffy ni se inmuta, pero claro, es de goma. Ni lo va a notar.
Por suerte para ella, Zoro no está dispuesto a dejar que nada malo le suceda.
Zoro llega a cubrir completamente el cuerpo de Nami con el suyo propio solo un segundo antes de que la explosión suceda. Han conseguido alejarse un poco, aunque la explosión llega hasta ellos de todas formas. Hasta que no se queda todo el silencio Nami no se atreve a abrir los ojos. Sin embargo, una vez que lo hace, no puede alegrarse más por la posición.
Está tirada en el suelo y la cabeza le palpita ligeramente en la parte posterior por el golpe que se ha llevado al caer, aunque el dolor no es fuerte en absoluto. Zoro está tirado sobre ella, utilizando su cuerpo como escudo para protegerla y con la cabeza hundida en el hueco de su cuello. A pesar de todo parece encontrarse perfectamente, es un hombre resistente. Sonríe con ganas y él alza una ceja cuando por fin levanta la cabeza y la ve.
—¿Por qué sonríes? ¿Te has vuelto loca del todo? —pregunta el espadachín con guasa. Conoce la respuesta perfectamente, pero tiene ganas de ver por dónde le va a salir Nami ahora.
—Cierra la boca, imbécil.
Nami, con relativa facilidad, libera sus piernas de debajo del cuerpo de Zoro y le rodea con ellas. Zoro está a punto de echarse a reír, pero no puede porque los labios de Nami se posan sobre los suyos impidiéndole cualquier vía de escape. El chico está a punto de dejarse llevar hasta que se acuerda de dónde están. No se despega su boca de la de Nami pero tampoco cierra los ojos. ¿Cómo es que a Nami le ha dado un arranque así ahí en medio después de la que le lió en Navarone? Va a ser verdad que está loca.
Entonces, un vistazo de reojo a su alrededor le da la respuesta. Humo. Hay humo por todas partes. Apenas se puede ver lo que hay a dos metros de dónde están, así que hasta que se disipe tienen más intimidad que nunca. Sonríe para sus adentros, que chica más lista. Todavía es capaz de sorprenderle cada día.
Solo unos pocos minutos después se ven obligados a separarse. El humo está comenzando a desaparecer y la verdad es que llevan un rato sin poder respirar de forma normal, pero se sentían tan bien ahí solos que no han sido capaces de marcharse de ahí en busca de un aire más limpio.
Zoro se pone de pie y le da la mano a Nami como ayuda para que también lo haga ella, cosa que acepta encantada. Se sonríen mutuamente durante un instante antes de buscar a sus compañeros. Encuentran a Luffy durmiendo a unos treinta metros de ellos y a Usopp tras una roca a unos veinte. Nami se encarga de despertar a Luffy a tortas y Zoro comprueba qué tal está Usopp.
El momento que han pasado ha quedado atrás, para su desgracia. Ahora deben buscar a los demás y después ir tras el friki. A Nami ya le importa una mierda que haya tesoro o no, pero por sus ovarios que ese capullo le va a dar dinero aunque tenga que escupirlo. Y Zoro está dispuesto a ser el primero en seguirla de ser necesario.
La tripulación se ha dividido. Tras descubrir que la isla es en realidad una tortuga de carne y hueso, Chopper se ha quedado fuera comunicándose con ella, intentando averiguar qué más se esconde detrás de todo eso. Luffy ha decidido seguir su propio camino para llegar hasta el friki, como ya es costumbre en él, y Usopp se ha dado la vuelta para proteger el Merry. Así que se han quedado Sanji, Robin, Nami y Zoro como equipo principal.
El grupo sube las escaleras del castillo con Zoro a la cabeza. Al principio, las prisas del momento no les dejaron pensar con claridad, pero entonces Nami recuerda la enorme falta de orientación del segundo de a bordo y no puede evitar hacer un comentario en voz alta.
—¿No es peligroso que Zoro vaya el primero?
—¡Cállate! —escupe el aludido, indignado por esa falta de confianza en él.
A pesar de todo, el tiempo acaba dándole la razón a la pelirroja cuando llegan hasta una puerta que da a ninguna parte. Al ir Zoro en primera posición es el único que no es capaz de parar a tiempo y se queda colgando sobre el vacío, enganchado en la plataforma. Por su parte Nami, sentada en una posición segura, escucha los gritos de Sanji sentado a su espalda y ofreciéndole su mano para poder volver a entrar, pero ahora mismo no se siente capaz de moverse. No mientras Zoro siga en un peligro tan inmediato justo delante de sus narices.
