DIEZ

Traición

Zoro bosteza sin ningún tipo de disimulo y se limpia una lagrimita que se le ha escapado. Que sueño tiene. Que aburrido está. Luffy la ha liado pero bien. Anda que no había océano como para que la bala de cañón de los marines que repelió fuese a parar al restaurante Baratie ese. Ese idiota no puede tener más mala puntería.

—Tío… Luffy se está tomando su tiempo. Probablemente tenga que limpiar platos por un mes o algo así —aventura Zoro. Si es verdad que ese restaurante es llevado por antiguos piratas, el jefe será un tío duro de pelar. Le estará echando una buena bronca, seguro.

—Podíamos haber culpado a los marines, pero es demasiado honesto —Nami pone los ojos en blanco cuando dice lo último y Zoro, que la observa de reojo, sonríe de lado. Pues sí. Una pena que el capitán les haya salido así.

—¡Vayamos a verle! ¡Podemos conseguir comida! ¿Qué decís? —Usopp sonríe ampliamente, contento con su idea. Se muere de hambre y no han comido nada decente desde que salieron de su pueblo.

Zoro y Nami cruzan una mirada. La idea ha sonado genial. No habían estado tan de acuerdo en nada desde que se conocieron, así que se ponen en pie a la vez y Usopp deja escapar un grito de júbilo al comprobar que le hacen caso, levantándose rápidamente tras ellos.

¡Comida!

Los tres desembarcan en el Baratie pero Usopp se adelanta a ellos, saltando alegremente como un niño pequeño. Nami mira a Zoro y deja escapar una carcajada. Cuando le ve sonreír, sabe que debe estar pensando lo mismo que ella. El narizón tiene una personalidad muy parecida a la del capitán en ciertos aspectos, está claro que se van a seguir en todas las estupideces que se les ocurra. Nami cierra los ojos por un par de segundos, pensando que le gustaría estar ahí para verlo. Pero no será posible.

—¿Te pasa algo? —la voz de Zoro la devuelve a la realidad. Está muy serio, y Nami se percata de que sus propios ojos están humedecidos. Estaba a punto de echarse a llorar sin darse ni cuenta.

Frunce los labios y niega con la cabeza con una sonrisa falsa.

—No, estoy bien —pero Zoro no se lo cree para nada. Sin embargo, no insiste más en el tema.

Nami ha estado rara, más de lo normal, conforme se iban acercando al Baratie. ¿Será que tendrá relación con alguien de allí? Enseguida rechaza esa opción, no ha puesto pegas para bajar del barco y sea lo que sea lo que le pasa parece ser para mal. Ojalá pudiera ayudarla de algún modo, pero no saben absolutamente nada de ella. Algo la está perturbando y le frustra un poco no saber lo que es.

Los tres acaban entrando el restaurante y se sientan en la primera mesa libre que ven. Zoro decide no pensar más en el tema. Ahora lo único que quiere es comer.

Nami llama la atención de los chicos con una sonrisa divertida cuando ve a Luffy pasar con un mandil atado a la cintura. Los dos miran al instante lo que su nakama les ha señalado y no esconden lo gracioso que les resulta el asunto.

—¿Qué pasa, grumete? —saluda Nami, recostándose en la silla y alzando la mano en un saludo algo vacilón cuando comprueba que el capitán también les ha visto a ellos.

—He oído que tienes que trabajar aquí un año —comenta Usopp con cierta maldad.

—¿Puedo cambiar nuestra bandera pirata? —pregunta Zoro con descaro.

La mirada fastidiada de Luffy por tener que hacer esos trabajos cambia a una de enfado absoluto. No se lo puede creer.

—¡Vosotros! ¿No creéis que es muy rastrero? ¡Estáis ahí cómodamente sentados y disfrutando de la comida mientras yo sufro! —estalla en un grito que resuena por todo el lugar, por lo que los clientes desvían su atención hacia ellos. Incluido un peculiar camarero rubio.

