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Helga Pataki tenía muchas facetas. No que él no lo hubiera notado desde cuarto grado. Estaba la chica ruda, la tímida, vulnerable, romántica y también la apasionada que luchaba contra corriente y se enfrentaba a las "sombras" para devolverle a él algo tan importante como sus padres.
Cuando supo que era ella quien se ocultaba bajo el disfraz, no pudo creerlo. La acorraló, (como seguía haciendo) para dejarla sin argumentos pero también para arrancarle las máscaras porque él necesitaba conocerla a ella, la verdadera Helga, la que se escondía detrás de todas esas capas de hostilidad y mal genio. La chica de sus "sueños" y puede que aquello hubiera sido una exageración o que estuviera totalmente acertado porque la niña que decía "Que estaba bien" "Que lo hizo porque no lo odiaba, en realidad lo amaba con pasión y locura desbordante" Sólo podía pertenecer a sus sueños, luego esa misma niña lo besó, marcando el destino de los dos.
¿Porque era destino, cierto?
Ellos estaban juntos porque sus mundos chocaron en ese momento y cada decisión tomada desde entonces hasta ahora, los había llevado a admitir que irreparable e innegablemente, estaban enamorados el uno del otro. No existía ninguna maldición que él llevara en la sangre, ni tampoco estaban bajo el ojo inquisidor de ninguna entidad malévola, ¿Cierto?
Jake Cabot, no estaba escudriñando en sus jardines a la espera de que Helga saliera para hacer con ella lo que quisiera. Esa clase de cosas no sucedían en su pueblo, en su mundo, en sus vidas.
Terminó con la ventana y volvió a cerrar las cortinas, hubiera preferido asegurarse de que todas las ventanas estaban igualmente cerradas, pero se conformó con verificar que las puertas de las habitaciones sí lo estaban, el cuarto de baño tenía una pequeña y angosta ventana con vidrios esmerilados, no creyó posible que una persona pudiera meterse por ahí, de hecho parecía ser la salida de emergencias de Mantecado ya que el gato rubio y de ojos profundos, lo estaba observando de mal modo cuando él terminó de hacer el recorrido de la planta alta.
—Hola pequeño…—el aludido lo destruyó con la mente o al menos eso le pareció a él. La bola con pelos le daba ternura, tenía un nuevo objeto en la boca, intentó ver lo que era y casi se va de espaldas cuando lo descubrió. Le arrojó un bendito "reloj" que marcaba las once de la noche a los pies y luego siseó como advirtiendo que si no salía por la puerta grande sus días en la tierra estarían contados. Él pasó saliva por la garganta e intentó de nuevo. Los animales, normalmente lo adoraban, él era el chico bueno que todos amaban pero más tardó en acercarse que en lo que Mantecado le mostró la dentadura completa y saltó sobre su cabeza, como es natural gritó de pavor, porque eso de ser desfigurado por un gato no debía sentirse nada bonito pero el felino solo escapó por el pasillo y se perdió en las escaleras. Helga gritó desde abajo si estaba todo bien.
—¿Te viste en el espejo o por qué gritas tanto? —él roló los ojos y agradeció que su humor negro no se hubiera visto afectado a causa de su "relación" Bajó los escalones con cuidado luego de tomar las cobijas y almohadas de cama, estaba por llegar a la sala cuando Mantecado se metió entre sus piernas y lo envió a rodar tres escalones abajo.
Helga corrió en su auxilio, aunque más que preocuparse por él, le inquietaba que hubiera aplastado a su gato.
—¿Estás bien, amor? —el felino subió a su regazo y maulló como si estuviera ampliamente traumatizado. Él se levantó "sin ayuda" y señaló que había sido el gato quien trató de asesinarlo.
—¿A caso te volviste loco?
—No le agrado.
—Por supuesto que no. —agregó sin mirarlo a los ojos, estaba ocupada haciéndole cariñitos a la bola de pelos. Eso no le gustó y replicó.
—¿Por qué el es "amor" y yo Melenudo?
—Porque él es mi amor y tú un melenudo—para reafirmar este punto, Mantecado se derritió entre sus brazos, ella lo apretujo amorosamente y tras besarle la frente le dijo que lo sentía mucho pero que el cabezón feo de ahí se quedaba.
—Miau, miau, miau….—negoció, mostrando todo lo lindo, regordete y hermoooso que era. Helga tenía debilidad por sus ojos verdes, le recordaban a los de Arnold y ha decir verdad, todo en su mascota le hacía evocar al desgraciado.
