ONCE
Padre
Desde que Franky se ha unido a la tripulación de los Mugiwara, Zoro apostaría sus manos a que ahora los días son mucho más ruidosos. Si no tenían bastante con todas esas gilipolleces que se les ocurren a Usopp y a Luffy, en las que a veces Chopper también se ve envuelto, ahora tienen a Franky para convertir esas ideas en una realidad. Con el escándalo que están montando ahora mismo no hay quién se eche una siesta en condiciones, joder.
Se pone en pie cuando se da cuenta de que no podrá dormir ahí y decide subir a la torre vigía, que solo él suele utilizar. Puede entrenar y puede dormir en él. Dos por uno.
Arrastra los pies con pesadez, bostezando y rascándose la cabeza con esa cara de chupar limones que suele llevar habitualmente. Llega al pie de las escaleras que le llevarán hasta su destino y apenas ha puesto las manos en ellas para impulsarse y comenzar a subir, cuando un movimiento a su espalda le hace desistir y darse la vuelta.
Nami está ahí de pie, con los brazos cruzados detrás de la espalda y sonriendo de forma muy, muy amplia. Tanto que a Zoro le da mala espina al instante. Cuando Nami sonríe tanto es que algo malo va a pasarle a alguien de su alrededor. Eso es algo que todo el mundo en ese barco, incluso Franky, ha aprendido muy bien. Norma básica de supervivencia.
El espadachín se pasa una mano por el pelo y clava sus oscuros ojos en la pelirroja. Traga saliva con dificultad y por fin se atreve a decir algo.
—¿Qué quieres?
—Nada... —el tono con el que le contesta es cantarín, alegre. La inquietud de Zoro aumenta por instantes.
—Ah —es lo único que acierta a decir.
Zoro inclina la cabeza a modo de despedida y, ahora sí, sube a la torre. Pero en cuanto pone los dos pies en el suelo escucha como alguien está subiendo también. Su cara se desfigura al percatarse de que es Nami. ¿En serio? ¿Qué es lo que quiere? Se pregunta con cierta desesperación. Eso sí, tiene tiempo mientras para ser un caballero y ayudarla a terminar de subir y a ponerse en pie. Ella murmura un gracias y la sonrisa vuelve a aparecer con más fuerza. ¿Qué está pasando?
—Nami, empiezas a darme miedo —confiesa, alejándose de la chica y dejando las espadas apartadas a un lado. Iba a dormir, pero se está poniendo tan nervioso que ahora quiere descargar la tensión por algún lado, así que va a entrenar.
Ella sigue sonriendo, aunque esta vez la sonrisa es cerrada e incluso algo fruncida. Parece una niña pequeña que está a punto de hacer alguna trastada e intenta evitar por todos los medios que sus padres no se den cuenta de lo que pretende.
Nami avanza unos pasos hasta acortar las distancias con Zoro. Le echa los brazos al cuello, sin decir una palabra. Solo sonriendo. Zoro entreabre ligeramente los labios para tomar aire y no corresponde el gesto de su nakama.
—He hablado con Robin —las cuatro palabras que pronuncia finalmente la pelirroja, que podrían ser de lo más inocentes si no las hubiese dicho con ese tono jocoso, le arrancan más de un escalofrío al espadachín.
Ahora entiende qué es lo que le pasa a Nami.
Puta Robin. Esta se la guarda. Bocazas de mierda.
—¡Bicha! —se le escapa a Zoro. Aunque en cuanto lo dice se arrepiente porque Nami no tolera ni una sola mala palabra dedicada a la arqueóloga, ahora todavía menos.
—De Robin no vuelvas a decir nada o vamos a tener un problema —su voz suena amable y sin embargo los dos saben que esa amenaza es tan peligrosa como si hubiera dejado ver su enfado.
Zoro asiente con la cabeza pero no pide perdón. Nami tendrá que conformarse con eso. Es su manera de decir que lo siente. El espadachín suspira y mira al techo antes de enfrentarse a la mirada divertida de su nakama.
