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Phil tuvo que apartar a Arnold luego de que al chico casi se le cayera la mandíbula con la imagen de su abuela y Helga apretándose en tremendo abrazo. Es decir, sabía que Puki estaba algo loca y que Helga también, ¿¡Pero, esto!? Ninguna de las dos lo abrazaba a él ¡Es más! Ninguna de las dos le mostraba ese "lado" a él.

Iba a comenzar a protestar a voz en grito, cuando de pronto su abuelo le hizo una seña para que prestara atención al sonido.

Sollozos, leves y apenas perceptibles, que le hicieron guardar silencio y seguir obedientemente a Phil hacia adentro.

—Déjalas unos minutos hombre pequeño y ahora que estamos aquí, dime ¿Qué demonios fue lo que les pasó?

Estaban en la cocina, Arnold sacó una silla, se acomodó a la mesa y trató de organizar sus ideas. Phil por su parte, estaba ocupado revisando alacenas de manera aleatoria.

—¿Esa Eleanor, es la niña furiosa que golpeaste con tu bola de béisbol, cierto?

—Se llama Helga, abuelo.

—¿Helga Eleanor? ¡Pff! Con razón todo el tiempo se la pasaba gruñendo.

—No, su segundo nombre empieza con G

—¡¿Geleanor?! —se quejó. —Estos padres y sus nombres "modernos" arruinan la infancia y el estado emocional de sus hijos… —Arnold suspiró para sus adentros, resignado a que tu abuelo llamara a Helga como quisiera.

—Si, es ella.—interrumpió, antes de que Phil encontrara una forma de relacionar los nombres modernos con la Segunda Guerra mundial.

—Oh, ya tiene tiempo que no se pasaba por aquí, es decir…estando tú aquí.

—¿Qué?—Arnold levantó la vista. Su abuelo ya se había acomodado en la silla de enfrente y colocado sobre la mesa un par vasos con whisky.

—Yo pregunté primero, soldado. Ahora, bebe

—Sabes que no bebo.

—Estás más pálido que la muerte, Arnold. Y esa chica tenía el rostro manchado de llanto, tú la abrazabas por detrás como si quisieras protegerla de la vida misma. No es que no seas caballeroso con todas las personas, pero creo identificar algo cuando lo veo.

—¿Qué clase de algo?—inquirió interesado.

—Dime lo que les pasó y luego te diré lo que yo creo que sucedió. —La mirada de su abuelo debía ser la misma que usaba en el ejército ya que no admitía vacilaciones. Arnold se rindió y aceptó el trago que le era entregado. Levantaron los vasos como demandaba la tradición y después bebieron de un solo golpe.

El sabor amargo se le escurrió por la garganta como fuego líquido hasta aterrizar en el estómago, luego observó la imagen del vaso vacío, como si poseyera las respuestas a las preguntas que a penas y se estaba haciendo. Trató de pensar en una forma cuerda narrar la situación, mientras su abuela y Helga entraban por la puerta principal y se dirigían al salón de lectura.

Un cuarto privado, reservado exclusivamente para Gertrude. Cuando se metía ahí, ni siquiera Phil se atrevía a molestar, era su santuario. Todos necesitaban uno, hasta Arnold que seguía conservando la habitación del techo.

Él, nunca le habló a sus abuelos sobre la complicada relación que mantenía con Helga. La intimidación a que era sujeto durante las clases y en los casilleros, los extraños y contados momentos en que se trataron con respeto, la declaración de amor y el apasionado beso. ¡Oh, no. Eso jamás! Ni a Gerald se lo contó, porque seguramente él se lo diría a todos y pronto sería el hazmerreír de todo el vecindario o peor aún, Helga se enteraría y no dudaría en volver a…

¿Golpearlo o Besarlo?

¿Fue tan malo, ese beso?

¿Por qué nunca pensó en ese beso? ¿O en el siguiente?