—De verdad lo siento amor, se queda por hoy pero puedes "jugar" con él —esa declaración fue suficiente para el felino que escapó de sus brazos y se perdió entre las sombras.
Arnold no quiso preguntar las implicaciones de la palabra "jugar" pero sospechaba que no pegaría el ojo en toda la noche. Volviendo a lo que les atañía, Helga ya había acomodado los sillones largos de la sala de tal modo que quedaban uno frente al otro.
—¿Qué entiendes tú, por no hacer esfuerzos con la mano lesionada?—preguntó, porque en serio, si este era el trato, ella hubiera tapiado la ventana y él acomodado los sillones.
—Tienen ruedas y no son tan pesados, Arnoldo.—agregó la "O" porque él no era su padre, ni su madre, de hecho tenía como cuatro horas de ser su novio. Y eso no le confería mayor derecho que besarla cuando a ambos les diera la gana. Cruzó los brazos a la altura del pecho, su muñeca diestra la traicionó y dolió como una puñalada, quizás si se había excedido pero para eso estaban las pastillas que le obsequió el doctor.
—¿Segura que no te lastimaste?—insistió, evaluándola con su mirada. Ella adoraba esa expresión entre sombría y seductora pero el orgullo era más fuerte así que lo mandó al carajo, dándole la espalda y buscando las pastillas en su bolso. Arnold suspiró y regresó a levantar las sábanas y almohadas que dejó en el piso, acomodó las "camas" también revisó la puerta principal, Helga ya lo había hecho, además de asegurar todas las ventanas con cerrojo.
No había más vidrios rotos y la oscuridad de la calle era casi total.
Su casa vacía no le asustaba, estaba acostumbrada a la soledad, era una buena compañera cuando te conoces a plenitud y crees estar satisfecho con lo que eres. Ella había hecho las pases con sus demonios internos hacía largo tiempo. Luego apareció Jake Cabot y su universo…lentamente se derrumbó.
Necesitaba que lo supiera Arnold, era una parte crucial para el éxito de su relación, por no hablar de la "situación" pero honestamente, no se le ocurría por dónde debía iniciar la conversación.
—¿Gustas algo, un vaso de leche, agua, cereal?—preguntó ahora que se servía un poco de agua para ingerir las pastillas.
—Estoy bien, gracias.—se tomó dos, aunque la nota decía específicamente que tomara una. Miró la mesa redonda de reojo, evocando la imagen de su madre, tantas mañanas atrás. Sobre la única vez que la impresionó, por no decir que la aterrorizó, Miriam tenía una botella de licor en una mano y un montón de pastillas, redondas y pequeñas en la otra. Su estómago se revolvió de inmediato pero reprimió el impulso, levantó el rostro, se armó de valor y como hacía cada mañana, de cada día de su vida, se repitió que no moriría, sólo era otro día.
—Yo pido el sillón más largo.—comentó al ver que Arnold estaba por acomodarse en el.
—Por supuesto.—se cambió de lugar, ella sonrió con sorna. Tan bobo, tan dócil y tan lindo.
—Y también la palabra.—soltó un profundo suspiro, sus manos temblaron, el estómago una vez más se quejó.
—Te estoy escuchando.—la miró a los ojos, ajeno a su infierno interno. ¿Debía trata de explicarse o callar para siempre? ¿Qué fue lo que llevó a sus padres a la inminente separación? La palabra o el silencio, ella tenía que tomar una decisión.
—¿Deberíamos poner música de fondo? ¿Un video? ¡Ya sé, una película de miedo!
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Nerviosa, la notó Arnold. Helga una vez más estaba nerviosa y un poco histérica. Esta era una situación irreal, tratándose de ellos pues si bien se conocían de casi toda la vida, nunca antes habían compartido esta clase de intimidad. Gerald y Phoebe llevaban meses de novios y él dudaba que ya hubieran vivido una situación similar.
¿Esto era porque Helga, siempre iba demasiado rápido? ¿O porque él era demasiado lento? Tal vez, tenía que ver con el temor de que sus momentos juntos, debido a lo diverso de sus temperamentos, jamás se repitieran.
Helga encendió el televisor y navegó entre canales hasta encontrar una película de suspenso.
"Mírame"
A él no le parecía tan buena idea contemplar la escena en que el psicópata asesino llama al teléfono de casa y comienza a describirle a la chica cada objeto que tiene a su lado. Helga observaba atenta, acomodada ya en su sillón. Mantecado se adueñó del restante y se hizo un ovillo sobre el bolso de su dueña, él se sentó junto a ella, es decir.
