La parrilla televisiva de la semana estaba repleta de comedias románticas. No era su género predilecto, o al menos eso era lo que mantenía en los foros de cine. Fuera cierto o no, visionar Love Actually quince años después de su estreno le retrotrajo de nuevo al pasado, a una época donde solo existían las amistades fugaces, los enamoramientos velados y las canciones machaconas que emitían en las emisoras de radio más populares.

Cada vez que Yolei se recreaba en aquellos años sentía una ligera punzada de vergüenza. Pero procuraba no juzgarse con dureza. Eran tiempos de transición. Había dejado atrás su querido colegio de paredes coloreadas para iniciar una nueva etapa en un siniestro bastión de hierro y cristal. La hostilidad del cambio se manifestaba a través de la edificación misma; especialmente durante los solsticios de verano e invierno, cuando el frío se adhería al revestimiento de pintura de las sillas y los haces de luz cegadora los achicharraban sin compasión. Del mismo modo, el contacto con sus amigos de la infancia se fue haciendo cada vez más ocasional conforme estrechaban lazos con nuevas y edificantes compañías.

Al principio no lo comprendió, o tal vez no quiso comprenderlo. Tozuda y escandalosa, se había empecinado en mantener a sus amigos de la infancia atados a su vida. Por lo que con frecuencia realizaba llamadas telefónicas, les enviaba iconos graciosos por el ya extinto Messenger y se acercaba a sus mesas durante la hora del almuerzo.

Poco a poco, no le quedó más remedio que dominar su testarudez. Que todos se hubieran puesto de acuerdo para silenciar los móviles durante sus llamadas era demasiado sospechoso. También era extraño que hubieran sustituido los iconos divertidos de Messenger por tajantes y aburridos monosílabos. Por no hablar de que, siempre que se producía un encuentro casual, la conversación terminaba resultando terriblemente incómoda y anodina para ambas partes. Era como si toda aquella complicidad que se había ido gestando tras tantos años de convivencia se hubiera esfumado como por arte de magia con la entrada al instituto. Terminó por dejarles ir sin preguntarles los motivos. Igual que alguien que abre la mano para dejar que el viento se lleve las briznas de hierba que ha arrancado del suelo.

Ese debió ser el primer vendaval que me cambió, pensó Yolei. Porque yo no me hubiera conformado con el silencio. Les hubiera montado un escándalo, como mínimo.

¿Había sido el primer paso a la madurez? ¿Había mudado de piel o se había cubierto con una antigua? De lo único que estaba convencida era que, durante aquel corto periodo de tiempo, llegó a convertirse en una persona totalmente distinta. Podía imaginarse recorriendo el camino a casa, tras las clases, buscando cobijo a la sombra en los calurosos días de verano. También se visualizaba recorriendo esas mismas calles, pálida y temblorosa ante los embates del viento invernal. En aquellos primeros meses de iniciación en la vida estudiantil seria había permanecido resguardada en sí misma, como una caracola para protegerse de los picotazos de las gaviotas.

Una década más tarde, Kari, que le gustaba ejercer de psicóloga de vez en cuando, comentaría algo al respecto que no olvidaría.

—Se me ocurre que, al dejar marchar a tus amigos de la infancia, también se trastocaron algunas vivencias que los abarcaban. Por lo que cuentas, parece como si tu mente las hubiera dejado sin efecto, y con ello toda la experiencia social que habías acumulado hasta entonces.

Afortunadamente, con la llegada de la primavera su rutina se alteró de manera radical. Los días se acortaron, la escarcha se fundió y a su lado comenzaron a marchar siete risueñas adolescentes en sus caminatas a la salida del instituto. Solían hablar de tonterías sin importancia hasta que, llegado a cierto punto del trayecto, alguien tenía que despedirse para continuar el resto del recorrido hacia su casa por su cuenta, y así una detrás de otra. Yolei nunca llegó a sentirse parte esencial de aquel grupo, pero disfrutaba pasando el tiempo con la gente de su edad. Le gustaba tanto, que se esforzaba lo indecible por hacerse un hueco permanente, aunque ello significase imponerse una dieta estricta o fingir que no le gustaba cierto rubio para dejar el camino despejado a chicas con más posibilidades.