Definitivamente, cuando intentaba besar a Lila, pensaba en el ultimo. Quería saber si los labios de Lila se abrirían de la misma manera que los de Helga, si su ternura sería la misma, la textura de su lengua, el olor de su perfume, la calidez de su piel…Creyó, que por ser más dulce y más linda, el beso sería distinto, como fresas tiernas, derritiéndose en su boca, pero ese beso nunca llegó. Y a Helga…

Otro hombre la besó.

¿Sentiría distinto? ¿Querría volver a besarlo? ¿Estaría dispuesta a dejar que alguien más la besara?

¿Y por qué le importaba ahora, a quién besara o quién la besara?

—¡Ahh…! ¡Simplemente, no lo entiendo! —gritó de pronto, dejando caer el vaso junto con su cabeza sobre la mesa. Phil, lo miró de reojo se sirvió otro trago y lo bebió.

—¿Qué tienes que entender si todo para mi es muy simple hombrecito? —Arnold resopló pero permaneció tumbado en la mesa. —Su abuelo bufó con sorna y de ser más joven o más hábil, desearía tener a mano una de esas cámaras digitales y hacerle una fotografía. "Primer dilema de amor" así la pondrían en el álbum, pero como no tenía nada de eso, se conformaría con guardar su estampa en la memoria.

—De acuerdo, si quieres una pista. Sólo habla con ella.

—¿Para qué?—Levantó el rostro, mirando a su abuelo porque en serio. ¡Necesitaba una explicación para lo que estaba sintiendo! ¿Pero a quién se la iba a pedir? ¿Gerald? Se desmayaría ante la contemplación de la idea, él se estaba quedando sin oxígeno en el cerebro ante la contemplación de la idea. ¿¡Él y Helga!? ¿¡Él quería besar a Helga!? ¿¡Y agarrarse a golpes con Jake por haberla besado!? No, no era solo el beso, era que la había lastimado, ella estaba llorando. Y él no quería que nadie la hiciera llorar.

Phil miró la tortura en la cara de su nieto, y mentiría si dijera que no disfrutó el momento.

—¡¿Cómo que para qué?! La chica furiosa, te trae de cabeza. ¿Quién lo diría? Tal vez la maldición se transfirió a ti y por eso no me morí.

—¿Otra vez vas a empezar con eso de que debías morir a los noventa y un años?

—No somos eternos, Arnold.

—Tú y la abuela, están perfectamente bien de salud.

—Claro que lo estamos, si tú vas a pagar la maldición viviremos hasta los doscientos años.

—¿¡Qué maldición!?—preguntó entre fastidiado, interesado y desesperado por cambiar el tema de conversación.

—¡Oh, ya déjalo en paz! —comentó Gertrude entrando en la cocina. Su abuelo se emocionó al verla. Arnold, había pasado el suficiente tiempo con ellos, como para reconocer que sus abuelos en verdad se querían. Eso lo relajó y tranquilizó.

—Ah, Galletita. ¿Me preguntaba cuando ibas a aparecer por aquí?—comentó Phil, aún divertido.

—Cómo si extrañaras tenerme por aquí, viejo zorro. —respondió su abuela, señalando la botella y los vasos de Whisky en la mesa. Acto seguido se dirigió a él.

—Dejé a Eleanor con el puño sumergido en una cubeta de hielos, el doctor Evans, nuestro único inquilino dice que debe bajar la hinchazón para poder hacer una valoración. Le sugerí que durmiera un poco, pero quizás aprecie más que la acompañes un rato.

—Está bien.

—¿Qué tan fuerte golpeó ese poste de electricidad?

—¿¡Eh…!?

—El poste, Eleanor dijo que recibió una mala noticia y por la impresión, golpeó el poste. —Arnold miró a su abuela como si por fin se hubiera vuelto totalmente loca. El problema con eso era que no había locura en sus ojos. Helga le mintió y Gertrude sabía que lo hizo, pero no la presionó. En su lugar, lo mandaba a él para que la cuidara.

