BUENO... SOLO DIRE ... EH VUELTO! Y CON MAS FUERZA QUE ANTES
LO SE CAMBIE DE AMBIENTE, ESTE Y EL ANTERIOR FIC NO SE PARECEN EN NADA, PERO NO QUERIA HACER SIEMPRE LO MISMO.. QUIERO PROBAR DE TODO UN POCO :P ... SOLO ESPERO Q LES GUSTE ESTA HISTORIA TANTO COMO A MI.
La señora Anderson había muerto. No fue para nada llamativo, simplemente murió de vieja; una noche se fue a dormir y ya no volvió a despertarse. Dicen que fue una manera digna y tranquila de morir y supongo que, técnicamente, es cierto. Pero los tres días que pasaron antes de que alguien se diese cuenta de que hacía tiempo que no la veía acabaron con gran parte de la dignidad de la situación. Al final, su hija pasó por su casa para ver qué tal estaba y se encontró con un cuerpo que llevaba tres días descomponiéndose y que apestaba como un perro atropellado. Y lo peor de todo no es la descomposición, sino los tres días. Pasaron setenta y dos horas antes de que alguien se molestara en decir: «Espera… ¿qué hay de esa señora mayor que vive junto al canal?». Eso sí que es poco digno. Pero ¿la muerte fue tranquila? Seguro. Según el forense, murió discretamente el 30 de agosto, mientras dormía. Eso significa que murió dos días antes de que el demonio destripara a Jeb Jolley y lo dejara tirado en mitad de un charco, detrás de la lavandería. Y entonces aún no lo sabíamos, pero la señora Anderson fue la última persona en morir por causas naturales en el condado de Clayton en casi seis meses. El demonio se encargó del resto. Bueno, de casi todos. Menos de uno. Recibimos el cuerpo de la señora Anderson después de que el forense hubiera acabado con él el sábado 2 de septiembre, aunque supongo que debería decir que lo recibieron mi madre y tía , no yo. Ellas llevan la funeraria; y yo sólo tengo diecisiete años. Había estado casi todo el día en el pueblo, viendo a la policía limpiar los restos de Jeb y volví justo cuando el sol empezaba a ponerse. Me colé por la puerta trasera, por si mi madre estaba delante; no tenía muchas ganas de verla. En la trastienda no había nadie, sólo yo y el cadáver de la señora Anderson. Estaba sobre la mesa, debajo de una sábana azul, totalmente inmóvil. Olía a carne podrida y a insecticida, y el ventilador, que zumbaba ruidoso en el techo, no ayudaba mucho. Me lavé las manos en silencio, preguntándome de cuánto tiempo disponía; luego toqué el cuerpo con cuidado. La piel envejecida era mi favorita: seca y arrugada, con la misma textura que el papel antiguo. El forense no se había preocupado demasiado por limpiar el cuerpo, probablemente porque ya tenían suficiente trabajo con Jeb, pero por el olor supe que al menos habían intentado matar los bichos. Después de tres calurosos días de final de verano, seguramente había un montón. Una mujer abrió de golpe la puerta que daba a la parte delantera del local y entró vestida toda de verde, como una cirujana con traje y máscara. Me quedé parado creyendo que era mi madre, pero me miró fugazmente y se dirigió a un mostrador. —Hola, Luffy —dijo mientras cogía unos trapos estériles. No era ella; sino su hermana Karen. Eran gemelas y cuando llevaban máscara apenas podía distinguirlas. Sin embargo, la voz de mi tía era algo más ligera, un poco más… llena de energía, y siempre pensé que eso se debía a que nunca se había casado. —Hola, Karen. Retrocedí un paso. —Ron se está volviendo cada vez más vago —dijo mientras cogía el pulverizador de desinfectante—. Ni siquiera la ha limpiado; ha declarado la muerte como natural y nos la ha enviado tal cual. La señora Anderson se merecía algo mejor. —Se dio media vuelta para mirarme—. ¿Te vas a quedar ahí parado o me vas a ayudar? —Perdona. —Lávate. Me remangué con entusiasmo y volví al lavamanos. —Pero, de verdad —siguió diciendo —, no sé a qué se dedican en la oficina del forense, porque no es que estén muy ocupados. Aquí apenas nos da para seguir a flote. —Jeb Jolley ha muerto —dije secándome las manos—. Lo han encontrado esta mañana, detrás de la lavandería automática. —¿El mecánico? —preguntó Karen bajando la voz—. Qué horror. Era más joven que yo. ¿Qué le ha pasado? —Asesinato —dije, y descolgué una máscara y un delantal de la pared. Se lo había cargado el demonio, pero entonces yo aún no lo sabía. Ni siquiera fui consciente de que existía hasta tres meses después. En agosto ,nadie en el condado de Clayton tenía ni la menor idea del horror que se avecinaba. —Creen que podría haber sido obra de un perro salvaje —le dije a Karen —, pero parecía que las tripas estuvieran amontonadas. —Qué horror —repitió Karen. —Bueno, eres tú la que se preocupa por el negocio —repliqué—. Dos cuerpos en una semana son dinerito.