Al parecer, aún no se iban a dormir.
Cuando el asesino de la película irrumpió de pronto, rompiendo los cristales de la gran puerta de vidrio, Helga se impresionó y él la tranquilizó. ¿De eso se trataba ser novios? Proteger, procurar, amar…rodeó sus hombros con un brazo, sus miradas se encontraron, luego ella presionó el "mute" con el control remoto y se perdieron en la mirada del otro. Por un momento deseó besarla, recostarla, contemplarla en pijama de pies a cabeza pero, ella no lo dejó.
Colocó un dedo sobre sus labios, dijo que era importante, necesitaban hablar.
En su corta experiencia de chicas que solo salían con él para olvidarse o celar a alguien más, la frase "necesitamos hablar" significaba, "vamos a terminar lo que ni siquiera empezó porque ya cumpliste tu papel" Él no tenía papeles que interpretar con Helga, sabía que lo amaba así que accedió.
En el televisor el asesino ya estaba destrozando la casa, la chica intentaba llamar a emergencias pero él arrancó el cable de la pared, Katie salía del armario y corría despavorida escaleras arriba, Melvin la seguía por detrás con el cuchillo en alto, mientras tarareaba una estúpida tonada que no sabía por qué se sabía, pero se sabía. Helga soltó un suave suspiro, apenas perceptible y de no ser porque él estaba concentrado 50/en la pantalla y 50/en su novia, no lo habría notado.
—Pienso que esto de Jake, es mi Karma…—comentó serena, acomodándose de tal manera que le daba la cara a él e ignoraba la película. Su declaración le pareció tan descabellada y ha decir verdad estúpida que no pudo evitar replicar.
—¿De verdad, Helga…?
—Tú no lo sabes y en verdad esperaba que jamás lo supieras, pero hubo una época en que…—suspiró de nuevo, él pudo notar, cómo se arrepentía y aferraba, todo en el mismo respiro. —…te acosaba en serio.—concluyó. Evadiendo sus ojos, ocultando su precioso rostro bajo la sombra de sus cabellos.
—Lo sé…—respondió calmo. Si eso la torturaba, lo mejor es que parara.
—No, Arnold no lo sabes.
—Helga, dijiste que escribías poemas, que me seguías a todos lados en la escuela y que hasta tenías un altar con mi imagen en tu armario.
—También me metía a tu cuarto, hurgaba entre tus cosas y te espiaba por la ventana horas después de que te habías ido a dormir.
—¿¡Qué!?—la cara de Arnold, en las milésimas de segundo que la miró con horror definitivamente marcaban un fin a su relación. Eso la atemorizó y se defendió por instinto.
—¡No es tan horrible como suena! —lo hizo a un lado (por no decir que lo empujó con ambos brazos para que se alejara lo más posible de ella) Mantecado volvió a saltarle encima. No lo atacó, más bien lo pasó de largo para subirse al regazo de la rubia que lo apretujó entre sus manos.
Él no se marchó de la sala, pero entendió que necesitaban retirarse a sus esquinas, si es que pretendía escuchar el resto de la historia.
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En la película, luego de una basta persecución y pelea Melvin tenía a Katie bajo sus formas y le enterraba el puñal en el pecho una y otra y otra vez. Ella preguntaba con escasas fuerzas los motivos, ¿Por qué le hacía algo como esto? Era porrista, además de hermosa y la chica más rica y popular de la escuela. (En circunstancias normales, Helga se habría burlado de la escena argumentando que ese sería el final dramático de Rhonda) El asesino terminaba el trabajo y antes del pase a los créditos decía que era porque ella, jamás lo había notado.
¿Jake Cabot asesinaría a Helga porque ella jamás lo había notado? No, ciertamente, ella lo notó, lo rechazó y también lo humilló. Conocía los riesgos y las consecuencias de sus actos, como hace unos minutos que lo besó, tirando de sus ropas para cayeran en la cama.
Si le estaba diciendo esto, es porque creía en verdad que se trataba del "karma" en su diccionario mental, eso era equivalente a un ajuste de cuentas, castigo divino o mano a mano. Él no creía que Helga hubiera hecho algo tan terrible (como para merecer a Jake Cabot)
Bueno, si lo besó a la fuerza, pero no pudiera decirse que él se resistió o que no le gustó...miró su posición tensa, la vergüenza en su rostro. Si ella quería confesarse, lo menos que podía hacer era escuchar. Se veía tan pequeña, atormentada por sus secretos y no tendría por qué estarlo.