—Creo...que lo golpeó lo más fuerte que pudo.

—¿Y esa noticia fue tan mala?

—Espantosa…

—Con razón tú estabas tan pálido y a la pobre le dio por llorar. Eleanor nunca baja la guardia, trátala con respeto Arnold.

—Lo haré…—se levantó de su asiento dispuesto a reunirse con ella, pero cuando alcanzó el umbral de la cocina, no se resistió a preguntar.

—¿Desde cuando ustedes dos, son tan cercanas?

—Oh, Eleanor solía pasar mucho tiempo por aquí, Arnold

—Claro que no.—se quejó de inmediato.

—Claro que si. —se obstinó su abuela. —Siempre que tú no estabas, claro está.

—¿¡Qué!? ¿Y por qué…?

—No te pongas celoso, sabes que tengo cientos de libros en ese cuarto. Ella venía a leer y a pasar tiempo con una pobre vieja que todos tienen por senil y loca.

—¿Está hablando en serio, abuelo? —preguntó sin creerlo. Phil asintió con una enorme sonrisa como de tiburón. Ese gesto quería decir "Te trae de cabeza y ni siquiera te habías dado cuenta" —roló los ojos cansado. Se suponía que con la edad llegaba la madurez, pero sus abuelos descubrieron que con la edad, ya no les importaba el daño colateral que producían sus actos. Retomó la huída y entonces fue el turno de Gertrude. Se acercó misteriosa a él, susurrando a su oído.

—Espero que esa noticia, no sea que voy a ser Bisabuela…

—¡AHH! ¡ABUELAAAAAAAA! —Puki y Phil se comenzaron a reír a mandíbula suelta, cómplices de su fechoría. Él escapó lo más rápido que pudo y se encerró en el único cuarto silencioso de toda la Casa de Huéspedes.

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—¿Arnold? —Claro, su cerebro de verdad se apagaba. ¿Cómo pudo olvidar que en ese cuarto estaba Helga? —la miró nervioso, sintiendo el rostro caliente por la vergüenza que le hicieron pasar sus abuelos.

—¿C…como te sientes, Helga?—preguntó, tratando de sonar normal, pero sonó como alguien con neumonía. La garganta la sentía seca, las manos sudorosas, el rostro ardiente, al tono de los cabellos de Eugene. ¿Qué más le faltaba? ¿Que alguien viniera a ponerle el traje de conejo? Definitivamente, eso no fue tan humillante como esto.

—Mm…mejor, el doctor me dio muchas, muchas muchas, drogas.

—¿Tantas?

—Creo, porque nunca te había visto tan colorado, Cabeza de Balón.

—Si, debe ser por eso.—mintió y se acomodó en el sillón a su lado.

—Espero, no te moleste la mentirilla piadosa.

—¿El doctor, no se dio cuenta?

—Aún puedo abrir y cerrar el puño, no es una fractura, a lo mucho un desgarre. Tú practicaste artes marciales, sabes lo que pasa si no cierras el puño correctamente.

—Eso fue durante un mes, a los nueve años y no volví a practicar jamás

—Lo recuerdo, amas la paz y la vida…—respondió comenzando a quedarse medio dormida.

—¿Ya llamaste a tus padres?—la pregunta la agarró desprevenida por lo que no hubo oportunidad de ocultar el gesto amargo.

—No hay a quien llamar, Arnoldo

—No digas e…—ella lo interrumpió con una de sus miradas. Intensa, Helga estaba volviendo a ser sincera con él.

—Miriam se quedó en Europa con Olga, y Bob se supone que debía estar conmigo pero hace un tiempo que se fugó con una Secretaria de treinta y dos años que bien podría pasar por mi hermana mayor.

—¿¡Qué...!?