—Ni se te ocurra hacer bromas sobre esto, Luffy —me dijo con aire severo—. La muerte es triste incluso cuando te paga la hipoteca. ¿Estás listo? —Sí. —Estírale el brazo. Cogí el brazo derecho y lo estiré; el rigor mortis hace que el cuerpo se ponga tan rígido que apenas puedes moverlo, pero esto dura un día y medio, más o menos. Este cadáver llevaba tanto tiempo muerto que los músculos habían vuelto a relajarse y, aunque la piel parecía de papel, la carne estaba blanda como la masa de pan. Karen pulverizó desinfectante sobre el brazo y frotó cuidadosamente con un trapo. Incluso cuando el forense hace su trabajo y limpia el cuerpo, nosotros siempre lo lavamos antes de empezar. El embalsamamiento es un proceso largo que incluye tareas muy precisas; se necesita poder empezar de cero. —No veas cómo apesta esto —dije. —Ella. —No veas cómo apesta «ella» —me corregí.
Mi madre y Karen estaban empeñadas en tratar a los muertos con respeto, pero llegado ese momento me parecía un poco tarde. Ya no era una persona, sino sólo un cuerpo. Una cosa. —La verdad es que sí que huele — dijo Karen—. Pobre señora, ojalá la hubieran encontrado antes. —Miró el ventilador que zumbaba detrás de la rejilla del techo—. Esperemos que el motor no nos deje tirados esta noche. Karen siempre decía lo mismo antes de embalsamar un cuerpo: era como un cántico sagrado. El ventilador siguió chirriando encima de nosotros. —Pierna —dijo. Me acerqué al pie y lo estiré mientras ella la rociaba—. Vuélvete. Sin soltar el pie con las manos enguantadas, me volví y miré hacia la pared mientras Karen levantaba la sábana para limpiarle los muslos. —Lo bueno de todo esto es que te apuesto lo que quieras a que hoy todas las viudas del condado han recibido una visita, o la tendrán mañana. Todos los que se enteren de lo de la señora Anderson irán directos a ver a su madre para quedarse tranquilos. —La otra pierna. Quería hacer un comentario sobre que los que se enterasen de lo de Jeb irían directos a ver a su mecánico, pero a Karen nunca le han hecho gracia ese tipo de chistes. Fuimos por todo el cuerpo, de la pierna al brazo, del brazo al tronco, del tronco a la cabeza, hasta que estuvo todo fregado y desinfectado. La sala olía a muerte y jabón. Karen tiró los trapos al cesto de la ropa sucia y empezó a reunir los verdaderos productos para embalsamar. Llevaba ayudando a mi madre y a Karen desde que era niño, antes de que mi padre se marchara. Mi primera tarea fue limpiar la capilla: recoger los programas, vaciar los ceniceros, pasar la aspiradora por el suelo y alguna que otra cosa más que un crío de seis años podía hacer solo. Las tareas se habían convertido en más importantes según yo iba creciendo, pero no pude ayudar con lo más divertido —embalsamar— hasta que cumplí los doce. Embalsamar era como… no sé cómo describirlo. Era como jugar con una muñeca gigante, vestirla, bañarla y abrirla para ver qué tenía dentro. Una vez, cuando tenía ocho años, espié a mi madre mientras embalsamaba; miré por el ojo de la cerradura para ver cuál era el gran secreto y, cuando a la semana siguiente destripé al osito, creo que no se dio cuenta de la conexión.