—Y ahora qué.
—Podías haberme llamado y nos hubiéramos echado unas fotos como si fuéramos una familia feliz —Nami se separa de Zoro riendo a carcajada limpia. Se deja caer al suelo y todo porque las piernas empiezan a fallarle.
El espadachín, por su parte, la está mirando de la peor forma que puede.
—No tiene gracia, lo he pasado mal. ¡Esa mujer loca no me dejaba irme! —se queja.
Da media vuelta y fastidiado, se sienta en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Nami sonríe, ahora sintiendo un poco de pena por él, y se acerca hasta donde está a gatas. Se acomoda en su regazo. Zoro está mirando hacia todas partes menos hacia dónde está ella, pero aun así no rechaza su contacto. Nunca se atrevería a rechazar cualquier intento de acercamiento de Nami, aunque casi nunca será él el que dé el primer paso. Lo de Navarone fue un incidente aislado que difícilmente podría volver a ocurrir, pero bueno. Es parte de su forma de ser.
—Me hubiera encantado verte así, como un padre. Hubiera sido épico —confiesa Nami con una risita traviesa. Zoro sonríe ligeramente aprovechando que, tal y como están, ella no puede verle.
—Para tu información, no era el padre. Era el hermano mayor —Nami gira la cabeza para que el espadachín pueda ver su ceño fruncido. Mientras tanto, él la mira con cierta altanería.
—Lo que sea. Que imbécil eres.
—Pues como tú. Y ahora —Zoro empuja el cuerpo de Nami lo suficiente como para poder levantarse—, déjame entrenar tranquilo. Me has puesto nervioso y necesito la adrenalina.
- Vale —la pelirroja se pone de pie— pero tienes que bajar dentro de una hora para cuidar a los niños —y se echa a reír de nuevo.
Zoro la mira mal. Muy mal. Nami pone carita inocente y parpadea varias veces para parecer más dulce, con una sonrisa que pretende dejar claro eso mismo.
—Estás fatal.
—Oye, que no es mentira. ¿Qué te crees que son Luffy, Usopp y Chopper aquí?
Zoro no se molesta ni en abrir la boca. Punto para la navegante, piensa mientras la observa bajar las escaleras del gimnasio, sonriendo para sí mismo.
—Pero no lo entiendo. ¿Cómo se puede hacer eso?
—Luffy, no sé si estás preparado para conocer esa respuesta.
Zoro mira a sus nakamas en general para centrarse después en Sanji y Luffy, que son los dos que están hablando. Ha sido el último en bajar para la cena, así que no tiene ni idea de cuál es el tema que tratan y que su capitán no comprende pero, teniendo en cuenta quién es, podría ser cualquier cosa. Se encoge de hombros, pronto descubrirá qué es. Hasta entonces disfrutará de su comida en el único hueco libre que queda, entre Luffy y Nami.
—Zoro, ¿tú qué opinas? —la pregunta de Chopper descoloca ligeramente a Zoro, que alza una ceja para mirarlo.
—¿Sobre qué?
—Chopper, ¿no ves que Zoro acaba de llegar y no sabe de qué hablamos? —dice Nami con gracia. Apoya la cabeza en el hueco de su mano y dirige sus ojos hacia el espadachín—. Estamos hablando de los niños y de si nos gustan o no.
Zoro casi se ahoga con el primer bocado que se había llevado a la boca, el rostro de Nami se vuelve perverso y Robin sonríe imperceptiblemente. O casi, porque Zoro sí que ha visto esa sonrisa. La fulmina con la mirada. Tiene que pensar alguna forma de vengarse de ella pero ahora no es el momento. Debe actuar con normalidad. Como alguno más se entere de lo que ha pasado en Water Seven va a perder el respeto que se ha ganado frente a sus nakamas. Y antes muerto que tener al cocineto mierdoso riéndose de él durante el resto de su vida.
—¿Te gustan los niños, Zoro? —vuelve a preguntar Chopper con esa inocencia tan suya.