—Fue cerca de las vacaciones de Verano, dijo que no le comentara nada a mi madre porque tú sabes "No queremos que regrese a su problema de alcohol" Y si Olga lo supiera, no pararía de llorar en semanas. Además de que me obligarían a volver, y yo no quiero estar en París...

—¿Por qué no?—Helga cerró los ojos, Arnold supuso que no escuchó su pregunta, ya que continuó hablando.

—El trato que hicimos fue este: Yo me quedaba callada y él seguía pagando mi educación y los servicios de la casa.

—¿Llevas viviendo sola, todo este tiempo?—preguntó acercándose de más a su cuerpo, Helga lo dejó hacer, acomodando la cabeza en su hombro, el puño herido estaba sobre su muslo, el hielo en la cubeta ya casi se había derretido, por lo que no servía de nada que lo tuviera ahí. Su piel aún se veía roja y ligeramente hinchada. Arnold quiso sostener su mano, enlazar sus dedos o en su defecto, acariciar la superficie hasta que ya no sintiera ningún atisbo de dolor.

—No es como si hubiera mucha diferencia en realidad, ellos siempre se olvidaban de mi. Mi nombre, mi cumpleaños, mi lugar en la mesa, mis alergias…

—Aún así, debió ser duro…—Y no es que la revelación fuera una sorpresa. Él ya había visto los descuidos de sus padres, prácticamente desde que se conocieron, pero esperaba que todo eso ya fuera agua pasada. Que encontraran una forma de relacionarse ahora, que Helga, ya era prácticamente una adulta. Nunca se imaginó que la dejarían sola, porque él jamás estaba solo. Creció sin sus padres, pero sus abuelos, pocas veces lo hacían sentir solo.

—Sólo al principio, después te acostumbras…—lo estrechó, como solía hacer en sus más íntimas fantasías. Para Helga esto era un sueño, ella debió quedarse dormida en el sillón largo como le sugirió Gertrude, por tanto podía acomodarse con él, sincerarse con él, olerlo a él...

—¿Ya no te duele…?—acarició finalmente su mano y secretamente agradeció el contacto. Que ella lo abrazara, aún si era por el velo del medicamento.

—¿Hueles a Whisky?—inquirió sin mirarlo. Dormida, siempre hablaba dormida hasta que finalmente se vencía.

—Helga…—la rubia ya no respondió. Sólo soltó un suave suspiro, evidenciando su desconexión con el mundo. Quizás esto era un sueño. Uno demasiado extraño y de un Universo Alterno, dónde sus cuerpos encajaban juntos y no eran necesarias las palabras o los pretextos para estar unidos. Suspiró a su vez, perdiéndose en la imagen de Helga y el momento.

El salón de lectura era verde en su mayoría. Tres paredes y media revestidas de estantes a rebosar de libros. Un sillón largo a manera de diván que era el mismo dónde se recargaban ellos, alfombra roja con motivos florales a sus pies y pequeñas ventanas angostas por la parte alta, casi pegadas al techo, conferían una iluminación tenue pero romántica. Phil insistió en poner mesitas de centro en las esquinas y junto al sillón con lámparas de escritorio para que su Galletita no perdiera la vista, pero Gertrude no acostumbraba encenderlas, por el contrario tenía candelabros y velas de cera en diversas formas y tamaños. Arnold observaba todo eso, mientras comenzaba a quedarse dormido.

Él y Helga nunca antes habían estado así de cerca. Ella contra su hombro, él estrechando su mano, las piernas dobladas por la parte baja del sillón. Esta era una situación irreal, totalmente ilusoria. Era un sueño, no podía ser real.

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—Deja de espiarlos, Galletita.

—¿Y qué se supone que estás haciendo tú, si se puede saber?—respondió ofendida.

—¿Yo? Pues vine a quitarte de la puerta.

—Claro que vienes a eso, ya hiciste suficiente dándole a beber ese Whisky que podría derribar hasta a un caballo.

—Es un Shortman, tiene que aprender a beber, y a tratar a una dama.

