El viento elevó la ceniza encendida. Las partículas se amontonaron y ensamblaron unas con otras hasta que la masa de chispas anaranjadas tomó la forma de su difunto pez. Un destello, un chasquido y el milagro de la vida se produjo ante sus ojos; Carlomagno renació de sus cenizas como el ave fénix y ascendió al cielo nublado, que lo recibió con una gloriosa fanfarria de truenos y relámpagos de colores.
Abajo, en el mundo de los vivos, el festejo no parecía tener fin. El rosa fluía por la escena como una brisa colorida que se adueñaba de cada luz parpadeante. El alcohol y los cuerpos embadurnados de sudor y saliva eran de color rosa. También lo era el filo de las botellas rotas y la sangre derramada. Incluso las preocupaciones se disolvían y salían de las orejas en forma de vapor rosa que se fundía con la niebla artificial de la pista.
En medio de aquel océano rosáceo distinguió a Mimi. Permanecía en silencio en el centro del barullo, con una sonrisa congelada en sus labios entreabiertos que invitaba a contarle secretos inconfesables. Yolei corrió a su encuentro y la estrechó en sus brazos. Entonces notó que algo no andaba bien con su amiga. Estaba tan rígida y pálida como una escultura de yeso. Pero lo que más le angustió fue lo marchito y deslavazado que lucía su cabello; ni si quiera la luminosidad que las envolvía era capaz de devolverle el color perdido. Daba la sensación de tratarse de un cuerpo que hubiera sido lobotomizado antes de convertirse en cadáver.
—¿Te encuentras bien, Mimi?
Profirió un grito de espanto cuando Mimi ladeó el cuello súbitamente y le clavó una mirada que no reconoció. Dos esferas oscuras y malévolas de pupilas dilatadas. Aquellos horribles ojos se expandieron en su rostro hasta ocupar casi la totalidad de su cara, brindándole el aspecto de un grillo monstruoso. Al instante engulleron todo cuanto respiraba vida a su alrededor.
Lo siguiente que supo fue que vagaba en la oscuridad. Exhaló un suspiro que se convirtió en vaho, alzó las manos, cerró los ojos y dejó que la negrura la meciera. Estaba empezando a disfrutar de la sensación de flotar en la nada cuando una mano le atenazó la muñeca y la condujo a una pequeña isla flotante. Aterrizó en suelo arenoso como un pesado saco de plomo y permaneció allí tumbada, con la cabeza hundida en la arena fresca, deseando que su materia se descompusiera en pequeñas partículas desprovistas de sentimientos para así poder revolotear por el espacio libremente.
De pronto un estruendo de altavoces le hizo incorporarse de un salto. Yolei recorrió con la vista la planicie desolada en busca del origen del sonido: no le fue difícil dar con los dos gigantescos altavoces negros instalados en lo alto de una loma de rocas rojas. En el punto más alto de la elevación de tierra reinaba una pequeña cabina acristalada. Dentro de ella se encontraba el encapuchado de sus pesadillas.
—Baila.
En cuanto dijo eso, los altavoces se sacudieron violentamente y vomitaron una estruendosa algarabía que hizo retumbar toda la isla. Yolei agitó los brazos y las piernas, contorsionándose como una acróbata de circo, víctima del hechizo de aquella orquesta de risas dementes y bramidos de animal.
—Por favor, no quiero bailar más —rogaba casi sin voz—. Estoy muy cansada… se me va a parar el corazón… ¡Por favor!
El encapuchado no se apiadó lo más mínimo. Sus manos llenas de pústulas se abalanzaban sobre los discos con el deleite de un niño que prueba un juguete nuevo. Su voz monótona armonizaba con la caótica sinfonía.
—Aquí todos bailan. Bailan hasta el amanecer. Bailan hasta desfallecer. Es nuestra fiesta, podemos hacer lo que queramos…
—Pero yo no quiero bailar —protestó.
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Despertó en posición fetal. El móvil vibraba a pocos centímetros de su cabeza, martilleando sus tímpanos, como una representación material de su conciencia indignada. Lo alcanzó a duras penas con dos dedos y desbloqueó la pantalla. La encolerizada voz de su jefe le dio los buenos días a su manera.
—¿Por qué cojones no estás en la tienda? ¡El camión está a punto de llegar!