—No especialmente... tampoco tengo una opinión especial al respecto—se apresura a contestar. No levanta la vista de su plato pero puede ver por el rabillo del ojo como Nami se pone una mano en la boca y ahoga una carcajada.
Es un bicho.
—Oye Zoro, ¿tú también sabes cómo se meten los niños en las barrigas de las madres? —pregunta Luffy—. Todos lo saben menos yo y no me lo quieren decir - pone una cara de fastidio totalmente infantil y se cruza de brazos.
Zoro, desprevenido por la pregunta, no puede evitar que sus ojos se desvíen durante un segundo hacia la navegante, que se pone algo roja cuando nota el gesto. Ella baja la cabeza, azorada, y él carraspea y toma su vaso de agua para darle un trago. Ha hecho mal en hacer eso, alguien podría haberse dado cuenta. Y eso que él aún no ha llegado tan lejos con Nami.
Sacude la cabeza. No, que no se vayan ahora sus pensamientos por ahí o van a tener un problema.
—Es muy difícil. No lo entenderías —acaba respondiendo a su capitán.
Luffy decide no insistir más en el tema, menos mal, y vuelve a su tarea de robar comida de platos ajenos. Zoro se relaja un poco, pensando que por fin se han olvidado todos del dichoso temita. Nada más lejos de la realidad.
—Pues no entiendo por qué no te gustan los niños, Zoro —el aludido aprieta los dientes. Chopper le mira sonriente, sin darse cuenta de la tensión de su nakama—. A mí me encantan y, además, son nuestro futuro. Uno de esos niños algún día será el Rey de los Piratas que sustituya a Luffy —el chico, al escuchar su nombre, levanta la cabeza del plato y enseña toda la comida que lleva en la boca en una inquietante sonrisa.
—Chopper tiene razón —interviene Franky. A su lado, Usopp asiente con la cabeza -. ¡Los niños son súuuuuper!
—¿Y a mí que me contáis? —se queja Zoro. Solo quiere comer en paz.
—¿Ni siquiera querrías un pequeño Zoro correteando por ahí? —el rostro del peliverde se desencaja ante la idea de Usopp. Dios, en la vida ha pensado en llegar a tener un hijo. Ni cree que vaya a tenerlo nunca, la verdad.
Pero entonces recuerda que mantiene algo así como... una relación. Si es que se le puede llamar así a eso que tiene con Nami, quién por cierto mantiene una expresión completamente neutra. Es imposible saber en qué está pensando ahora mismo. Y Zoro sabe que si lo está ocultando es que no es nada bueno.
La pregunta del millón aparece en su mente, poniéndole los pelos de punta. ¿Tendría algún hijo... con ella? Él jamás se ha imaginado como un padre, aunque también es cierto que nunca se había imaginado con nadie y mira ahora. A lo mejor lo normal es que tuvieran un hijo. ¿Tienen edad para tener hijos? Por favor, que dolor de cabeza le está dando.
—Me estáis enfermando —dice finalmente. Le están dando incluso arcadas. Qué horror.
Decide que no quiere escuchar nada más sobre el tema. Se acaba su plato solo para no tener que escuchar al estúpido cocinero echándole la bronca por dejarse comida y decide regresar a la torre, el único lugar en el que sabe que nadie le molestará.
Pasan los minutos. Ha intentado coger ese sueño que antes ha perdido, pero esta vez es su mente la que no le deja dormir. Así que otra vez a entrenar. Así le encuentra Nami cuando va a buscarle tres horas después, cuando ya están todos dormidos. Zoro deja las pesas en el suelo y se limpia el sudor con una toalla. Intenta no mirarla mucho, está bastante molesto con ella por todo lo que ha pasado ese día.
—Lo siento.
Ahora es cuando él se da la vuelta y la mira, con los brazos cruzados para imponer más. Nami acorta las distancias y le da un abrazo que Zoro tarda un par de segundos en responder. La pelirroja, que mantiene la cabeza apoyada en su pecho, siente como el cuerpo del espadachín se relaja mientras los latidos de su corazón aumentan ligeramente. Suelta un suspirito de satisfacción. Le gusta saber que ella es la única que puede conseguir eso.
