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Helga se quedó tan quieta después de escuchar sus palabras, que por un momento Arnold creyó que se había enfadado, que la había ofendido, que ese momento no podía ser, sino el peor de todos para confesar sus sentimientos. Sin embargo dejó de llorar y también de temblar. Sus ojos lo miraban con insistencia, él se esforzó por mostrarle su cara más honesta.

Después de todo, escuchó su declaración.

"Ella no era una princesa, no era acariciada, protegida, valorada, amada"

Y descubrió que estaba de acuerdo con todo eso, porque a partir de ahora quería ser quien lo hiciera. Acariciarla, protegerla, valorarla, amarla...

—¿Estoy siendo muy atrevido?—preguntó, sin dejar de verse en sus ojos, ella al parecer haber perdido del todo la capacidad para hablar, así que prosiguió.

—En la escuela dijiste que te gustan los hombres que dicen las cosas de frente y sin medias tintas. Bien,…—suspiró y dejó caer un poco la cabeza hacia atrás. Eso de confesar no era su fuerte, pero si recordaba la escena correctamente, cuando lo dijo a parte de él, Jake estaba en el pasillo. Pensar en el beisbolista hizo que se le congelara la sangre de nuevo. ¿Cabot escuchó sus palabras y pensó que era "esto" lo que quería? ¿Una declaración directa y un beso robado a la fuerza?

¿A caso él no se moría por besarla de igual manera?

—Arnold…—levantó el rostro, dejando pasar su molestia, escapar los demonios de su naturaleza.

Él la quería, pero de manera distinta. No se atrevería jamás a dañarla, ofenderla, ¿forzarla…? ¡Sería impensable!

—Helga…—sus miradas temblando, diciéndose mil cosas sin pronunciar ninguna. Los ojos de ella. ¿Por qué tardó tantos años en reconocer que siempre lo miraba de manera intensa? —Por favor déjame terminar.

—Pero no tienes que hacerlo. —interrumpió. —Yo, sé que no te gusto. Si crees que me harías un favor con tu compasión…

—¡Es que no es eso! —casi saltó a su regazo, ella se replegó contra el respaldo y desvió el rostro.

La habitación estaba a tenue iluminación. Sus abuelos encendieron algunas lámparas de noche pero no todas para no despertarlos. Sus rostros se delineaban por esa extraña combinación de luz y sombra, sus ojos destellaban con dramatismo, los de Helga siempre tan expresivos, habían pasado del escepticismo a la tristeza y ahora lo miraba con algo de recelo. Él intentaba ser honesto, no sabía si ella lo comprendía pero tenía que decirlo, aclarárselo. Antes de que se fuera.

—Te lo digo en serio, lamento que tuviera que pasar algo como "esto" para que me diera cuenta de mis sentimientos.

—¿Qué…?—preguntó levantando la mano diestra. Estaba a la defensiva, dispuesta a soltar otro golpe, así se rompiera el puño en el intento.

—Helga...cuando lo vi besarte, dejé de ser yo mismo…—se levantó, porque no podía decir todo esto teniéndola tan cerca. Cerró los ojos y de haber podido le daría la espalda, pero eso ultimo no lo hizo porque sería una falta de respeto y además se había comprometido a ser sincero.

—Me invadió un sentimiento, una sensación que no sé describir y que no pude controlar. Por eso no me moví, porque ni yo mismo sabía de lo que sería capaz, si me acercaba a los dos.

—¿Cómo dices…?—ella se levantó también, buscando su rostro porque sabía que esto era difícil para él, pero también que le estaba diciendo la verdad.

—¡Que quería separarlos! —gritó. —En cuanto lo vi acorralarte y cuando te besó quise más que golpearlo, asesinarlo…—confesó, de frente a su rostro. La diferencia de sus estaturas, tan mínima ahora, sus cabellos rubios, la palidez de su piel, sus mejillas llenas, la gruesa línea de sus labios,…el labial se había esfumado, eran una vez más sus labios rosados. Los observó a detalle, sin disculparse por estar siendo tan osado.

