SE QUE ME TARDE UN BUEN ... ACEPTO LA CULPA ME TARDE DEMASIADO , PERO TIENE UNA EXPLICACION, MI LAPTOP EN DONDE TENIA TODO TODO LO QUE HIZE SE ME ARRUINO CUANDO SE ME CAYO ACCIDENTALMENTE MI CAFE Y PUES MI MADRE ME CASTIGO SIN COMPRARME UNA ,ENTONCES AL NO TENER POR DONDE SUBIR EL FIC A PARTE QUE LO HABIA GUARDADO EN MI LAPTOP TODO SE PERDIO Y PARA REPONER MI PERDIDA NECESITABA UNA NUEVA LAPTOP ... PERO EL RESTO NO IMPORTA AL FINAL CONSEGUI QUE ME COMPRARA UNO NUEVO Y APENAS UNA SEMANA YA EMPECE DE NUEVO LA HISTORIA.

EN SERIO LAMENTO NO HAVER SUBIDO ND


Era principios de octubre, la estación de quemar hojas. El otoño era mi época favorita del año, no porque empezara el instituto ni por las verduras de temporada ni por cualquier otro motivo mundano, sino porque los ciudadanos del condado de Clayton recogían las hojas con un rastrillo y las quemaban: las llamas se alzaban en el fresco aire otoñal. Nuestro jardín era pequeño y en él no había árboles, pero la pareja de ancianos del otro lado de la calle tenían un jardín grande lleno de robles y arces, y no tenían hijos ni nietos que se ocuparan de él. Durante el verano les cortaba el césped por cinco dólares a la semana; en invierno quitaba la nieve del camino de entrada a cambio de chocolate caliente y en otoño rastrillaba las hojas por el puro placer de verlas arder. El fuego es breve y temporal: la misma definición de lo efímero. Aparece de pronto, nace con un rugido cuando el combustible y el calor se juntan y prenden, y baila vorazmente mientras todo a su alrededor se ennegrece y se eriza. Cuando no queda nada por consumir, desaparece sin dejar atrás nada más que las cenizas del combustible que no ha utilizado, los pedazos de madera, y hojas y papel que son demasiado impuros para arder, excesivamente indignos para bailar con él. Yo creo que el fuego no deja nada tras de sí: la ceniza en realidad no forma parte de él, sino del combustible. El fuego lo hace mutar, le saca la energía y lo convierte en… bueno, en más fuego. Éste no crea nada nuevo, simplemente existe. Si es necesario destruir otras cosas para que haya fuego, a él no le importa; por lo que a él respecta, para eso están esas cosas. Cuando ellas desaparecen, él también y, aunque puedes encontrar pruebas de su paso por allí, no hallarás restos del propio fuego: ni luz ni calor ni diminutos pedazos enrojecidos de llama. Vuelve al lugar de donde vino y si siente o recuerda, no hay forma de saber si nos siente o nos recuerda a nosotros. A veces, escudriñando el corazón azul intenso de una llama danzarina, le pregunto si se acuerda de mí. «Ya nos hemos visto antes. Nos conocemos. Recuérdame cuando ya no esté». Al señor Crowley, el viejo a quien le quemo las hojas, le gustaba sentarse en el porche y, como él decía, «ver el mundo pasar». Si yo estaba recogiendo las hojas de su jardín mientras él estaba por ahí fuera, se sentaba y me hablaba de su vida. Había trabajado prácticamente toda la vida para el condado como ingeniero hidráulico, hasta el año anterior, cuando su salud empeoró y se acabó jubilando. De todos modos, era bastante mayor. Aquel día salió sin ninguna prisa y después de sentarse, dolorido, apoyó una pierna en un taburete. —Buenas tardes, Luffy —dijo—, buenas tardes. Era viejo, pero muy grande, robusto y potente. Le fallaba la salud, pero estaba lejos de ser débil.