—¿Rastrero? Tenemos nuestros derechos… —se defiende Zoro. Cuando gira la cabeza para mirar a Usopp, Luffy decide vengarse de sus palabras ahora que no le ve echando un moco en su vaso de agua, provocando que tanto Nami como Usopp tengan que hacer todo lo posible por no echarse a reír como unos desquiciados—. Este restaurante es muy bueno, pero a ti te parece rastrero… —Zoro toma el vaso y lentamente se lo acerca a los labios.

Pero repentinamente cambia la trayectoria, se pone de pie y obliga al mismísimo Luffy a beberse todo el líquido, enfadado. El pobre acaba tirado en el suelo, con las manos en el cuello y muriéndose del asco por lo que acaban de obligar a hacer. Nami y Usopp ya no se molestan en ocultar la risa. Están incluso llorando y dándole golpes a la mesa del ataque que les ha dado.

Nami acaba de aprender que Zoro también puede hacerla reír incluso aunque esa no sea su intención. Definitivamente algo que no se esperaba.

—¿Qué estáis haciendo? – pregunta Luffy, asqueado.

—¿Y tú? ¿Qué cojones estás haciendo tú?

Zoro se queda mirando a su capitán sin ningún rastro de compasión en sus ojos. El muy cerdo se atreve a hacerle esa guarrada, que es más rastrera que lo que están haciendo ellos, y encima se quejará por querer vengarse. Menudo idiota.

Escucha las carcajadas de sus nakamas junto a él, aunque no se mueve ni da muestras de hacer algo más aparte de mirar desafiante a Luffy. Aun así, es capaz de concentrarse en la risa de Nami, que suena realmente bonita, como música para sus oídos. Ojalá se riera más a menudo. Nami es una chica mucho más seria de lo que aparenta en un primer momento.

—¡Oh! ¡Gracias a Dios que te he conocido hoy! ¡Oh! ¡Amor mío! Solo sonríeme.

La poética exclamación resuena por todo el restaurante. Al principio todos se muestran desconcertados, Nami la que más, porque de repente se ve agasajada por un guapo chico rubio que reconoce como uno de los camareros del restaurante. Su cara se vuelve todo un poema. A ver, es una chica mona, ella lo sabe y los hombres lo saben. Está claro que no es la primera vez que la piropean, pero es la primera vez que lo hacen tan abierta y descaradamente. Y de forma tan bonita, todo sea dicho.

—Si tú estás conmigo, me puedo convertir en pirata o diablo. ¡Oh! ¡Pero nuestro pobre destino está condenado!

Nami se queda paralizada, sonriéndole al cocinero y con la vergüenza, la incomodidad y la risa luchando a la vez por mostrarse en su rostro. Encima se ha arrodillado frente a ella y la ha tomado de la mano. Nunca jamás había vivido nada así y no cree que vuelva a vivirlo jamás.

Luffy ya se ha levantado del suelo y se ha quedado de pie junto a su segundo de a bordo, mirando con extrañeza al chico al que tan solo un rato antes le pidió que se uniera a la tripulación. Pero si la mirada de Luffy observa al rubio como si tuviera tres cabezas, la de Zoro parece querer hundirlo en lo más profundo del mar.

¿Se puede saber de dónde ha salido ese poeta de tres al cuarto con toda esa palabrería barata? Se le ocurre durante una breve milésima de segundo que tal vez, y solo tal vez, lo que siente son celos, pero enseguida se le pasa. No, imposible.

Pero, aunque no quiere admitírselo a sí mismo, cuando el dueño del restaurante aparece y comienza a pelear con el cocinero, todo su ser se relaja tan solo porque ya no está prestándole atención a Nami. Incluso observa la pelea que ocurre entre ambos con algo de regocijo interior porque ese tío le ha dado la hostia que él mismo quería darle.

Sin embargo, la pelea acaba antes de lo que le hubiera gustado y Nami vuelve a estar en el punto de mira de ese baboso. Al menos ahora Zoro está sentado de nuevo junto a ella. Como el capullo se pase de listo tiene toda la intención de cruzar todo el East Blue volando del puñetazo que le va a soltar. Aunque para su decepción, la comida y la bebida que ordena gratis para la pelirroja no es motivo para hacerlo.

