La sensación al despertar fue tan placentera que olvidó por completo la inquietud de la noche anterior. Sus pestañas estaban limpias, sin rastro de lagañas ni somnolencia alguna. Estiró los brazos, salió grácilmente de las sábanas y se internó en el servicio para darse la ducha matutina. Al mismo tiempo que los chorros espumosos caían y resbalaban por la superficie curva hasta perderse en el oscuro agujero del sumidero, su mente comenzaba a empañarse con retazos de la pesadilla que había tenido. Dejó de frotar y miró como el agua fluía y se evaporaba. Una vez consiguió dar sentido a las imágenes oníricas, cogió una esponja de textura áspera y comenzó a frotar con insistencia sus antebrazos para desprenderse de toda la espuma. Frotó hasta que su tez adquirió un feo tono rojizo, como el de los turistas anglosajones que se exponen demasiado tiempo al sol sin bronceador.

Trató de calmarse. No es que el afecto que acababa de experimentar hacia Davis fuera algo totalmente desconocido para ella. Su recuerdo más lejano en el tiempo se remontaba a las vacaciones de primavera del primer año de Bachiller. Era una de esas noches en las que la ausencia de planes y la escasez monetaria los obligaban a apretujarse en el banco de un parque y ver el mundo pasar a cámara lenta. Y habría sido una noche cualquiera, con Davis y Takeru comentando la última jugada de Junichi Inamoto en los mundiales de futbol mientras ella trataba en vano de hacer que Kari destilara una sola gota de veneno contra alguna de sus enemigas del instituto para no sentirse la bruja del grupo, de no haber sido por la tensión amorosa entre el rubio y la castaña. Las miradas eran frecuentes, y los sonrojos evidentes a la débil luminosidad del farol que los amparaba. Hasta Davis, el testarudo y egoísta Davis, tuvo que rendirse ante aquella evidencia irrefutable de amor verdadero.

Yolei, que había pasado tardes enteras planeando un acercamiento íntimo entre ellos, dedicó a Daisuke una sonrisa venenosa en señal de triunfo; la cruzada que había iniciado contra él para mantenerlo alejado de Kari se había saldado con el más estrepitoso fracaso de las fuerzas oscuras. El chico manifestó su derrota con un gruñido de animal herido, se llevó las manos a los bolsillos en un intento de parecer más oscuro y enigmático de lo que era y se alejó a grandes zancadas en dirección al parque infantil.

Yolei aprovechó el desplante para ir detrás de él, permitiendo así (al menos en su imaginación, porque no llegó a volver la cabeza para verlo con sus propios ojos) el primer beso furtivo de los enamorados. Su trabajo con los amantes cohibidos había terminado, ahora debía coger su paraguas y hacerse cargo de otros infantes necesitados.

—Davis, ¿qué haces? —le preguntó al encontrarlo encaramado, en una postura extraña, a la pequeña red de escalada que conectaba con el tobogán con forma de trompa de elefante—. ¿Tratas de ahorcarte?

Había perdido el equilibrio mientras trepaba con furia hasta quedar con los brazos y las piernas encasquetados en la cuerda trenzada. Se sacudía como uno de esos peces atrapados en las anillas de plástico de las latas de refresco que infectan los mares en época estival.

—Déjame en paz —dijo con voz queda.

Ni si quiera tenía fuerzas para devolverle una mueca grotesca como acostumbraba a hacer cuando se quedaba sin argumentos. Aquello le desconcertó. Lo había visto enfurruñarse en multitud de ocasiones, pero nunca abatido. Si tenía una virtud que mereciera la pena destacarse, ésa era la de sobreponerse a los problemas con bastante facilidad, algo que Yolei achacaba a su simpleza emocional.

—Te advertí qué pasaría —murmuró ella mientras recorría la estructura, inspeccionándolo. Lo único que atisbaba en la oscuridad era el resplandor de sus ojos anegados en lágrimas.

—No me des la lata ahora, Yolei.

—Encontrarás otra —aseguró Yolei al pararse frente a él, tratando de sonar firme—. Pasarás página, eres Davis. Vamos, no quiero verte así. Es raro.

—No lo entiendes. —Su voz se tornó aguda y lastimera, como la de un perro al que pisan el rabo—. Kari es única.

