QUINCE

Demonio

¡Ah! ¡La tranquilidad!

O bueno, toda la tranquilidad que pueden tener los Mugiwara sentados en un bar mugroso en medio de una isla llena de piratas mientras su capitán se pone hasta las cejas de todo tipo de platos de aspecto dudoso pero aun así deliciosos.

Por supuesto, ha llegado un punto en el que Nami se ha visto obligada a intervenir antes de que Luffy acabe con todas las reservas de la isla. Por no hablar del dinero que les va a costar. No le importa que sus otros nakamas quieran seguir comiendo, pero Luffy ya no va a probar ni un bocado más. Que encima de todo se está quejando de lo mucho que gastan todos cuando la mitad del dinero que consiguen se les va alimentándolo. Como es de esperar, no tarda en lloverle unos cuantos puñetazos de parte de Usopp, Sanji y Zoro por soltar semejante estupidez.

Nami suspira, frustrada. Lo primero que hicieron al llegar a la isla fue abastecer el barco y sus bolsillos —no solo los del barco en general, sino también los suyos en particular— han empezado a notar la falta. Con el bien que le hubiera hecho que le pagaran ese billón en Arabasta.

Arabasta…

Una sonrisa cruza su rostro durante un instante y se vuelve para mirar a Zoro, sentado justo a su derecha, que se halla de brazos cruzados y en silencio. Cuando la nota, gira la cabeza hacia ella y le sonríe de vuelta al imaginar en lo que está pensando la navegante. El fugaz beso que compartieron después de derrotar a Miss Doublefinger. Un beso que ambos llevan grabado a fuego en sus pensamientos.

Pero de momento no tienen tiempo para pensar en esas cosas. Ahora mismo lo único en lo que deberían concentrarse es en conseguir algo de dinero antes de que se mueran de hambre. Con Luffy a bordo, sería dentro de poco tiempo.

—De todas formas, es un gran problema —Nami mira a Sanji cuando le escucha hablar, que parece casi tan preocupado como ella por ese tema. Después de todo, es el cocinero. Para él el dinero es imprescindible para poder comprar todos los alimentos que necesitan para no sufrir ninguna de las enfermedades típicas en aquellos que pasan largas temporadas en alta mar.

—Cualquier cosa serviría… ¿No hay alguna forma por aquí de conseguir dinero rápidamente?

—Bueno, no vi ningún casino ni nada parecido en esta isla. Supongo que tendremos que esperar a si la siguiente tiene algo más que ofrecer.

Pero Nami no ha escuchado la última frase. No le ha pasado desapercibido el gesto del camarero, que les ha observado de reojo al escuchar su pregunta y que se ha girado de nuevo al descubrir que ella le había cazado. ¿Tal vez sabe algo sobre lo que necesitan? Sanji se percata de su despiste y le pregunta si sucede algo, pero Nami niega con la cabeza. Podría ser solo su imaginación.

Sus sospechas quedan aparcadas durante unos instantes, hasta que ve a un hombre con claro aspecto de pirata hacer un extraño intercambio con el mismo camarero. El primero le ha entregado dos monedas de cien berris y el segundo le ha abierto una puerta por la que ha desaparecido en cuestión de segundos. Y Nami no se ha perdido nada de ese proceso. ¿Qué demonios ha sido eso?

—¿Qué te pasa, Nami-san? —le pregunta Sanji de nuevo. Ella niega con la cabeza.

—No es nada.

Quiere quitarle hierro al asunto porque no está para nada segura, pero la sensación de que lo que acaba de ver podría ser la solución a sus problemas no se le va de la cabeza.

—Ese tipo que acaba de entrar… probablemente era un pirata —Nami y Sanji se vuelven hacia Zoro, sentado justo a la derecha de ella, que está de brazos cruzados y ni siquiera les está mirando—. Además, hizo un intercambio sospechoso con el camarero. ¿Verdad?

—Zoro, ¿lo estabas observando? —Nami suena inevitablemente curiosa. Le llama la atención que haya sido justo él el que también se ha dado cuenta de que algo parece suceder porque es una persona muy observadora, pero normalmente no para estas cosas.

—Más bien lo noté cuando entró. ¿Qué piensas?

—¿Por qué lo dices?