Karen me pasó el algodón y yo lo sujeté mientras ella embutía pedacitos debajo de los párpados con cuidado. Los ojos empezaban a hundirse, se desinflaban al perder humedad y el algodón ayudaba a mantener la forma correcta para el velatorio de cuerpo presente. También servía para mantener los párpados cerrados y, por si acaso, mi tía siempre añadía un poco de adhesivo para mantener la humedad y el ojo cerrado. —Luffy, tráeme la pistola de agujas, por favor —me pidió, y yo me apresuré a dejar el algodón y coger la pistola de una mesita metálica que había junto a la pared. Se trata de un tubo largo de metal con un asidero para los dedos a cada lado, como una jeringuilla hipodérmica. —¿Me dejas a mí esta vez? —Claro —dijo levantando la mejilla y el labio superior del cadáver —. Justo aquí. Coloqué la pistola con cuidado contra las encías y apreté: una pequeña aguja se clavó en el hueso. Tenía los dientes largos y amarillos. Añadimos otra aguja más a la mandíbula inferior, enhebramos un alambre por las dos y lo enroscamos bien para mantener la boca cerrada. Karen aplicó adhesivo en un pequeño soporte de plástico, parecido a la piel de un gajo de naranja, y lo metió dentro de la boca para que no se abriera. Cuando la cara estuvo lista, colocamos el cuerpo con cuidado: estiramos las piernas y doblamos los brazos en la clásica postura de «estoy muerto». En cuanto el formaldehído entra en los músculos, éstos se agarrotan y se ponen rígidos, así que lo primero que hay que hacer es arreglar el cuerpo si no quieres que la familia tenga que velar un cadáver deforme. —Sujétale la cabeza —dijo Karen y yo, muy obediente, puse una mano a cada lado de ésta para que no se moviera.
Ella exploró un poco con los dedos justo por encima de la clavícula derecha y después hizo una incisión larga y poco profunda en la base del cuello de la anciana. Cuando cortas un cadáver apenas sale sangre. Como el corazón no bombea, no hay presión sanguínea y la gravedad empuja toda la sangre hacia la espalda. Éste llevaba muerto más de lo habitual, así que tenía el pecho flácido y vacío, mientras que la espalda estaba prácticamente de color morado, como una magulladura gigante. Karen metió un pequeño gancho de metal en el agujero y sacó un par de venas grandes —bueno, técnicamente, una arteria y una vena—; después les hizo una lazada a cada una con hilo. Eran de color morado y resbaladizas, dos conductos que sobresalían unos centímetros del cuerpo y después se habían vuelto a esconder. Mi tía se dio media vuelta para preparar la bomba. La mayoría de la gente no se da cuenta de la cantidad de productos químicos que utilizan los embalsamadores, pero lo primero que te llama la atención no es cuántos hay, sino la cantidad de colores diferentes que tienen. Cada botella —el formaldehído, los anticoagulantes, los cauterizadores, los germicidas, los acondicionadores y demás— tiene un llamativo color propio, como los zumos de fruta. La fila de fluidos de embalsamar parece un puesto de granizados de feria. Karen elegía los productos con cuidado, como si escogiera los ingredientes de una sopa: no todo el mundo los necesitaba todos y decidir la receta para un cadáver en concreto tenía tanto de arte como de ciencia. Mientras ella se ocupaba de eso, solté la cabeza y cogí el bisturí. No siempre me dejaban hacer incisiones, pero si lo hacía mientras ellas no miraban, normalmente me salía con la mía. Además se me daba bien, y eso era un punto a mi favor.
