NUEVE
Miedo
Zoro se siente raro. Observa a Nami de reojo de vez en cuando, pero ella no se da cuenta porque va completamente ensimismada mirando los escaparates de las tiendas de ropa. Lleva el pelo largo recogido en una coleta y viste unos sencillos pantalones cortos y una camiseta. Bastante tapada en comparación con otras veces, esta vez por lo menos la imaginación de aquellos que ya ha atrapado mirándola de vez en cuando tiene que trabajar un poco más, aunque con él a su lado no son muchos los que se atreven a hacerlo. Reconocen el peligro cuando lo ven.
Se siente raro porque había pasado mucho tiempo de la última vez que salió a recorrer una isla en compañía de Nami. Y de todas formas, casi todas las veces anteriores siempre han sido con alguien más junto a ellos. Pero no ahora. Ahora están caminando los dos solos por la isla en una agradable tarde de compras para Nami mientras Zoro cumple su función de mula de carga.
Se siente raro porque no pueden estar juntos más de diez minutos sin discutir y sin embargo ya llevan una hora en la que no han cruzado más de cinco palabras, pero aun así el silencio es cómodo. Las únicas veces hasta ahora en las que han podido estar tanto tiempo sin tirarse los trastos a la cabeza es cuando las intenciones de ambos son más cariñosas. En esos momentos están demasiado centrados en la boca del otro como para gritarse.
Como muchas de las veces que la mira desde que se volvieron a reunir, recuerda los dos años que han pasado lejos el uno del otro. Dos años no especialmente malos pero sí especialmente largos. Ha echado de menos a toda la tripulación sin excepciones —nunca lo admitirá en voz alta, pero incluso se acordaba del cocinero de vez en cuando— pero cuando a veces se ponía más melancólico de lo normal pensando en ella eran sus peores días con diferencia. Eran los días en los que más torpe se volvía luchando, en los que resultaba herido de más gravedad. Perona se llegó a dar cuenta de que había días en los que se comportaba de forma diferente, aunque nunca supo la razón exacta de por qué.
Conforme pasan las horas, ambos empiezan a notar que las calles empiezan a llenarse de ruido, fuegos artificiales y gente bebiendo por todas partes. Las tiendas están comenzando a cerrar antes de lo normal. Al parecer la isla entera parece prepararse para algún tipo de celebración, así que por la mente de ambos empieza a asomar la misma idea. Zoro sonríe solo dos segundos antes de que lo haga Nami.
—Luffy debe estar ahora mismo en el epicentro.
Zoro amplía ligeramente la sonrisa. La pelirroja tiene razón y probablemente cuando lo vean se unirán a él. Y beberán y comerán tanto o más que en Whiskey Peak, solo que esta vez no será una trampa para pillarles desprevenidos. O eso esperan porque a saber, ya les ha pasado de todo.
Efectivamente, sus sospechas se confirman cuando encuentran a Luffy, Usopp y Chopper realizando su típica broma de los palillos en la nariz. Brook y Franky están cerca de ellos, riendo y aplaudiendo, y Robin está sentada aparte con un vaso de vino en las manos. Sanji está en paradero desconocido, probablemente por ahí persiguiendo chicas bonitas.
Zoro y Nami se detienen en medio del gentío y se miran con seriedad. La pelirroja es la primera en abrir la boca.
—¿Qué vas a hacer?
—Beber. ¿Y tú?
—Más de lo mismo. ¿Te vas a emborrachar?
—Sabes que sí.
—Bien, yo también. Ve al barco y deja mis cosas, que no quiero que me roben la ropa nueva. Estaré con Robin si quieres algo. Nos vemos luego en el barco. O en otra vida.
Con un gesto de mano desinteresado y una sonrisa descarada se va en busca de la morena, dejando a Zoro con otra sonrisa bailando en sus labios. Que conversación más tonta. Se queda mirándola hasta que la ve reunirse con Robin y solo entonces decide irse. Espera con todas sus fuerzas que quede sake para cuando vuelva.