—No te hagas la tonta. Lo oliste, ¿verdad? —Zoro, esta vez sí, gira la cabeza hacia ella con una sonrisa divertida—. El aroma de tu amado dinero.

—¿Dinero? —Sanji no entiende nada.

—¿Qué dices? ¿Me estás llamando adicta al dinero? —Nami suena ofendida, o al menos intenta que lo parezca solo para burlarse un poco más de él. Pero no cuela.

—¿Me equivoco?

—¡Bastardo! ¡¿Qué le has dicho a Nami-san?! —chilla Sanji, que está a punto de levantarse para atizarle a Zoro. La voz de la navegante es lo único que lo retiene.

—¡Tienes mucha razón! Mis cosas favoritas son el dinero y las mandarinas. Nunca las dejaría pasar —ante esas palabras, Sanji solo puede encogerse de hombros—. ¡Luffy! ¡Chopper! ¡Usopp! —los aludidos se separan de la pelea por la comida en la que estaban envueltos y miran a Nami—. Huelo una aventura. No es momento para estar peleando —informa mientras se levanta de la mesa y se dirige hacia el camarero.

Capitán, tirador y médico se quedan en la mesa gritando emocionados por lo que parece esperarles. A pocos pasos de ellos, Nami intenta hacerse con la atención del hombre que podría ayudarles.

—Oye… —este se da cuenta de su presencia, pero no detiene sus tareas en ningún momento—. Tenemos un grave problema, estamos arruinados. No tendrá algún consejo sobre algún negocio que nos ayude a hacernos ricos rápidamente, ¿verdad? —la seria mirada del hombre le dice que tiene que cambiar de estrategia, con palabras amables no va a llegar a ningún lado—. ¡No se preocupe! Tenemos dinero para pagarle por lo que hemos comido —explica con toda tranquilidad para luego dejar salir su lado más sensual. Así que parpadea un par de veces, coqueta, mostrando un encantador escote—. Pero tengo el presentimiento… de que usted sabe algo interesante.

A veces no está mal aprovecharse de la simplicidad de los hombres.

Desde la mesa, los Mugiwara observan con atención la escena. La sonrisa no desaparece de los labios de Zoro en ningún momento. Cuando ve al hombre suspirar y quejarse de lo jóvenes que son y de que no deberían tirar su vida a la basura, sabe que Nami ya ha conseguido lo que quería. Así que con una pequeña carcajada, es el primero que se levanta y se apresura a reunirse con ella. Solo cuando él lo hace, los demás le siguen.

Una de los mejores detalles de la personalidad de Nami es, sin duda alguna, su desparpajo y su facilidad para conseguir todo aquello que se proponga. Y Zoro no podría admirar más eso.

El camarero les abre la misma puerta por la que se ha ido el anterior pirata, que resulta que da a un túnel sucio y oscuro que deberán recorrer si quieren conseguir el dinero que tanto ansían. La falta de detalles mantiene a algunos un poco intranquilos pero ya es demasiado tarde, Luffy ha decidido que deben continuar.

El túnel desemboca en un inmenso bar de varias plantas que emociona a los tres más jóvenes de la tripulación. Su llegada llama la atención de unos hombres que les dan las primeras pistas sobre lo que sucede. Apostar… carrera… y entonces a Robin se le enciende la bombilla. Hay una carrera de barcos llamada Dead End, les explica a sus nakamas, que se lleva a cabo cada cierto tiempo, organizada por piratas y para piratas. Una carrera en la que todo vale.

La idea empieza a perder atractivo para Nami en cuanto Robin termina de hablar, pero la confianza que tiene en sus nakamas y la emoción de Luffy impide que la rechace del todo. Así que le pide algo de información al hombre que les ha hablado al llegar. Este les explica que cerca de un tercio de los piratas que están bebiendo en el inmenso bar, que no son pocos, van a participar en la carrera, incluidos una tripulación de gigantes y otra de tritones que para colmo son conocidos de Arlong.

Y ahí es cuando a Nami ya le importa una mierda que su capitán esté ilusionado.

Se vuelve hacia él con el puño en alto porque no ya no tiene ningún interés en participar en semejante carrera que parece ser un suicidio. Luffy hace oídos sordos. Para él la decisión está tomada.