De entre todas ellas, la única que dejó poso en el recuerdo fue Mimi Tachikawa, una alumna repetidora de largo cabello tintado de rosa y extravagantes accesorios con forma de estrella. A decir verdad, Mimi había sido para ella mucho más que una mera huella en la memoria. Con Mimi había aprendido a amar el pop más comercial y las lentes de contacto. Le había enseñado a sacarse mayor partido con el maquillaje y a ampliar su vestuario. Fue gracias a ella que se adentró en un mundo desconocido de luces epilépticas y dulces alucinógenos que, muy a su pesar, siempre recordaría con nostalgia.

Teniendo en cuenta su tendencia a minar su autoestima con comentarios involuntariamente ofensivos (o eso le gustaba pensar) sobre su físico, era curioso que fuera precisamente Mimi quien hubiera conseguido sacar a flote a la Miyako más fuerte y decidida. Incluso había llegado a llamarla "proyecto de cambio de imagen" en alguna que otra ocasión. Hubiera experimentado con ella o no, lo cierto es que, más que cambiarla a su antojo, lo que terminó por hacer fue tender un puente para que pudiera reencontrarse con aquella niña mandona y risueña que había dejado en la escuela elemental.

Pensando fríamente, Mimi había sido muy imprudente al atraerla a su mundo a tan pronta edad. Pero Yolei prefería recordarla por otras cosas. Como aquella frase que le gritaba cada vez que la notaba alicaída por los murmullos maliciosos de la gente que no entendía su amistad.

—¡Fuerza femenina, chica!

Un año más tarde, tal vez un poco más o un poco menos, el grupo de amigas que encabezaba Mimi Tachikawa se disgregaría hasta desaparecer. Igual que cuando se despedían al salir de las clases. Una a una fueron perdiéndose en la distancia. No le afectó tanto como la escisión de su grupo de amigos de la infancia, pero de vez en cuando Mimi lograba colarse en sus sueños. La veía alejarse con su pelo rosado, sus absurdas estrellitas y sus provocativas minifaldas, trotando alegremente hacia un horizonte nubloso.

El tercer grupo, que se consolidó a comienzos de bachiller, perduró más que ningún otro. Formaban un ensamblaje impecable. Kari, la chica dulce y sensible; Takeru, el pensador; Miyako, la friki sarcástica; y, por último, Davis, el deportista atolondrado y mascota indeliberada del grupo. Era la guinda de un pastel que a menudo se deslizaba por el merengue para incordiar o excavaba en el bizcocho para alcanzar el corazón de chocolate de Kari, pero Yolei siempre sabía cómo ubicarle en su sitio de un manotazo.

Con ellos se había atrevido a expresar sus preferencias sin temor a ser tachada de rara. Y aunque no todos compartieran los mismos gustos, siempre había alguien con el que coincidía en algo, de modo que siempre tenían algo de lo qué hablar. Cada vez que oía rumores de conciertos de bandas independientes o quería versionar algún tema, recurría a Takeru. Cuando le apetecía ir al cine a ver una película de romance que los chicos, por sistema, se apresuraban a calificar de tostón, Kari, la aprendiz de fotógrafa de incontestable cultura cinéfila, siempre estaba allí para acompañarla. ¿Que le apetecía volar cabezas con una k47? Davis y su XBOX360 eran la mejor opción. Claro que no todo lo hacían por separado; a menudo los cuatro frecuentaban los karaokes, se reunían en la casa de alguien para preparar galletas u organizaban salidas a la playa durante las vacaciones. Lo que hacían en grupo, por más aburrido que fuese, siempre resultaba más divertido que lo que hacían en parejas.