—¿Dama? ¿Entonces ya no es la maldición?

—¿Te dijo la chica furiosa, lo que en realidad pasó?

Cerraron la puerta y volvieron a la cocina. Los huéspedes habituales de la Casa, hacía un par de años que se habían retirado. Su plan a futuro cercano era vender el inmueble y mudarse a una casa más pequeña en el campo. Arnold se iría pronto a la Universidad y su hijo continuaba viajando por el mundo, él y su esposa tenían su propia casa en Brasil, así que ellos, disfrutarían sus últimos días en pareja viendo crecer el pasto, florear las rosas, caer las hojas en el otoño. Era un plan agradable para alguien que ha trabajado durante tantos años.

—No me dijo nada, pero te apuesto un riñón a que tuvo que ser cosa de algún otro chico.

—¿Apuestas de órganos, eh?—preguntó divertido. Buscando su maza de cartas en el armario. —Bueno, un pulmón a que volverán sus visitas a horas inapropiadas.

—¿Tu pulmón? ¿Para qué quiero esa cosa marchita de más de cincuenta años de fumar? Ofrece tu cadera.

—La tuya está más buena. —respondió guiñándole un ojo a su esposa. Ella ya estaba sacando lo necesario para preparar la cena.

—¿Qué había de malo con sus visitas a horas inapropiadas?

—Nada, desde que dejó de espiar a nuestro nieto mientras dormía a pierna suelta.

—Exageras, eso casi nunca pasó.

—¿Nunca? ¿Qué tu vives en la Luna?

—En Plutón, si tanto así quieres saberlo. Y sólo fueron unas cuantas veces.

—Las anoté en un diario, esas y las noches de declamación de poemario.

—Ah, si te molestaba tanto. ¿Por qué nunca subiste con una escoba a bajarla de nuestro tejado?

—No quería despertar a Arnold.

—¡Mientes! Esperabas que algún día despertara y la descubriera.

—Pero eso no iba a suceder jamás, si tú lo dejabas en coma con esas cenas "especiales"

—Lo dice el que acaba de usar la misma estrategia.

—Fue para quitarle lo pálido.

—Pues lo mío era para que durmiera más cómodo.

—¿Siendo espiado?

—Tú me tuviste bajo vigilancia militar por los primeros tres años de relación.

—Es diferente, tú ya estabas por tu cuenta y yo tenía que protegerte de miradas externas.

—¿Quién defendía a quién en las peleas callejeras?—preguntó señalándolo con la punta de su cuchara de madera.

—¿Crees que fue una pelea callejera?—preguntó Phil, sumamente interesado.

Eso tendría sentido: Un bravucón los atacó a ambos y la chica furiosa terminó rompiéndole la cara y rompiéndose la mano. Debió llorar por lo poco hombre que era Arnold. Aceptaba la culpa, lo consintieron demasiado, nunca le enseñaron a ser un hombre como demandaba la tradición, pero a decir verdad, tampoco con Miles habían hecho un gran trabajo. Gertrude y él, eran más del tipo "vive y deja vivir" además, la "maldición" de la familia decía que a todo Shortman le llega la suya.

Una mujer con carácter que ponía su universo de cabeza. Por la que dejaban de andar en las nubes y se enfocaban en responsabilizarse, trabajar y sentar cabeza.

Ya le hacía falta a su hijo bajar de las nubes, pasaba demasiado tiempo soñando despierto, aunque ha decir verdad. Él hubiera preferido una chica un poquito menos "loca"

Gertrude lo sacó de sus cavilaciones, él se acababa de vencer a sí mismo en el "Solitario"

—Ya te dije que sí, ahora sirve de algo y ve a comprar carne para el estofado.