Ciertamente era la única chica en el instituto que reía sus gracietas y adoptaba una actitud respetuosa cuando trataba con él. Pese a que no había coqueteado en ningún momento con Davis, el muy ingenuo así se lo había tomado. Hay personas con expectativas desorbitadas, y luego está Davis, se dijo Yolei.

—Vale, no lo entiendo —admitió Yolei poniendo los brazos en jarras, cada vez más incómoda con la situación. Hasta ese momento, Davis y ella habían sido como cuerpos celestes orbitando alrededor de Kari en inversas direcciones. Las colisiones eran frecuentes y terribles. Sin embargo, una vez terminada la guerra, Yolei no pudo evitar compadecerse de él en lugar de restregarle su victoria por las narices.

Entonces creyó, seguramente condicionada por las muestras de afecto que se exhibían en las películas occidentales, que lo más adecuado en aquella situación tan rara era darle un abrazo amistoso. Así que, cuando Davis consiguió al fin desenredarse y aterrizar de un salto en las planchas de corcho que recubrían el suelo del parque, se acercó a él y cometió el desliz que más sentimientos de culpa le depararía en los años venideros. Tal vez fuera por el influjo de la Luna, que ofrecía una insólita tonalidad azul madreperla aquella noche. O quizá se debiera a que se había tomado una botella de cerveza china a escondidas de sus padres antes de salir. O que, de tan complacida que estaba con el transcurso de los acontecimientos recientes, simplemente hubiera tenido la necesidad de traspasar un poco de su felicidad a Davis. Igual que un oso amoroso obsesionado con librar al mundo de los malos sentimientos. En cualquier caso, sus brazos no llegaron a rodearle, porque Davis, desconsolado y fuera de sí, le había cogido las muñecas y paralizado en el acto.

Pensar en ello solía anular cualquier afecto desmedido que pudiera llegar a sentir hacia Davis. No obstante, mucho había llovido desde aquella noche en el parque infantil y el recuerdo, que ya tenía casi asumido, apenas le ayudó esta vez. Davis había cambiado, así como también se habían transformado los sentimientos que albergaba hacia él. Una idea, una emoción estrambótica e inconcebible había empezado a germinar en su cabeza como un tumor maligno. Apartarla y refrenar sus deseos era la única opción que contemplaba, pues era tan consciente de que lo suyo con Davis sería una relación abocada al fracaso como de que se llamaba Miyako, tenía un coeficiente intelectual ligeramente por encima de la media y le gustaban más los gofres que a un tonto un lápiz.

A fin de cuentas, ¿qué podía ofrecerle él, aparte de buena comida? De haber podido elegir, Yolei hubiera preferido una relación en la que los talentos naturales de ambas partes retroalimentasen la felicidad marital. Un matrimonio bohemio y equilibrado como el de Takeru e Hikari. Ella, con su cuaderno de dibujo y su cámara; él, a la pluma y la guitarra. Capturando la belleza del entorno, encontrando la inspiración en los ojos del otro. El tipo de amor con el que había fantaseado disfrazada de Cenicienta en las pijamadas de sus amigas de la escuela primaria y que había seguido deseando incluso cuando empezó a acudir con Mimi a los botellones que invadían los polígonos industriales y los edificios abandonados en sus años de adolescencia.

Por desgracia, el tiempo, no contento con haberse cebado con sus tetas, también había aniquilado de un tajo a la chica risueña y pomposa que alguna vez fue. El desencamiento le sobrevino en la fiesta posterior a la boda de Kari y Takeru. Había llenado su estómago con el cuarto sorbete de limón cuando localizó una cabellera rubia esquivando gente en la pista de baile. La siguió por el concurrido comedor, apretujando su copa contra el pronunciado escote (por entonces todavía no había definido su personalidad hippie) y limando el suelo con sus tacones de aguja a su paso, hasta que al fin dio con él en la terraza del restaurante marítimo. Estaba sentado en un banco de madera, con la nuca pegada al respaldo y las piernas estiradas y cruzadas cuan largo era. Resopló (o más bien relinchó como un caballo de carreras ganador) para apartar el mechón de pelo sudoroso que caía por su frente y abrió la boca para hablar. Pero antes de que pudiera decir nada, Matt le cortó para preguntarle si tenía fuego.

