-Elsa despierta, tenemos que irnos- Hans la mecía suavemente tratando de despertar- ya es tarde

La reina abrió los ojos pesadamente. Habían acordado que por la noche se irían de regreso para poder llegar temprano al palacio. Solo habían pasado como cinco minutos después de la media noche pero ambos presas del sueño se quedaron dormidos y Hans se despertó por el ruido de un ave tocando en la ventana.

-Hans ¿Qué hora es?- Elsa miro a su alrededor, estaba en completa oscuridad, de no ser por l lámpara de aceite que El sureño cargaba estarían en penumbra.

-son las doce de la noche, tenemos que irnos- Hans tomo su maleta y la de Elsa y abrió la puerta para salir y cargarlas a Sitron. Salió tallándose un ojo, aún estaba medio dormida. Trato de encontrar a su pelirrojo, pero su estado y la noche no eran muy buenos aliados, casi se da un buen golpe cundo siente unos fuertes brazos sosteniéndola de la cintura.

-es acá Elsa, de verdad etas dormida, mejor nos vamos mañana temprano

-no estoy bien, vámonos- a pesar de que estaba cansada trato de disimular y se montó en Sitron con ayuda de Hans. Cuando estaban a medio camino volvió a quedar dormida y el pelirrojo se dio cuenta esta vez, y para evitar que se cayera la rodeo con un brazo y la sentó en sus piernas para cuidarla. La tomo como si la arrullara y le dio un suave beso en la coronilla. La rubia que ni se inmutaba de en donde estaba apoyo su cabeza en el pecho de su amado.

De verdad que esta mujer tenía una habilidad para volverlo loco de amor. Aun costaba creer que hace casi unos meses estuvo a punto de matarla, su corazón se sentía a punto de explotar cuando tenia a la reina del hielo en sus brazos, solo bastaba una mirada para hacerlo volar.

Sus facciones finas y su belleza no tenían comparación con cualquier chica que haya visto jamás. Su cabello era extraño de encontrar en una doncella, el océano azul de sus profundos ojos se hacían cada vez más profundos con cada una de sus emociones. Los ojos son las ventanas del alma, se dijo a si mismo convenciéndose que su corazón era el más cálido de todos. Aún más que el de Anna, solo ella le dio una oportunidad cuando nadie más se la había permitido.

Estaba condenado a morir pero por alguna razón, ella lo impidió. No soporto la idea de tenerla cerca, pero con el tiempo fue conociendo más y su corazón rogaba el perdón de la soberana. Solo basto un simple choque de miradas para darse cuenta de que estaba completamente enamorado de la reina de Arendelle.

Su vida siempre había sido triste y llena de frustraciones, pero cuando se tomó el tiempo de conocerla su vida se llenó de felicidad, literalmente ella es lo más hermoso de toda su vida.

Llegaron a Arendelle como a eso de las dos de la mañana, de verdad se le había hecho más largo el camino de regreso que el de ida. Tomo a Elsa de las piernas y la cargo para llevarla adentro.

Cruzo el palacio para llegar a su habitación. Abrió la puerta con tocados azules para depositarla suavemente en la cama. La cubrió con una manta y estaba a punto de salir cuando se escuchó un quejido proveniente de Elsa.

-Hans, no me siento bien

-descuida seguro solo te mareaste por el viaje- el pelirrojo se arrodillo al pie de la cama para quedar frente a Elsa, colocando su mano en la frente de la rubia para revisar que no tuviera fiebre. Solo tenía un poco, pero no era para alarmarse.

-¿te puedes quedar conmigo eta noche?- Elsa sonaba débil

-está bien- Hans se retiró la botas antes de entrar en la cama. La abrazo por la cintura tratando de ser delicado y no incomodarla- te amo- le dijo antes de besar su frente y quedarse completamente dormido.

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Al despertar Hans reviso a Elsa de nuevo, esta vez la fiebre estaba muy alta. Esta vez sí se alarmo, no era muy común que la reina de las nieves se enfermara.

-Hans no me siento bien- Elsa despertó sitiándose como si le hubiera caído una tonelada encima

-descuida, llamare al médico enseguida, te vas a mejorar

Hans salió corriendo en busca del doctor

-auxilio, necesito que me ayude, la reina Elsa está hirviendo en fiebre

-joven cálmese, ¿Dónde se encuentra la reina?

-está en su cuarto

-pues vamos, no tenemos tiempo que perder- el doctor tomo su maletín y metió una caja de medicamentos. Los dos salieron sin decirse una palabra más en rumbo a la habitación de Elsa. Cundo llegaron encontraron a la reina ella estaba dormida.

-Elsa, despierta, el doctor está aquí

-Hans…- la rubia hablo en un susurro débil

El doctor tomo su temperatura y con su estetoscopio reviso sus latidos cardiacos

-príncipe Hans le recomiendo salga por favor, esto no se ve muy bien

-claro que no, no pienso dejarla sola

-majestad la reina está en buenas manos, por favor, solo salga

El pelirrojo resignado salió de la habitación cerrando la puerta detrás de él. Se sentó en el suelo cansado de estar de pie tanto tiempo. Paso un largo rato y el medico no salía, hasta que por fin se escucharon los pasos del hombre detrás de la puerta. Hans se levantó rápidamente. Se abrió la puerta mostrando el rostro preocupado del doctor.

-¿Qué pasa, que es lo que tiene?

-la reina Elsa está muy grave, pesco una enfermedad conocida como fiebre escarlata, esta enfermedad es muy peligrosa, normalmente es contagiada en lugares donde hay agua de mar no pura y sal

-yo también estuve al contacto con esa agua, pero yo no me contagie

-la reina estuvo encerrada muchos años, sus sistema inmunológico no estaba preparado para algo así

-todo esto es culpa mía, yo fui quien la llevo a ese cenote, quería que pasara un buen fin de semana pero solo la enferme, soy un completo idiota

-joven, esto no es culpa suya, usted no tenía ni idea, y tal vez usted también la tenga

Después de su plática con el doctor él fue llevado a su consultorio para hacerle unos exámenes y determinar si, el tenía fiebre. Sus resultados revelaron que él no era portador del virus.

Elsa estaba siendo sometida a varios tratamientos para poder quitarle la enfermedad, varios de ellos eran sumamente dolorosos. Tenían que darle inyecciones cuyas agujas eran casi de siete centímetros en los brazos y en las piernas. Mientras Hans se sentía terrible, en cierto modo si era su culpa pero no tenía intenciones de haberle hecho nada malo. Se encontraba en una depresión terrible, casi no comía y no hablaba con nadie. Una tarde mientras estaba en su cuarto tomo una pequeña navaja e hiso un corte en su muñeca, no planeaba quitarse la visa solo sentía que le estaba pagando a su reina con su dolor todo lo que ocasiono.