Íbamos a utilizar la arteria que había sacado Karen para bombear el cóctel de productos químicos que estaba preparando hacia dentro del cuerpo; mientras se llenaba con éstos, los fluidos antiguos como la sangre y el agua serían empujados hacia el exterior por la vena que habíamos sacado y de allí a un tubo de drenaje, y, a su vez, al suelo. Cuando me enteré de que todo iba a parar al alcantarillado me sorprendí, pero en realidad ¿dónde lo iban a tirar si no? No es peor que todo lo que ya hay ahí abajo. Sujeté la arteria y lentamente hice un corte transversal, con cuidado de no cercenarla por completo. Cuando el agujero estuvo listo, cogí la cánula (un tubo curvado de metal) y deslicé el extremo más fino en la abertura. La arteria parecía de goma, como una manguera fina, y estaba cubierta de diminutas fibras de músculo y capilares. Con mucha suavidad, coloqué el tubo metálico sobre el pecho e hice un corte similar en la vena, pero esta vez inserté un tubo de drenaje que estaba conectado a una larga bobina de goma transparente que serpenteaba hasta el sumidero del suelo. Até bien fuerte los hilos que Karen había anudado alrededor de cada vena y las sellé. —Muy bien —dijo Karen empujando la bomba hacia la mesa. La bomba tenía ruedas para poder apartarla de en medio del camino, pero en ese momento ocupó el lugar de honor, en el centro de la sala, mientras mi tía conectaba el tubo principal a la cánula que yo había insertado en la arteria. Estudió el cierre un instante, asintió en mi dirección con aprobación y vertió el primer producto en el tanque superior de la bomba: un anticoagulante de color naranja fosforescente para deshacer los coágulos. Pulsó un botón y la bomba arrancó como si despertara de un largo sueño, sincopada como el verdadero latir de un corazón; Karen la vigiló atentamente mientras toqueteaba los mandos que controlaban la presión y la velocidad. La presión del cadáver se normalizó con rapidez y pronto la sangre, oscura y densa, empezó a desaparecer por la alcantarilla. —¿Qué tal el instituto? —preguntó Karen, quitándose uno de los guantes de goma para rascarse la cabeza. —Sólo llevo un par de días — respondí—. La primera semana es muy tranquila. —Pero es tu primera semana de instituto, es bastante emocionante, ¿no crees? —No especialmente.
El anticoagulante había desaparecido casi por completo, así que vertió un acondicionador de color azul chillón en la bomba, con el fin de ayudar a preparar los vasos para el formaldehído. Se sentó. —¿Has hecho algún amigo nuevo? —Sí —dije—. Toda una escuela nueva se ha mudado a la ciudad durante el verano, así que es un milagro que no tenga que conformarme con la misma gente que conozco desde la guardería. Y , claro, todos querían ser amigos del rarito. Ha sido enternecedor.
—No deberías burlarte de ti mismo de esa manera.
—De hecho, me estaba burlando de ti.
—Eso tampoco deberías hacerlo — dijo, y por los ojos supe que sonreía un poco. Se volvió a poner ante la bomba para introducir más productos químicos en ella y, ahora que los dos primeros ya estaban abriéndose paso por el cuerpo, empezó a confeccionar el verdadero fluido embalsamador: un hidratante y un suavizante de agua para impedir que los tejidos se hincharan, conservantes y germicidas para que el cadáver se mantuviera en buenas condiciones (o en todo lo buenas que podía estar en aquel momento) y tinte para darle un resplandor rosado y muy real. Por supuesto, la clave está en el formaldehído: un potente veneno que mata todo lo que hay en el cuerpo, endurece los músculos, macera los órganos y que se trata en realidad de lo que embalsama. Karen añadió una buena dosis de formaldehído seguida de un perfume viscoso de color verde para tapar el aroma acre. El tanque de la bomba era un caldero en el que se revolvía una amalgama de colores chillones, como una máquina de granizado. Cerró la tapa con fuerza y me llevó hasta la puerta trasera: el ventilador no era lo suficientemente bueno como para arriesgarse a estar en la sala con todo ese formaldehído. Fuera había oscurecido por completo y la ciudad había enmudecido casi totalmente. Me senté en el escalón mientras mi tía se apoyaba en la pared, vigilando desde la puerta el interior por si algo salía mal. —¿Ya te han puesto deberes? —Tengo que leer las introducciones de la mayoría de los libros de texto durante el fin de semana, cosa que, por supuesto, todo el mundo hace siempre, además de hacer un trabajo para la asignatura de historia.