—Hola, señor Crowley. —Puedes dejarlo, ¿sabes? —dijo señalando el césped cubierto de hojas —. Queda mucho otoño por delante, tendrás que volver a hacerlo más adelante. —De esta manera dura más —dije y él asintió con satisfacción. —Es cierto, Luffy, es cierto. Seguí rastrillando un rato más, juntando las hojas con gestos suaves y regulares. El otro motivo por el que quería arreglarle el jardín aquella tarde era que ya había pasado casi un mes y el asesino no había vuelto a atacar. La tensión me ponía nervioso y necesitaba hacer algo. No le había dicho a nadie que sospechaba que se trataba de un asesino en serie porque ¿quién me iba a creer? Dirían que estoy obsesionado, que claro que pensaba que había sido un asesino en serie. No me importaba: cuando tienes razón, no importa lo que piensen los demás. —Eh, Luffy, ven aquí un momento — dijo el señor Crowley. Me hizo un gesto para que me acercara a la silla; y la interrupción me provocó una mueca contrariada pero me tranquilicé y fui hacia allá igualmente. Hablar era normal, es lo que la gente normal hace cuando se junta. Me iría bien practicar un poco. —¿Sabes algo de teléfonos móviles? —preguntó enseñándome el suyo. —Un poco. —Quiero enviarle un beso a mi mujer. —¿Quiere enviarle un beso? —Kay y yo los compramos ayer — dijo manoseando el teléfono torpemente — y se supone que podemos hacer fotos y enviárnoslas. Así que quiero enviarle un beso a Kay. —¿Quiere hacerse una foto y enviárselo? A veces no entendía a la gente en absoluto. Oír al señor Crowley hablar de amor era como escucharle hablar en otro idioma: no tenía ni idea de lo que estaba pasando. —Me parece que tú esto ya lo has hecho… —dijo dándome el teléfono con una mano temblorosa—. Enséñame cómo se hace. El botón de la cámara estaba señalado de forma bastante clara, así que le enseñé cómo hacerlo y él se sacó una foto borrosa de los labios. Le mostré cómo enviarla y seguí rastrillando. La noción de que yo fuera un sociópata no era nueva para mí; sabía desde hacía mucho tiempo que no conectaba con los otros. No les entendía y ellos tampoco me comprendían a mí, y fuera cual fuese el lenguaje emocional que utilizaran, aprenderlo parecía estar fuera de mi alcance. El trastorno antisocial de la personalidad no se podía diagnosticar oficialmente hasta los dieciocho años; antes de ese momento era simplemente un «trastorno de conducta». Pero, sinceramente, este último término no es más que una manera agradable de decir a los padres que sus hijos tienen un trastorno antisocial de la personalidad. En mi opinión no había motivo para esquivar el tema: era un sociópata y lo mejor era hacerse a la idea ya mismo. Arrastré el montón de hojas hasta un gran agujero preparado para hacer fuegos que había en el lateral de la casa. Los Crowley lo utilizaban para hacer hogueras y asar perritos calientes en verano, e invitaban a todo el vecindario. Yo iba siempre: ignoraba a la gente y me centraba en el fuego. Si éste fuese una droga, el señor Crowley sería quien mejor alimentaba mi adicción. —¡ Luffy! —gritó el señor Crowley desde el porche—. ¡Me ha enviado otro beso! ¡Ven, mira! Sonreí y me forcé a fingir la ausente conexión emocional. Quería ser un chico de verdad. La falta de conexión emocional con otras personas tiene el extraño efecto de hacerte sentir separado y ajeno, como si observaras a la raza humana desde otro sitio, sin ataduras ni sentimiento de bienvenida. Llevo años sintiéndome así, desde mucho antes de conocer al doctor Neblin y de que el señor Crowley enviara ridículos mensajes de amor por el móvil. Las personas corretean de un lado a otro, hacen sus trabajitos, crían a sus familias de poca monta y le gritan al mundo sentimientos carentes de sentido a la cara, y mientras tanto tú miras desde la banda, perplejo. Esto hace que algunos sociópatas se sientan superiores al resto, como si la humanidad al completo fuera simplemente un atajo de animales que hay que cazar o sacrificar, mientras que otros sienten celos rabiosos y ardientes, desesperación por no poder conseguir lo que quieren. Yo simplemente me sentía solo, una hoja que yace a kilómetros de una gigantesca pila. Con cuidado coloqué un poco de yesca en la base del montón y encendí una cerilla justo en el corazón. Las llamas prendieron y crecieron a medida que consumían el aire a su alrededor; un momento después la pila bramaba, caliente, y por encima un fuego resplandeciente bailaba una danza perversa. Cuando el fuego se apagara, ¿qué quedaría de él? • • • • •


