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"Jake"
El nombre del beisbolista apareció tan claro como el agua en la mente de Arnold, quiso tomar la pelota en su mano y rumiar por lo alto pero en ese momento Helga lo llamó desde el baño.
—¿Podrías ayudarme dos segundos, Arnold? —salió de su trance y corrió al baño. Helga y Mantecado, no sólo parecían haberse duchado en el lavabo sino que justo ahora sostenían un silencioso duelo a muerte. Músculos tensos, miradas intensas, ella tenía las patas delanteras del animal en el interior de su puño izquierdo, el diestro estaba doblado sobre su vientre, el agua oxigenada y las gasas esterilizadas descansaban libres de pecado sobre el mueble a su lado.
—¿Qué necesitas que haga?—ella, obviamente no lo estaba mirando a él, trataba de hipnotizar a su gato y aparentemente lo estaba logrando. El felino la miraba embelesado y puede que se tratara de la "maldición" de su abuelo o de que él efectivamente fuera un honorable nieto de Gertrude, pero por un instante imaginó a Helga cuidando con esa clase de devoción a su hijo. —Se reprendió de manera mental— Aunque pensando bien no era tan descabellada la idea, es decir, ella algún día...
—¡¿Quieres apresurarte?!—gritó la rubia, pues Mantecado ya estaba siseando y retorciéndose como gusano. Él tomó el agua oxigenada, humedeció una gasa y después buscó donde aplicarla. La pata izquierda del felino tenía un pequeño corte como de ocho milímetros, al presionar la superficie, siseó como loco y trató de salir huyendo pero entonces Helga lo tranquilizó con el sonido de su voz.
No era un canto, ni el tarareo de una melodía, era un simple susurro para tranquilizar al minino. Mantecado ronroneo complacido en contestación, dejó de retorcerse como loco y luego ella le pidió que le vendara la pata.
—Come mejor que yo, así que sanará pronto…—el comentario no le hizo ni pizca de gracia pero obedeció. En el mueble del espejo había algo de cinta, además de tijeras. Notó otros objetos que eran imposibles de ignorar ya que eran cosas mucho, muy, demasiado, bastante, femeninas. (tampones) las pasó de largo y ahora entendía las prohibiciones del doctor y las amenazas de su abuela. Ellos ya no eran niños, ella era una mujer, malditamente hermosa y que hacía le sudara la piel. Cortó algo de cinta, un pedazo de gasa, la humedeció en el agua oxigenada y después se la puso al gato que sacó todas sus garras y a punto estuvo de arrancarle un dedo.
Helga se llevó la peor parte, ella recibió una mordida en la mano sana pero no fue profunda, luego de terminar, el gato indignado y ofendido les regaló su respectiva amenaza de muerte y se retiró cojeando a algún otro rincón de la casa.
—¿Estás bien?—preguntó porque en serio se asustó cuando la mordió.
—No fue su culpa, no está acostumbrado a que lo manoseen o le pongan cosas en su preciosa, delicada y "Real" pata.
—Déjame ayudarte
—¿Te estás acostumbrando a esto, no es cierto?—preguntó extendiendo la mano para que él la limpiara y le pusiera su propia gasa.
—¿A qué?—cuestionó entretenido. Era bueno con las manos, tenía un pulso firme y un tacto agradable. Helga no pasó por alto el hecho de que se estaban tomando de las manos. Era la primera vez que lo hacían (desde que eran novios) sin estar huyendo, peleando o siendo observados.
—A rescatarme…—comentó cuando él terminó de curarla, su mano se quedó sobre la suya, era más grande, cálida, fuerte. Intercambiaron miradas, ella sentía la necesidad de sus labios, él por su parte sintió la necesidad de abrazarla.
Sucedieron ambas cosas, él tiró de su brazo acercándola a su cuerpo y besó sus labios sin permiso pero con consentimiento. Había urgencia en los besos de ambos, desespero en sus manos, se comieron la boca por los años perdidos, el tiempo desperdiciado y también para borrar todo vestigio de aquel extraño.
Cuando se separaron, fue porque Helga necesitaba verlo otra vez. Sus ojos verdes en ella, sus manos en su piel, tenía los labios húmedos de su boca, las mejillas sonrojadas por estar con ella. La revelación la estremeció de gozo, de la cabeza a los pies, luego Mantecado soltó un maullido breve, seguido de algo siendo roto. Arnold recordó los vidrios, la pelota con esa palabra escrita y no dejó que se fuera.