Zoro siente en ese momento las irrefrenables ganas de excusarse por lo que ha dicho antes en la cena.
—No es que no me gusten los niños... —comienza.
—Ya lo sé, Zoro —interrumpe Nami—. No es que no te gusten, es que no se te dan bien. Lo sé. A mí tampoco se me dan muy allá, aunque creo que mejor que a ti seguro que sí —ríe ante su propia broma, que a Zoro no le arranca más que una media sonrisa.
—¿Tú quieres...? —Zoro se ha armado de valor para ser capaz de pronunciar la frase, pero su garganta se cierra al llegar a las palabras clave. Nami le mira horrorizada, sabiendo lo que quería decir, y niega corriendo con la cabeza.
—¿Pero qué dices? —se separa de él—. ¿Un niño ahora, con todo lo que tenemos encima y a nuestra edad? ¿Estás tonto?
—Yo qué sé... te he visto antes tan seria cuando me han preguntado si quería tener un hijo...
—Porque me he dado cuenta de que, aunque es una opción que ahora rechazo totalmente, no lo hago a largo plazo. Quiero ser madre —Zoro asiente despacio con la cabeza ante la revelación—. ¿Tú estás cerrado completamente a tenerlos? —pregunta Nami de repente. Una pizca de ansiedad se percibe en su mirada.
—¿Sabes? Sí me lo hubieras preguntado hace tiempo es muy probable que te hubiera dicho que no querría tener uno de esos en la vida. Pero ahora... no lo veo tan descabellado. Tal vez cuando tenga cincuenta años o así.
—Pues entonces la madre te la vas a tener que buscar bastante más joven que tú si lo que esperas es tener hijos biológicos—señala Nami con una risa.
—¿Por qué? - pregunta Zoro, realmente sorprendido por el comentario.
—¿No es obvio? Cuando tú tengas cincuenta, yo tendré cuarenta y nueve. Estaré menopáusica perdida o a un pie de estarlo.
Zoro se queda completamente desconcertado y Nami se da cuenta de que no tiene ni idea de a qué se refiere. Se ríe fuertemente. Hay cosas para las que puede ser tan estúpido como el capitán. Le da un beso en los labios que lo pilla desprevenido pero que pronto corresponde.
—¿Entonces con qué edad te parece bien?
—Cuarenta como mucho. Como mínimo... cuando hayamos cumplido nuestros sueños y cuando Luffy se haya convertido en el Rey de los Piratas. ¿Qué te parece eso?
Zoro corresponde la sonrisa que Nami le está ofreciendo. Une sus labios de nuevo en un casto beso y la toma por la cintura mientras ella rodea su cuello.
—Trato hecho.
—¿Te has dado cuenta de que estamos solos y todos están dormidos? - le pregunta Nami al peliverde después de varios besos más. Zoro gira la cabeza hacia la entrada del gimnasio durante un instante. Es verdad.
—¿Quieres ir practicando ya el tema de los niños?
—Si me lo dices así... —Nami alza las cejas varias veces con picardía y Zoro sonríe de la misma forma cuando ella salta sobre él, rodeándole completamente con su cuerpo. Zoro, por su parte, le acaricia la espalda con fervor y junta sus labios.
Para la desgracia de ambos, un trueno se escucha fuera y el barco sufre una sacudida. Ambos se separan alarmados y, tras otro movimiento brusco, a Nami no le queda más remedio que bajar de sus brazos.
—Una tormenta. Estamos gafados, cuando no es la falta de intimidad es el clima; y si no, será algún enemigo —afirma Nami poniendo los ojos en blanco—. Ve a avisar a los demás, los necesito en cubierta ya —ordena con voz firme, dirigiéndose hacia la salida sin ni siquiera mirar a Zoro. Éste deja escapar un suspiro cansado y camina tras la navegante para hacer lo que le ha dicho.
La tan ansiada práctica tendrá que esperar.