Esa noche el asesino volvió a las andadas. Lo vi por televisión mientras desayunaba. La primera muerte había llamado la atención fuera de Clayton puramente por su naturaleza morbosa, pero la segunda tan sangrienta como la primera y mucho más pública había captado el interés de un reportero de la ciudad y de su cámara. Por mucho que le pesara al sheriff del condado de Clayton, estaban emitiendo por todo el estado imágenes lejanas y borrosas de un cuerpo destripado. Alguien debía de habérselas arreglado para conseguir la imagen antes de que la policía tapara el cadáver y apartara a los mirones. Ya no cabía duda: era un asesino en serie. Mi madre vino desde la otra habitación con el maquillaje a medio poner. La miré y ella me devolvió la mirada. Nadie dijo una palabra. «Soy Ted Rask, emitiendo en directo desde Clayton, una pequeña ciudad, habitualmente muy tranquila, que hoy es el escenario de un asesinato verdaderamente truculento; el segundo de este tipo en menos de un mes. Éste es un reportaje exclusivo de la cadena Five Live News; me acompaña el sheriff Meier. Dígame, sheriff, ¿qué se sabe de la víctima?». El sheriff Meier fruncía el ceño tras el ancho bigote gris y, mientras se le acercaba, miró al reportero con irritación. Rask era famoso por su melodramático sensacionalismo y, a juzgar por la cara de pocos amigos de Meier, hasta yo me di cuenta de que la presencia del reportero no le hacía ninguna gracia. «En este momento no queremos causarle un dolor innecesario a la familia de la víctima —dijo el sheriff— ni asustar de manera innecesaria a los habitantes del condado. Agradecemos la colaboración de todo el mundo en este asunto manteniendo la calma y evitando que circulen rumores o información falsa sobre este incidente». Había esquivado por completo la pregunta del reportero. Al menos no iba a tirarse de un puente si Rask se lo pedía o no lo haría sin ponérselo difícil. «¿Saben ya quién es la víctima?», preguntó el reportero.

«Llevaba la documentación encima, pero no queremos hacer pública esa información antes de notificar la muerte a la familia». «Y el homicida —prosiguió el reportero—, ¿tienen alguna pista sobre de quién podría tratarse?». «De momento no vamos a hacer ningún comentario al respecto». «Este incidente ha ocurrido prácticamente en la estela del anterior y ambos son de naturaleza muy similar. ¿Cree que podrían estar relacionados?». El sheriff cerró los ojos un instante, un suspiro visual, e hizo una pausa antes de seguir hablando.

«En este momento no vamos a hacer declaraciones sobre el caso ni su naturaleza con el fin de preservar la integridad de la investigación. Como ya he dicho, agradeceremos a todo el mundo que actúe con discreción y calma, y que no haga circular rumores sobre este incidente». «Gracias, sheriff —dijo el reportero y de pronto el cámara le enfocó sólo la cara—. Una vez más, si acaba de poner las noticias, estamos en el condado de Clayton: un lugar que ha recibido el azote, puede que por segunda vez, de un asesino que deja tras de sí un cadáver y un pueblo aterrorizado».

Menudo imbécil es ese Ted Rask —dijo mi madre de camino al frigorífico con paso firme—. Lo último que necesitamos aquí es que cunda el pánico por un asesino de masas. Un asesino de masas y un asesino en serie son cosas completamente diferentes, pero en ese momento no tenía demasiadas ganas de discutir sobre la diferencia entre ambos. —Creo que lo último que necesitamos son los asesinatos — repliqué cauto—. El pánico sería lo penúltimo. —En una ciudad pequeña como ésta, el pánico sería igual de malo o peor — dijo mientras se servía un vaso de leche —. La gente se asusta y se marcha de aquí, o se queda en casa por la noche con la puerta cerrada; de repente los negocios empiezan a tener problemas y la tensión aumenta todavía más. —Bebió un trago de leche—. Sólo hace falta que alguna persona estrecha de miras empiece a buscar una cabeza de turco y en un abrir y cerrar de ojos el pánico se convierte en caos. «No podemos mostrarles el cadáver en detalle —afirmó Rask en la tele—, porque se trata de una imagen realmente espeluznante, horrible, y la policía no nos permite acercarnos lo sí disponemos de algunos detalles. Parece que nadie presenció el asesinato, aunque aquellos que han visto el cadáver de cerca nos han informado de que el escenario es mucho más sangriento que el anterior. Si estamos hablando del mismo homicida, podría ser que el nivel de violencia vaya en aumento, lo que supone una mala señal para lo que pueda ocurrir en el futuro». —No puedo creerme lo que está diciendo —dijo mi madre antes de cruzar los brazos con indignación—. Voy a escribir una carta a la cadena hoy mismo. «Cerca del cuerpo, en el suelo, hay una mancha de aceite o algo similar — continuó Rask—, que podría proceder de una fuga del motor del coche en el que el asesino escapó. Les ofreceremos información a medida que dispongamos de ella. Soy Ted Rask y les he ofrecido un reportaje exclusivo de Five Live News: la muerte acosa el corazón de América». Me acordé de la mancha que había visto detrás de la lavandería: negra y aceitosa, como si fuera barro rancio. ¿Sería igual que la mancha de aceite que había junto a la segunda víctima? Aquella historia tenía corrientes muy profundas y yo estaba decidido a desvelarlas todas. • • • • •