—Arnold…—Helga lo escuchaba con fascinación o quizás, él estaba en medio de alguna especie de alucinación. Como fuera sus manos se encontraron, la zurda de ella y la diestra de él. —advirtió un tenue velo de preocupación en sus ojos, la adoró por eso.

—Sabes que jamás haría algo como eso, pero por un momento desee ser la clase de hombre que monta en cólera y se va a los golpes para defender a la mujer que quiere.

—¿Qué…? —ella seguía sin creerlo pero la vacilación de su mirada hacía un rato que se había esfumado. Arnold se acercó a su cuerpo, acechándola como si bailaran pero en lugar de rodear su cintura, capturó su rostro con la mano libre.

—Me gustas Helga, me gustabas desde hace tanto, sólo que no quería aceptarlo. Siempre encontraba excusas para evadir lo nuestro, pero se me acabaron cuando lo vi...

—No…esto, no puede ser cierto…—Helga renegó para sus adentros, cerrando los ojos mientras Arnold delineaba su labio inferior con uno de sus dedos, permitió el roce, la caricia íntima y la desairó en su fuero interno. Él no podía estarle diciendo eso porque había una línea demasiado fina entre su cordura y su locura.

Esa línea se estaba perdiendo y si ella no pasara el ochenta por ciento de sus días soñando "con esto" tal vez podría creerlo.

—Mis pretextos…—prosiguió Arnold, invitándola a mirarlo de nuevo. —Los temores, la venda en mis ojos se desprendió segundos después, cuando Phoebe gritó tu nombre y tú te defendiste, pero había lágrimas en tus ojos…—la rubia quería llorar de nuevo, golpearse en el rostro y despertar, mas no lo hizo porque el dolor en la mano herida aún era constante. No paralizante pero si un aliciente para indicar que no estaba durmiendo y que Arnold, por fin estaba diciendo lo que por más de siete años había querido escuchar.

Más que eso la tenía tan cerca de su cuerpo, acariciando su rostro, en una habitación a rebosar de libros, velas románticas y luz nocturna. Se sintió como una "Princesa" Bella, bailando con la Bestia, aunque sinceramente, su príncipe de cuento era más atractivo que el promedio.

—¿Todos lo vieron…?—preguntó por protocolo y también por orgullo. ¿Cómo la verían Rhonda y las demás al saber que era una patética, cursi y débil mujer, que en un momento de distracción fue sorprendida por el Lobo Feroz?

Arnold hizo caso omiso de la pregunta, aún no terminaba con su explicación.

—Helga, lo único que pensé entonces y que no he dejado de pensar hasta ahora, es que tú eres la única mujer que de verdad me ha besado y que yo quiero ser el único hombre que de verdad te haya besado…

—"Acepto" —respondió sin palabras pues una vez más tenía la garganta seca. Las piernas le temblaban, su estómago se revolvía. Si no la besaba ya, iba a ponerse a gritar. Pero claro, su cabeza de balón, era tan propio y bien educado que aún no culminaba la declaración.

—¿Quieres ser mi…?—ella no lo dejó terminar. ¡Claro que quería ser su novia, su mundo y su vida! pero por sobre todas las cosas, lo que quería era besarlo. Húmedo y hambriento, reclamó su boca sin violencia. Aunque milésimas de segundo después el recuerdo de Jake la hizo vacilar y perder la concentración. Arnold debió suponerlo, ya que la rodeó con su cuerpo, la mano que estaba en su rostro pasó a apoderarse de su cintura y ella lo abrazó con el brazo herido, lo aferró hasta que el dolor le aseguró que esto no era un sueño y que quien la besaba era él.

Su amado, por siempre, Arnold…

Eran sus labios, sus formas, texturas y Dios bendito, porque también era su sabor, ella lo saboreo como una niña a la más exquisita golosina y él la saboreó a su vez, como la más tierna y dulce de las fresas, iban a continuar por ahí, perdiéndose el respeto mutuo pero entonces, la puerta del cuarto fue abierta de pronto, seguida de un grito histérico de su abuela.