Lo hecho, hecho estaba. Y ahora que lo pensaba, su presencia en la Casa de Huéspedes podría explicar cosas que siempre quiso entender. "Envolturas de goma de mascar y comida chatarra que aparecían de tanto en tanto en la azotea" "Objetos que dejaba en un sitio y aparecían en otro" "Un relicario de oro que encontró alguna vez y que su abuela abruptamente le arrebató"
Era eso, pensó para sus adentros.
Ambos parecían cómodos y acostumbrados a la presencia de Helga en la casa.
"…Ya tiene tiempo que no se pasaba por aquí, es decir…estando tú aquí…"
¿Pero qué tan idiota podía ser?
Eso se lo dijo Phil, Gertrude comentó algo similar.
"…Eleanor solía pasar mucho tiempo por aquí, Arnold. Siempre que tú no estabas, claro está..."
La conexión en su mente, la revelación de hechos que le fueron confusos durante buena parte de su infancia lejos de volver a enfadarlo, le hicieron querer saber ¿Cómo o por qué es que lo hacía? ¿En verdad lo amaba? ¿O solo estaba…ligera y enfermizamente, obsesionada?
Mantecado interrumpió el momento, ronroneando para su dueña. Un sonido suave, repetitivo y calmo, ella acariciaba su pelaje y ambos se miraban a los ojos como si compartieran los secretos místicos del universo.
Él se perdió en ella, la verdadera Helga, ¿A caso, no era esto lo que quería? Contemplarla sin máscaras, palabras crueles, bromas que se tintaban con matices de verdad.
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El "por qué" se lo dio a conocer de a poco, en una narración de eventos desfasados. La mente de Helga tendía a mezclar sucesos pasados con los presentes. Así que él la escuchó con la misma fascinación con que se sumergía en una novela histórica.
Como si fuera otra persona y no ella, la que le decía que necesitaba aferrarse a algún vestigio de amor en su tierna infancia y que fue él, el desdichado —o afortunado— objeto de su adoración.
Las pasiones que no compartía, los sentimientos que tan inocentemente vertía, los fue comprendiendo a profundidad a medida que iban creciendo. Sus abuelos tuvieron que ver con eso, cansados ya de verla suspirar y llorar a elevadas horas de la noche.
La invitaron a pasar, una ocasión que estaba lloviendo. Sus padres rebasaron el límite de lo permisible y a ella ya no le importaban el frío, la lluvia o la noche. Sólo quería escapar, gritar, llorar…Le abrieron las puertas de su casa, también de su corazón, bajo la condición de que entendiera que lo que sentía por él, no era amor.
Siempre fue una chica lista, encontró en los libros de Gertrude historias crudas, crueles y verdaderas dónde el amor se acaba, el príncipe abandona a la princesa o ésta muere atravesada por cientos de agujas para que él pueda ser feliz en brazos de otra.
Aceptó, que como en su casa no existía "el felices por siempre" y que ni ella ni él, "estaban destinados a corresponderse" Después de todo, su confesión, el tercero y que creyó sería el último de sus besos hacía un par de años que se había dado, sin ninguna clase de resultado.
Estaban en secundaria, él salía con la perfecta de Lila y ella estaba más fascinada por la literatura y el teatro. Escribió aquella obra que les obsequió su cuarto beso. No había segundas intenciones en ese beso, aunque reconoció que sus labios se abrieron y que él correspondió el beso.
El amago de las viejas costumbres, la nostalgia por la niña enamorada que fue, la llevaron a volver a notarlo. Sin obsesión pero aún a distancia. Reconoció los atributos que habían cambiado en él y las costumbres que permanecieron inalterables en él. Su generosidad, cordialidad, galantería y optimismo. Le gustaba, ya no el príncipe de sus sueños sino el verdadero Arnold, aunque honestamente ya no aspiraba a tenerlo en sus brazos.
Apreciaba a Lila y también aprendió a llevarse bien con él, sin ocultar sus sentimientos bajo una capa de hostilidad. Los sobrenombres permanecieron, los modos arrebatados también, ella ya no visitaba la Casa de Huéspedes y es que si de algo se había convencido en los últimos quince años de vida, eso era de que Helga Geraldine Pataki, no era una "Princesa" a lo mucho sería escudera y por tanto le tocaba forjarse un camino entre fuego y hierro.
Le dio oportunidad a otros chicos, salió con algunos, así como él alternaba sus citas entre Lila y esas bobaliconas que sólo querían usarlo como reemplazo, pero no funcionó porque sin importar lo que hicieran, ella terminaba comparándolos con él.
Sus ojos verdes, sus cabellos dorados, su estúpida cabezota de balón.