Se guarda un bufido indignado y observa a Nami, a la que ya no le queda ni un rastro de esos sentimientos que mostraba antes. Ahora se muestra alegre y en cierto modo coqueta, cosa que está repateando a Zoro con toda su alma. Conoce a Nami lo suficiente para saber que es pura fachada para conseguir cosas gratis, que con lo tacaña que es no es nada difícil de suponer, pero le jode de todas formas. Le molesta de sobremanera que abrace simplemente a ese tío. Y se dice a sí mismo que es por las caras de pervertido que pone cuando lo hace, pero sabe que le molestaría igualmente aunque no las pusiera.

Mierda.


Zoro, nunca, jamás, en toda su existencia, ha sentido tantísimas emociones tan seguidas, tan diferentes y tan intensas. Acaba de descubrir que el hombre que tanto tiempo ha estado buscando se encuentra allí, en el East Blue, y de repente algo desconocido ataca la flota completa del capitán Don Krieg dejando su barco hecho pedazos. Esto último ha dado lugar a un peligro inmediato para Nami, Johnny, Yosaku y el barco; y, aunque a Zoro le hubiera gustado salir corriendo en busca del mejor espadachín del mundo, las vidas de sus amigos siempre serán más importante que cualquier otra cosa.

Por eso, cuando ve a Johnny y a Yosaku pidiéndole ayuda entre lágrimas, abandonados en el mar desde hace a saber tú cuanto y sin que haya rastro alguno de Nami y Merry, sale de él preguntar a gritos dónde están. Y siente como una pequeña parte de él parece caer al vacío cuando confirman lo que él había llegado a sospechar y no había llegado a creer del todo: que Nami les ha robado todo lo que tenían y se ha escapado.

—¡Mierda! ¡Ya decía yo que últimamente estaba muy rara!

Zoro decide dejar salir todo en forma de furia, dándole un fuerte puñetazo a la pared sin romperla pero haciéndola temblar completamente. Joder, está muy enfadado. Se siente tan engañado… es la primera vez que su instinto le falla de semejante forma. O que él decide ignorar de semejante forma. En cualquier caso es como un insulto hacia su persona.

Es tal su furia que cuando Luffy les dice a él y a Usopp, que está en un estado parecido al suyo, que aún puede ver el barco a lo lejos y que si se apresuran pueden alcanzarlo, lo primero que hace Zoro es negarse. Pero Luffy no está dispuesto a perder a su navegante y Usopp no está dispuesto a perder el barco que le regaló su amiga. Zoro respira hondo y, a regañadientes, acaba aceptando. Se encuentra más calmado y, un poco más en frío, se acepta a sí mismo que él también quiere a Nami de vuelta.

Pero hay algo que llama su atención al instante. Dracule Mihawk, que ha sido el que ha formado todo ese revuelo entre los cocineros y los piratas. Que acaba de partir uno de los barcos más enormes que ha visto en su vida en dos con la facilidad con la que se corta una naranja. Que está allí como si el mismísimo Zoro lo hubiera llamado.

Y por mucho que le duela a sí mismo o a los demás, Nami tendrá que esperar un poco más.


—Eran buenos chicos…

Nami no ha parado de llorar desde que salió del restaurante Baratie. Estaba aprendiendo a ser lo bastante mala con los piratas como para poder dañarles y robarles sin sentirse culpable. ¿Por qué tenían que aparecer esos imbéciles? ¿Por qué tuvo Zoro que salvarle la vida aquel día? A veces piensa que hubiera sido mejor que la hubiera dejado morir. Pero esos pensamientos de su parte más egoísta tan solo se mantienen durante un par de segundos, hasta que recuerda que tiene que liberar a su pueblo. No puede dejarles más bajo el mando de Arlong. Y queda poco, muy poco, para conseguirlo.

—Me pregunto si me dejarán regresar si nos encontramos de nuevo…

¿Podrá? Es más un sueño inalcanzable que un futuro que de verdad llegue a ver viable por la sencilla razón de que le cuesta imaginarse una vida después de Arlong, pero es algo de desea con todas sus fuerzas. Porque esos chicos por fin le han hecho sentirse parte de algo.

—Me pregunto si los veré de nuevo.

Observa el horizonte sonriendo con tristeza. No le queda mucho para llegar hasta Cocoyashi.

—¡Quiero ser libre, Bellemere-san!