Ao miró su atuendo con un gesto de desaprobación.

—¿Y esas pintas, niña?

—Forman parte de la puesta en escena —respondió.

—¿Incluso el gato?

—No, a Daisuke lo he encontrado medio muerto en la calle. No he tenido más remedio que adoptarlo. ¿No tendrías un poco de leche para él?

—Vale, pero a cambio tendrás que barrer las colillas de la entrada. ¿Para eso te has traído esa escoba, no?

Yolei se encogió de hombros y accedió. Dejó a Daisuke en el suelo para que estirara las patas y salió de la abarrotada taberna. Afuera, el sol de las primeras horas de la tarde arrancaba destellos cegadores en los edificios comerciales. Ver a un grupo de universitarios que se entretenían compartiendo una caja de cigarros en la misma entrada despertó su indignación.

—No se puede fumar aquí —les espetó con frialdad.

Se marcharon sin rechistar ni cachondearse de ella. Incluso se disculparon antes de perderse de vista. Sorprendida del efecto que tenía en la gente, Yolei sintió una punzada de arrepentimiento por no haberles pedido amablemente que se fueran en lugar de mostrarles la cara de la amargura. Luego recordó por lo que estaba pasando y el dolor eliminó cualquier atisbo de remordimiento. Decidió que a partir de entonces emplearía el sufrimiento como inhibidor de la vergüenza y el arrepentimiento.

En el fondo, pensó, estar sufriendo no es muy diferente de estar borracha.

Barrió en círculos, levantando un torbellino de ceniza y mugre que la envolvió como a una Sailor Moon de la inmundicia en pleno proceso de transformación. No había terminado de dar vueltas cuando una voz gangosa la pilló por sorpresa.

—Oh, de telonera a barrendera.

La chica del sombrerito urbano fanática de Lord Boreal y los Cinco Caballeros Polares se acercaba al porche con la barbilla en alto. Sus tres amigas de idéntico peinado trotaban tras ella con sus tacones de plataforma. Yolei tuvo que apoyarse en el escaparate que anunciaba las ofertas de cubos de cerveza para no caer al suelo y dejarlas pasar. Las cuatro chicas entraron ufanas al local.

Hubiera entrado inmediatamente después para solucionar sus discrepancias a la manera de las chonis de la calle Arcoiris de no haber sido atraída por una idea brillante que cruzó su mente en ese momento. Un poco más animada, terminó de limpiar el estropicio de la entrada y entró en El Crisol para ofrecer su último concierto en la ciudad.

Cinco minutos después acomodaba el trasero en el incómodo sillín que presidía el escenario de conciertos. Allí, sumergida en un océano de voces curiosas, focos ambarinos y empalagosos vapores de cachimba, se sintió un poco menos sola. Incluso esbozó una sonrisa al oír a un par de borrachos que alababan el estilo alternativo de su indumentaria.

Tragó saliva y acarició las primeras cuerdas mientras presentaba su primera canción.

—La compuse en una noche de insomnio, y he ido alterando la letra a medida que pasaba el tiempo y cambiaba mi forma de ver las cosas. Espero que os guste.

La música manó límpida como un riachuelo en primavera. Su voz, rasgada por el abuso de tabaco, empañó la melodía con un aire de decadencia otoñal.

Una magia insondable custodia mis dominios,

una magia tan insondable que escapa al entendimiento de su creadora.

Aunque invisibles, los retazos fluyen como terciopelo roto,

y a la hora del crepúsculo, mientras me pierdo en los oscuros pasillos,

la luz del atardecer los descubre ante mí.

).(

Y puedo ver sus caras brillantes, oír las risas lejanas.

Y al sentir el olor del salitre acariciándome la nariz, pregunto al mar:

¿por qué no podemos quedarnos todos aquí y fingir que no hemos tomado rumbos distintos?

¿Por qué no podemos emborracharnos con nuestros recuerdos?

El tiempo solía ser eterno aquí…

).(

Mis fantasías no suelen durar mucho,

pues el tiempo en mi reino se ha trastocado por obra de la magia insondable.

Avanza presuroso hacia el abismo en los momentos de dicha,

se detiene con la caricia de la hiel.

Pero si me concentro lo suficiente, puedo hacer que las imágenes se materialicen en el bastión hueco de mi mente.

).(

Y puedo ver sus caras brillantes, oír sus risas lejanas.

Y al sentir la espuma nacarada lamiendo mis labios, pregunto al mar:

¿por qué no podemos quedarnos todos aquí y fingir que no hemos tomado rumbos distintos?

¿Por qué no podemos emborracharnos con nuestros recuerdos?

El tiempo solía ser eterno aquí…

).(

Podríamos haber sido grandes, podríamos haber sido eternos,

como el cielo infinito que solía velar por nosotros.