Si, quería conocer los misterios de una pasión, saber si su corazón podía experimentar y merecer amor pero todo eso quería hacerlo con él, así que se retiró. Ya no eran niños, ya no tenía miedo de los gritos de su padre o de los "comas etílicos" de su madre. Ya no podía subir por la escalera de incendios y esconderse detrás de alguna estructura para verlo.
Ahora tenían las horas de clase, los círculos de estudio y también los encuentros inesperados que los seguían sorprendiendo a medio pasillo.
Su ultimo beso (previo al noviazgo) lo hizo definitivo.
Lo disfruto y agradeció, pero a pesar de la diminuta flama de pasión que ardió en su corazón no pudo negar que una vez más fue ella quien lo besó. La que se entregaba, la única que amaba. Él correspondió, quizá por cortesía, tal vez siempre era así como lo hacía. De la manera que fuera, lo alejó de su lado y se despidió.
Iba a olvidarlo, seis meses en Paris le harían superarlo pero esa era la Ciudad del Amor que daba vida al fantasma de la falsa Cecile, así que en lugar de eso decidió volver a escribir. No de manera platónica como acostumbraba hacer, sino como los autores que crearon las novelas que le prestó Gertrude. Los mismos que amaron a distancia y jamás fueron amados en respuesta.
Lo extrañaba, tanto al inventado y que nunca fue, como al apuesto rubio que ahora es. Quería verlo, escucharlo, despedirse de nuevo.
Una ultima palabra, un ultimo beso.
Sólo uno.
Dejó que su madre y hermana la convirtieran en esta. La transformación no le molestó tanto, luego de que Phoebe sugiriera que tal vez, así podría enamorarlo. Se suponía que tendría que pasar algo, pero cuando se encontraron el primer día de escuela ninguno de los dos se atrevió a hacer algo.
Él seguía saliendo con Lila y a ella, ya se le habían acabado las ganas de luchar.
El divorcio de sus padres fue devastador en más de un sentido, ella no tenía fuerzas, además de que entre más pasaba el tiempo, más se iba enfrascando en la escuela, el futuro, la vida...
Jake Cabot, la agarró por sorpresa, con la guardia baja porque Bob tenía poco de haberla abandonado. Estaba distraída, pensando en todo y a la vez en nada. Reconoció que al recibir la primer nota, su instinto natural la obligó a pensar en él, pero no era él…nunca sería él.
—Helga…—interrumpió su alegato. Ella no lo miraba a los ojos, en todo este tiempo lo más que había hecho era apagar el televisor y aferrarse aún más a su gato, los ronroneos del peludo animal intentaban comprenderla, acompañarla, consolarla. Él hubiera querido intervenir desde antes porque Helga se encontraba en un error.
Claro que merecía experimentar y poseer amor. Además de que él también la extrañó. Nunca lo admitiría en alto, pero algunas noches, mientras vivió con sus padres se descubrió a sí mismo pensando en ella…
—Déjame terminar…—su voz, apasionada como la recordaba se había transformado en un leve susurro. Estaba cansada, como ella misma mencionó y eso en verdad lo asustó. ¿Por eso no procuraba su cuerpo? ¿Una vez más, no le importaban el frío, la lluvia o la noche?
No…, lo que no le importaba era comer, dormir, luchar por merecer amor…
—Estoy en mi límite, Arnold. Acepto que me pasé de la raya al humillarlo públicamente, pero si tú hubieras leído el resto de notas que me escribió, burdas, obscenas y tan asquerosamente tórridas, probablemente habrías hecho lo mismo.
—¿¡Qué te escribió!?—preguntó entre colérico y preocupado. Las palabras de Gerald se repitieron en su cabeza. "No habla de querer seducirla, enamorarla, invitarla. Ese sujeto, sólo quiere…"
—¡No quiero recordarlo! —gritó. Mantecado salió huyendo por su arrebato. Ella cambió de posición en el sillón y agregó. —¡Tampoco deseo ser vista, ni tratada de esa manera! ¡Sigo siendo yo, Arnold! Una depilación, unas ropas nuevas y esta estúpida "anatomía" no me convirtieron en otra. Por eso no te impresioné porque tú me conoces bien.
—Me impresionaste…—confesó, esperando hacerlo con total sinceridad y convicción.
—¡Cállate!—se ruborizó, porque él no la miraba con terceras intenciones, sino con honestidad y puede que un poco de amor.
—Pero es la verdad.—insistió. Quiso acercarse a ella, pero lo rechazó.