Ella me miró intentando aparentar indiferencia, pero apretaba los labios con fuerza y empezó a parpadear. Años de experiencia me decían que algo la inquietaba. —¿Os han dado un tema? — preguntó. Mantuve una expresión impasible. —Figuras importantes de la historia americana. —Así, que… ¿George Washington? O puede que Lincoln. —Ya lo he escrito. —Ah, genial —dijo sin pensarlo de verdad. Esperó un momento más y dejó de fingir—. ¿Tengo que adivinarlo o me vas a decir sobre cuál de tus psicópatas has escrito? —No son «mis» psicópatas. —Luffy… —Dennis Rader —dije mirando hacia la calle—. Lo pillaron hace unos años, así que pensé que tenía cierto tono de crónica de actualidad. —Luffy, Dennis Rader es el asesino ATM: es un homicida. Te han pedido una gran figura, no un… —El profesor nos dijo que habláramos de una figura importante, no de una gran figura; así que los malos también cuentan —dije—. Incluso sugirió a John Wilkes Booth como una de las opciones. —No es lo mismo un asesino político que uno en serie. —Ya lo sé —dije, y la miré—. Por eso he escrito el trabajo sobre él. —Eres un chico muy inteligente; lo digo en serio. Seguramente eres el único que ya tiene el trabajo hecho, pero no puedes… no es normal, Luffy. Tenía esperanzas de que dejaras atrás esta obsesión tuya con los homicidas.
—Homicidas, no: asesinos en serie. —Ésa es la diferencia entre tú y el resto del mundo, Luffy. Nosotros no vemos cuál es la diferencia. Volvió adentro para ponerse con lacavidad del cadáver: absorber toda la bilis y el veneno hasta que estuviera limpio y purificado. Me quedé fuera, a oscuras; miré al cielo y esperé. No sé qué estaba esperando.
No nos trajeron el cuerpo de Jeb Jolley esa misma noche, ni siquiera poco después. Pasé la semana siguiente sin aliento por las expectativas, volviendo a casa a la carrera todas las tardes al terminar el instituto para ver si ya había llegado. Me sentía como si fuera Navidad. Pero el forense se quedó el cadáver mucho más tiempo de lo que es habitual para realizar una autopsia completa. El Clayton Daily publicó artículos sobre la muerte de Jeb a diario y el martes confirmó por fin que la policía sospechaba que era un asesinato.
La primera impresión fue que Jeb había muerto a manos de un animal salvaje, pero al parecer tenían varias pistas que indicaban un ataque mucho más deliberado. Por supuesto, no revelaron la naturaleza de aquellas pistas, pero aun así era el acontecimiento más sensacional que había tenido lugar en el condado de Clayton en toda mi vida. El jueves nos devolvieron los trabajos de historia; el profesor me puso un diez y escribió «¡Interesante elección!» en el margen. A Maxwell, el chico con quien solía juntarme, le restó dos puntos por la extensión del texto y otros dos más por las faltas de ortografía: había escrito media página sobre Albert Einstein y había escrito su apellido de una manera diferente cada vez. —Tampoco es que haya mucho que decir sobre él —dijo Max cuando estábamos sentados a una mesa en una esquina del comedor del instituto—. Descubrió eso de e=mc2 y las bombas nucleares, y ya está. Tuve suerte de que hubiera lo suficiente para llenar media página. En realidad, Max no me caía bien y, ése era uno de mis rasgos más sociales, porque la verdad es que Max no le caía bien a nadie. Era bajo, un poco gordo, llevaba gafas y un inhalador a todas partes, y tenía el armario repleto de ropa de segunda mano. Por si fuera poco, su actitud era muy desconsiderada y desagradable, y hablaba demasiado alto y con autoridad sobre temas de los que sabía bien poco. Dicho de otro modo, actuaba igual que el típico abusón de instituto sin tener fuerza ni carisma en los que apoyarse. A mí todo esto ya me parecía bien, porque tenía la única cualidad que yo deseaba en un conocido del instituto: le gustaba hablar y poco le importaba si yo le prestaba atención o no. Formaba parte de mi plan para no llamar la atención: por separado no éramos más que un chaval raro que hablaba solo y otro chaval raro que nunca hablaba con nadie; pero juntos éramos un par de raritos que tenían lo que se podía considerar una conversación. No era mucho, pero aparentábamos ser más normales. Dos negativos hacían un positivo. El instituto de Clayton era viejo y se caía a pedazos, como el resto del pueblo. Chicos de todo el condado venían en autobús y yo calculaba que al menos la tercera parte de ellos venía de granjas y municipios de fuera de los límites de la ciudad. Había un par de ellos a los que no conocía, ya que algunas de las familias de más lejos educaban a sus hijos en casa hasta que tenían edad de ir al instituto, pero en general los chavales que había eran los mismos con los que había crecido desde la guardería. A Clayton nunca venía nadie nuevo; se limitaban a pasar de largo por la interestatal y apenas echaban un vistazo al hacerlo. La ciudad estaba tirada junto a la autopista y se pudría como un animal muerto. —¿Sobre quién has escrito? —dijo Max. —¿Qué? Llevaba un rato sin prestarle atención.