—¿Y cuánto es el premio? —Nami escucha a Robin cuestionar al hombre.

—Pues… si recuerdo bien, este año son 300 millones.

—¡Entraremos en la carrera! —grita la navegante, cambiando su actitud al completo.

- ¡Oye! – le recriminan Zoro y Usopp, aunque ha recibido el apoyo de los demás.

¡300 millones! Ese dinero les va a resolver muchos problemas… sonríe para sí misma y se frota las manos, emocionada. ¡Dinero!

Acompañada de Sanji, va al puesto de inscripción y recibe el Eternal Pose que les llevará a la meta. El resto del tiempo en el bar pasa sin pena ni gloria para ella. Ha pasado un agradable tiempo de descanso con Sanji y Robin leyendo, ignorando por completo los líos del imbécil de Luffy y regodeándose otra vez en su único beso con Zoro. Se está dando cuenta de que no le gusta como suena eso de único, deberían solucionar ese problema.

Hablando del rey de Roma —o pensando, más bien—, le ve llegar junto con Chopper y Usopp. Los tres caen sentados con un sonoro suspiro.

—Me alegro de que aprovechéis el tiempo— se burla mientras pasa la página de su libro.

—Graciosa —refunfuña Usopp, muy agotado para reírse siquiera.

—Se hace lo que se puede —pero al parecer al espadachín sí que le queda algo de humor.

Nami ríe un poquito mientras que Zoro se limita a sonreír. Ambos se miran a los ojos durante un segundo. Un segundo en el que se imaginan de nuevo en medio de Alubarna, corriendo en busca de sus nakamas, él cargándola sobre su espalda, hablando de esto y aquello, uniendo sus labios. Estaban en medio de una guerra civil que casi les cuesta la vida. Ninguno quería morir, pero aquel gesto tan simple y tan veloz les hizo aceptar con algo más de facilidad su posible destino.

Una vez Luffy vuelve a reunirse con ellos, interrumpiendo así las mentes de ambos, la tripulación decide volver al barco. Es hora de descansar, mañana les espera un día muy duro.


A la mañana siguiente, todos están en pie antes de que salga el sol. No les cuesta demasiado trabajo dejar el barco a punto, perfecto para zarpar. Solo tienen que esperar a que corra el viento que provocará la corriente que les permitirá escalar la montaña igual que ya hicieron una vez en la Reverse Mountain.

Es en medio de una conversación cuando Nami hace alarde una vez más de sus impresionantes capacidades sobre el clima y comienza a dar órdenes que todos cumplen sin rechistar antes incluso de que cualquiera de ellos note una sola chispa de viento. Gracias a ella, su salida es instantánea.

La primera parte se trata de escalar la montaña. El barco atraviesa un pequeño túnel de piedra a los pies de la montaña antes de dar paso a toda una ramificación de ríos que se unirán en el pico. Los Mugiwara observan perplejos la cantidad ingente de personas que se hallan allí para presenciar la salida. Es como si estuvieran en un desfile.

La pelirroja se apoya de espaldas en la barandilla del barco. Una lástima que no sean del agrado de ninguno de esos tipos, aunque la verdad es que eso solo hace las cosas aún más divertidas. Les piensa dar en la cara con sus 300 millones.

—Bueno, era de esperar esa clase de actitud —les dice a Luffy y a Usopp, que se muestran decepcionados y enfadados por las muestra de desprecio hacia ellos.

—¿Y quién es el tal Gasparde? —Nami mira a Zoro, que está bajando las escaleras junto a las que está ella. Está de buen humor, probablemente por la carrera. Donde ella ve peligro, él ve emoción.

—Esto sí que es raro… ¿te interesa?

—Anoche lo estuviste investigando hasta tarde, ¿no es así?

Zoro saborea con mucho gusto cada detalle del rostro de Nami, ligeramente encendido pero con una sonrisa que demuestra lo halagada que se siente en ese momento. No tenía ni idea de que Zoro había estado observándola la noche anterior y, lo peor de todo, es que lo ha admitido en voz alta y delante de sus nakamas. Ninguno de ellos captará un significado oculto tras esas palabras porque están demasiado ocupados con todo el escándalo que hay a su alrededor y quieren que siga siendo así durante un tiempo, pero es que Zoro no se ha podido resistir. Necesitaba ver la reacción de Nami.

