Yolei despertó un par de horas antes de lo que acostumbrado. Alcanzó el móvil para desactivar la alarma y se desesperezó ruidosamente. Probablemente había despertado al huésped que había dormido al otro lado de la puerta, pero no le dio importancia; de ninguna manera podía quejarse después de haberle cedido su querida almohada con estampados de tréboles de la suerte. Por su culpa había perdido dos preciadas horas de sueño. Lo mínimo que podía hacer era prepararle el desayuno.
Y eso era exactamente lo que estaba haciendo. Un agradable olor a pan tostado y café expreso le dio los buenos días al entrar a la cocina. Davis ya se había puesto la misma vestimenta deportiva de siempre con la que era imposible adivinar si se preparaba para salir a jugar al fútbol o para acomodarse en el piso.
—¿Cómo puedes dormir tanto? —preguntó nada más verla.
—Solo son las diez de la mañana.
—Mientras dormías se han extinguido todos los osos polares en el Ártico.
—No bromees con ese tema —le regañó Yolei.
Se le ponían los vellos de punta cada vez que veía imágenes de los devastadores efectos del cambio climático en las vidas de aquellos pobres mamíferos.
—Bueno, pues los pingüinos de la Antártida.
Por alguna razón, la preservación de los pingüinos de la Antártida no era un asunto que le robara el sueño. Tal vez se debiera a un altercado que había tenido en una reserva natural con un malhumorado pingüino de penacho amarillo. Desde entonces, aquellos pájaros bobos no le sugerían nada bueno.
—¿Estás pensando en cuando fuimos de excursión en tercero y aquel pingüino te chilló, verdad? —inquirió Davis con una risita maliciosa.
Yolei frunció el ceño y achinó los ojos. Davis tenía la odiosa costumbre de hurgar en su baúl de recuerdos desagradables.
—Esa cara no, por favor —dijo con guasa—. Así pareces uno de esos pingüinos de cejas amarillas y ojos rojos, das miedo. Vale, me callo ya.
—Sigues siendo tan irritante como siempre —sentenció Yolei, esforzándose en poner los ojos en blanco—. Al parecer, toda la fauna de este planeta te recuerda a mí. Yo, en cambio, soy incapaz de asociarte con algún animal en concreto.
—Porque soy único.
—Es cierto. No hay animal que se pueda comparar a la horripilancia hecha carne. Y por si te lo estás preguntando todavía, sí: es un insulto.
—Uy, uy, uy, que Yolei se pone peleona —canturreó Davis mientras comenzaba a servir el café en dos tazas—. Te habrás quedado a gusto.
—Mucho —aseguró Yolei con un ademán exagerado que agitó toda la pelambrera morada a su alrededor —. Ah, tengo que darle de comer a Carlomagno.
—¿A quién?
Salió de la cocina antes de que el chico pudiera tenderle la taza de café en las manos. En el salón, la luz cetrina del amanecer entraba bañando parcialmente la estancia. Los retazos de la noche anterior convergían en las oscuras esquinas en forma de rastro de salsa carbonara. Pensó en la perra. Miyako, no contenta con tocarle las narices, ahora le pasaba el morro por los suelos. Luego cogió un paquete de comida para peces y, sin dejar de observar el dibujo del besugo con peluca que venía en el empaquetado, comenzó a verter algunos pellizcos de pienso. Una lluvia multicolor roció el iglú de plástico que dominaba el receptáculo de cristal.
—Es la hora del desayuno, Carlomagno —anunció Yolei, golpeando la pecera con los nudillos; luego, recordando lo poco que les gustababa a los peces que hicieran eso, apartó la mano como si la hubiera llevado al fuego.
El pez payaso salió de su morada y comenzó a devorar lentamente los trocitos de comida con su minúscula boca. Yolei se despidió plantando un beso en la pecera, devolvió el pienso al cajón y regresó a la cocina.