No obstante, Yolei no se sumergió en esos recuerdos esta vez. Adormecida como estaba sobre su incómodo sofá, mirando las nubes grises a través del sucio cristal, su mente divagaba una y otra vez hacia la chica de cabellos rosados y accesorios en forma de estrella. La imaginaba volviendo del horizonte brumoso y agitando la mano para saludarla con la pomposa afectación que la caracterizaba. Al hacerlo, haría resonar la gran cantidad de anillos y pulseras que solía exhibir en sus muñecas. Sí, sabía lo que pasaría cuando se encontrasen. Hablarían de chicos, irían de compras como en los viejos tiempos y verían Love Actually acompañadas de un generoso cuenco de palomitas del que Mimi renegaría en cuanto se diera cuenta del exceso calórico que suponía comerlas. Si bien era consciente de que Kari hubiera aceptado con gusto la oferta, nada le divertiría más que los suspiros risueños, las exclamaciones de indignación y las apreciaciones superficiales sobre el vestuario que le brindaría la otra. Y es que todo el mundo necesita una amiga tan rebosante de vida como Mimi Tachikawa.

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Una agradable noticia rompió temporalmente la monotonía de la semana. El dueño de uno de los pubs más prestigiosos de la ciudad, "El Crisol", famosa por su cerveza extranjera, accedió a permitirle tocar junto a Lord Boreal y Los Tres Caballeros Polares, un grupo de músicos independientes que había causado un revuelo notable en los círculos bohemios locales tras la publicación de un ELP con siete lacrimógenas canciones y un par de singles con sus respectivos videoclips en blanco y negro que habían rodado con Super8. Aunque su recorrido no fuera apabullante, Yolei, cuyo mayor logro musical había sido tocar en una verbena atestada de borrachos y viejos verdes, se sentía como la telonera de un grupo fama mundial.

Acudió ese mismo día para probar la acústica del local, familiarizarse con el escenario y agradecer al dueño por tan valiosa oportunidad. Probablemente el hombre, un individuo entrado en años y en carnes que siempre andaba con un trapo asqueroso fregando vasos, había decidido compensarla por ser una cliente tan asidua pese a sus limitaciones económicas y alguna que otra trifulca que había provocado en estado de embriaguez. Siempre que el tiempo y los recursos se lo permitían, Yolei aprovechaba para deleitare con una pinta rubia muniquesa mientras escuchaba a los grupos como si fuera una reputada comunicadora de una importante revista musical y su opinión supusiera un trampolín hacia el éxito o una caída al desastre para los músicos primerizos.

La ambientación del local era un tanto siniestra. Las mesas, las sillas de tapizado animal, la barra y los estantes donde reposaban los licores habían sido confeccionadas con la misma madera de roble; el suelo, en cambio, era una lisa y reluciente capa de madera de ébano barnizada que se convertía en piedra gris al desembocar en las distintas cabinas privadas donde se instalaban los consumidores más pudientes. Cada una de ellas disponía del correspondiente mobiliario, una pequeña lámpara de araña y una cortina de terciopelo rojo tras la cual se ocultaba una falsa ventana con una pintura paisajista. Los compartimentos estaban separados unos de otros por estructuras de madera agujereada que se asemejaban a los paneles del confesionario de una iglesia.

Al fondo del pub estaba situado el escenario preparado para los conciertos. Era una plataforma baja de granito en la que había suficiente espacio para una batería, un piano de cola y los usuales bajistas y contrabajistas. En segundo plano, un inmenso ventanal en forma de abanico con vistas a la ciudad hacía innecesario cualquier otro elemento de puesta en escena.

La sala fue llenándose a medida que caía la noche a través del ventanal. Yolei abrillantó la guitarra con una pulidora que le había regalado Takeru por su vigésimo cumpleaños y probó la afinación de las cuerdas por tercera vez en una hora. Quince minutos antes de dar comienzo el concierto, pidió una tónica para calmar los nervios.

Entre sorbo y sorbo hicieron acto de presencia Lord Boreal y Los Tres Caballeros Polares. Iban todos a juego con vaqueros ajustados, gabardinas negras y camisetas de rayas verticales. El vocalista era fácilmente reconocible por sus gafas de sol en punta (Yolei sintió un escalofrío al recordar a la vecina cotilla) y por su peinado estudiadamente desordenado. Nada más entrar, el primer trío de fans se acercó a ellos como alma que lleva el diablo para pedirles un autógrafo y coquetear indisimuladamente. Dos de ellas iban ataviadas con el mismo vestido vintage de distinto color y un pañuelo sesentero a juego. Yolei pensó en las hermanastras de Cenicienta. La tercera destacaba por sus minúsculos shorts, camisa de cuadros encorsetada y sombrero urbano. Tenía facciones delicadas y armoniosas como las de Kari, pero su lenguaje facial denotaba maldad.