La fiesta a altas horas de la madrugada ya es un descontrol absoluto. El jaleo es insoportable si no vas lo bastante alcoholizado para que te dé igual. Por suerte para la pelirroja, llegó a ese punto hace un buen rato. Lleva toda la noche apostando con hombres estúpidos para sacarles el dinero. A veces la falta de conciencia está muy bien.
Después de haber desplumado a diez hombres a la vez con una competición para ver quién bebe más —en la que ha habido trampas por doquier, por supuesto— hace un recuento del dinero que ha conseguido. Su mente está un poco en otro mundo por culpa del alcohol, pero siempre recupera sus facultades básicas para cosas como esa. Asiente con la cabeza para felicitarse a sí misma con una sonrisa satisfecha. Veinte mil berris, no está nada mal.
Robin suelta una risita a sus espaldas y Nami se gira, le guiña un ojo y saca la lengua pícaramente.
—Eres mala —le dice la morena, aunque no como una ofensa, sino como un cumplido.
—Lo sé.
Nami esconde el dinero entre sus pechos, sabiendo que nadie lo buscará ahí, y vuelve a sentarse junto a su nakama y algo así como su segunda hermana mayor. Agarra una nueva copa llena de vino hasta el borde y se la lleva a los labios. Un silencio corto se instala entre las dos, hasta que Robin abre la boca al cabo de unos minutos.
—¿Has visto a esa chica de ahí? —su pequeña sonrisa eterna se mantiene en sus labios.
Nami no necesita que le diga nada más, sabe de sobra a qué chica se refiere. Una joven que debe rondar su edad, con el pelo rubio ceniza ondulado y largo hasta la cadera, unos ojos de un color verde brillante que deslumbra y un vestido blanco con flecos que se mueven en perfecta armonía con su cuerpo mientras baila y se contonea frente a ellas y decenas de personas más. Llama la atención además el hecho de que no lleva ningún tipo de calzado y sus labios están pintados de un intenso color rojo que le sienta de miedo. Es una chica preciosa.
Pero aunque la navegante sabe de quién hablaba Robin, no entiende qué quiere decirle.
—Sí. ¿Y qué? —pregunta sin mucho entusiasmo.
—Pues que lleva mirando a Zoro desde que llegó.
La mente de Nami se despeja de golpe con las palabras de su nakama. Se yergue completamente y fija sus ojos en Zoro, que bebe con un par de hombres de la isla no muy lejos de donde están ellas. Vuelve a mirar a la muchacha y es entonces cuando se percata de que poco a poco y sin dejar de bailar se va colocando más cerca de él esperando que la note, lanzándole sutiles miradas de reojo que nadie parece notar, ni siquiera el propio Zoro. Pero Robin sí, después de todo es mil veces más observadora que cualquiera de la tripulación.
—Como si fuera a servir de algo —escupe en voz alta con cierta rabia, sin pensar en las consecuencias que puede traer ese comentario.
Robin gira la cabeza hacia Nami y la observa con una mirada indescifrable. La pelirroja abre mucho los ojos al darse cuenta de lo que ha dicho y se vuelve también hacia la morena. El alcohol le está soltando la lengua. Que mal.
—Porque no es que Zoro se vaya a fijar en ella, ¿verdad? —deja caer Robin como quién no quiere la cosa.
Sonríe y Nami se da cuenta en ese momento de que sabe la arqueóloga sabe su secreto, ese que tanto se han esforzado en ocultar. Suspira y cierra los ojos. La verdad es que es algo que tenía que haberse imaginado desde hace tiempo, Robin no es una persona fácil de engañar.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Skypiea —Nami alza las cejas con sorpresa. ¿Tanto tiempo?—. Tengo ojos que puedo hacer florecer en cualquier parte, cariño.
Al principio Nami no lo entiende pero pronto recuerda su pequeña excursión con Zoro y Robin y los dos besos que compartieron el espadachín y ella cuando creían que Robin no miraba. Se ríe sin poder evitarlo, es la única muestra de cariño que se dieron cerca de ella y los pilló de pleno, tenía que haberlo sabido.