Davis la esperaba de pie, en el centro de la estancia, su figura recortada contra la luz cegadora que retenía el cristal de la ventana. Yolei pensó que se había colocado allí a propósito para parecer más imponente. Tal vez se hubiera inspirado en alguna película de Michael Bay o algo así.
—Voy a salir a correr —dijo.
—Oh, Davis, ¿es que no puedes desconectar del trabajo ni los fines de semana?
—Me gustaría que me acompañaras. No es por ofender, pero te veo un poquito fondona.
Yolei abrió la boca, horrorizada.
—No soy una supermodelo. —Se asombró de la serenidad con la que fue capaz de contestar—. No deberías decir esas cosas. ¿Acaso has oído hablar del mal de los cánones de belleza?
—Oh, sí. Cánones —repitió Davis como si estuviese declamando a Shakespeare—. A las tías os encanta esa palabra. Pero yo hablo de algo más importante: hablo de salud.
—La salud —se burló Yolei—. Los que tratáis de ocultar vuestra metrosexualidad siempre os escudáis en la salud.
Para asegurarse de que fuera ella quien zanjara la discusión con la última palabra, se lanzó directa al aseo y cerró el pestillo de un manotazo. Ejerció presión en las sienes con los dedos y meditó sobre lo que acababa de hacer. Ya no era adecuado encerrarse en una habitación para demostrar su hostilidad adolescente; si Davis le preguntaba, se aseguraría de darle una respuesta de mujer madura cercana a la treintena.
—¿Estás bien, Yolei? —lo oyó murmurar al otro lado de la puerta.
—¡Voy a asearme!
—Oh, genial. ¿Pero no crees que es mejor ducharse después de hacer ejercicio?
—¡Yo soy muy limpia! ¡Me ducho antes y después de hacer ejercicio!
Se llevó las manos a la cara al comprender que acababa de comprometerse a correr con él. Por un instante, contempló la posibilidad rechazar su oferta de mala manera, por el simple placer de llevarle de nuevo la contraria. Pero luego, tras desvestirse y examinar su cuerpo desnudo en el reflejo que le devolvía el espejo, decidió que Davis tenía razón; si bien no estaba gorda, era evidente que se había entregado a la pereza con el paso de los años. En sus años de instituto nunca había sido un portento físico, pero desde luego que había llegado a tener un cuerpo algo más tonificado que el que ahora lucía.
Media hora después llegaron al Parque de Loto. Era un vasto rectángulo de vegetación verde situado en el centro metropolitano de la ciudad, un pequeño islote de olmos y lagos artificiales donde poder escapar del bullicio y los gases nocivos.
—¿Tienes este parque aquí y no haces nada de ejercicio? —inquirió Davis al tiempo que se despojaba de las gafas de sol para apreciar la rica paleta de verdes que los rodeaba—. ¡Qué desperdicio!
—El desperdicio sería utilizarlo para hacer ejercicio en lugar de apreciarlo. —Hizo un amago de sentarse en un banco de madera, a la sombra de una enorme sauce llorón, pero Davis la cogió del brazo y la obligó a calentar.
Comenzaron con una serie de sencillos estiramientos que solo sirvieron para evidenciar su falta de flexibilidad. Davis, en cambio, se retorcía como una de esas acróbatas coreanas de mirada sospechosa y sonrisa taimada que solían ganar a Japón en las semifinales de las Olimpiadas.
Una vez acabaron, Davis se puso en cuclillas y descansó los codos en las rodillas.
—¿Sigues dormida? —preguntó ladeando la cabeza hacia ella.
—Estaba pensando en lo mucho que te pareces a una acróbata coreana particularmente desagradable.
—Oh, eso es un halago teniendo en cuenta que antes me has comparado con un animal.
—Y no has salido beneficiado de la comparación, por cierto —le recordó, sintiendo que se repetía como el arroz—. Venga, vamos a correr.