Ambos por acto reflejo se separaron del otro. Ella se lastimó el puño otra vez porque obviamente era diestra y estaba acostumbrada a usar sus puños para absolutamente todo. Chilló de dolor al abofetearlo y gritarle "mañoso" Arnold no podía estar más confundido y avergonzado. Phil también entró aunque él lo hizo con una jodida "escopeta" y preguntando a voz en grito por "dónde estaban los nazis"

El Doctor Evans, fue el último en unirse a la escena, pues si bien estaba acostumbrado al escándalo de sus caseros esto era demasiado. Vio a su joven y bonita paciente, más roja que una granada acariciando su puño, después vio al nieto de los Shortman con el rostro igual de incendiado y se hizo una buena idea del espectáculo.

Llamó a la calma e invitó a Eleanor (así la presentó Gertrude) a su consultorio.

Él estaba interesado en adquirir la Casa de Huéspedes. Aún no hacían el papeleo formal pero los abuelos y él no tenían problema con esperar a que Arnold terminara sus estudios e ingresara a la Universidad. De momento era el único inquilino, había transformado tres cuartas partes del pabellón de las habitaciones en consulta, sala de espera y una especie de quirófano. Helga estaba impresionada por todo esto, ciertamente no tenía la más mínima o remota idea.

—No queremos correr la voz de la clínica hasta que todo esté pagado. La Universidad de Arnold para ser mas exactos. —comentaron los ancianos. Ella asintió con el rostro, aunque ese pequeño golpe de realidad ponía inquietos a sus demonios.

Un año y medio…es lo que les restaba para partir a la Universidad, era lo que podrían estar juntos, si es que lograban seguir juntos. Si Arnold no descubría lo rota que estaba por dentro y decidía que no quería permanecer con ella…

—¿Hay dolor?—preguntó el doctor examinando su mano. Ella siseó un poco, pero no le dolía la mano. Tenía miedo, pavor de estropear su sueño…

—Te enseñaré a vendarte, pon atención porque deberás explicarle a la persona que vaya a ayudarte con la curación. Asintió con el rostro, esforzándose por obedecer. Arnold se quedó en la consulta, sus abuelos se habían retirado a preparar la mesa.

—¿Te quedas a cenar, cierto? —preguntó Gertrude antes de salir por la puerta. Ella asintió otra vez, pero Arnold podía ver la preocupación en sus ojos. ¿Quién iba a ponerle las vendas? ¿Quién iba a quedarse con ella? A él le parecía sumamente cruel que se quedara sola. ¿Si tenía dolor a mitad de la noche y no podía alcanzar los vasos en la alacena...?

—No me mires así…—interrumpió las atenciones del médico la nítida voz de Helga.

—No te estoy mirando de ninguna manera.—respondió. —¿Y qué no estabas poniendo atención?

—Lo hacía, pero tu mirada inquisidora, literalmente me mata. —el doctor suspiró. Pensó, acertadamente que apenas se estarían conociendo.

—Puedes hacerlo tú misma, lo único importante es que no queden ni muy flojas o demasiado firmes. No te cortes la circulación ¿De acuerdo?

—Lo capto, Doc

—Y esto último es para asegurarnos, de que no vuelvas a abofetear a tu novio…—les guiñó un ojo a los dos. Arnold bajó la mirada, ella miró a la nada. Evans se retiró un momento para abrir un anaquel y extraer de el una muñequera.

—Así no harás movimientos bruscos.

—Yo no…—la calló con una mirada. Ella se exasperó porque claro, el doctor no era ningún estúpido y ya había captado que no golpeó ningún poste de luz. Le golpeó la maldita, cuadrada y dura quijada a un hijo de puta, más insistente que una cucaracha.

—Si hay dolor en la noche, tomate una de estas. —le entregó un frasco con píldoras, además de una receta con los horarios de las curaciones. Debía cambiarlas cada mañana o cada noche, dependiendo de cuando acostumbrara tomar su baño, durante un mes entero.

—Entiendo que es tu mano dominante y que aún vas a la escuela, es probable que tus compañeros puedan ayudarte con las tareas. La nota te excusará de las actividades deportivas.