—Te he preguntado que sobre quién hiciste el trabajo. —Lo hice sobre Dennis Rader. El asesino ATM. —¿Qué significa ATM? —Atar, torturar, matar —dije—. Así es como Dennis Rader firmaba todas las cartas que escribía a la prensa. —Menudo pirado. ¿A cuánta gente mató? Era obvio que el tema no le incomodaba demasiado. —Puede que a unas diez personas. La policía todavía no lo tiene claro. —¿Sólo diez? Eso no es nada. Podrías cargarte a más atracando un banco. Al tipo ese del proyecto que hiciste el año pasado se le daba mucho mejor. —No importa a cuántos maten —le dije—. Y no hay nada de bueno en ello; está mal hecho. —Entonces, ¿por qué hablas de ellos todo el rato? —Porque lo que está mal es interesante. Sólo estaba prestando atención a la conversación a medias; en realidad estaba pensando en lo genial que sería ver un cadáver separado en partes, después de una autopsia. —Qué raro eres, tío —dijo Max y le dio otro bocado al sándwich—. No hay nada más que decir: cualquier día matarás a un montón de gente. Seguramente a más de diez, porque siempre quieres hacer más de lo que se espera de ti y entonces me entrevistarán en la tele y me preguntarán si yo había visto venir esto, y les diré: «Joder, claro que sí; ese chico estaba totalmente pirado». —Entonces supongo que tendré que matarte a ti primero. —Sí, claro —dijo Max entre risas y sacó el inhalador—. Soy el único amigo que tienes en el mundo, a mí no me matarías. —Tomó una dosis y lo volvió a guardar en el bolsillo—. Además, mi padre estuvo en el ejército y tú eres un flacucho. Ya me gustaría verte intentarlo. —Jeffrey Dahmer —dije. Sólo estaba escuchando a medias—. Era un caníbal que guardaba cabezas cortadas en el congelador. —Ya me acuerdo —dijo Max y se le oscureció la mirada—. Después de ver los pósters que hiciste tuve pesadillas. Qué pasada. —Las pesadillas no son nada. Después de esos pósteres yo tuve que ir al terapeuta. • • • • •
Llevaba mucho tiempo sintiendo fascinación ,intentaba no utilizar la palabra «obsesión» por los asesinos en serie, pero no fue hasta que hice el trabajo sobre Jeffrey Dahmer la última semana de secundaria cuando mi madre y mis profesores se preocuparon lo suficiente como para mandarme a terapia. Mi terapeuta se llamaba doctor Ben Neblin, y durante el verano tuve una cita con él todos los miércoles por la mañana. Hablábamos de un montón de cosas, como por ejemplo de que mi padre se había ido, del aspecto que tenían los cadáveres y de lo bonito que era el fuego, pero más que nada hablábamos de asesinos en serie. Me dijo que el tema no le gustaba y que le hacía sentir incómodo, pero eso no me impidió seguir hablando. Mi madre pagaba las sesiones y en realidad yo no tenía nadie más con quien hablar, así que a Neblin le tocó escucharlo todo. Después de que en otoño empezaran las clases del instituto, la cita había cambiado a los jueves por la tarde, así que, cuando terminaron las clases, llené la mochila con la exagerada cantidad de libros que teníamos y pedaleé seis manzanas hasta su consulta. A mitad de camino doblé la esquina junto al viejo teatro y me desvié un poco de mi camino; la lavandería estaba a un par de manzanas y quería pasar por el sitio donde habían matado a Jeb. Ya habían quitado la cinta de la policía, por fin, y la lavandería estaba abierta pero vacía. La pared de atrás solamente tenía una ventana: pequeña, amarilla y con barrotes, que supuse pertenecía al baño. El patio trasero estaba aislado casi por completo, cosa que según el periódico dificultaba bastante la investigación policial; nadie había visto u oído el ataque, aunque calculaban que había ocurrido alrededor de las diez de la noche, cuando la mayoría de los bares todavía estaban abiertos. Cuando murió, Jeb seguramente iba de camino a casa desde uno de ellos. Tenía la vaga esperanza de encontrar grandes siluetas de tiza en el asfalto: una del cuerpo y, al lado, la otra, la de la infame pila de tripas. Pero habían fregado toda la zona con una manguera a presión, y la sangre y la gravilla habían desaparecido. Dejé la bici apoyada contra la pared y caminé despacio para ver qué veía, si es que había algo. El asfalto estaba a la sombra, fresco. También habían fregado un pedazo de la pared, casi hasta arriba, y no era difícil imaginarse dónde había estado el cuerpo; así que me arrodillé y escudriñé el suelo desde cerca. Aquí y allá descubrí manchurrones de color violeta sobre la textura del asfalto, donde la sangre seca se había aferrado y se había resistido al agua. Un minuto más tarde encontré una mancha más oscura allí cerca, también en el suelo: un pegote del tamaño de una mano de algo que era más negro y espeso que la sangre. Lo rasqué con la uña y conseguí levantar un poco; era como ceniza grasienta, como si alguien hubiese limpiado una barbacoa de carbón. Me limpié el dedo en los pantalones y me levanté.