Iniciaron una suave carrera de tres minutos. Miyako, que trotaba cerca de ellos con la lengua fuera, hacía ondear su lacio cabello castaño y dejaba un reguero de baba canina a su paso. Davis corría con la mirada alta, la espalda recta y las rodillas flexionadas en todo momento. Corría, a diferencia de ella, que se doblaba sobre la cintura como una gallina persiguiendo un gusano, con una ligera curvatura en la cadera que le otorgaba cierta elegancia al correr. Yolei se mordió los labios, llena de frustración. La elegancia era un concepto con el que nunca se le hubiera ocurrido asociar a Davis.
Por si fuera poco, era incapaz de moverse con la agilidad deseada. No porque estuviera cansada (que lo estaba), sino porque tenía la absurda e inexplicable sensación de que, de un momento a otro, se daría de bruces contra una pared invisible que se materializaría en algún punto del camino de grava. Era una manía más de su interminable lista de rarezas personales, entre las cuales incluían tocar el pestillo de una puerta con las dos manos y evitar pisar los espacios que separaban los adoquines de granito de la plaza del pueblo de su abuela. Siempre que alcanzaba grandes velocidades, ya fuera a pie o en coche, un súbito y extravagante pensamiento le obligaba a reducir la velocidad.
Para colmo, la perra maldita maquinaba la mejor manera de desestabilizarla. Ladraba y se cruzaba con total descaro para hacerla caer. Yolei, pese a que se declaraba una profunda amante de toda forma de vida animal, estuvo al borde propinarle un puntapié al chucho. No podía permitirse detenerse para aguantar la respiración y contar hasta diez; tampoco podía hacerlo mientras corría si a duras penas conseguía inhalar oxígeno. Entonces se fijó en la respiración de su acompañante. Absorbía y expelía el aire mediante respiraciones rápidas y acompasadas. Adaptó aquel patrón respiratorio sin que Davis se diera cuenta y apretó los dientes, dispuesta a no ceder al cansancio.
De vez en cuando, Davis se adelantaba y corría de espaldas a ella, con intención de chincharla, lo cual acrecentó su competitividad deportiva, aquella que había creído perdida largo tiempo atrás, en sus días de adolescencia.
—¡Ya! —exclamó con alegría Davis cuando llegaron a un pequeño lugar de descanso dominado por una fuente con esculturas de querubines y adecentado con varios bancos de mármol y un estanque salpicado de flores de loto.
Yolei se apoyó en el borde de la fuente y respiró profusamente. Davis, temiendo que estuviese a punto de vomitar, se acercó a ella y le preguntó si se encontraba bien. Se había vuelto mucho más amable en el último tramo del recorrido; al menos había cambiado los piques por palabras de ánimo.
—¿Y tú? —gruñó la chica.
Davis soltó una de sus risotadas de marinero.
—Ni por asomo estoy cansado, si es lo que preguntas.
—Sobrado.
El chico se sentó en el borde de la fuente y se empapó el rostro seco con el agua que brotaba de las vasijas que sostenían los querubines.
—Mira, lo que he dicho antes, no lo he dicho con ánimo de ofender —dijo—. Solo quería picarte un poco para que hicieras ejercicio. No se trata de que estés delgada o rellenita; estás en baja forma.
—Esa debe ser la disculpa más penosa que haya escuchado. Pero bueno, mi superioridad moral me obliga a aceptarla.
—Sobrada.
—La verdad es que no tengo demasiado tiempo para hacer ejercicio —admitió, incorporándose para sentarse junto a él en la fuente.
—Yo creo que siempre es posible dedicar un poco de tu tiempo a correr —opinó Davis—. Te despeja la mente. Y a una loca hiperactiva como tú, eso le viene de perlas.
Lo cierto es que tenía toda la razón. Yolei se sentía mucho más ligera, como si se hubiera liberado de una pesada carga.