—No he terminado. ¿Qué no ves lo difícil que esto es para mi? —lo veía, pero como solía suceder con todo lo que le trataban de explicar, no lo entendía. ¿Por qué era necesario desgarrar su alma, remontarse a la niña de su tierna infancia? Si quería asustarlo, lo único que había logrado era enamorarlo.
Quería estar con ella, definitivamente quería ser quien cuidara de ella.
—Lo reté para que toda la escuela supiera que Jake estaba sobre mi y que yo no iba a dar mi brazo a torcer. —sonrió con pesadez, al tocar su brazo herido. También porque a media batalla, se le había metido él en la mente y la piel. Compró los chocolates ese día para regalarle uno a él. Phoebe ya le había dicho lo que sucedió en la cafetería. Hasta el cabeza de cepillo la defendía, pero y Arnold
¿Dónde estaba, su Arnold?
—El mensaje fue claro, todos nos preocupamos.—comentó el rubio, buscando sus ojos, ella lo miró de vuelta. Una expresión entre desapasionada y resignada. Jamás creyó que vería algo así en ella.
—Excepto yo…
Ella había estado más distraída ensamblando los fragmentos de su torturada alma. Recordando la cantidad de poemas que le escribió, las veces que lo siguió entre clases, cómo se colaba en su habitación cuando sus abuelos la dejaban entrar por la puerta principal y entre un descuido suyo y un acto de gran osadía propio, lo invadía.
Nunca le robó nada. —aclaró. (aunque omitió decir que ganas no le faltaron) tampoco le dejó nada. Se sentía estúpidamente feliz con sólo estar ahí, tirada en su cuarto. Era su puerto seguro, a los nueve años de edad y cuando sólo quería gritar, llorar y escapar, ese cuarto con "cielo" era su lugar favorito en el mundo.
Imaginarlo a él, en su serenidad, ambicionar o desear una familia así de ideal.
No era perfecta, sus padres estaban ausentes pero aún así se querían. Podía reconocer el amor y el afecto que se tenían cuando se veían. En su casa, sólo hubo lo mismo que reflejaba en la infancia: hostilidad, altanería, violencia.
Y ahora no quedaba, ni eso.
Pensó en el fin de semana romántico, imaginó que él y Lila bailarían a la luz de las velas en el Chez Paris, ella nunca volvió a ese restaurante, ni a sentir la música o aquel candor en su corazón, pensaba en todo eso cuando el gran imbécil la abordó.
"Vas a salir conmigo…" —¡Ni siquiera era una pregunta o una invitación! El hijo de puta le estaba ordenando y aquello la enfureció. ¿¡Qué derecho tenían, de pasar así de que quién era ella!?
Él, al ignorarla y Cabot al inventarla.
Le dijo que no, que estaba ocupada, lo mejor era que se fuera pero no la escuchó. Colocó una mano a la altura de su cintura con la otra la tomó por el brazo.
"¡Suéltame!"
Arnold recordaba la escena desde ese punto, estaba con Lila, quien estaba pensando en ese chico Larry o Barry, no le importaba. La voz de Helga hizo corto circuito en su mente, fuego líquido, descarga eléctrica, la reacción que tuvo fue la que ya comentó.
—¿Ahora lo entiendes…?—interrumpió la rubia las cavilaciones de su mente. Él solo entendía que estaba loca. ¡Se arriesgó tanto, durante tantos años porque tenía la estúpida idea de que no importaba lo que pasara con ella! ¿¡Cuantos accidentes pudieron pasarle!? Un auto pudo golpearla, un loco asustarla o un maniaco secuestrarla.
Sólo era una niña, una niña perdida y asustada. La misma que llegó por si misma a su primer día de escuela porque sus padres olvidaron llevarla.
Se horrorizó entre más la escuchaba y también la entendió. Comprendía ahora el amor con que ella y su abuela se abrazaron. Además de las reservas de su abuelo a tenerla de vuelta.
Phil era más sobre protector con él, era su "hombrecito" le recordaba a su propio hijo. No que Gertrude no lo quisiera, pero ella era como Helga, es decir que estaba loca.
—Entiendo que tratas de convencerme de que todo esto es tu culpa, pero no lo es…
—¡No! Arnold, tú no puedes…—Helga volvía a sentir el rostro ardiendo, amenazando con derramar llanto pero lo reprimió. Evocó una escena más del pasado y se convenció de que él, era su enamorado, su amado, por siempre, Arnold…
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En el recuerdo a que hacía referencia, se trataba de Gertrude, fue ella quien le dio su mano, quien la invitó a pasar a su casa. Ella no entendía ¿Por qué no estaba llamando a la policía o despertando a Arnold para decirle que su compañera de escuela era una desquiciada, enferma, acosadora y loca? La anciana le colocó una toalla sobre los hombros, comenzó a secarla y entre más lo hacía comentó.