—La pregunta clave cuando se hace un perfil psicológico —dije mirando fijamente a Max mientras él comía— no es «¿Qué hace el asesino?», sino «¿Qué cosas innecesarias hace el asesino?». —Tío, creo que es un hombre lobo. —No es un hombre lobo —repliqué. —Ya has visto las noticias: el asesino tiene «la inteligencia de un hombre y es feroz como una bestia». ¿Qué más puede ser? —Los hombres lobo no existen.

—Sí, díselo a Jeb Jolley y al tío muerto de la Ruta 12 —dijo Max antes de dar otro mordisco y seguir hablando con la boca llena—. Algo les hizo un destrozo del quince, y no fue un asesino en serie finolis. —Las leyendas sobre hombres lobo seguramente empezaron por los asesinos en serie. Y los vampiros también. Son hombres que cazan y matan a otras personas: a mí eso me suena a asesino en serie. En aquellos tiempos no existía la psicología, por eso se inventaron un monstruo estúpido, para explicarlo de alguna manera. —¿De dónde sacas todo eso?

— . Pero estoy intentando explicarte algo. Si quieres entrar en la mente de un asesino en serie, te tienes que preguntar: «¿Qué está haciendo que no le haga falta hacer?». —¿Y por qué voy a querer meterme en la mente de un asesino en serie? —¿Qué? —pregunté—. ¿Y por qué no ibas a querer? De acuerdo, escucha, tenemos que averiguar por qué hace lo que hace. —De eso nada, para eso está la policía. Nosotros estamos en el instituto y lo que tenemos que averiguar es de qué color es el sujetador de Marci. ¿Por qué me junto con este chaval?

—Piénsalo así —dije—: digamos que eres un entusiasta de… ¿qué es lo que te gusta? —Marci Jensen —respondió—. Y Halo y Green Lantern y… —Green Lantern —dije—, los cómics. Eres muy aficionado a ellos; imagina que un autor se muda aquí. —Guay. —Sí. Y además está trabajando en un nuevo cómic y tú quieres saber de qué va. ¿No te parece guay? —Acabo de decirte que sí. —Te pasarías el día pensando en ello e intentarías saber qué está haciendo; compararías tus teorías con las de otras personas… Sería genial. —Claro. —Pues para mí esto es lo mismo — dije—. Un nuevo asesino en serie es como un nuevo autor; está trabajando en un proyecto nuevo y está en nuestro pueblo, delante de nuestras narices, y yo intento entender lo que hace. —Estás como una cabra, tío. Estás loco de remate, para que te internen ya mismo. —Pues mi terapeuta dice que lo llevo bastante bien, de hecho. —Bueno, da igual —dijo Max—. ¿Cuál es la gran pregunta? —¿Qué cosas hace el asesino que no

necesita? —¿Cómo sabemos qué es lo que necesita hacer? —Técnicamente, todo lo que necesita hacer, si asumimos que su objetivo básico es matar personas, es dispararles. Es la forma más fácil. —Pero los está haciendo trizas. —Entonces ése es el primer dato: se acerca a ellos y los ataca cuerpo a cuerpo. —Saqué una libreta y lo apunté —. Eso seguramente significa que quiere ver a las víctimas de cerca. —¿Por qué? —No lo sé. ¿Qué más? —Ataca de noche, en lugares

oscuros —dijo Max, que empezaba a engrescarse—, y los pilla cuando no hay nadie cerca. —Yo diría que eso entra en la categoría de lo que tiene que hacer — dije—, sobre todo si quiere atacar en persona y no desea que nadie más lo vea. —¿No vale para la lista? —Supongo, pero nadie que mate a otra persona quiere ser visto, así que no es un rasgo que lo diferencie mucho. —Apúntalo en la lista y ya está. No hay que poner siempre lo que tú dices. —Vale —dije y lo anoté—. Ya está en la lista: no quiere que lo vean, ni que

nadie sepa quién es. —O qué es.—dije—, lo que tú digas. Bueno, sigamos. —Les arranca las tripas y las coloca en un montón. Eso es bastante guay, podríamos llamarlo «el Apilatripas». —¿Por qué apila las tripas? — pregunté. Una chica pasó junto a nuestra mesa y nos miró de una forma rara, así que bajé la voz—. A lo mejor quiere pasar un rato con las víctimas, disfrutar del asesinato. —¿Crees que se las arranca cuando todavía están vivos? —preguntó Max. —No creo que sea posible —dije—.

