A juzgar por sus aspavientos, no podía demorarse ni un segundo más.

—Pero tienes que vestirte formalmente —replicó ella.

—No, da igual —contestó—. Tengo que irme ya.

Acercó una mano a su brazo y lo aferró delicadamente para despedirse, como hacían las mujeres mayores para aplacar a sus maridos en medio de una disputa. Luego se separó de ella y echó a correr a la salida más próxima junto a su perra. Todavía aturdida, lo siguió con la mirada hasta que lo vio cruzar una de las puertas de hierro forjado del parque y desaparecer entre el gentío de la calle.

Con pasos torpes, se alejó del montículo de hierba y comenzó a andar por el sendero que habían tomado antes. De vez en cuando se daba la vuelta y lanzaba miradas furtivas a la plaza donde se habían despedido, esperando ver a Davis escondido tras un árbol o llenando un globo de agua para tirárselo cuando estuviera desprevenida. Apartó aquellos pensamientos como si fueran moscas molestas revoloteando alrededor de su cabeza y retomó el camino de vuelta hacia su apartamento.

).(

Cuatro horas más tarde decidió hacerse la comida. Metió en el microondas una caja de fideos instantáneos, cogió una lata de cerveza del frigorífico y comió sin preocuparse por los modales. Dejó las gafas a un lado y sorbió ruidosamente las finas tiras de pasta. El ruido era de lo más desagradable, y a punto estuvo de robarle el apetito. Sonaba como si alguien, muy cerca de ella, se sonara los mocos con un pañuelo. Por primera vez en su vida, sintió asco de sí misma. Hasta entonces había sido víctima de numerosos complejos, pero nunca había sentido un asco tan intenso hacia ella.

—Lo siento, Carlomagno —dijo.

Y como en aquella cocina reinaba el silencio, el sonido de succión se amplificaba como si se oyera a través de un altavoz en medio del desierto. Terminó su comida a toda prisa y fue a darse la segunda ducha del día. Era consciente del gasto económico que suponía aquella imperiosa preocupación por la higiene personal, pero no le dio mucha importancia. Ajustó la alcachofa para que rociara sobre sus hombros sin tener que sujetarla y dejó que el agua caliente acariciara sus agotados músculos.

El agua de la ducha era el remedio perfecto para todos sus males. Siempre que estaba resfriada, inhalaba el vapor hasta que se le descongestionaba la nariz. Cada vez que padecía de dolor de garganta, una buena ducha caliente lograba hidratar una faringe seca e irritada. Y cuando algo le perturbaba, el agua casi siempre conseguía combatir su inquietud.

Decidida a sobrellevar la desidia que se le presentaba en lo poco que quedaba de fin de semana, calentó una bolsa de palomitas y se acomodó frente al ordenador para ver una película de acción en mala calidad.

—Las palomitas de maíz de microondas son de lo más calóricas —dijo haciendo una burda imitación de la voz de Davis.

—Bueno, Davis, resulta que no es un asunto que vaya a quitarme el sueño —se respondió a sí misma con aires de superioridad.

Una buena película levantaba el ánimo a cualquiera. Daba lo mismo llorar de risa o de pena, lo importante era inmiscuirse en las vidas de los personajes hasta olvidarse momentáneamente de la suya. Luego lo comentaría en su página habitual de cine y repartiría un ítem a quien compartiera su opinión. La película que escogió esa noche, "La Bala Perdida", prometía misterio y acción a raudales, pero en el segundo acto, con la inclusión del drama de una vendedora de boniatos que no llegaba a fin de mes, desconectó por completo de la trama y salió al balcón a fumarse un cigarro.

Desde el otro bloque de edificios, una vecina cotilla vigilaba cada uno de sus movimientos. Yolei la había visto otras veces espiando lo que hacía. Era una mujer entrada en años. A altas horas de la noche siempre iba enfundada en un grueso batín rosado. Algunas veces la sorprendía con enormes rulos en la cabeza. Lo que nunca variaba de su atuendo diario eran unas horribles gafas de punta que agrandaban sus ojos hasta límites insospechados. A menudo le asaltaba la inquietante idea de que aquella mujer fuera su yo del futuro. La saludó con la mano y la mujer se ocultó rápidamente tras una cortina floreada.

A la segunda calada recibió un mensaje de Davis. Le decía que la entrevista le había ido mal y que regresaba a Tokio. Yolei dejó el cigarrillo en la barandilla y se apresuró a escribir un mensaje de consuelo que no llegó a enviar. Luego terminó de consumir su paquete diario de tabaco.