—Sí, espera un momento. —Regresó al comedor, rebuscó en su bolso con forma de labio rojo hasta dar con el mechero con dibujos de focas y salió afuera para prender el cigarrillo de Matt.

—Gracias.

—¿Lo estás pasando bien?

—Mi hermano se ha casado antes que yo —dijo—. Lo sigo viendo demasiado joven. Cosas de hermano mayor, supongo. Aunque siempre fue mucho más maduro que yo.

Una mota de ceniza fue a parar a su vestido color berenjena. Yolei sacudió la suciedad con un gesto rápido e imperceptible.

—Es inevitable tener cierta sensación de pérdida. En el colegio estabas muy unido a él, incluso permanecías detrás de la verja cuando Takeru iba al jardín de infancia —le recordó Yolei, que había realizado una concienzuda tarea de investigación para conocer hasta el más nimio detalle de su infancia, adolescencia y caída en desgracia. Porque Yamato, al igual que la gran mayoría de músicos de renombre, había terminado codeándose con los más sofisticados efervescentes y ahogando sus penas en el alcohol de los bares donde actuaba. Yolei, que creía que las adicciones eran algo inherente al carácter de los grandes artistas, lo había asimilado mucho mejor que la mayoría de sus amigos y familiares—. Qué espanto de verja, por cierto. ¡Y qué despistada era la señora que los cuidaba! Bastaba con darle un floripondio de esos que crecían cerca del estanque (¿quién fue el iluminado que decidió poner un estanque en un jardín infantil?) para que se le fuera la cabeza y...

—Podemos tener sexo esta noche, si es lo que buscas —propuso Matt.

No recordaba si el desencantamiento había sido instantáneo o se había producido de manera gradual. Pudo ser que aquella misma tarde su vista se deslizara hasta sus manos temblorosas y se diera cuenta de que no estaban hechas para sujetar la cintura de una chica durante un baile.

—¿Sabes? Llevo mucho tiempo esperando esto. Formaba parte de esa marea humana que te aplaudía y vitoreaba en las fiestas de Navidad. Por las noches, cuando no podía dormir, pensaba en ti. Y ahora, de repente, me siento aturdida. ¿Debería dejarme llevar?

—No. —La punta de nicotina del cigarrillo se encendió por última vez—. Tienes la capacidad de resistirte al amor y creo que no debes desaprovecharla. Porque, al final, el amor te consume como a este cigarrillo barato.

Matt dejó caer el cigarrillo en el cenicero de la mesa que tenían en frente y clavó su mirada nublada en el último retazo de sol naranja que se perdía en el horizonte marino.

—Estoy tan congestionado que soy incapaz de sentir el olor a salitre del mar —fue lo último que dijo y, por alguna razón, lo que más recordaba de su corta pero significativa conversación.

Luego siguió un prolongado silencio. Los ojos de Yolei se perdieron en la fina tira de humo que ascendía y se desvanecía en el cielo de la tarde. La música y las risas provenientes del restaurante se mezclaban con el sonido de las olas al romper contra las rocas, y todo era sofocado por el ruido del viento que derribaba las sillas de plástico y hacía oscilar los adornos de recién casados.

Sí, estaba casi segura de que había sido allí mismo. Renunció al amor durante una celebración del mismo.

Ser consciente de que algo tan preciado para ella como el amor romántico también estaba sujeto a corrupción, sentir en sus carnes esa dolorosa verdad fue el más destructivo de los vendavales. Probablemente, lo suyo con Davis sería tan efímero como ese impulso morboso que todo el mundo experimenta con la persona más insospechada. Desaparecería al cabo de pocos días como un virus estomacal.

Sin embargo, tras innumerables semanas marcadas por la monotonía y la pereza afectiva, no eran pocas las veces que dejaba volar su imaginación y acogía el nuevo sentimiento como un bálsamo de dulzura. Breves instantes en los que tomaba la mano de su acompañante invisible y se dejaba llevar en un baile sosegado en la soledad de su apartamento. Solo rompía el contacto cuando los rasgos de su pareja invisible comenzaban a volverse peligrosamente reconocibles. Luego de eso solía tratar de aventar la espesa y empalagosa nube que se había formado en su cabeza charlando de cualquier cosa con Carlomagno.

—Tú eres el único hombre en mi vida, Carl —le dijo un día meciendo suavemente la pecera al son de la música—. Está bien, dejo ya de hacer la tonta.