Quiero decir que a lo mejor desea disfrutar del hecho de haberlos matado. Hay una famosa cita de Ted Bundy… —¿De quién? —De Ted Bundy. Mató a unas treinta personas por todo el país, en los setenta. El término «asesino en serie» lo inventaron para él. —Sabes mierdas muy raras, Luffy. —Bueno, el caso es que en una entrevista que le hicieron antes de la ejecución dijo que después de matar a alguien, si tenías tiempo, esa persona podía convertirse en quien tú quisieras. Max se quedó en silencio un momento.

—No sé si quiero seguir hablando de esto —dijo. —¿Qué quieres decir? Hace un momento no te importaba. —Hace un momento estábamos hablando de tripas —dijo Max—; da asco pero no miedo. Pero esto que dices ahora es un poco raro. —¡Pero si acabamos de empezar! — dije—. Estamos llegando a lo bueno. Y es el perfil de un asesino en serie, ¡claro que van a salir cosas raras! —Ya, pero estoy flipando un poco, ¿vale? No sé. Tengo que ir al baño. Se levantó, se marchó y dejó la comida allí. Al menos parecía que pensaba volver; aunque me daba igual lo que hiciese. ¿Por qué no podía tener una conversación normal con alguien sobre algo de lo que yo quisiera hablar? ¿Tan jodido estaba? Pues sí.


Hay un lago fuera de la ciudad, está a tan sólo unos kilómetros, pasada nuestra casa. Su verdadero nombre es el lago Clayton, cosa bastante predecible porque todo lo que hay en el condado se llama Clayton, pero a mí me gusta llamarlo el lago Friqui. Tenía más o menos un kilómetro y medio de ancho y unos cuantos de largo, pero no tenía embarcadero ni nada por el estilo; las playas eran pantanosas y estaban llenas de juncos, y todos los veranos el agua se llenaba de algas, así que en realidad nadie iba allí a nadar. Uno o dos meses después el lago se helaba y la gente iba a patinar o a pescar en el hielo, pero no daba para mucho más. Durante cualquier otra estación del año, no había ningún motivo para ir hasta allí y nadie lo usaba para nada. Al menos eso es lo que creía antes de encontrar a los friquis. Sinceramente, no sé si lo son o no, pero debo asumir que algo raro les pasa. Los encontré el año anterior, un día que no podía aguantar ni un minuto más a solas en casa con mi madre, por lo que me monté en la bici y me puse a pedalear por la carretera sin rumbo. No iba al lago, simplemente iba, y el lago resultó estar en la misma dirección en la que yo iba. Pasé junto a un coche en el que estaba sentado un tipo; no hacía nada, simplemente estaba aparcado a un lado de la carretera, mirando el lago. Entonces pasé junto a otro. Al cabo de medio kilómetro adelanté un camión vacío (no sé dónde estaba el conductor), y cien metros más allá había una mujer fuera del coche, apoyada en el capó; no miraba hacia ninguna parte, ni hablaba con nadie: sólo estaba allí, delante del coche. ¿Qué hacían ahí? El lago no es que fuese muy bonito y tampoco había nada que hacer. Enseguida pensé en actividades ilícitas —entregas de drogas, romances secretos, gente que abandona cadáveres—, pero no creo que fuese nada de eso. Me parece que estaban allí por el mismo motivo que yo: necesitaban alejarse de todo lo demás. Eran unos friquis. Después de ese día me acercaba al lago siempre que quería estar solo, lo que cada vez ocurría más a menudo. Allí estaban los friquis —en ocasiones había unos, otras veces otros— en formación a lo largo de la carretera que bordeaba el lago, como perlas que alguien hubiese abandonado. Nunca hablábamos: no encajábamos en ningún otro sitio, así que era una estupidez asumir que entre nosotros estaríamos mejor. Simplemente íbamos allí, nos quedábamos un rato, pensábamos y nos marchábamos. Después del arrebato de la hora de comer, Max me evitó el resto del día y, al acabar las clases, fui en bici hasta el lago para pensar. Hacía tiempo que las hojas habían dejado atrás la fase naranja intenso y su color se había apagado hasta convertirse en marrón; la hierba que crecía junto a la carretera estaba tiesa y seca. —¿Qué hizo el asesino que no tuviera que hacer? —dije en voz alta mientras dejaba la bicicleta tirada en el suelo y me ponía al sol. Veía coches, pero ninguno estaba lo suficientemente cerca como para que los ocupantes me oyeran hablar. Los friquis respetan la intimidad de los otros. —Al primero le robó un riñón, pero ¿qué le quitó al segundo? La policía no hacía declaraciones, pero íbamos a recibir el cuerpo en la funeraria al cabo de muy poco. Cogí una piedra y la lancé al lago. Miré carretera abajo, hacia el coche más cercano, que estaba a unos cientos de metros; era blanco y viejo, y el conductor miraba el agua fijamente. —¿Eres el asesino? —pregunté en voz baja. Aquel día había allí cinco o seis personas diseminadas por la carretera. ¿Cuánto tiempo iba a pasar hasta que la predicción de mi madre se cumpliese y los lugareños empezasen a echarse la culpa los unos a los otros? La gente tenía miedo de lo que era distinto, y quienquiera que fuese más diferente de los demás iba a ganar la lotería de la caza de brujas. ¿Sería uno de los raritos que escapaban al lago? ¿Qué le iban a hacer? Todos sabían que yo era un engendro raro. ¿Iban a acusarme a mí?