—¿Perdón…?—Arnold tragó en seco. Sería más fácil sacar agua de una roca que decirle a Helga que no podía jugar Béisbol.

—Nada de actividades físicas, señorita…

—Pataki —Helga se levantó un poco de su asiento, Arnold revisó que el doctor no tuviera objetos punzo cortantes a mano.

—¿Eleanor Pataki?—preguntó para anotarla en su registro.

—En realidad, ese es un apodo entre la querida Gertrude y yo. Mi nombre es Helga G. Pataki y quiero una segunda opinión.

—Claro que puedes tenerla, pero te apuesto mi cédula profesional a que todos los médicos de este pueblo te dirán lo mismo. Reposo absoluto por lo menos quince días.

—¿Pensé que era un mes?

—Lo ideal sería un mes, pero ya que eres tan insistente, te haré una segunda evaluación en esa fecha para descartar que tengas complicaciones a largo plazo.

—¿Qué clase de complicaciones podría tener? Por si no lo notó Doc, yo no soy una "muñeca" no me quiebro a la primera.

—Lo note, pero tampoco has tenido la mejor alimentación últimamente.

—¿¡Qué!? —Arnold y ella reaccionaron al mismo tiempo.

—Tienes varias uñas quebradas, se te cae mucho el cabello y no creo que este "accidente" fuera tan aparatoso en sí, pero es obvio que no estás consumiendo suficiente calcio, hierro o proteína a diario.

Helga no agregó nada porque obviamente, una chica de diecisiete años ¿Qué iba a saber de alimentación balanceada? Cuando vivía con sus padres por lo menos se hacían cargo de comprar la comida, ella la preparaba pero había de todo en su cocina. Desde que combinaba los estudios con los deberes del hogar, se limitaba a una comida diaria y normalmente eran hamburguesas, patatas fritas y sodas. Si no fuera por el béisbol se pondría como vaca...

¡Oh, dios mío…Arnold la dejaría por ser una vaca!

Evans agregó vitaminas a la prescripción, además comer más frutas y verduras.

—Las complicaciones que te quiero evitar son que pierdas fuerza en el puño, que no puedas sostener objetos o cerrarlo en su totalidad.

—¿¡Todo por golpearle la cara a ese bastardo!? —Evans miró a Arnold, el rubio puso cara de "Mis papás ya estaban casados"

—¿Que tan cerca tenías al…"nacido fuera de matrimonio"?

—¿Importa?

—No soy policía, ni la Santa Inquisición, ¿De acuerdo? y en realidad esto es muy sencillo, sólo aliméntate bien, ponte la curación junto con las vendas, usa la muñequera y evita la actividad física de "alto impacto" —eso ultimo lo dijo mirando alternativamente a Helga y Arnold. Ninguno de los dos entendió la indirecta, sonrió, eran tan lindos y jóvenes.

—Lo que ordene Doc. Ahora, dígame por favor que tiene una terminal para pagar sus servicios.

—¿Terminal?

—Helga sacó una tarjeta de debito del bolsillo izquierdo de su pantalón y agregó que sus padres trabajaban todo el día. Ella se hacía cargo de sus gastos, indirectamente, claro.

—Pues no tengo nada de eso pero la consulta podría correr...

—A cuenta del depósito por la Casa de Huéspedes. —Declaró Arnold, Helga iba a replicar pero el rubio fue mucho más rápido. Agradeció los servicios y la ayudó a levantarse de su asiento.

—¡Pero…!

—Pero nada…—la arrastró al pasillo, Evans cerró la puerta de su consulta y volvió a sus asuntos.

—¡Arnold, qué crees que…!

—Es parte de nuestro acuerdo con el Doctor, y si me permites cambiar de tema, tal vez deberías dejar de mentir tanto.

—¿Perdón…?

—Que no está bien que le digas a todos que sigues viviendo con tus padres.

—Si se enteran de la verdad, me sacarán de la escuela. ¡Estoy demasiado cerca de la independencia real!