—Mi trabajo en la tienda me deja exhausta, y prefiero ocupar mi tiempo libre en placeres más productivos que hacer footing.
—Como leer todas esas revistas de chicas modernas —añadió Davis.
—Me la dan con los botes de mantequilla, listillo —refunfuñó, avergonzada de que hubieran descubierto su placer culpable.
—A mí también me gusta leerlas. Salen chicas guapas e interesantes sesiones fotográficas de modelos yendo a comprar lechugas en alta costura.
—Eres una pesadilla —zanjó Yolei—. ¿Y desde cuándo sabes tú lo que es la alta costura?
—Desde que las mujeres altas visten ropa.
Yolei se echó a reír de su intento de respuesta ingeniosa. Aquel era el Davis que conocía, el que contaba chistes que no hacían gracia a nadie y terminaba riéndose él mismo de sus estúpidas ocurrencias.
Prosiguieron con el alto tumbados en una porción de césped, cerca del estanque. Los turistas y los ancianos se agolpaban en el pasamanos de madera que lo separaba del camino y atiborraban a los patos a base de migas de pan. Una de las aves emitía un graznido extrañamente agudo.
—El pobre estará afónico —se le ocurrió a Yolei cuando Davis le preguntó sobre el pato—. Yo que sé.
—Trabajas en una tienda de animales.
—Pero los patos nunca han llamado poderosamente mi atención.
—Seguro que te recuerdan a los pingüinos —apuntó Davis, certero. Entonces, cambiando de tema con una brusquedad que le sobresaltó, preguntó:— ¿Qué tal tu vida amorosa?
—Soy muy exigente —soltó un suspiro afectado y prosiguió, como si supiera muy bien de lo que hablaba—. Y comprenderás que esté soltera dada la escasez de príncipes azules que pueblan este mundo miserable.
—Yo tampoco busco una princesa. Hay tías atractivas y simpáticas, claro, pero eso no basta. O quizá sobra. Creo que podría enamorarme de una chica normal que fuera solo simpática. Lo más importante es que ella esté dispuesta a quererme también, ya sabes. Que sea recíproco y me acepte tal como soy.
Yolei no estaba dispuesta a seguir por ahí. Si había alguna asignatura que se le hubiera atragantado a lo largo de su vida, ésa era el arte del cortejo. Así que decidió cambiar de tema antes de que el chico pudiera abrir la boca para continuar con sus reflexiones amorosas.
—¿Sabes? Esto me recuerda al día después de la graduación, cuando fuimos a la playa.
—No veo nada que se parezca a una playa por aquí —dijo Davis, confundido.
—Sí, tu acuéstate y cierra los ojos.
Yolei también cerró los ojos y se dejó llevar por el poder de la imaginación. Nunca se le había dado mal. En las oscuras profundidades, las quimeras emergían sin esfuerzo. Ahora el sol acariciaba sus párpados y la arrastraba a una playa arenosa de suaves y onduladas dunas.
—Es mediodía y el sol brilla en lo alto, enseñoreándose de las nubes y envuelto en el manto azul turquesa del cielo.
Como si hubiera pronunciado un hechizo, diversas imágenes se apoderaron del oscuro vacío. Y allí está su yo de dieciocho años, tomando el sol para que su piel adquiera el bonito bronceado que luce Kari. Su amiga lleva el pelo corto y un top de color azul, su color preferido. Y al lado de ella está Takeru, que también tiene los ojos azules y porta una gorra verde que siempre le ha parado demasiado grande. Verde y azul se rozan, enmarañan y funden, formando un nuevo color en sus recuerdos.
—Ese graznido es demasiado agudo para ser de un pato. Es una gaviota que te acaba de atacar porque yo se lo he ordenado.
Oyó que Davis reía a su lado.
—El viento arrastra granos de arena que te rozan la cara.
Escarbó bajo las briznas de hierba, cogió una pizca de tierra mojada y la esparció sobre su cara. Davis escupió algo y dijo:
—Desde luego que sabes como sumergir al oyente.