• • • • • El segundo cuerpo llegó a la funeraria ocho días después. Mi madre y yo no habíamos hablado mucho del tema de la sociopatía, pero yo me había esforzado más en la escuela para que dejara de seguirme el rastro: la obligué a pensar en mis rasgos positivos en lugar de en los más perturbadores y, al parecer, funcionó, porque cuando entré en la funeraria al acabar las clases y las encontré trabajando en el cadáver de la segunda víctima mi madre no me impidió que cogiera un delantal y una máscara y les echara una mano.

—¿Qué le falta? —pregunté cuando sujetaba unas botellas para mi madre mientras ella vertía el formaldehído en la bomba. Karen sólo tenía unos cuantos órganos en el mostrador lateral y estaba ocupada pinchándolos con el trocar y aspirándolos. Supuse que el resto de los órganos ya estaban dentro del cuerpo, porque mi madre lo había cubierto con una sábana y no quise arriesgarme a mirar debajo de ella mientras ella estuviese a mi lado. —¿Qué? —preguntó mi madre fijándose en las marcas del lateral de la bomba mientras vertía líquido.

—La última vez faltaba un riñón — dije—. ¿De qué órgano se trata esta vez? —Están todos ahí —respondió entre risas—. ¡Pobre Ron! No va a perder algo cada vez… Hablé con tu hermana del papeleo, eso sí; le he dicho que tiene que leerlo con un poco más de atención y comentarme cualquier cosa anormal que encuentre. A veces no sé qué voy a hacer con esa chica. —Pero… ¿estás segura? —pregunté. El asesino tenía que haberse quedado con algo—. A lo mejor falta la vesícula y Ron creyó que se la habían extirpado y por eso no se dio cuenta. —John: Ron y la policía (y el FBI también, para más seguridad) han tenido el cuerpo durante más de una semana. Los forenses han examinado el cadáver al milímetro buscando cualquier cosa que les sirva para pillar a este loco. Si le faltara un órgano, creo que se habrían dado cuenta. —Se le está saliendo el líquido — avisé y señalé el hombro izquierdo. Un producto de color azul chillón supuraba por debajo de la sábana, mezclado con perlas de sangre coagulada. —Vaya, pensaba que lo había remendado mejor —dijo mi madre. Tapó el formaldehído y me dio la botella. Apartó la sábana y dejó al descubierto el hombro: un muñón bien vendado; la parte inferior estaba empapada de una especie de moco azul y morado. No había brazo. —Ostras —dijo, y se puso a buscar más vendas. —¿Le falta un brazo? —Miré a mi madre—. ¿Os pregunto si le falta algo y no se os ocurre mencionar un brazo? —¿Qué? —preguntó Karen. —El asesino se llevó el brazo — dije. Me acerqué al cadáver y retiré la sábana. Tenía el abdomen desgarrado y abierto como la otra víctima, pero ni mucho menos de manera tan grotesca; los tajos eran más pequeños y menos abundantes. Al granjero fallecido — Dave Bird, según la etiqueta— no lo había destripado. —La evisceración y amontonamiento de órganos… esta vez no lo ha hecho — afirmé. —¿Qué haces? —dijo mi madre con aire severo. Me quitó la sábana de la mano y volvió a tapar el cadáver—. ¡Muestra un poco de respeto! Estaba hablando demasiado y lo sabía perfectamente, pero era incapaz de parar. Era como si me hubieran abierto el cerebro y todos los pensamientos de su interior se vertieran por el suelo.