No dejaré que el arpa y la hiel me torturen con su tonada.

Volaré hacia la playa, tomaré un barco de velas blancas y recorreré las aguas del color de la cerveza.

Iré yo misma en pos de horizontes inalcanzables.

Y cuando desfallezca y caiga en las profundidades, las profundidades me escupirán a tierra firme.

Y allí sola patearé la arena y chapotearé,

y recordaré cuando chapoteábamos juntos hasta el anochecer.

).(

Maldeciré las caras felices, sofocaré con mis gritos las risas lejanas.

Y cuando todas mis fuerzas se hayan evaporado, preguntaré al mar:

¿por qué no podemos quedarnos todos aquí y fingir que no hemos tomado rumbos distintos?

Y cuando caiga la noche, clamaré al cielo:

¿por qué haces caer tus estrellas más brillantes?

).(

Una magia insondable custodia mis dominios,

una magia tan insondable que escapa al entendimiento de su creadora.

Los retazos ya no fluyen, se han convertido en ceniza sobre mi cabeza.

La luz de la luna oculta los haces dorados del pasado.

Y a la medianoche, mientras me pierdo en los oscuros pasillos, el eco de una voz familiar me susurra al oído:

¿Adónde fue tu eternidad?

Los últimos acordes transitaron de la ilusión a la añoranza más amarga. Entonces, su voz se quebró en el último verso e interrumpió la canción antes de susurrar la última palabra.

No esperó el aplauso que nunca vendría. Si hubiera sido la protagonista de un musical, probablemente aquella canción habría sido el número estrella que marcaría el inicio de tiempos de prosperidad. El representante de alguna famosa discográfica se habría arrodillado a sus pies para rogarle que firmara con ellos y a la salida un apuesto caballero le esperaría montado en un flamante Cadillac, con el que recorrerían el Cañón del Colorado enrollándose y escuchando los mejores temas de Lou Reed. Sin embargo, su interpretación pasó sin pena ni gloria aquella noche de abril. Retuvo la emoción en la burbuja de sus recuerdos, sin proyectarla hacia el público, sin hacerles partícipes. Malogró su oportunidad de demostrar su talento.

De todas formas, aunque lo hubiera hecho mejor que nunca, una parte de ella tenía el firme convencimiento de que jamás obtendría la repercusión deseada por más que lo intentase. Así que se consoló pensando que aquella sucesión de alegrías de las películas solo estaba al alcance de unos pocos afortunados.

Haga lo que haga, cante lo que cante, nada va a cambiar, pensó. Solo me sentiré viva de verdad cuando me emborrache o me invada la nostalgia.

Después de tomar aire profundamente, dio paso a la última canción.

—Una de las chicas que están aquí esta tarde, probablemente mi más ferviente admiradora, me ha rogado que toque este tema. Y es mi deber hacerlo aunque sea un tema que aborrezco hasta la médula. En fin, todo sea por mis fans. —Lanzó un lánguido beso a la chica del sombrerito, que dejó de reír al instante y prorrumpió en grititos indignados.

Interpretó la odiosa canción del anuncio del enjuague bucal acompañada de los abucheos de las cuatro amigas. Una vez saciada su sed de venganza, desalojó la pista y fue al encuentro de Ao, que la recibió con una botella de Champín frío que vació de un trago.

—Me has gustado más que la última vez, niña —dijo al tiempo que le propinaba una orgullosa palmada en el hombro que estuvo a punto de hacerle escupir la bebida espumosa—. Hacía tiempo que no veía y escuchaba tanta verdad sobre un escenario.

Yolei negó con la cabeza repetidas veces. Ao había visto pasar infinitud de artistas talentosos por su taberna, pero en asuntos musicales seguía teniendo un gusto francamente espantoso. Probablemente, lo que le había emocionado era el colofón final con la absurda canción del anuncio de enjuague bucal.

—Me ha gustado la primera, la de la playa. ¿Cómo se llama?

—No tiene título aún.

—Pues deberías ponerle uno —dijo Ao en tono ofendido—. Tiene algo especial, aunque es un poco críptica. ¿Qué significa exactamente?

—No lo sé a ciencia cierta. —Se rascó el brazo, incómoda—. Puede que la escribiera borracha.

—Suena a canción de despedida. —Ao aplastó el puño contra la mesa, sobresaltando a un cliente que dormía en la barra—. Es la típica mierda melancólica que cantan toda esa panda de metrosexuales con sombra de ojos y peluca, solo que bien hecha. Por cierto, nunca se van de verdad, es una farsa que montan para trajinarse a la pobre desgraciada de turno.