—Helga…
—¿Qué pasa…?—su mirada. Había tantas cosas que él desconocía de ella y tantas que ella desconocía de él. Siempre observó a distancia, creyó saber quien era o como se comportaba pero al parecer, Arnold Shortman era una persona totalmente diferente en privado.
—Hay algo que necesito que veas…—la condujo de regreso a su alcoba. Helga, confiaba en él, lo amaba con toda su alma pero aún así, no pudo evitar ponerse nerviosa.
—¿N…no piensas abusar de mi, cierto?—Arnold volteó a verla, más roja que nunca y la verdad es que se veía adorable. Quiso cobrarse algunas cosas de la infancia y por tanto en vez de soltar su mano la presionó con mas fuerza.
—¿Sería abuso…?—Helga separó los labios, como pez fuera del agua, él sonrió de esa forma que sabía ahora, le hacía temblar las rodillas. Sus manos sudaron, más no se soltaron.
—Tt…—las palabras se atoraron en la garganta de la rubia, él liberó su mano y soltó una carcajada.
—¡ARNOLD!
—Lo siento, pero debes admitir que me la pusiste muy fácil
—¡Pagarás por esto!
—Cuando quieras…—siguió abriéndose paso en su recámara. Ella titubeó un poco, la familiaridad con que se trataban, la naturalidad con que se introducía en su mundo.
Esa casa, había pasado tantos meses abandonada que honestamente, ya comenzaba a ver "fantasmas" no que su demencia llegara a niveles alarmantes y lo inventara a él, sino que a estas alturas, hasta extrañaba a su hermana.
Tenerlos, aún si ella y sus padres nunca se llevaron bien era una constante en su vida. Miriam bebiendo sobre la mesa o dormida en el sofá, Bob rumiando en el pasillo porque ella dejó encendida una vez más la luz de su recámara. "¿Qué no sabía que tan altas llegaban las facturas?" ella lo sabía pero lo hacía a propósito para que su padre recordara que existía.
Arnold estaba agachado junto a los vidrios que olvidó que debía levantar. ¿Era eso lo que quería que viera? ¿Qué tan dañada quedó su ventana? ¿Cómo la tapaba? ¿Dónde se compraba un vidrio nuevo?
—Esto rompió tu ventana. —comentó él mostrándole una bola de béisbol. Tenía una inscripción en ella que hizo que le corriera un ligero escalofrío por la espalda.
MÍA
No era una amenaza, ni siquiera significaba nada. Los niños del vecindario tal vez tenían esa forma de recalcar la pertenencia sobre sus cosas, pero aún así, con todas esas excusas, ella necesitó recostarse un momento.
—Creo que no fue un accidente…
—Desde luego…—interrumpió a su novio quien soltó la pelota y la miró de regreso. Helga se sentó con las rodillas pegadas al pecho y la espalda recargada contra la cabecera de la cama. Las cobijas estaban dobladas de la manera en que las dejó al salir a la escuela esa mañana. Tres pares de tenis distintos, pero del mismo color estaban en el piso, aunados a unas pantuflas verdes, pantalones de dormir grises y una blusa larga del mismo color pero con un gato blanco estampado al frente. Todo eso yacía entre la cama y la silla de su escritorio, sobre el mismo había un montón de libros, libretas, hojas sueltas, lápices, pinturas y un pequeño portarretratos en forma de corazón, con su foto…
Era él, a los nueve años. ¿Desde entonces guardaba su foto? ¿Por qué le sorprendía tanto? ¿A caso no fue esa la edad en que dijo estar perdidamente enamorada de él? Escribir sonetos, poemas, seguirlo a luz y sombra por toda la escuela. La voz le salió un poco ronca, él no creía estar a la altura o ser merecedor de todo ese amor.
—Helga…
—Creo que deberías irte.
—Eso ni pensarlo
—Es tarde, tus abuelos están esperando y yo necesito…—el argumento de ella ya no pudo ser concluido, el celular de Arnold comenzó a sonar en el bolsillo trasero de su pantalón. Se disculpó y atendió la llamada, era Gerald.
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—Viejo, tenemos problemas serios.
—Dímelo a mi…—bufó por lo bajo saliendo de la habitación, ahora que Helga había aprovechado el interludio para esconder el rostro entre sus piernas.
—¿Tan mal lo tomó Pataki?—preguntó, recordando su breve encuentro con Phil en el mercado.