—Pensé que hacía algo con los órganos —dije—, pero sólo rebuscaba para encontrar lo que quería. No los estaba poniendo en un orden concreto ni jugando con ellos ni… —¡Monkey D Luffy! —dijo mi madre bruscamente—. ¿Qué narices estás diciendo? —Esto cambia el perfil por completo —dije. Ojalá hubiese podido callarme, pero de mi boca seguían saliendo palabras. El nuevo descubrimiento era demasiado emocionante—. No se trata de qué hace a los cuerpos, sino de qué parte de ellos se lleva. Lo de sacar todas las tripas era la manera más fácil de encontrar el riñón, no un ritual mortuorio… —¿Un ritual mortuorio? —preguntó mi madre. Karen dejó el trocar sobre la mesa y me miró; sentía las miradas de ambas clavadas sobre mí y sabía que me había metido en un lío. Había hablado demasiado—. ¿Te importaría explicarte? Tenía que encontrar la manera de suavizar el tema, pero estaba metido hasta las cejas. —Sólo decía que el asesino no estaba jugando con los cadáveres — respondí—. Eso es bueno, ¿no? —Estabas entusiasmado —dijo mi madre a modo de acusación—. Estabas encantado de la vida con el cadáver de este señor y con cómo lo habían destripado. —Pero… —Te he visto una expresión de alegría en la cara, Luffy, y creo que eso no lo había visto nunca. Y es por un cadáver: una persona real, con una familia real y una vida real. ¡Y a ti te encanta! —No, eso no es… —Fuera —dijo mi madre. Tenía la voz teñida de irrevocabilidad. —¿Qué? —Fuera —dijo—. Ya no tienes permiso para estar aquí.

—¡No puedes hacerme eso! —grité. —Soy la propietaria, además de tu madre; y te estás implicando demasiado con este tema, y no me gusta la manera en que estás actuando ni las cosas que dices. —Pero… —Tendría que haber hecho esto hace mucho tiempo —dijo y apoyó una mano en la cadera—. No puedes entrar en la trastienda. Karen tampoco te lo permitirá; también se lo voy a decir a Lauren. Ya va siendo hora de que tengas una afición normal y amigos de verdad, y no quiero ni que te atrevas a contestarme.

—¡Mamá! —No me contestes. Márchate de aquí. Quería golpear las paredes y los mostradores y darle una buena hostia al granjero muerto de la mesa y agarrar el trocar y clavárselo a mi madre en esa cara de imbécil que tiene y sorberle el cerebro con él y… No. Cálmate. Cerré los ojos. Estaba quebrantando demasiadas normas, no podía permitirme pensar de aquel modo. No podía dejar que la rabia me dominase. Sin abrir los ojos, me quité los guantes y la máscara, lentamente. —Lo siento —dije—, pero… No podía salir de allí sin más y no volver nunca. Tenía que resistirme y… No. Cálmate. —Lo siento —repetí. Me quité el delantal y salí por la puerta. Ya me las arreglaría más tarde para hacerme a la idea de ello. En ese momento importaba más respetar las normas. Tenía que mantener al monstruo escondido tras el muro. • • • • •


