Yolei no se durmió inmediatamente. Se echó a la cama, se enrolló con las sábanas como un kebab y aplastó sus oídos con la almohada para no escuchar a la voz sinuosa que no dejaba de susurrarle que regresara al bar a tomarse todas las pintas muniquesas que no había catado ese día. Incapaz de conciliar el sueño, se levantó impetuosamente del colchón y encendió el radiocassete de Justin Bieber que le había regalado su tía más cachonda por San Valentín.

—Que Justin te haga compañía en este gran día —le había dicho—. ¿San Valentín? ¡Qué digo! San Solterín, querida, San Solterín.

Igual que para Yolei todos sus días eran San Solterín, su tía vivía la vida en un eterno April Fools. Mientras sintonizaba la emisora de radio más popular, pensó que no era una mala filosofía de vida. Podía dedicarse a gastar bromas pesadas a la gente en lugar de emplear todo su ingenio y energía en componer canciones melancólicas que nadie oiría. Quizá la satisfacción de crear una buena canción no era nada comparado con eso. En una sociedad de moral tan flexible como la moderna, el humor es la carta blanca perfecta con la que evitar posibles represalias. Y ella, que era la profesora bruja del voluntariado, debía mantener su estatus de alguna forma.

Todos estos pensamientos se evaporaron tan pronto como sonó We can´t stop en la radio. Era la primera vez que la escuchaba. Había leído incontables opiniones en los foros sobre el drástico cambio de imagen de la cantante, pero nunca se había parado a escucharla de principio a fin. Era un tema que, sin lugar a dudas, hubiera tenido un hueco en la lista de reproducción de Mimi. El típico himno nihilista que sonaba en verano incitando a bailar y a beber como si no hubiera un mañana.

Yolei se desprendió del pijama, se puso unas bragas de esparto color carne que todavía guardaba, a saber por qué, en el cajón de los vinilos estropeados, agujereó las puntas de un sujetador para ver a través de ellos y se enrolló al cuello una manta violeta con dibujos de estrellas que conservaba desde hacía veinte años; una noche tan rara requería un atuendo a la altura.

Mientras bailaba por toda la casa imaginaba que recorría la ciudad junto a Mimi y la tal Miley. Atravesaban la noche dejando una estela de color y jolgorio. Una muchedumbre de sombras danzantes las seguía guardando cierta distancia. Ninguna se atrevía a acercarse más de lo debido a las reinas de la noche por miedo a hincharse y estallar en miles de trocitos de colores como una piñata de cumpleaños.

La canción terminó. Inconforme, Yolei tuvo que conectar un altavoz al portátil y buscarla en Internet para que prosiguiera la fiesta. Ya había tirado por la borda sus intenciones de seguir a rajatabla su horario de sueño. Apenas notaría la diferencia si dormía cuatro horas en lugar de cinco. Así que, sin importarle que cierta vieja cotilla estuviera espiándole desde el bloque contiguo, se desinhibió bailando todo lo que no había bailado en el bar de Ao.

—No necesitamos a Kari para pasarlo bien, ¿no tengo razón, Carlomagno?

El pez payaso, que permanecía en el fondo de su pecera, semioculto bajo los tentáculos de su anémona preferida, no mostró señales de vida.

A menudo se entregaba al desenfreno en la privacidad de su apartamento. Durante aquellas fiestas privadas en la que solo ella y Carlomagno tenían cabida solía vaciar un litrona de cerveza y hacer cosas que jamás haría en público por muy borracha que estuviera. Sin embargo, esa noche Yolei sintió que necesitaba saciarse con algo más. Todavía seguía atenazada al recuerdo de aquellos excitantes años de inexperiencia. A la música, la empalagosa niebla artificial y las luces chispeantes que atestaban la pista del descampado como un horda de espectros multicolores. Por más que lo intentara, jamás volvería a experimentar nada igual. Y éso era, por encima de sus ambiciones musicales, lo que más la intranquilizaba. La sensación de que los vendavales le habían sacudido hasta dañarla de forma irreparable. De que algo se había desprendido de ella con los embates del viento, algo que no lograba identificar, pero que con su pérdida la había sumergido en un estado de desencantamiento perpetuo que sin duda le acompañaría hasta el día de su muerte. Como cuando termina una película y lo único que queda de ella son unos sobrios títulos de crédito y la música que acompañaba las escenas más emocionantes. Las letras blancas sobre el fondo negro, ascendiendo a toda velocidad hasta que no queda ninguna y la pantalla se oscurece por completo.

Por suerte, todavía guardaba un sobrecito de plástico en el cajón de la ropa interior. Un pequeño apremio que había comprado a escondidas en caso de que las cosas en la ciudad no le fueran demasiado bien. En un día tan raro como aquel, una rápida inhalación de felicidad instantánea no estaba del todo fuera de lugar.