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El sol ya comenzaba a ocultarse en el cielo, ellos seguían juntos en la misma habitación, pero Phoebe continuaba preocupada y distante. Sabía que no sería una tarde "normal" con su chica, después de esa escena en la escuela. Jake era un idiota y todos ellos unos ingenuos. Aún eran chicos del vecindario, fueron criados con valores, respetaban a sus mayores, ayudaban a las personas. Claro, sabían defenderse y demás, pero nunca serían de los que se acercan directamente a besar a una chica cuando la respuesta ya fue, no.

Si Phoebe lo hubiera rechazado cuando se declaró, él se habría retirado. No sólo por orgullo sino por respeto. Él estaba enamorado de ella desde hacía años, aunque no tenía entonces muy definida la parte de la fidelidad. Probó a salir con otras chicas antes, pero finalmente se rindió porque a todas las terminaba comparando con Phoebe. No eran tan listas, lindas, tímidas… No disfrutaban sus bromas, no entendían nada de deportes, ni lo seguían a dónde fuera.

Su chica, era ella porque la quería y la pensaba por horas y horas a lo largo de los días y como es natural y normal, justo ahora que estaba jugando nerviosa con la pantalla táctil de su celular que permanecía negra porque Pataki no atendió una sola de sus llamadas, ni había respondido los mensajes de texto, él sugirió que fueran a visitarla.

—Se está haciendo tarde, así que podríamos ir un rato.

—¿Qué?

—Le diremos a tus padres que vamos por un helado y te traeré de vuelta antes de las ocho como juré que haría el día que nos anunciamos como novios.

—¿Estás seguro?

—De lo que estoy seguro, es de que no dormirás tranquila hasta que la veas o hables con ella. Yo no me preocupo tanto porque sé que es una chica ruda, seguramente está ocupada aterrorizando parejas en los parques.

—No, ella no es así.

—Claro que si, estará entre los arbustos mascando su goma, intimidando pobres diablos para que no se pasen de listos con sus novias. Tomándolos por la chaqueta y colocándolos contra alguna reja…

—¡Gerald! —Phoebe pocas veces subía el tono de voz y cuando lo hizo, no tardó demasiado en asomarse su padre por la puerta. Si, estaban juntos, en su habitación, pero él estaba acostado en la cama, recargando el cuerpo contra la pared y ella sentada en su bonita silla de escritorio. No se tocaban, no nada de nada. (hasta cumplir la mayoría de edad)

—¿Todo bien, aquí dentro?—inquirió el mayor.

—Claro que si, padre. Sólo me alteré porque Gerald se muere por comprar un helado, cuando es obvio que tú ya no vas a dejarnos salir otro rato. —el señor Heyerdahl, miró su reloj de pulso. Él y su esposa confiaban demasiado en su hija. (Diecisiete años de excelente comportamiento le habían ganado ciertas libertades, como tener a su novio de visita en casa y en su recámara) Aún quedaban tres horas para las ocho de la noche.

—De acuerdo, pero si llegan un minuto tarde, se cancelan las salidas del fin de semana. —los dos asintieron en tono militar. Su padre, regresó a sus asuntos, es decir a mirar el televisor sobre el sillón de su sala, dónde lo esperaba su linda y amada esposa.

—Traigan pan blanco para la cena. ¿Te quedas a cenar, Gerald?

—Seguro, muchas gracias por invitarme Señora Heyerdahl

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El pueblo, no se había alterado demasiado con el paso de los años. Los edificios seguían siendo los mismos y estando en su lugar, sólo que se habían modernizado y ahora contaban con cosas como: Cafés Internets, centros de video juegos y esas cadenas de mini-mercados que estaban por todos lados. La tienda de localizadores del señor Pataki se había ido a la quiebra con la llegada de los teléfonos inteligentes. Tuvo que renunciar a su orgullo y aceptar un contrato en la firma de su competencia, ganaba más dinero que antes, eso era un hecho pero también lo era, que se había sentido "menos hombre" al perder algo tan valioso como su negocio. Su casa seguía estando al fina del vecindario, llegabas fácil en bicicleta, pero ellos iban a pie, tomados de la mano y cortando por el mercado. Se encontraron con el abuelo de Arnold al pedir el pan blanco y Gerald no dudó en saludarlo.