"No sé que clase de culpa crees que estás pagando castigándote así, pero no tienes que hacerlo" "Si no tienes a dónde ir, siéntete libre de venir aquí"
—¿Por qué...?
"No se lo diremos a Arnold, está claro que no quieres que se entere nuestro Arnold, pero te dará pulmonía si sigues saliendo con este clima"
La abrazó, limpió sus lágrimas, además de sus ropas.
Esa noche, Bob había golpeado a Miriam y a ella le dio tanto pavor tener que interponerse entre ellos, recibir un golpe o peor aún, tener que abrazar a su madre después de que se hubiera ido su padre. Lloró hasta quedarse seca, hasta que Phil se despertó y comenzó a rumiar sobre lo mucho que desde siempre había detestado al inconsciente de Bob Pataki.
Hicieron un pacto silencioso, le dieron las llaves del salón de lectura. El santuario de Gertrude, con todos los libros que la salvaron de cometer alguna clase de locura.
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Arnold, era el hijo innegable de ambos, ¿Quién sino él podría disculparla por sus actos?
—Helga, lo que sea que hicieras en el pasado, ya quedó en el pasado. Y lo que sucedió en la escuela, no tendría por qué haber pasado. Tú le dijiste que no, él insistió y te besó.
—Hizo más que eso…
—Te hirió…—y eso era algo que él, no podía tolerar. Se levantó de su asiento, dispuesto a confortarla. —No eras tú y aún ahora creo que no eres tú…
—¿Qué…? —respondió con voz medio rota. Las lágrimas no salieron de sus ojos, pero su rostro seguía ardiendo. Él reprimió el impulso de besarla pues si la culpa pertenecía a alguien, era a él.
—Que me estás dando todas las razones que se te ocurren por las cuales podría dejarte, debido a que estás cansada de luchar. Has estado peleando contra el mundo durante tanto tiempo que es lógico que ahora quieras descansar. Entiendo que tienes miedo, que has esperado, imaginado o deseado tanto lo nuestro que ahora que es verdadero, temes que se vaya a acabar. Y ese miedo, aunque con fundamento, no es algo que vaya a pasar.
Te prometo, que no va a pasar. No voy a dejarte escapar. —se acomodó a su lado, de rodillas frente a ella, tomando su mano izquierda entre las suyas, besó la superficie, ella se sintió una vez más como la princesa de algún cuento encantado.
—Arnold…
—Dijiste que yo era tuyo, bueno tú eres mía. Y si quieres escuchar las razones por las cuales podrías dejarme esas son mucho mas breves. ¡Soy un estúpido! Si me hubiera dado cuenta antes, si te hubiera buscado antes, si te hubiera cortejado y amado antes, nada de esto se habría suscitado.
"Amado" era la primera vez que él decía que la amaba…—el llanto que estaba reprimiendo, finalmente escapó. Arnold la atrajo a su rostro, besando sus labios con recato. Ella dudó al principio pero finalmente se rindió, disfrutaron del beso, de sus temores, de verse a la cara sin máscaras u otra clase de maldiciones.
—¿Entonces, no estás molesto?—inquirió sin creer que no se hubiera marchado.
—Estoy impactado y molesto, sí, pero con tus padres y mis abuelos. No sé cual de todos fue mas inconsciente. Tú necesitabas a alguien que estuviera a tu lado.
—Ellos me acompañaron…—comentó refiriéndose a sus abuelos.
—También te ocultaron.
—No estaba lista para dejar salir este lado mío al mundo...
—¿Y lo estás ahora?—inquirió, porque la Helga que estaba rota, era indeciblemente hermosa: frágil y delicada cual muñeca de porcelana. Pero no era esa la mujer que amaba.
Helga tenía muchas facetas y todas convergían en la misma asombrosa mujer. La que le ayudó a superar sus miedos, la que se quedó con él cuando todos los que decían apoyarlo ya se habían retirado. La que alguna vez lo abofeteó, humilló y desairó porque su exceso de bondad y patetismo ya la estaban enfermando.