Pero algo la detuvo al entrar en el dormitorio, como si alguien tirara de una cuerda invisible para hacerla retroceder. Yolei dedicó unos segundos en tratar de averiguar qué fuerza extraña la había hecho detenerse en el umbral de la puerta. Era imposible que hubiera sido el peso de su conciencia medio adormecida. No, era algo más palpable, algo que se transmitía a través del aire y llegaba a acariciar sus oídos…

We can´t stop no era, como había creído en un principio, una canción alegre. La lírica era un carpe diem llevado al extremo, por supuesto, pero el hecho de que estuviera escrita en clave menor resultaba desconcertante. La dotaba de una melancolía pegajosa, como la que la invadía en las tardes de los domingos. No era, en otras palabras, una canción para escuchar durante el apogeo de la fiesta, sino al finalizar ésta, cuando los invitados evacuan la casa dejando un triste rastro de tarta, confeti y sidra barata.

Luego estaba la ominosa voz digitalizada que repetía una y otra vez eso de "Es nuestra fiesta, podemos hacer lo que queramos". Yolei, que no había tenido ocasión de ver el videoclip, imaginaba que la voz procedía de una presencia fantasmal que hacía de DJ mientras el resto de invitados bailaban. Ocultaba su cuerpo putrefacto bajo una túnica pestilente, pero todos estaban demasiado borrachos como para darse cuenta de ello.

Un escalofrío le puso la piel de gallina. Lentamente, retrocedió al pasillo y giró la cabeza a ambos lados. A su izquierda, en el comedor, la lámpara del techo arrojaba chorros de luz ambarina de una tonalidad semejante a la del papiro añejo; a su derecha, las sombras campaban a sus anchas. El verde pálido de las paredes parecía incoloro en contraste con la densa negrura que se acumulaba al fondo del pasillo.

Yolei apartó la mirada rápidamente y entró en su dormitorio. Tenía la sensación de que, si se quedaba observando detenidamente el fondo del pasillo por demasiado tiempo, su mente acabaría jugándole una mala pasada y vería algo espantoso emerger de la oscuridad.

Fue a refugiarse bajo las mantas sin tan siquiera quitarse el pijama. Aun con la puerta cerrada, la música inundaba cada recoveco del dormitorio. Echó a temblar al oír el sedoso acompañamiento de piano que daba paso al verso que repetía nombre del tema. No parecía la misma canción que había escuchado al principio. Esta nueva we can´t stop ocultaba una triste ironía bajo su fachada de himno nihilista. Algo todavía más deprimente que la morriña de una tarde de domingo. No es que los asistentes a la fiesta que bailaban al ritmo de la música del tocadiscos fantasmal no tuvieran la intención de parar. Lo que en realidad quería decir We can´t stop era, sencillamente, que los invitados no podían parar. Eran conscientes de que marchaban directos a un precipicio y, con todo, lo hacían danzando y riendo, incapaces de dominar el hechizo que enloquecía sus extremidades. Tal vez alguien, seguramente la presencia fantasmal, los había convencido de que no había otro camino que el que conducía al abismo.

¿Será que sigo bajo los efectos del alcohol o es que, tras varias escuchas, al fin he conseguido desvelar el mensaje oculto de la canción?

La canción terminó y no volvió a reproducirse nunca más en aquel radiocassete. El silencio inundó el apartamento. Era de una consistencia todavía más viscosa que la música. Sombríos pensamientos martillearon su mente durante hora y media. Eran tan molestos como un goteo incesante en un habitáculo cerrado.

Decidida a dormir aunque fuera por un par de horas, Yolei consiguió serenarse un poco imaginando que alguien recio y fuerte custodiaba su sueño desde el otro lado de la puerta.

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Parecía como si la tiniebla de su cuarto y la de la inconsciencia se hubieran fundido formando una nueva oscuridad. Los muebles, de contornos imprecisos, presentaban un brillo acuoso intrigante. Pero lo que capturó su atención fue el armario empotrado que encaraba su cama. Conservaba todos y cada uno de sus vértices y relieves. Era alto, tan alto que abría un boquete en el techo y se perdía más allá. Aun con las puertas cerradas de par en par desprendía un intenso olor a nafta que acariciaba sus fosas nasales y enviaba un mensaje cristalino al cerebro: Ábreme.

Yolei se deshizo de las mantas y se acercó al ropero; tan solo necesitó un paso para recorrer la distancia que la separaba del mueble y detenerse a unos centímetros del pomo de latón. En cuanto lo tocó, las puertas se abrieron de par en par con un estrépito y supo que estaba perdida. Dos manos grises y pustulosas atenazaron sus muñecas incoloras y la arrastraron al interior del cubículo. La criatura que se había abalanzado sobre ella estaba cubierta con una túnica raída de la cabeza a los pies. De la tela se desprendía un hedor nauseabundo a humedad y polvo milenario. El olor de los restos pulverizados de huesos y órganos muertos que se resisten a ser halados por el viento y desperdigados por toda la creación. El aroma particular de la oscuridad más espesa.

Hubo un destello de luz roja y el monstruo retrocedió al interior del armario. A sus pies cayó una piedra que emitía un resplandor purpúreo que iluminó a duras penas la habitación. Intentó moverse, pero sus piernas se habían vuelto pesadas como dos sacos de cemento armado.