—¡Hola, Phil! ¿Ya preparando la cena?

—Si, esa mujer loca nos quiere tener a todos en engorda. ¿Pero bueno, ustedes que hacen afuera tan tarde?

—Ibamos a casa de Helga, —respondió Phoebe. —No se sintió bien en la escuela y quisiera saber si ya está mejor.

—¿Helga…? ¡Ah, hablas de Geleanor!

—¡Sip! —respondió animada. Gerald no entendía nada, pero un codazo en las costillas lo obligó a mantenerse callado.

—Pues no vayan tan lejos, está en la Casa de Huéspedes, Arnold la llevó ahí, porque la chica furiosa no quiso ir al médico.

—¿Y se encuentra mejor?

—Evans es un gran doctor, pero también un caballero. No quiso decirle la verdad a ella.

—¿Significa que está peor?—preguntó Gerald, sintiéndose mal por haberse burlado.

—Las lesiones en las manos suelen ser delicadas. Si no quiere tener futuras complicaciones, debe estar fuera del deporte o las peleas callejeras como mínimo dos meses.

—Oh…—comentaron al unísono.

—Si, ahora que lo saben y que se ve que son buenos muchachos. Vayan a decírselo cuando la vean.

—¿¡Qué!?—gritaron asustados.

—Ya se los expliqué, el doctor no tuvo el valor de decirle la verdad a una chica "tan bonita" entonces o lo hacen ustedes o se lo encomiendo a Arnold.

—¡Él es el que tiene complejo de buen Samaritano!—gritó el moreno, escudándose detrás de su novia.

—¡Gerald!

—¿Qué, es la verdad? Si se lo digo yo, seguro me salta encima y me muerde el cuello como hizo el de Walking Dead

—Ya te dije que Helga no es así.

—¿Si? Pues, mi abuela siempre decía "crea fama y échate a dormir"

—¡Eso qué!

—También me enseño, "más vale aquí corrió que aquí quedó" y yo prefiero ayudar a tu madre en la cocina o enfrentar a tu padre en ajedrez a decirle a Helga que no puede jugar más Béisbol. —salió corriendo por el mismo lugar que habían llegado. Phoebe se disculpó con Phil, y si "Geleanor" seguía en su casa, le pedía de favor que le diera sus saludos y le pidiera que atendiera su celular.

—Ah, eso debe ser por el medicamento. Tenía mucho dolor cuando llegó y por eso Evans la durmió. Arnold la está cuidando así que no te preocupes por nada.

—¡Gracias!

—Ahora, ¿Tú que eres tan linda y amable, me vas a decir qué fue lo que pasó?

—Me encantaría, Señor Shortman pero tengo que alcanzar a mi novio antes de que se caiga y aplaste el pan.

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El olor a estofado llegó a sus sentidos, también una sensación cálida y que nunca antes había experimentado. Le trajo recuerdos de la más tierna infancia, antes de las peleas, los llantos y el alcohol. Cuando se abrazaba a su madre y ella le decía que la quería, que la amaba más que a nada y ella ingenuamente le creía porque obviamente. Ni su padre o su hermana, eran nada.

Despertó, aún sin abrir los ojos, disfrutando el recuerdo y sintiendo un ligero hormigueo en la mano lesionada. La sensación cálida se extendía por todos lados, alguien la abrazaba y ella conocía su aroma, la loción para después de afeitar que usaba. Era Arnold, y el conocimiento de ese hecho, único y extraordinario la llevó a abrir los ojos y levantar el rostro.

Él estaba ahí, recostado junto con ella en el sillón largo de Gertrude, su mano estaba enredada en la suya y sus ojos verdes, las musas inspiradoras de más de un soneto o poema estaban en los suyos. Contrario de lo esperado, él no se quitó, la abrazó, más fuerte, más firme, más íntimo y definitivamente, más real.