—¿Nos espiaste? ¡Eres una cotilla!
—Llevaba sospechando algo desde que me uní. Eso fue la confirmación.
—¿Lo sabe alguien más?
—No, que yo sepa. Aunque he visto a Brook mirándoos de vez en cuando, como si se oliera algo también. Es observador cuando se trata de mujeres y creo que sospecha algo —añade, cruzando las piernas e inclinándose ligeramente hacia atrás.
Nami se termina su copa de un trago. Está roja y se muere de calor. Vuelve a reír.
—¿Y Sanji entonces no lo sabe? —una sonrisa burlona se mantiene en sus labios. Sanji sabe de mujeres mil veces más que cualquier otro hombre.
—Sanji se lleva a matar con Zoro y a ti te tiene demasiado idealizada, dudo mucho que por su mente haya pasado siquiera la simple idea.
La teoría de Robin suena razonable. Sí, es posible que Brook se haya dado cuenta y Sanji no. Los demás simplemente viven muy en su mundo o son demasiado inocentes. No se enterarían ni aunque se lo gritaran a la cara.
Repentinamente, la pelirroja se levanta y hace crujir su cuello y sus nudillos. Su mirada pierde la emoción, volviéndose siniestra y oscura. Robin alza una ceja.
—¿A dónde vas? —pregunta, sin esconder el tono risueño que guardan sus palabras.
—A enseñarle a esa tipa que no se toca lo que es de otras —aclara con una voz que aterrorizaría a los más bravos guerreros.
Robin deja escapar por fin una suave carcajada mientras observa a Nami alejarse de ella a paso rápido y seguro. La rubia, que en estos momentos está hablando con Roronoa, le está empezando a dar un poco de pena. No le gustaría estar en su piel en estos momentos por nada del mundo.
Zoro está un poco perdido. Ha bebido tanto que no puede ni pensar en condiciones, así que está intentando recordar si conoce de algo a esa mujer rubia que se le ha acercado y que acaba de sentarse sobre su regazo por la cara. La observa con los ojos entrecerrados —tampoco es que sea capaz de abrirlos más— a ver si reconoce sus rasgos, pero no. No hay manera. Esa chica no le suena de nada.
Le está diciendo algo, pero no la está escuchando. Solo quiere que se quite de encima pero Zoro no se atreve a decirle nada. Sin embargo, le hace completamente el vacío para ver si así se marcha sola pero, cuando la chica pasa un brazo por su cuello y le acaricia el pelo a la vez que acerca sus labios a su oído, se da cuenta de que eso no va a funcionar.
Se está poniendo muy nervioso. Ahora ha entendido completamente qué quiere esa mujer y no tiene ni idea de cómo decirle que no. Joder. Él no entiende de esas cosas. Madre mía, se le ha pasado la borrachera casi de golpe del susto.
Una repentina exclamación parte de la mujer le hace ponerse en alerta y lo que tanto deseaba se vuelve realidad. Ya no está sobre él, pero la manera de apartarla no es que haya sido la mejor. Zoro consigue enfocar la vista a duras penas en Nami, que se alza frente a él muy orgullosa y mantiene firmemente agarrado el brazo de la rubia con una mano.
Nami aprieta el agarre un poco más, Zoro cree que si no la suelta pronto es posible que le deje marca, y acerca su rostro al de la chica con una de las expresiones más terroríficas que le ha visto nunca.
—Fuera de aquí.
La muchacha palidece ante el tono frío y duro de la pelirroja. Estaba dispuesta a contestar, incluso a levantar la mano contra ella, pero de repente toda su valentía se ha esfumado. No sabe que tiene esa mujer que es capaz de infundirle ese pánico, pero tampoco quiere averiguarlo. Decide que es mejor largarse de ahí cuanto antes, no se va a jugar la vida por un hombre.
La gente que tienen alrededor, que se habían quedado absortos observando lo que sucedía de entre ambas chicas, vuelven a la fiesta como si nada hubiera pasado.