Se levantó y echó la vista al suelo de la azotea. El viento había dispersado la ceniza, de modo que todo lo que quedaba de su difunto pececito era una triste mancha negruzca en el enyesado.
—Lo siento, me he dormido.
—¿Tú quieres que te despida?
—No. En un minuto estoy allí, Momo.
Frotó sus ojos enlegañados y se dispuso a abandonar el edificio sin preocuparse de arreglarse lo más mínimo. Ya en el ascensor pulsó el botón de la planta baja antes de que el vecino pervertido del quinto (que acababa de salir de su apartamento en calzoncillos) pudiera meterse también y dejó reposar su aturdida cabeza en la vibrante cabina de metal. Todavía adormecida, se encendió un cigarrillo que consumió por el camino.
Su jefe no podía estar del mejor de los humores cuando la vio llegar.
—¿Qué coño estabas haciendo? ¿Y esas pintas de prostituta drogadicta? Da igual, ¡ponte a desempaquetar!
Abrió con un cúter la primera caja y empezó a cargar los sacos de pienso y apilarlos en su sección. Como no estaba en la mejor forma física y se sentía como si le hubiera pasado por encima una procesión de elefantes marinos, no tardó tomar frecuentes descansos para recuperar el aliento.
—Venga, Yolei, aguanta un poco más —se dijo al levantar el decimosexto saco de comida para gatos.
—¿Con quién hablas?
Yolei depositó el saco en el suelo y se volvió con los brazos en jarras. Un niño mellado la observaba junto al tanque de los peces globo.
—¿Hablas con fantasmas? —preguntó el niño.
Gruñó y se agachó a recoger el pienso. El niño molesto la siguió acosando con preguntas irrelevantes mientras cargaba con los sacos, y Yolei consideró muy seriamente dejar caer sobre él los cinco kilos de comida para gatos.
—Hablas sola, pero cuando yo te pregunto te quedas callada como una puta, ¿estás loca? Mi madre dice que mi tía lo está porque le encantan los antidepresivos. ¿Te gustan los antidepresivos?
—¿Dónde está tu madre? ¿Te has perdido?
—¿Tienes novio? No tienes cara de tener novio. Fijo que te han puesto los cuernos.
A Yolei le rechinaron los dientes.
—Para que te enteres, mocoso, tengo un partidazo que consiente todos mis caprichos.
El niño la miró fijamente por un largo rato. Luego se metió el dedo a la nariz y dijo:
—¿Y entonces por qué trabajas llevando sacos y limpiando la mierda de los animales?
—Porque me gusta, ¿vale? —Al hablar sus cejas se movieron como anchoas bailando tango—. Un día me levanté de la cama y descubrí que lo que más deseaba en este mundo miserable era limpiar la mierda de los animales en la tienda más asquerosa de la ciudad.
La madre del menor, una mujer huesuda oculta bajo una colosal pamela, hizo acto de aparición agitando los brazos con dramatismo para poner fin a la discusión.
—¿Qué abominable language está enseñando a mi little boy? —le recriminó en un incomprensible acento de americana recién afincada en Tokyo.
Casi al momento, para rematar la faena, la calva brillante de su jefe se dejó ver por el hueco de un estante cercano.
—¿Qué has hecho ahora?
La mujer expuso la situación en su acento ininteligible. Momo puso los ojos en blanco al escucharla y torció la boca en una mueca estúpida. El padre del niño, un tipo con pinta de japonés corriente que en ese momento ojeaba un catálogo de moda perruna, se acercó a la escena a traducir la versión de los hechos de su esposa.
—¡Está mintiendo, yo no he insultado al mocoso! —exclamó Yolei.
—Le ruego que disculpe a mi trabajadora. —Momo se plantó con su enorme barriga ante el padre, propinándole un leve empujón inconsciente, y añadió con la confianza de quien sabe que está hablando con alguien de su misma calaña—: Es medio tonta, ¿sabe? No la tendría aquí de no ser tan eficiente con ciertos trabajitos orales. Usted ya me entiende.
En una sorprendente demostración de fuerza, Yolei arrojó el saco al otro extremo de la tienda y derribó una estatua de plástico de un perro salchicha. Acto seguido desplegó toda la artillería pesada que había estado guardando durante años.