Cogió la caja con el dibujo del pez absurdo y esparció una generosa pizca de pienso. Pero algo andaba mal. Los trozos de pienso coloreado envolvieron el minúsculo cuerpo de Carlomagno sin que éste moviera una aleta. Y su color era extraño, de un anaranjado macilento que se volvía todavía más pálido al contraste con el colorido festín que se extendía ante sus ojos carentes de expresividad. Al dormir solía atenuársele el color de las escamas, pero nunca lo había visto tomar esa tonalidad. Golpeó el cristal con los dedos un par de veces. Permanecía rígido y seguía pareciendo un peluche deslavazado. Después cogió la pecera y la giró cuidadosamente de un lado a otro unas cuantas veces. La comida se desperdigó por toda la pecera y Carlomagno rodó sobre sí mismo unas cuantas veces antes de suspenderse boca abajo, sin vida.

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Había comprado a Carlomagno cuatro años atrás, en la misma tienda donde comenzó a trabajar. Desde que salió de ver Buscando a Nemo en los destartalados cines de su barrio tuvo muy claro que un pez payaso sería su animal de compañía predilecto. Incluso había rellenado una y otra vez un test de compatibilidad animal en Internet hasta que salió el dichoso pececito. Su madre, tacaña hasta la médula, había sido incapaz de entenderlo. Por lo que cuando se mudó a la ciudad y encontró trabajo en la tienda de animales, supo con claridad cristalina en qué menesteres debía invertirlo. Todavía recordaba la sensación al introducirlo en la bolsa de plástico y liberarlo en la pecera de su casa; imaginaba que tener a un recién nacido en brazos no era una experiencia muy distinta de aquello. Con el tiempo le había comprado el pienso más selecto, un castillo de coral y la anémona más bonita de la tienda.

Conocía a Carlomagno mejor que a sí misma. Sabía que su película preferida era Tiburón, que solía discutir con ella cuando aseguraba que Madona estaba acabada y Britney no merecía ser llamada princesa del pop y que fantaseaba con pececitas voladoras que lo visitaban por las noches y le sacaban a sobrevolar el cielo nocturno. Si había un ser acuático en el mundo que no merecía la muerte, ése era Carlomagno, no la orca acaparacámaras de Willy.

Como tirar su cuerpo al retrete no le parecía lo suficientemente ceremonioso, y tampoco quería contaminar el agua del río, decidió improvisar una pira funeraria con una caja de Winston y unas cuantas cerillas.

Extrajo el cuerpo de la pecera con cuidado, aguantando la respiración. De nuevo lo arrebataba de su elemento, ésta vez para conducirlo a un nuevo hogar en el más allá de los peces. Lo depositó en el féretro y se lavó las manos en el fregadero con detergente para eliminar el olor a pescado muerto. Después maquilló su rostro de forma rápida y tosca, se hizo un moño descuidado y se atavió con una camisa blanca, una falda corta de color negro y una chaqueta a juego. Parecía una secretaria que acababa de beneficiarse a su superior, pero no tenía nada más en su armario que respetara el código de vestuario.

Guitarra al hombro y cargando a Carlomagno en un platito de postres, salió del piso y cogió el ascensor para subir a la terraza del edificio. El vecino del segundo, que estaba dentro, la examinó de la cabeza a los pies con morbosa curiosidad. A juzgar por la cantidad de chicas con las que subía silenciosamente las escaleras del edificio los sábados por la noche, a cada cual más estrafalaria y desnuda, probablemente creyera que se trataba de una artista sexual de splosh especializada en sushi. El hombre sacó una lengua pastosa y gris y le preguntó:

—¿Qué tal?

—Tengo la vagina seca.

Le dedicó una sonrisa desangelada al salir y nunca más volvieron a encontrarse.

El cielo estaba encapotado cuando salió a la terraza. Un manto gris que caía sobre el mundo y sus minúsculos habitantes. El ruido del tráfico y los establecimientos comerciales confluía formando una repugnante masa de contaminación acústica. Desde aquella mugrienta azotea podía ver a los residentes de los edificios cercanos. Una vieja que cocinaba fideos para sus nietos, un hombre que tomaba café mientras tecleaba su ordenador, una señora que cambiaba el agua a sus periquitos, una pareja que hacía el amor en la cocina. Cada individuo, pareja o grupo de amigos ocupaba un pequeño compartimento desde donde funcionaban en armonía con la sociedad. Como abejas trabajando por el bien del enjambre. A simple vista parecían contentos, y aquellos pocos que no derrochaban felicidad por los cuatro costados lucían tranquilos y realizados. Bailaban al son del mundo. Allí, a la intemperie, Yolei se sintió como El Grinch del Dr. Seuss, contemplando disgustada a los ciudadanos de Villaquien desde lo alto de su nevada colina.