En quien no han pensado es en la más reciente Mugiwara, mucho más avispada que cualquiera de los demás, que ha escuchado lo que han dicho con toda claridad y se ha percatado de la mirada cómplice que han cruzado ambos nakamas. Sonríe para sus adentros, ya sospechando que algo extraño está sucediendo, algo que confirmaría no mucho tiempo después.

El instante queda atrás en el momento en el que, por fin, los ríos se unen en uno solo y suben la montaña igual que ya hicieron una vez para después caer por una inmensa cascada que deja a más de uno temblando por la impresión y el miedo. Robin es la que consigue que Nami no quede inmersa en un estado catatónico muy poco conveniente en su situación actual, puesto que la carrera ya ha comenzado a ponerse seria y los primeros barcos comienzan a atacar. La necesitan para mantener el rumbo.

El tramo final del río pronto se pone difícil para ellos por las dificultades que experimentan. La corriente es demasiado fuerte, hay muchas curvas y el barco tiene serios problemas para girar. Chopper está a cargo del timón, gritando a pleno pulmón que no puede hacer que el barco le obedezca. Nami se queda quieta y pensativa. ¿Qué pueden hacer? Se pregunta desesperada. Más les vale que se le ocurra pronto una solución o van a quedar encallados y eliminados de la carrera. ¡Sus 300 millones!

—Si le doy una patada al barco desde abajo, ¿ayudaría a amortiguarlo? —suelta Zoro con toda naturalidad justo a su lado.

—¡No puedes hacer eso! —chilla la navegante en respuesta.

¿Este chico piensa antes de hablar?

Darle una patada para amortiguar, dice… una patada… para amortiguar… amortiguar. ¡Eso es! Nami se da con el puño en la palma de la mano. No pueden darle una patada al barco para moverlo, no porque ninguno de sus nakamas no tenga la fuerza sino todo lo contrario. Se lo cargarían y adiós barco. Pero tienen algo mucho mejor.

—¡Luffy!

El capitán mira a su navegante, que pronto le indica lo que tiene que hacer. Haciendo de cojín, Luffy evita el impacto y el barco consigue salir volando en recto. Mientras sobrevuelan el último trozo de tierra antes de dejar atrás la montaña, Robin hace uso de su poder creando una mano gigante que arrastra el barco de nuevo a la masa de agua.

Ya están en el mar. Acaban de superar la primera prueba.


—Ve a revisar el barco por si tiene daños, Zoro.

—¡¿Yo solo?!

Aunque el espadachín deja claro su descontento por la tarea que Nami le ha asignado, sabe que en realidad no hay lugar para la discusión. Merry ha pasado por una situación difícil y puede haber recibido algún daño importante que si no descubren les impedirá seguir navegando, así que a pesar de haberse quejado Zoro cumple con su tarea sin más. Aunque ya podía Nami haber mandado a alguien con él, tampoco es que el barco sea inmenso pero sí lo bastante grande como para que se le haga pesado revisarlo todo solo.

—Maldita, dándome órdenes… —refunfuña mientras entra en la bodega.

Con la tontería de esa deuda absurda que tiene con ella, Nami se aprovecha bien de él. Por no hablar de sus puñetazos, que duelen como el infierno. Aunque desde lo sucedido en Arabasta, Zoro se ha preguntado a sí mismo más de una vez si en realidad es capaz de negarle algo a la navegante.

Con ese pensamiento en la cabeza, Zoro inspecciona la estancia en busca de alguna fisura que pueda provocar la entrada de agua. Y bueno, de eso no ha encontrado, aunque sí que ha dado con algo mucho más interesante y problemático. Y la carrera solo acaba de empezar.


—Pero qué… ¡Zoro! ¿Qué has hecho?

Nami interrumpe su conversación con Sanji cuando escucha las palabras histéricas de Usopp. Lo primero que se le ocurre es que Zoro haya hecho peor alguno de los daños que haya podido recibir el barco. En cuando le mira descubre que no, aunque casi que hubiera preferido la otra opción.

Zoro trae colgando de su hombro a un niño que no debe tener más de diez años, inconsciente, y ella se acerca a él destilando indignación.