Zoro ha estado mirando la escena con los ojos bien abiertos y mirada incrédula. Cuando Nami camina hacia él con las manos puestas en las caderas no está muy seguro de saber si tiene que asustarse o no. La mirada que Nami le dirige es neutra, no tiene ni idea de lo que está pasando por su mente. Traga saliva con dificultad. ¿Qué le va a hacer? ¡Él no ha hecho nada! ¡Ha sido la chica! Quiere decírselo, pero ni siquiera le salen las palabras.
¿Quién iba a decir que el famosísimo espadachín Roronoa Zoro, uno de los mejores de todo el mundo, el terror de tantos hombres, iba a estar tan acojonado por una muchacha a la que le saca varias cabezas de altura y que nada podría hacer contra él en combate?
Pues cualquiera que sepa cómo es Nami cuando está enfadada.
Un gesto que Nami le hace con los dedos le indica que se levante de su asiento. Despacio, obedece. La mujer le agarra del abrigo con las dos manos y tira de él hacia su propio cuerpo, dejando sus caras a poquísimos centímetros de distancia. Zoro siente muchísimas ganas de besarla al tenerla tan cerca, pero tiene la sensación de que como lo haga Nami le va a soltar tal guantazo que le va a dejar la cabeza descolgada. Así que mejor se queda quietecito.
—¿Has terminado?
Zoro lade la cabeza, desconcertado con la pregunta. Nami señala entonces el vaso del que estaba bebiendo hace solo un momento. Ah, le está preguntando si ha terminado de beber. Asiente rápidamente con la cabeza. Nami también asiente con la suya y da un paso hacia atrás para recuperar las distancias con Zoro. El chico toma una gran bocanada de aire. Que mal lo ha pasado.
Mira a Nami, que se aleja y llena dos copas hasta arriba de sake antes de volver con él. Le tiende una, que él mira con desconfianza. Lo mismo quiere envenenarle o algo. Nami pone los ojos en blanco, su actitud humana parece haber vuelto. Su rostro vuelve a tener expresión.
—Bébetela ya, que no tengo toda la noche —le instiga, después de haberse bebido la suya propia de golpe.
Zoro hace lo que le ha pedido y, en cuanto despega los labios del vaso, Nami se lo quita de las manos y lo abandona junto con el suyo sobre la mesa antes de tomar una de sus manos y obligarlo a seguirla. Nami esquiva con gracia a toda la gente que se cruza en su camino.
El espadachín no entiende nada. ¿Qué hace?
—¿A dónde vamos? —acierta a preguntar. Mira hacia atrás con el ceño fruncido mientras continúan alejándose, él quería seguir bebiendo.
—Al barco. ¿Te acuerdas de que en Navarone me dijiste que no teníamos intimidad porque el barco siempre estaba lleno de gente? —Zoro le contesta con un seco sí, sin saber a dónde quiere ir a parar—. Bien, pues ahora está vacío porque todos están aquí de fiesta. Fiesta que se va a alargar hasta el amanecer. Amanecer para el que aún quedan un par de horas. ¿Me entiendes o tengo que hacerte un croquis?
A Zoro le cuesta un poco caminar y tener que pensar en los acertijos de Nami a la vez. Pero sí, tras un momento finalmente comprende a dónde quiere ir a parar la pelirroja.
—No sé si los dos borrachos era como me había imaginado nuestra primera vez.
—Es verdad, porque aquella base llena de marines era el colmo del romanticismo —le contesta Nami, mordaz—. ¿Qué esperabas? ¿Pétalos de rosa y un anillo de compromiso? Y además, sabes que ni tú ni yo vamos ni la mitad de bebidos de lo que en realidad podríamos estar.
Zoro se echa a reír de buena gana. La chica vuelve a tener razón, como siempre. Cuando salen de todo el bullicio, Nami se detiene y suelta su mano. Le mira durante un instante con una sonrisa que le promete el mundo y entonces echa a correr hacia el navío. Zoro solo tarda un segundo en hacer lo mismo.
Solo tienen dos horas antes de que sus nakamas comiencen a aparecer, pero están dispuestos a aprovecharlas al máximo.