—¡También de una hospitalización real…! —Oh, genial. La mirada de Arnold, era diferente a todas las que conocía y que tenía almacenadas en su memoria. Estaba molesto pero no porque ella le arrojara bolas de papel al cabello o se negara a trabajar en equipo. ¿Le molestaba que no procurara su cuerpo? ella definitivamente, no se esperaba esto. Intentó huir pero él la acorraló de nuevo. Sus manos al rededor de su rostro, su cuerpo por delante del suyo, sus ojos mirándola sin permiso con detenimiento, preocupación y sí…un ligero atisbo de amor.

—N…no es para tanto…—dijo sin mirarlo a los ojos. ¿Por qué le fascinaba y asustaba tanto? No quería enamorarse más de él porque cuando supiera todo. Lo frágil que era, lo abandonada que estaba, se decepcionaría de ella.

—Lo es, tú sabes que lo es. —sus ojos, entre furiosos y preocupados. ¿No lo hacían ver endemoniadamente apuesto y peligrosamente sexy?

—Cc…comeré verduras…—pronunció a media voz, porque si él seguía con eso, ella se iba a desmayar. Una voz interna sugería que podría vivir de sus besos y caricias locas. Para reafirmar este punto iba a demandar otro beso, pero una vez más los interrumpieron.

—Todas las que quieras...—comentó su abuela que había ido a buscarlos para que se sentaran a la mesa.

—Agradezco la invitación pero en realidad, creo que debería volver a mi casa...

—Si temes por tu virtud encerraré a Arnold en el baño…—el aludido volvió a sonrojarse hasta las orejas. Helga también aunque por otro lado, podría acostumbrarse a esto.

—No es por eso…en realidad…me están esperando…—Arnold la reprendió por la mentira y entonces se separaron. Él, la tenía contra la pared, como el zorro a la deliciosa oveja.

—¡Qué bien! Porque odiaría tener que castrarlo…

—¡AAAAAABUELA! ¡YO NO…! —Arnold corrió hacia ella tratando de defenderse, Gertrude levantó el rostro y lo amenazó con la cuchara de madera.

—¡Estoy loca, no ciega! Sé muy bien lo que veo con mis ojos jovencito y eso es ilegal a menos que me digas que ustedes dos ya son…

—¡Lo somos!—gritó él con las manos en son de paz para no recibir un cucharazo.

—¿Lo son? —preguntó la anciana, mirando ahora a Eleanor. La rubia estaba encantada con esto. ¡No sabía, que no era la única que torturaba a Arnold! Adoraba a su abuela, y sólo por eso se atrevió a cuestionar.

—¿Lo somos…? Arnold estaba ahora mas confundido y dolido que al principio. Si una declaración de veinticinco minutos y dos pergaminos no eran suficientes para Helga. ¿Entonces qué lo era? iba a darse la vuelta, gritar que las dos estaban locas y encerrarse en su alcoba pero en ese momento Phil apareció de la nada, le sacó una fotografía y casi lo deja ciego con el flash de su muy antigua y ostentosa Polaroid.

—¡Por fin te atrapé, enano! Claro que son novios Galletita, sólo mira la miseria en su rostro. —comentó mostrando la foto recién salida de la cámara. Gertrude estuvo de acuerdo. Helga iba a ofrecerles las joyas de la corona a cambio de esa foto, pero entonces el abuelo tuvo la mejor de las ideas.

—Geleanor, párate junto a él. —Arnold aún estaba viendo estrellas de colores, cuando una malévola Helga se pegó a él y susurró a su oído, coquetamente como si lo besara.

—Eres mío, Arnold Shortman. Tus días de paz y tranquilidad, se acabaron. —la vida, el alma o mejor fuera dicho su instinto de conservación se le escurrieron por los pies. Su abuelo eligió ese momento para sacar la foto y así es como aparecían: Él, más lívido que la muerte y ella más sonriente que un sensual gato con complejo de asesino.

Se reunieron en la mesa a compartir la cena. Helga adoraba el estofado de Gertrude y lo habría devorado con avidez de no ser por esa estúpida cosa en su mano diestra.

—¿Te ayudo?—sugirió Arnold, al verla sufrir por el hambre y su poca capacidad para meter en su boca la cena.