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿De dónde has sacado a este niño?

—Estaba escondido en la bodega y me ha apuntado con una pistola —se la enseña durante un segundo antes de dejarla en sus manos – en cuanto se ha visto descubierto. He tenido que dejarle inconsciente para que no empezara a disparar. Pero no te preocupes —le resta importancia con la mano mientras pasa junto a la pelirroja una vez ha pasado al niño a los brazos de Chopper. Ella va girando sobre sí misma para no perderle de vista—, le he dado flojo, después de todo solo es un crío.

Nami pone los ojos en blanco y se lleva las manos a las caderas.

—Para empezar, la gente normal no deja inconsciente a los niños. Eres un bruto.

—¿Y qué querías que hiciera?

—¿No se te ha ocurrido desarmarle con el reverso de tus espadas? —Nami se sienta junto a Zoro en el banco frente a la mesa de la cocina y le mira como si fuera una madre que regaña a su hijo.

—No sabía que era un niño cuando iba a golpearle, ¿vale? Estaba escondido en la vieja bañera de abajo, en cuanto se ha dejado ver he atacado y me he dado cuenta muy tarde.

—Que cruel… ¡ni siquiera puedes ser suave con un niño pequeño!

—¡No tenía opción! ¡Tenía un arma! —grita para defenderse.

—¡Zoro es taaaaan cruel! —Usopp y Luffy se burlan de él con un tono meloso impropio de ellos que le pone los pelos de punta.

Zoro tiene tiempo de soltarles algún insulto antes de que los dos se alejen de él para lavarse las manos ahora que Sanji ha anunciado que la comida está lista, pero de todas formas la exclamación de Chopper le silencia. El niño ya ha despertado.

Zoro se apoya contra la pared con los brazos cruzados tras la cabeza. Nami, por su parte, se inclina sobre la mesa con una sonrisa que tampoco luce amable, sino más bien interesada. Sanji está terminado de cocinar, Usopp se ha apoyado en la puerta con Luffy a su lado y Robin está en paradero desconocido.

Al niño casi le da un ataque al ver a Chopper hablar.

—Si vas a llamarle monstruo, olvídalo. De hecho, es un médico excelente —Nami es la primera en dirigirse a él, como casi siempre que tienen que tratar con algún desconocido en el barco—. Aunque no es muy bueno controlando sus emociones. ¿Ves? —señala a Chopper cuando empieza a hacer su pequeño baile. El niño no le hace ni caso, de repente parece muy nervioso y ocupado, buscando algo entre su ropa que ella pronto capta lo que es—. ¿Buscas esto? —pregunta, dejando sobre la mesa la pistola que Zoro le ha confiscado antes y que le ha dado a ella—. Si traes algo como esto a un barco pirata, no te quejes si terminas asesinado. ¿Qué quieres? ¿Quién te envió?

El silencio que sucede a la pregunta de Nami le dice a Chopper que tal vez no es el mejor momento para hablar de ello.

—Bueno… aún está en malas condiciones. Preguntémosle después —sugiere, pero entonces el crío estalla en gritos.

—Para matarlos. ¡Para matarlos y conseguir algo de dinero! —chilla con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Dinero? —Nami entrecierra los ojos—. Bueno, si quieres puedes seguir con eso pero había muchos barcos piratas. ¿Por qué escogiste este?

—¿No es obvio? —interrumpe Usopp, altivo—. Después de todo somos los infames Mugiwara.

—¡A quién le importa eso! ¡Este barco se veía más débil que los demás!

—Bueno, ya os podéis reír – la chulería de Usopp desaparece de un plumazo y Luffy estalla en carcajadas, pensando en lo divertido que es ese niño.

—¡No te rías! ¡Hablo en serio! —el niño no está de tan buen humor como ellos y Chopper solo consigue llevarse un empujón cuando intenta calmarle.

—Es lógico que la vida de los piratas siempre esté en el blanco. Pero si no estás listo para poner tu vida en juego, no estás listo para pelear conmigo —el capitán se cruza de brazos con una sonrisa algo más seria de lo que es habitual en él.

Robin, que acaba de llegar y ha escuchado la última parte de la conversación, se vale de sus habilidades para darle al niño de nuevo su pistola. Este la coge sorprendido.