Apuró su bebida y se acercó al grupo para saludar a la banda. Había leído en algún sitio que los teloneros solían intercambiar algunas palabras con el artista principal antes del concierto. Y ella ni si quiera había venido de telonera de nadie.

La chica del sombrerito que se parecía a Kari la interrumpió de mala manera cuando la vio acercarse para saludar.

—Ponte a la cola, tía.

Sus delgados labios estaban pintados de rojo, y al hablar se contraían y expandían como una medusa en agua. Una medusa muy venenosa.

—Oh, solo venía a saludar al grupo con el que voy a compartir escenario esta noche. No soy una fanática incondicional, pero admiro su trabajo. ¿Eres su novia? ¿Su hermana? ¿Acaso vas a participar en algún tema?

—Solo soy una admiradora como tú.

—Oh, así que solo eres una admiradora.

Yolei recolocó sus gafas con aires de superioridad moral y se relamió del gusto al ver como la chica del sombrerito la fulminaba con la mirada. Ella también podía soltar veneno si se lo proponía.

El vocalista miró a una y a otra alternativamente. Luego, con una sonrisa confiada, rodeó con el brazo derecho a la chica del sombrero al tiempo que, con el brazo libre, tenía la mano a Yolei para darle un apretón amistoso.

En ese momento se oyó la voz del orondo gerente por encima del revuelo que se había montado con la entrada del cuarteto musical.

—¡Cuando quieras, chiquilla!

Recogió su guitarra acústica del mostrador y avanzó con lentitud hacia el escenario. Inspiró profundamente y expulsó el aire con grandes bocanadas. No estaba relajada, pero tampoco al borde de un ataque de nervios. Era consciente de lo que era: un refrigerio ligero antes del plato principal.

Subió al escenario y se posicionó en el centro. Ajustó el micrófono, acercó la silla, se sentó con las piernas cruzadas y decidió alterar por completo el repertorio que había preparado. Había acordado tocar una versión de Leonard Cohen, dos de Joni Mitchel y terminar con una original. Eran canciones agridulces (crepusculares, como diría T.K) sobre el desamor y las injusticias del mundo. Pero no le apetecía cantar al desamor y las injusticias. Quería cantar a flor de piel. Así que ideó una nueva lista mental de los temas que le apetecía tocar en ese momento. La banda sonora de su infancia y juventud.

Comenzó con Toy Collection, de Katie Melue. No era una canción que requiriera un gran despliegue vocal, pero había que saber encontrarle el punto. Una interpretación excesivamente emocional hubiera destruido la atmósfera de terciopelo que entretejían las cuerdas. Y una lánguida en exceso la hubiera despojado de su capacidad evocadora. Antes de empezar a cantar, cerró los ojos y, dejándose llevar por el sonido de su arpegio, imaginó que se introducía en la burbuja mágica con la que había visitado París y volaba de vuelta al jardín de infancia.

Era diminuta y frágil. Sus lágrimas afloraban con la más mínima provocación y tropezaba una y otra vez con sus piernas de mantequilla. Las ceras de colores le fascinaban y los juguetes tenían un brillo inusual, como si los llamaran a poseerlos. Sus compañeros de clase no eran muy diferentes por aquel entonces; al fin y al cabo, a todos los niños les gustan los juegos. El juego podía generar sediciones e incluso hacer que los mejores amigos se enzarzaran en violentos combates, pero también era capaz de reconciliar a los peores enemigos.