Estar en un lugar donde alguien había muerto era extraño. Los coches zumbaban lentamente por la calle, ensordecidos por las paredes y la distancia. Intenté imaginar lo que había sucedido allí, de dónde venía Jeb, adónde iba y en qué lugar estaba cuando lo atacó el asesino. A lo mejor llegaba tarde a algún sitio y pasó por allí para acortar o quizá estuviera borracho y haciéndose como un loco, sin saber bien dónde se encontraba. En mi cabeza lo veía con la cara roja y sonriente, totalmente ajeno al hecho de que la muerte lo acosara. También imaginé al atacante, y pensé —sólo un instante— dónde me escondería si yo fuese a matar a alguien allí. Había sombras por todo el patio, ángulos irregulares compuestos por vallas, pared y suelo. Puede que el asesino esperara detrás de un coche viejo o que estuviera agachado tras un poste de teléfonos. Me lo imaginé acechando en la oscuridad, unos ojos fríos y calculadores oteando mientras Jeb se tambaleaba frente a él, como una cuba, indefenso. ¿Estaba enfadado? ¿Tenía hambre? Las teorías de la policía iban variando, pero eran ominosas y tentadoras. ¿Qué podía atacar de manera tan brutal y al mismo tiempo tan cuidadosa, de modo que las pruebas apuntaran a hombre y bestia por igual? Imaginé garras veloces y dientes relucientes que acuchillaban luz de la luna y carne, y hacían saltar arcos de sangre hasta la pared vecina. Me quedé un momento más, absorbiendo todos los detalles con un sentimiento de culpa. El doctor Neblin iba a preguntar por qué llegaba tarde y me regañaría cuando le dijese adónde había ido, pero eso no era lo que me preocupaba. Al ir a este lugar lo que estaba haciendo era minar los cimientos de algo mayor y más profundo; rasguñando diminutos arañazos en una pared que no me atrevía a traspasar.
Detrás de ese muro había un monstruo, y yo había construido una barrera bien resistente para mantenerlo a raya; en ese momento se revolvía y estiraba, sumido en un sueño intranquilo. Al parecer, había un nuevo monstruo en la ciudad, ¿despertaría la presencia de éste al que yo mantenía oculto? Era hora de irse. Me subí a la bici y recorrí las pocas manzanas que había hasta llegar a la consulta del doctor Neblin. • • • • •
—Hoy he infringido una de mis normas —dije. Estaba mirando la calle a través de las lamas de la persiana de la oficina del doctor Neblin. Coches de colores chillones circulaban por allí formando un desfile desigual. Sentía la mirada del doctor en la nuca, observándome. —¿Una de tus normas?
CONTINUARA?
BIEN .. QUE LES PARECIÓ? CUMPLE CON LAS EXPECTATIVAS ? EL INICIO DE UNA MARAVILLOSA HISTORIA QUE LES HARÁ PENSAR DOS VECES LAS COSAS (yo se de lo que hablo)
SE QUE HOY ES SÁBADO PERO ES QUE AYER NO HABÍA TIEMPO, NO VOLVERÁ A PASAR... LAS ACTUALIZACIONES SERÁN TODOS LOS VIERNES :)