—¿Qué sabes tú de ella?—inquirió caminando lo justo para sentarse al inicio de las escaleras.
—Tal vez demasiado…—el tono de su amigo sonaba extraño. Falto de la antigua jovialidad que añadía a cada uno de sus comentarios. Él no se exasperó, esperó a que continuara. —…Hace unos cincuenta minutos estaba saliendo de casa de Phoebe, tú sabes que mis padres solo me permiten sacar el auto de la casa a la escuela y viceversa, así que iba a pie por la bien conocida avenida. Los audífonos puestos, pensando en mi chica, todo normal hasta que un maldito auto rojo casi me aplasta.
—¿¡Estás bien!?
—Por los pelos, viejo. Total que agité el puño y le grité barbaridades a ese imprudente cuando me fijé en su reflejo en el espejo lateral izquierdo y noté que era Cabot
—¿Jake?
—No, la chica bonita de la serie de Televisión. ¡Claro que era él! O mejor sea dicho, lo que quedó de él, tenía una venda horrorosa a mitad de la cara. Creo que Helga por fin la hizo buena, sé que fue en defensa personal, pero ese sujeto está enfermo.
—¿Por qué lo dices?
—Iba a mas de cincuenta en dirección de su casa, como soy un caballero, además de un chico de lo más intrépido decidí investigar por mi cuenta. Subí corriendo hasta alcanzarlo, él efectivamente estaba ahí pero ella no estaba. O si lo hacía, no salió. —Arnold bufó de nuevo, sintiendo como la sangre comenzaba a hervir en sus venas. Gerald tosió un poco, se aclaró la garganta y prosiguió. —Estaba aporreando su puerta como un demente, gritando igual que en la escuela, lo caro que pagaría. Como no hubo respuesta, volvió a su auto. Pensé que eso era todo, el maldito loco se iría, pero no. Sacó un bate de Béisbol además de una bola sobre la cual escribió una maldición. Lo primero que hizo fue destrozar el foco de la entrada principal con el bate, lo segundo lanzar la bola a la ventana. ¿Te acuerdas del árbol?
—¿Qué árbol?—preguntó un poco descolocado.
—El árbol, había uno frente a su casa muy grande y frondoso. Phoebe me dijo que Helga solía escaparse por ahí cuando las cosas adentro se ponían densas…en fin. Es la primera vez que noto que ese famoso árbol no está y eso solo porque la bola se fue directo a la ventana. Escuché un grito en respuesta como un chillido aterrorizado, creí que era ella, así que salí de mi escondite y me atreví a enfrentarlo.
—¡NO!
—Claro, antes de eso ya había marcado al 911 y levantado la denuncia pero tú sabes. Hay algo con eso de que sea la "hermana" de mi chica que me hace cometer cosas estúpidas. Le dije que se fuera, que esa no era su casa y además le mencioné mi llamada a la policía. El tipo ni se inmutó, la locura en sus ojos, si en la escuela parecía alarmante, ahora me pareció escalofriante, arrojó el bate al piso, cerró los puños y dijo que se moría de ganas, desde hace un tiempo por patearme el trasero.
—Gerald…
—Sí, ya sé. Phoebe se pondrá como loca, peor que mi madre, porque puede que le devolviera uno de tres golpes, pero el resultado dio asco.
—¡Por Dios! ¿¡Estás en tu casa!?
—Sip, me golpeó en la cara, pateó a mis futuros hijos y remató en el estómago. Es un cobarde y por cierto, la patrulla nunca llegó, ni Helga…
—Ella estaba en mi casa…—interrumpió. Aunque no sabía si para defenderla o para completar la información.
—¿Tan tarde, seguía ahí?
—Mis abuelos insistieron en que se quedara a cenar y antes de eso, bueno…las cosas se complicaron un poco.
—Escuché por ahí que no jugará más béisbol. —se burló. Aunque otra parte suya lo resintió. Verla jugar era como ver a Xena, la princesa Guerrera, aunque sin esas cosas lesbicas que le producían sueños húmedos en la pre-adolescencia, claro.
—¿Podrás jugar Baloncesto?—interrumpió su amigo la fantasía delirante.
—Claro que sí, lo que no podré es salir con mi chica mañana.
—Phoebe no es superficial como otras.
—¡Pero yo soy vanidoso! —comentó en un claro berrinche. —Además de que la llamé antes que a ti y cancelé nuestra cita.