—No voy a consentir que me faltes más al respeto, gordo cabrón. Porque tu gordura roza la ilegalidad, ¿sabes? Tienes más grasa que un odobenus rosmarus, pero no sabes de qué demonios estoy hablando porque los animales te importan una mierda. Lo único que te interesa es dejar billetes en los escotes de todas esas zorras ávidas de pasta que salen contigo por razones más que obvias.
La mujer de la pamela gritó horrorizada y corrió a taparle los oídos a su hijo. Al padre se le cayeron las gafas del susto. A su lado, los diminutos ojos de Momo brillaban como brasas encendidas y su tez se había vuelto del color de la fruta que compartía su nombre. Presentaba un aspecto más porcino que nunca. Consciente de que el despido era ineludible, Yolei terminó de desahogarse:
—Creo que en el fondo, debajo de esas doce toneladas de grasa que tienes, se esconde una persona terriblemente infeliz. Una persona tan gorda y patética que todas las mañanas se cae por los dos lados de la cama y trata de llenar su miserable existencia con putas y comida basura. Pero no creas que me das pena. Todo lo que siento por ti es odio y asco. Yo me encargo de hacerlo todo en esta maldita tienda, tú solo sabes zampar donuts y hacerte el loco cuando te recuerdo las horas extra que me tienes que pagar. ¡Dame mi dinero, gordo hijo de puta!
Yolei no tenía nada en contra de las personas con sobrepeso, pero sabía que su jefe era particularmente susceptible con el tema y estaba demasiado ocupada en herirle a toda costa como para detenerse en cuestiones morales.
Hubo un silencio prolongado. Después, su jefe corrió detrás de ella con la intención de retorcerle el pescuezo entre sus regordetes dedos.
—¡Puta gafotas, sal de aquí antes de que llame a los yakuzas para que te violen y descuarticen! —Momo se paró a coger una escoba del suelo y la examinó con la vena hinchada y una sonrisa sombría en el rostro—. ¡Toma, frígida, para que te de placer en las noches de soledad!
Yolei percibió un sonido silbante y se giró justo a tiempo para interceptar la escoba en el aire. Dedicó un gesto obsceno al jefe y salió de la tienda hecha un basilisco.
La calle era un hervidero de murmullos y tráfico. Los transeúntes se le quedaban mirando detenidamente y se apartaban de su camino en el último momento. Aminoró el paso, dejando atrás la muchedumbre del centro de la ciudad. Estaba tan enfadada que tardó varios segundos en darse cuenta de que le estaban llamando al móvil.
—¿Quién es? —dijo en un tono de fastidio indisimulado.
La voz respondió con una serenidad que aplacó su mal genio.
—¿Eres tú, niña? Se te oye extraña. Bueno, resulta que esta tarde tengo media hora libre y puedes venir a tocarnos unos cuantos temas. ¿Te interesa, no?
Yolei se paró en seco y respiró hondo antes de contestar.
—Te lo agradezco de veras, Ao. He empezado el día con mal pie y eso me anima un poco.
—Perfecto. Te espero a las seis y cuarto con la botella de champín que te prometí.
—Oh, todavía te acuerdas de eso.
—Te dejo, que han venido los del carajillo mañanero. ¡Trae tu guitarra y prepara alguna de tus canciones!
Colgó el teléfono y prosiguió la marcha de retorno a casa con algo más de ánimo. Se permitió consolarse con la idea del concierto aun a sabiendas de que era una forma penosa de postergar la angustia que le embargaría con la puesta de sol.
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—¿Inoue?
—Buenos días, señora Obama.
Identificó a la portera antes de que se dejase ver bajando las escaleras. Su perfume correoso era inconfundible.
—Me gustaría tener un minuto con usted. ¿Se encuentra bien?
Aquel día llevaba un pomposo conjunto color amarillo canario que no le favorecía en absoluto y había adornado su cabello cortado al estilo bob con un ridículo lacito verde.
Yolei, que estaba en contra de las imposiciones de la industria de la moda, sonrió al imaginar lo que pensaría Mimi al verla.
—Esta mujer no solo apesta a limón, ¡también se las ha apañado para convertirse en uno! Mira, hasta ha tenido la desfachatez de ponerse la hojita verde en la cabeza. Todo un cuadro.
—Me han despedido, pero tampoco voy a montar un drama por eso. No soportaba a mi jefe.