Halloween me parecía una mierda. Era todo una tontería: nadie tenía miedo y todo el mundo iba por ahí cubierto de sangre de pega o con cuchillos de goma o, peor aún, vestido con disfraces que ni siquiera asustaban. Se suponía que era la noche en la que los espíritus malignos recorrían la Tierra, cuando los druidas quemaban niños en jaulas de mimbre. ¿Qué tenía eso que ver con disfrazarse de Spiderman? Halloween dejó de interesarme cuando tenía ocho años, más o menos cuando empecé a aprender cosas sobre los asesinos en serie. Eso no significa que no me disfrazara, sino que simplemente dejé de escoger mi propio disfraz: todos los años mi madre elegía uno y yo me lo ponía, hacía caso omiso de él y luego me olvidaba hasta el año siguiente. Un día iba a tener que contarle lo de Ed Gein, cuya madre lo vistió de niña la mayor parte de su infancia. Luego pasó casi toda su vida adulta matando mujeres y haciéndose ropa con la piel. Aquel año uno podría esperar un Halloween bastante guay; después de todo, teníamos un verdadero demonio en la ciudad, con colmillos y garras y de todo. Eso tenía que servir para algo. Pero ninguno de nosotros era consciente de ello, y hasta aquel momento solamente había matado a dos personas, por eso, en lugar de escondernos muertos de miedo en el sótano a rezar por la salvación, acabamos en el gimnasio del instituto fingiendo que nos divertíamos en el baile de Halloween. De hecho, no estoy seguro de cuál de las dos cosas era peor. Los bailes del colegio ya eran suficientemente horribles, pero mi madre me hacía ir a todos y, dado que no tenía ninguna intención de cambiar su política cuando empecé el instituto, tenía la esperanza de que al menos los mejorasen. Pero no. El baile de Halloween resultó ser especialmente estúpido: el momento ideal para que todos, mutantes en desarrollo, torpes y desgarbados, se juntaran disfrazados y se quedaran junto a las paredes del gimnasio mientras un montón de luces de colores relucían anémicas y el subdirector ponía música pasada de moda a través del sistema de megafonía. Mi madre, como siempre, me había obligado a ir porque era una actividad que formaba parte de la iniciativa «Haz amigos de verdad», pero, haciendo gala de su buena voluntad, me permitió escoger el disfraz. Como sabía que se iba a cabrear por ello, me vestí de payaso. Max iba de miembro de algún tipo de comando del ejército y se había puesto la chaqueta de camuflaje de su padre y una especie de maquillaje marrón en la cara que formaba toda clase de grumos. A pesar de las veces que nos habían avisado de que no llevásemos armas, también había traído una pistola de plástico que, naturalmente, el director le quitó en la puerta. —Vaya mierda —dijo Max; dio un puñetazo y miró con odio al director, que estaba al otro lado del gimnasio—. Perro, voy a robársela, de verdad.

¿Crees que me la va a devolver? —¿Me has llamado «perro»? —Tío, te juro que voy a recuperar la pistola sin que se entere. Mi padre me ha enseñado maniobras muy molonas; ni siquiera sabrá que he estado allí. —Llevas el camuflaje equivocado —dije. Estábamos en nuestro sitio habitual, merodeando en una esquina, y yo observaba el flujo de gente que iba y venía entre los refrigerios y las paredes. —Mi padre trajo esta chaqueta de Irak —dijo Max—, es superauténtica. —Pues será alucinante cuando el señor Layton esconda la pistola en Irak—dije—, pero ahora estamos en un baile de instituto del Medio Oeste americano. Si no quieres que te vea, tendrás que disfrazarte de víctima de accidente de tráfico. Esta noche hay muchos de ésos. También te valdría un falso agujero de bala en la frente. Las prótesis cutres y sangrientas estaban a la orden del día; al menos la mitad de chicos del baile las llevaban. Sería lógico pensar que dos truculentos asesinatos en la comunidad iban a hacer que la gente fuese un poco más sensible al tema, pero ya ves que no. Por lo menos nadie se disfrazó de mecánico eviscerado.

—Eso habría molado —dijo Max mirando un agujero falso de bala que pasaba por allí—. Eso es lo que me pondré mañana por la noche para ir a hacer truco o trato: les voy a dar unos sustos de la hostia. —¿Vais a hacer truco o trato? —dijo una voz entre risas. Era Rob Anders, que pasaba a nuestro lado con un par de sus amigos. Todos me odiaban desde tercero —. Este par de bebés va a ir a hacer truco o trato. ¡Pero si eso es para críos! Pasaron de largo muertos de la risa. —Voy solamente por mi hermana pequeña —refunfuñó Max mirándoles a la espalda con rabia—. Voy a por la pistola; el disfraz es mucho más fardón con ella. Salió a toda prisa hacia la puerta y me dejó solo en la oscuridad, así que pensé en ir a tomar algo. La mesa de refrigerios estaba medio vacía: una bandeja con verduras blandurrias, un par de mitades de donuts y una fuente llena de zumo de manzana y Sprite. Me serví un vaso y se me cayó de inmediato porque alguien chocó contra mí por detrás. El zumo volvió a caer en la fuente, junto con el vaso de plástico, que salpicó y me empapó la manga y la muñeca. Rob Anders y sus compinches se rieron al pasar.

Solía tener una lista de personas a las que iba a matar algún día. Ahora iba en contra de mis normas, pero de vez en cuando la echaba mucho de menos. —¿Eres Eso? —preguntó una voz de chica. Me di media vuelta

CONTINUARA?


ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO JAJAJA NO PUDE TRANSCRIBIR TODO ... PERO YA LO HARE Y ESTA VEZ NO LOS DEJARE TANTO TIEMPO

Y GRACIAS A LOS QUE YA COMENTARON :)