Tras un tímido aplauso de los asistentes que agradeció con entusiasmo, prosiguió con la velada tocando dos versiones de Regina Spektor. La burbuja de nostalgia la arrastró hacia su primer contacto con el instituto. Su voz rasgada se confundía con el susurro del viento que agitaba las ramas de los pinos a su alrededor. Desde lo alto se contempló a si misma siguiendo el sendero hacia el tosco edificio de metal deslucido. Los colores eran más pálidos que en su niñez, como si el universo entero hubiera pasado por el centrifugado de una gigantesca lavadora hasta adquirir tonos pastel. El reflejo de un tiempo de soledad. Y, pese a todo, el recuerdo prevalecía dulce en el corazón.

Es curioso como algunas vivencias no del todo agradables se vuelven deseables con el paso de los años, reflexionó Yolei tras el último verso de School is Out, que sonó a aullido lastimero.

—Tendré que beber mucho para sobrevivir a este muermo de concierto —dijo entonces alguien entre el público.

Yolei levantó la mirada. Como no podía ser de otra forma, la chica del sombrero que guardaba un inquietante parecido con Kari le devolvía un mohín de disgusto.

Se mordió el labio para evitar el tic nervioso y atacó la segunda canción de la cantautora rusa. No estuvo a la altura a nivel vocal, y sus uñas manicureadas arañaron las cuerdas con una agresividad que nada tenía que ver con la ternura romántica del primer amor que se desprendía de la letra. Había decidido improvisarla en homenaje a la Miyako tímida y evasiva que espiaba al mayor de los Ishida durante los descansos entre clase y clase. Pero, tal y como interpretó la canción, la Miyako que terminó por manifestarse fue aquella pérfida carpetera que deseaba el mal ajeno con tal de poseer a su amado, una criatura de la oscuridad que de vez en cuando resurgía del abismo. Más que cantar, berreó como una descosida.

Sorpresivamente, la recepción fue más positiva esta vez. Así que, aprovechando la ardor que corría por sus venas, acometió la última canción como si no hubiera mañana.

Umbrella, de Rihanna, era una decisión arriesgada para un garito donde se estilaba el rock de los setenta y lo alternativo, pero tenía muy claro que debía culminar con ella desde que cambiara el repertorio al inicio del concierto (parecía que hubieran pasado horas, y no minutos, desde entonces). En cierto modo, aquella canción había marcado una etapa en su vida al sonar en una fiesta de verano a pocos días del comienzo de Bachiller, en un limbo entre el fin de la Secundaria Inferior y el comienzo de la Preparatoria, entre el viejo grupo de chicas comandado por Mimi y el ensamblaje impecable del que llegaría a formar parte esencial poco tiempo después.

Mimi la había sacado a bailar, y ella no se lo había pensado dos veces; desprovista al fin de toda timidez, se había sacudido como una salchicha peleona en medio del escenario. Bailó junto a sus amigos y junto a sus enemigos y la gente que le había hecho el vacío alguna vez. Pese a que estaba en el punto de mira perfecto para sus críticos, su oído de halcón no logró captar ningún cuchicheo maligno. De alguna manera, fue como si todos hubieran estado unidos por el baile, la música y la bebida. Como si todos retomaran momentáneamente el juego que habían dejado abandonado a llegar a la adolescencia.

Kari podría tener talento para capturar instantáneas que pasaban a la posteridad, pero ella era una experta almacenando cada uno de los pequeños elementos que conformaban los recuerdos imborrables de la infancia y juventud. Y retenía los cuerpos sudorosos y el aire impregnado de alcohol que se mezclaba con un olor dulzón cada vez que soltaban un chorro de humo artificial a la pista. Y recordaba también a Mimi, que se desvanecía en la nube rosa y resurgía al poco tiempo como un hada de la noche, y de las luces chispeantes y magnéticas que formaban un remolino…

Tímidos aplausos otra vez. Las tres chicas fanáticas de Lord Boreal y Los Tres Caballeros Polares incitaron al resto del público a unírseles en sus abucheos, pero nadie reaccionó. Siguieron charlando de sus cosas con sus acompañantes, copa en mano, y solo se acercaron a la pista cuando se despidió dando las gracias y fue a sentarse a la barra para tomarse una copa. Unos segundos más tarde, el gerente salió a la palestra anunciando lo afortunados que eran de tener un grupo de tanto caché como Lord Boreal y Los Tres Caballeros Polares. Sus palabras fueron recibidas con vítores y aplausos.