—Oh, cuanto lo siento. —Su voz no transmitía emoción al decirlo—. Estoy segura de que encontrarás otro.
La señora Obama retrocedió hasta pegar la espalda en el sucio papel pintado de margaritas que recubría la pared del vestíbulo, como si quisiera pasar desapercibida en el estampado floral. Esbozó una sonrisa incómoda, se aclaró la garganta y prosiguió:
—Me han llegado quejas, no solo de los residentes de este edificio.
La vecina cotilla de los rulos y las gafas de punta. Así que después de todo no era su yo venido del futuro para vigilar que no se desviara del sendero de la cordura, sino una simple anciana con un exceso de tiempo libre. Se sorprendió de encontrarse un tanto decepcionada.
—Dicen que tienes un comportamiento de lo más inusual. Especialmente por las noches.
—Puede ser —admitió Yolei—. Tengo mis rarezas, como todos aquí.
Hizo un esfuerzo sobrehumano por no mencionar al vecino pervertido del quinto.
—Y ayer mismo me hicieron saber que subiste a la azotea para encender un fuego.
—Era un fuego controlado.
La señora Obama negó con la cabeza sin perder la sonrisa. Un mueca tensa como la de quien chupa un limón particularmente agrio.
—Es algo que no podemos tolerar aquí, señora Inoue.
¿Señora?, pensó Yolei. Que yo sepa, soy mucho más joven que usted, vieja arpía alimonada.
—Lo entiendo y me disculpo por ello. Ese día estaba un poco espesa. Solo tenía en mente darle una despedida digna a mi pez, Carl.
—Entiendo.
La señora Obama asintió con los ojos en blanco mientras se golpeaba los nudillos ensortijados.
—¿Toma algún tipo de medicación recetada?
—¿Está insinuando que estoy loca?
En ese momento, Yolei se percató de que estaba empezando a desarrollar un tic nervioso en el ojo.
—No, para nada señora Inoue. No era mi intención ofenderla.
Una arruga se materializó en su frente al oír de nuevo la indeseable palabra.
—No obstante, por más cariño que le tenga, no puedo permitirme pasar esto por alto. Ha incumplido las normas. Espero que lo comprenda. Los vecinos no se sienten cómodos con su presencia después de todo lo que ha…
—Quiere que me vaya de aquí —acortó Yolei.
—Sí, es necesario que se vaya.
Las dos mujeres callaron por unos segundos. Los sonidos de la calle empañaban el silencio mientras Yolei aguardaba a que la portera añadiera algo más. Era un sonido al que debía comenzar a acostumbrarse ahora que no tenía dónde vivir.
—Está bien, lo comprendo perfectamente —dijo—. Pero tendrá que darme un tiempo para organizarme. Tengo la tarde ocupada.
—Oh, le daremos hasta las siete, señorita Inoue. Usted es joven y los jóvenes pueden conseguir todo lo que se propongan. Sé de unos apartamentos muy baratos en la Calle Arcoíris, ¿la conoce?
—Sí, siete de cada ocho asesinatos con arma blanca ocurren allí.
—Estoy segura de que le va a ir de maravilla, señorita Inoue —aseguró la mujer, ignorando el comentario.
Vaya, así que ahora sí que soy señorita.
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La mariposa había salido por fin de la crisálida, pero no resultó ser tan deslumbrante como la que protagonizaba sus vanas fantasías adolescentes. La palidez de su piel dejaba al descubierto los primeros signos de la edad y acentuaba los surcos grises de sus ojos. Su pelo, enmarañado y sin brillo, empezaba a desprenderse del tinte morado que usaba para ocultar su moreno natural. Las raíces estaban escandalosamente negras.
—Negro como la noche —susurró frente al espejo.
Mimi habría sabido qué hacer en tales circunstancias. De haber estado con ella probablemente le hubiera arrastrado al salón de belleza más cercano para que se tiñera con el tono más rompedor del catálogo. Cualquier otro habría servido. Azul como los ojos de Yamato. Naranja como Carlomagno. El negro ni si quiera era un color para ella.
Tomó un pequeño mechón entre los dedos y se lo arrancó. Fue tan fácil como estremecedor. Hundió la vista en el pelo, sumida en sus meditaciones. Se había descolorido hasta adoptar una tonalidad cercana al rosa. Un rosa triste, pastel, como el profundo poso de su memoria donde flotaban los recuerdos de su niñez. Yolei decidió que le favorecía.