El grito de alerta de Robin resuena en sus oídos en ese momento, pero ninguno de ellos tiene tiempo para hacer algo. La plataforma se inclina y los cuatro resbalan por ella como si de un tobogán se tratara. Zoro, que ni siquiera había podido subirse aún a suelo firme de nuevo y sin ningún lugar donde poder agarrarse, cae sin remedio alguno.
Robin reacciona con toda la rapidez que puede. No puede hacer nada por Zoro pero sí por los demás. Sin dificultad alguna, consigue sujetar a Sanji aunque con Nami no tiene tanta suerte. A pesar de haber hecho florecer todos los brazos posibles, la pelirroja ha caído más velozmente y no ha podido agarrarla por los pelos. Al cocinero casi le da un ataque cuando ve como su preciosa Nami cae tras el espadachín de mierda. Si no le estuviera sujetando Robin, hubiera ido tras ella sin dudarlo pero esta vez no tiene más opción que confiar en él.
Además, Zoro se ha encargado tantas o más veces que él de salvar a Nami. Si hay algo que ese marimo ha hecho bien en su vida es eso.
—¡Espadachín mierdoso! ¡Haz algo!
Zoro sigue cayendo, pero escucha perfectamente el grito del cocinero pervertido. Aprieta los dientes y refunfuña mientras desenvaina una de sus espadas y la clava en la pared que hay junto a él. El arma está tan afilada que no se detiene, pero por lo menos ha disminuido la velocidad y sabe que no se matará.
Puto cocinero, pues claro que va a hacer algo. Jamás se le ocurriría quedarse de brazos cruzados mientras Nami está en peligro. Antes se corta las manos.
Alza la mirada justo al mismo tiempo que Nami pronuncia su nombre en un grito asustado y desesperado mientras cae a toda velocidad. Joder, ¿qué puede hacer para salvarla? Lo tiene difícil desde su posición y ya casi la tiene encima. Pero entonces, la única idea posible viene a su mente. Estira una pierna mientras mantiene la otra apoyada en la pared para intentar, al menos, disminuir la fuerza del impacto.
Zoro le suplica al aire que Nami caiga sobre él y, menos mal, así es. El dolor que siente es brutal, al impactar contra su pierna a tanta velocidad casi creía que se la iba a partir. Por suerte, Nami no pesa mucho y no es tan grave como podría haber sido. En esa misma postura, con el espadachín haciendo un gran esfuerzo por mantener a la navegantesegura, continúan cayendo hasta llegar a una rampa por la que caen rodando. Incapaces de detenerse, acaban aterrizando sobre un vagón.
Zoro se soba la cabeza. Le duele, se ha vuelto a dar un golpe. Lleva todo el día dándose golpes en la cabeza y como siga así al final le va a pasar factura. Es precisamente ese dolor lo que le impide darse cuenta de que tiene el culo de Nami prácticamente pegado a su cara. Una lástima, porque si se hubiera fijado antes se hubiera llevado una gran alegría.
De todas formas, tampoco le da tiempo pensar siquiera en cómo está Nami ya que el vagón comienza a moverse a través de las vías que rodean el castillo, que son como una especie de montaña rusa. Se la van a pegar y no hay manera alguna de detener o controlar ese cacharro. Se la van a pegar y va a doler. Mierda.
Nami se incorpora y, muerta de miedo al percatarse de dónde están, se agarra con fuerza al vagón que se ha salido de las vías y que ahora sobrevuela el castillo. Zoro se acerca hasta ella y apoya las palmas de las manos en el metal de esa cosa, dejando a Nami encerrada entre sus brazos. Es lo único que se le ocurre ahora mismo para hacerla sentir más segura.
El vagón aterriza a los pocos segundos de forma más o menos segura, pero la velocidad que coge sobre los raíles hace que Nami llore como una descosida. Empieza a pensar por primera vez que el tesoro le da igual, solo quiere salir de la isla con vida. Ni siquiera el tener a Zoro con ella parece servir de algo porque él tampoco puede hacer nada.
El espadachín mira a sus espaldas con el ceño fruncido.
—Maldita sea, ¡nos estamos alejando cada vez más del castillo! —informa a la pelirroja. Por lo menos ahora el vagón se está moviendo en recto. Lo peor parece haber pasado.
—¡Date prisa y detenlo! ¡Soy demasiado joven para morir! —chilla Nami, histérica perdida.
A pesar de todo, Zoro es capaz de poner los ojos en blanco.
—Ese no es el problema…
Zoro está seguro de que no morirán. Él sabe que aún no ha llegado su momento y no va a dejar que Nami tenga ni un rasguño. Y se le ocurre que puede hacer para calmarla. Deposita un beso suave sobre su melena, ya que en la posición en la que están no tiene acceso a sus labios. Las lágrimas de la muchacha, que casi habían cesado, se van del todo y se gira hacia él con sorpresa. Momento que aprovecha Zoro para dejar otro beso, esta vez sí, en su boca.