—¡¿Crees que no puedo alimentarme a mi misma, melenudo?! —Lo amenazó igual que Gertrude con su cuchara, Arnold roló los ojos y volvió a su plato. Phil hizo un comentario acerca de los "sobre nombres modernos" ¿Qué había de malo con los viejos apodos como Galletita y…?

—¿Horroroso adefesio?—lo llamó su esposa.

—Arpía desdentada.—contra atacó.

—Costal de huesos...

—Momia disecada…

Helga podía ver una suave sonrisa en el rostro de ambos cuando se insultaban, tan diferente de como lo hacían sus padres y se rindió con la cuchara permitiendo que Arnold la ayudara. En alguna carpeta dentro de los miles y miles de archivos que tenía almacenados sobre fantasías con Arnold, había algo de ellos dos comiendo en un Restaurante, dónde él le invitaba de su plato.

La escena real no era idéntica a esa, pero vaya ¡Se estaba desmayando de hambre! y nunca antes había usado la mano zurda para nada mejor que sostener a un individuo, antes de golpearlo con la diestra. Tendría que practicar el fin de semana.

Terminaron sobre las ocho treinta de la noche, pensó en que Phoebe estaría despidiendo a Gerald en el umbral de su casa con un beso y quizás algunas palabras sobre lo que harían en la mañana. Era el fin de semana romántico que todos estaban esperando. Las tradiciones escolares siempre la habían molestado, la ponían nostálgica pero no era el momento de pensar en esto. Agradeció la comida y le juró a Gertrude que no es que no se quedara por temor a las manos largas de Arnold.

—Si ella es la que empieza…—comentó el rubio en un tono tan bajo que solo Helga logró escucharlo.

—De acuerdo, pero eres bienvenida siempre que quieras. —le aseguró la anciana.

—¡Pero no quieras! —le gritó su abuelo, desde su sillón en la sala.

—La dejaré en su casa y regreso en seguida.

—Vayan con cuidado, este barrio ya no es tan seguro como antes.

—Lo haremos.

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Partieron a pie, él de su lado izquierdo para que ella pudiera abrazarlo o tomar su mano, la verdad es que esto de caminar juntos era un poco extraño, pero en absoluto incómodo.

—¿Qué dices de una tregua?—preguntó la rubia cuando ya habían avanzado un considerable tramo.

—¿Perdón?—Helga se adelantó un poco más y caminó hacia atrás, para poder verlo a los ojos.

—Tú no me delatas y yo prometo cuidar más mis hábitos alimenticios.

—No pensaba delatarte, sé que puedes cuidarte sola. Pero "esto" pudo ponerse más feo…

—¿Más que sentir que me moría por dentro? ¡Tú querías matarlo! ¡Yo me estaba muriendo! ¿Sabes que soy alérgica a las fresas?

—No…

—Bueno, si pruebo una, literal "me muero" y en ese momento sentí que me estaba comiendo una fresa gigante...

—Helga…—él sabía que tenía tendencia a cambiar de tema y hablar de más cuando se sentía acorralada. También sabía que era una chica lista y que al igual que él, debió cruzarle por la cabeza la posibilidad de que se rompiera un hueso al jugar en el campo. El béisbol no era un deporte de gran contacto pero aún así tenía sus riesgos. Una bola perdida, o una bola lanzada a gran velocidad. ¿Si al robar la base alguien la golpeaba demasiado fuerte…?

—¡No me mires así!—prohibió colérica, deteniéndose en seco por delante de él. Arnold le devolvió la cortesía, igualmente colérico.

—¿Y cómo quieres que lo haga, si me preocupo por ti?—Su cabeza de Balón tenía nuevamente esa mirada entre apasionada y furiosa. A la luz de la calle, se veía de lo más fascinante pero ella no iba a dar su brazo a torcer.

—¿Porque soy tu novia, ya decidiste que soy de papel?

—No eres mi novia…—Helga casi deja de respirar ahí mismo, Arnold prosiguió con una sonrisa un poco traviesa.