Apuntó su teta izquierda con un dedo acusador. Los ojos le brillaban de emoción.

—Y por más mamarrachos que sean, es tradición aquí invitarles a algo. Y tú, que no eres menos mamarracha, no vas a irte de aquí sin beberte todo el barril de Heineken.

—Creo que estás borracho, Ao —observó Yolei con una sonrisa triste. ¿Cómo si no iba alguien a disfrutar de su interpretación?—. Es todo un detalle por tu parte, pero tengo prisa.

—¿Ni si quiera una de tus queridas muniquesas?

La oferta era tentadora, pero decidió que se marcharía cuanto antes de allí. Ao alzó las cejas con incredulidad.

—¿Tú negándote a una muniquesa? Tienes que estar fatal, chica. Y no me gusta que lo estés. Deberías retomar el contacto con tus antiguos amigos, comprarte uno de esos potingues raros que tanto os gustan a las mujeres, poner una sonrisa en esa cara de bibliotecaria menopáusica recién enterada de la infidelidad de su marido.

—Joder, Ao, muchas gracias por animarme.

—Lo que quiero decir es que la vida en la ciudad puede pasar factura. Cuando la soga aprieta, lo mejor es ser un poco indulgente con uno mismo. Darte un caprichito, ya sabes.

Yolei puso en duda sus palabras. Ser indulgente con las drogas le había ayudado a sobrellevar momentáneamente la pérdida de Carl, pero sabía que a la larga lo lamentaría. En cuanto a reunirse con sus antiguos amigos… Sentía como si el tiempo y la distancia hubieran levantado una barrera infranqueable entre ellos.

—Tomaré en cuenta tus consejos, Ao —dijo ya para despedirse.

El viejo regente la atrajo a su oronda carnosidad y la estrujó entre sus brazos fofos.

—Ve y vuela, pajarito mío. Sé la luz que ilumine la noche más negra, la… —Sus últimas palabras se transformaron en un sonoro eructo que retumbó por todo el establecimiento. Acto seguido se desplomó sobre la barra y cayó inconsciente.

).(

A la vuelta se demoró siguiendo a un grupo de adolescentes. Las chicas, en cabeza, compartían un helado dietético mientras charlaban de lo atractivo que era el profesor sustituto de gimnasia. Cuatro muchachos cerraban la marcha. Uno de ellos, el más barbilampiño, se llevó las manos a los bolsillos, un gesto que fue rápidamente imitado por dos de sus compañeros. El último, algo rezagado, sorteaba con escasa elegancia las bolas de hormigón repartidas por el borde de la acera. Yolei se fijó en que clavaba la vista en la nuca de una de las chicas y se divirtió imaginando un triángulo amoroso con un tercero en discordia. No lo podía evitar, siempre había sido una romántica empedernida.

Yolei se entretuvo escuchando las historias de aquel grupo tan singular hasta que el peso de la guitarra, la escoba y el gato callejero que tenía en brazos la obligaron a reemprender el trayecto a su apartamento. Nada más cerrar la puerta de la entrada oyó el repiqueteo de unos tacones altos, un sonido que asoció con Mimi Tachikawa hasta que vio a la casera descender a trompicones la escalera.

—Le dije a las seis, señora Inoue. —Su voz empalagosa había adquirido matices amenazadores, y a Yolei le vino a la mente la imagen de una pomposa cajita de bombones envenenados—. ¿Y qué es lo que lleva en las manos? ¡Un gato!

Sacó un pañuelo de lunares amarillos del escote y se cubrió medio rostro con él. Yolei le lanzó una mirada llena de frío desprecio, técnica que había ido puliendo con el tiempo hasta hacerla casi infalible, pero la vieja, que tenía más aguante de lo que parecía, continuó dándole la tabarra con la política del edificio.

—Solo voy a coger mis cosas e irme —explicó Yolei al tiempo que abría la puerta y tiraba las llaves a la casera.

A la señora Obama se le cayó el tocado color berenjena al cogerlas al vuelo.

—¡Quince minutos!

Cerró la puerta de un portazo y dejó caer sus cosas al suelo. La guitarra crujió de manera extraña, pero no se molestó en comprobar si había sufrido daños. Daisuke emitió un maullido despavorido y fue a esconderse detrás del paragüero. La escoba cayó al suelo con un sonido hueco.

La cortina estaba echada al fondo de la habitación, donde la pecera que en otro tiempo había sido el hogar de Carlomagno descansaba en lo alto de la encimera. La luz que conseguía filtrarse por la tela translúcida lamía la superficie del agua dejando un rastro de saliva ocre. Era un resplandor débil y extrañamente familiar. Parecía como si las luces del agua y el cristal confluyeran en algún lugar recóndito de sus recuerdos.