Ella lo levantó alguna vez de sombras, le ayudó a recuperar la confianza en sí mismo. Y era hasta ahora es que se estaba enterando. Siempre quiso saber, ¿Por qué estaba ella cuando más la necesitaba? Para darle una palmada en el hombro, un puntapié, para hacerle olvidar a alguna otra mujer…
Helga no respondió a su pregunta, comenzaba a quedarse dormida. Este había sido un día demasiado largo, lo mejor que podían hacer era descansar. Mañana hablaría con Gerald, ella sin lugar a dudas querría hablar con Phoebe, estaba pendiente el asunto de Cabot, el cómo lograr protegerla de alguien que estaba claramente, enfadado, obsesionado y desquiciado.
—Lo que me gustaría, es que te quedaras todas las noches a mi lado…—Dormida, Helga decía cosas interesantes cuando comenzaba a quedarse dormida.
—Podría ser…—reconoció luego de recostarla en el sillón, la cubrió con las sábanas, ella sonrió con sorna. Él estaba hablando en serio. No iba a dejarla sola, así que tenían dos opciones. O ella se mudaba a la Casa de Huéspedes o él conjuraba un hechizo místico que permitiera que sus abuelos lo dejaran quedarse con ella.
—También te podría lastimar…—comentó a media voz y con los ojos ya cerrados.
—¿De qué estás hablando?
—Jake…
—¿Te amenazó en sus cartas?
—No…pero creo reconocer el peligro cuando lo veo. —y al comentarlo pensó en su padre arruinando el bonito rostro de su madre.
Diecisiete años luchando por no convertirse en Miriam Pataki y esto era lo mejor que lograba. Arnold no entendería. Era dulce que se quedara con ella, que aceptara su locura y fantasía delirante pero no era eso lo que quería que supiera.
Al final del día, resultaba que no tenía tanta fuerza, no logró confesarse.
Ella no creía que ser el objeto de adoración de un desquiciado fuera consecuencia obvia de haberlo acosado. El karma no funcionaba así. Te apuñalaba en la cara, años después de haberle dado la espalda a tu madre.
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Cuando escapó de su casa aquel día tormentoso, Miriam gritó su nombre pero ella no la escuchó. No quería ser parte de todo eso. ¡No quería ver, escuchar, sentir! Maldita sea, ¿Por qué tenía que sentir? ¿Por qué la maldijeron con un corazón que se aferraba tanto a sentir? ¿Con una familia que no hacía más que herirla? Y entonces corrió, hasta quedarse sin fuerzas, hasta volver a estar en el tejado de su "adorado" el príncipe dormido, el caballero galante que jamás lastimaría a nadie.
—No dejaré que te haga daño.—prometió él, mirándola dormir.
—Ni yo, que te lastime a ti…—Arnold se sorprendió al escucharla. Pensó que estaba dormida, pero aún sonaba lúcida y coherente. Tal vez, sólo estaba agotada. Él tendría que acostumbrarse a esto, ser mucho más paciente porque en su historial, la que levantaba espadas y luchaba contra dragones era ella y no él.
¿Podría protegerla de Jake Cabot? ¿Cómo demonios iba a lograrlo?
—¿Arnold…?
—¿Sí…?—él ya se había acomodado en el otro sillón, se cubrió con las sábanas hasta el pecho y el endemoniado gato volvió a hacer su aparición arrastrando una manta que debía ser suya pues la hizo bolas y en ella se acostó. Marcando el territorio virgen entre los dos, suponía que si intentaba moverse Mantecado le arrancaría un brazo así que mejor no lo intentó.
—Prométeme ahora, en este instante, que no vas a dejar que te haga daño...
—Helga…—sus miradas se encontraron. Ya no había temor o inseguridad en la suya, sólo convicción y súplica. ¿Por qué insistía en que importaban todos, excepto ella? ¿A caso no veía lo mucho que se preocupaba por ella?
—No te rebajes a su nivel, júrame que no serás como él.
—Lo juro…ahora tú promete que no vas a dejarme fuera de esto. Si tienes algún otro secreto, quiero saberlo. —Helga huyó de su mirada, es decir que sí había otro secreto.
—Lo prometo…te lo diré, cuando pueda. ¿Y tú? ¿Tienes algún secreto?
—Te escribí una carta, mientras estaba con mis padres en la selva…
—¿A mi…?
—Y nunca pensaba dártela, pero ahora…te la cambio por tu dolor...
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Continuará...
¡Gracias x los reviews adoro leerlos! PD: Esto me quedó un poquito angst, pero es necesario para el desarrollo de la historia. Ella ya arriesgó todo lo que tenía por él, ahora es el turno de Arnold, de reconstruirla, protegerla, recuperar a su Helga. Nos vemos en la siguiente. Besos y abrazos.