—Eres la mujer que me vuelve loco y no pienso que seas de papel. Creo que eres arriesgada, apasionada e imprudente, además de la persona más valiente que he conocido porque pocos a nuestra edad aceptarían el riesgo de vivir por su cuenta. Y claro, te concedo el que no cuidaras tus hábitos alimenticios porque la única vez que nos dejó a solas la abuela, Phil y yo no pudimos hacer nada mejor que meter la lata de frijoles al microondas y verlo explotar.

—¿¡Qué!?

—Vinieron los bomberos, él me culpo a mi, por cierto. Pero yo sólo sugerí abrir una lata, él la metió al microondas. —su comentario aligeró la tensión del momento.

—Sé que pudo ponerse aún más feo. Que toda la escuela pudo enterarse que estoy por mi cuenta y me enviarían a Servicios Sociales o de vuelta a París con mi hermana y mi madre.

—¿Por qué no quieres estar con ellas?

—Por la misma razón que no quiero que me mires así

—¿Así cómo?

—¡Cómo si te importara! —explotó, volviendo a caminar sin él. Arnold la siguió a corta distancia, luego la tomó por el brazo sano y la hizo detenerse a la sombra de un árbol.

—Me importas…

—¿Y cómo es posible, si hasta antes de las tres de la tarde, tú y yo no éramos nada?

—Sabes tan bien como yo, que "nosotros" nunca hemos sido "nada"

—¡AHHHH! ¿POR QUÉ ERES TAN INSUFRIBLE?—preguntó para sus adentros, aunque una vez más lo terminó gritando. Y era una suerte que no hubiera tanta gente en la calle pues más de uno habría pensado que era él quien la acosaba. Arnold sonrió por la declaración de su novia y luego la vio tratar de tirar de sus cabellos con ambas manos pero no funcionó porque tenía la diestra vendada.

—¿Por qué eres tú tan difícil?! —preguntó acercándose de nuevo, en una silenciosa tregua.

—Porque todas las personas a las que se supone que debía importarles, no hicieron más que abandonarme…

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Reanudaron la marcha sin agregar más nada, ya estaban en su calle y prácticamente en su casa, las luces del pórtico estaban apagadas. Arnold no se impresionó por el hecho pero a Helga le extrañó.

—Grandioso. Bob, por fin dejó de pagar la luz.

—¿Dejas las luces encendidas?

—Sólo la de afuera…—subieron los escalones de dos en dos, al llegar al último encontraron varios vidrios rotos.

—¿¡Pero qué….!? —Helga buscó apresuradamente las llaves en su bolso, Arnold intentaba encontrar el origen de los vidrios.

—Creo que es tu foco…

—¿Y cómo…?

—¿Niños jugando a la pelota? —Helga encontró las llaves y las colocó en el cerrojo. No era una teoría descartable, aunque dudaba que se atrevieran a lanzar piedras o pelotas a la casa de "La señora loca" como ya la llamaban esos mocosos insufribles de siete, nueve y doce años.

Encendieron la luz una vez adentro. Bob no dejó de pagar los servicios y el interior estaba justo como ella creía recordarlo.

—Disculpa el desorden…—comentó en automático aunque no había demasiado que disculpar. Salvo algunas prendas de vestir sueltas entre los sillones y las sillas, todo lo demás estaba en su sitio. Helga se desprendió de su bolso, dejándolo sobre el sillón de una pieza, él la observó, mientras entraba en la cocina, tomaba un plato a medio llenar de croquetas y comenzaba a llamar a alguien llamado "mantecado"

—¿Es en serio?—cuestionó impresionado.

—Les dije que me estaban esperando.

—¿Y se puede saber qué es mantecado?—preguntó mirando por los rincones por si se aparecía un conejo, un cuyo ó quizás fuera un Schnauzer, aunque jamás imaginó que Helga fuera de mascotas pequeñas, rechonchas y adorables.

—Tu competencia...—respondió filosa, comenzando a subir las escaleras. Arnold notó, sin querer que todos los marcos estaban de cara a la pared excepto uno dónde aparecían sus padres, hermana y ella en una época mucho más vieja. Helga era una niña de brazos, Olga parecía de seis o siete, su madre llevaba los cabellos largos, casi a la misma altura que usaba ella. Su padre miraba a su madre y ella a su vez lo miraba a él. Se veían felices, un cuadro perfecto.