Observa a Nami con cautela cuando se separa de ella. El rostro de la muchacha se ha relajado un poco. Al menos ya no está llorando.
—¡Detrás de ti está la palanca de freno! – exclama ella entonces, mirando un punto a su espalda. A regañadientes y un poco dolido por como Nami ha ignorado su detalle, Zoro se vuelve y agarra el largo palo de madera que la navegante le ha indicado—. ¡Muévela hacia adelante!
Sin embargo, el espadachín se detiene. Nami se queda mirándole sin entender nada. Se ha quedado muy serio y ni siquiera la está mirando. Se... ¿Se ha enfadado con ella por algo? ¿Por no haberle dicho nada del beso o algo así? ¿Es Zoro de esos que se enfadan cuando no les haces caso?
—No nos detendremos —Zoro es claro, serio y frío con sus palabras y Nami no lo entiende.
—¿Por qué? —lcuestiona con cierta molestia. Se está poniendo muy nerviosa y necesita bajarse de ahí ya.
—Tenemos un invitado —y el joven, sin poder evitarlo, sonríe emocionado.
Nami mira más allá de Zoro, viendo por vez primera a uno de los secuaces del friki de las gafas persiguiéndoles montado en otro vagón. Se echaría a reír si no estuvieran en un peligro tan inminente. ¿Pero cómo se le ha ocurrido pensar siquiera que Zoro se iba a enfadar por algo así en un momento como ese? Madre mía, ¿es que acaso no lo conoce lo suficiente? Ahora siente hasta vergüenza de sí misma. Que tonta es.
—¡Tenemos problemas! ¡Si le da al vagón con eso nos cortará por la mitad!
Nami mira a Zoro espantada y después vuelve a mirar el vagón. Mierda, tiene razón. El cacharro acaba en una especie de cuerno extraño que parece estar bien afilado. Deja escapar un grito de puro terror. Que la van a cortar por la mitad. Es demasiado guapa para morir así.
La persecución continúa unos minutos más. A Nami le está dando un ataque y Zoro sin embargo, está tan tranquilo. Ojalá ella también pudiera mantener la calma de esa forma.
—Bueno, entonces… si seguimos huyendo nunca saldremos de esta.
—¡Haz algo!
Dios, que repelente se resulta a sí misma, pero es que si no es Zoro el que le derrote ella no va a ser capaz de hacer nada y van a morir de forma muy tonta. Y encima el tío sacando armas afiladas de a saber dónde. Es que es para Zoro, clarísimamente.
—Si usa un arma cortante, entonces es fácil
Fácil, dice el muy cretino. Zoro se incorpora aunque sin soltar las manos para evitar caerse. Nami abre mucho los ojos cuando lo ve levantarse y se queda blanca como el papel. Está empezando a caer en la cuenta de lo que supone que Zoro luche. ¿Cómo cojones no lo ha pensado antes?
—Espera, ¿qué estás haciendo? —aunque no sabe si quiere saber la respuesta.
—Voy a detenerle. Apáñate tú sola con esto.
A la navegante se le desencaja la mandíbula y lo peor de todo es que no sabe si está más asustada por lo que pueda pasarle a ella que por lo que pueda pasarle a él. Joder.
Zoro le sonríe con esa chulería que tanto le caracteriza y hunde su mano derecha en su melena pelirroja para besarla. Ella le tira de la camiseta, incluso después de separarse se niega a soltarlo. Pero entonces Zoro suelta una carcajada y toma su mano con delicadeza, obligándola a soltar la tela, y deja un suave beso en el dorso.
—Sé que puedes encargarte de esto, no es nada para ti.
Nami se ha quedado tan pillada y tan en otro mundo por lo extraño del gesto que no reacciona cuando Zoro salta del vagón y aterriza sin problemas en las vías. Nunca antes Zoro le había dedicado un gesto tan dulce. Ha sido sin duda alguna el momento más desconcertante de toda su vida.
Se mueve, sentándose ahora dónde estaba antes Zoro, en la parte trasera del vagón. Sabe que después de todo sí que será algo fácil para él, pero eso no va a evitar que sienta miedo por las posibles heridas que pueda recibir.
—¡Zoro! ¡Vuelve! —Nami grita eso con la única intención de hacerle saber que quiere que vuelva entero. Y Zoro lo capta al instante. Sonríe mientras se coloca su pañuelo y desenvaina sus espadas.
¿Con ese imbécil va a salir mal parado? Por favor, la duda ofende.