—Muéstranos si hablas en serio —la mirada de Robin se ve tan amable como siempre, a pesar de lo turbio de su petición—. ¿O solo era una broma?

—¡No me jodas! ¡Bastardo! —el niño apunta a Luffy con el arma, temblando de los pies a la cabeza, pero atreviéndose a disparar a pesar de todo bajo las incrédulas y divertidas miradas de la tripulación de los Mugiwara.

Cuál es su sorpresa cuando la bala no solo no le hace nada, sino que rebota y pasa a toda velocidad junto a él. No le ha atravesado en cráneo de puro milagro.

—¡¿Qué demonios ha sido eso?!

—Una Akuma no Mi – sonríe Nami.

Llorando a lágrima viva y aterrorizado por lo cerca que ha estado de morir, deja caer la pistola.

—¿Una…? ¿Akuma no Mi?

—Sí. ¿Las conoces?

Niega con la cabeza. Jamás había escuchado hablar de algo semejante.

—Nunca he salido de nuestro barco…

—Son frutas muy misteriosas. Lo malo es que te conviertes en un martillo y no puedes nadar pero a cambio obtienes una habilidad mejor que la de cualquier ser humano. Entre nosotros, Robin y Chopper también tienen habilidades.

—¿Este ciervo? —el mocoso dirige su mirada hacia el último que, cabreado, se transforma en su forma más humana para gritar que es un reno.

El crío no puede creer lo que está viendo. ¿En qué clase de barco se ha metido? Él solo quería cazar un estúpido pirata cualquiera para poder salvarle la vida al abuelo. Necesita de verdad sus medicinas y ya no sabe qué más puede hacer.

—Matadme —la petición tan contundente del niño llama la atención de Nami enseguida. Usopp y Chopper tragan saliva por lo duro que ha sonado eso pero los demás ni se inmutan—. ¡Adelante, matadme! ¡Tan solo hacedlo!

—Impresionante resolución, te diría, pero… ¿no estás tratando tu vida un poco a la ligera? —cuestiona la pelirroja, muy seria.

—No necesito sermones de una pirata. ¿Por qué debería importarme? No hay razón para seguir viviendo sin esperanza. ¡Sería mejor si no existiera!

Un tenso silencio cruza la cocina durante un segundo, justo antes de que Nami se ponga en pie.

—Zoro —el aludido la mira de reojo—, voy a coger prestada tu katana.

Nami se pone de pie sobre el banco para poder salir del encierro de la mesa, viéndose obligada a pasar por encima de un Zoro que le espeta molesto que no debe hacer eso pero que le da el permiso que quiere. Y aunque no se lo diera, ella la habría tomado igual.

La navegante coge la primera katana que ve y Zoro alza una ceja al comprobar que es la Wado Ichimonji. Sus nakamas son las únicas personas a las que les confiaría sus espadas. Ha visto a todos o a casi todos en algún momento de su viaje con sus espadas en la mano, pero es la primera vez que ve a uno de ellos coger su katana más querida y desenvainarla con toda soltura para poder atacar.

Pero que sea precisamente Nami entre todos ellos la que haga eso le está maravillando a más no poder.

—Deja esa patraña de hacerte la víctima. Si es así como te sientes entonces te daré lo que quieres —apunta sin ningún tipo de pudor al niño y Zoro se pregunta en ese momento dónde ha quedado lo de no atacar a los niños y esas cosas.

—¡No lo hagas, Nami! —Chopper intenta detenerla, desesperado.

—¡No te metas! —le grita Nami al reno antes de dirigirse de nuevo al niño—. ¡Esto es lo que más me molesta de todo! ¿Qué no hay razón para seguir viviendo? ¡Si estás vivo, no puedes hablar de morirte!

Nami está completamente fuera de sus casillas y Zoro sabe por qué. Nami es una superviviente nata, alguien que ha tenido la oportunidad de vivir gracias al sacrificio de la persona que más ha querido en el mundo. Para ella, que lo ha hecho todo para poder llevar su vida adelante, escuchar a una persona tan joven decir que quiere morir es algo que la cabrea sobremanera.