—¿Competencia?—inquirió para no perder el hilo de sus pensamientos.

—Un rubio cenizo de ojos imposibles y bastante escurridizo.

—¿Esa es tu descripción de una mascota?

—Es mi descripción del amor de mi vida...—él se sonrojó por el comentario, ella decidió echar más leña al fuego. —Por cierto, ¿A ti te parece bien, meterte de lleno a la casa de tu novia herida, que por cierto vive sola?

—¿Eh...? Bueno, yo...—Helga soltó una carcajada y entró en su habitación.

—No te emociones, Arnold. Hace años que deseché el altar y los libros de poemas.

—¿Qué...?

—Nada, ¿Te importaría...?—Arnold captó que quería que buscara a mantecado bajo la cama.

—¿No va a morderme la cara, cierto?

—Es un tigre dientes de sable, ¿Qué esperas que haga?

—¿Tigre...? ¡Espera, tienes un gato!

—En efecto, Sherlock. —ella corrió las cortinas para revisar la ventana, encontró más vidrios sueltos, además de a su gato.

—¡Mantecado! —el felino maulló en respuesta, parecía sucio, molesto, además de entretenido. Estaba deshaciendo una pelota de béisbol con su boca. ¿¡De dónde sacaste eso...!? —preguntó arrodillándose a la altura del pequeño que la miró con unos filosos ojos asesinos. Verdes como los de Arnold y a decir verdad, su pelaje era rubio, pero de un tono más oscuro que el de su enamorado.

Phoebe se lo regaló cuando supo que estaría por su cuenta. Según la asiática necesitaba un guardián en su casa. "Valiente caballero estaba hecho" a parte de apoderarse de la casa, "mantecado" (como decidió llamarlo en honor a su adorado) no había hecho gran cambio en su vida, comía, dormía, montaba orgías o peleas callejeras en su tejado y básicamente, hacía lo que quería.

—¡Entrégame esa pelota o voy a comerme tus croquetas! —mantecado la miró como evaluando su amenaza. Ciertamente, habían más croquetas suyas que comida para humanos. Luego vomitó la pelota, le siseó a su ama y notó a la otra persona en su recámara, a él le siseó más feo y le mostró todos los dientes completos. Arnold estaba impactado por la interacción entre "ama y gato" aunque lo más importante para él, era la ventana rota en la habitación de Helga.

Creo que no fue un simple accidente...

—¡Mantecado! —las pisadas del gato dejaban un pequeño rastro de sangre. Claro, a su bola de pelos le pareció genial la idea de quedarse ahí, sobre los vidrios cortados devorando esa maldita pelota.

—¡Vuelve aquí para que te revise! —el gato siseó de nuevo pero caminó como un rey de puntitas hasta la entrada del baño. Helga corrió detrás de él, el botiquín de primeros auxilios estaba en el mueble del espejo, mantecado pareció comprender el nuevo predicamento de su brazo, así que saltó al lavamanos y se acomodó de tal forma que ella pudiera verle las patas.

—¡Un día de estos, juro que te echaré a la calle!

—¡Miau! Miaau Miaaau! (traducción: Un día de estos cambiaré la cerradura)

Arnold decidió revisar el resto de la ventana, además del patio. No se veía gran cosa con el foco destrozado, iba a ir por una escoba y recogedor para levantar los vidrios pero en su lugar, decidió prestarle atención a la pelota.

Tenía una palabra escrita con marcador negro.

"Mía"

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Continuará...

N/A: Me encanta mi continuidad espacio/tiempo. Cuatro episodios y seguimos en el mismo día, aunque ya casi se acaba. ¿Qué creen que hará Arnold? Le dirá a Helga lo de la pelota, la dejará pasar la noche en su casa o abogará para que se quede con ellos en la Casa de Huéspedes? Espero que les haya gustado. ¡Una vez más gracias x los reviews! Son de lo mejor chicas. Me alegran el día.

Hasta la próxima.