Yolei pidió un cóctel con vodka y granadina. Se lo bebió de un trago y pidió un trago de amazake. El dulzor del licor era muy diferente al dulzor de la nube de humo rosa. En eso estuvo pensando mientras se diluía poco a poco en el alcohol.

La rechoncha figura del encargado le hizo sombra al quinto trago.

—¿Por qué no has tocado ninguna tuya?

Yolei achinó los ojos hasta que lo reconoció.

—No son lo suficientemente buenas.

—Me da igual.

Se encogió de hombros y movió la cabeza a ambos lados, intentando articular palabra. Tenía la sensación de que su lengua se había anudado sola dentro de su boca. Igual que uno de esos dibujos deformes que tanto le gustaban cuando tenía cinco años. Era tan ridícula como Agallas o el engendro rojo de Vaca y Pollo. Entonces, como si su lengua se hubiera desanudado repentinamente, se apresuró a contestar:

—No me apetecía nada hacerlo hoy, de verdad.

El hombre dulcificó su expresión. Más bien, la atontó. Cuando no movía sus cejas con suspicacia, su rostro adquiría una estupidez supina. Estuvo a punto de decírselo, pero logró contenerse. No estaba tan borracha.

—Te veo apocada –observó mientras dejaba el paño con el que estaba limpiando unos tanques vacíos, alargaba el brazo hasta casi desplomarse sobre la barra y le daba unos golpecitos en la espalda con la delicadeza de un elefante tocando el piano—. La semana que viene lo harás mejor. Muéstrales a todos la cantautora hípster que llevas dentro.

—Gracias, eres muy bueno conmigo, Ao.

El gerente le arrebató el último chupito vacío.

—No más chupitos por hoy —dijo—. No quiero tener que echarte de nuevo del local como pasó hace un año, ¿recuerdas?

—Ya lo había olvidado –balbuceó Yolei.

—Pues yo no.

Con torpeza, sacó un billete de su bolsillo y lo entregó tambaleante al hombre.

—Lo próximo que beberé será champín. ¿Tienes champín?

—Compraré una botella para la ocasión —aseguró Ao—. A ver si es verdad y lo dejas.

Recogió su guitarra del suelo, la metió en su funda y salió del local a las doce y cincuenta y cuatro de la noche. Calculó las horas que podría dormir antes de volver al trabajo: seis horas y diez minutos. Bien, seis horas estaba bien, cinco sonaba excesivo.

A medio camino la sorprendió una lluvia torrencial. Sus pantalones de lana y su camisa de lino absorbieron el agua con rapidez. Colocó la funda de la guitarra por encima de la cabeza y continuó el trayecto.

—Necesito un Umbrella, Ella, Ella —canturreaba mientras daba saltitos al ritmo de la canción que solo se escuchaba en su cabeza—. Eh, Eh, ¡Eh! ¡MIERDA! —exclamó al pisar un charco profundo y empaparse sus partes íntimas en el proceso.

Una joven pareja que se abrazaba bajo un inmenso paraguas negro pasó a su lado en ese instante y se desternilló a su costa.

—¡Qué miráis, empalagosos! —les espetó Yolei con voz de bruja—. Estoy mojada, sí. Pero seguro que, a estas horas, la petarda del sombrerito estará chorreando mucho más que yo.

Infotoloka:

-Es un capítulo tan "en las nubes" que puede que resulte algo aburrido. Y es que los recuerdos tienen mucha importancia en esta historia. Escribir esto se está convirtiendo casi un ejercicio de introducción flash-backs. Imagino que alguno quedará algo forzado.

-Me encanta Toy Collection, pero creo que gana mucho más desnuda, tal y como la tocó en el concierto de Zurich (youtube).

-La canción de Regina Spektor que no menciono es "Raindrops", por si a alguien le interesa escucharla. Todas las canciones de Regina merecen la pena.

-No suelo hablar mucho de música, pero me apasiona. Si alguien detecta que hago el ridículo en algún párrafo, que me lo comunique, please xD.