Una rápida ojeada a su alrededor le dice a Zoro que Sanji y Usopp están pensando lo mismo. Son ellos tres los que conocen la historia porque Luffy se durmió antes de que Nojiko tuviese tiempo de abrir la boca. Y él tampoco la sabría, puesto que también se durmió, si no hubiesen estado hablando de ese tema precisamente Nami y él cuando dejaron Arabasta.

Chopper es el único que está intentando pararla. Zoro se ha inclinado sobre la mesa con una gran sonrisa divertida cruzándole los labios, Robin y Sanji están ignorando lo que sucede y Luffy y Usopp se han puesto a tomar té como si viesen una película. El reno se ve obligado a transformarse para poder sujetarla mientras Nami chilla y se revuelve entre sus brazos como si estuviera poseída.

Bendita pelirroja. Que buenos momentos le da.


¡Los putos marines! Los Mugiwara no se lo pueden creer cuando ven una flota de barcos de la marina dispuestos a atacarles en cualquier momento. Justo ahora que habían llegado a la meta después de miles de dificultades en el camino… ¡¿por qué tiene que pasarles eso?!

Lo primero que hacen es dejar que el niño —que al final ha resultado ser una niña— se vaya junto a su hermano, uno de los hombres con los que Luffy peleó en el bar, y el anciano. No es justo que ahora que tienen la oportunidad de vivir una vida normal les relacionen con piratas como ellos y sean perseguidos también. Solo entonces, cuando los tres están a salvo en un pequeño bote en el mar cerca de la costa, los Mugiwara dan la vuelta. No pueden llegar hasta Partia o los marines les atraparían.

Oh, lo que está repateando eso a Nami.

—Es una sorpresa —la navegante, apoyada sobre la barandilla del barco frente a la cocina con cierto aire oscuro, reconoce la voz como la de Zoro.

—¿El qué?

—El dinero. Has dejado pasar un premio de 300 millones.

Bueno, lo quiere mucho, pero ante esas palabras su reacción es inevitable. Lo único que puede decir para justificar sus siguientes acciones es que se le notaba, haberse quedado callado el muy idiota. ¿Acaso no la conoce ya lo bastante o qué? Alguien debería enseñarle algo de empatía.

—No se podía hacer nada… —susurra peligrosamente. Solo entonces Zoro se da cuenta del error que acaba de cometer—. ¡No teníamos opción! ¡¿Verdad?! ¡Maldito corredor de apuestas! ¡Estaba trabajando con Gasparde! —Nami está fuera de sí y Zoro es a quién tiene más cerca para desatar su furia. Pone las manos alrededor de su cuello y le zarandea como si no fuera nada. El espadachín, boqueando en busca de aire y con la cara azul, se pregunta de dónde saca esa mujer tan pequeña semejante fuerza—. ¡Nunca se lo perdonaré!

—P-Pero… al menos… tienes tu vida... —le recuerda el espadachín a duras penas. Lo que pasa es que Nami ahora solo piensa en que podría tener las dos cosas.

Finalmente la intervención de Luffy y Sanji es lo que hace que Nami le suelte. Lo primero que hace el pobre hombre es tomar una enorme bocanada de aire. Que dolor de cuello le ha dejado.

Nota mental: no acercarse a menos de diez metros de Nami si ha perdido dinero.

Pronto la navegante empieza a dar gritos a diestro y siniestro para que el barco pierda de vista a los marines y hasta que no tienen todos su tarea asignada no se permite volver a caer en su miseria. ¡Tanto sufrimiento para nada! ¡Cuánto dinero perdido!

Zoro es el único que no está haciendo nada. Se ha quedado parado a su lado, mirándola. Nami se la devuelve con una mueca que recuerda mucho a las del propio espadachín.

—¿Qué? —le cuestiona, seca. El espadachín sonríe.

—Nada —se encoge de hombros—. Pensaba en algo.

Nami se muerde el labio, como si intentara retenerse, pero acaba por sonreír también. Se pone recta y se atusa la ropa. Clava sus ojos marrones en los negros de Zoro y el espadachín reprime un escalofrío. La intensidad que emanan es increíble.

—Normal —y le guiña un ojo con descaro antes de alejarse de él para poder seguir dándoles órdenes a sus nakamas.

Zoro se permite soltar una única carcajada. Ay, Nami.

Quién quiere a un ángel cuando se tiene a un demonio como ella.