).(

Tras la marcha de Davis, el retorno a la rutina le afectó más de lo que hubiera querido admitir. Limpió las jaulas de los periquitos, alimentó a los conejos, aseó a los perros, comprobó el equilibrio químico en los tanques de los peces, regañó a un niño malcriado por intentar robar un par de ratones y ayudó al inútil de su jefe a cargar ingentes cantidades de cajas repletas de equipamiento para gatos. El accesorio que más abundaba era la nueva sensación del mundo de la moda felina: un estúpido pijama de leopardo morado que ceñía el cuerpo del animal de tal manera que solo dejaba a la vista un hocico tembloroso y unos ojos suplicantes.

—¿Esto no es maltrato animal? —Preguntó al jefe.

—Pero qué dices —respondió el hombre agitando una mano enorme y regordeta, ideal para degollar conejos.

Yolei no hablaba mucho con él. Era uno de esos hombres que no dudaban en sacrificar su moral si algo les reportaba cuantiosos beneficios económicos. Un magnífico ejemplar de gordo cabrón.

—Te están llamando, gafotas —dijo sacudiendo todavía más su colosal mano.

Yolei tardó un rato en comprender lo que tenía aprisionado en ella. Se apresuró a arrebatarle el móvil y atender a la llamada sin pararse a leer el nombre del emisor.

—¿Quién es?

—¿Todo bien, Yolei? —Reconoció al instante la sosegada voz de su amigo Takeru.

—¡T.K! Oh, sí, un poco ocupada. Ya sabes, rodeada de animales. —Lanzó una mirada de soslayo al jefe, que seguía masticando un donut sin inmutarse, y prosiguió—. ¿Todo bien en Francia?

—Sí —dijo el joven marido—. El ambiente parisino te encantaría.

—Yo estoy bien en casita —mintó con habilidad—. Si ves a Bensé, dale un morreo de mi parte.

—¿De qué estáis hablando, cotillos?

La voz de Kari, la flamante desposada, se oyó sofocada por un sonido de raíles. Yolei imaginó que habrían cogido el tranvía. Teniendo en cuenta la diferencia horaria, probablemente estaban de camino a un hotel donde poder dar rienda suelta a su romance parisino.

Pero Kari, toda discreción ella, se puso a hablarle de lo poco que le gustaban las ancas de rana y lo bueno que estaba el pastel de cerezas. Le enseñó algunas palabras nuevas que había aprendido (T.K, que tenía sangre gala, se partía de la risa por lo marcado de su acento) y describió a grandes rasgos los lugares emblemáticos que habían visitado. Yolei notó que tenía la voz rara, como si una parte de ella luchara por no dar demasiados detalles para no despertar la envidia.

Entonces pasó a comentar las instantáneas que había conseguido de la ciudad, y toda aquella educada discreción pronto fue socavada por la pasión de la vocación. Y de esa manera pudo Yolei visitar el Sacre Coeur, recorrer los Campos Eliseos y ser testigo de cómo una de las grotescas gárgolas de piedra de la fachada de Notre Damme admiraba la belleza del atardecer. Lo apreció todo desde el interior de una burbuja indestructible, lo cual hizo la experiencia sumamente frustrante.

—Veo que lo estáis pasando muy bien —observó.

—Está siendo un viaje alucinante —dijo Kari—. El aire es diferente aquí y sientes como que tu alma se ensancha. —Yolei iba abrir la boca para comentar algo intrascendente, pero se calló en el momento oportuno; sabía por experiencia propia que no había que dar coba a su amiga cuando hablaba de almas o esencias—. ¡Ojalá estuvieras con nosotros!

—Bueno, ya veremos. No me gustan mucho los aviones —mintió por segunda vez, sin entender el motivo de aquella mentira.

—Oh, pensaba que a ti… Bueno, creo que estoy hablando demasiado. Solo llamaba para saber cómo te encuentras.

—Mi vida sigue tan aburrida como siempre —dijo Yolei—. Tú sí que tienes cosas interesantes para contar, es normal que te explayes.

—¿Has conocido a algún chico? —dijo en un tono juguetón que empleaba en muy contadas ocasiones, siempre con sus más allegados.

—La verdad es que sí. —La tercera mentira escapó de sus labios con una facilidad pasmosa—. Lo conocí en un garito donde he tocado un par de veces.

Su mente trabajó a toda velocidad. En apenas segundos ideó el prototipo de novio que había anhelado en sus años de carpetera adolescente. Bohemio, reservado, con un punto canalla y un corazón inconquistable para la mayoría de mortales.