—Sabes que te gusta porque se parece al de Mimi —continuó hablando consigo misma—. Muy poco rosa para su gusto, pero perfecto para alguien como tú. ¿Acaso no has sido siempre una versión insulsa de ella?
Pasó a contemplar sus ojos adormecidos. Algo se había apagado en ellos y parecía como si una densa bruma los envolviera. Fantasmas. Los mismos fantasmas que había creído vislumbrar en la mirada de Matt aquella tarde en la terraza del restaurante marítimo. Ahora sabía que existían.
Miró el reloj y chasqueó la lengua.
—Enhorabuena, Yolei. No has necesitado ni una hora para mandarlo todo a la mierda.
Estaba preparada para echarse a llorar, pero fue incapaz. En lugar de eso, una pulsión visceral le empujó a proferir la risa más escalofriante que había salido de su boca. Fue como si la temible Bruja Mala del Oeste se hubiera apoderado de su cuerpo y de su alma.
Escoba en mano y guitarra al hombro, abandonó el apartamento y bajó las escaleras como alma que lleva el diablo. No había terminado de reír histéricamente cuando al abrir la puerta de la calle vio a una docena de niños conglomerados a pocos metros de la entrada. Uno de ellos, el más grande, sujetaba una pistola de agua con la que rociaba a un gato callejero al que habían acorralado entre todos.
—¡Mira cómo maúlla!
—¡Si solo es agua! ¡Será tonto!
—¡Tírale en el hocico! ¡Ahógalo!
Yolei sabía lo que tenía que hacer. Nunca antes había estado tan segura de algo. Enarboló la escoba y corrió hacia los niños poniendo la voz más grave y terrible que fue capaz. A pesar de que ya habían pasado varios años desde que actuara por última vez en el papel de bruja durante las representaciones del programa de refuerzo escolar, su interpretación esta vez fue tan estelar que además de lograr el efecto deseado terminó ligeramente atemorizada de sí misma.
—¡No me comas! —gritó horrorizado un niño antes de recibir un escobazo en el culo y salir escopetado junto a sus compañeros.
—¡Sabré que habréis hecho travesuras, granujillas! ¡Me esconderé en vuestro armario o debajo de vuestra cama y os arrastraré a la oscuridad!
Exhausta, se dejó caer de espaldas a la pared. Alargó la mano y acarició la cabeza del animal, que se encogió sobre sí mismo y retrocedió alejándose de su mano.
—La gente dice que los niños son buenos por naturaleza —habló Yolei, dirigiéndose en esta ocasión al gato en lugar de a nadie en particular—. Yo no opino así. Creo que hay algunos que están irremediablemente fascinados con el sufrimiento ajeno. ¿Qué hay peor que eso? Son maldad en estado puro.
Se incorporó con ayuda de la escoba y espolsó el polvo del conjunto negro que no se había quitado desde el funeral de Carlomagno. Estaba a punto de ponerse en marcha en dirección al bar de Ao cuando algo mojado y peludo le tocó las piernas. Sonrió al ver al gato frotar sus orejas contra sus pantorrillas en señal de agradecimiento. Dada la tendencia de los felinos a emplear las emociones instrumentales, probablemente estaba tratando de conseguir algo a cambio de su cariño, pero Yolei prefirió engañarse a sí misma pensando que le importaba a alguien. Lo cogió del suelo y lo acurrucó entre sus brazos con ternura.
—Eres muy pesado para ser un gato —golpeó su cabecita con los nudillos—. Um, puede que por eso te ponga de nombre Daisuke. ¿Te gusta?
Daisuke la miró sin entender. Tenía el pelaje espeso y negro, y los ojos del mismo color verde pantano que sus bragas. Con un simple intercambio de miradas supo al instante que estaban hechos el uno para el otro.
No odio a Michelle Obama (de hecho me cae simpática), pero es un apellido muy común en Japón y no podía desaprovecharlo jaja.
Este capítulo lo he escrito a toda pastilla comparado con el anterior, que cocí a fuego lento. Ha salido una cosa un poco raruna y experimental, pero no me desagrada del todo. Espero que no encontréis muchas faltas!