Tragó saliva al encarar la pecera vacía. Luego apartó la mirada y caminó de aquí para allá con la intención de serenarse. No lo consiguió. Al contrario, en un segundo se convirtió en rabia pura. No fue una sensación del todo desagradable. La ira aliviaba la tristeza de la misma manera que el sufrimiento anulaba el sentido del ridículo. De modo que combatió la tristeza pateando el sofá, rompiendo los juegos de té de cerámica que había comprado antes de mudarse y tirando todas las sartenes y cacerolas al suelo.

Venía dispuesta a despedirse y dejar atrás los recuerdos felices que contenían aquellas paredes cochambrosas, pero al deambular de un lado a otro se daba cuenta de que no había nada que mereciera la pena conservar. El que había sido su hogar en los últimos cuatro años no era más que un agente de la ciudad al que habían encomendado confinarla en sus entrañas. Ahora se daba cuenta de que su apartamento no era muy diferente de la bonita pecera en la que se había consumido el pobre Carl.

En un torbellino de furia desenfrenada cogió un cuchillo de cocina y se desquitó con la cama. Apuñaló las sábanas con bordados de frutas absurdas y luego acometió con tal fiereza la almohada que las plumas que la rellenaban salieron desperdigadas por toda la habitación. Y mientras acuchillaba y pateaba y mordía y arañaba, aquella vieja canción de Los Beatles martilleaba su mente como si alguien hubiera puesto banda sonora a su desesperación.

Blackbird singing in the dead of night

Chilló con tanta vehemencia que sintió que expulsaba por la garganta un corazón latiente. Cuchillo en mano, arrastró los pies al recibidor. La tarima podrida chirrió con el roce de los tacones.

Los ojos verdes de Daisuke la inspeccionaban en la oscuridad. Los suyos, pardos y salvajes, también brillaban de forma inusual. Pero nada refulgía más que el cuchillo que sujetaba en las manos.

—¿Sabes una cosa, Daisuke? No tendré más remedio que cocinarte si no gano dinero para comer.

Al ver que el felino apenas se inmutaba, dejó el cuchillo en la mesa y prosiguió con la devastación del lugar. Con el brazo extendido barrió los enseres que reposaban en la cómoda. Un trozo de cristal salió despedido a su mano y la hirió en el dedo índice.

—Eres idiota, Miyako.

Se chupó el dedo para aliviar el dolor y contempló con orgullo el destrozo que había causado. La respiración agitada fue reduciéndose hasta alcanzar la normalidad. Entonces el abatimiento entró en el espacio que había desalojado la ira y se dejó caer de espaldas a la pared.

Daisuke se acercó silenciosamente a su encuentro. Primero olfateó los escombros y luego los sorteó con habilidad hasta llegar junto a ella. Yolei lo acarició por debajo de las orejas. El gato ronroneó.

—¿Te gusta este lugar? A mí también me gustaba. Pensaba que, aunque fuera algo destartalado, mi presencia podría cambiarlo, volverlo más hogareño.

No podía negar que se hubiera convertido en su hogar. Su apartamento había sido testigo de infinitud de noches de insomnio y bailes solitarios y a cambio la había obsequiado con la soledad de su compañía. Una soledad que, a fuerza de tolerarla, había acabado formando parte de su ser. Sí, un hogar solitario era perfecto para una chica solitaria como Miyako.

—Pero puedo decirte lo que ocurriría si tomaras la decisión de permanecer aquí. Al principio te haría feliz tener un lugar donde vivir sin preocuparte de buscar comida o encontrar un lugar mullido para dormir. Luego te aburrirías por la misma razón. Entonces, el día menos pensado, oyes los maullidos de otros gatos callejeros y echas de menos recorrer los tejados junto a ellos y ver las estrellas. Ya puedo oírte arañando la puerta de la entrada. Jamás permitiría que te quedaras aquí. Por eso te he dicho de cocinarte.

Yolei se estremeció cuando el animal pasó por su lado rozándole con uno de sus bigotes. Sentía su carne mórbida y fría, como si hubiera mudado la piel y se hubiera despojado de su humanidad. Al tiempo que la tristeza había suplantado la ira, la sangre inflamada por la rabia había dado paso a un frío electrizante. Ni si quiera los rayos de sol que entraban por la ventana eran capaces de quitarle la piel de gallina.

Sin fuerzas para levantarse, se quedó tirada en un mar de ruinas a medida que el sol se ponía en el horizonte. En un par de horas la noche caería sobre la ciudad y ella se fundiría con ella, tal vez para siempre. Consciente al fin de que las tinieblas nunca le abandonarían, tomó la decisión de seguir el rumbo que le llevara a una oscuridad menos densa.