—¿Sin comentarle lo sucedido?
—¡Es para protegerla! Ahora escucha, esta es la verdadera razón por la que te llamé. ¿Recuerdas que destituyeron a mi viejo y lo mandaron de la acción a pudrirse detrás de un escritorio?
—Lo recuerdo, tu padre era el último policía honesto que quedaba en el pueblo.
—Bien, Jake Cabot es hijo del oficial que lo está reemplazando. Vinieron de otro estado hace dos años y medio, en el momento exacto que iniciamos clases. En su otra escuela fue fichado por conducta violenta, sus evaluaciones son un asco pero siempre termina pasando por su excelente desempeño en deportes. Adora golpear cosas con un endemoniado bate y su ultima novia, además de dejar la escuela, levantó una orden de restricción en su contra, pero la retiró días antes de que se mudaran a Hillwood.
—¿Cómo averiguaste todo eso?
—Phoebe me enseñó a hackear la base de datos de nuestra escuela.
—¿Para qué querría ella hacer algo como eso?
—Para demostrar que puede. Ya sabes, toma todas esas clases avanzadas y eventualmente tenían que servir para algo.
—Es genial, pero ¿Por qué me lo estás diciendo?
—¡¿Qué no es obvio?! Ese demente tiene a la justicia de su parte y Helga le partió la cara delante de toda la Preparatoria. Puede que antes quisiera…tú sabes...a-costarse-con-ella, (Gerald seguía sintiendo escalofríos e inmensas ganas de vomitar ante la idea de Helga y el sexo) ahora creo quiere matarla. ¡Oh, no sé, viejo! ¡No sé!
—Cálmate…
—¿¡Calmarme!? ¡Me arde la cara! ¡Las joyas de mi familia fueron devaluadas! Y por si fuera poco, mis sensuales músculos resultan que no sirven para nada.
—Sólo descansa, mañana nos vemos y hablamos de esto.
—¿Y si ese demente regresa a su casa?
—Le avisaré…
—Ya lo intenté pero su teléfono está desconectado. ¿¡Tienes idea de la cantidad de películas violentas que comienzan con un teléfono descompuesto!? Ahora, si involucro a mi viejo, tengo miedo de que lo degraden aún más en su empleo.
—Gerald…
—Ni siquiera les dije la verdad sobre los golpes, inventé un cuento sobre un asalto "por la custodia de mi teléfono celular y ipod" ¿Pero, y si le pasa algo? ¿Si llama al 911 y la llamada vuelve a ser ignorada?
—¡Basta! —su amigo estaba al borde del paroxismo, así que esto lo mandaría a la tumba pero irremediablemente tendría que decírselo. —Estoy en la casa de Helga.
—¡¿Qué?!
—Yo…—no sabía como hacerlo así que simplemente continuó hablando. —vine a traerla hace un rato, encontramos los vidrios rotos, además de la bola. El grito que escuchaste debió venir de su gato.
—¡MATÓ A SU GATO! ¡DIOOOOOOS POBRE GATO!
—¡NO! Mantecado está bien, sólo se lastimó una pata.
—¿Mantecado? —Gerald iba a profundizar en lo ridículo de ese nombre cuando decidió echar un ojo a la pantalla de su celular y el bonito reloj que marcaba las nueve treinta y tres de la noche.
—Si, Mantecado, ahora, puedes…
—¡NO! Tú puedes explicarme ahora, ¿Qué haces tan tarde en la casa de Helga?
—Ya te lo dije Gerald, vine a dejarla…
—Eso es en la puerta y te vas
—Había vidrios rotos y ella tiene la muñeca vendada
—¿Entonces…?
—¿Lo tienes que saber ahora?
—¿Prefieres mañana con té y galletitas? Le puedo pedir a mi hermana sus viejos sombreros con flores, si gustas.
—De acuerdo, pero ¿Estás sentado?
—Recostado, a decir verdad
—¿Nauseas, mareos?
—¡HABLA YA, SHORTMAN!
—Estoy en su casa porque en el transcurso de este día decidí y recordé que Helga Pataki, en realidad me gusta, gusta.