—¿Estoy soñando?—pregunta estúpida y desesperante porque él, no respondió. La seguía mirando como siempre deseó que hiciera cuando tenía nueve años y escapaba de su casa para buscarlo. Porque Olga no estaba y sus padres peleaban. ¡Porque no entendía de lo que se trataba! Si dos personas estaban casadas, era porque se querían, porque se escogieron y decidieron pasar el resto de sus vidas juntos. Eso decían las películas, los libros, los cuentos de hadas que desde que aprendió a leer disfrutaba.

¡Pero no sucedía!

Miriam lloraba, Bob gritaba. No había besos al pie de la escalera, ratones que hablaban, calabazas mágicas. Había reclamos furiosos, gritos aterradores, manchas en prendas de vestir arrojadas a la cara, relojes, platos, todo lo que tocara sus manos arrojado a las paredes o al piso.

Y entonces ella salía por la ventana y corría, se escapaba de esa vida y entraba en alguna otra. Dónde los papeles se invertían porque no era ella la princesa dormida, ni él el caballero galante.

Arnold, siempre parecía calmo al dormir, feliz, ajeno a las maldades y perversiones del mundo. Por eso le gustaba tanto, porque él era amable y nunca prefería pelear. Él no protagonizaría una escena de esas, no lastimaría a su pareja.

Él era la pareja ideal, para una persona irreal.

Ella, no podía aparecer como era delante de él. No podía ser la que era delante de nadie. No podía dejar que todos en el pueblo supieran que Bob y Miriam no eran la pareja feliz que decían ser. Y fue entonces que se colocó una coraza, ruda e impenetrable, la misma que justo ahora parecía caer a sus pies, porque Arnold la miraba a ella, la mujer que era. No la niña temerosa, egocéntrica, agresiva y furiosa. Sino la chica que soñaba con el beso de su príncipe galante, que la miraría así y la estrecharía así.

—¿Te estoy lastimando?—preguntó Arnold, soltando su mano, ella negó. Pero una vez que empezaba a llorar, era difícil hacerla parar. Por eso no lo hacía, delante de nadie, que no fueran Phoebe o Gertrude. "la hermana y la madre que tanto necesitaba"

—Helga…—se acomodó de nuevo, de manera correcta en el sillón. Haciendo caso omiso de "esto" porque a ella no le pasaba algo como "esto" Ella no tenía citas, ni recibía caricias, ni era abrazada o consolada por la persona que amaba.

Ella, no era una princesa. Eso desde hacía años lo tenía más que claro. Ella era la que se quedaba fuera del cuadro, la que tomaba las fotos de las parejas envidiables, la que escribía de deseos y pasiones ingobernables, porque eran las proyecciones de todo lo que anhelaba, más no tenía.

Arnold la abrazó por detrás de nuevo, su primer instinto fue hacerlo a un lado pero resistió.

Esto era un invento...

Esto era un sueño…

Esto no estaba sucediendo...

—Es real…—comentó la voz de Arnold, porque todo lo que creía que estaba pensando, lo enunció en alto. El rubio buscó su mirada, limpió sus lágrimas ¿Quién además de Arnold llevaba un pañuelo blanco en el bolsillo interno de su pantalón? —Estamos en mi casa, en el salón de lectura y yo he decidido decirte, que en realidad, me gustas, gustas…

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Continuará...

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N/A: Capítulo un poquito más largo, espero que les gustara. ¿Dudas? Quejas o sugerencias, son bienvenidas. ¡Muchas gracias a todas por los Comentarios!. Sobre las actualizaciones, normalmente subo un capítulo x semana, pero depende de la inspiración y los ratos libres para escribir. Si puedo subir otro el jueves o viernes, se los dejo. Cuídense mucho. Bye.