—¡Qué bien, Yolei! Me alegro mucho por ti. —La alegría sincera de Kari estuvo a punto de hacerle confesar la verdad.

).(

De camino a casa, Yolei no podía dejar de pensar en la joven pareja. El cariño que les profesaba no se había enfriado, pero no había duda de que algo había cambiado. Algo que todos presintieron aquella noche estrellada en la playa. Y ella lo había aceptado como parte del curso natural de la vida; de la misma manera que los pájaros emigran en busca de sustento, los enamorados habían comenzado a establecer su lugar armónico donde poder soportar en familia los infortunios de la vida.

Pero a quién quería engañar. No se había acostumbrado a la velocidad que cogía el tiempo una vez dejaba atrás la adolescencia. Todo había transcurrido a una rapidez agresiva. Como un vendaval que hubiera ido destruyendo todas y cada una de sus memorias de juventud hasta depositarla en aquel viejo y mugriento apartamento. Pensar que dos de sus mejores amigos ya estaban felizmente casados todavía le producía vértigo.

No parecía que hubieran pasado quince años desde el día en que el pequeño de los Ishida le pidió que le diera algunas clases de guitarra a cambio de realizar sus deberes de matemáticas durante el tiempo que durara la instrucción. Ella, por supuesto, había aceptado gustosa la oferta. Por aquel entonces estaba perdidamente enamorada del mayor de los Ishida, Matt, y cualquier actividad extraescolar en la que participara debía estar orientada a propiciar un acercamiento. Recordaba a Matt como un lobo solitario, un rebelde sin causa, un Yutaka Ozaki de la vida. Era, de hecho, un guitarrista con una técnica mucho más pulida que la de ella.

—Tengo curiosidad, Takeru —le había dicho en una ocasión, mientras practicaba los acordes de In My Life—. ¿Por qué no le has pedido a tu hermano que te enseñe? No me malinterpretes; me halaga que quieras que sea yo tu profesora, pero Matt es un guitarrista superdotado —"y condenadamente guapo", estuvo tentada a añadir.

—No está en su mejor momento —había respondido—. Parece un tipo duro, pero en el fondo es un sensiblero. Lo que pasa es que es de los que sufren silenciosamente.

—Un romántico de los de antes.

—Sí, no le digas que te lo he dicho. Me mataría si se enterara.

A menudo se preguntaba en qué momento había comenzado a estrechar lazos con su discípulo. Y su recuerdo más lejano era esa muestra de amor fraternal en aquella aula de química en desuso. Retenía los detalles con sorprendente nitidez; los cristales empañados de las ventanas, la pizarra impoluta y sus piernas embutidas en medias de lana roja arrodilladas en el suelo de cemento pulido, igual que Carla Bruni en la portada de No Promises. Sus risas se convertían en nubecitas de vaho al entrar en contacto con ambiente frío de la habitación.

Fue en esa tarde cuando reparó por primera vez en lo mucho que se parecía Takeru a su hermano mayor, y por un instante deseó que su corazón se acelerara como hacía cada vez que se topaba con Matt y compartía frívolas conversaciones sobre el tiempo o la asquerosa comida que servían en la cantina del instituto.

Pero nunca llegó a verlo como algo más que un amigo. A pesar de que Takeru era una réplica de su hermano mayor con distinto peinado, el hecho de que fuera el menor le disuadía de cometer una imprudencia. Siempre le habían gustado los chicos mayores que ella, o al menos ésa era la conclusión a la que había llegado tras muchas noches de debate en foros sobre asuntos del corazón.

—¿Y tú, T.K? —Ésa fue la primera vez que lo llamaba de manera afectiva—. ¿Hay alguna chica que te roba el sueño?

Meditó la respuesta y, tras un largo silencio, respondió:

—Ya tengo mi primera canción.

Pensaba interpretarla durante la fiesta de navidad, en medio de una marea de féminas de ojos brillantes y ultrasonidos que harían palidecer hasta el más histérico de los murciélagos. Yolei lo había presenciado todo desde las primeras filas para enviar energías positivas a su pupilo con mayor facilidad (y luego, cuando saliera su amado Matt al escenario, para posar con una sensualidad y elegancia practicadas que, esperaba, consiguieran llamar la atención en medio de aquella muchedumbre de locas). T.K salió a la palestra algo nervioso, aunque plenamente consciente de su condición de aperitivo antes del plato principal. La audiencia esperaba al adonis melancólico, al Yutaka Ozaki local, no al sosainas de su hermano pequeño. Así pues, interpretó el tema propio sin llegar a mencionar que lo era. Ni si quiera nombró a la chica que lo había inspirado. Sin mediar palabra, comenzó a rasgar la guitarra y cantar con voz trémula y susurrante hasta que, más confiado al llegar al estribillo, logró arrancar algunos aplausos espontáneos del público.