—Reíd, reíd mientras podáis.

Escupió una flema amarillenta y fue a arrodillarse en el suelo de cemento. Al inclinarse para depositar la caja de Winston con el cuerpo de Carlomagno, un agujero considerable se abrió en el lado trasero de su vestido, dejando a la vista una buena parte de sus bragas color verde pantano.

—Amigo, es hora de que nos digamos adiós —comenzó a hablar tras guardar un minuto de silencio—. Después de que acabara lo mío con Matt (ya, sé que no tuve nada con él, pero así lo sentía en mi corazón) traté desesperadamente de llenar el vacío de todas las formas posibles, y no fue hasta que te vi en la tienda que empecé a sentirme un poco más llena. Viniste a mi vida para hacer realidad el sueño de mi niña interior, y te estaré eternamente agradecida por ello.

Un fuerte viento inundó de repente la azotea, haciendo ondear la ropa de los tendederos y revolviendo fantasmagóricamente sus cabellos morados. Yolei llenó sus pulmones de aire frío y prosiguió:

—Ojalá los peces pudierais vivir cien años. Así podrías estar aquí y ver como cada año que pasa estoy más vieja y el triple de borracha. Tal vez por eso te has ido… Una parte de mí se siente responsable de ello. ¿Quién en sus cabales aguantaría a una urraca amargada como yo? Por eso estoy sola. Y por eso no te he liberado al mar al que perteneces. Hace tiempo que dejé de ser la chica que organizaba planes y se nutría con el amor sincero de sus mejores amigos. Ahora estoy podrida, un torrente de maldad circula por mis venas y solo quiero que la gente sufra, que sufra como yo sufro. Me he convertido en un ser despreciable. En una auténtica bruja.

Estaba a punto de echarse a llorar. Pero consiguió hacer acopio de la poca entereza que conservaba para culminar el discurso.

—Ya basta de hablar de mí. Soy egoísta incluso cuando quiero dedicar unas palabras de agradecimiento a un amigo. Gracias por aguantarme, Carl. Me gustaría habértelo dicho más a menudo.

Prender la cajita resultó más fácil de lo esperado. Las lenguas anaranjadas lamieron el cuerpo del pez, devolviendo momentáneamente el color a sus escamas muertas.

—Voy a tocar algo en tu honor. Se llama Bright Eyes. Creo que no la llegaste a escuchar. Pertenece a la banda sonora de una película de conejos que se matan entre ellos para sobrevivir en un mundo despiadado. Es muy bonita, pero no por la violencia y todo eso, claro. Bueno, me dejo de cháchara y comienzo a tocarla. Ojalá te ayude a encontrar la luz estés donde estés.

Interpretó varias veces Bright Eyes hasta que consiguió afinar correctamente. Para cuando terminó, el fuego ya había convertido el féretro en un pequeño montículo de ceniza y brasas que palpitaban débilmente como un corazón mortecino. Entonces una espantosa sensación de finalidad se abatió sobre su pecho y no le quedó más remedio que sacar de su chaleco la bolsita de plástico que guardaba para casos de emergencia. Hundió la nariz en su interior e inhaló la droga con fuerza. Acto seguido se tumbó boca arriba y se dedicó a contemplar los delirios celestes mientras se alejaba del tiempo y la realidad.

Cosas:

-La canción que baila Yolei cuando está sola es Nothing Matters When We are Dancing, de Magnetic Fields. La canción del funeral es Bright Eyes, la versión de la película Watership Down, la de 5 minutos.

-Al principio iba a comparar a Davis con un grano en el culo, no con un virus estomacal.

-Escena eliminada: Yolei perreando en la pista de baile con su vestido morado cual berenjena viviente enloquecida.

-He tenido que editar para quitar una BARBARIDAD que había escrito sin darme cuenta. Espero que no hayáis podido leerlo.