Yolei esbozó una sonrisa.
En el programa de voluntariado que había participado junto a Kari había hecho de cuentacuentos en numerosas ocasiones. Se consideraba una chica tímida y discreta (aunque pocos estuvieran de acuerdo con ella), pero en esos momentos parecía olvidarlo. Se despojaba de toda limitación a la imaginación, se cubría con un manto negro y un sombrero a juego, empuñaba de una escoba desvencijada y se entregaba al papel de su vida: la bruja del cuento. Los niños siempre se reían de su histrionismo al recitar los cuentos populares europeos que se leían durante aquellas sesiones. Otros pocos, en cambio, terminaban llorando con los pasajes más oscuros o se mostraban incapaces de concentrarse debido al terrorífico aspecto con que se presentaba en clase. Pero Kari siempre sabía cómo tranquilizarles con las palabras y el tono adecuados. Eran un dúo de lo más peculiar: la bruja malvada y el hada buena, compinchadas para asegurar una tarde de entretenimiento inolvidable a los infantes.
En aquellos momentos, Davis y ella eran como dos niños más que volaban lejos del parque, aislados en mágicas burbujas de reflejos multicolores. Pensó que la evasión quizá se debiera a que ambos compartían el mismo anhelo nostálgico y no tanto a la fuerza evocadora de sus palabras; al fin y al cabo, lo que estaba haciendo era abrir una ventana al pasado, no tender un puente a mundos fantásticos de hadas y oscuros torreones custodiados por dragones. Al crecer, pensó, los recuerdos se convierten en la magia más poderosa.
Por un instante, tuvo la tentación de preguntarle si la vida le había castigado y había madurado lo suficiente como para tomarla como un aprendizaje constante. Quiso saber si alguna chica le había hecho daño alguna vez. Pero decidió que no era el momento. Eso hubiera roto con el ambiente.
Así pues, siguió inmersa en la fantasía. En alguna parte del parque se oía el murmullo del agua. Eso le recordó al sonido aterciopelado del oleaje al atardecer, y pudo coger el vuelo de vuelta a la playa. El aire se inunda de algo dulce: Kari acaba de destapar una recipiente lleno de té de frambuesa con base de leche que ha preparado ella misma para la ocasión. El cielo se torna rosa y las nubes adquieren matices morados a medida que el sol se hunde en el horizonte marino. La noche cae, y todos se sientan en la fría y mullida alfombra de arena fina para contemplar las estrellas. El mundo les parece tan negro, tan inmenso, tan abrumador, que inevitablemente ocurre: casi al mismo tiempo, a todos les asalta una profunda incertidumbre, como una estrella fugaz que de repente abre un tajo en el cielo y se pierde en la negrura infinita.
Yolei abrió los ojos con dificultad. Aunque habían pasado unos pocos minutos, sintió como si acabara de despertar de un largo letargo. Miró al sol, que estaba en su cenit. Con todo, la luz que los bañaba resultaba excesivamente apagada. O tal vez fueran sus recuerdos los que estuvieran iluminados en exceso.
Davis, a su lado, estaba incorporado, leyendo un mensaje de texto que acababa de recibir en su móvil. Quizá sí fuera verdad que la luz se había vuelto más tenue, porque por unos segundos le pareció que se veía a contraluz, como si se tratara de un elemento que hubieran recortado de un mundo sombrío y pegado en el paisaje de mala manera.
—Tengo que irme, Yolei —dijo sin apartar la vista del móvil.
Datos:
-El Parque de Loto no existe, me lo he sacado de la manga con todo el descaro del mundo.
-No salen Digimons en ninguno de mis fics, aunque meto algunos guiños. En los fics de Yolei, sale algún que otro pájaro.
-Las manías de Yolei no tienen peso en la historia, pero me hacía mucha gracia imaginármela así xD.