—¡¿QUÉEEEEEEEE?! —al grito ensordecedor de Gerald se unieron los de sus padres y hermana demandando que se callara o lo "callaban"
—Se lo dije a ella y justo ahora podría decirse que…
—¿¡Qué…!? —Gerald podría asegurar que estaba más pálido que la muerte, sus manos temblaban, el teléfono celular estaba a nada de abandonar sus manos por el sudor y del otro lado, Helga había temido que Arnold se hubiera ido y salió a buscarlo. Escuchó su conversación al teléfono desde la parte en que le decía a Gerald que había venido a dejarla, así que le arrebató el celular ahora que estaban en la mejor parte.
—¿Qué, viejo? ¡No me dejes con el suspenso!
—Que es más mío que tuyo…—la voz de Helga al teléfono fue para Gerald como escuchar la voz de Sadako (la niña del aro) y el conocido "Seven days" la llamada se terminó en ese momento y el moreno pasó el resto de la noche preguntándose si Jake Cabot, lo golpeo tan duro que su cerebro se le escurrió.
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—¿Ya tan pronto dando las buenas nuevas?—preguntó la rubia devolviéndole su teléfono. Arnold notó que se había puesto las ropas de cama, además de lavar sus dientes y trenzar su larga cabellera.
—No pensé que fuera un secreto.
—No lo es…—le obsequió una sonrisa y él quiso besarla de nuevo. El momento tendría que retrasarse, comenzaba a hacer frío y no tenían idea de con qué tapar la ventana.
—Creo que hay focos en una caja de la cocina.
—Eso puede esperar…
—Y bolsas de plástico para la basura, con suficiente cinta debería de bastar.
—Déjame hacerlo.
—¿Ya llamaste a tu casa? —el reloj marcaba ahora quince minutos para las diez. Él no era partidario de las mentiras, pero concedía que podían existir sus excepciones.
—Llamaré, pero me niego a irme. No soy un pervertido, acosador, ni nada de lo que puedas imaginar. Me quedo porque podrías necesitarme para tapar la ventana, levantar los vidrios, cambiar tus vendas y averiguar dónde se metió tu gato.
—¿No lo haces por la bola de béisbol?
—Creí que no querías hablar de eso.
—Y no quiero, pero si vas a quedarte, hablaremos…
Helga regresó a su alcoba, él no tenía idea de para qué, pero llamó a sus abuelos. Phil contestó más dormido que despierto, sorprendido de que no estuviera en su cuarto.
—Hombrecito, creímos que hace horas que habías regresado.
—No, lo siento. Me encontré con la madre de Gerald en el camino, dijo que tuvo un accidente y vine a verlo. Voy a quedarme en su casa.
—¡Santo Cielo! primero la chica furiosa y luego tu mejor amigo. ¡Es la maldición, Arnold! ¡Te lo dije! ¡Nadie está a salvo!
—Por eso, n…—se sentía mal de mentirles. Él no acostumbraba mentirles, pero ahora no se trataba de él, sino de Helga. —...No quisiera arriesgarme.
—Es más seguro así, regresa mañana a la hora que puedas. Confiamos en ti y los Johanssen, salúdalos de nuestra parte.
—Claro, abuelo. Disculpa que te despertara. Buenas Noches. —Terminó la llamada y le envió un mensaje de texto a Gerald.
"Mis abuelos creen que me quedo a dormir en tu casa, cúbreme"
"¿Es enserio? ¡Yo me llevo los golpes y eres tú el que le va a reventar su cherry!"
"No seas imbécil"
"¿Yo? Sólo te advierto que no voy a cuidar bebés cabezones con uniceja"
"Cállate"
"Jodete Shortman, quiero la exclusiva mañana, si es que puedes levantarte en la mañana"
Iba a escribir que no pensaba acostarse con ella, pero en lugar de eso decidió borrar los mensajes. No quería que Helga o sus abuelos los vieran. Hablando de la rubia regresó con su ceño fruncido y los brazos cruzados a la altura del pecho.
—Elige ahora o sufre para siempre.
—¿Perdón?
—Si vas a quedarte por temor a que vuelva el Lobo Feroz, pienso que es estúpido que tu estés abajo y yo arriba.
—¿Por qué sería estúpido?
—¿A dónde supones que podría correr o que tan bien crees que me podría esconder? El único acceso es la entrada principal y todas las habitaciones con excepción de la mía y el cuarto de baño están cerradas con llave. Bob, no quiso que rentara los cuartos a vagos o armara "fiestas demasiado locas" así que se aseguró de que me sirviera para lo estrictamente necesario. El árbol que en años mejores fue mi mejor amigo y secreto confidente fue talado hasta la raíz. No hay casas tan cercanas a la mía como para que pretendas saltar al tejado vecino y en conclusión, si brincaras en un acto de desespero a la nada te romperías una pierna, es una caída de por lo menos seis metros. Así que, elige.