Y entonces oyó una voz familiar. Se aferró a ella con todas sus fuerzas, y la voz le propinó un empellón tan potente que la envió a la otra punta de la habitación. Se habría estrellado contra el borde de la puerta de no haber sido atrapada por dos brazos fuertes. De repente, esos mismos brazos que la habían protegido del impacto y depositado suavemente en el umbral asieron sus hombros y comenzaron a sacudirla con brusquedad.

—¡Estás en las nubes, Yolei! —le regañó Davis—. Tenemos que salir de aquí cuanto antes o estaremos acabados.

Echaron a correr por el pasillo de la vieja mansión. Su vestido de cuero con capa ondeaba con ligereza y arrojaba centelleos blancos en los espejos de diversas formas geométricas que recubrían las paredes del pasillo. Davis, a su lado, corría enfundado en un chándal deportivo y un sombrero como el de Indiana Jones. De su bolsillo sacó un látigo con el que comenzó a atizar la superficie de los espejos.

—¿Qué haces?

—Todavía no estamos a salvo —advirtió Davis poniendo una voz estúpida y sobreactuada—. Nos sigue a través de los espejos.

Un nuevo reflejo entró en su campo de visión; apenas un punto negro en medio del centenar de proyecciones de su absurda vestimenta. Con su pistola láser descargó un rayo rojo que hizo añicos la superficie del espejo donde había aparecido el encapuchado. Luego, detectando la presencia de la criatura del armario en tres espejos más, desencajó de su cabellera uno de sus moños enrollados en forma de caracola y lo lanzó a modo de búmeran. El mortífero moñete impactó en el primer espejo, rebotó en los otros dos rompiéndolos en mil pedazos y volvió a ensamblarse en su cabeza.

—¿Quién te crees que eres? —se burló Davis— ¿Mazinger Z?

—En todo caso sería Afrodita, tonto.

—Si apenas tienes munición para disparar un tetazo al enemigo.

Habían llegado al final del pasillo. Yolei se paró en seco, recuperó el aliento y le espetó:

—¡Eres un desgraciado! ¡No deberías burlarte de esa manera del cuerpo de una mujer! ¡No deberías tratarme como a la babosa de tu perra!

—Yo solo digo la verdad —replicó Davis, elevando los hombros en pose chulesca—. ¿Pero qué más da eso ahora? La puerta está bloqueada y no hay forma humana de abrirla.

Yolei lo cogió por la perchera de la camisa y lo estampó contra el portalón de piedra. El impacto hizo temblar toda la edificación. Un espejo grande y con forma de estrella se desprendió del anclaje que lo mantenía sujeto y aterrizó a sus pies con la delicadeza de una pluma.

—¿Qué haces, loca? —se quejó el chico, apartándose de ella y frotándose el hombro adolorido.

—Tratar de abrirla por mis propios medios.

—¡El espejo! —exclamó de repente Davis.

Yolei se volvió sobre sus botas de tacón alto y vio como tres ondas concéntricas de luz recorrían la superficie pulida del espejo. Justo en el momento en el que la última onda se desvanecía en los bordes puntiagudos, un rostro encapuchado emergió del la vítrea superficie.

Davis la cogió de la mano. Ella le devolvió el apretón por puro instinto. Y entonces se dio cuenta de que ambos volvían a tener diez años menos. Eran dos adolescentes necios e inexpertos que no tenían nada que hacer frente a la amenaza fantasma.

Sin embargo, al cruzarse las miradas, los dos supieron al instante cuál sería su próximo movimiento. Alzaron sus varitas y gritaron al unísono:

¡Expecto Patronum!

Dos orbes de luz blanca salieron de sus varitas e impactaron contra la siniestra criatura; luz y oscuridad atravesaron el tragaluz del techo y se perdieron en la noche estrellada.

Ninguno de los dos se movió inmediatamente. Davis dijo algo, el típico comentario de quien pierde el juicio tras ingerir una cantidad considerable de alcohol. Palabras que nadie diría de no estar embriagado por la felicidad de haberse librado de las garras de la muerte. Ella no le dio mucha importancia, pero trató de ocultar el rubor de sus mejillas deshaciendo sus moñetes de Leia con una mano; la otra todavía permanecía suavemente entrelazada a la de su amigo.

Ocurrió demasiado rápido. Davis la cogió por la cintura y le hizo dar vueltas y vueltas. Mechones de pelo morado revolotearon a su alrededor. Las estrellas, en lo alto, emitieron un brillo pulsante. Extendió los brazos para arañarlas y consiguió despegar algunas de la bóveda celeste. Descendieron en forma de cortina dorada que envolvió sus cuerpos palpitantes. Tenía un olor embriagador. A cada inspiración, los labios de Davis se volvían cada vez más deseables...

Este capítulo es un poco corto. Iba a ser más largo, pero sentí que debía cortarlo ahí. Tengo que pensar y repensar lo que vendrá en el siguiente.