A Yolei le gustó la canción. Hablaba del primer amor de una manera poética, pero sin resultar pomposa ni cargante. El puente con un sobrio solo de guitarra era como una declaración de amor silenciosa. Era una composición muy madura. Incluso tenía un ligero aire a la Love Letter de Nick Cave. La afortunada debía estar agradecida.

¿En qué estaría pensando T.K en aquellos años? Yolei sabía mejor que nadie que el amor empujaba a las personas a cometer actos de lo más estúpidos, pero lo que había hecho Takeru no tenía ni pies ni cabeza. Había soltado migajitas de pan a un grupo de palomas hambrientas. Era cuestión de segundos que todas comenzaran a picotearse por los restos.

Por fortuna, las pajarracas de la sala acabaron por creer que estaba interpretando una versión de algún tema extranjero que desconocían en lugar de una carta de amor verdadero. Tristemente, la afortunada tampoco llegó a pensarse como tal, pues si bien había sido una de las pocas en detectar la genuinidad de la composición, prefirió hacer oídos sordos a la declaración por razones que Yolei jamás alcanzaría a entender.

Eran los enamorados más confundidos y rebuscados de la historia de la humanidad. Hasta en eso estaban hechos el uno para el otro. A Yolei, que le gustaba desenredar nudos y armar el cubo de Rubik, aquel par le producía una extraña mezcla de ternura e irritación.

No le había quedado más remedio que intervenir como celestina en el más absoluto secretismo. Bueno, hasta que al fin encontró a la novia potencial y le dio por arrinconarla en las escaleras para que confesara.

—Vale, es verdad que siento algo —admitió Kari en un susurro, y acto seguido se giró en derredor para comprobar que nadie le estaba escuchando—. Pero eso da igual, Yolei. La canción no era para mí.

—Estoy segura de que te equivocas.

Kari negó con la cabeza, un gesto que acompañó con una sonrisa triste. Yolei se debatió entre abrazarla o darle un bofetón. Durante aquella divertida fase de alcahueta se había hecho amiga de Kari a espaldas de Takeru. La chica había resultado ser un espécimen todavía más desconcertante que su pupilo. Tenía una bonita media melena de color cobrizo, un cuerpo delgado y armónico y una piel de ensueño. De hecho, su tez natural era tan bonita que la había deslucido en las pocas ocasiones que había empleado maquillaje. Por si fuera poco, era de naturaleza amable y generosa. Y eso era un misterio tanto o más insondable que su tendencia a rechazar el amor que tanto ansiaba. Las chicas atractivas que había tenido la desgracia de conocer pecaban en exceso de egoístas, caprichosas o narcisistas. Si ella misma hubiera tenido la oportunidad de apoderarse del cuerpo de su amiga por un día, no hubiera dudado ni un segundo en utilizar su belleza para conseguir sus propósitos o humillar a sus enemigas. Kari podía ser un tanto distraída y algo mediocre en las asignaturas con escaso componente artístico, pero no era en absoluto una mala persona. Había sido bendecida con una gracia sobrenatural.

—No lo puedes saber —insistió.

Había tenido que cogerle de las manos y poner voz de hada madrina pizpireta.

—Querida, he visto como os miráis. Vuestras miradas se buscan, pero nunca llegan a cruzarse. Siempre hay alguien que aparta la cabeza y finge no sentir. ¿A qué estáis jugando exactamente?

Mucho habían cambiado todos desde entonces. Yolei no habría sabido decir en qué aspectos habían cambiado exactamente, pero sabía que el paso del tiempo todo lo perturbaba y corrompía. Un nuevo vendaval y la cigüeña retornaría de su periodo de migración cargada con criaturas rollizas y babeantes. Y todo parecía indicar que ella acabaría convertida en la madrina bruja de la familia. A estos pensamientos se entregó Yolei mientras trataba de conciliar el sueño en la oscuridad de su dormitorio.

Info:

-Bensé es un músico francés

-Lo de lugar armónico se lo tomo prestado a Murakami. Es que me encanta la expresión xD.

-Yutaka Ozaki fue un famoso músico japonés durante la década de los 80/90.