—¿El qué?
—Dormimos en mi cama o acampamos en la sala.
—La sala.
—Sabia elección. Ahora te dejé algunas cosas en el baño que creo…que te podrían funcionar…—se ruborizó un poco al comentar lo último, luego le dio la espalda y volvió a su cuarto.
—¿Qué haras tú?
—Revisar la cámara oculta para verte desnudo.
—¡¿Qué?!
—¡Voy a bajar las sábanas, a menos que quieras dormir sobre el piso!
—Yo lo hago
—¡Yo puedo!
—El doctor dijo que no hicieras esfuerzos
—ARNOLD
—¿QUÉ…? —Aparentemente, a Arnold Shortman le encantaba acorralar a su novia con su figura, no es que ella se quejara, que no lo hacía. Su cabeza de balón tenía un cuerpo delgado pero bien trabajado. No sabía si por los meses de vagar en la selva o por jugar fútbol soccer, lo que fuera, le había formado unos brazos fuertes aunados al torso duro y de atrayente musculatura, su loción ya se había esfumado pero no tenía un aroma desagradable, era él, solo él y la tenía justo ahora tambaleando a la orilla de su cama. Sus ojos llamándose a gritos, invitando al pecado, como ella gustaba de jugar con fuego, se atrevió a besarlo, tirando de sus ropas para ver cual era el resultado.
Cayeron irremediables sobre la cama, comiéndose la boca y buscándose con manos ansiosas, cuando los ánimos se calentaron y los dos sintieron la urgencia de hacer desaparecer la ropa, él se quitó de encima y ella se levantó de un salto.
—Voy a buscar las bolsas de plástico y la cinta para tapar la ventana…
—Voy a usar tu baño…
La habitación, oficialmente estaba prohibida.
Helga desapareció más rápido que una exhalación. Él tenía las mejillas incendiadas y el corazón latiendo al cien al interior de su pecho, le dio risa, lo rápido que se "entendían" o quizás fuera mejor decir "encendían" siempre le gustaron los besos de Helga, no por nada los recordaba con el pasar de los años. Tenerlos ahora cuando quisiera, lo hacía sentir como un niño pequeño. Uno muy caprichoso y adicto a las golosinas. Antes de encerrarse en el baño decidió levantar los vidrios pero cayó en la cuenta de que Helga ya lo había hecho, también corrió las cortinas y de manera improvisada colocó un pedazo de papel en la ventana. Era bastante autosuficiente, no le gustaba depender de nadie, lo que en realidad le gustaba aunque pudiera causarles problemas, debido a su complejo de buen Samaritano.
Suspiró para sus adentros, entrando en el baño, echó el cerrojo a la puerta y encontró un cepillo de dientes nuevo, además de un juego de pantalón y camisa rojos que podrían quedarle algo ajustados.
Su chica era única, lista e independiente, tomaba sus propias decisiones y el punto aquí era, que le había dado a él a elegir.
"Elige ahora o sufre para siempre"
¿Significa que de haber votado por la cama, ellos…en realidad…lo estarían haciendo?
—¡AHHHHH! ¡ESA MUJER SOLO TRATABA DE VOLVERLO LOCO! —lavó sus dientes, su cara y se cambió de ropas. Los jeans, el cinturón y la camisa a cuadros no serían cómodos para dormir. Además le estaba dando unas ropas deportivas que debían venirle bastante grandes a ella. Olían a su perfume ¿flores, dulces? No, Helga olía a mango y él ya quería un nuevo beso de sus labios.
Salió del baño ya cambiado, colocó sus ropas sobre la silla del escritorio, Helga le dejó la bolsa de plástico negro además de una cinta plateada para que tapiara la ventana. Lo hizo con cuidado y además de eso, colocó refuerzos en el resto del marco. Creyó ver una silueta de negro sobre la acera mientras trabajaba pero rechazó la idea.
Eran sobre las diez treinta de la noche. Jake Cabot no podía estar tan loco, ¿Oh, si?
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Continuará...
N/A: Esta historia me está resultando bastante adictiva, jaja. Gracias a todas x sus comentarios! Me animan a seguir escribiendo. Nos leemos en la próxima. PD: A nuestros chicos les espera una noche bastante larga.
